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27 de abril de 2015

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Sábado de re-encuentro



Nuestras brazadas, con el paso del tiempo, más y más desesperadas embrutecían el oleaje de aquel mar rojo. La sangre de cientos de nosotros se desperdigaba meticulosamente por debajo de las sales, y lo teñía todo. Aquellos pocos que logramos escapar de la embestida brutal quedamos atados a nuestra suerte en la tempestad de un mar sin riberas, rezando algunos por nuestras vidas, sucumbiendo al pánico otros; nadábamos sin aliento por nuestras vidas en direcciones tantas como puntos cardinales. Aquellos de nosotros al sur corrimos la misma suerte que los primeros, y ensombrecimos las sales del mar con nuestra sangre. Aquellos que fuimos al norte fuimos los únicos que encontramos paz en la quietud de la tierra. No todos, algunos también perdimos contra el oleaje y dejamos de existir en la inmensidad del mar, azul en este caso; así también al este, y al oeste, al noroeste, y al noreste, al sureste y suroeste; y al sur-sureste y sur-suroeste, y nor-noreste y nor-noroeste; y este-sureste...
Álvaro gritaba es desconsuelo tras la muerte de su hijo en manos del oeste-suroeste, y conjuraba males a los mares, y lloraba lágrimas tan o más saladas que las sales del Mar Muerto. Mal de muertos, este mar, que seguía lentamente como lamento de algún egipcio, tiñendo de miedo color rojo las arenas sobre la orilla de nuestra pequeña isla salvadora. Y Gonzalo con entumecidas piernas y adoloridos brazos se soltaba a la merced de su angustia y perdía la mirada en si mismo y sentía nada. Nada sentíamos muchos, pero fue Gonzalo el primero en sentirla, y el primero en dejarla y morir en silencio con los ojos abiertos y la mirada perdida en uno.
Aquellos pocos que logramos sobrevivir a la brutal embestida, y logramos sobrevivir a la crueldad de las saladas olas, y logramos sobrevivir al sur, y logramos sobrevivir a nuestra cuerpo, y a sus fallas, seguimos camino por aquella isla salvadora en búsqueda de algo que nuestras mentes no lograban concebir pero nuestros corazones no querían perder.
Caminamos por tiempos alternados, con estupor, con miedo y con rabia. Nos matamos a golpes entre nosotros cuando las cosas no funcionaban. Y aún así algunos sobrevivimos a ello y llegamos aquí. A este lugar inhóspito, lleno de frías nevadas blancas, y ausente de toda vida que no fuera la nuestra. Nosotros, Javier, Martín, Nicolás, Camilo, Natalio, Esteban. Mauricio, Germán, Fabricio, Patricio, Valentin, Valentino, Hernesto, Gustavo, Andrés, Manuel, Tamuel, Matías, Guzman, Eduardo, Sebastián, y Agustin. Nosotros que logramos sobrevivir a la embestida brutal, a la sangre del mar, a las sales del oleaje, al sur, y a las riberas del norte, al este y al oeste, y a todas sus nefastas combinaciones; que sobrevivimos a  nuestros cuerpos, nuestras almas y nuestras mentes. Venimos aquí a esperar la muerte, con la desesperación propia de aquel que sabe le quedan días, con la fatiga de vernos uno a uno perecer, y saber que alguno será el último. Sabemos que ni uno de nosotros logrará sobrevivir a la tempestad de nuestra vida.
Suponemos el último se irá en tres días; si no nos equivocamos: un sábado.

Eugene

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25 de abril de 2015

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Laura Bobbitt


¡El día en que uste' me ponga los cuernos se lo mocho, Sigisfredo! La frase era una advertencia, un presagio casi ausente que lo acompañaba desde su noche de bodas y solo cobraba sentido cada vez que se despedía de una nueva o habitual amante luego de retozar con ella e impregnarse de más que su aroma por horas. Durante el recorrido del camino de entrada a la casa, se rió en silencio pensando que de ser cierta la advertencia de su mujer lo habría mutilado más de una vez. Al unísono su mente jugándole una morbosa mala pasada le mostró una imagen de su órgano sexual torturado y cercenado y la sonrisa se le borró en el acto. 

Sacudió la cabeza, atravesó el portal, un ángel oscuro lo esperaba del otro lado con los brazos cruzados, una expresión llena de rencor en el rostro y un objeto que dejaba entrever la amenaza que se avecinaba entre los brazos. 

– ¿Hoy si vas a leerme a Alicia, papá? –Lo oyó hablar con voz queda. Se despejó los pensamientos y entornó la vista al responder: 

– ¿Cómo estás, tesoro? Mejor mañana. Papi hoy está muy cansado para leerte un cuento. 

– ¡La niña no te está pidiendo que corras, si acaso que te quedes sentado mientras mueves la boca! –Gritó con sequedad su mujer desde la cocina descuartizando un lomito. Alguna rabia mal curada debía estar cayendo sobre el pobre, que recibía cortes de la hoja del cuchillo como si fuera un condenado bajo la hoz de un verdugo. 

Se imaginó su entrepierna en el lugar del lomito, un dolor punzante le empezaba a atacar el pie derecho, lo invadió un ligero estremecimiento. Se recompuso lo justo para ver el libro de cuentos espatarrado sobre su zapato antes de que el ángel negro, acusándolo con semblante enfurruñado, se perdiera escaleras arriba. Lo dejó estar y fue al encuentro de su esposa. 

– ¡Uy, está de un malcriada! –Expresó como saludo. Una sonora cuchillada sobre la tabla de corte... 

– ¡Mejor malcriada a que nadie la críe! –Otra cuchillada...– ¿Se puede saber en qué andabas?

–Trabajo, ya sabes... Se me enreda el papeleo. ¡Si hoy leo una línea más quedo ciego!

