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28 de agosto de 2015

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Dejate llevar


“Déjate llevar” me susurraba con voz armoniosa y esperanzadora.
 “Ven a mí… ven a mí”. 
Siempre me subyugaron los estanques, con sus misterios en las profundidades de su seno oscuro. 
Los nenúfares cerraron sus flores para protegerse del espanto de la oscuridad. 
La luna se proyectaba en las estáticas aguas en una noche mediocre, tibia, que no recuerdo en qué momento se transformó en obscena y macabra. 
“Ven a mí… ven a mí”. 
En el borde del estanque, mis pies rozaban el agua sin que lo percibiese, podía oír las vibraciones del silencio, sentía el roce de una brisa insulsa, deprimente, mi alma se llenaba de tristeza y dolor. 
“Ven a mí… ven a mí. 
Insistía la voz. 
El agua acariciaba mis tobillos y su tibieza me relajaba y el reflejo de la luna se insinuaba como portadora de dichas desconocidas y placeres secretos que siempre me habían sido negados. 
“Déjate llevar”. 
Una corydora o dos... o muchas, rozaron mis pantorrillas y me sentí arrullada, sorprendida por su danza frenética que se acercaban a besar mi piel para desaparecer prontamente en la profundidad. 
Un sortilegio se pergeñaba en mi mente incapaz de desechar. Incapaz de escapar, mis ojos estaban inmovilizados en el reflejo de la luna que me hablaba de noches eternas, de cielos inalterables y estanques cálidos, profundos, avasalladores por sus misterios… 
“Ven a mí...ven a mí” 
El batir de alas de una que otra ave noctámbula llegaron y se confundieron con el suave ronroneo del agua que abrazaba mi cintura, mi corazón se aceleraba, iba al encuentro de la luna. 
Los nenúfares se abrían silenciosos a mi paso, mostrándome el camino a seguir. 
Mi mente se debatía entre el miedo a lo desconocido y el espanto de una realidad decrépita y moribunda. “Ven a mí… ven a mí”. 
Casi podía tocarla, plateada y perturbadora, ansiosa e inalterable a la vez, cerré mis ojos y sentí el placer de la lisonja de las aguas espumosas en mis hombros. 
“Déjate llevar… 
No te atormentes -me susurraba al oído- percibe la maravilla de una noche eterna, inclínate y bésame, roza mis labios y conocerás los misterios ocultos del estanque. 
Abrázame, ven a mí… ven a mí.” 
Alcé mis brazos, abracé la luna. 
Y fui... 

