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27 de enero de 2015

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Mudos



Me encantaba verla pintar, cómo se pasaba horas enteras con el pincel en un permanente viaje entre su mano y su boca, cómo sus pupilas se veían tan llenas de regocijo y dilatación cuando lograba ver las líneas tomando forma en el lienzo, cómo a medida que avanzaba la noche sus piernas desnudas se iban tornando más pálidas, cómo la piloerección aumentaba con el frío, y se iba haciendo cada vez más tarde y la pintura se iba haciendo cada vez más perfecta, nada comparado con ella, pero perfecta a su manera. Cuando por fin su obra estaba terminada, escupía el pincel y se maravillaba con lo que había creado y con el tiempo que había transcurrido desde que dio la primera pincelada. Cuando no pintaba, leía; para mi era toda una odisea llegar a la casa y encontrarla desnuda frente a la chimenea, sin ninguna otra obra humana encima suyo, mas que sus lentes, ella no veía muy bien, pero hacia el mayor esfuerzo por no perderse ningún detalle de la vida que nos rodeaba. La chimenea la mantenía caliente, mientras Hemingway le daba todo el placer que yo no pude darle, ese placer de estimularle lo que con las manos no se alcanza, después de pasarse todo el día cambiando de posiciones en la alfombra con los clásicos frente a sus ojos, se paraba con decisión e iba por un café, a veces se daba cuenta que yo llevaba horas observándola y me ofrecía el néctar que iba a alargar sus horas de lectura, entonces nos sentábamos juntos a la mesa y compartíamos palabras. Otras veces estaba tan absorta en su mundo que no notaba que yo ya estaba ahí o simplemente no le daba la gana de determinarme, y se devolvía a la chimenea y terminaba su café ella sola. Y aunque me encantaba verla pintar y leer, y se veía como una diosa haciendo cualquiera de las dos, no había nada en el mundo que me llenara más de gloria que cuando la veía escribir, ella solo escribía cuando tenia algo que decir y no tenia a quien decírselo, entonces se lo decía a ella misma, porque quien mejor. Las noches en las que escribía eran tan tortuosas y tan adictivas. A través de sus dedos y de su lengua ella dejaba salir todo lo que la llenaba de ira o de tristeza y muchas veces era tanta la presión que de un segundo a otro estallaba en llanto, o rompía en gritos y maldiciones, en días como ese yo nunca sabia que hacer, ella era como una leona en celo que estaba sufriendo, sentía que era mi obligación acercarme y tenderle mi mano pero a la vez temía por mi vida y no quería resultar herido. Verla escribir era lo mas placentero que podía tener mi día, sus muslos marcados en la silla, hasta la celulitis que siempre criticaba se le veía hermosa en esas noches, cuando el frío se volvía insoportable ella se seguía negando a usar ropa, entonces buscaba una camisa mía y la usaba sobre su torso desnudo, frágil, delgado y perfecto, siempre escribía con pluma y era bastante torpe usándola, no tenia problema en secar los manchones con la manga de mi camisa blanca, pero para mi eso era el paraíso, esa era su droga y ella necesitaba las letras como yo necesito el oxigeno. Alguna vez me confeso que escribía porque sentía que el mundo que habitaba no había sido diseñado para ella, y que el egoísmo era su principal axioma, entonces ella se había creado su propio mundo en el piso que compartíamos y allí, con entrada por su cabeza, hacia de sus días mas llevaderos. Ella era muy diferente a como yo pensaba que era cuando la vi por primera vez, la conocí en el hospital, ella daba la vida por su trabajo y sentía que esa había sido la mejor decisión de su vida, o por lo menos así me lo expresó en alguno de los pocos cafés que compartimos, desde el primer segundo que la vi, sabía que ella era la mujer de mi vida y de ahí en adelante tuve una infinidad de intentos fallidos por acercarme a ella, que siempre terminaban con miradas fulminantes o negaciones rotundas, un día se acerco a mi diciendo que se había enterado que yo necesitaba un lugar donde vivir y que casualmente ella buscaba alguien con quien compartir sus deudas, entonces accedí a mudarme con ella a un piso nuevo que ella escogió sin mi consentimiento. La semana pasada se cumplieron tres meses desde que llegamos allí a vivir juntos, yo me volví admirador de su arte y de su escritura, tengo en mi mente todos y cada uno de los pocos momentos que compartimos. Usted estará pensando que es raro que en tres meses de compartir el mismo techo no haya sido mucho lo que convivimos, así era ella, y así me enamore de ella, irreverente y egoísta en nuestro reino, pero tan solidaria y comprensiva cuando compartía con ellos, era como si en el hospital fuera alguien completamente diferente a la que vivía conmigo, yo estoy seguro de que ella era consciente de que yo estaba profundamente enamorado de ella, eso era lo que me hacia entender cuando teníamos esos encuentros violentos llenos de lujuria, en los que antes y después no modulábamos palabra. Un día después de uno de los cafés que me ofrecía a regañadientes después de leer, me dijo en un tono jocoso que éramos compañeros sexuales porque ambos como científicos sabíamos que no era bueno tener más de uno por vez, pero que nunca compartiríamos una vida. Irónicamente escucharla decir eso fue el cielo para mi, tan amarilla; en nuestra rutina diaria cruzábamos sí mucho dos palabra día de por medio, así vivíamos y para mí era el infierno mas acogedor. La semana pasada que no fue a dormir, fue la semana mas terrible de estos tres meses, yo no sabia donde estaba y por mas desconocida que fuera ella para mi, sentía que me hacia falta, yo se lo que usted esta pensando, y si, en tres meses ninguno tenia el numero de celular del otro, así era nuestro infierno compartido, así funcionábamos independientes. Hubo algo que me lleno de preguntas y de misterio, pero a la vez de alegría y satisfacción, la noche en la que ella murió, fui yo el primero en enterarse, ella había dejado orden en el hospital de llamarme a mi en caso de que lo peor ocurriera, le dijo al médico que yo sabría que hacer, y estaba en lo cierto. Por eso sospecho que ella sabia que yo estaba enamorado, ella sabia que yo la observaba con detenimiento cada segundo, un día iba de camino a la cocina, desnuda como siempre y se le cayo una libreta al suelo, llena de números telefónicos, pero en el encabezado de la pagina escrito con rojo había un numero mas grande que todos los otros y por la fuente con la que estaba escrito se veía que era de alguien importante, porque la escritura era impecable, y ella no solía escribir así; como Sherlock yo sabía identificar el animo de sus caracteres, leí todo lo que escribió durante esos tres meses. Fue de ahí de donde saque su número para avisarle lo sucedido, ella sabía que yo iba a recordar cada detalle, y supuso que recurriría a esa libreta y a ese numero escrito en rojo si había una emergencia, ella era una mujer muy inteligente, la mas inteligente que jamas conocí, estoy seguro que usted debe ser consciente de eso; al fin y al cabo era su hija.


Alejandra Fonseca A.
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25 de enero de 2015

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La joyería de Gómez


El señor Gómez literalmente cagaba piedras.
No hay otra forma de decirlo.
Un día de enero descubrió casi por casualidad ese don que algún poder superior le había otorgado. Escuchó el golpe seco y contundente contra el enlosado blanco retumbando entre las paredes cubiertas de azulejos  celestes.
En esa primera oportunidad no le otorgó la menor importancia y es posible que haya perdido una pieza geológica cuyo valor como curiosidad podría haber sido relevante.
Pasaron varias semanas, tal vez tres, hasta que escuchara algo similar, pero en aquella oportunidad debido al ángulo de salida del objeto el mismo pareció girar ruidosamente hasta que la fuerza centrífuga fuera lentamente vencida y se encontrara con el reservorio de agua inferior.
Gómez decidió mirar detenidamente y allí en medio de la taza se encontraba una pequeña piedra traslúcida que aún en bruto brillaba como si contara con luminosidad propia.
La sorpresa no fue poca y el señor Gómez, asistido por una preocupada esposa, corrió a la consulta donde un médico cansado de la rutina diaria pareció interesarse en lo extraño de su caso y analizó la piedra con evidente curiosidad.
No, ciertamente no era un cálculo de ningún tipo de material y obviamente no podría haber salido del cuerpo del señor Gómez a menos que lo hubiera ingerido previamente.
Revisado el menú de toda la semana, el matrimonio llegó a la conclusión que nunca habían siquiera probado una piedra de esa calidad.

Amigo- le dijo el profesional de la salud- estoy seguro que este objeto no proviene de su cuerpo. No es de calcio, ni colesterol, ni bilirrubina. Además, se lo aseguro por las pestañas que me he quemado estudiando, casi nunca salen por allí.  Mire, dado que se le acerca el medio siglo y...a ver...si, - revisó rápidamente unos papeles- ya me lo imaginaba, no tiene ningún análisis en los últimos cinco años, le voy a dar una orden para un screening completo. Como para analizarlo más profundamente...

Apenas Gómez escuchó la palabra `profundamente´ revivió sus ocultos temores asociados a la imagen de un  proctólogo aquejado de gigantismo revisando sus tripas. No pudo dejar de notar que su mujer se sonreía como quién saborea una antigua venganza, pero apenas había comenzado a asomarse el rictus en su cara  supo censurarlo de manera extremadamente veloz.
El médico sugirió varios estudios completos, pero el más importante de todos ellos era una resonancia magnética que indicaría sin lugar a dudas la localización de cualquier otra piedra dispuesta a luchar contra ese cuerpo que la oprimía evitando que alcanzara la libertad.

Si bien la señora Gómez solicitó todos los turnos necesarios para cumplir con las ordenes del profesional, el señor Gómez ya había decidido ignorarlas por completo. Claro, a menos que el problema se le complicara y  mostrara algún tipo de gravedad. Él temía que tarde o temprano le dieran una orden para un estudio más invasivo y vergonzante para su masculinidad, y eso no estaba entre las cosas que consentiría mientras la salud lo acompañara.

Con la piedra envuelta entre algodones en un pequeño frasco para análisis, la familia Gómez viajó hasta la calle de los joyeros, en pleno centro comercial, allí donde su hermano apodado El Negro tenía su negocio de joyería desde hacía más de veinte años.

-No hermanito, no hay problema, yo la reviso y te digo. Dónde está esa cosa?- apuró El Negro.- ¿la lavaste no?

Gómez asintió con la cabeza y le acercó el envase

-Si, con alcohol...

El Negro prendió una luz circular que iluminaba su escritorio y con un monóculo apretado entre su arco superciliar y su pómulo derechos examinó la piedra una y otra vez, como si no pudiera aceptar lo que estaba viendo.

-Yo diría que es un VVS1 pero no estoy seguro. Puede que sea mejor.-

El señor Gómez se encogió de hombros y mirando a su hermano con las cejas en alto le dijo

-Y en cristiano negrito?

-En cristiano esto que me traés es un diamante puro sin tallar al que no puedo verle inclusiones y es totalmente transparente. Claro, hay que tallarlo y verificar que internamente no presente alguna que ahora no puedo ver porque no está pulido. Antes que me preguntes, inclusiones son  impurezas, o manchas en el interior...