“Se le enreda el papeleo...” –repitió vacilante la mujer en su mente, presionando a fondo la lengua contra el paladar a la vez que él le depositaba un beso en la mejilla, la estrechaba quedo examinando la carne para luego alejarse y soltar: 

–El lomito no tiene la culpa, chica. –Otra cuchillada. 

–Mejor el lomito que otra cosa, ¿no crees? ­–El hombre se encogió de hombros y guardó silencio. 

¡Claaaro, pero ¿qué le iba a decir?! –pensaba ella– ¿Que se había pasado toda la tarde entre las piernas de la tal llamada "pa-pe-le-o"? –Cuchillada– ¡Ciego debería dejarlo por creerla idiota y dárselas de pendejo! –Otra cuchillada y otra–. Es que si no le sacaba los nauseabundos trapos al sol era nada más para ahorrarse el oír una bobería al mejor estilo de "la carne es débil" –otra cuchillada–, como si ella no supiera de sobra que a lo blandengue aquello no funcionaba –otra cuchillada... 

– ¡Pero bueno, Laura! ¡Lo vas a dejar como carne molida! 

¡Molido iba a quedar otro...! 

Soltó el cuchillo sobre la madera. Planeó su siguiente movimiento, le hizo un ofrecimiento al marido. 

– ¿Algo de tomar, cariño? –el "cariño" se le endureció entre dientes. 

–Lo que sea con tal dejes de dar golpes sobre la tabla y apures la cena... 

¿Dónde había dejado las benditas gotas? Recordó su paradero mientras servía un trago en un vaso a espaldas de su marido y meditaba cuántas había que verter en el líquido para que le hicieran efecto. El que se las vendió le había dicho que eran potentes, pero para cerciorarse vació discretamente la mitad del frasco antes de alcanzarle el preparado a Sigisfredo. 

– ¡Arg! ¡Qué fuerte está esto! –Se quejó tensando el cuello y haciendo una mueca de disgusto entre tanto dejaba el vaso sobre el rellano–. Voy a darme un baño, cielo. 

– ¿Ahora? –Una subida de ceja con un exagerado estiramiento de cuello acompañó la pregunta. Sigisfredo no captó la ironía. 

–Ahora, después, ¿qué diferencia hay? 

¡La misma que habría si se hubiese lavado al dejar a la fulana, coño! –Respondió de los labios hacia adentro y agregó que también podría haberle ahorrado la repulsión que le causaba un perfume tan dulzón. Es que además no entendía cómo esperaba él que se le pasara por alto algo tan obvio, sabiendo que ella le conocía hasta el tufillo que desprendían sus pies al despojarse de las medias y el calzado. Continuó soltando o absorbiendo veneno entre pensamiento y pensamiento mientras Sigisfredo subía manso a cumplir con lo anunciado. 

Debe andar en sus días rojos o ¿quién sabe? –Conjeturó despojándose de sus prendas en la habitación–. A esas alturas muchas cosas habían dejado de importarle y siendo franco, entre su mujer y su hija no sabía quién era más insoportable. Si hubiese sabido que las iba a encontrar con esos humores le habría traído a cada una un dulce... 

A la vez que lo consideraba notó que un papelillo se escapaba del pantalón que sostenía entre las manos, se agachó para recoger lo que era el ticket de estacionamiento del hotel que había visitado y terminó su elucubración con un: ¡...pero el dulce me lo he comido yo...! Sonrió y al levantarse le falló el equilibrio. Dio un par de pasos para mantenerse en pie, pero notó que el cuerpo no le respondía y empezaba a embotársele la vista. Se dejó caer con todo su peso sobre la cama esperando recuperarse en unos cuantos minutos, pero su mente había partido a otra dimensión y comenzaba a hacerle un revoltijo en la cabeza. 

Se le fueron mezclando los sucesos del día, iban cambiando de forma, de orden… se le hacía imposible colocarlos en una secuencia correcta y coherente, hasta aparecían fragmentados: de pronto veía el cuerpo decapitado de la amante de turno haciendo picadillo el lomito en la cocina de su casa y al rato, se encontraba al rostro de su mujer cual cabeza de Medusa flotando de un lado al otro en el hotel. Entre tanto disparate se alejó de sí mismo y perdió la noción de todo. 

Cuando volvió en sí rogó estar sufriendo todavía algún tipo de alucinación. Fue encontrarse desnudo, atado e inmóvil en su lecho, con la habitación a media luz, su mujer tomando sitio frente a él entre sus piernas vestida con alguna clase de traje de ritual oscuro, una mesa con una serie de objetos punzantes al alcance de su mano derecha y la hija aguardando en un rincón con un traje similar al de su madre. En el ambiente sonaba una suerte de música tribal que ponía a cualquiera a dudar de su salud mental. 

Intentó zafarse en vano, empezó a balbucear palabras ininteligibles, se contoneaba dolorosamente para librarse de las ataduras... Su mujer lo miraba impávida y triunfante ante su fracaso por soltarse, juraba que casi la veía sonreír. Algo no estaba bien, eso no podía estar pasándole a él... ¡Vamos! Que era todo una broma, ¡jaja! Que ella no podía estar... 

– ¡Pero estás loca! –La mujer no se inmutó– ¡Que esto no es necesario, Laura! Si quieres te doy el divorcio... ¡Por Dios! ¡Te lo dejo todo! 

El hombre estalló aterrado, sudaba, empapaba las sábanas… 

– ¿Para que se te enrede "el papeleo"? –Le replicó ufana, en aptitud de obvia negativa. 

– ¡Quítame estas cosas, bruja desquiciada! ¡No-no pu...! Es... –se le cortaban las palabras– ¡¿Has perdido el juicio?! –soltó al fin. 

–Ah, sí, lo olvidaba. –Al decir esto volteó hacia la niña que se mantenía en su rincón callada. 

–Querida, el veredicto... –La niña asintió, con actitud ceremoniosa se subió a una especie de taburete y proclamó: 

– ¡¡Que le coooorten la cabeeeza!!! 