Nelvis Ghelfi


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25 de agosto de 2015

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El reflejo


En realidad él pensaba que había terminado, sentía que aquello ya formaba parte del pasado; así que no le mentía a Alejandro cuando le decía que ya lo había superado por completo.
-Bueno… mejor así –dijo él en un susurro, pero no hacía falta ser muy perceptivo para darse cuenta de que no le creía.
-De verdad –dijo David riendo, creyendo que con eso acentuaba la autenticidad de sus palabras, aunque el gesto que pareció descubrir Alejandro en su sonrisa debió haberle resultado muy perturbador, pues ya no pudo sostenerle la mirada.
-Bien, mejor, mejor… -contestó, mientras se ponía de pie y parecía buscar algo en la habitación- ¿Y tus viejos?
-¿Mis viejos? En su casa, ¿por?
-Por nada, preguntaba, hace mucho que no los veo.
-¿Si? Yo también ¿Pensás que me tendrían que estar cuidando?
Alejandro se paró junto a la ventana y se quedó en silencio un momento; el día se consumía y los últimos rayos de luz trazaban recortes dorados en su rostro armonioso. David lo contempló con veneración. Casi no había diferencia de edad entre ellos, pero él siempre lo había considerado más maduro, parecía hallar en Alejandro todo aquello de lo que él carecía: fortaleza, determinación, orgullo, vitalidad, y hermosura.
Perfección.
Alejandro volteó y miró hacia el cielo, desde el séptimo piso en donde se encontraban podían divisarse claramente las densas nubes que auguraban otra noche fría.
-Pienso que esas decisiones las tiene que tomar tu psiquiatra, pero si querés mi opinión no creo que tendrías que estar tanto tiempo solo después de lo que pasaste, alguien tendría que estar cuidándote –dijo, apresurándose al hablar, sintiendo que si no lo decía de un tirón no lo iba a hacer nunca.
-Bueno, que suerte que estás vos entonces… ¿Te querés quedar esta noche?
Alejandro sonrió levemente avergonzado mientras seguía con su mirada fija en el horizonte, a lo lejos, más allá de los edificios que se esparcían sobre todo el paisaje.
-No va a pasar nada Deivid… -dijo, tan cortés como pudo.
-Nunca digas nunca…
Alejandro lo miró de soslayo y le sonrió amablemente. Luego, miró su reloj.
-En un rato tengo que irme, ¿querés que te haga un café o algo?
-Estoy loco, no invalido –dijo David riendo- ¡Estaba! ¡Estaba loco! Ahora ya me curé –se puso de pie y comenzó a hablar con una fingida voz que pretendía sonar demencial-. Ya no veo más cosas raras… ¡Ratas! ¡Arañas! ¡Espíritus! ¡Demonios! ¡Gente rara que me susurra cosas al oído en idiomas que solo yo entiendo! ¡Ooooooh! ¡Fuera alucinaciones! ¡Fuera! –dijo, mientras se contorsionaba bufonescamente. Alejandro lo miraba sonriente desde el otro extremo de la habitación.
-El sentido del humor siempre es señal de buena salud.
David se hincó en una reverencia.
-Gracias su majestad, espero haberos entretenido.
-Bueno, ¿querés el café o no? –insistió Alejandro.
-Sí, quiero, pero los cafés los hago yo en esta casa ¿Qué te pensás? ¿Quién es el invitado acá?
David caminó hacia la cocina y se tambaleó un poco, se apoyó contra el marco de la puerta un segundo antes de que Alejandro lo tomara por debajo de los hombros.
-¿Estás bien?
David miró sus fuertes brazos sosteniéndolo y tuvo deseos de desmayarse en ellos.
-¡Ey! No toqués si no vas a llevar –contestó sonriendo, luego, agregó incorporándose-. Sí, estoy bien, me mareé un poco nada más, esos antipsicóticos me tiran un poco abajo, sabés…
-Pensé que ya no te los daban.
-Me bajaron la dosis, también debe ser que comí poco y estuve todo el día sentado en ese puto sofá sin hacer nada. Esperá, hago los cafés y comemos unas masitas que hizo mi vieja.
Avanzó arrastrando sus viejas pantuflas marrones hasta la cocina y se detuvo frente a la cafetera, llenó dos grandes tazas y el aroma intenso del café lo invadió. De pronto se sintió confundido, no recordaba haberlo preparado ese día. ¿Alejandro lo había hecho? ¿En qué momento? Una nueva pregunta llegó desde el living para desorientarlo aún más.
-¿Las hizo tu vieja las masitas? –preguntó Alejandro- ¿Cuándo vino a traértelas? Me dijiste que hacía mucho no la veías…
David miró las masas que estaba colocando en el plato en ese preciso instante y sintió extrañeza al ver sus propias manos, le pareció por un segundo que eran de alguien más. Y el asunto de su madre… ¿cuándo era que había venido?, no lo recordaba. Se quedó en silencio mirando el plato. La voz sonó más cercana esta vez “¿A dónde vas con eso, David?”. El volteó aturdido y vio a su madre que lo contemplaba con sus manos en la cintura.
-¡No puedo ni siquiera dejarte solo para ir al baño! ¿Qué hacés con eso? ¡Te podés quemar! Sabés que tenés que hacer reposo –miró a su hijo parado allí, junto a la mesada, vestido solamente con su pijama amarillo y sus pantuflas y no pudo evitar que la angustia la envolviera; había llenado dos tazas con café y había colocado en un plato unas cuantas de las galletas que ella misma le había horneado por la mañana.
-Ca-fé co-n mm-asi-tas –dijo David, cortando torpemente las palabras. Su mirada estaba perdida en un punto fijo. Ella tomó aire y trató de contener el llanto, aún le costaba asumir que de pronto su hijo de 26 años necesitaba tanto, o más cuidado, que cuando era un niño. Lo tomó suavemente del codo y lo llevó hasta el sofá mientras a él se le caía un hilo de saliva por su labio inferior.
-¿Por qué no me pediste a mí el café? Para eso estoy acá, para cuidarte. Sentate y quedate quieto que ya te traigo todo.
Su madre lo dejó en el living y fue por la bandeja. Él buscó a Alejandro con su vista moviendo la cabeza en todas direcciones, incluso hacia el techo y el piso, luego se llevó su pulgar a la boca. Miró hacia el frente de la habitación y descubrió el rostro de su amado en el vidrio de la ventana, le sonreía. Él le devolvió el gesto y se acurrucó en el sofá dentro de la frazada. Su madre entró a la sala y pareció aliviarse un poco al ver la expresión de alegría dibujada en sus labios. Dejó los cafés y las masitas sobre la mesa ratona, tomó una de las tazas y se la llevó a la boca a su hijo, este dio un pequeño sorbito volcando un poco sobre sus cobijas, ella le limpió el mentón con una servilleta y le preguntó si quería un poco más o prefería una masita.

Pero él no la escuchó, un gesto de consternación había empezado a surcar sus cejas cuando Alejandro, desde el reflejo en el vidrio, le aseguraba que su madre no estaba allí; que el delicioso café y las exquisitas masas caseras no estaban allí; que ni siquiera él estaba en esa ventana que miraba tan fijamente; que solamente había una cosa, un detalle, y era que otra vez había olvidado tomar sus pastillas. Nadie había en esa habitación más que él mismo. David, el que no podía dejar de mirarse al espejo y soñar que se trataba de alguien más.
 
