Para participar en No Somos Escritores usted solo deberá enviar un primer trabajo a nuestro email

nosomosescritores@gmail.com


El mismo deberá incluir una ilustración a elección del autor para encabezar el texto
(su medida no debe exceder los 800px)
De contar con blog propio se sugiere indicar la dirección del mismo. Su participación en el sitio implica la aceptación de los términos indicados en 'Legales' y 'Normas'

29 de abril de 2016

el comentario Comentar aquí

De cuando no quiero escribir


Por un momento siento la angustia en el pecho; luego la veo deshacerse en el ambiente con humo de tabaco y recupero un centímetro de pulmón. Y todo por temer quedarme a solas contigo. Llevo días no, semanas, evitándote. No preguntes, ambos sabemos lo que me ocurre y no quiero mentirte. Y eso que solo contigo puedo sentirme mejor pero, en estas noches que se desgranan casi interminables, prefiero rebozarme en nostalgias decadentes. Supongo que hay ciertas cosas que nunca cambian, y si lo hacen, en algún momento flaquean las fuerzas y miran de reojo lo que fueron; son absorbidas por el agujero negro del pasado, que no parece cansarse de tragar ocasos, y cariños, y todo lo malo que una vez fue devastador pero ha dejado de quemar.
No te lo tomes tan mal, sabes que para mí eres una estrella que nunca se pone, que siempre puedo mirar, que siempre está en su rincón de oscuridad. Hoy he vuelto, no hace falta que prometa volver a hacerlo, pero necesito que tú sigas en tu rincón. No huyas tú también. Sería gracioso buscarte un día, entre fibras y tinta de kiosko, y encontrar un “cerrado por defunción” o algo por el estilo, confieso que acabaría riendo. Después de tanto mezclar nervio y puro miedo al sentirte observando mi imposición de distancia, una desaparición inoportuna por tu parte sería irónica cuanto menos.
Maldito cabrón, ahora me miras así y sé que nunca te irás de aquí, serás mi estrella circumpolar.

María Blazquez


http://jodidasesquinas.blogspot.com.ar/
Leer más

Best Blogger Tips

24 de abril de 2016

el comentario 2 comentarios

Pluviofilia


Las tempestades del noreste llegan. La ventisca de la tranquilidad impregna un sosiego radiante. La muchedumbre acostumbra a permanecer en casa, como si lo que cayese del cielo fuese acido y no agua.

Juan, sentado en la glorieta a la cual asiste día por medio observa el gentío. Apurados, como si el tiempo fuese a terminar de un tic a un toc. Y se pregunta si estos sujetos se cuestionan en algún momento sobre el sentido de la vida. De sus vidas.

Toma de su mochila una carpeta y comienza a escribir. “Despertar, ir al trabajo, comer, enlazar vínculos con personas que no nos importan, adquirir cosas que no necesitamos, cenar, dormir.” Juan lo relee y realiza un gesto de disgusto, toma un encendedor y quema este papel. A la misma temperatura en que se funde el silencio y el amor.

Nazareno.
 
Leer más

21 de abril de 2016

el comentario 2 comentarios

Cuando llegué todo había cambiado...

      

Cuando llegué todo había cambiado, mi jardín, mi patio y mi vida. No imaginé que una discusión llegara a tal extremo. Fue una más de muchas que habíamos tenido en tantos años de estar juntos. ¿Qué habrá cambiado? Reflexiono y me veo de nuevo acalorado en plena plática, o al menos así las llamaba, ahora lo veo, lo entiendo. Tantas horas y tantas palabras tiradas a la basura sin llegar a nada. Destructoras de sentimientos para engendrar otros contrarios. Una a una apilándose en nuestra alma destruyéndonos sin darnos cuenta. Disfrazadas de ovejas cuando en realidad eran lobos feroces, hambrientos… letales.

Cruzo mi patio impresionado por lo que veo. La humedad se apodera de mis ojos. No quiero una explicación… ¡la causa! La imagino… ¿de verdad tenía que ser así?

Sentado en un rincón apoyo mi cabeza sobre is rodillas, veo el piso. No hay ruido, todo esta calmado… sin querer alzar la cabeza me hundo en mis ideas, el silencio me ayuda y la calma me inspira. Así, sin ver ni oír, me doy cuenta que de ahora en adelante mi vida tomará otro rumbo, era un parte aguas una línea que dividía el pasado de lo que vendría. Estaba claro tendría que construir cosas más sólidas en vez de perder el tempo en hacer cosas tan vulnerables.

Tenía que suceder, una perdida traería muchas otras ganancias. Espero que no sea tarde y logre reparar mi vida. Mi jardín y mi patio solo son cosas que por el hecho de serla son reemplazables. ¡Tú no lo eres! Y yo para ti no quiero serlo. Voy a Buscarte… tengo mucho que explicar, pedirte perdón por tantas cosas. Enmendar camino y tener uno de ambos, el mismo.

Sembrar otra vez con diferente terreno y semilla ¡En ti! si me aceptas. Cuidaré se ese jardín todos los días, regare con palabras ¡Ahora si palabras! Con el afán absorban las raíces y se fortalezcan aferrándose más al suelo y su tronco crezca solido alimentado de atenciones y cuidados


Todo había cambiado pero no cuando llegue esa tarde…

http://nuevoenletras.blogspot.mx/

Leer más

19 de abril de 2016

el comentario 3 comentarios

Todos los sabios me parecen imbéciles


Con todas las cuentas saldadas es fácil ser uno mismo, otra cosa es purulencia de uno mismo. El dinero no compra la felicidad dicen los consuelos de los metafísicos mediocres que no tienen idea de qué está hecha el alma y escriben libros para burgueses venidos a menos.

