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17 de septiembre de 2014

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Errante sin sentido


Ese sin sentido en el que se balancea la vida.
Ese comienzo incierto y final inconcluso propio de las historias a medias recordadas.
Ese ir y venir constante que nos ata a todos lados y al mismo tiempo a ninguna parte.
Ese pertenecer a nada y conformar un todo.
Ese querer ser un todo para quien quiere nada.
Ese "no sé qué" inevitable que juega al escondite con el “sí” y el “no” sin atrapar a alguno de los dos.
Ese borrón en que se convierte el olvido, el pasado, lo vivido.
Ese avanzar hacia atrás a través del tiempo: Entre más segundos, menos momentos. 
Esa frontera a la deriva atrapada entre dos mundos.
Ese agobiante sobrevivir en el futuro y sobrar en el presente.
Ese soñar con las pupilas encendidas sin edificar algo y destruirlo todo al cerrar los párpados.
Ese hablar sin decir ni sentir, ni pensar.
Ese querer ir lejos sin partir ni llegar.
Ese estar rodeado y lleno de movimiento, pero quedarse paralizado con el alma hueca y la mente en blanco en un espacio inerte donde se acumula el vacío.
Ese accionar dormido que no permanece en vigilia ni cuando el querer o el poder lo acompañan.
Ese infinito en el que nadie cree y sin embargo, sigue protagonizando papeles.
Esa verdad bien vestida con demasiado decoro para dejarse ver desnuda.
Esa nada y ese todo que son contrarios, pero casi parecen sinónimos.
Ese existir sin ser, ese estar sin ocupar, ese vacuo significado de vivir que torna insignificantes el resto de las cosas.
Ese sin sentido en el que nos balanceamos todos, donde los verbos se apegan a sus infinitivos y hacen posible que hasta suenen incoherentes los sustantivos.
Ese “siempre” y ese “nunca” que se enganchan de igual modo a principios y a finales, que sostienen una cuerda casi imaginaria a la que nos asimos un instante y luego desaparece dejándonos extrañados; porque aunque no haya algo sólido y visible a lo que aferrarnos, seguimos colgando con los brazos extendidos y los puños apretados.

¿Por qué nunca la aferramos, por qué siempre la soltamos?


Fritzy Zamor


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11 de septiembre de 2014

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Useless performance...


Podría haber jurado que el sabor del vino no era el mismo. Ahora lograba distinguir aquel olor a almendras. Inconfundible.

Mi mano aún sostenía la copa de vino. En la mesa el pavo ahumado exhalaba las fragancias más exquisitas. El arreglo en limas era sublime, mi preferido como muy bien él lo sabía. Las nueces en absoluta simetría despojados de sus corazas, formaban junto a las hortalizas, una obra digna de los enramados de Gibbons.
La velada había sido preparada con esmero. Las velas, con su tenue y plácida luz, luchaban, no sin esfuerzo, con la brillante luminiscencia propia de las noches de luna llena.

No menos de cinco metros nos distanciaban. Los arreglos habían sido claros. Cada uno debía sentarse a extremos opuestos, la servidumbre, se encargaría de traer el festín, y de servir en lujosas jarras el vino. Luego se retirarían para no volver.

El casero comprendería de inmediato los gestos del anfitrión, no interrumpir la velada bajo ninguna circunstancia. No había escapatoria.
Era momento de hacer uso de mis primeras lineas. Posé la vista sobre algún exótico fruto...
"¿Qué es esto Oscar? nunca antes lo había visto, ¿pretendes acaso encantarme con exóticos y mágicos frutos? Ofrendas; no hay duda, de alguna de las diosas que se inclinan ante tu encanto, en esos viajes tuyos Oscar. ¿De dónde es que vienes esta vez?"

"Para nada Alfred". Sus ojos denotaban una sutil fiereza desde el primer momento, lo notaba tan claramente ahora. Una idiotez de mi parte evitar la rudeza con tal de buscar su aprobación.

No busco justificarme, también ustedes caerían ante tales artilugios Ante tal destreza. Ante tal seducción.
Quizá en mi inconsciente ya lo sabía, y con alguna bizarra esperanza, lo deseaba. Por tanto, aún así, seguía yo atento, expectante; disfrutando, por qué no, de tan compleja y formidable dramaturgia.

