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29 de agosto de 2014

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De la “A” a la “Z”

Abecedario Natural de J. Serrano Badenas - Artelista.com

Átame a un rincón excelso de tu alma.
Besa indiscriminadamente mis alegrías y desgracias.
Cúbreme de un puñado de certezas.
Dinamita mis temores sin clemencia.
Exíliame a un lugar aún no inventado.
Firma con caricias mis costados.
Gózame el espíritu al igual que el cuerpo.
Hidrátame la fuente de la vida con tu afecto.
Imagíname una realidad nueva
Jodida, increíble, pero nuestra.
¡Kaput! quien se atreva a romperla.
Libera todas mis inhibiciones.
Multiplica mis virtudes mellando mis imperfecciones.
Niégame lo dañino, pero no lo prohibido.
Ñangota mi orgullo cuando sea preciso.
Omite mis olvidos y descuidos.
Palia mis dolores y enfermedades.
Quédate conmigo, quema mis disgustos
Riégame los sueños
Saborea mi llanto y también mis silencios.
Tómame completa y a pedazos.
Unifiquémonos en un mismo trazo.
Volquémonos en nuestra desnudez
Windsurfistas surcando el mar y el viento a la vez.
Xerografiémonos en nuestra descendencia
Y yuxtaponiendo el presente y el futuro
Zafemos de la tierra a las estrellas.
Así: queriéndonos de la “A” a la “Z”


Fritzy Zamor


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25 de agosto de 2014

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Leyenda de La Loma



En el pago de los Tapiales, más precisamente en la estanzuela Santa Lucía, había un caballo cimarrón con fama de indomable.
Lo curioso es que nadie sabía la edad del caballo. Decían por ahí que estaba desde antes que se erigiera la Santa Lucía, y que esperaba ser rescatado por un malón.
Era animal de mandinga, continuaban los narradores. Según sus relatos, esos campos solían ser llanos como la mayor parte de la pampa bonaerense; pero ese equino, montado por un cacique querandí, había surcado el terreno dejando más bajos los caminos por donde pasó, y más altas, en forma de lomas, las zonas que no conocieron el traquetear de sus veloces cascos.
Ya se constituía en arrabal de Buenos Aires esa área; aunque a fines del siglo XIX, todavía quedaban indios en las cercanías. De allí que hubiera un mirador en el establecimiento, para divisar el arribo de ese posible malón que aguardaba el caballo.
La historia cuenta que el malón no llegó nunca, y el mirador fue demolido en 1936 al igual que el resto de la Santa Lucía.
Hoy no faltan quienes creen haber oído al caballo durante alguna madrugada, ni tampoco las lomas que dan nombre a Lomas del Mirador.

Texto: Luciano Doti
Imagen: René Oscar Esquivel


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24 de agosto de 2014

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La sirena


  Vivía debajo del mar, mecida por las ondas, cubierta de escamas color esmeralda y respirando burbujas saladas. Tenía los cabellos ensortijados, revueltos por las olas y entrelazados con algas, entre los que nadaban pequeños peces irisados.

  Vivía sentada sobre unas rocas, casi inmóvil, en el fondo del acantilado. Allá donde rompen las olas, bajo la espuma. No hablaba con nadie. Tenía la boca cerrada en una mueca triste. Los dientes afilados apenas se veían a través de los labios. Eran una línea negra en un rostro níveo. Los ojos verdes, brillantes y sin pupilas, ojos de sirena, se mantenían abiertos día y noche.
  Como una estatua de bronce, como una reliquia antigua. Miraba un punto en el horizonte abisal, más allá de la arena borrosa teñida de estrellas y moluscos. Más allá de la oscuridad, donde el mar es tan profundo que hasta las sirenas tienen miedo.

  Tenía la tez blanca y fría y las manos descansando sobre su regazo estéril. Sólo se movía su larga melena alrededor del cuerpo, acariándole la piel al ritmo de la marea.
  La sirena era víctima de un cruel embrujo. No era como las demás. Ella podía oir cosas. Sin salir a la superficie, sin haber tocado jamás un guijarro de la costa, oía incesantemente las voces de todos los hombres.