Germán Gabriel Vives
http://germangabrielvives.blogspot.com.ar/
 
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21 de agosto de 2015

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Inevitable


El anciano se detuvo en silencio. Lo soltó todo en el césped y, con el cuidado que requerían sus años, se agachó delante de la lápida. Retiró las marchitas flores que se pudrían en el macetero y las cambió por unas preciosas rosas rojas. Luego, con delicadeza, abrió una gran bolsa de rafia de donde sacó un par de copas y una botella de champán que quedaron en el suelo junto a su viejo maletín de cuero negro. Colocó las copas en el borde de la losa de piedra, abrió el bote que contenía el dorado elixir y empezó a rellenarlas con mimo. Luego, con gesto solemne, cogió una de ellas y, después de hacerla tintinear con su hermana gemela, la vació en su garganta de un sólo trago. A continuación tomó la otra con delicadeza, la levantó en alto y con un golpe firme y seco de muñeca, lanzó con energía su contenido por detrás de su espalda. Lo cierto es que aquello me sorprendió bastante. Al parecer, aquel era un hombre algo supersticioso.

Después de recoger el brindis y exactamente igual a cómo se saca un conejo de la chistera, un pequeño banco plegable se asomó desde la bolsa. Lo colocó frente a la fría piedra y descanso sobre el su fatigada anatomía. Sin darse un segundo de tregua abrió el maletín y se puso a toquetear algo en su interior. Tenía que reconocer que estaba muerta de curiosidad. El hombre se enderezó y segundos después salí de dudas. Los primeros compases de una conocida canción celta se empezaban a escuchar provenientes de aquella pequeña maleta de cuero. El anciano, sentado y con más ilusión que ritmo, intentaba imitar alguna suerte de baile típico escocés. Sonreí conmovida. ¿Quién era ese hombre y quién sería la persona que estaba en aquella tumba?.

Diez minutos más tarde, la música se detuvo y el anciano volvió a guardarlo todo. Mientras lo hacia, empezó a charlar de manera animada. Se reía y, de vez en cuando, pasaba la yema de los dedos por las rugosas marcas inscritas en el mármol. Cada vez me sentía más intrigada por saber con quién hablaba aunque lo más probable es que estuviese como una auténtica regadera.

Por último, se agachó, acercando su desdentada boca al frío mármol y le dio un largo beso. Luego se levantó, recogió la bolsa y el maletín con sus nudosas manos y se marchó con dificultad por el pedregoso camino. Esperé a que se perdiese por el callejón y luego, con profundo respeto, me acerqué a la tumba.

-"Aquí yace Palmira Rodríguez Lázaro, amada esposa y cariñosa madre. 1947- 1985. Tu marido y tus hijos no te olvidan" – Leí en voz alta, compungida.

Treinta años. Hacía treinta años que aquella mujer estaba descansando bajo tres metros de tierra y aquel viejo todavía no la había olvidado. Para que luego digan que el amor verdadero no existe. Una sombra se movió en mi espalda.

-Esto es lo que hace el día cinco de cada mes, todos los meses del año y todos los años sin faltar uno desde que su mujer murió – escuchó decir a una potente voz que provenía de sus espaldas – Sebastian es increíble, ¿No crees? -

Yo asentí distraída. Lo cierto es que estaba conmovida y eso en mi no era algo precisamente demasiado fácil de ver. Había visto muchas cosas en mi dilatada existencia pero esta ha sido, probablemente, una de las más especiales. Una fría lágrima rodó por mi mejilla.

-Es un duro trabajo el tuyo, vieja amiga – volvió a decir la voz – Creo que es la hora. Ya sabes que hay que hacer.

Suspiré unos instantes. A veces me odiaba con todo el alma. Me concentré y posé mis dedos sobre la áspera lápida de piedra. Poco después los recuerdos fueron aflorando en mi memoria. Una cama de hospital. Una mujer dando a luz. Algo sale mal y todo se va al traste. Por la ventanilla del paritorio, el rostro treinta años más joven de Sebastian, se baña en lágrimas. ¡Cómo odio a veces mi trabajo!. De repente, algo me sacó del trance. Número catorce de la calle Toledo, Quinto B. Con lentitud comencé a alejarme de la tumba y a dirigirme a la dirección que acaba de visualizar. Sería rápida e indolora, eso estaba claro. Aunque me daba mucha pena, yo no podía hacer nada más. Ordenes son órdenes y de no obedecerlas, el mundo se convertiría en un caos. Quien sabe si a lo mejor hasta se vuelven locos de alegría cuando se vuelvan a encontrar.

Francis Merchan 



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18 de agosto de 2015

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Amigo imaginario.



De niña le contaba mis cosas a Johni, un caballo blanco al que solo yo veía. 