Dejé caer, con un exagerado movimiento, la copa de vino.
Como era previsible, su maliciosa sonrisa se ensanchó aún más en su angelical rostro.
Cumplía con mi papel a la perfección, moría y le daba el gusto.

Un insípido terror se hizo paso entre mis sentires, lo dejé jugar con mi rostro. El realismo alcanzado, digno de las más intensas exhalaciones.
Las palpitaciones podían escucharse en mis oídos, la vista se nublaba, perdía claridad y enfoque. La plana superficie a mis pies oscilaba ajena a su característica fundamental; jugaba así como yo a la muerte, a ser mar.

En tanto mis entrañas se retorcían. Intenté sin mucha gracia tomarme de la mesa, y evitar la caída. Mi desempeño perdía encanto, la rabia se retorcía en mi cuerpo.
"No me sirves con vida, Alfred" - susurró el demonio a mi oído.

¡Oh! Esas palabras, tan perfectas; tan dignas del momento. ¿Cómo podría mi mente (¡mi esencia) odiar tan sentido ejercicio que no hacía mas que aflorar nuestra profesión? No lograba odiarle, ni culparlo. Obtendría su merecida victoria.

Intenté en vano ejercer dominio sobre mis extremidades.
Mis ensayadas palabras no lograban salir de mi cuerpo, y la rabia volvió a hacer de mi uso y abuso de su poder. No logré contener el impulso de mis entrañas, y con el intento de un grito ahogado, expulsé, poco a poco, la ponzoña de mi cuerpo.

El proceso fue lento, pero gratificante. Él sostenía mi débil cuerpo con sus fuertes brazos, mientras yo eliminaba de mi cuerpo, todo rastro de mi esencia.
No titubeó ni por un instante, su proceder era firme, seguro, elementalmente perfecto.

Eugene


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9 de septiembre de 2014

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Psicosis


Apenas desperté, escuché sus gritos desde el cuarto de baño. Cegada aún por la intensa luz matutina, me puse en pie rápidamente. Estaba en el suelo con la cabeza entre las rodillas sollozando y murmurando algo apenas audible.

—Ésta no es mi mano —soltó en cuanto notó mi presencia.

— ¿De qué rayos hablas? —dije extrañada —Eso no tiene sentido.

—Es la de alguien más. Seguro durante la noche me la cambiaron. —afirmaba —¡me dieron la de otra persona!

—Claro que es tu mano. ¡Estás loco!

Pero tras darle un vistazo de cerca y después de escucharlo tan convencido, no me quedó más remedio que aceptar lo imposible. "Se la cambiaron mientras dormía".

—Iré al médico —dijo.

—Terminarás en el psiquiátrico —le advertí.

"¡No es mía!" gritaba cada vez más convencido extendiéndome con asco su palma derecha.

Me senté a su lado en el piso del baño sin entender lo que estaba pasando. Seguramente era uno de esos sueños extraños que tengo con regularidad.

Tal vez un "mal viaje" a causa del ácido de la noche anterior.

—Córtala— dijo firmemente.

—No puedo — balbuceé —nunca podría.

—Demuéstrame tu amor— me retó — ¡Córtala!

Agitaba su brazo con violencia frente a mí. "¡Hazlo!" me repetía. Me miraba con el rostro desencajado y lágrimas en los ojos. "¡No la quiero si no es mía!".

No estaba segura de que siguiéramos bajo el efecto del alucinógeno, me sentía bien, pero de pronto tuve la inmensa necesidad de ver satisfecho su deseo, de ver esa mano desprendida de su cuerpo.

— ¡Esta bien!— dije —Voy a ayudarte.

Lo dirigí a la cocina a unos cuantos pasos del baño, siempre hemos vivido en lugares pequeños. Una vez sentado y con el brazo extendido corté su circulación con la misma ligadura que suele usar para la heroína. Sujeté tan fuerte como pude y con el cuchillo más grande que encontré en la gaveta, comencé la amputación. Un corte profundo en la muñeca manchó en un segundo toda la mesa. Sin prestar demasiada atención a lo que hacía, perdí la mirada en la blancura del mantel siendo profanada velozmente por la rebelde sangre que ensuciaba todo a su paso.