Es tan fácil para las letras poner el alma lejos del cuerpo, tan risible, iridiscencia de la falta de consciencia de la verdad. Dale que dale. Es fácil creer que el ladrón es ladrón porque es delincuente, porque tiene el alma sucia, porque es peste impregnada de sí misma, tanta inercia del pensamiento, dale que dale.

Es tan fácil creer y predicar cielos anegados de perezosos y pusilánimes.

Es tan fácil decir piensa con signo más y vendrán, al que no tiene tiempo para pensar porque el hambre lo matará mañana y sus hijos heredarán el hambre.

Pero el hambre que quiere matar es rechazada aunque persista y ese cuchillo cuyo cometido era cortar la carne para la sopa adquiere otra identidad, se sigue llamando igual, cuchillo, se ve igual, pesa lo mismo, se siente igual, pero es otro cuchillo, con otra esencia, otro fin. Y en la calle oscura, en la madrugada, en el silencio malévolo alevoso, el que jamás ha probado un whisky para terminar la jornada, el que nunca pudo comprarse esa camisa que le dé prestancia, ese hombre que no tiene la más mínima idea de dónde queda el Caribe, el que no puede ni soñar por que le sale caro, el que ha visto la tele con envidia de los que viven en la tele, el que no es bueno según criterio de los bancos, el que no quiere electrodomésticos para gente de prestigio y sueña con un trabajo que le llene la panza o por lo menos alcance para la leche del bebé que llora en brazos de la que ama, espera y ruega que el que siguiente que pase tenga la billetera llena.

Antonio Guigues Giese 
Leer más

17 de abril de 2016

el comentario 1 comentario

Letras


Tuve el valor de plasmar mis sentimientos en letras

Tuve el valor de vivir en la  oscuridad de mi alma

Tuve el valor de aceptar mis heridas espirituales

Tuve el valor de enfrentarme con mi propia basura mental

Tuve el valor de volar, ir a las estrellas, y regresar

Tuve el valor de ser madre

Tuve el valor de ser esposa, amante y compañera

Tuve el valor de dejar morir la puta vanidad

Tuve el valor de rezar, de confiar

Tuve el valor de bajar al río oscuro y profundo

Tuve el valor de ser  humilde y pedir ayuda divina

Tuve el valor de revolcarme en la incertidumbre

Tuve el valor de sanar mi linaje

Tuve el valor de renunciar a mis vicios

Tuve el valor de hablar con los muertos: mis abuelos, mis ancestros

Tuve el valor de llorar

Tuve el valor de gritar mi ira, y destruir mi sombra

Tuve el valor de dejarte morir

Tuve el valor de soltarme del pasado

Tuve el valor de perdonar a mis padres

Tuve el valor de cantar

Tuve el valor de danzar

Tuve el valor de resistir

Tuve el valor de ser mujer  jaguar

Tuve el valor de creer que el amor es el principio y el fin

Tuve el valor de sembrar

Tuve el valor de escuchar a los árboles

Tuve el valor de escuchar la música del desierto, la paz de los niños, la profundidad del

amazonas

¿Tendré el valor para estar aquí y ahora?

¿Tendré el valor para ser yo?

¿Tendré el valor para ser honesta, para ser congruente?

¿Tendré el valor para servir?

¿Tendré el valor para envejecer?

¿Tendré el valor para morir?…


Yariela De la Paz.
Leer más

12 de abril de 2016

el comentario 4 comentarios

Dunas blancas


La luna en la que Dana desobedeció la prohibición de su abuelo Admún de visitar a su joven abuela Imany, perdió el miedo a mostrar su monstruoso aspecto.
Admún protegía a su nieta de los rayos del sol y de Imany, y aprovechaba cualquier ocasión para criticar a la joven abuela.

- Es una bruja, una auténtica sájira, capaz de predecir el futuro leyendo en los posos del té y de adivinar los pensamientos con solo mirarte- siseaba entornando sus ojos para clavar sus pupilas negras en los ojos asustados de la pequeña, mientras acariciaba su barba gris con una mano y pellizcaba, con la otra, las costuras de las mangas de su chilaba.

Pero ese día fue especial. No porque algún acontecimiento extraordinario cambiase la rutina de la casa, ni tan siquiera ocurrió un incidente familiar que influyese en el destino de la muchacha; tan solo era un día normal de la vida normal de Dana y, si fue extraordinario, es porque ella olvidó su repelente aspecto en el momento en que sintió una irresistible curiosidad por conocer su futuro, ese que decía su abuelo que Imany era capaz de leer en los posos desordenados del té.

Dana aprovechó que todos dormían y escapó, sigilosa, cruzando el patio interior de la casa hasta llegar al portón ocre que daba a los corrales; lo atravesó procurando no despertar a las escandalosas gallinas y, deslizándose como un gato bajo la verja roja, salió a la calle y caminó los doscientos pasos que la separaban de Imany. Al llegar a casa de su abuela, se coló en el jardín central, lo cruzó caminando escondida tras las jardineras y la fuente de mosaicos azulete y plata y, oculta en el parterre entre jazmines y granados, miraba a través de la ventana de Imany.

Había visto muy pocas veces a su abuela, pero estaba prendada de su elegancia y la delicadeza con la que se movía: parecía un junco bailando con la brisa del atardecer. Le encantaba ver las hennas con las que embellecía su cuerpo: la azulada, que le hacía brillar el pelo como el cielo antes del alba; la azafranada, que teñía sus manos con racimos geométricos y líneas sinuosas, que desembocaban en sus dedos; y lo que más le gustaba, el efecto ahumado del khol, que tanto misterio provoca en la mirada.

- Aunque yo sea horrible -pensaba la niña mientras observaba tras la ventana a Imany- seguro que los posos del té dirán que, en cuanto tenga la edad, me vestiré y seré igual que ella. Imaginaba teñir con henna su blanca melena, y adornar sus manos blancas, y sus pies blancos. Incluso, usaría khol para maquillar sus cejas blancas, las blancas pestañas y el perfil de sus ojos gris plomo.