Por las tardes, cuando llegaba del colegio y merendaba mi bocadillo de Nocilla, me iba corriendo a la orilla del río y lo cruzaba, pisando sobre las piedras, para no mojarme. En el otro lado, ya en el bosque, saltaba por encima de los matorrales, las piedras y los troncos. Tenía prohibido ir a la montaña porque había lobos pero yo corría y corría pues era un caballo blanco, igual que mi amigo Johni, y los lobos eran como nosotros, seres solitarios.

Por entonces pensaba que era una yegua voladora y no entendía por qué tenía que vivir con una familia, en una casa e ir a la escuela. Así que trotaba, brincaba de sillón a sillón, bajaba los escalones del cole de tres en tres y caminaba, como una funambulista, por la valla del parque. Me miraba en los escaparates al pasar y levantaba bien altas las rodillas, como un corcel elegante. Parada, al paso, al galope, paso español, cambios de ritmo, fantasía, giros, cabriolas y arreones. Una pierna, la otra, los codos pegados a los costados, los puños cerrados y la cabeza ladeada. Soñaba con ser un alazán jerezano.

Me sentía una potranca joven y el resto de niños y niñas eran eso, niños y niñas. Jugaba sola, saltaba, me subía a los muros altos, a los árboles y tejados y era feliz. Sin embargo, mis compañeros de escuela cuando se asustaban me llamaban, y es que, en el patio del recreo, había una grieta profunda en el suelo, de la que decían que se oía roncar al diablo; la verdad es que a pesar de haberme asomado varias veces, jamás escuché nada, tan solo se veían unas hormigas negras, con cabeza gorda y pinzas en la boca, con la que transportaban restos de pan y hojas, para llevarlas dentro del hoyo. Así que les explicaba a los críos que ahí no se oía nada y ellos, ya tranquilos, continuaban con sus juegos. No tenía claro, por entonces, lo que era un diablo pero por el miedo que causaba, sus ronquidos debían de asustar mucho.

Cabalgaba, corría, saltaba y crecí. De pequeña no tenía mucha importancia pero, conforme iba haciéndome mayor los niños se reían de mí y las niñas se apartaban.

Mis padres y los profesores decían que era muy reservada y que debía tener amigos, pero me daba igual porque tenía a Johni. Al final me apuntaron a todo tipo de actividades para ocupar mis tardes, fines de semana y vacaciones . Y lo consiguieron, robaron mi tiempo pero no mi mente. Johni siempre estaba ahí e incluso, poco a poco, comencé a escuchar a las plantas, a los animales, a las piedras y a las personas que guardaban silencio y, cuando notaba su dolor, las miraba, acariciaba y, sonreían. 

Que si Dios existe, que si el Diablo también, que si tienes un amigo invisible y eso es enfermizo… claro, yo hablaba con Johni y era una locura pero ellos que hablaban con Dios, los santos, sus muertos, o el Diablo roncador estaban muy cuerdos. 

Antes del desayuno me daban una pastilla por lo que apenas podía cabalgar camino del cole, de la catequesis… y mi caballo blanco se iba borrando. Me miraba de lejos, creo.

Y aprendí a hablar como ellos, a moverme como ellos, a vestir de temporada, a poner los cubiertos en orden, a bordar, a estudiar, a temer. A callar. Aprendí mucho. Olvidé a Johni. Aunque a veces me hablan las flores y los animales siguen mirándome de esa manera, sí de esa manera… y nunca, nunca dejé de escuchar a la gente que guardaba silencio.

Ayer celebramos mi cumpleaños. Mientras soplaba las velas de la tarta veía a mis hijos jugar. Mi madre se acercó a mí y me dijo que Matilda, la más pequeña, era como yo y me espetó: ¿Es que no ves que está subida en el lo alto del olivo? Bájala.

Y fui a por ella y la bajé. 

Pero no iba sola, me acompañó Johni y salimos a trotar los tres.


Inma Barranco.




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16 de agosto de 2015

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Decidí que importa.



Tengo que cumplir mi rol. Tengo que trabajar para ganar dinero, acatar ordenes para evitar problemas innecesarios, continuar con la rutina por mas insufrible que parezca y es que es necesario. 

Es muy bonita la idea de vivir disfrutando, hacer lo que a uno le gusta y vivir feliz la mayoría de los días de la vida, bonita pero irreal. 

A lo que me refiero es que no basta con querer algo para que llegue, hay que esforzarse y no descuidar el hecho de que hay que comer y cuidar a las personas que dependen de uno, es decir, para alcanzar cualquier meta hay que sufrir como mínimo dos veces mas que las personas sin ambición.

El plan de mi vida parece que ya está trazado y de acuerdo a la gente que me rodea he llegado a la conclusión de que ganar dinero, cumplir algún capricho de vez en cuando y dejar descendencia es la manera en que tengo que vivir, yo y otros millones de personas que habitan en este mundo y en este tiempo. 

Si tengo que sufrir el tedio y cansancio para alcanzar mi meta ¿Para qué me molesto en tener una?

Nada me garantiza que vaya a conseguirla y la estadística está en mi contra, es muy probable que un día me de cuenta que dejé pasar mi vida sin alcanzar mis metas y me tenga que conformar con lo que he conseguido hasta ese entonces. Ya me imagino repitiéndome argumentos como "al menos tengo amor".