Cuando volví en mí, pude ver el pedazo de carne adornando la mesa ensangrentada, aún goteando y a mis pies su cuerpo inmóvil.

Hacían eco en mi cabeza gritos de dolor y locura que me producían una excitación perversa. Desgarré mi blusa para presionar su muñón que no dejaba de sangrar. A los pocos segundos recuperó la consciencia y viendo la mano ajena a su cuerpo soltó una carcajada sonora y enferma que me estremeció por completo, se contorsionaba de dolor y placer al mismo tiempo sin apartar la vista de su extremidad mutilada.

Cuando lo sujeté para tranquilizarlo noté que ardía en fiebre. Me pasé su brazo sano por el cuello para incorporarlo y llevarlo hasta el baño con la idea de medicarlo, al entrar al cuarto se apartó de mí y recuperó una extraña cordura. Caminó hacia el espejo del lavamanos mirando incrédulo su reflejo.

De pronto y sin darme cuenta, me recorrió una excitación sobrehumana por todo el cuerpo, su reacción ante el espejo me estremecía y en tan solo un segundo fui transportada a la cumbre de la locura, anticipándome a sus palabras:

—Ésta no es mi cabeza.

Sahira Chapa
http://viajealcentrodmp.blogspot.mx
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7 de septiembre de 2014

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Monólogo


Ibas a entrar, estoy convencida, porque reconocí tu paso seguro direccionado hacia la puerta alta, de vidrios gruesos y biselados con adornos de bronce, bien pulidos en sus aldabas. Era la puerta del bar de calle Suipacha, ése, de los encuentros fugaces en tardes de invierno y más duraderos en siestas de verano. Ése, donde las mesas y sillas son de madera negra reluciente y los camareros lucen graciosamente camisa blanca impecable y moño rojo al cuello. Entrabas justamente a ese Café porteño donde el tango está ausente porque las voces de los LCD invaden el ambiente con noticias de futbol o política salvo, cuando de vez en cuando, si un monitor se apaga, puede escucharse a Shakira o a Charly en sus antiguas versiones de rock. Este bar, querido mío, ya no ostenta la media luz de hace veinte años atrás, sino que por el contrario, las dicroicas hieren la vista. Te vi esquivo, te sentí cobarde. Pero. . . ¿Qué estaba pensando? Aparté de mi mente ese pensamiento. Era casi soberbio. ¡Hacía tanto tiempo! Para qué imaginar, suponer, desear cosas, si seguramente no me reconocerías. Los años pasan y las etapas de la vida se cumplen inexorablemente. En algunas, se ganan kilos y se pierden las sonrisas puras e intrascendentes de la juventud. Además, yo no permitiría que nadie viera una sola cana en mi cabeza que siempre gozó del reconocimiento generalizado por el brillo y el color azabache del pelo y, recién tengo turno el jueves en la peluquería. Repito, te noté esquivo y sólo porque estaba yo en ese bar, oronda frente a mi Notebook escribiendo la lista de tareas del día siguiente o borroneando algún poema o simplemente curioseando en Internet, justo sobre la vidriera que daba sobre la calle transversal, cuyo nombre nunca recordé. Qué pena me diste. Ella queriendo entrar y tú acorralado contra el vidrio forcejeando por volverte sobre tus pasos. En el tire y afloje ganó ella. Se veía una buena mujer: delgada, rubia, arrugada como típica fumadora de años, con la tez opaca por la nicotina, pero parecía buena al fin, y se colgaba de tu brazo tan cariñosamente, que me conmovió. Es curioso cómo las mujeres en ciertas ocasiones nos aunamos, nos entendemos y hasta nos queremos, aunque haya un hombre de por medio. Y te digo, aunque sé que nunca leerás esto que escribo, nunca. . .De no ser por esa actitud de búsqueda de protección de tu mujer, te hubiese salido al encuentro. Vamos, te dije con los ojos, vamos. . . entra, si el tiempo ha pasado. . . o voy a creer acaso, que el tango tiene razón, que: veinte años no es nada. . . Con tu actitud casi me lo creo.

Alcé mi PC móvil y salí presurosa sin rumbo. . .