Su madre aceptó el mandato con determinación, estiró la mano hacia la mesilla, tomó uno de los instrumentos... 

– ¡Noo! ¡Por favor, por favor! ¡No, Laura...! Tesoro... ¡Noo! Tu madre... está, está mal... Esto, es-to... ¡lo-loca! 

Sigisfredo salió de sí, se horrorizó, soltó un sinfín de maldiciones y frases que no llegaban a hilar coherencia alguna. Laura tomó una de los objetos de la mesilla, al hombre le pareció el más afilado de todos, lo levantó sobre su cabeza para tomar impulso. 

–Te lo advertí, Sigisfredo... –dijo dejando caer el filo del objeto a una velocidad alarmante. 

– ¡Noooo!

Cerró los ojos entre gritos, el espanto le moldeaba la cara, las uñas se le clavaban en la carne con el puño cerrado, los dientes le rompían los labios por la presión, empezó a saborear sangre tanto como a olerla, se retorcía, el sufrimiento le hizo abrir los ojos de golpe para pedir clemencia… 

Al separar los párpados la música tribal había cesado, su hija había desaparecido junto con la bandeja de instrumentos y sus ataduras, pero por más órdenes que le enviase a su cerebro seguía negado a realizar las conexiones pertinentes para poner en funcionamiento sus músculos. Su mujer, que volvía a tener la misma ropa que llevaba en la cocina, estaba de pie frente a la cama con las manos ocultas tras la espalda. 

Tomó aire para tranquilizarse, hizo una lista de agradecimientos y promesas en silencio, comenzó a mover los labios para proferir palabras, pero su nivel de impresión era tan alto que apenas podía pronunciar sílabas. 

–Lau... –suspiró–, cari... Te ju... 

–No te preocupes, mi vida. Ya escuchaste a la niña, que solo será la cabeza. 

Al decirlo trajo al frente las manos que aferraban con firmeza el mismo cuchillo que torturaba en la tabla de corte al lomito. Esta vez Sigisfredo solo tuvo tiempo de detener sus pestañeos mientras su boca quedaba inmortalizada formando una "o" infinita, un agujero vacío que comunicaba sus entrañas con la nada interminable. 

– ¡Ya calla, vas a despertar a los vecinos! –Le oyó decir muy cerca de su cara, estaba casi sobre él susurrándole y el tenerla a tan pocos centímetros de distancia le hizo desear ahorcarla. 

Pudo tanto el anhelo que se encontró con sus manos en torno a su cuello, apretó con fuerza, quería causarle tanto o más daño del que ella le había hecho, arrancarle también la cabeza y vengarse de la crueldad que con él estaba cometiendo. La veía asfixiarse a medida que sus dedos le impedían tomar aire, llegó su turno de balbucear, de forcejear para liberarse, de rogar por piedad... 

–Si-gis... –le suplicaba débilmente con un hilo de voz– Si... Si-gis... fre-do... 

– ¡E-res u-na bru-ja re-tor-ci-da! –Gruñía apretando los dientes– ¡Acabaré contigo, maldita! 

La mujer expandió los ojos aferrándose desesperada a sus brazos, clamando por sobrevivir. Empezó a golpearlo temiendo por su vida y en una de esas logró abofetearlo de manera tan descomunal que le volteó medio rostro. Él entrecerró los párpados y usó uno de sus brazos de escudo. 

– ¡Por Dios, Sigisfredo! –La escuchó bramar, pero siguió resguardándose tras su extremidad– ¿Qué te pasa? ¡Casi despiertas al vecindario entero! 

Enfocó la vista alejando con lentitud el brazo de su cara, su mujer estaba inclinada sobre sí con el semblante afligido. Parecía estar ¿preocupada? –La examinó escéptico, pero frunciendo los labios apostilló en silencio–: ¡Qué buena actriz! 

Llevaba el pelo revuelto como si se acabase de levantar en mitad del sueño y vestía una ligera y reveladora camisola. Todavía lo miraba afablemente, se desconcertó y arrugó el ceño. Trató de ubicarse mirando a su alrededor: la lámpara de la mesilla de noche difuminaba parca la oscuridad de la habitación, el reloj despertador marcaba las 2:27 a.m. y ambos estaban medio abrigados entre las sábanas. 

Respiró, pero el alivio aún no era completo. Hurgó por debajo de las mantas haciendo un minucioso inventario de su anatomía y, cuando estuvo seguro de que su miembro viril seguía íntegro, exhaló complacido. Una vez opacadas las gotas de sudor que le perlaban la frente y su ritmo vital hubo recobrado normalidad, le expresó a su mujer un sincero "lo siento" y para no dejar margen a malentendidos, en caso de que no lo hubiera escuchado la primera vez, se lo repitió unas tres más. Laura lo tranquilizó melosamente, solícita le prestó oídos a sus confesiones y disparates post-traumáticos nocturnos, le corrió el mal gusto de las pesadillas con caricias, le besó los pliegues y las arrugas del rostro hasta acompasarle el semblante y se dejó abrazar sumisa cuando él buscó su cuerpo como refugio para reencontrarse con el sueño.

Mientras su aliento le hacía cosquillas en la nuca y se la refrescaba pensó en sus "lo siento", preguntándose si se disculpaba por engañarla o por despertarla a esa hora de la madrugada. Lo segundo era una tontería, sin embargo lo primero no tenía perdón: todavía tenía ganas de cortárselo-en-dos. Pero sin duda, tenía mejores ideas. 

Sintió cierto consuelo al imaginárselo en el retrete mirando el regalito que le había dejado en la entrepierna: el mensajito "la próxima no fallo" debía de quedarle explícito y sobreentendido cuando se le pasara el efecto de la anestesia. Lo vislumbró examinando la gasa, indagando por su cuenta qué ocultaría debajo y preguntándose aterrorizado cómo le había hecho aquello sin que se diera cuenta… ¡y era para grabarlo! 