No me parece mal acabar así pero eso no figura en mis planes, no tomé la decisión de tener ambiciones pensando en que voy a fallar. Sufro la rutina como muchos pero tengo la mentalidad de que algún día voy a salir. No me resigno a vivir de esta manera y por eso mismo este estilo de vida se me hace mas tedioso. 

Es verdad que hay una brecha enorme entre lo que uno se imagina que va a ser su vida y lo que es en realidad, también es cierto que las probabilidades no son buenas y que hay factores externos que frenan a toda persona con sentido de la moralidad,como procurar a personas que dependen de tus ingresos. Con lo fácil que sería dedicarme solo a mi, cuánto tiempo salvaría, pero como ya dije; una cosa es la imaginación y otra cosa es la realidad.

Imagino que hay un punto en el que la vida de cualquier persona confunde el hartazgo con la resignación. A todos los obstáculos que ya he mencionado hay que añadirle el miedo de no saber distinguir cuando estoy luchando por mi sueño o cuando me resigno a vivir de esa manera tan tortuosa.

Sería mas fácil dejar de pensar en todo esto pero la realidad me recuerda que no se puede, de niño todo parecía tan fácil: "Si quieres algo lo vas a tener sin mas", creo que vi muchas películas. La vida no es una película y nada me garantiza un final feliz. 

Puedo renunciar a mis sueños y mi vida actual no cambiaría en casi nada, dejaría de estresarme de mas ¿Por qué no lo hago?. 

Por qué sufro del tedio, hartazgo, miedo, cansancio, estrés, frustración, impotencia y aun así me continúo exigiendo. La respuesta es fácil; por mis metas, no me importa si son grandes o pequeñas, decidí que las voy a alcanzar...decidí que importan.


Gisari


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14 de agosto de 2015

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3 a.m.


3 a.m. de un martes, una rutina deprimente repleta de una dieta nefasta; ¿acaso por eso pierdo peso tan rápido?- No lo recuerdo, me duele la espalda o quizás un mensaje de mi chica; -No se puede, lo siento, adiós- Me esta causando angustia ver la ventana y apreciar el cielo aclarándose, ¿Tan rápido amanece? recuerdo que de niño la noche no desaparecía si no me iba a la cama a las 9 p.m, Tal vez estoy creciendo, tal ves estoy aburrido, quiero entenderme un poco que es lo que quiero, que es lo que mañana quiero.


Salty Armenta.
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8 de agosto de 2015

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La muñeca de Kafka


Highland Park, N.J.

"¿Y si esto que he imaginado fuera, sin yo saberlo, algo real?, escribió Franz Kafka en uno de sus cuadernos dos años antes de morir. "¿Y si cada vez que abro la puerta cuando llega M, me asomo, sin yo saberlo, a un lugar irreal? Nada malo; una vez que has traspasado el umbral, todo es bueno." Cruzar el umbral era, para Kafka, algo natural. En sus diarios, casi no hay interrupciones entre lo que imaginaba y lo que vivía, a tal punto que el lector no sabe dónde acaba de poner el pie, si en el borrador de un relato o en los incidentes sin importancia de una mañana cualquiera.

El propio Kafka, a veces, describe lo que le pasa como si necesitara que lo corrigieran. En el verano de 1912, por ejemplo, sus diarios se mueven de una alucinación a otra: jóvenes desconocidos completamente desnudos golpean a la puerta de su casa de campo y le preguntan, tontamente, si está viviendo allí. Por la noche, cuando va al retrete, a la intemperie, descubre a varios hombres durmiendo sobre la hierba, junto a tres conejos que acechan su puerta, sentados sobre el prado. Son imágenes de pesadilla que Kafka refiere con naturalidad, sin asombrarse. De tanto moverse entre penumbras donde todo es incierto, Kafka ha terminado por ser incierto él mismo y por entrar dentro de las novelas ajenas de modo imperceptible, confundido entre los personajes creados por otros.

Una historia personal quizá contribuya a explicar esa existencia cada vez más indecisa de Kafka entre lo que de veras sucedió -su vida, comentada con minucia por él mismo en los doce cuadernos de sus diarios- y lo que otros imaginan que sucedió. A fines de octubre de 2004 empecé a leer The Brooklyn Follies, la última novela de Paul Auster, en una de esas ediciones que se adelantan a los críticos. Tenía el propósito de que Auster la explicara a mis alumnos de la Universidad de Rutgers, donde sus devotos se cuentan por millares.

Todo en The Brooklyn Follies me resultaba familiar. La librería de viejo donde trabaja Tom Wood, el sobrino del protagonista, era curiosamente parecida a una que está dos cuadras al oeste de la casa del autor. La compañía de taxis 3 D y el restaurante Cosmic Diner, que frecuentan el tío y el sobrino, parecen posar para la fotografía de la portada, que en la edición original está armada con personajes reales.