-Un diamante? Y vale mucho?

-No te lo puedo decir ahora mismo, pero dejámelo que tengo un paisano que talla al mejor estilo suizo a ver que conviene hacer, pero a ojo de buen cubero acá tenés unos 10.000 dólares...

Los Gómez se miraron en silencio. Incluso viajaron a casa en silencio, en el colectivo, en el tren y en el remis hasta la casita en medio de la nada.

También cenaron entre miradas.

Ni una palabra hasta que el señor Gómez le dijo a su señora.

-Me voy al baño a leer un ratito el diario-

Y el ratito duró dos horas.

-Siii !!! Eeesssaaaa !!! Vamos Gómez que usted puede !!! Y dale, y dale, y dale Gómez dale !!. E,O,E...E,O,A,  Si éste no es el Gómez, el Gómez dónde está !!!...

La señora de Gómez no paraba de hinchar por el equipo del marido desde la tribuna del otro lado de la puerta.

Pero nada.

No fue sino dos días después que Gómez volvió a escuchar el delicado sonido del diamante girando sobre la loza blanca.

Y ya eran 20.000 dólares.

Pronto el simple hecho de concurrir al servicio se había convertido en una expedición a las minas de diamantes africanas. Gómez se llevaba su diario o el último libro junto con un par de pinzas largas. Pasaba horas tratando de comprender el proceso para poder ir optimizandolo y así mejorar el estado financiero del grupo familiar.
Su esposa lo esperaba ansiosa del otro lado de la puerta ya sin cantar arengas y Gómez lo intentaba con una pierna estirada, la nalga derecha alzada, tirado hacia adelante, hacia atrás, conteniendo la respiración, respirando profundo, levantando la otra pata o apretando las nalgas. Todo parecía dar igual hasta que un día Gómez notó que las piedras elaboradas comenzaban a tener otras características:

Venían facetadas.

Los primeros y más simples diseños fueron los facetados en talla 8/8. Gómez notó que si levantaba la ceja izquierda mientras cruzaba los dedos pulgar e índice del pie derecho y sostenía su testículo izquierdo con la mano derecha, las piedras aparecían en un 90% de las veces con éste diseño en particular.
Sólo varias semanas después , víctima del aburrimiento postural logró conseguir uno de talla Marquise, mucho más elaborado y complejo, para el cual sólo debía sostenerse sobre sus piernas impidiendo que sus nalgas tocaran el asiento de su inmaculado trono, pero con el dedo índice metido en el pabellón de la oreja izquierda. Para que el facetado fuera perfecto debía mantenerse en esa posición por tan solo treinta minutos. En caso de cansancio descubrió que podía sentarse con una pierna en alto mientras intentaba tocar la punta de su pie con la otra mano y alternaba un pulgar metido en sus fosas nasales. En este caso conseguía que los diamantes fueran de talla Cushion.
Cualquier otro intento resultaba en una piedra en bruto que debían llevar al joyero paisano que conocía El Negro para ponerla en valor después de tallarla.

-Podrías ser menos egoísta no? - le dijo un día su mujer - Siempre pensando en vos mismo y en hacer el mínimo esfuerzo. Si te preocuparas por nosotros al menos intentarías sacarlas con algún engarce. ¡ Pero no ! al señor no le importa nada ni nadie que no sea él mismo y claro, se conforma con esos facetados de mierda...Nunca un Baguette o un Princesa..noooo que vaaaa, el señor prefiere hacer siempre lo mismo.

El señor Gómez aceptaba estoicamente los reclamos y como era consciente que tampoco había sido muy bueno para las finanzas, la administración del dinero producido había recaído mágicamente sobre su esposa.

Pero una cosa es administrar la pobreza y otra muy diferente la riqueza.

Cualquiera habría pensado en ocultar los ingresos invirtiéndolos en un lavadero de autos, un hotel que alquilara habitaciones a clientes fantasma o cualquier otra actividad de las que usaría un político normalmente para ocultar su dinero mal habido. Pero no, la señora Gómez compró una nueva casa dentro de un barrio exclusivo, un automóvil de alta gama y nombre germánico y más, y más deudas que alguien tarde o temprano debería pagar.

El tema era que la señora Gómez ya se había puesto práctica con la tarjeta y estaba manteniéndo en rojo muchas de ellas mientras su marido se esforzaba geológicamente. Financiaba la deuda de una  con la otra y lo producido en el pequeño baño finalmente apenas lograba alcanzar para cubrir los gastos por intereses de todo lo adquirido.

Claro que para no romper la mística del proceso creador, el señor Gómez debió quedarse a vivir en la pequeña casita donde el baño le era confortable y eficaz.

Los ricos lo saben desde la cuna, pero los pobres se desayunan tarde.
Nunca, pero nunca jamás hagas ostentación de tus bienes.
Llama la atención de los recaudadores de impuestos.

Pronto todas las áreas gubernamentales dedicadas a la cobranza tributaria estaban investigando el origen del dinero de la familia Gómez. Revisaron si estaba en el contrabando de diamantes, si tenía contactos con la mafia rusa, o si era amigo de algún político. Incluso se lo investigó por lavado de dinero del narcotráfico. No había forma de que justificaran lo obtenido, pero tampoco que pudieran implicarlo en un delito. Él se mantuvo en sus trece y aseguró a quién quisiera escucharlo que eran piedras que había encontrado en los caminos comunales y de montaña a pocos kilómetros de su casa.

Finalmente la paciencia estatal tocó fondo y terminaron multándolo, le cancelaron todas sus cuentas bancarias, bloquearon su Clave Única de Identificación Tributaria  y le armaron una forma de pago que, para poder ser cumplida, obligaba al señor Gómez a producir un mínimo de dos diamantes diarios.

Pronto Gómez descubrió que el estrés le producía estreñimiento.
Y no produjo más dinero.

Su esposa lejos de asumir cualquier responsabilidad en el desastroso desenlace, presentó una demanda de divorcio que prosperó de manera express y que debido al embargo y posterior remate de los bienes la dejó apenas con lo mismo que tenía antes de la primera piedra.

Menos, si contamos que perdió un marido.

Lejos de desmoronarse, el señor Gómez retomó su anterior actividad realizando reparaciones puerta a puerta.
Pronto fue feliz nuevamente sin olvidar aquello que había aprendido de los errores del pasado. Encontró una pareja con conocimientos de economía hogareña, un hermoso cuerpo haciéndole juego que no economizaba para nada.
Pasaron cinco años y llegaron dos hijos.
El señor Gómez no pedía nada más que lo que tenía.

Pensaba justamente en eso mientras leía el diario en su nuevo trono cuando un sonido conocido pero levemente alterado le llamó súbitamente la atención.
Algo que giraba y giraba recorriendo el enlozado en círculos hasta chapotear haciendo cabrilla en el agua del reservorio de la parte baja del retrete.
El señor Gómez sintió un pequeño escalofrío.
Allí en medio de la taza se podía observar inmaculada una piedrita dorada .

Sin pensarlo mucho apretó el botón del escusado y se fue a jugar con sus hijos.
Estaba seguro de haber reconocido una pepita y lo primero que se le ocurrió en ese instante era que no tenía tiempo ni ganas de fabricar algún elaborado modelo de lujosa e intrincada orfebrería.



OPin 2015


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23 de enero de 2015

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No son muchos


Cristina cerró con fuerza la puerta de su taquilla. Notó como la indignación le recorría el cuerpo como una descarga eléctrica. Era imposible. Con lo cerca que estaban de conseguir resultados. Cogió su bata, salió del vestuario y con paso firme se dirigió a la quinta planta. Recorrió el hall de la entrada y se fue con decisión hacia el despacho principal, ignorando por el camino las preguntas del secretario. Agarró el pomo de la puerta y, tras darle un empellón a la misma, irrumpió en el despacho.

-¿ Cómo te atreves a cancelar el proyecto ? ¡Estamos muy cerca! - bramó Cristina iracunda a un pequeño hombrecillo menudo y con gafas que estaba sentado detrás del escritorio.

-Tranquilo, Javier – contestó el hombrecillo al tiempo que hacia un gesto con la mano al secretario que estaba detrás de la mujer – Puedes irte. Buenos días, doctora Morales. ¿Qué puedo hacer por usted? - terminó de decir.

-¿Y tienes la desfachatez de preguntármelo?¡Impedir que la comunidad cancele el proyecto! Estamos obteniendo muy buenos resultados con las ratas. En 6 meses queríamos empezar a hacer un ensayo clínico con humanos –

-Yo no he cancelado el proyecto, Cristina. Me he opuesto enérgicamente a la decisión del consejero de salud –

-Eso seguro. Todos sois iguales. En cuanto os convertís en gerentes os hacéis fríos como el hielo. A saber que te habrán dado a cambio –

-No he recibido nada. Es más, les he dicho que dimitiría si cancelaban tu proyecto. No me han hecho caso y he presentado mi dimisión –

Ambos se quedaron callados. Tras unos instantes, Cristina habló de nuevo.

-Lo siento, no lo sabia – se disculpó Cristina - ¡Qué estúpida me siento! -

-Tranquila, no te preocupes. Yo hubiera reaccionado igual –

-Y ahora, ¿Qué podemos hacer? -

Su interlocutor se encogió de hombros y se quedaron de nuevo en silencio.

Un año exacto después de aquel día, Cristina se estaba terminando de vestir. Hoy sería uno de los días más importantes de su vida. Tomo un café sólo, cogió su portátil y salió de la casa como alma que lleva el diablo.

Entró en el auditorio que estaba lleno a rebosar. Numerosos medios de comunicación habían pedido acreditación. Nunca le había gustado hablar en público. Sus manos sudorosas y palpitaciones daban fe de ello. Después de preparar el ordenador se acercó al estrado y comenzó a hablar.

-Buenos días y gracias a todos por venir. Hoy vengo en representación de todos los investigadores de este proyecto, cuyos grandes resultados han llegado a pesar de la consejería de salud.– dijo Cristina – Si, han oído bien. A pesar de la consejería de salud de la comunidad porque en el momento clave de la investigación y cuando mejor pronostico tenía, cancelaron nuestro proyecto. Hemos podido seguir gracias a la donación anónima y altruista de un benefactor que desea permanecer en el anonimato –

El murmullo general fue en aumento. Los fotógrafos se pusieron en la primera fila y sacaron planos de los gestos cariacontecidos de la primera plana de políticos.

- Señoras y señores, en España al año nacen mas de 400 niños varones con hemofilia. La población de esta enfermedad en el país supera las 8000 individuos. No son muchos, es cierto. Pero para nosotros son demasiado importantes como para dejarlos en la cuneta. Después de años de estudio hemos conseguido erradicar y detener los efectos adversos que tiene la hemofilia en humanos –

Los flashes de los fotógrafos se giraron hacia ella y empezaron a dispararse.