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6 de septiembre de 2014

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Símil Blattodea


Igual que las cucarachas. Hay días que te sientes tan infame como un rastrero y no puedes dejar de reclamarle a los cielos el hecho de que alguien desde las alturas te esté escupiendo. Días de esos en los que parece que te has dado la mano con el diablo sin importar si eres zurdo o diestro porque todo te sale volteado, los caminos se tuercen, más que nadar debes pelear contra la corriente y hasta las manecillas del reloj se vuelven menos inofensivas de lo que parecen.

9.30 hace media hora que debería estar exponiéndoles el proyecto a los ingleses, esos que tienen la vida minuciosamente cronometrada sacarán su guillotina y me condenarán por la tardanza. Nada, esto no avanza, he quedado atascado en el tráfico, va para largo. Llamo a la oficina y los pongo al tanto:

–Llegas sí o sí. Que es la mejor oportunidad que hemos tenido en años. ¡Es que si no te matan los británicos, nosotros nos encargamos!

Cuelgo. Toco bocina. Venga, ya estamos, esto como que se afloja. Pienso que al final del día tal vez pueda conservar mi cabeza y… ¡Mierda! El imbécil de atrás ha impactado de lleno el parachoques. Bajo para evaluar los daños. ¡Válgame, pero si lo ha desmontado! A saber de dónde sacó éste la licencia de conducir.

–A ver si miramos mejor el retrovisor –le escucho decir con ironía al apearse de su auto–. Creo que no vas mal, solo tendrás que pagarme por uno de los faros delanteros.

¡El colmo del descaro! Y encima en cuerpo de mujer. Batalla perdida, allí no se puede razonar. Toca llamar a tránsito y ojalá se den prisa. Espero, espero, espero. La mujer se amotina, sube de nuevo a su auto, pone la marcha, se da a la fuga.

– ¡Heeeey! –le grito. Asoma la cabeza por la ventanilla, mientras me responde alejándose:

– ¡Nos vemos en las vías!

No me lo puedo creer. Encajo el parachoques lo mejor que puedo y tras subirme al auto, lo pongo en movimiento. Es tarde, así que acelero para recuperar el tiempo perdido, quizá tenga chance de agarrar de salida a los ingleses. ¡No puede ser! Una patrulla me insta a detener el auto. Multa segura. Recibo la hoja que me tiende el policía y me contengo en mitad de un improperio, creo que después de todo le ahorraré trabajo a mis verdugos, la sanción recibida me sienta igual que un disparo en los sesos.

Al fin llego al edificio, estaciono el auto en el primer espacio que veo y subo hacia la reunión. Ni rastro de los ingleses. Entro a la oficina, una ola de aplausos me da la bienvenida. Mi sentido de ubicación y coherencia se afecta. Siguen aplaudiendo entusiasmados, me siento tentado a compartir su alegría.

– ¿Qué celebramos? –pregunto.

–Tu imbecilidad, menudo inútil. ¿Qué te parece mandar toda una empresa a la ruina?

–Una maravilla. –respondo entre dientes con una torcida sonrisa, cínico.

Desalojan la oficina, no sin antes lanzarme sus profundas miradas de aprecio y dedicarme sus mejores deseos.

–Ah, por cierto, les he dicho que les llevarías los planos a primera hora de la tarde. ¿Crees que podrás hacerlo? –me dice el mandamás antes de atravesar la puerta.

–Por supuesto. –respondo con una seca inclinación de cabeza.

Se burla por lo bajo emitiendo un sonido inarticulado. No me da chance si quiera de sentarme al escritorio, consulto la dirección, le echo un ojo al reloj y salgo pitando. Son más de las doce y me pregunto cómo carrizo se atraviesan 70 kilómetros de carretera en menos de tres cuartos de hora.

Como si corriera en un maratón dejo el edificio rumbo al coche, no está donde lo he estacionado, ha conseguido nuevo lugar enganchado a una grúa que se aleja remolcándolo. ¡Maldición! A ver qué pacto no le he cumplido a las tinieblas. Paro el primer taxi que pasa y me vuelvo un embrollo entre el puesto de atrás con los planos. Le doy la dirección al chofer.