  Una mañana, en las profundidades de la ensenada, empezó a escuchar sonidos mientras dentro de su cabeza se reflejaba el mundo exterior.
  Asustada, se sentó sobre las rocas para comprender lo que se había revelado sin permiso en sus oidos picudos y torturaba su mente.

  Fuera del agua existía un mundo diverso, árido, estéril como su vientre de criatura inmortal. Inmóvil como las rocas del acantilado.
  Descubrió que podían respirar solamente el aire caliente, aunque ya los había visto a lo lejos otras veces caminando por la costa , cuando asomaba sus ojos de sirena sobre el borde del agua al anochecer para ver las estrellas tras las dunas.

  Descubrió que vivían en grupos, en pequeños bancos, casi como los peces. Pero no para protegerse los unos a los otros, no. Había oído palabras de amor y desprecio. Y también llantos, lágrimas y, sólo a veces, risas. Se retorcía las manos afiladas mirando el acuoso vacío, sin entender, escuchando.
  Descubrió que se comían a sus semejantes, eso también lo había oído. Palabras de muerte y gritos de dolor. Supuso que se alimentaban de su propia carne.
  Descubrió que no había un orden establecido y que las lenguas eran diferentes. Que la inflexión de las voces podía comunicar sensaciones completamente contradictorias. Descubrió que no todos dormían después del anochecer, que a veces las luces que iluminaban el cielo no eran sólo tormentas, que el alba no siempre traía despertares.

  Algunas conversaciones hablaban de lluvia, de viento, de manos entrelazadas y de abrazos. Venían hasta ella el chasquido de los besos y los susurros de voces infantiles. Le llegaban carcajadas, el ruido de los pájaros, del agua y de las ramas de los árboles. Murmullos conocidos, oídos mil veces en la playa. Cuando la arena arde a mediodía o se vuelve fresca al caer de las sombras.
  Cuando percibía esos sonidos intentaba no moverse. Escuchaba con atención, complacida, hasta que las voces se alejaban de su mente.
  Pero sucedía pocas veces. A menudo eran gritos, golpes. Oía piel contra piel, varias, cien, mil veces, hasta que en la boca sentía el sabor de la sangre. Oía el metal resbalar a través de la carne y aullidos aterrados. A veces fragor y estallidos. Depués silencio.
  Descubrió el odio al interno de una especie.
  Mientras fijaba los reflejos del agua dejándose acariciar el rostro por los cabellos, mientras la luz del sol bailaba con las ondas y los colores de la bahía, descubrió que la vida en el mundo árido no valía nada. Que caminaba hacia la extinción.
  Cada día y cada noche, con los dientes apretados, casi sin respirar el mar, esperaba que la voces se alejaran para siempre.
  Pero no ocurrió. Con la cabeza llena de palabras y estruendo, la sirena de ojos verdes y sin pupilas, no pudo soportarlo más.
  Se alejó del acantilado, nadando hacia las profundidades que tanto temía. Nadó hasta que empezó a perder escamas y cabellos, veloz, a través de la oscuridad. Huyendo de las voces y los gritos, del sabor a sangre que le llenaba la boca cada vez que oía una muerte. Huyendo del dolor del otro mundo, terrible, violento. Huyendo de un horror que superaba con creces el amor que el ruido del viento conseguía traerle hasta la playa cada tarde.
  La voces no la abandonaron jamás. Permanecieron en su interior día tras día. Ya no advertía las corrientes del océano, ni el susurro de los peces cerca de su pelo.
  Y murió, aunque las sirenas no mueren nunca. Pero ella sí. Se murió de pena, con los ojos abiertos y las manos cubriéndose las orejas puntiagudas. Se murió con la boca abierta, gritando bajo el mar, un sordo alarido repleto de burbujas.
  Los pececillos irisados se comieron sus escamas y luego la enterraron bajo la arena, cubierta de estrellas de mar. Le dejaron los ojos abiertos, para que no tuviese miedo de la oscuridad y luego le llenaron los oídos de pequeñas caracolas, para que ya nunca más oyera nada, excepto las mareas.
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23 de agosto de 2014

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Errores


El mayor castigo que un ser humano puede recibir es la propia consecuencia de aquellos actos no tan puros como él mismo es capaz de hacer parecer.
Quizá el arrepentimiento o el odio por uno mismo sea una de las cosas más dolorosas que podemos sentir. Me incluyo, no obstante, en el grupo de humanos que han cometido errores y han hecho actos de los que ni tras el velo de las hermosas mentiras, se sienten orgullosos de haberlos cometido.