-Para aumentar las posibilidades de ahondar en esta investigación dentro de unos quince minutos en los principales idiomas estarán disponibles en nuestra web todos los datos. Nuestro benefactor desea que todo el mundo tenga acceso a ellos para que así aumenten las líneas de investigación. Y nosotros, conmigo como jefa de proyecto, estamos radicalmente de acuerdo. Gracias y buenos días – termino de decir Cristina mientras empezaba a recoger el ordenador bajo una nube de preguntas y periodistas a su alrededor. -

El sol bañaba su rostro. Miró la placidez del mar en calma. Mientras saboreaba su tostada de jamón, Cristina abrió el correo desde su teléfono. Estaba radiante. Desde que acabaran su investigación se habían abierto cerca de 80 líneas de investigación en todo el mundo. Llevaba, desde aquella rueda de prensa, contestando todos los días una media de 180 emails. Era su madre, sólo quería saber como estaba. Después de responderlo, Cristina sonrió. Estaba bien. Más que bien. Era feliz y su trabajo estaba ayudando a mucha gente. No le podía pedir más a la vida.

Francis Merchan

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21 de enero de 2015

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Lo que debes saber para escribir un cuento


Suelen llegarnos a NSE obras hermosas que no llegan a alcanzar todo su potencial literario debido a que su autor experimenta fuera de las pautas básicas que definen un formato. No se trata aquí de leyes inviolables, ni de máximas inapelables, sino de reglas surgidas del análisis de obras difundidas originalmente de manera oral que con el tiempo han demostrado contar con un formato que nuestra manera de razonar encuentra sumamente apropiado.
Vale la pena repasar las características de un cuento y de un relato, así como sus diferencias.

El cuento es una narración breve de hechos imaginarios o reales, protagonizada por un grupo reducido de personajes.
Hay dos grandes tipos de cuentos: el cuento popular y el cuento literario.
  • El cuento popular:Es una narracion corta de hechos reales o imaginarios tradicional que se presenta en múltiples versiones, que coinciden en la estructura pero difieren en los detalles. Tiene 3 subtipos: los cuentos de hadas, los cuentos de animales y los cuentos de costumbres. El mito y la leyenda son también narraciones tradicionales, pero suelen considerarse géneros autónomos (un factor clave para diferenciarlos del cuento popular es que no se presentan como ficciones).
  • El cuento literario: es el cuento concebido y trasmitido mediante la escritura. El autor suele ser conocido. El texto, fijado por escrito, se presenta generalmente en una sola versión, sin el juego de variantes característico del cuento popular. Se conserva un corpus importante de cuentos del Antiguo Egipto, que constituyen la primera muestra conocida del género. Una de las primeras manifestaciones en la lengua castellana es El conde Lucanor, que reúne 51 cuentos de diferentes orígenes, escrito por el infante Don Juan Manuel en el siglo XIV.
El cuento se compone de tres partes.
  • Planteamiento: La parte inicial de la historia, donde se presenta a los personajes y sus propósitos.
  • Nudo: Parte donde surge el conflicto, la historia toma forma y suceden los hechos más importantes.
  • Desenlace o final: Parte donde se suele dar el clímax, la solución a la historia y finaliza la narración.
El cuento presenta varias características que lo diferencian de otros géneros narrativos:
  • Ficción: aunque puede inspirarse en hechos reales, un cuento debe, para funcionar como tal, recortarse de la realidad.
  • Argumental: el cuento tiene una estructura de hechos entrelazados (acción – consecuencias) en un formato de: introducción – nudo – desenlace.
  • Única línea argumental: a diferencia de lo que sucede en la novela, en el cuento todos los hechos se encadenan en una sola sucesión de hechos.
  • Estructura centrípeta: todos los elementos que se mencionan en la narración del cuento están relacionados y funcionan como indicios del argumento.
  • Personaje principal: aunque puede haber otros personajes, la historia habla de uno en particular, a quien le ocurren los hechos.
  • Unidad de efecto: comparte esta característica con la poesía. Está escrito para ser leído de principio a fin. Si uno corta la lectura, es muy probable que se pierda el efecto narrativo. La estructura de la novela permite, en cambio, leerla por partes.
  • Brevedad: para cumplir con todas las demás características, el cuento debe ser breve.
  • Prosa: el cuento debe estar escrito en prosa
 
El relato o también llamado cuento largo es una forma de narración cuya extensión en número de páginas es menor a la de una novela e incluso a la de la nouvelle. Aunque el número de páginas no es lo único que se debe tener en cuenta a la hora de determinar un género. Grandes autores como Julio Cortázar, Jack London, Franz Kafka, Truman Capote, Raymond Carver, han demostrado con la calidad indiscutible de sus relatos, las grandes posibilidades de este género.
La esencia del relato consiste en contar una historia sin reflejarla en toda su extensión, compactándola y poniendo el énfasis en determinados momentos, que suelen ser decisivos para el desarrollo de la misma, dejando a la imaginación del lector la tarea de componer los detalles que podrían ser considerados "superfluos" y que, junto a los hechos narrados en el relato, compondrían un cuadro mayor, como en muchos de los relatos de Raymond Carver. Los hechos narrados en el relato pueden ser de ficción (cuento, epopeya, etc.) o de no-ficción (noticias). El relato es una estructura discursiva, caracterizada por la heterogeneidad narrativa, y en el cuerpo de un mismo relato pueden aparecer diferentes tipos de discurso.
En general un relato es resultado de la inspiración inmediata (en este sentido comparte su génesis con la poesía), a diferencia del cuento en donde todos los indicios deben llevar indefectiblemente al nudo y luego al desenlace y por ende requiere un trabajo previo del autor.
De todas maneras, el termino relato es en general poco preciso y la mayoría de los analistas y escritores no hacen ninguna diferencia entre ambos términos (cuento y relato)
Algunos autores utilizan el termino relato para describir aquellos textos breves en donde no hay una línea argumental precisa o no lleva necesariamente a un punto de tensión como en el cuento. Otros autores lo refieren cuando hablan de textos breves (es decir menores a una novela) pero que incluyen capítulos. También lo utilizan algunos como un género intermedio entre el cuento y la novela. En este sentido podría intercambiarse con el termino de nouvelle, aunque se prefiere utilizar este último para textos de una longitud intermedia pero con diversas líneas argumentales, personajes, etc.
El relato, a diferencia del cuento, admite elementos de no ficción (por ejemplo un relato periodístico o el relato de non-fiction como el introducido por Truman Capote en A sangre fría, entre otros). En este sentido, el relato podría ser un género limítrofe entre lo estrictamente artístico/literario y por ejemplo lo periodístico o lo ensayístico.

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19 de enero de 2015

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Una mantis poco religiosa


Surgió de la nada, en mitad de la noche, igual salió de mi sueño, no lo sé, pero allí estaba ella, delante de mí, tenía una correa de cuero en su cuello y una cadena de acero no muy larga que yo sujetaba fuertemente en mi mano. Era mía, mi concubina, mi esclava, mi sirvienta. Haría todo lo que yo le pidiera. No sé cuándo empezó esto, creo que no la conocía de nada, o quizás sí, en mis sueños, imagino, no lo recuerdo bien. Tan solo sé su nombre, Violeta, al menos eso me dijo, creo que no se llama Violeta.

Ahora sí... La conocí en un bar la noche anterior, había ganas de juerga, ganas de pasarlo bien… y suficiente dinero en mis bolsillos. Me fijé en aquella mujer, algo en ella afloraba por encima de todas las demás; no se precisar si sería su extraordinaria belleza, o su mirada inconcusa, o quizás, la mezcla de ambas. No era del lugar, era la primera vez..., nunca la había visto por allí, quizás sí, en otro lugar. En un principio, no sé qué era lo que le atrajo de mí. No sé lo que andaba buscando, si es que buscaba algo, creo que sí, o al menos en esa noche.

Pero sea lo que fuere, yo no tardaría en descubrirlo. Lo cierto es que hubo un intervalo de tiempo en que no recuerdo nada de lo que pasó. Me inquietaba saber que durante esa laguna, estaría yo totalmente indefenso, a su merced, me podría haber robado: mi dinero, o mi memoria si lo hubiera querido; para posteriormente no dejar recuerdo alguno de aquel encuentro. Sé, que ella habría permanecido a mi lado en todo momento, lo que más temo al respecto, es que estoy seguro de que esa mujer conocía lo que pasó en ese lapso de tiempo. Lo que no alcanzo a saber es hasta qué punto era ella también victima al igual que yo, o en su lugar; cómplice o artífice de mi olvido.

Y allí estaba ahora, en mi apartamento, sin conocerla de nada, asida fuertemente al frio cabecero de mi cama, era yo su esclavo, ella era dueña de mi memoria, era yo quien estaba amarrado a ella. Recordé que me dijo medio en broma, o medio en serio que si no la satisfacía, me mataba. No sé si se refería, bien a que me mataba de placer, o bien a que me quitaba la vida a sangre, pero creo en cualquiera de las dos formas me quitaría la vida, o peor aún, me devoraría como lo haría una mantis religiosa con el macho que osara copular con ella.

Yo había empezado a jugar a un juego macabro, al que ya no podía dejar de jugar; es como si algo que una vez empezado ya no se puede abandonar hasta llegar a su conclusión. Ella no se podía liberar de sus cadenas, ni tampoco yo de mi sueño. Si quería liberarme yo de este, mi sueño, sabía que primero tenía que liberarla a ella de sus cadenas, eso me producía una situación de indefensión, me creaba cierta inseguridad, temía que pudiera cumplir su promesa, y que yo, en el preciso momento de despertar de mi sueño no alcanzara sino el fin de la vida.

Fue como un inexorable juego, en el que una vez que se empieza la partida se pierde, siempre, pero era demasiado tentador como para rechazarlo, era bajo el coste inicial y muy sugestivo el premio por ganar. Creo que ella me decía la verdad, o quizás no. En realidad no sé dónde empieza la verdad y donde el sueño.

No se precisar en qué momento desconectas del mundo real para sumergirte en el imaginario. Si es que existe ese punto de encuentro, esa frontera. A veces pasa que sueño y realidad se funden en un halo borroso, indisoluble, como formando parte de una misma esencia, como las dos caras de una misma moneda, o el anverso y el reverso de una misma hoja que siempre van unidos allá donde vaya la hoja. Las dos experiencias se confunden, llegándose a entremezclar realidad y sueño, y las dos experiencias viven juntas, o se sueñan juntas. Y se pueden compartir, en la vida diaria, o en la muerte diaria, en la calle. Son experiencias comunes, al alcance de todos, lo que uno sueña, o cree que sueña, se entrelaza con lo que otro vive, o cree que vive.

Confuso, miro a mi compañera, ella, se acerca insinuante. Sé, que huele mis dudas, mi indecisión, mi inseguridad, incluso hasta mis miedos. Me sonríe, o se ríe de mí, lame su cuero con su lengua lasciva, me provoca, me incita, me ofrece su cuerpo, es demasiado perfecto, no sé si es sueño o es real: si ella sueña, yo vivo; pero si ella vive, yo soy el que muere.