– ¡Caray! Fíjese que no conozco muy bien esa ruta. ¿Le importará servirme de guía?

Lo que faltaba. Le digo que no habrá problema, pero ¡vaya que lo hay! El tipo carece de orientación espacial y cuando indico que gire a un lado termina tomando el opuesto. A ese paso tardaré el doble de tiempo en llegar. No hemos recorrido ni la mitad del camino cuando el auto se detiene.

¿Y ahora qué? El anciano me mira insistente desde su asiento.

– ¿Le molestaría empujar?

Me froto el rostro con las manos, como si quisiera arrancarlo. Así quizá la suerte que hoy me acompaña me desconozca y se marche espantada a otra parte.

Con mucho esfuerzo llegamos a una estación de gasolina, mientras se llena el tanque del auto mi estómago me recuerda que mi cuerpo también necesita algo de combustible. Voy a por un café, decido sentarme en la acera a beberlo mientras observo un malabarista manipulando bastones de fuego. Uno de ellos se le sale de control y va y cae en mi dirección, me aparto pero no lo suficientemente rápido para evitar que prenda el saco que tenía colgado del brazo, antes de soltarlo logra traspasar la manga de la camisa. ¡Rayos! Ahora luzco una hermosa quemadura en la piel y una oscura mancha en el pecho se mofa de que no haya podido beberme el café.

–Ya lo peor ha pasado, podemos marcharnos. –me anuncia el chofer y yo lo miro iracundo antes de ponerme en pie.

Tras otro tanto de orientación frustrada, el auto vuelve a detenerse.

– ¡Ah, no! Esta vez no ha sido culpa mía. –Se excusa el chofer­–. Solo puedo traerlo hasta aquí, está cerrado para vehículos.

¡Arrrg! Bajo del auto, tomo los planos con notoria molestia y lanzo la puerta. No estaba entre mis planes hacer camino a pie. Mucho más adelante hay una gran barricada, un guardia se acerca y me prohíbe el paso, indica que están en construcción y las vías estarán cerradas hasta que terminen la obra. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Empiezo a atar cabos, entra una llamada al móvil, la contesto.

– ¡Ah! Se me había olvidado informarte que los británicos no quieren los planos sino hasta la semana entrante y que cambiaron de oficina administrativa porque están remodelando la antigua.

Corta, evitando que la lista de imprecaciones e injurias que empiezan a desatarse de mi boca lleguen a su correcto destinatario.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –me descontrolo, mando a volar al teléfono, quiero arremeter contra cualquier cosa, pero la nada me parece un indigno contendiente. Pateo cual idiota el pavimento y en una de esas uno de mis zapatos queda embadurnado de algo pastoso. ¡Puaj! Mierda. De tanto nombrarla, no me extraña que haga acto de presencia.

Enfadado, le grito a los cielos e inmediatamente me responden enviándome un magistral aguacero que si pretendía ser un baño de bendiciones, a mí me cae tan bien como un baldazo de orina. Y secretamente sé que esto último, tras todos mis insultos, sería una insignificancia comparado con lo que pueden hacer los de arriba.

Los planos cargados a más no poder de agua son una pérdida, la ropa empapada se me pega a la piel. Para la hora en que estoy frente a mi casa no doy un céntimo por mi alma y antes de entrar tiro a la basura los zapatos con la sensación de que son felices de deshacerse finalmente de mí.

Mi chica me abre la puerta y se detiene en seco, espantada. Debo de dar una buena imagen descalzo, calado hasta los huesos, casi a medio vestir con la camisa manchada y rota, los ánimos halándome hacia abajo y una expresión de derrota. Yo entro indiferente y luego la escucho gritar mientras corre a subirse al sofá.

– ¡Una cucaracha! –grita. Sí, ya lo sé, que es así como me siento. Me giro a observarla y entonces reparo en que me señala algo en el suelo.

– ¡Mátala! ¡Mátala!

–Anda, pero si solo es un pobre insecto.

– ¡Ya te digo! ¡O duermes con ella o conmigo!

La aplasto de un chancletazo y al hacerlo tengo la impresión de que también ha disminuido mi desdicha. Mi chica se acerca, me tiende la mano.

–Vamos a darte un baño.