La escena más bella de la novela entera había sido inventada, sin embargo, de cabo a rabo. O eso fue, al menos, lo que pensé cuando la leí por primera vez. Auster sitúa esa escena hacia la mitad del libro, en un capítulo que se llama Yendo hacia el norte. El tío Nathan y el sobrino Tom discurren sobre Kafka, del que ambos conocen una docena de relatos. Tom trata de demostrar que no sólo era un gran escritor, sino también un ser humano extraordinario, capaz de lograr, con un acto de generosidad inesperada, cambiar la vida de una persona.

"¿Alguna vez has oído la historia de la muñeca?", pregunta Tom. No, el tío Nathan no la recuerda. Sucedió durante el último año de la vida de Kafka, cuando convivió en Berlín con Dora Diamant, una joven que acababa de abandonar en Polonia a su familia jasídica. Fueron meses felices. Kafka, que siempre había sentido horror ante toda forma de compromiso sentimental, esta vez se entrega sin reservas. Todas las tardes sale a pasear con Dora por un parque cerca de la casa. Un día, tropieza con una chiquita que llora sin consuelo. Kafka le pregunta qué le pasa, y la niña le responde que ha perdido su muñeca. Para consolarla, inventa entonces una historia. Le dice que la muñeca se ha ido de viaje. "¿Cómo lo sabes?", pregunta la niña. "Porque me ha escrito una carta", responde Kafka. "¿La tienes ahí?", quiere saber. "No, lo siento", responde Kafka. "La he dejado en casa, pero mañana voy a traerla conmigo."

Esa misma tarde, Kafka se pone a escribir la carta de la muñeca. Pone en la tarea tanta seriedad y dedicación como en su propia obra. Quiere sustituir el objeto perdido por una realidad que, de acuerdo con las leyes de la ficción, sea tan persuasiva como verdadera. Al día siguiente, le lee a la chiquilla la carta ficticia, en voz alta. La muñeca lo lamenta, pero se ha cansado de vivir con la misma gente todo el tiempo. Quiere a la niña, pero necesita -le dice- un cambio de ambiente, ver el mundo, tener amigos nuevos. Después de esa primera entrega, Kafka asume el compromiso de escribir las cartas imaginarias durante tres semanas, hasta que encuentra un final apropiado: la muñeca va a casarse, se despide, es feliz. La historia es conmovedora. Uno de los escritores más grandes de todos los tiempos emplea su precioso tiempo -parte del poco que aún le queda- en consolar a una niña a la que ha encontrado por azar en un parque de Berlín.

La historia me pareció demasiado bella para ser real, y durante las semanas previas a la visita de Auster a Rutgers investigué con especial cuidado si alguien la había contado antes. Me interesaba que Auster les explicara a los estudiantes cómo la había construido, de qué modo había ido tejiendo su ficción con hilos de realidad. Leí todos los diarios y apuntes de Kafka, incluidos los últimos, de junio de 1923. No había la menor señal de la historia de la muñeca. Si Kafka, cuya correspondencia es tan copiosa, no hubiera vivido en esos meses con Dora Diamant, quizá le habría contado el encuentro con la niña.

El único indicio que descubrí fue una referencia breve al episodio, no más de una línea, en la biografía que Ronald Hayman publicó en 1981. No se me ocurrió entonces que quizás hubiera también algunos detalles en el libro de memorias de Kathi Diamant, la hija de Dora, de modo que cuando Auster fue a Rutgers y me tocó coordinar su diálogo con los estudiantes, yo estaba más bien a ciegas. Casi todas las preguntas que le hicieron, al principio, estaban orientadas a entender el borde entre realidad y ficción: ¿existía un restaurante llamado Cosmic Diner o una librería de segunda mano como la que se describía en la novela? ¿Nathan Glass y Tom Wood estaban parcialmente copiados de la realidad? Las respuestas eran no, no y no. El único personaje al que Auster admitía haber conocido -si bien de lejos, como en una fulguración que más bien parecía un espejismo- era la mujer que en la novela se llama la Hermosa Madre Perfecta. Nada más, salvo la atmósfera de Brooklyn, la melancolía y la felicidad de sus calles. Entonces le lancé a Auster la pregunta que tenía preparada: ¿cómo se le había ocurrido la escena de la muñeca? ¿Y por qué Kafka? "Porque realmente le sucedió eso a Kafka -me desarmó-. Yo no lo inventé. Hubo tres semanas de cartas de la muñeca. Cartas verdaderas, que lamentablemente no han sobrevivido." Una estudiante comentó que, en verdad, la historia parecía demasiado buena para ser real, y que quizá fuera mejor pensar en ella como en algo que sucedía sólo dentro de The Brooklyn Follies. Auster preguntó entonces qué opinaba yo. Dije que estaba perplejo. Los seres humanos nunca sabemos si la realidad es una inmensa novela, o si no hay otra novela que la lisa y llana realidad. 

Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/807433-la-muneca-de-kafka
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4 de agosto de 2015

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Un Soplo de Aire


Sus pasos lo llevaron hasta más allá de la Avenida Tres Piensos, justo frente a la plaza de los almendros. A pesar de lo mucho que le gustaba la calle en la cual se detuvo, hacía mucho que no se pasaba por allí. ¿Por qué? ¿Quién iba a saberlo? Quizá el tiempo, quizá ese suspiro de nostalgia que ahora se mezclaba con el vaivén del viento. 

Pequeños pedazos de papel empezaron a lloverle encima y levantó la cabeza en un intento de vislumbrar de dónde provenían. Alcanzó a ver medio brazo y parte de una castaña cabellera desaparecer en el interior de una ventana. Bajó la vista lentamente, ninguna expresión en el rostro. Uno de los trozos de papel se había posado sobre su chaqueta y en lugar de sacudírselo y proseguir su camino, lo tomó, escogió un par más del suelo e intentó descifrar inútilmente su contenido. 

Quien hubiese roto la hoja antes de echarla a volar por su ventana había escrito: 

“A veces me acuesto, miro el techo y pienso en ti. Y me digo que ese y no el verdadero fue nuestro cielo porque no tuvimos que compartirlo con el resto. Todavía esta esa mancha en la pared que nos sacó carcajadas cuando se instaló allí y que sucesivamente cada que mirábamos nos hacía sonreír. La bombilla es la misma bajo la cual salían a la luz nuestras querellas y a la que de vez en vez dejábamos en el olvido cuando usábamos las manos como prendas. Aquella muda de ropa tuya que llegó con la excusa de "por si acaso" se ha quedado haciendo guardia en el armario. Y el espejo, ¿te acuerdas?, aquel en el que nunca nos dio tanta vergüenza mirarnos como la que debía sentir él al reflejarnos, sigue custodiando la misma esquina en donde a su través se confrontan otros tantos rincones del cuarto. 
Todo sigue igual, o al menos casi todo. Lo que fuimos ha decidido perpetuarse sin nosotros. Pero, lo siento. Ha pasado ya algún tiempo y es hora de que el cielo que nos amparó bajo este techo se enfrente a otras caras, encuentre otros dueños... Así que voy a sacar de las esquinas las telarañas de nuestros besos, voy a mirar seria la mancha mientras desaparece debajo de unos cuantos brochazos de pintura o un colorido tapiz, voy a descolgar del armario cualquier ápice de prevención y cambiaré la bombilla por una lámpara que no me dé tanto calor.
Sacudiré el polvo de las carcajadas, de las caricias, de los recuerdos y abriré la ventana para que se disperse en aires nuevos. Y suspiraré, tal vez de alivio, tal vez de nostalgia, tal vez de ambas, cuando contemple mi reflejo en otro espejo y desde un distinto panorama. Y me acostaré y miraré el techo, y quizá piense en ti o no, ¿quién podrá saberlo? Pero ya no diré lo mismo del cielo, sea falso o verdadero”. 

– ¿Qué haces? 

–Alguien los ha arrojado. 

– ¿Y qué? ¿Para qué los recoges? Sabes que son solo trozos de papel, ¿no? 

Asintió quedo en silencio mientras su acompañante lo halaba del brazo para continuar. Sin embargo, no se movió sin volver la vista hacia arriba, justo a donde había visto medio brazo y parte de una castaña cabellera que de hace tanto conocía. En el trocito de papel que había tomado de la solapa de su chaqueta reconoció su letra (no la de él, sino la de ella) en una sola palabra de cinco letras. Pensó en cuántas cosas habían vuelto a ser cosas y en cuántas habían cobrado sentido después de ella, y suspiró de nuevo... tal vez de nostalgia, tal vez de alivio, tal vez de ambas. Iba a guardarse el pedazo de papel en el bolsillo, pero en lugar de ello dejó que el viento escogiera su destino.


Fritzy Zamor


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2 de agosto de 2015

el comentario 8 comentarios

Elecciones

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Yo la elijo a ella.

Los dos morochos que pasan en la misma moto me miran con ganas de bajarse a pelear. Pongo cara de malo y meto la panza para desafiarlos de la manera mas pasivo-agresiva posible. El tipo de atrás asemeja un búho, como la nena de El Exorcista su cabeza parece girar 360 grados para seguir mirándome fijo.

Detrás de mí está mi mujer desahogándose con los carteles de los candidatos populistas de turno. Ayer vimos a los militantes una hora antes de la veda electoral cubriendo con sus afiches los de nuestros candidatos. Ahora Silvia toma venganza. Sabe que ganamos y se desquita con los afiches de caras en pose de prócer y PhotoShop que los rejuvenece veinte años. La juventud al poder, según dicen y la experiencia al cementerio.

Silvia ha dejado los afiches de cien metros de marquesinas de obra en construcción desparramados sobre la vereda. Dos chicos de no más de seis años la miran como si se tratara de la bruja loca de algún cuento. Mientras tanto mi peor es nada se seca el sudor de la frente y trata de regular su respiración ahora agitada.