Gabriel Moreno
 
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17 de enero de 2015

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Sangre en las manos


¡Chist! Que no se mueva nadie. Las sombras de la calle ayudan a ocultar a nuestro insigne personaje. Avanza con sigilo y presteza en la oscuridad de la noche en pos de su próxima presa. Hay que guardar una distancia prudencial: no muy lejos que se le pierde de vista ni muy cerca que sus sentidos lo espabilan. Él lo sabe y lo sigue a cabalidad, el asunto debe saldarse con premura y se debe evitar a los listillos que puedan causar problemas. Esa noche el hombre de edad media a quien perseguía todavía no se percataba de lo que pasaría, debía aprovechar el momento, sorprenderlo justo con las defensas bajas. Estaba a punto de voltear en la avenida; nada más perfecto, lo interceptaría en la esquina. Las manos en posición, el perfil cubierto, dos zancadas más largas y…

– ¡Te tengo pajarito! Ee, ee, eeeh, quieto. –Hay también que inmovilizarlos cuando se ponen frenéticos. Le hizo una llave al nivel del cuello.

– ¿Quién es usted?

Le apretó el brazo sobre la garganta. Ahora el hombre se quejaba, podía sentir su miedo y percibir en su modo de hablar que le daría pelea, no se la dejaría fácil.

– ¡Chist!

–Pero ¿qué es lo que quiere?

– ¡Chist! Chist! –El hombre ni se callaba ni dejaba de forcejear. Un poco de silencio para empezar no estaría mal. Se sacó el arma y se la recostó en uno de los costados.

– ¡Cállate, bichito! Con bulla no puedo trabajar. –El hombre se paralizó y se quedó mudo–. Así me gusta, tranquilito, como niño bueno. ¡Pásame la cartera y no te me pases de chistoso, ¿oíste?! Sin comedias, como dirían ustedes.

Al momento sintió que el hombre rebuscaba entre sus bolsillos, redujo la presión sobre el cuello. El arma debía quedarse donde estaba, esa sí que asustaba, así que no le quedaba más remedio que aflojarle la llave para recibir el premio.

– ¡Ee, eeh, calmadito! Ajá, así. Eso, eso, colaborandito. –Apenas rozó el cuero del material y sintió una punzada en el estómago. Le cayó la mala pava: le había tocado un listillo. En vez de darle la billetera le había asestado un buen golpe con el codo. Se la haría pagar, por supuesto.

Intentó hacer la llave de nuevo, pero con tan mal atino que recibió un mordisco; el hombre aprovechó para propinarle tremenda pisada que lo dejó bailando a saltitos. La rabia empezó a cruzársele por la frente mientras el hombre, que parecía dispuesto a dar la lucha, le arremetía con un gancho que le volteó medio rostro. Esa sí que no se la calaba: “la cara de un man es sagrada”.

“Con que muy machito” –pensó nuestro personaje. Si era cuestión de ver quién le ganaba a quién, él no estaba dispuesto a perder. Apretó el arma, se envalentonó.

–Pa’ que veas que yo también tengo dos más una. –Se señaló la entrepierna en un vulgar gesto mientras lo decía y luego encañonó al hombre. Un sonido seco tras soltar el gatillo…

¡Chist!, silencio, ni un solo suspiro. Se aprestó a quitarle lo que tuviese de valor encima. ¡Nah! El hombre no tenía ni un malvado reloj. Alcanzó la billetera y la abrió de tajo: facturas y más facturas. ¡Este desgraciado armó tanto lío por un bojote'e papel! –Masculló.

Tiró la cartera, le echó una ojeada al cuerpo y decidió que le gustaba la chaqueta, a ver si podía hacerse con ella. Intentó quitársela, pero ya se comenzaba a manchar. Se levantó obstinado, pateó al hombre que yacía malherido o muerto (lo que fuera) en el suelo y mientras se alejaba se quejaba por lo bajo:

– ¡Maldita sea! ¡Cómo odio llenarme las manos de sangre en vano! 

¡Uuuuh, uuuuh! ¡Piiii, piiii! Que se muevan todos. Que el ruido y las luces los ponga sobre aviso y haga que se aparten del camino. Avanzan con estrépito y sin cautela en el fulgor de la noche llevando alguien a quien salvar. Hay que mantener la calma: si se sucumbe ante la alarma algo puede salir mal. Él lo sabe y lo sigue con rigurosa conciencia médica, debe mantener la situación bajo control. Esa noche el hombre de edad media con una herida de bala en el torso, a quien atendía, estaba perdiendo el conocimiento; no podía desperdiciar ocasión de mantenerlo despierto. Estaba a punto de abandonarse al sueño de la misma forma que la sangre abandonaba su cuerpo. Las manos en acción, los sentidos alerta ante cualquier cambio en su respiración, los ojos no se apartan de la víctima, sus signos vitales deben…

– ¡No, no, no! ¡Hey, amigo! ¡Vamos…! ¿Me escucha?

–Qqq-qué… D-dd-don…

–Por favor, no se mueva. No es necesario que hable. –Había que tranquilizarlo, relajarlo. La turbación aumenta el riesgo.

–C-co-com…

–Por favor, no hable, ¿sí? Estamos ayudándole. –El hombre asintió indefenso, dejándose llevar cediendo a la petición con facilidad, más bien con demasiada facilidad. ¡Rayos! ¡Como que no le iba a dar pelea!

– ¡Hey! ¡Hey! Tampoco se lo tome a pie de letra –el hombre cerraba los ojos otra vez–. ¡Hey! ¿Me escucha? No sea tan obediente, amigo, que no estamos en el ejército.

–E-e-eh –el hombre intentó hablar, mientras reía. Bien, al menos tenía conciencia todavía. Tal vez, la luz no estaba llamándolo y San Pedro no lo tenía esa noche en su lista.

–Eso es, amigo. No se preocupe, luego le cobro el chiste. –Se relajó aliviado, el hombre continuó sonriendo, estaba acariciando la idea de que se salvaría cuando repentinamente se interrumpieron sus respiraciones.

Debía actuar pronto y lo hizo, por supuesto. Sin perder tiempo empezó a llenar el cuerpo del oxígeno que estaba perdiendo.

El hombre sonreía, pero sin respirar por su cuenta. Le pareció una broma de mal gusto. Siguió insuflándolo, nada. Entró en desesperación. ¡Cielos! El hombre comenzó a ponerse cianótico, los latidos se acercaban para despedirse mientras se volvían cada vez más ausentes.

– ¡Demonios! ¡El corazón no! Te dejaba gratis el chiste si supiera que ibas a pagarme así.

Maniobras de reanimación y enardecidos malabares saltaron como única arma para hacerle frente a la muerte que quería instalarse:

– ¡Aguante, hombre, aguante! ¡No se deje vencer tan fácil!

Pulso: Ninguno. El hombre sonreía.

Respiraciones: Ninguna. El hombre sonreía.

Latidos: Ninguno. El hombre sonreía.

Reacciones: Ninguna. El hombre sonreía.

Su compañero lo instó a retirar sus manos laboriosas del hombre de edad media con una herida de bala en el torso, de quien siquiera conocía el nombre. ¡Chist! Silencio. Nadie se mueve. No hay más que hacer.

–Ya déjalo –soltó aquél mientras le cerraba los ojos al cuerpo.

El hombre sonreía. Se preguntó por qué lo hacía. Observó sus extremidades rojas apartándose del cadáver que cuando tocó por primera vez estaba vivo y con un gesto lastimero de negación, mientras volteaba la cabeza de lado a lado, soltó por lo bajo:

– ¡Maldita sea! ¡Cómo odio llenarme las manos de sangre en vano!


Aldo Simetra


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15 de enero de 2015

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Tango y Patria



Y yo me hice en tangos,
me fui modelando en barro, en miseria,
en las amarguras que da la pobreza,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
y yo me hice en tangos porque...
porque el tango es macho,
porque el tango es fuerte,
tiene olor a vida,
tiene gusto... a muerte.

Celedonio Esteban Flores


Escucháme, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas y las lleva toda la vida, hasta que uno siente que debe escribirlas, decírselas a alguien...
Yo sabía cuánto la deseabas, y también supe cómo fue muriendo en ella lo que sentía por vos. Fue a causa del tercero que se metió para joderlo todo. Supe... lo supe desde el comienzo.
Hoy quiero contártelo. Esa chirusa vestida de negro me espera en la yeca, está ansiosa por llevarme no sé a qué tugurio impregnado de olor a pucho y ginebra. Y tengo poco tiempo, chabón.
En este miserable cafetín de tango, el que da sobre la calle Piedras, en la misma mesa en la que estoy sentado, aquí comenzó todo. Él la invitó a bailar, ella aceptó, linda papusa vestida de negro y con soguín rojo resaltándole el cogote. Bailaron un cuatro por cuatro.
–"¿Por qué le pusieron "El choclo"? _ dijo ella.
–"No es por el maíz, pebeta, es por el bailongo.".
A él le gustaban las minas, pero no cualquier mina, pibas de barrio, cuanto más mistongas, mejor. Y las hundía hasta la más honda lujuria buscando satisfacer cada preferencia. Si ellas querían ser reinas, él las hacía reinas, pero a cambio exigía boleto de pertenencia.
Así fue como un día se le cruzó Estercita, ¡qué pipiola la Estercita! Ya era reina por sí, por naturaleza, pero el hombre se la chamuyó lindo, la trabajó de tal modo que ella pensó que sólo sería reina a su lado, y sin él sólo un pedazo de bosta.
A las dos semanas ya estaban revolcándose en una amoblada polvorosa, con sábanas usadas y estufa a querosén.
Ella le creyó todo. Pronto le prometió que iba a ser "su" puta, la mejor que había tenido nunca. Él la obligó a teñirse las crenchas de rubio y a pintarse la jeta de rojo.
Todo placer, hermano, todo placer. Mientras los negros afuera se reventaban las tripas de hambre y desesperación. Él alcanzó a escucharlos en medio de un orgasmo. Después la miró, y descubrió que ella podía ser algo más que una puta.
Entonces sacó de abajo de la cama su gorra de milico, le levantó el pelo y se la puso.
–Mi Capitana de puta madre –dijo. Ella sonreía.
Fue poco el tiempo en que pudo pasearla en coches lujosos y en palcos, para enardecimiento de los cabecitas. Porque la masa hambruna la querían para ellos, "Mi Capitana" la llamaban.
El chabón se disgustó un día. Ella era y debía ser para él por siempre.
Entonces la encerró en una habitación, pero de lujo, che. La peinó con el pelo amarillo tirante para atrás con un rodete, y le puso un trajecito sastre achicándole las carnes de la cintura. Ella sonreía…no sabía.
Le gustaba que él le pintara la uñas de rojo, le gustaba usar alhajas. Pero también le gustaba hablarles a los negritos desde el balcón. ¡qué gran error!... Eso no, carajo, eso no.
Fue así que terminó su obra de arte para él solo. Le cosió los labios con hilo grueso hasta dejarla muda. La sentó en un sillón de terciopelo y encendió una lámpara de aceite a su lado. Ella ya no se movió nunca más.
¿Que si así termina la historia, César? No, hermano, falta. Me tengo que apurar porque esta mina que me espera vestida de negro me dijo que me tiene un lugar en la Chacarita. Y después de pedirme que le haga el amor, la muy puta me va a terminar llevando nomás.
Me queda sólo un minuto. Te tengo que pedir un favor. Escucháme:
Después de que la Estercita se me quedó muda para siempre, no pude rajarme del asedio de los cabecitas. La querían, la quieren, no se la olvidan, carajo. Y yo ya no la puedo esconder más.
¡Ya viene, ya entra y ya me lleva...! Por favor, César, te la dejo a la Estercita sentada en el sillón; dale una manito de barniz porque ya está muy descangallada la pobre, aunque mantiene eternos sus treinta y pico de pirulos y su sonrisa de Capitana. También te dejo mi gorra de milico. Eso sí, nunca dejes que algunas putas quieran ocupar su lugar… Estercita hay una sola!
Dale todo a los cabecitas, ponéles a la Estercita de lejos, como si estuviera viva, ponéle en la cabeza mi gorra de milico.
Tal vez así dejen de gritar por su presencia. Tal vez así yo pueda descansar en paz.