Con esas imágenes recreándose en su mente, se apretó más a él en la cama, se cercioró de que el cuchillo quedaba bien oculto debajo de la almohada y con la satisfacción del deber cumplido musitándole al oído una nana, se quedó dormida esperanzada.


Fritzy Zamor


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23 de abril de 2015

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De cuando reías



Te había escuchado hablar por un rato y, como siempre que lo hacía, me fui alejando cada vez más de todo, siempre un poco más cerca de ese lugar del que nadie sabe volver, o casi nadie. Cerca y lejos no eran más que letras apretadas que intentaban formalizar lo que yo sabía era imposible. Siempre había sido fuera.
Salí del departamento creyendo ir a algún lugar, con una tibia decisión que no era tal, sino más bien una máscara para desdibujar un poco lo que venía flotando hacía mucho, intermitentemente, como un muñequito de plástico que aparece y desaparece en una bañera llena de agua.
Que nos estábamos llegando poco, siendo cada uno la mitad de un alejandrino pero, como excepción a la regla, diferente. Como si los choques se hubiesen limitado a años bisiestos.
Pisando las baldosas de la esquina de la estación de servicio rompí sin querer algunos recuerdos. De cuando el café se enfriaba con las horas y el tiempo se moría con la risa, la tuya o la nuestra, pero nunca la mía.
A veces reías de puras ganas y yo te miraba reír, y entendía que no intentar entender demasiado era la manera con vos. Y si podía, también me reía. Y era ahí cuando reíamos, y hasta las paredes escuchaban, aunque estuvieran ennegrecidas y cansadas de pares desconocidos, siempre escuchaban.
Y cuando volvíamos (ambos sabíamos bien que aquello no era volver, porque nunca los escalones de un hotel fueron los mismos con la luna que nos invitaba que con el sol que nos despedía, casi excusándose por haber salido, pero nunca encontramos otro verbo); cuando volvíamos parecía que habíamos estado fuera mucho tiempo, y que el tiempo ya no se llamaba tiempo, de tantas horas que habían pasado y tanta gente que había pisado las baldosas de la estación de servicio de la esquina del departamento.
Después de algún hotel así dejábamos de saber del otro por completo, y yo generalmente me perdía en trenes casi vacíos, o en estaciones, si nunca llegaba a subir. Y vos, eso no lo sé, pero me imagino que solías pasar las horas sentada en algún banco sin hacer nada, o escondiéndote en las calles oscuras de la ciudad con algún propósito raro, o contando los señores rubios que pasaban frente a vos si es que te sentabas en el banco, o pensando en el próximo hotel. Eso no lo sé. Pero sé qué jugabas con el tiempo (aunque ya no se llamara así), y eso lo hacías bien.
Pero las baldosas también me arrojaron la otra cara de todo aquello, como sin saber que era lo único que nunca se iba. Y decían que es cierto que hubo un hotel que vimos casi sin luna, y eso ya era diferente y me preocupó, más cuando noté que las paredes estaban impolutas. Y cuando no tuviste ganas de reír yo sabía que había más, porque si vos no tenías ganas de reír, no tenías ganas de nada.Y aunque lo escupiste de repente, en una frase sin pausas, como si se te hubiera caído de los labios asemejándose a cualquier hoja, estaba claro que no era así, y que la seguridad impregnaba cada palabra.
Cuando dijiste que ya no tenías ganas de nada el sol estaba preparado para salir un poco antes, el muñequito en la bañera había dejado de flotar, yo bajé las escaleras, que eran las mismas de siempre, pero el tiempo, que ya no se llamaba tiempo, dijo tranquilo que no iba a volver más por ese hotel.
Emilio Rodriguez
http://www.manchonesdegrafito.blogspot.com.ar/
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21 de abril de 2015

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ARZ. Tan poco mía, tan tuya.


Me dueles como duele una lagrima.
¿Escuchas ese sonido? Es el sonido de mi corazón estallando en mil pedazos. Me dueles. Como a Frida le duele Diego, pero a todos nos duele alguien y mi dolor lleva tu nombre.
Te quiero como el Sol quiere a la Luna, como el lienzo quiere al pincel que plasma por siempre sobre él la pintura creando algo maravilloso, algo digno de admirar.
Así te quiero, así me dueles.
Me dueles aquí, en el alma. Donde duelen las cosas bellas, donde duelen las cosas que amas.
Me dueles, pero te quiero. Me dueles porque te quiero.
Fuimos aire en el universo, fuimos luz en la oscuridad, fuimos efímeros, etéreos, comprobamos mi teoría diciendo que dos personas que se hacen reír solo terminan sufriendo. En este caso la que sufre soy yo.
Me dueles, como duelen las cosas únicas. Como duelen los amores imperfectos.
Me dueles como solo tú puedes dolerme, así, tan bello, tan doloroso, tan tú.
Y yo solo soy tan poco mía, solo soy tan tuya...
 
Samantha Cruz Perera
 
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19 de abril de 2015

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Apocalipsis perfecta.


Moriré, como todos. Pero eso no me preocupa. Hoy he decidido darle una oportunidad a mi paz interna, la deje salir, y se siente genial. Estoy recostado en el pasto viendo al cielo, hay nubes pero ni siquiera necesito encontrarles forma. Estoy tan relajado que soy feliz con el simple hecho de verlas moverse en el cielo. Hace un día estupendo y el mundo se esta acabando a unos kilómetros de aquí, literalmente. Parece que el epicentro del apocalipsis esta por allá,, no se para que me esfuerzo en apuntar con el dedo si no puedes verlo. Tendrás que creerme

Todos están desesperados, no es para menos. Ocasionalmente escucho gritos en la lejanía y eso que estoy en un lugar bastante aislado. Si de todas maneras va a ocurrir tal catástrofe, de nada sirve que griten como locos. Mejor me recuesto y veo a las nubes, nunca habían danzado de esa forma y a esa velocidad, sin embargo, transmiten armonía.