-Son unos chorros hijos de puta. Con lo que se afanaron en estos años podríamos haber erradicado la pobreza y creado industrias para que la gente tenga trabajos dignos. Pero no, tooodo asistencialismo a criterio del presidente. Si quiere te da , si quiere te quita....

-Como decía el abuelo - completo yo- este país se arregla con un paredón de cien kilómetros donde fusilar a todos los políticos corruptos...

-Y todos abogados. - se engancha ella- Sólo quieren ocupar cargos para robar, no para servir. Y se dicen de izquierda...¡por favor! si son más fachos que Mussolini y Hitler juntos.

Mi tesoro es así y así la quiero. Cuando la conocí no hablábamos de películas, ni de la música que nos gustaba , ni de viajes, ni teatro, ni de nada de eso. Hablábamos sobre el terrorismo, la subversión, nuestras vidas bajo los regímenes militares y cómo sobrevivimos a los otros.

Entramos inmediatamente en sintonía. Yo delirando por la centro izquierda y ella separada de un Montonero que la maltrataba. Ambos productos de una fracción de la sociedad que no cree en iluminados ni en líderes paternalistas. Diría que nos terminó uniendo el espanto y el escepticismo crónico que nos inundaba.

-Los de la moto querían fajarnos...- le digo para que entre en razones.

-Te apuesto a que esos dos viven de planes asistenciales, estoy segura. - continuó sin interpretar mi reclamo de indefensión- Y yo me rompí el culo trabajando para que esos dos vivan sin mover un dedo. Dejálos, que vengan, van a ver como les hago un enema de boletas de su partido...-

-Pará Negrita. - traté de calmarla mientras vigilaba que los tipos no volvieran- Mirá que hay países en donde el gobierno te manda gente armada en motos para que te borren del mapa...

-Que vengan- dijo con la cara enrojecida por el odio- Me voy a cargar a uno de ellos aunque sea a mordiscos...

Y no era broma. Es que Silvia es de la época donde con la cultura del trabajo se solucionaban todos los problemas. Nos educaron con la idea de que existiría por siempre una movilidad social basada en el esfuerzo y el estudio. Tanto ella como yo nos la creímos y tratamos de ser buenas personas cumpliendo con el ideal.

Ella llegó desde el campo apenas cumplidos los 16 y con la secundaria completa. La típica niña pobre, inteligente y llena de esperanzas. Dos años del secundario rendidos libres y un padre que la despidió con toda la tristeza del mundo y un único mensaje: - Cuidate mucho. Si no te cuidas vos, nadie podrá ayudarte. - Y es que la pobreza no arma puentes con los poderosos ni puede comprarlos.

Ella llegó a quedarse en la casa de la abuela, allá lejos, cerca de la villa, en pleno gran Buenos Aires. A dos horas de viaje a cualquier lado. Incluso a una facultad controlada por los militares y subvertida por militantes dispuestos a "plantarle" propaganda con tal de hacerla caer en desgracia. Pero Silvia supo ser cuidadosa revisando siempre su cartera antes de pasar por la guardia.

Sin un peso partido por la mitad, fue mesera, promotora y vendedora, mientras continuaba sus estudios en la facultad. Nada de salidas ni diversión. Sabía que si volvía al pueblo terminaría siendo la vieja peluquera que vivía pendiente del cotilleo.
Su madre la soñaba allí. Cerca de ella por siempre.
Ella no.

Sin dinero ni para libros, debía ser la primera en llegar a la biblioteca universitaria para obtener por un día un ejemplar que todos se disputaban. Claro que era a las cuatro de la mañana cuando salía al descampado donde aún dormían la borrachera los vagos que no conocían otra droga, para así conseguir el único  y primer colectivo del día, que la llevaría hasta la estación de aquél  tren sucio y solitario que  la dejaba a diez largas cuadras de las puertas de la universidad.
Perdió peso, juventud, amor y oportunidades, pero se recibió con honores.

Cómo podía explicarle que ya nadie necesita comprar un libro que Internet regala, que nadie estudia a menos que piense abandonar el país y probar suerte donde la meritocracia aún no se encuentre ausente. Cómo explicarle que el mundo no está hecho para los buenos. Que "moral" ya no existe en el vocabulario moderno y "éxito" sólo significa tener más que los demás.

Silvia ha acumulado odio contra aquellos que rompieron las reglas, pero no se siente infeliz. Ha logrado sus objetivos. Y cuando ve a algún inepto que ha llegado al poder para robar lo que aporta el pueblo, simplemente se descarga arrancando su imagen de las paredes .

-Si vuelven esos dos facinerosos - me dice- insultales el candidato, hacélos cabrear todo lo que puedas, que cuando dejen la moto para pegarte, se las robo, te alcanzo y nos vamos volando...

Es que a los 73  sigue siendo una peleadora.

Por eso la elijo a ella.


OPin 2015
Imagen: Obra de Gabriel Sainz

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