Se imaginaba bella y admirada aunque ahora la gente sintiese repulsa por su aspecto blanquecino y ella, por pudor, se tuviese que cubrir con pañuelos y velo, incluso dentro de su casa. Fantaseaba con poder pasear, ir a clase e incluso poderse enamorar sin tener que ocultarse. Y había algo más que le preocupaba: necesitaba entender un sueño que se repetía una y otra vez y que guardaba en secreto. Intuía que le daría sentido a su pálida vida.

Del techo brotaba una lámpara de vidrio soplado como un ramo de jazmines de nata; varios candiles tintineaban sus llamas decorados con cristales de colores fundidos y proyectaban luces de tonos mermelada creando un ambiente misterioso, cálido. De frente, en el rincón, junto a la librería, unos farolillos caían en cascada como si fuesen un arroyo luminoso y varios portavelas decoraban la mesa y las estanterías. Un espejo gigante con un marco dorado dejaba ver casi toda la habitación y decenas de multicolores cojines de seda: era un espejo extraño, de esos que dan miedo porque podrían llevarte a algún lugar.

Y en esos pensamientos andaba cuando de pronto Imany, que estaba escribiendo en el ordenador portátil, levantó la mirada por encima de sus gafas y se fijó en ella. Dana quedó inmóvil, como un ratón al que va a comer una boa y contuvo la respiración hasta que la abuela abrió la puerta y la hizo pasar.

- Hola, Dana; por favor, siéntate. ¿Quieres un té?

¡Es cierto! - pensó la muchacha aterrada- ... lee el pensamiento y ahora…¿ qué hago?

- Bueno…, gracias. Sí, tomaré un té.

- No me tengas miedo, chiquilla, aunque después de todo lo que habrá dicho Admún de mí, yo también lo tendría - aclaró riendo Imany.

La chica se acomodó entre los cojines y de pronto vio una fotografía en la que había un hombre, una mujer y una niña de no más de un año. Eso la inquietó pues era la primera vez que veía un retrato y se sintió extraña y culpable. Estuvo a punto de salir corriendo pero Imany posó una mano en su hombro y la tranquilizó.

- En esa foto aparecéis tu madre, tu padre y tú. Habrás oído muchas sobre mí, así que te contaré mi historia para conjurar a los fantasmas. A los 12 años me casaron con Hassam, un hombre rico y poderoso, y a los ocho meses nació tu madre, Fátima. Él murió poco después. Me quisieron entregar a su hermano Admún, pues estaba viudo y tenía un niño, Rafaf, pero escapé con mi hija. Me alcanzaron a los pocos días. Admún aprovechó su autoridad para arrebatarme a la niña y me impidieron volver a verla. Me repudiaron las dos familias, la mía y la de ellos, así que me marché. Afortunadamente, conocí a Arturo, un reportero español que cubría las noticias de Oriente Medio, y me casé con él. Volví a ver a tu madre cuando tú eras un bebé y os hice esta foto cuando nos visitasteis en Tánger. A la vuelta tuvieron un accidente y murieron.

Como ves,- continúo Imany- Admún es en realidad tu tío abuelo, con quien no quise casarme. Y las cosas del destino, su único hijo, Rafaf, se casó con tu madre. Al morir ellos, de nuevo hizo uso de su poder y me prohibió verte. Así que compramos una casa lo más cerca posible de tí y aquí estamos. Pasamos temporadas cada vez más largas esperando a que seas lo suficientemente mayor como para que vengas con nosotros, si así tú lo decides.

Dana se sentía desconcertada pues por primera vez escuchaba su historia. Siempre durmió sola, lloró sola, estuvo malita sola…

Un día preguntó a Laila, ‘la negra de nariz aguileña’, como la llamaban los sirvientes, si tenía padres y por toda respuesta la esposa de Admún la abofeteó y le escupió que no los tenía porque estaba maldita.

Aun así aprendió a ser humilde, a pesar de que todos los días ya se encargaba Laila de recordarle lo agradecida que tenía que estar una impura como ella, por tener techo y comida, y realmente Dana daba gracias a su dios por todo: por ellos y por la fruta y por las flores y por el agua… y les quería porque, para quien es consciente de que nada les pertenece, la libertad de amar no tiene límites. Incluso sentía gratitud por su vida y creía que su aspecto, aunque le avergonzara, era el precio que pagaba por ser feliz.

En esos pensamientos andaba la joven, abrazada a un cojín turquesa, mientras sentía a la abuela preparando el té; escuchaba el gorgoteo de las burbujas del agua al hervir, el crujido mentolado de las ramas verdeazuladas de la hierbabuena y el tintineo dulce de la cuchara al dejar caer en el dispensador un hilo de miel espesa y amarilla que olía a sol.

Los vasos cascabeleaban en la bandeja al ritmo de los pasos de Imany, que la posaba como una mariposa sobre la mesita, junto a un cuenco con flores de azahar. Colocó un vaso rosa de vidrio esmerilado frente a su nieta y un platito, con dados tostados de hojaldre con aroma a hierbaluisa y miel, espolvoreados con almendra picada, sésamo dorado y azúcar glass.

El hervidor aún silbaba cuando Imany sembró una rama de hierbabuena en cada vaso. Flotaba el aroma del té verde y Dana sentía un nudo tan apretado en la garganta que pensó que no podría tragárselo.

Imany abrió el paquete de hojas de té y la muchacha hizo un esfuerzo por controlar su emoción: el futuro estaba estaba a tres cucharadas de ella. Su abuela cogió el hervidor, añadió un poco de agua a la tetera para calentarla e hidratar las hojas y a continuación desechó el líquido. Introdujo ramas frescas de hierbabuena y con un palito mielero las cubrió con miel.