Trato de pensar en una canción que complemente este momento pero no me viene ninguna a la mente. Puede que el mejor complemento para este bienestar sea el silencio, interrumpido momentaneamente por mis respiraciones. Si, eso debe de ser.

Que mala suerte, tenia muchos sueños por cumplir aunque siempre he sabido que mis aspiraciones personales no iban a durar para siempre. Una vez muerto ya no importan, por lo tanto, puedo fingir que las alcancé todas "Que bien se siente, no me falta nada por hacer"

Alguna vez escuche que en situaciones de peligro uno descubre su verdadera naturaleza. Supongo que mi verdadera naturaleza involucra disfrutar las cosas inevitables de la vida. Siempre he estado agradecido por el hecho de tener vida, eso de por si ya es un milagro.

Vaya, estoy bastante seguro de que vi un muro de fuego ¡Que increíble! Me pregunto si el infierno es de verdad, supongo que lo descubriré en su momento por el momento solo me queda respirar hondo y sonreír...

Supongo que me quede dormido, vaya, todavía no me muero. Sin embargo la tierra se sacude muy violentamente, ya no puedo relajarme acostado. Ahora escucho gritos mas nítidamente, las personas llegaron hasta acá ¿En serio se piensan que pueden huir del destino?

¿Qué clase de bestia los esta persiguiendo? No es enorme, diría que máximo mide tres metros, pero es la combinación perfecta entre fealdad y majestuosidad. No sabría describirla; la vida, incluso tan cerca de la muerte, no deja de sorprender...tantas cosas que no sabíamos.

No había pensado en mi familia, espero que no hayan sufrido. En esta situación se sufre mas queriendo huir del destino que aceptándolo. Si tan solo hubiera estado con ellos para decirles eso que al parecer conozco instintivamente. No importa, de seguro nos reuniremos muy pronto.

De repente el cielo se lleno de aves que vienen de aquel epicentro, su sonido es melódico pero a la vez ensordecedor. No puedo evitar cubrir mis oídos, creo que estoy sufriendo. Pero aun así aprovecho la oportunidad para verlas. Que raro, en vez de plumas parece que sus alas tienen dientes. A lo mejor una de ellas va a bajar para hacerme ver mi destino, ya se habían tardado.

Se fueron, puedo volver a ver el cielo. Parece que la tierra dejo de sacudirse, puedo volver a relajarme.
 
Estoy silbando pero no puedo escucharme, el cielo se volvió rojo, puedo volver a ver las estrellas...es hermoso.
 
Gisari
http://soygisari.blogspot.com.ar/
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17 de abril de 2015

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Borrón y miedo nuevo


Fin. ¡Vaya monosílabo! Tan conciso, tan tajante, tan lacónico. Uno no se cansa de leer FIN en la pantalla del televisor cada vez que toca ver una de esas películas para televisión que, resignado por el peso de la modorra de un domingo por la tarde, uno ve de cabo a rabo, de principio a fin, ¡y he aquí otro FIN!

Esta clase de FIN es inofensivo, pues nos levantamos de la butaca de la casa de la abuela, y la vida sigue. Lo peor que puede ocurrir es que lloremos por ese pastiche final feliz que nos remueve los sentimientos, como si fuésemos lectoras de revistas para mujeres, con sus respectivos novelones de folletín. ¡Soy mujer, pero odio esas revistas!

En los libros he encontrado otro tipo de FIN. En mi opinión, los puntos finales de la literatura (de la buena literatura) son edificantes. Llegar al final de Crimen y castigo, de Dostoievski, por ejemplo, o a la última oración en Las travesuras de la niña mala, de Vargas Llosa, es sentirse satisfecho. A su vez, estos tipos de FIN (que nos esperan en las bibliotecas y librerías) son, en sí mismos, llaves que nos permiten abrir puertas en el colosal edificio del conocimiento. Sin más titubeos, los libros nos trazan caminos.

Ya que hablamos de caminos, es el momento de mencionar el tipo de FIN más bellaco: el final en la vida real. ¡No se asusten, no hablaré de la Muerte! Me refiero al FIN de una carrera universitaria, de un noviazgo, de una amistad, de un matrimonio, de un empleo... Son fines vivos en vida. ¿No estoy siendo muy clara? Recurriré al recurso del ejemplo: al terminar los estudios en la universidad, se comienza la carrera laboral. FIN-principio-FIN-principio-FIN-principio.

La vida humana está concebida, por lo menos en Occidente, como una sucesión de actos, en los que impera la Ley de la Obsolescencia. Hay que avanzar sans s'arrêt! Tenemos que ser máquinas productoras de cambio, de progreso, ¡qué sé yo! Si ayer era un estudiante de pregrado, hoy tengo que ser un profesional exitoso, y mañana un miembro de un curso de doctorado, y pasado mañana, si llevo buen ritmo, profesor en una prestigiosa universidad.

Ahora bien, a este FIN lo hemos calificado de bellaco. Sí, porque a este le gusta jugar a la ruleta rusa con el azar, por supuesto. Pero en este temerario juego, el fin y el azar no se exponen; la bala se dispara contra los menos afortunados. ¡Otra vez no soy clara! Recurriré a la metáfora: en un Aula Magna de una universidad hay 200 graduandos. El rector es el azar y el secretario, que llama al ex bachiller al estrado, es el fin. El rector azar tiene una pistola, si no hay bala en tu turno, sigues adelante, encuentras trabajo y todo lo demás. Pero si te toca la bala, serás un nuevo desempleado. Imagínense que los futuros profesionales, el día de su graduación, pensaran en una historia como esta. El día de alegría y la dulce espera se metamorfosearían en una especie de piedra-papel-o-tijera para ir al patíbulo.