Miro a la preciosura que tengo al lado, al asqueroso cadáver de la cucaracha en el suelo y pienso: “Ni de lejos me le parezco”.


Aldo Simetra


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29 de agosto de 2014

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De la “A” a la “Z”

Abecedario Natural de J. Serrano Badenas - Artelista.com

Átame a un rincón excelso de tu alma.
Besa indiscriminadamente mis alegrías y desgracias.
Cúbreme de un puñado de certezas.
Dinamita mis temores sin clemencia.
Exíliame a un lugar aún no inventado.
Firma con caricias mis costados.
Gózame el espíritu al igual que el cuerpo.
Hidrátame la fuente de la vida con tu afecto.
Imagíname una realidad nueva
Jodida, increíble, pero nuestra.
¡Kaput! quien se atreva a romperla.
Libera todas mis inhibiciones.
Multiplica mis virtudes mellando mis imperfecciones.
Niégame lo dañino, pero no lo prohibido.
Ñangota mi orgullo cuando sea preciso.
Omite mis olvidos y descuidos.
Palia mis dolores y enfermedades.
Quédate conmigo, quema mis disgustos
Riégame los sueños
Saborea mi llanto y también mis silencios.
Tómame completa y a pedazos.
Unifiquémonos en un mismo trazo.
Volquémonos en nuestra desnudez
Windsurfistas surcando el mar y el viento a la vez.
Xerografiémonos en nuestra descendencia
Y yuxtaponiendo el presente y el futuro
Zafemos de la tierra a las estrellas.
Así: queriéndonos de la “A” a la “Z”


Fritzy Zamor


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25 de agosto de 2014

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Leyenda de La Loma



En el pago de los Tapiales, más precisamente en la estanzuela Santa Lucía, había un caballo cimarrón con fama de indomable.
Lo curioso es que nadie sabía la edad del caballo. Decían por ahí que estaba desde antes que se erigiera la Santa Lucía, y que esperaba ser rescatado por un malón.
Era animal de mandinga, continuaban los narradores. Según sus relatos, esos campos solían ser llanos como la mayor parte de la pampa bonaerense; pero ese equino, montado por un cacique querandí, había surcado el terreno dejando más bajos los caminos por donde pasó, y más altas, en forma de lomas, las zonas que no conocieron el traquetear de sus veloces cascos.
Ya se constituía en arrabal de Buenos Aires esa área; aunque a fines del siglo XIX, todavía quedaban indios en las cercanías. De allí que hubiera un mirador en el establecimiento, para divisar el arribo de ese posible malón que aguardaba el caballo.
La historia cuenta que el malón no llegó nunca, y el mirador fue demolido en 1936 al igual que el resto de la Santa Lucía.
Hoy no faltan quienes creen haber oído al caballo durante alguna madrugada, ni tampoco las lomas que dan nombre a Lomas del Mirador.

Texto: Luciano Doti
Imagen: René Oscar Esquivel


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24 de agosto de 2014

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La sirena


  Vivía debajo del mar, mecida por las ondas, cubierta de escamas color esmeralda y respirando burbujas saladas. Tenía los cabellos ensortijados, revueltos por las olas y entrelazados con algas, entre los que nadaban pequeños peces irisados.

  Vivía sentada sobre unas rocas, casi inmóvil, en el fondo del acantilado. Allá donde rompen las olas, bajo la espuma. No hablaba con nadie. Tenía la boca cerrada en una mueca triste. Los dientes afilados apenas se veían a través de los labios. Eran una línea negra en un rostro níveo. Los ojos verdes, brillantes y sin pupilas, ojos de sirena, se mantenían abiertos día y noche.
  Como una estatua de bronce, como una reliquia antigua. Miraba un punto en el horizonte abisal, más allá de la arena borrosa teñida de estrellas y moluscos. Más allá de la oscuridad, donde el mar es tan profundo que hasta las sirenas tienen miedo.

  Tenía la tez blanca y fría y las manos descansando sobre su regazo estéril. Sólo se movía su larga melena alrededor del cuerpo, acariándole la piel al ritmo de la marea.
  La sirena era víctima de un cruel embrujo. No era como las demás. Ella podía oir cosas. Sin salir a la superficie, sin haber tocado jamás un guijarro de la costa, oía incesantemente las voces de todos los hombres.