- Dana, te noto nerviosa y tensa… ¿Te has asustado?

- Oh, no, de verdad, lo que me has dicho me ha aclarado muchas cosas y estoy bien, abuela, de verdad.

- ¿Entonces?

- Admún me dijo que veías el porvenir en los posos del té y…

- ¡No me digas que has escapado de casa para que te lea el futuro!

Dana asintió con vergüenza.

- Por favor... - suplicaron sus ojos brillantes-. Se resistía a aceptar que no obtendría respuestas.

- Lo siento, pero yo no leo el porvenir. Lo que ocurrió con tu abuelo fue algo muy diferente.

La joven, desconsolada, se levantó.

-Espera, no te vayas, toma el té conmigo. No te preocupes por el futuro - la quiso tranquilizar-, eres la única heredera de Admún, nos tienes a nosotros que te queremos y...

- Gracias, abuela - dijo con dulzura - pero eso no me preocupa; es que llevo mucho tiempo esperando este momento... en el que los posos te hablen de mí y en el que tú me digas si voy a poder, alguna vez, quitarme estos velos…, ser bella como tú…, no tener que escudarme más entre pañuelos para ocultar mi rareza y, sobre todo, necesitaba entender mi sueño secreto.

- Cariño, yo... ¿qué sueño secreto?

- Con lo que me has contado esta noche, he entendido que las personas con quienes soñaba eran mis padres. En él, me abrazan y dan vueltas mientras me levantan sobre sus cabezas y sonríen. Sin embargo, hay algo que no consigo recordar: el nombre con el que me llamaban y te aseguro que no era Dana.

- Hija, yo no puedo ver tu futuro y mucho menos entender las palabras de tus padres en sueños. Yo no puedo, pero tú, sí. En cuanto a Admún, lo que ocurrió es que vino a verme a Tánger porque quería impedir la boda entre tu padre y tu madre; a pesar de que Rafaf estudió fuera siempre amó a Fátima. Y si para tu abuelo soy una bruja es porque está cegado por el orgullo y el rencor que le impiden escuchar la verdad. Fue tal el dolor que le causaron mis palabras cuando le dije que su soberbia e intolerancia amargaron a su hijo, que no lo pudo soportar y en vez de perdonarse, me atribuyó poderes adivinatorios y desde entonces me llama sájira.

Imany agarró el asa de la tetera, la levantó y apareció, entre ella y el vaso de Dana, un hilo fino de burbujas de menta, humo de miel y trinos de agua.

- Los mensajes de la vida, el jeroglífico de los posos del té, solo los podemos interpretar nosotras mismas- susurró.

Las hojas giraban en un remolino, una espiral sin principio y sin fondo...

Bebieron el té en silencio y cuando lo acabaron, Dana envolvió su vaso entre las manos como si fuese un gorrioncillo y, tal y como le dijo Imany, subió a la terraza de la casa. Miró en el fondo intentando leer los posos del té pero solo vio, en un reflejo azul noche, su cara: la luna. Y su mente y su corazón, que hasta entonces se movían en la misma dirección que las agujas de un reloj, se detuvieron tres latidos y cambiaron el sentido del giro. Por un momento sintió que era una brizna de té flotando en el bucle del universo, y ahí fue cuando recordó aquellas palabras con las que sus padres la nombraban.

- Hasta mañana, abuela –dijo al volver al interior de la estancia-. A partir de hoy vendré a tomar té contigo cada tarde después de clase.

Al llegar a casa de su abuelo, lo encontró de pie en la puerta, enfurecido, dispuesto a gritarle y, junto a él, unos sirvientes y Leila con la nariz más afilada que nunca; pero Dana, llevándose un dedo a los labios, les ordenó callar mientras subía las escaleras y se quitaba el pañuelo negro y enorme que la envolvía y el velo azabache que tapaba su cara y su pelo.

Todos se apartaron y dejaron pasar a quien sus padres llamaban, orgullosos, Hija de la luna.


Inma Barranco

Imagen:
Zoonar RF via Getty Images



 Tazadeletras
Leer más

5 de abril de 2016

el comentario Comentar aquí

Enraizada a ti


Las rosas están celosas de nuestros encuentros vespertinos, tardes en las que tus labios de hojarasca se refrescan en mis besos de rocío… combinación perfecta: tú y yo.

El césped nuestra cama, el sol la sábana.

Pigmentos de susurros y sonrisas.

Lo bueno es que las rosas no pueden hablar así ella no se entera… ella: planta trepadora, ¿o la trepadora soy yo?

Ya tarde es y ella está por llegar junto con la luna y tu ausencia. Te alejas dejándome por despedida esa mirada de néctar.

Mis pétalos se caen a la par que mi corazón se marchita… sin tu luz no me queda de otra que regresar a la tierra, pero en algún momento renaceré más bella, más blanca, más tuya.

Tú el jardinero y yo una gardenia enamorada.


Jenifer Roa


Leer más

2 de abril de 2016

el comentario 2 comentarios

El último trago de Gregorio


Las noches de verano traen más que solo calor, insectos molestos, cielos despejados y recuerdos de todos los tipos. Las noches de verano traen algo más: la sed extrema. Reynaldo sabía esto a la perfección desde que empezó a trabajar sirviendo tragos en la pequeña y maloliente cantina de su pueblo natal. Había aprendido que las noches de verano crean una necesidad abominable de cerveza fría en los cuerpos de las personas. Y personas en general. Esa cantina no conocía diferencias de géneros si de alcohol se trataba. También sabía esto. Había muchas cosas que Reynaldo, el treintañero cantinero de turno, padre y esposo abnegado, que no tomaba ni una gota de alcohol para no ser igual que su infame progenitor, sabía de este mundo. El problema es que nunca se llega a saber todo lo que existe en esta tierra que habitamos, y esa noche de verano, Reynaldo aprendió algo más. Algo que lo perseguiría hasta en sueños.