En nuestros días, están proliferando los profesionales, ello supone que cada vez es más ardua la tarea de buscar un empleo y obtener un puesto. El fin de la vida universitaria no es nada grato para muchas personas. Si no se encuentra un empleo o no se tiene dinero para pagar un postgrado, el ex bachiller pasa a la interminable lista de desempleados. Después de tener los días ocupados en deberes y lecturas, de vivir en la rutina y en función de un horario, el nuevo profesional permanece en un limbo, cuya redención es una buena palanca o un golpe de suerte. Conozco varias personas con muy buenas aptitudes profesionales que no consiguen empleo, y que tienen que contentarse con ver cómo los peores de su promoción tienen buenos trabajos.

Otro tipo de fin en la vida real es el de una relación sentimental. Es que cuando se ama a alguien y se pierde a esa persona, uno siente que está condenado, de por vida, a la melancolía. Las palabras en nuestros libros favoritos parecen invisibles, las sinfonías se hacen quejidos lúgubres en nuestros oídos, la ansiedad roe la simpatía que se ofrece a los terceros.

Imaginemos ahora que a uno de nosotros, un ser humano, se le presenten dos finales aciagos al mismo tiempo. Verbigracia, el final de sus estudios universitarios en condición de desempleado, y la pérdida del ser amado. Si nos tocara consolar a ese desdichado, no pararíamos de decirle maquinalmente: "paciencia". Amigos, ¿creen ustedes que es posible tener el don de la paciencia en tal situación? A ese perdedor de la ruleta rusa cuando le llegó el FIN, el azar le borró el camino. Esa persona se despertará todas las mañanas con una única interrogante que le sacude los sesos: ¿qué hago hoy? Si tienen un amigo escritor (un buen escritor, por favor), sugiéranle que hace falta un manual para desempleados.

Alexa Manrrique
http://descalcez.blogspot.com.ar/
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15 de abril de 2015

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Volver a Eldorado*


Era joven aún, su figura esbelta, su ropa sencilla y ese pelo tremendamente rubio y vaporoso, mezclado con hilos blancos brillantes que anunciaban el paso del tiempo y al que llevaba sujeto en la nuca, a manera de una “cola de caballo” (como se le llama a ese peinado), ciertamente la rejuvenecía. Sólo la vi de atrás, me quedé con las ganas de mirarme en sus ojos supuestamente claros.
Apenas se marchó del Supermercado, le pregunté a la cajera que la había atendido si conocía a esa mujer que acababa de retirarse y su respuesta fue lacónicamente negativa.
Dejé el comercio y comencé a caminar sin rumbo mientras pensaba que seguramente al otro día me presentaría ante Rebeca Rothschild, simplemente para que supiera quien era yo.
Llovía en Eldorado, llovía en esa inmensa y joven ciudad de la Provincia de Misiones, fundada en la segunda década del siglo XX con puerto sobre el alto Paraná, por un alemán*, cuya fecha de nacimiento se impuso como aniversario de la colonia primero y ciudad después. Mientras veía caer la lluvia, pensaba: “Sólo si se conoce su historia puede entenderse la mía.”

Selva pura, habitada desde los tiempos de los tiempos por sus pobladores nativos: Tres importantes pueblos aborígenes que formaban la etnia guaraní. Aquéllos que se sorprendieron al ver llegar gentes raras que hablaban una lengua desconocida cuatrocientos años antes y que volvieron a hacerlo cuando navegando río arriba se detuvieron en un puerto natural sobre el río marrón que les pertenecía, y vieron a esos otros humanos de cabellos muy rubios provenientes de la Europa en guerra, buscando la tierra que los habría de proteger: alemanes, suizos, holandeses, ucranianos, daneses y polacos, quienes se quedaron a cultivar la tierra, a disfrutar de los naranjales, el Tung* y los bosques, cuya madera les sirvió de abrigo en su vida y en la de sus generaciones posteriores.
Tierra colorada, con historias de furia y dolor en las embestidas contra los sacerdotes de la Compañía de Jesús, los jesuitas, a quienes su éxito en estos lares, terminó por condenar al destierro.
Tierra de yerba-mate y de grandes saltos cantarinos, en caudalosos ríos y grandes arroyos, donde la espesura propia del clima subtropical acoge a venados, tapires y jabalíes. En esta belleza natural, creció mi padre. En la chacra, mi madre.

El agua, corría roja por las calles. Era de esperar semejante lluvia luego del abrumador calor de días anteriores. Esperaría que parara y la visitaría como tenía planeado, total, yo sabía su dirección por mis tías de Frankfurt con quienes me había contactado por Internet.
Recorriendo la interminable calle principal convertida en ruta, la que llega hasta la frontera misma con Brasil, pensé en cómo sería esa actual y pujante ciudad misionera cincuenta años atrás, cómo sería su gente, en su mayoría descendientes de sus colonizadores, principalmente alemanes, llegados tras el espanto de la guerra.
Sin darme cuenta, me había detenido frente al mismo Supermercado 17, donde estuve el día anterior. Dirigí mi mirada en ángulo de 180°, y me pareció reconocerla entre los clientes. Lo confirmé. “Por lo visto - me dije - suele efectuar sus compras diarias en el mismo lugar”. Tal vez el fuerte deseo de saber, de defender, de definir, me empujó de nuevo a tomar un carrito y deambular por los pasillos que dejaban entre sí a las góndolas repletas de mercaderías. Siempre tras de ella. De repente, la tuve a mi lado. Denotaba apuro mientras elegía unos tomates arrebolados de tanto sol. Un temblor interno me perturbaba. “¡Qué rara sensación!”, pensé, creí que me iba a desmayar. Salí de la realidad, cuando un pequeñín la reclamó, llamándola “abuela”. Toda la fuerza acumulada en los últimos años, todo el plan detalladamente armado se derrumbó ante una sola palabra. Me sentí desamparada en aquella ciudad calurosa y roja del NE argentino. Salí casi corriendo del Supermercado y ya en la cabaña que había alquilado, me cambié la ropa y me arrojé a la piscina de agua transparente y con olor a cloro. Estuve un largo rato. Más tarde fui al comedor pero no tomé la cena. Abrí mi Netbook de tapa blanca y bebí un agua saborizada.
“¿Cómo podría traerle un dolor a estas alturas?” me pregunté, y acto seguido reflexioné: “Rebeca tenía su vida hecha, su familia y hasta nietos. ¿Y si no me recibía bien y si no tenía interés alguno en conocerme?” Al fin y al cabo, mi padre era un guaraní de pura cepa al que echaron de la chacra cuando se supo de mí. Yo no tenía la certeza que Ella lo hubiese amado y en consecuencia tampoco la tenía sobre si yo hube sido el producto de un amor imposible o de un desliz, aunque mis recuperadas tías alemanas decían que realmente se quisieron mucho.
Me quedé con esas palabras en el recuerdo. No podía tomar la decisión. Los años me pesaban cada día más cuando pensaba en ello. Al fin de cuentas mi tía del corazón, Eugenia Achával, me había aconsejado muy bien cuando, orientándome en mi problema, me indicó buscar apoyo en la terapia psicológica.