Maria Luz Brambilla

El choclo de Enrique Santos Discepolo formato cine con Tita Merello.


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13 de enero de 2015

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`Chocolates y torta Sacher´


Chocolates

Como era tradición en Viena, Ana y Franz salieron de su casa antes de la cena. Caminaron, con los brazos entrelazados y una vela cada uno, hasta la plaza central. Ya desde varias cuadras podían ver el gigantesco año que el gobierno montaba todos los años. Dentro de poco prenderían las luces y cantarían los villancicos. Pero, por primera vez en toda su vida, Ana no estaba emocionada por esto. Bueno, sí lo estaba, pero había algo que la emocionaba todavía más y que la mantenía completamente nerviosa.
—Tranquila, Ana, la hora ya va a llegar —sonrió su esposo, palmeándole la mano para calmarla.
—Ya lo sé, pero es que hace tanto que no los veo… ¡y que no se ven!
Llegaron a la plaza principal, donde estaba instalado el gigantesco árbol, y se acomodaron en el primer hueco que encontraron. La gente se había reunido a su alrededor, con las velas encendidas. Utilizaron el fuego de los que tenían al lado para prender las suyas, y las sujetaron bien fuerte, pero sin soltarse entre ellos. Miraron hacia arriba, a la punta del árbol, y las luces se encendieron de repente. Un «oh» de asombro colmó el lugar, y las sonrisas se hicieron audibles. Los coristas, ubicados en una plataforma en uno de los costados, comenzaron a cantar, iniciando la rueda de villancicos. Instantáneamente se les unieron las miles de personas que estaban allí, haciendo que todas sus voces se convirtieran, por una vez en el año, en una sola.
Solo en Navidad se unían, a pesar de todas sus diferencias.
Porque el mayor de los milagros estaba por suceder, el nacimiento del niño Jesús, y ese era acontecimiento suficiente para dejar todos sus prejuicios de lado y unirse en la adoración del Señor.
Ana y Franz cantaron dos villancicos. A ella le temblaba la voz de lo nerviosa que estaba. Había planeado un evento como el que iba a llegar durante casi quince años. Pero nunca sucedía. Siempre algo pasaba, siempre alguno de sus hijos cancelaba y no se podía realizar.
Pero ahora había logrado juntarlos a los seis, después de casi quince años de que no se vieran.
—¿Te parece si vamos volviendo? —susurró Ana, muy por lo bajo, para que solo su esposo la escuchara.
—La ansiedad te va a consumir, mujer —rió él, pero con el rostro completamente serio—. Regresemos. Ya deben estar por llegar.
Ella asintió con la cabeza y volvieron, de nuevo caminando, hasta su casa. Las velas seguían encendidas en sus manos, para colocarlas debajo del árbol que habían comprado esa misma mañana. A las doce dejarían los regalos, simbolizando que el niño Jesús los había dejado, para abrirlos. Eran simples cosas compradas en la feria de artesanías, porque no había nada que sus hijos no tuvieran. Nada material, por supuesto.
Ana abrió la puerta y ambos entraron. Gisela, la mayor de sus hijas, la única que vivía con ellos, estaba terminando de poner una bandeja sobre la mesa del comedor. Levantó la cabeza y los saludó con una sonrisa, para después darles un beso en la mejilla a cada uno.
—¿Cómo estuvieron los villancicos? —preguntó, quitándole sus abrigos para colgarlos—. ¿Por qué volvieron tan temprano?
—Creo que vamos a tener que agregar algunos platos más a la mesa —habló Ana.
Miró la mesa de su comedor. Era larga, de unos dos metros y medio, para que entraran la mayor cantidad de personas posibles. Pero ahora solo estaba armada para tres, porque ellos eran tres.
—¿Qué? ¿Por qué? —exclamó Gisela, asombrada—. ¿Quién viene?
El timbre tocó justo antes de que su madre pudiera responderle. La chica le lanzó una mirada que le dejaba en claro que tenían esa conversación pendiente y fue a abrir. Pero ya no necesitó más que su madre le explicara. Ahora entendía. Con solo ver esas dos personas paradas en el umbral de su puerta lo entendía.
—¡Mamá! —gritó, completamente consternada.
—¿Por qué tú también estás aquí? —gruñó Tobías, su hermano.
—Yo vivo aquí, pedazo de cabezotas —chilló su hermana, golpeándolo en la cabeza como en los viejos tiempos.
—¿No se suponía que esta era una cena solo entre nosotros tres? —preguntó Olivia, la más pequeña, asomándose dentro de la casa y mirando de forma acusativa a sus padres.
—Bueno, parece que nos han descubierto… —sonrió Ana, con una sonrisa de cómplice.
—Podrías habérmelo dicho, mamá —gruñó Gisela, presionando los dientes.
—Bueno, ¿vas a dejarnos pasar o no? —bufó Tobías, y la mujer puso los ojos en blanco.
Se hizo a un lado y dejó que los dos entraran. Ambos se sacaron sus abrigos y se los tiraron encima, como si ella fuera la sirvienta de la casa. Gisela lanzó un suspiro demasiado pesado y guardó los sacos en su lugar. Maldita sea su madre. Ella no quería volver a los viejos tiempos.
—Mamá, ¿puedo hablarte en la cocina?
—Gisela… acaban de llegar mis hijos que no veo hace miles de años. ¿Podrías dejar que charlemos un poco?
Se aguantó otro bufido y se fue hasta la cocina sola. ahora tendría que preparar más comida. Y con lo que eso le costaba. ¿Por qué no le había avisado? ¿Tanto le costaba? Así se iba y los dejaba tranquilos, ya que tanto quería charlas con sus hijos que no veía hacía miles de años. Claro, como ella ya estaba allí y se había quedado con ellos no recibía ningún tipo de atención. Era simplemente alguien más.
—La carne no tiene la culpa, Gisela.
La voz de su padre hizo que se diera cuenta de que estaba golpeando la carne más de la cuenta. Se limpió la frente con el dorso de la mano, para no ensuciarse, y agarró el relleno que le había sobrado para ponérselo al pedazo que tenía.
—Ella lo está haciendo por ustedes, pequeña —dijo, apoyando la mano en su hombro.
—Sí, ya veo… hacerme cocinar más de la cuenta, sin siquiera avisarme, y mantenerme como una sirvienta. Me parece perfecto, papá.
—No seas tan dura con ella, Gisela, hace años que no se ven con sus hermanos.
—Sí —se giró de golpe, para mirarlo con los ojos bien abiertos—, y por algo será, ¿no?
—Son hermanos, Gisela. No pueden estar separados. Son lo único que tienes. Cuando nosotros nos vayamos, ellos serán lo único que tendrás.
—Bueno, pues, para tener a personas tan hipócritas y desinteresadas prefiero no tener a nadie.
—Solo dales una oportunidad… y deja eso, tu madre ya compró un pavo. Deberían estar por traerlo ahora mismo.
Esta vez sí dejó que el resoplido saliera.
—Está bien, papá, lo tiro a la mierda. Como todo lo que hago por ustedes. ¡Siempre tirando todo a la mierda!
Pisó la palanca del basurero, para que se abriera la tapa, y lanzó la carne en su interior.
—Gisela…
—No, no importa, está bien, total, todo lo que yo hago es al divino botón, si al final terminan llamando al bar de la esquina.
Se lavó las manos y tiró su delantal a un costado. Sacó un vaso de agua y se lo tomó en menos de dos segundos. Tendría que tomar una pastilla para la presión. No sabía si soportaría estar toda una noche con sus hermanos sin que le subiera la presión y se desmayara de los nervios. ¡Por dios! ¡Qué vieja que estaba! ¿Cuándo había llegado al punto de necesitar una pastilla para tranquilizarse?
El timbre sonó, y su mamá gritó su nombre.
—Sí, mamá, allá va la sirvienta.