La cantina comenzaba a llenarse alrededor de las nueve de la noche todos los días, salvo fines de semana, en que las juergas iniciaban con varias horas de antelación. El recinto estaba formado por un salón principal, con las paredes de cemento sucias y a mal pintar de una tonalidad amarilla que inspiraba más que asco, depresión; las mesas estaban alineadas de tal forma que desde la barra se podía observar a detalle cada una de éstas. Fabricadas de la madera más rustica encontrada en un aserradero, estaban agrupadas cuatro sillas, del mismo material, en cada una de las mesas. A seis o cinco metros de la entrada se ubicaba la barra, normalmente sucia, la cual había presenciado más llantos que cualquier funeral, más peleas que cualquier guerra y más risas que cualquier circo. La iluminación del penoso antro estaba a cargo de un candelero del siglo XVII, el más barato en ese siglo, el cual no había visto un implemento de limpieza probablemente desde su fabricación. Detrás de la barra se encontraba el cantinero de turno, leal guerrero en la cruenta batalla entre las penas y el alcohol, en las que este último siempre salía vencedor. Con astucia, ingenio y kilos de paciencia, se paraba detrás de la barra de madera cada día para ayudar al veneno legal en la batalla antes mencionada. Noche con noche, Reynaldo desempeñaba dicho oficio. Cuando se decidió a buscar un empleo para sacar adelante a su primer retoño jamás pensó que su única opción sería sirviendo ese veneno que tantos dolores de cabeza (y de otras partes del cuerpo) había provocado a su madre, sus hermanos y a él mismo, pero tuvo que aceptar debido a las circunstancias. No disfrutaba de su trabajo.

Cierta noche veraniega, en la cual el calor parecía disfrutar el hecho de recrudecerse solo porque si, Reynaldo se encontraba de turno como de costumbre. El reloj no pasaba de las nueve y treinta cuando ya había servido más tragos que cualquier otra noche; los cuales iban de una cerveza bien fría (la situación lo ameritaba) hasta el tequila más fuerte de la casa. Había alrededor de 15 clientes en total, distribuidos en las burdas mesas de la cantina. Para ser una calurosa noche, el recinto estaba vacío, probablemente con el avance de la noche más clientes llegarían a embriagarse con la excusa del clima.

Alrededor de las 10 p.m., hora en que el turno de Reynaldo normalmente acababa, se acercó el cantinero que le sustituiría hasta las 12 a.m., horario en que la cantina cerraba a pesar de los disgustos y enojos de varios clientes. Al ver que Reynaldo se encontraba desocupado acomodando viejas jarras de vidrio en un pequeño estante, le comentó:

-Hey, hombre, bastante calurosa la noche.
-Así es –le contestó Reynaldo sin despegar la vista del estante- No puedo esperar a acabar este día e irme a mi casa. Lo único que necesito es descansar y beber un vaso de agua bien fría.
-Todos quisiéramos eso –comentó Vásquez- pero quisiera pedirte un favor, hombre. Porque más que mi compañero te considero mi amigo, y yo sé que en una situación de problemas mi amigo Rey me va a ayudar, ¿verdad, hombre?

Reynaldo, que se caracterizaba por poseer un nivel de empatía y lástima por el prójimo fuera de órbita, dejó que su compañero Vásquez le planteara su inconveniente. Aunque, inconscientemente, ya sabía que rumbo tomaría la conversación.

-Mi mamá está muy enferma –dijo Vásquez fingiendo pena –Y quisiera pasar la noche en su casa, cuidándola. Nunca sabes cuándo se te puede ir tu madrecita, y prefiero honrarla en vida, tú entenderás… Y quería pedirte que me cubrieras el turno, yo sé que es bastante abusivo, hombre, pero una emergencia así no te anda avisando, y yo sé que puedo contar contigo. Cuando necesites algo yo te voy a ayudar también, y solo va a ser por hoy. ¿Crees que me ayudas, hombre?

Ya estaba, el terrorista había lanzado la granada. Y el bueno de Reynaldo la había atrapado salvando al pueblo.

-Tranquilo, hombre. Te voy a ayudar esta vez –le contestó luego de un corto rato de reflexión –Anda con tu madrecita, y dale mis saludos. Ojalá se ponga bien pronto.
-Sabía que podía contar contigo, mi gran amigo. Te lo agradezco de todo corazón, te debo la vida.

Y con esto, Vásquez salió casi volando de la cantina quién sabe a dónde para hacer quién sabe qué. Reynaldo, el héroe, siguió acomodando las jarras una a una en perfecto orden mientras, maravillosamente, los clientes empezaban a abandonar lentamente la cantina. Para cuando había terminado su tarea, 6 almas quedaban en el recinto. Se dedicó a limpiar todos los rincones de su área al saber que nadie llegaría a pedirle un trago. Su larga noche apenas comenzaba: el reloj marcó penosamente las 10 de la noche.

Luego de 40 largos minutos haciendo insignificantes trabajos que iban desde limpieza hasta reparaciones menores, Reynaldo llegó a la conclusión que nada más atravesaría la puerta de acceso al local. Se lamentó profundamente de haber caído en el engaño de su compañero embaucador en lugar de estar disfrutando ver dormir a su pequeño hijo o a su esposa. Estaba tan inmerso en estos pensamientos que no sintió el momento en que cayó dormido en la barra; el silencio sepulcral, la pobre iluminación, el cansancio acumulado de seis horas de empleo mal remuneradas y, encima, otras dos extra, propiciaron un ambiente perfecto para que el sueño hiciera lo suyo. Pudo haber continuado durmiendo hasta la madrugada si no hubiese sido porque un sonido leve pero audible lo sacó de su paraíso onírico. Se despertó con un sobresalto y vio la fuente del ruido.