Antes de morir mi madre adoptiva, la verdad sobre mi origen me fue develada. Mejor hubiese sido no saberlo, menos a esta edad.

Mi Netbook blanca seguía abierta y yo perdida en mis cavilaciones. Un portazo en el comedor con ventanas abiertas, originado en el viento nocturno que llegó sin avisar, me sobresaltó. Esa noche también llovería. Antes que se cortara la conexión wi-fi, me apresuré a escribirle a mi tía de Buenos Aires un e-mail, avisándole que emprendería mi regreso al día siguiente, mucho antes de lo previsto. 

Cuando ascendí al bus que me llevaría a la gran ciudad, me prometí no volver a Eldorado. Y esa promesa me punzó el corazón. Casi trastabillé en la escalerilla cuando subía lentamente los escalones. Ese llamado de atención del entorno me hizo advertir lo que estaba pensando. No me resignaba, pero igualmente me estaba despidiendo de mi pasado por lo menos hasta que aprendiera a enfrentarlo.
Atrás, quedó la ciudad con más de noventa aserraderos, con su aceite de Tung*, con sus deliciosos cítricos, con su popular yerba mate*, ésa que los ancestros de mi padre llevaban en sus guayacas y que convidaron a Don Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) allá por el año 1600 y, junto a todo ello, mi historia. 


*Su nombre fue tomado de la leyenda común entre los conquistadores de América, sobre la existencia de una comarca en estas latitudes, llena de tesoros y riquezas.
*En el año 1876 el presidente Nicolás Avellaneda promulgó la Ley de Inmigración y Colonización. Esta ley fomentaba la inmigración de colonizadores europeos con el fin de poblar los extensos territorios vírgenes de la Argentina. Para dar cumplimiento a la normativa, se crearon diferentes compañías colonizadoras. Una de ellas fue la Cía. Eldorado Colonización y Explotación de Bosques Ltda. S.A. de Adolf Schwelm. 
Así es como Eldorado fue fundada por Adolfo J. Schwelm. 

Son características sus aserraderos de pino, sus colonias agrícolas y chacras experimentales, las plantaciones de naranjas y pomelos y la cosecha de yerba mate, los molinos y secaderos para ese producto.

* El Tung es un árbol de pequeño a mediano tamaño, caducifolio que alcanza los 20 m de altura, con una propagación de la corona. El árbol de Tung se valora por el aceite de sus semillas. Fue introducido en Argentina, como cultivo para el aprovechamiento de su aceite usado en diferentes industrias.
El aceite de Tung, también llamado "aceite de madera de China", ha sido usado tradicionalmente en lámparas en China. 
En Misiones, Argentina: La Empresa “Picada Libertad” posee la única planta elaboradora de aceite de Tung que permanece en pie en todo el país. La obtención del aceite es un proceso que requiere un gran volumen de materia prima, ya que por cada tonelada de fruta se obtiene un 16% de aceite. ¿Cuál es el destino de este aceite?: principalmente los Estados Unidos y países del mercado europeo como Holanda y Alemania, desde donde se comercializa en los demás puntos del Viejo Continente. Se utiliza en barnices, pinturas y también como material aislante en los equipos informáticos.

*"La primera referencia del uso de la yerba-mate en estas tierras nos llega de parte del Adelantado Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) en 1592. Según lo observado por él, y relatado por Ruíz Díaz de Guzmán en el libro "Breve Historia de etapas de Conquista"(1612), los indios Guaraníes llevaban, junto a las armas, unas pequeñas bolsas de cuero ("guayacas") en los que guardaban hojas de yerga mate triturada y tostada que masticaban o colocaban en una calabaza con agua y sorbían ya sea usando sus dientes como filtro o por medio de un canuto de caña. Según los españoles estas hojas les daban mayor resistencia para las largas marchas o en las labores diarias."



 No te duermas sin un cuento


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13 de abril de 2015

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Crónica de aquel noviembre


Eran las cinco y media de la tarde y el cielo tenía un color único, ese tono anaranjado fusionado con rosa que hace que las cosas se vuelvan más sentimentales. El Panteón Francés se vestía de colores pintorescos por la celebración del día de muertos. Una niña de seis años se acerca a la tumba más descuidada con un gesto de malestar. La tumba es de su madre, lleva una docena de rosas blancas, las abraza como si fueran su muñeca favorita. La niña se pierde leyendo el contenido de la lápida, le cuesta trabajo, deletrea en voz alta, su voz se quiebra mientras lo hace. A su lado, su padre. La niña llora, el padre consuela. Le da unas palmadas en su pequeña espalda. La niña deposita las flores en el florero de la tumba, su padre las acomoda. La niña y el padre se marchan. “Adiosito” dice la niña.