Al pasar por uno de los espejos se acomodó un poco el pelo. Tenía algunos mechones rebeldes que se le escapaban del recogido. Ahora que lo pensaba… había usado el pelo recogido su vida entera. Como una vieja. Y ahora tenía el pelo completamente arruinado… es que ni siquiera había tenido tiempo para cuidarlo. Ni siquiera había tenido tiempo para cuidarse a ella misma…
Abrió la puerta, y la cara de la otra persona se desfiguró de la sorpresa.
—¿Qué haces tú aquí?
Gisela puso los ojos en blanco.
—¿Todos van a hacerme la misma pregunta? Yo vivo aquí, Elías…
—¿Todos? ¿Qué todos?
—Pasa y descúbrelo por ti mismo…
Se hizo a un lado, con la mano inclinada hacia el comedor. Elias, el quinto de los hermanos, se asomó apenas y dio un paso algo indeciso. Cuando encontró a sus otros dos hermanos en la mesa, hablando con su mamá, el enojo se le subió a la cabeza.
—¡Mamá! —gritó, y dejó debajo del árbol el regalo que había llevado—. ¿No podías avisarme?
—Yo dije lo mismo… —acotó Gisela.
—Eh, ya sabemos que nos odiamos entre nosotros. Pero al menos podrían fingir un poquito, ¿no? —sonrió Olivia, con esa sonrisa de arpía que tenía desde que había nacido.
Los otros tres se cruzaron de brazos, algo consternados, y su mamá volvió a reír.
—Por todos los cielos, es como en los viejos tiempos.
—No sé por qué quieres recordar esas atrocidades —suspiró Elías, y corrió una silla para acomodarse.
El pestillo de la puerta se abrió, y todos miraron hacia la puerta. Que Gisela supiera, nadie tenía la llave de la casa más que ella y sus dos padres. Pero, conociéndolos, no le extrañaba que se la hubiera dado a alguno de sus hermanos. Sus padres seguían teniendo fe en ellos, a pesar de que los habían abandonado hacía quince años atrás.
—Ya sabía yo que me iba a encontrar con esto.
Los rulos de Lena fueron lo primero que vieron. La chica tenía dos botellas de champagne en la mano, como de costumbre, ella siempre con el alcohol. Era la cuarta de los hermanos, y la más independiente de todos.
—¿Cómo están todos? —preguntó, al mismo tiempo que dejaba su abrigo en el ropero.
Colocó las botellas en el medio de la mesa y corrió una silla, para acomodarse. Los demás se le quedaron mirando. Era la única que no parecía enojada por ese reencuentro forzado. Era la única que no demostraba de manera abierta que los odiaba a todos. Lena nunca había sido así. Siempre había sido el tipo de chica callada, la cual hacía todo lo que sus hermanos decían. Tendría que odiarlos. Pero ahí estaba, con su mejor sonrisa y preguntándoles, de la manera más honesta, cómo estaban.
—Muy bien, la verdad —sonrió Olivia—, muchísimo más ahora que has traído champagne.
—Eh, tú eres pequeña como para tomar eso —gruñó Tobías, y alejó las botellas de su hermanita.
—¡Tengo veinticinco años! ¡No puedes prohibirme tomarme un vaso de champagne!
—¡Sí puedo, porque sigo siendo tu hermano mayor!
—¡Eh, que yo soy la mayor aquí! —intervino Gisela, y se acercó a ellos para quitarles ambas botellas.
—Sí, definitivamente es como en los viejos tiempos… —sonrió su madre, con nostalgia, y los cinco la miraron.
—¿Crees que Jona venga? —preguntó Lena, e inmediatamente todos se calmaron.
Olivia y Tobías dejaron de pelear y se enderezaron, para prestar atención a la conversación. Elías corrió a Gisela del medio, para poder ver a su madre y su hermana. La mayor, por su lado, volvió a dejar las botellas en la mesa y se buscó una silla.
—Sí, ¿crees que venga, mamá? —insistió Olivia.
—He hablado con él hace unas semanas. Los primeros llamados me los cortaba apenas atendía y escuchaba mi voz, pero al cabo de los días fue diciéndome más cosas. Al principio era un «hola», que se convirtió en un «cómo estás».
Mientras Ana contaba, Franz ponía la mesa. Los chicos estaban tan absortos en la conversación que ni siquiera le prestaron atención a su padre, y ninguno se ofreció a ayudarlo. Casi ni lo veían. O agarraban el plato que les ponía en frente de una manera demasiado autómata, sin darse cuenta realmente de lo que estaban haciendo.
—Después de seguir insistiéndole, aceptó venir a cenar en navidad con nosotros. Como ustedes, no sabe nada de que están aquí, por lo que les pido que lo traten con cuidado…
—¿Por qué? Él no se merece ningún trato diferente a los demás —chilló Olivia, con histeria.
—¡Olivia! —la retó Tobías.
—Tienes que entenderlo… —habló Elías, con algo de nostalgia—, algún motivo tiene que tener para haber hecho lo que hizo…
El timbre sonó, interrumpiendo su conversación.
—¡Debe ser él! —chilló Ana, poniéndose de pie—. Cálmense, contrólense y sonrían.
Corrió hasta la puerta, no sin antes acomodarse el cabello canoso frente al espejo, y abrió.
—Te traje un obsequio —dijo Jonas, extendiendo una caja empaquetada con papel verde.
—¡Hijo! —exclamó la mujer, y se le tiró encima para abrazarlo—. Pasa, por favor.
Jonas entró, sin saber lo que se iba a encontrar. Por eso, cuando vio a todos sus hermanos sentados en la mesa, observándolo, quedó congelado. Los ojos se le abrieron como dos platos, y el estómago se le revolvió del odio.
—¿Qué demonios hacen ellos aquí? —chilló, con tanta ira que parecía que iba a empezar a golpearlos a todos.
—Hijo, yo quería reunirlos…
—¡Encima que acepto verte a ti, a pesar que no quería, ¿me traes a estas personas que detesto?!
—Jona… —susurró Ana, intentando acercarse a él para calmarlo.
—¡No me toques! —gritó, y se alejó de ella con un movimiento brusco.
—Lo siento hijo, tengo que hacerlo…
La cara de Jona estaba tan roja que parecía que iba a explotar en cualquier momento. ¿Tanto los odiaba como para reaccionar de esa manera? ¿Qué demonios le habían hecho? Ninguno de ellos sabía…
—Esto es una mierda, todo una mierda —vociferó, y se dio media vuelta para salir de la casa.
Ana se puso entre él y la puerta, y el hombre la enfrentó. La miró con sus ojos llenos de odio, forzándola a que se alejara. Pero ella, con la mirada llena de dolor, cerró la puerta con la cerradura especial. Se requería una clave que solo Ana y Franz sabían, por lo que estaban encerrados.
—¡No lo puedo creer! ¡Encima me haces esto!
—Es por tu bien, Jona, querido…
—¡No me digas así! ¡Y no me hace para nada bien estar con estas personas!
—Eh, que todavía estamos aquí —chilló Olivia, y su hermano le lanzó una mirada que fue suficiente como para callarla—. Uh, pero parece que a alguien le ha venido el período.
Sus hermanos se rieron por lo bajo, esperando que Jonas no hubiera escuchado ese comentario.
—Vamos, algo en común deben tener, ¿no?
—Pues a mí me gustan los chocolates —sonrió Olivia, de nuevo, observando las barras que su padre había puesto en la mesa.
Sus hermanos parlotearon entre ellos, asintiendo a esa frase. Ana miró a Jonas, quienes se batieron en una batalla de miradas. Ella lo obligaba a responder, mientras él intentaba aguantar.
—Bueno, a mí también me gustan —lanzó después de un tiempo, con pesar, como si aceptar eso le doliera demasiado.
—Y a mí la tarta Sacher —agregó Lena, quien ya tenía la cabeza en el postre.
Sus hermanos volvieron a debatir entre ellos, esta vez por menos tiempo. No había dudas de que todos coincidían en eso.
Los chocolates y la tarta Sacher eran algo que no se podía odiar.
Su mamá asintió con la cabeza y abrió los ojos, demostrándole que había algo que todavía tenía en común con sus hermanos. Jonas lanzó un suspiro demasiado cansado y se sentó en la punta de la mesa.
Ambos padres desaparecieron enseguida, dejándolos solos.
Tenían que reconciliarse.