  Una mañana, en las profundidades de la ensenada, empezó a escuchar sonidos mientras dentro de su cabeza se reflejaba el mundo exterior.
  Asustada, se sentó sobre las rocas para comprender lo que se había revelado sin permiso en sus oidos picudos y torturaba su mente.

  Fuera del agua existía un mundo diverso, árido, estéril como su vientre de criatura inmortal. Inmóvil como las rocas del acantilado.
  Descubrió que podían respirar solamente el aire caliente, aunque ya los había visto a lo lejos otras veces caminando por la costa , cuando asomaba sus ojos de sirena sobre el borde del agua al anochecer para ver las estrellas tras las dunas.

  Descubrió que vivían en grupos, en pequeños bancos, casi como los peces. Pero no para protegerse los unos a los otros, no. Había oído palabras de amor y desprecio. Y también llantos, lágrimas y, sólo a veces, risas. Se retorcía las manos afiladas mirando el acuoso vacío, sin entender, escuchando.
  Descubrió que se comían a sus semejantes, eso también lo había oído. Palabras de muerte y gritos de dolor. Supuso que se alimentaban de su propia carne.
  Descubrió que no había un orden establecido y que las lenguas eran diferentes. Que la inflexión de las voces podía comunicar sensaciones completamente contradictorias. Descubrió que no todos dormían después del anochecer, que a veces las luces que iluminaban el cielo no eran sólo tormentas, que el alba no siempre traía despertares.

  Algunas conversaciones hablaban de lluvia, de viento, de manos entrelazadas y de abrazos. Venían hasta ella el chasquido de los besos y los susurros de voces infantiles. Le llegaban carcajadas, el ruido de los pájaros, del agua y de las ramas de los árboles. Murmullos conocidos, oídos mil veces en la playa. Cuando la arena arde a mediodía o se vuelve fresca al caer de las sombras.
  Cuando percibía esos sonidos intentaba no moverse. Escuchaba con atención, complacida, hasta que las voces se alejaban de su mente.
  Pero sucedía pocas veces. A menudo eran gritos, golpes. Oía piel contra piel, varias, cien, mil veces, hasta que en la boca sentía el sabor de la sangre. Oía el metal resbalar a través de la carne y aullidos aterrados. A veces fragor y estallidos. Depués silencio.
  Descubrió el odio al interno de una especie.
  Mientras fijaba los reflejos del agua dejándose acariciar el rostro por los cabellos, mientras la luz del sol bailaba con las ondas y los colores de la bahía, descubrió que la vida en el mundo árido no valía nada. Que caminaba hacia la extinción.
  Cada día y cada noche, con los dientes apretados, casi sin respirar el mar, esperaba que la voces se alejaran para siempre.
  Pero no ocurrió. Con la cabeza llena de palabras y estruendo, la sirena de ojos verdes y sin pupilas, no pudo soportarlo más.
  Se alejó del acantilado, nadando hacia las profundidades que tanto temía. Nadó hasta que empezó a perder escamas y cabellos, veloz, a través de la oscuridad. Huyendo de las voces y los gritos, del sabor a sangre que le llenaba la boca cada vez que oía una muerte. Huyendo del dolor del otro mundo, terrible, violento. Huyendo de un horror que superaba con creces el amor que el ruido del viento conseguía traerle hasta la playa cada tarde.
  La voces no la abandonaron jamás. Permanecieron en su interior día tras día. Ya no advertía las corrientes del océano, ni el susurro de los peces cerca de su pelo.
  Y murió, aunque las sirenas no mueren nunca. Pero ella sí. Se murió de pena, con los ojos abiertos y las manos cubriéndose las orejas puntiagudas. Se murió con la boca abierta, gritando bajo el mar, un sordo alarido repleto de burbujas.
  Los pececillos irisados se comieron sus escamas y luego la enterraron bajo la arena, cubierta de estrellas de mar. Le dejaron los ojos abiertos, para que no tuviese miedo de la oscuridad y luego le llenaron los oídos de pequeñas caracolas, para que ya nunca más oyera nada, excepto las mareas.
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