Las puertas de la cantina habían sido abiertas con un golpe seco, y ahí se encontraba Gregorio, el borracho más borracho del pueblo; un hombre alto, de cabellos oscuros, ojos encantadores pero furiosos. Evocaba a un García Lorca que hubiere peleado sin éxito contra un ejército furioso de 100 hombres. Esa noche había sustituido su habitual vestuario, compuesto por los pantalones más viejos y una ocasional camiseta de algodón, por un elegante traje de fiesta. Salvo por la ausencia de un saco y la falta de color del conjunto, parecía que estuviese listo para una elegante celebración. Se quedó parado mirando en derredor la pobre cantina que tanto amaba; su miraba no detonaba el desconcierto y mal humor producto de cantidades monumentales de alcohol que siempre llevaba consigo, esa noche parecía alguien más. Y la quietud que le acompañaba también era incomprensible. No había ingresado acompañado de gritos y blasfemias, otra cosa que le caracterizaba al bueno de Gregorio.

Al ver que no quedaba ni un solo cliente (qué desgracia, pensó, apenas faltan diez para las once) Reynaldo sintió temor; conocía a Gregorio, sabía de qué era capaz. Habían bastantes leyendas en torno a este hombre, unos decían que había sido militar, pero que su amor por la bebida le había arrebatado todo; otros decían que era heredero de una gran fortuna, pero que había perdido todo por culpa de un amor del pasado y había quienes decían que Gregorio era un asesino a sueldo, que ahora se ocultaba en el pueblo y en el alcohol. En fin, era un personaje que causaba temor, no solo por lo que de él se comentaba, sino por los diferentes destrozos que había causado en la cantina y el pueblo y por su mal humor enceguecedor.

Luego de unos segundos, Gregorio avanzó con paso firme y en silencio a la barra. El buen cantinero pensó que era un cliente más, por lo que debía atenderle; el hombre se sentó en silencio en uno de los desvaídos bancos hasta quedar cara a cara con Reynaldo, quién no pudo decir una sola palabra.

-Hombre, no te quedes ahí parado –dijo Gregorio rompiendo el silencio, y luego soltó una sonora carcajada, que más que causar confianza, causó desesperación- Sírveme un buen vaso del licor de la casa, no ves que hoy si hace un calor del mismísimo infierno.

Reynaldo le obedeció sin contestarle. Mientras buscaba entre las botellas el licor que serviría, no dejaba de identificar objetos a su alrededor que le servirían para defenderse en caso de que el loco que estaba a sus espaldas decidiera entrar en su papel: el hecho que estuvieran completamente solos le erizaba la piel como nunca antes le había pasado. Sirvió un vaso humeante de ron añejo y con un movimiento rápido se volteó, esperando ver a Gregorio con una navaja en la mano desesperado por la tardanza de segundos. Gregorio tenía la mirada perdida. Se había afeitado, sus ojos color avellana estaban maravillosamente limpios, normalmente se veían tan rojos como si algo hubiese explotado dentro de ellos. No parecía un borracho causante de problemas, más bien, parecía a punto de casarse o de dar un concierto privado. Pero no tenía por qué fiarse de esto. Coloco el pequeño vaso de vidrio frente al hombre sin mediar palabra, y de inmediato la pesada mano de este se frunció sobre el vaso para llevárselo a los labios. Bebía como si estuviese en un desierto y esa fuese la única fuente de agua que vería. Pequeñas gotas se deslizaban entre las comisuras de su boca brillando por la iluminación de la cantina, tardó un poco más de lo esperado porque parecía disfrutarlo. Y demasiado. Cuando terminó, Reynaldo notó que sus ojos estaban vidriosos.

-Gracias, hombre –dijo vagamente- Gracias por seguir alimentando a este bandido –se quedó mirando al vacío por un momento -¿tienes nombre, verdad?
-Sí, señor, mi nombre es Reynaldo –dijo él automáticamente.
-Reynaldo, ya veo. ¿Sabes cómo me llamo yo? –le dijo sin darle la mirada
-No, señor, no sé cuál es su nombre.

Gregorio se quedó en otro momento de sepulcral silencio, mientras el reloj de madera se movía y se movía. Lentamente, pero se movía.

-Me llamo Gregorio. No borracho, no asqueroso, no sinvergüenza, no maldito. Mi nombre es Gregorio. Así me puso mi mamá. Le gustaba ese nombre porque le gustaba un Gregorio, que no era mi papá, claramente –y se rio- Y yo siempre he sido Gregorio, es mi nombre de bautizo. Claro que yo no me acuerdo, porque uno ni se acuerda de cuando le echan el agua, pero así me dijeron a mí.

Reynaldo escuchaba atentamente las palabras que salían de la boca de aquel desamparado. Mientras lo hacía, sintió un frío inexplicable que le recorrió todo el espinazo. Gregorio contemplaba perdidamente el vaso que sostenía con sus pesadas y descuidadas manos. Parecía estar inmerso en una especie de trance. El reloj seguía avanzando en danza mortuoria con la infernal noche de verano.