Tarta Sacher

Gisela era la mayor de los seis, y tenía cuarenta años. La seguía Tobías, con treinta y siete. Luego aparecía Jona, con treinta y cuatro años. Después venían Lena, con treinta años y Elías con veintiocho. La última, y la menor de todos, era Olivia, con sus cortos veinticinco años.
La última vez que habían estado todos juntos había sido hacía dieciocho años, cuando Jonas se había escapado de la casa. Desde ese día, todos comenzaron a irse. O se casaban, o conseguían trabajos, o se mudaban por simple gusto. Pero nunca, desde ese día, habían logrado reunirlos a los seis en la misma habitación.
Hasta ese veinticuatro de diciembre.
Ana agarró el pavo que habían ordenado, y que había llegado mientras ellos habían estado hablando, y lo puso en el medio de la mesa. Colocó las ensaladas que había preparado Gisela, las papas con mayonesa y todo el resto de las entradas. Franz agregó el vino, las gaseosas para los que quisieran y la cerveza. Cuando terminaron de servirles a sus hijos, se retiraron en dirección a la cocina.
—¿Ustedes no van a comer con nosotros? —preguntó Lena, al notar que no había sillas para sus padres.
—No, pequeña —sonrió Ana, tomándole la mano y acariciándosela—. Hicimos esto por ustedes, a nosotros ya no nos queda mucho.
—Vamos, quédense —insistió Olivia.
La mujer le dio un beso en la cabeza y los saludó con una sonrisa. Se enganchó del brazo de su esposo y fueron hasta la cocina, cerrando la puerta detrás de ellos. Se sentaron en la mesa y Franz cortó la carne que Gisela había preparado antes de saber que sus hermanos iban para allí.
—¿Crees que funcionará? —preguntó Ana, dando el primer bocado—. No están hablando, no están diciendo nada.
—Tranquila, mujer. Recién llegan, tienes que darle tiempo para que asimilen todo.
Asintió con la cabeza, y se limitó a comer. Hacía el menor ruido posible, para escuchar lo que fuera que dijeran sus hijos. Quería estar al tanto de todo y, si era posible, que su plan funcionara. Era lo único que pedía para esa navidad.
Aunque, tal vez, era mucho que pedir.
Del otro lado, Tobías se había levantado de su lugar para cortar el pavo. Separó las patas y las puso en el plato de Olivia, porque siempre habían sido sus favoritas. La chica se le quedó mirando con los ojos abiertos, impactada.
—No puedo creer que te acuerdes.
—Como para no hacerlo, Olivita querida. Llorabas por tus patas.
—Los berrinches que hacía… llegaba a tirarse al piso y comenzar a patalear como toda una histérica —agregó Lena, con una risa, y Olivia le lanzó una mirada de odio.
—Ya todos nos acordamos, no tienes por qué decirlo.
—Tranquila, pequeña, no te largues a llorar de nuevo —bromeó Elías y le acarició la cabeza como si se tratara de un perro.
—Sigo odiando eso, para que sepas —bufó, y se alejó de él.
Todos se rieron a carcajadas, y esperaron a que Tobías les sirviera el pavo. Como si fueran una orquesta, perfectamente coordinada, se fueron pasando las ensaladas, los aderezos y la bebida sin que se los pidieran entre ellos. Como si se acordaran perfectamente cómo funcionaba todo.
Comieron en silencio. Gisela estaba en la punta de la mesa, con el rencor en sus ojos. Todavía no sabía exactamente cómo sentirse. Sus hermanos la habían abandonado, dejándola completamente sola con sus padres. Todos sus sueños, todos sus deseos y todas sus metas, todo lo que alguna vez ella se había planteado, lo había tenido que tirar. Todo porque ellos, egoístas, la habían dejado sola para cuidar a sus padres.
Y ahora aparecían en su casa con su mejor cara de hipócritas.
—¿Tú hiciste las papas, Gisela? —preguntó Elías.
—Sí.
—Siguen siendo tan ricas como antes. Todavía no encontré papas tan perfectas como estas.
—Gracias, Elías, al fin algo que me reconocen —sonrió falsamente, mucho, para que todo el mundo se diera cuenta.
—¿Ya empezamos, Gisela? —exclamó Tobías, sin dejar de comer.
—Perdón, Tobías, me guardaré todas mis opiniones. Simplemente seguiré cuidando de tus hijos cada vez que se te ocurra ir a dar una vuelta por el mundo, y me encargaré de cuidar a mamá y papá bien calladita.
Tobías puso los ojos en blanco y dejó los cubiertos a cada lado de su plato, lanzando un suspiro.
—Puedes negarte cuando se te ocurra, Gisela, no voy a organizar tu vida.
—¿Negarme cuando quiera? —exclamó la mujer, clavando sus cubiertos en la mesa y mirándolo con tanto odio que parecía que iba a explotar—. Está bien, ¿y después quién cuidará a mamá y papá? ¿Ustedes? ¡No me hagas reír, hermano! Ustedes se borraron hace quince años y me dejaron con ellos sobre la espalda, sin preguntarme si yo quería hacerlo o no.
Los gritos de Gisela golpearon en todos los demás, que se quedaron mirándolos en silencio. Todas las peleas eran situaciones incómodas, más cuando se trataba de personas que no conocían y de hechos ajenos a ellos… o bueno, tal vez no tan ajenos, pero no querían reconocerlo. Preferían que se quedara entre ellos dos, y punto.
—Gisela, no puedes culparnos por el fracaso de tu vida. Que tengas cuarenta años y sigas en la misma casa que naciste, todavía con tus padres, no es nuestra culpa.
—¿¡No es su culpa!? —chilló, y se puso de pie del odio que sentía—. ¡Ustedes se fueron cuando ellos estuvieron en su peor estado, y yo tuve que hacerme cargo! ¡Ni siquiera pusieron un peso para todos sus tratamientos! ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que los dejara? ¿Que dejara que se murieran solos, acá, en su casa?
—Si tanto te importa tu vida lo hubieras hecho, Gisela, ahora no estarías lamentándote todo esto.
—No son así las cosas, Tobías —negó con la cabeza, volviendo a sentarse en su lugar.
Se sirvió un poco más de pavo, se cargó el plato con papas y ensalada y llenó su tenedor. La comida casi ni le entraba en la boca, pero lo hizo entrar. Masticó con tanta bronca que los demás, desde donde estaban, sentían que se le iba a quebrar la mandíbula en cualquier momento. O los dientes.
—Al final… todos ustedes me menospreciaron toda mi vida, y ahora soy la que mejor está.
Tobías lanzó una risotada que la golpeó tanto que hizo que se ofendiera.
—¿Mejor que nosotros? A ver, ¿qué es eso en lo que estás tan bien?
—Soy diseñadora de modas, Tobías, por si no habías leído mi nombre en todas las revistas. Por desfile gano más que Elías en todo un año, con la empresa multimillonaria de su esposa
Todos se largaron a reír, hasta Jonas, que había permanecido en silencio hasta el momento. Olivia les lanzó una mirada de odio que intentaba incendiarlos, si era posible, pero no se podía. La habían menospreciado y molestado toda su puta vida y ahora también se reían de su carrera. ¿Algo más que quisieran hacerle?
—Quédate tranquila, Oli, que en un par de años se te para todo y terminarás peor que nosotros —habló Gisela, y la otra le sacó la lengua.
—No importa eso. Con todo lo que ya tengo ganado puedo vivir tres vidas enteras sin preocupaciones.
—¿Y luego qué harás? Te aburrirás hasta la muerte y terminarás suicidándote como todas esas mujeres yankees o suizas que se tiran de los edificios o se cortan las venas —preguntó Elías, tirándole toda la bronca posible encima por su comentario anterior sobre su esposa.
—Me pondré una linda florería en la esquina más pintoresca de Viena. ¿Tienes algún problema con eso, eh?
—¡Una florería! —chillaron los cinco a coro, y estallaron en risas.
—Sabes que eso es patético, ¿no? —rió Gisela.
—Es lo que quiero, al menos yo puedo hacerlo —le echó en cara, y el rostro de la mujer cambió por completo.
Le acababa de cerrar la boca de la mejor manera, y Olivia lo sabía. Se sentía orgullosa por haberlo logrado por primera vez en su puta vida.
—Igual, el que mejor lo hizo fue Elías —dijo Lena, mientras masticaba lo último que le quedaba de carne.
Elías levantó la cabeza y la miró, pidiéndole con los ojos que no siguiera hablando.
—Sí, la verdad —asintió Tobías—. El pequeño tontito se casó con una mujer que tenía toda la plata y ahora dirige todas las empresas de su padre y tiene como cinco casas en todo el mundo.
—Eh, yo no me casé con ella por eso —chilló el chico.
Desde el día en que les había contado que salía con esa chica, sus hermanos no habían dejado de molestarlo. Todo el tiempo le gritaban y le decían que solamente estaba con ella por compromiso, por su dinero. Y ni hablar del día de su boda, que lo hizo pasar tremendo papelón cuando todos se emborracharon y empezaron a gritar esas cosas en el brindis. Después de eso se le había hecho muy difícil la relación con los padres de ella, pero lo había logrado.
Después de muchos años de esforzarse, había logrado ganárselos de nuevo.
—Es lo que vienes diciendo desde que sales con ella. ¿Acaso tú te lo crees? —lanzó Gisela, con la burla en los ojos.
Pero sus comentarios solo estaban regidos por el odio. El odio que les tenía, y que la cegaba completamente.
—Ustedes son los estúpidos que creen que eso no es cierto. No todo en este mundo es el dinero, como ustedes piensan. ¿No les bastó con arruinarme mi boda? ¿También ahora quieren seguir molestándome con la misma mierda de siempre?
—Ay, pobrecito de él, ¿te arruinamos tu boda? Uf, lo sentimos, ni nos dimos cuenta —exclamó Olivia, con voz de nena, solo para burlarse de su hermano.
—No, ya sé que no se dieron cuenta, si estaban completamente borrachos. Pero ustedes son los que quedaron en ridículo, ¿saben?
—Ay, por dios —Lena se agarró el corazón, exagerando una mueca de dolor—. Cómo me duele. Cómo sufro por eso.
Elías le lanzó otra mirada de odio. No solo había empezado esa conversación, sino que ahora también se burlaba de él. ¿Iban a seguir con esa misma mierda toda su puta vida? ¿Iban a seguir peleados por el resto de la eternidad, hasta que alguno de ellos se muriera y los demás aparecieran como hipócritas en su funeral, llorando lágrimas falsas?
—Los odio, ¿sabían?
—Esto es una mierda. No tiene sentido.
Jona tiró su servilleta sobre la mesa y se puso de pie. Fue hasta la puerta, con los ojos de sus hermanos clavados en él, e intentó abrir la puerta. La misma no cedió ni un segundo, y le dio una patada que solo hizo que se lastimara el pie.
—Malditos hijos de puta —escupió—. Me quiero ir de aquí.
—Tranquilo, Jona, al menos finge como todos nosotros —sonrió Olivia.
El hombre volvió a sentarse, mientras su hermana menor iba hacia la cocina. Volvió unos minutos después, con el pote de helado en sus manos. Gisela se levantó, agarró las copas de la alacena, y se las puso al lado. Elías era el encargado de servir el helado, por lo que le colocaron todas las cosas a él.
—Es que esta mierda no tiene sentido —bufó Jona—. Todos nos odiamos, ¿para qué estamos acá? Nos cagamos la vida entre nosotros desde que nacimos, ¿y ahora pretenden que nos unamos como si nada de eso hubiera pasado? Uf.
Los otros cinco lo miraron, en silencio. Todos tenían la misma pregunta clavada en la punta de la cabeza, pero nadie se animaba a formularla. Jona siempre había sido un misterio para ellos. Desde pequeño, nunca había aparecido mucho en sus vidas. Se hacía a un costado, se quedaba callado y nunca opinaba nada. Lo más extraño fue eso que había hecho a los dieciséis, de irse. Había desconcertado completamente a los cinco, porque no tenían ni idea de por qué lo había hecho.
Por eso, ahora que hablaba, lo escuchaban con mucha atención.
Era una de las pocas cosas que los callaba, de hecho.