¿Qué puede significarse un adiosito? Es quizás, un adiós corto con un rencuentro cercano. La gente suele morir de tristeza. Cuando la solución de su enfermedad o problema ganan, es ahí cuando la muerte toca la puerta.

En un costado de la tumba de la madre suicida, están cuatro personas de pie. Papá, mamá, hijo e hija. No lloran. No muestran ningún sentimiento alguno. Su semblante era frio, como el viento que corrió esa tarde. Le depositaban flores a la abuela. Se notaba que solo acudieron al panteón por compromiso. No estuvieron más de 20 minutos. El celular del padre no cesaba de sonar, hasta que atendió la llamada. Era su jefe. Había una fiesta y el y su mujer tenían que acudir. Era otro compromiso, como el de ir a ver la tumba de su difunta madre el dos de noviembre. El cielo se llena de melancolía, tristeza y dolor. Pareciera que esa tarde de Noviembre los suspiros hablaran, se escucha el eco de un “Te extraño tanto viejita”. La gente llora en silencio, resignados a la partida de sus seres queridos. Se preguntan si la muerte los buscara, o ellos buscaran a la muerte. El olor del aire es dulce amargo, dulce por las flores, amargo por el duelo. Se obscurece y el campo santo pierde su poco brillo.

Katia Avila
http://prefierodejarloenanonimato.blogspot.mx/
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11 de abril de 2015

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Soy noticia


Salió impulsada sin que nada la detuviera, rompió el aire, resquebrajó el ala del sombrero de una dama sonriente antes de hacerlo caer al suelo, rozó peligrosamente la nuca del hombre que escupía sobre su filete mientras le vociferaba improperios a su compañera de mesa, hizo chillar a un perro que le ladraba impaciente a su dueño, destrozó el cristal a través del cual una pequeña miraba con embeleso el movimiento de una cola, provocó que un auto frenara en seco al advertir el golpe contundente de un cuerpo contra el lateral izquierdo, volcó un camión de carga que intentaba evadir a un conductor distraído que salía expulsado del parabrisas de su vehículo, acabó con el empleo de un vendedor ambulante al que le cayeron tres toneladas de mercancía en el puesto, llovió comida chatarra sobre el pavimento, dos mendigos se apresuraron a recoger los alimentos que le habían caído del cielo…

Del otro lado, más allá de los desamparados que peleaban con el comerciante del sitio de trabajo destartalado quien a su vez discutía con el chofer de carga pesada causante de su desgracia, el cual lo ignoraba cariacontecido para prestarle mayor atención al sujeto que quedó varado en su parabrisas con la vista perdida en una infante tendida en el asfalto, a la que una solícita mascota le lamía insistente la cara mientras un hombre la halaba del cuello y le bramaba sobre el lomo entretanto una mujer encopetada tomaba del brazo al caballero y lo instaba infructuosamente a abandonar el lugar; ella seguía rompiendo el aire sin hacer evidente su trayecto.

Tal vez la única persona capaz de percibirlo se encontraba a algunos metros del magno acontecimiento... Sentado indiferente en un taburete a las puertas de una tienda, una pierna cruzada sobre la otra, retiró a medias la vista del diario que leía y vislumbró ajeno la confusión que tenía lugar a lo lejos: un choque, una vidriera rota, gente aglomerada, curiosos que iban y venían, el ulular de unas sirenas en la distancia. Sin sacar algo en claro, sin un mínimo interés por enterarse por sí mismo de lo ocurrido, frunció el entrecejo negando vagamente y volvió la vista al periódico soltando: “lo que haya pasado ya saldrá mañana por aquí”. 

No tuvo chance de leer otra línea, el impreso se le había desdibujado de las manos antes de caer al suelo, el suelo desapareció bajo su pie derecho justo cuando la realidad impactó en su pecho, en su pecho sangraba una herida, en la herida se incrustaba una bala, en la bala fragmentos de la ley del talión deformada y en su centro, la liberación de un rencor añejo. 

A kilómetros de allí, ubicado en un sitio estratégico colindante con el local de enfrente, alguien hacía un recuento de las escenas sin inmutarse. Fue testigo del rencor liberado de la bala que le abrió una herida en el pecho y borró de la realidad al hombre que leía un diario con una pierna cruzada sobre la otra sentado indiferente sobre un taburete a las puertas de una tienda, incapaz de percibir el trayecto de un objeto que rompía el aire en su dirección y mucho menos que una mujer tomaba del brazo a un caballero que le bramaba a un perro que lamía insistente la cara de una infante tirada en el pavimento, a quien un conductor veía con la mirada perdida atascado en el parabrisas de su auto mientras un chofer de carga pesada lo vigilaba cariacontecido sin prestarle atención al propietario del puesto ambulante sobre el cual había volcado tres toneladas de mercancía y que le reclamaba por los daños causados al tiempo que discutía con un par de mendigos desesperados por recoger los alimentos que le estaban lloviendo del cielo. 

– ¿Quién diría que mañana serías noticia? –Se regodeó por lo bajo, los labios contorsionando el rostro hacia un lado en un gesto que bien podría significar una mueca o una sonrisa malévola. 

Maldijo para sí sorprendiéndose del jaleo producido, pero no de ser la única persona capaz de apreciar el suceso en toda su magnitud. Observó por última vez el cuerpo del hombre que ahora se mantenía a duras penas sobre el taburete, su humanidad regándose a borbotones por su camisa y ensuciando tristemente el suelo mientras impregnaba de otra clase de tinta el diario matutino de ese día y, antes de girar sobre sus talones para darle a todo la espalda, desanduvo con sus pupilas la trayectoria de la bala hasta la boca del cañón del arma que sostenía.


Aldo Simetra


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