-Uno nunca sabe cómo va a terminar –prosiguió Gregorio. Parecía haber salido de su aparente trance momentáneo- Yo quería ser profesor, ¿sabes? –Miró a Reynaldo fijamente –Yo no sabía nada de matemáticas. O geografía. Siempre pensé que la escuela era una pérdida de tiempo. Los niños deben divertirse, trabajar. Deben aprender lo que es bueno –Y levantó el vaso afanosamente- Pero aun así, yo quería ser profesor. Quería usar corbata como mi profesor de tercer grado. Y tú, ¿querías ser cantinero? Aunque tienes facha de cantante.
-Disfruto de mi trabajo –Mintió Reynaldo luego de un penoso esfuerzo por sonar amigable. El reloj seguía avanzando.
-Disfrutas vernos sufrir entonces –contestó Gregorio. Y bebió el último sorbo de ron que quedaba en su vaso. Puso tranquilamente el depósito en la barra y guardó silencio por unos 10 segundos. A Reynaldo le parecieron horas. Eran casi las once de la noche. Se preguntó cómo haría para decirle a ese hombre que a las doce tendría que cerrar. Estaba asustado y solo pensaba en que no volvería a aceptar un trato con ninguno de sus compañeros. Si Gregorio El Terrible no lo asesinaba en un arranque de cólera.
-Te propongo algo –dijo Gregorio- Si me escuchas atentamente, sin preguntar y sin hacer ningún comentario, me iré por esa puerta en 10 minutos exactos. ¿Hay trato o no, pequeño cantante? Necesito a alguien que me escuche.

Reynaldo guardó silencio. Once de la noche, su hijo estaría navegando por el tercer sueño de su noche. Pensó en todas las posibilidades. Gregorio le observaba tranquilamente, aunque sus ojos denotaban una tristeza inmensurable. En dos segundos recordó todo lo que había escuchado de ese hombre en toda su vida. Ese hombre que ahora le pedía 10 minutos de su tiempo para hablarle. Una sonora y bien elaborada negación se escabulló de sus pulmones y se deslizó seductoramente entre su garganta.

-Le escucho, señor.

El hombre se acomodó en su rústico asiento. Miró a Reynaldo por un momento, luego miró sus manos entrelazadas sobre la barra, luego a Reynaldo de nuevo. Sus ojos estaban vidriosos, pero limpios, fijos. Esbozó un intento de sonrisa que más bien salió como una mueca de dolor.

-Yo nunca quise. Esa es la historia de mi pútrida vida. Yo nunca quise nacer. Nunca quise a mi madre. Mucho menos a mi padre. Nunca quise a nadie en esta vida. Pero ella… Ella fue mi primera vez, porque fue la única vez en la que sí quise.

Ahora lo veo. Estuvo enamorado de alguien. Seguramente por eso bebe sin control, pensó Reynaldo. Recordó las historias de amor y desamor que había escuchado en ese mismo lugar desde que había aceptado el empleo y quiso soltar una carcajada. Y luego ponerse a llorar como un niño recién golpeado por su padre.

-No era bonita. Es más, se parecía a la golfa de su madre. De mí solo tenía los ojos. Eso decía todo el mundo. Acepto que era fea, dios, era increíblemente fea –Continuó Gregorio con la vista perdida –Pero yo la quería. Especialmente cuando lloraba y le metía mi pulgar en la boca para que se callara. Muchos dirían que es anti higiénico (que es la palabra favorita de esos doctores de tercera que creen que lo saben todo solo por usar bata blanca), pero para mí era algo así como sanación interna. O como le digan esos espiritistas y brujos. No la veía todos los días, su madre me había abandonado diciendo que no aguantaba mi problema con el alcohol. Estas mujeres, ya no aguantan nada. Yo siempre quise una mujer como mi madre, una mujer que aguantara todo en silencio. No quería que me amaran. Pienso que eso no existe. Solo que me aguantara. Y que se riera. Que se riera mucho. Pero en lugar de eso, conseguí a esa zorra que me dejó y se llevó a la pequeña criatura. En fin, cuando la veía, me sentía muy feliz. Sentía que todo tenía –levantó su mano derecha y extendió su dedo índice y medio en el aire –sentido. Porque la pequeña tonta se reía de mí. Se reía de mi cara. Se reía de mi aliento fermentado. De mi ropa sucia. De mi barba mal cortada. Sabía que era un fracasado. Sabía que era un desquiciado –Guardó silencio y se llevó las manos al rostro. Luego gritó -¡Sabía que yo era su padre! –Y se quedó callado de nuevo.

Reynaldo vio disimuladamente el reloj. Eran las 11:06. A Gregorio solo le quedaban 4 minutos. Lo único que quería era huir. Pensó en colocar su mano en el hombro del sujeto en señal de apoyo, pero el miedo pudo más que sus movimientos. Estaba a punto de preguntarle si le ocurría algo, cuando el hombre tranquilamente habló de nuevo.
-Se reía, la tonta. Se reía y se reía. A mí me gusta la gente que se ríe. Me gusta que se rían. Conmigo, de mí, del mundo, del clima, del dinero, del sexo, del hambre, de dios. Que rían, que rían –alzó las manos cual presentador de circo –Que rían, reír es lo único bello de este miserable mundo. Y ella se reía. Me encantaba verla porque se reía. ¿Quieres saber que pasó luego, muchacho tonto?
-Le escucho, señor –dijo torpemente Reynaldo. Sentía como si alguien estaba pasando un témpano de hielo por toda su espalda.
-Bien, me gusta que te interese mi historia. Yo la quería porque se reía. Hasta que un día pasó –Gregorio miró al techo de la cantina- Un día dejó de reír. Y es que nadie la cuidaba. Pobrecita. Aún recuerdo esa noche. ¿Quieres saber qué pasó? Pues nada, llegué a la pieza de esta golfa. Seguramente se estaba divirtiendo con algún militar que estaba de licencia. No sentía mis piernas, había bebido como nunca esa misma noche. Mi ropa apestaba a orines. Solo quería meter mi dedo en su pequeña boca y verla reír hasta reventar. Cuando me asomé a la cuna, la pequeña tonta estaba casi en llamas. Sudaba como nunca y su pecho hacía un ruido raro. Era como una locomotora, me hartaba. La toqué, la moví, intenté meter mi dedo en su boca. Pero solo respiraba con dificultad. Y no se reía –la voz de Gregorio adquirió un tono sombrío, un tono que probablemente ninguna persona había escuchado antes –No se reía de mí. No se reía. Entonces –calló.