Chocolates y tarta Sacher


Olivia sacó un cigarrillo y lo encendió. Los demás levantaron la mirada al sentir el olor a la nicotina y le pidieron uno. La caja, que había comprado antes de llegar, ahora quedó prácticamente vacía. Ahí había otra cosa que compartían: el gusto por los cigarrillos.
Gisela sirvió la tarta Sacher en los platos y los fue pasando. Ahora habían abandonado la mesa, y se habían acomodado en los sillones del living. Además, en los platos, también había varias barritas de los diferentes chocolates que sus padres habían comprado para ellos.
—Jona —dijo la mayor, y el hombre levantó la cabeza para mirarla—. ¿Te puedo preguntar algo?
—¿Qué es lo que quieres?
—¿Por qué te fuiste de casa?
Todos se quedaron en silencio, mirándolo. Ni siquiera querían masticar, para no perderse ninguna palabra. Eso si Jona decidía hablar, por supuesto.
—Nunca se dieron cuenta, ¿eh? —exclamó, negando con la cabeza y una media sonrisa de decepción en la boca—. Nunca ni siquiera me notaron. Siempre fue como si yo nunca existiera.
—Si sabíamos que existías, Jona. Pero tú nunca hablabas —dijo Lena, con delicadeza, algo típico en ella.
—Que ustedes nunca me escucharan ni me prestaran atención no significa que no hablara, Lena. Siempre estaba ahí, intentando llamar la atención, pero estaban demasiados ocupados con los berrinches de Olivia, con la novia de Elías, o lo sobreprotector de Tobías para con Lena. Y Gisela gritando por todo e intentando poner el orden. Pero yo nunca aparecía en escena, yo siempre quedaba de lado.
Nadie dijo nada. De todas las historias que ellos habían contado, de todas las quejas que habían puesto, de todo el odio que se habían tirado entre ellos, esa era la peor. Porque, en algún sentido, Jona tenía razón.
—Jona… —susurró Gisela, acariciándole cariñosamente la pierna.
El hombre la corrió enseguida, y la miró de una manera que prácticamente le rompió el corazón. Esos chicos eran prácticamente sus hijos. Los había criado cuando sus papás trabajaban, que era prácticamente todo el día, por lo que el saber que uno de ellos había sido dañado por ella le dolía.
—No vengas ahora a hacerte la arrepentida, Gisela, el daño ya está hecho.
—Lo siento, Jona, ahora mismo no puedo hacer nada. Pero tú podrías haber dicho algo, y no dijiste nada, simplemente te seguiste haciendo a un lado. ¿Cómo pretendías que me diera cuenta, con todas las cosas que tenía sobre mi espalda?
—Está bien, Gisela, ahora es mi culpa, ¿no? Está bien, no te preocupes.
—No es eso, Jona —intervino Tobías, y dejó su plato en la mesa de café para ponerse realmente serio—. Pero sabes que éramos cinco. Éramos muchos para una sola persona, no puedes culparla por no estar contigo, cuando tú ni siquiera pedías su atención.
—Oh, vamos, no vamos a pelearnos por esto —dijo Lena, sirviéndose otra porción de la torta, su favorita—. Todos teníamos nuestras necesidades de atención. Y todos la llamábamos de diferentes maneras.
—Sí, todavía recuerdo la maldita ropa que usabas —gruñó Tobías, con rencor.
—¡Todo el mundo usaba esas calzas!
—¡Pero no por eso tú también tenías que usarlas!
—Tienes que admitir, Jona, que a veces nos divertíamos juntos. No todo era tristeza y peleas —habló Elías, simplemente con su cigarro en la boca—. ¿Recuerdas esa vez que mamá y papá se habían ido a trabajar y nosotros queríamos helado?
—Yo lo recuerdo —rió Olivia, aunque ella solo tenía seis años cuando eso había pasado.
—Yo también —asintió Tobías—. Gisela cargó a Olivia en sus brazos y se guardó todas las monedas de nuestros ahorros en los bolsillos. Tú tomaste la mano de Lena y yo a Elías. Cuando salimos e intentamos cruzar la calle, todos los autos parecían venirse sobre nosotros.
—Sí, hasta que yo me paré en el medio. Estaba vestido como el hombre araña, e hice que pararan los autos. Ustedes pasaron corriendo y se metieron en la heladería, como si fuera el refugio en medio de la guerra —siguió Jona, con una sonrisa.
—Terminamos todos debajo de las mesas, muertos de miedo —continuó Gisela—. Pero nos terminamos comprando los helados con las pocas monedas que teníamos y nos quedamos ahí comiéndolos. Al final la vendedora llamó a mamá y papá y nos vinieron a buscar, pero nosotros ya estábamos bien, con la boca toda chorreada de helado.
Los seis se rieron. Al final, sí era verdad lo que Elías había dicho. Podía ser que se peleaban, que se odiaban, que se habían hecho las mil y una, pero habían pasado momentos lindos. Cuando se olvidaban de todo eso, pasaban momentos lindos. Porque eran hermanos. Y eran lo único que tenían en este mundo.
—Y la primera vez que fuimos a la pileta municipal… —recordó Jona, dejando, por primera vez, su cara de enojo—. Estaba tan lleno de gente, que empezamos a empujar a todos para encontrar un lugar. Y nos acaparamos de todos los juguetes, como si fueran solo nuestros.
—Has visto —sonrió Lena—. No todo con nosotros ha sido malo, ¿ah?
—Bueno, puede ser que había exagerado un poco… Pero sigo pensando lo mismo. Ya no podía estar en esta casa, sin nadie que me prestara atención, por lo que terminé yéndome. ¡Ni siquiera me preguntaron mi opinión sobre la empresa de papá!
—Ni hablemos, de eso, Jona. Todos estamos iguales —exclamó Gisela, volviendo a sentir el odio resurgir—. El pequeño Tobías se la llevó de arriba, sin siquiera darse cuenta de que tenía hermanos. Y ahora míralo, viajando por todo el mundo y dejándome sus hijos a mí.
—¿Para qué los tuviste, a todo esto, si luego los dejas para irte en los cruceros? —instigó Elías, con odio, simplemente para molestarlo como el otro había hecho con él.
—No digas que no los quiero, Elías —gruñó Tobías, pero el otro levantó las manos demostrando su inocencia—. No es que no los quiera, pero las cosas sucedieron muy rápido. Nosotros teníamos nuestros sueños, y ésta es la única manera de cumplirlos.
—Los haces ver como si fueran una puta carga, Tobías —dijo Lena, con algo de decepción de su hermano.
Ella soñaba con tener hijos, y él los estaba dejando de lado por algo tan egoísta como viajar por el mundo. Eso podía hacerlo cuando ellos crecieran, ahora sus hijos necesitaban a sus padres. ¿No lo había aprendido de su infancia? ¿No había aprendido de la falta que le habían hecho sus padres?
—¿Ahora también van a venir a decirme cómo debo cuidar a mis hijos? ¿Podíamos cambiar de tema?
Se quedaron en silencio. Todos estaban pensando algún tema que no fuera ofensivo para ninguno. Pero había pocos, honestamente, había pocos. Todavía teníamos muchos trapos sucios que sacar, y necesitaban hacerlo para poder estar realmente en amistad entre los seis.
—¿Y ahora qué estás haciendo, por cierto, Jona? —preguntó Olivia, quien prendió otro cigarrillo más.
Estiró sus piernas y las apoyó en la punta de la mesa, como acostumbraba a hacer de pequeña. Gisela se las empujó para que las bajara, pero la chica las volvió a colocar.
—Trabajo en una empresa de telefonía. Me casé hace unos años, y mi esposa está embarazada de cinco meses.
—¿Por qué no nos invitaste a tu casamiento, Jona? —chilló Lena, completamente ofendida.
—Estábamos peleados, ¿recuerdan? Nos odiábamos entre nosotros.
—Eso tiene sentido…
—¿Y tú, Lena? —Elías sonrió con malicia—. Nos has molestado toda la noche pero no nos has contado nada de tu vida. ¿Qué es lo que haces para vivir?
—¿Pues, yo? Soy una prostituta.
Todos se quedaron en silencio absoluto, y sus mandíbulas casi se caían hasta el suelo. Gisela formulaba palabras en su cabeza, pero no salían. Su boca se movía, pero simplemente los sonidos no salían. Estaba completamente en estado de shock. Su hermana menor, una prostituta. ¿Qué la había llevado a ser eso? Si era por plata, ¿por qué no se la había pedido a ellos? Si era por un lugar para vivir, ¿por qué no se lo había pedido a ellos? Cualquier cosa, se lo habrían dado sin importar qué, pero ahora era prostituta. Tenía que usar su cuerpo para ganar dinero. Ninguna persona merecía tal degradación, menos una hermana suya.
No lo permitiría.
—¿Qué demonios? —chilló Tobías, y se puso de pie, tirando al piso todo lo que tenía sobre las piernas—. ¿Qué es lo que acabas de decir? Estás jugando conmigo, ¿no es cierto?
Lena había sido, para él, como su hija. Era la primera nena más chica que él que había llegado a la familia, y lo había dejado completamente anonadado. Desde su cara pequeña, sus uñas largas, sus labios diferentes y su parte íntima femenina. Había insistido a su mamá cambiarle los pañales él mismo, dormirla en sus brazos él mismo y hasta darle la mamadera. La amaba completamente, como si fuera su más preciado tesoro.
Y ahora se enteraba de esto.
—Al principio solo salía para molestar a Tobías, porque él siempre se ponía sobreprotector y me daba risa las cosas que decía —empezó la chica, y le robó otro cigarrillo a Olivia.
Se arremangó el pullover para ponerse más cómoda, y los cinco pudieron ver todas las marcas que llevaba en el brazo. No eran los cortes de los cuales ella se había reído antes, no, eran mucho peor: eran pinchaduras. De todas las drogas que se habría metido en el cuerpo a lo largo de toda su vida.
Y eso los golpeó más que cualquier otra cosa. Más que lo de Jona, más que sus propias cosas. Porque ahora no se trataba de un hermano que habían dañado en el pasado, o alguna cosa que se habían hecho entre ellos, ahora se trataba de una de ellos, que se estaba matando lentamente. Con todas esas cosas que se hacía y ese ambiente en el que se había metido, se estaba matando lentamente.
Y, definitivamente, no podían dejar que eso pasara.
—Después él se fue alejando, y yo hacía cosas peores para llamar la atención. Eso se fue convirtiendo en parte de mi vida… y bueno, nunca más salí. Ahora trabajo en un club nocturno, que solo es una puta fachada para la venta de drogas. El jefe me tiene como su… como su mascota personal. Yo conozco todos sus movimientos, pero pocas veces me deja salir del lugar.
—Lena, eso está mal… —susurró Jona, y se acercó a ella.
Pasó su brazo detrás de la espalda de la chica y la aproximó a él, para abrazarla. Los otros cuatro también se acercaron, para darle todo su calor y su apoyo. La miraban a los ojos, con dolor y tristeza. Le suplicaban, con ellos, que abandonara cuanto antes eso que estaba haciendo.
—Ya lo sé, ya lo sé. ¿Se creen que soy tan estúpida? Pero no es tan difícil salir de esto…
—Nosotros te vamos a ayudar, Lena —habló Gisela, acariciándole el brazo—. Lo que necesites, nosotros te lo podemos dar.
—Sí, podés refugiarte en alguna de mis millones de casas alrededor del mundo, si querés —bromeó Elías, y la chica sonrió.
—O en mi florería, serías una de mis empleadas, con una identidad secreta, escapando del mundo —dijo Olivia, con una voz de misterio.
—Estás loca, Oli —rió Lena.
—Y si alguien intenta acercarte a vos, o a cualquiera de tus identidades secretas, yo los voy a matar, de eso no tengas dudas —agregó Tobías, fingiendo la voz más gruesa que le salía.
—Gracias, hermanos, los amo tanto.
Lena se inclinó hacia ellos y los abrazó a los cinco juntos. Besó la cabeza de cada uno, dejándoles bien en claro de que los quería con toda su puta alma.
—Hablé con la policía antes de venir para acá —agregó, y el miedo hizo que le temblara la voz—. Les hablé de todo, y quieren que haga de algo así como detective encubierto para que puedan arrestarlos a todos.
—Lena… eso es tan arriesgado… —susurró Gisela—. No quiero que nada te pase.
—Lo sé, pero es lo correcto. No puedo seguir viendo cómo ese hombre mata a miles de personas, esclaviza miles de mujeres y luego se revuelca en su cama, sin ningún tipo de remordimiento, y con todo el dinero del mundo.
—Nosotros te ayudaremos, de eso no tengas dudas —certificó Jona.
Si alguna vez los había odiado, eso ya había quedado completamente en el pasado.
—Eh, miren, ya está amaneciendo —interrumpió Olivia, señalando la ventana abierta.
Subieron hasta el segundo piso y salieron al balcón de la habitación de sus padres. Desde donde estaban, podían ver toda la ciudad, a lo lejos. Los edificios altísimos, las casas con los techos rojos, decoradas completamente con las luces blancas y los objetos navideños. Pero lo que más les llamaba la atención, y lo más hermoso de la escena, era el sol amarillento saliendo en el horizonte.
Se pasaron los brazos por detrás de las espaldas, abrazándose y uniéndose entre todos, y se sonrieron entre sí.
—Al final, si era por nuestro bien todo esto —exclamó Gisela, observando a sus hermanos.
—Y sí tenía sentido —agregó Jona—. Nunca estuvimos tan unidos como ahora.
—Y nunca dejaremos de estarlo —asintió Tobías, presionando bien fuerte la mano de Lena.
—Por siempre —consintió Olivia.
—Y para siempre —confirmó Lena.
—O al menos hasta que nos muramos —bromeó Elías, y los seis rieron.
Seguían odiándose. Seguían teniendo rencores los unos por los otros. Seguían recordando todas las cosas que se habían hecho entre sí, los males que se habían causado y las veces que no se habían apoyado. Todo eso seguía existiendo, porque evidentemente había pasado y era parte de ellos. Los había formado y los había hecho como eran ahora.
Pero solo había servido para fortalecerlos. Para hacerlos desear dejarlo todo de lado y volver a empezar de cero, porque si no se apoyaban entre ellos, nadie más lo haría.
—Feliz navidad —susurraron sus padres, uniéndose a sus hijos.
Al final, sus deseos sí se habían cumplido.
Habían logrado unirlos, a pesar de todo.
Ana abrió la puerta de la casa, pero nadie quiso irse.

Rosa de Mediatarde
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