La cantina parecía haberse reducido a escasos 2 metros cuadrados de amplitud. La luz tenue del candelabro hacía del relato algo que le helaría la sangre hasta al más valiente cuchillero de la región. Reynaldo aguardaba en silencio. El tiempo parecía haberse detenido.

-Entonces noté que la pequeña tonta ya no respiraba. Ni se reía. Noté que mi mano era la que la había hecho que dejara de respirar. O de reírse. Y estaba llorando. Yo estaba llorando. Y no era por el alcohol. Era porque no se reía. Estaba llorando y la pequeña tonta no se reía ni respiraba porque mi mano había apretado su cuello mientras la intentaba hacer reír. Por quererla hacer reír hice que dejara de respirar –Se llevó el vaso a los labios y al notar que estaba vacío hizo un gesto de súplica a Reynaldo, quien no pudo moverse debido a lo que acababa de escuchar.
-¿No hay más ron? –continuó Gregorio –Es que el relato me dio una sed extrema, dame un sorbo más y te juro que me voy. Tengo algo que hacer esta noche.

Reynaldo estiró su brazo y tomó la botella de ron más cercana sin apartar la vista de Gregorio, quien sostenía su vaso esperando la bebida en silencio. El cantinero llenó el vaso de su cliente y seguía mirándole fijamente. Ninguno de los dos hablaba. Gregorio bebió la cantidad completa del brebaje sin desviar la mirada. Ambos quedaron frente a frente por 5 segundos, hasta que Gregorio se puso de pie, se acomodó el saco y sonrió sinceramente al cantinero
-Si te preguntas qué hice con la pequeña, te lo diré. Esa misma noche la enterré –miró hacia la ventana en dirección a una pequeña loma que llevaba a los límites del pequeño pueblo con la ciudad más próxima –Su madre nunca supo nada. A la muy zorra seguramente ni le afectó. Fui yo quien tuvo que hacer el trabajo pesado. Yo la cargué mientras no veía nada a causa de las lágrimas. O quizás sería por el efecto del alcohol. Quién sabe. La enterré lejos de aquí. Luego simplemente caminé sin rumbo. Y aquí estoy, contándote lo que me pasó.

Silencio, era lo único que reinaba en la sala. Gregorio se veía tranquilo, como si acabara de contar una especie de chiste entre amigos nada más. Le dedicó una sonrisa a Reynaldo y simplemente se dio la vuelta y caminó hasta salir de la cantina. El reloj marcaba las 11:15. Se había quedado solo y faltaban 45 minutos para cerrar oficialmente el local. Estuvo petrificado dos minutos esperando a que Gregorio (o cualquier otra entidad) apareciera por la puerta principal con una navaja y los ojos inyectados en sangre. Únicamente los apacibles cantos de los grillos entraron por ahí. Cuando logró moverse, tomó las llaves del local y salió rápidamente de la barra sin siquiera tomar sus pertenencias. Apagó las luces y cerró la puerta. Caminó por las calles del pueblo hasta llegar a su casa. Lo último que recordó fue el techo de su sala, iluminado por la tibia luz de la luna de verano. Se desmayó en un viejo sillón. A la mañana siguiente se reportó como enfermo con el dueño de la cantina.
-Seguro, Reynaldo, espero te mejores pronto. Probablemente es una de esas enfermedades provocadas por los mosquitos, abundan en el verano.
-Sí, señor, gracias por sus palabras. Espero sentirme mejor para mañana.
-Tómate tu tiempo, muchacho. Por cierto, ¿Oíste las noticias? Parece que ese pobre borracho Gregorio finalmente encontró su merecido. Lo hallaron colgado de un árbol fuera del pueblo. Yo no soy dios para juzgar, pero ojalá le hagan justicia a su alma pecadora.
-Bueno, ojalá se haya echado un último trago antes de irse.

Reynaldo rio ante su comentario. El jefe rio ante el comentario. Los clientes reían. Afuera los niños también reían. Y en la Iglesia reían. Y en las casas, las familias reían. Después de todo, reír es lo único bello de este miserable mundo.


Estefanía Rocke
Leer más

29 de marzo de 2016

el comentario Comentar aquí

Infiel


Nunca pensé esto de mí. Esta no soy yo. No logro reconocer mi reflejo en el espejo.
Todo empezó hace exactamente 6 meses atrás. 6 meses atrás mi vida era plena, feliz, normal. O al menos eso creía yo, al menos quería creerlo, al menos intentaba creerlo, 6 meses atrás.
Las piezas de mi vida encajaban 6 meses atrás, si las tocaba se rompían, pero encajaban 6 meses atrás.
Eso fue lo que sucedió 6 meses atrás. Toqué las piezas. No, no las toqué, las moví, las sacudí con fuerzas, con ganas, con ilusiones. Y se rompieron. En mil pedazos se rompieron 6 meses atrás.
Todo siguió igual, hasta ahora todo sigue igual. Nadie notó que mis piezas se destrozaron, se rompieron, se desvanecieron. Pero yo lo sabía. Él lo sabía.
6 meses atrás llegó para cambiarme, y yo no pude resistirme. No quise resistirme.
Ahora estoy sucia, sucia por dentro, sucia por fuera, por más que lo oculte estoy sucia.
Y él lo sabe.
Él sabe que estoy sucia porque él me ensució, 6 meses atrás.
A veces creo que ya estaba rota y no lo sabía, a veces creo que no fue mi culpa, a veces me engaño y me digo que no estoy sucia.
Pero sé que estoy sucia.
Él sabe que estoy sucia, porque él me ensució, 6 meses atrás.



Camila Bentancur
Leer más