La consecuencia es la manera en la que la naturaleza nos dice que esa cosa que has hecho no era correcta. Te lo puede gritar. Te lo puede susurrar. Puede decírtelo de cualquier manera. Pero el golpe emocional que sentirás será el mismo. El shock será inevitable, la culpa venenosa se apoderará de tu cerebro y las ganas de llorar se harán incontrolables cuando el peso de las consecuencias sobrepase el que puedes aguantar.

Lo sientes. Cómo de cierto es eso?
Estás arrepentido. Hundido.
Te sientes miserable por lo que has hecho.
Sabes que está mal.
Y aun así no dudas en que volverás a cometer el mismo error; porque sabes que no eres fuerte y volverás a caer en tus propias garras. En tu propia red.
Lo sientes? Qué sientes?
Es deseo, el hambre y la sed por aquello que más amas nubla tu vista y tu mente, y te muestra la forma más rápida de llegar a él. Qué deseas?
El reconocimiento.
Un grito desesperado.
Una razón para vivir.

El reconocimiento es lo único que te mantiene vivo y no puedes evitar desmoronarte cuando todo lo que has hecho para ocultar todo aquello que no era cierto, no ha servido de nada.
Hay que ser increíblemente estúpido como para volver a tropezar con la misma piedra. Supongo que esa piedra es más grande de lo que parece y yo soy más estúpido de lo que pienso.
Deseo el reconocimiento. Deseo vivir. Deseo quitar esa piedra de mi camino. Anhelo ser feliz.

Cuando se busca el reconocimiento, las barreras se vuelven invisibles. Esto no quiere decir que dejen de estar ahí, sino que te vuelves ciego; más ciego que por el amor, más sordo que el silencio, solo por una pizca de reconocimiento. Una pizca más de irreal felicidad. Adictiva y marchita. Nunca verdad. Nunca real.


Cristina Argibay Oujo
http://cristinargou.blogspot.com.es/
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19 de agosto de 2014

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Esa tarde



La mañana es otra vez naranja y fresca como una fruta húmeda. El sol ha cortejado la casa, cuyas paredes se acostumbrarán siempre al silencio. La tarde está callada. Las muñecas están muertas y solamente yo desempolvo el vestido gris y comienzo a dar vueltas en el comedor que está vacío pero no lo está. Tengo el breve impulso de pensar que alguien me mira, que alguien está haciendo de mi un ángel macabro. Yo callo y esta vez cierro además los ojos. Tengo miedo y no lo tengo. El monstruo acelera su risa malvada mientras giro sin parar, ahora lo oigo gemir claramente entre los libros de la biblioteca. No voy a mentirme, lo quiero, quiero que haga de mi esa presa que aún no soy, que me enseñe lo que es el dolor, lo que es la humillación, lo que es el silencio. Pero él se va y me quedo sola todavía girando. No hay jazmines en las macetas, solamente polvo, papel, olvido. Esas tardes melancólicas que podrían ocurrir en miles de lugares, tuvieron lugar para mi en un departamento. Y uno simple y común, como muchos otros. Se diría que no hay nada de especial es un departamento de ciudad y sin embargo, la tristeza se siente cómoda en cualquier escenario, mientras sea a la tarde. O quizás a la mañana. Puesto que no hay nada mas terrible que ese odio adornado por el sol, como una imagen inconsciente que tortura a quién la ve, como mostrándole que no hay límites para lo ridículo. Los niños mueren de hambre bajo el sol, el sol al que tanto le escribo. Y es entonces difícil que él se me presente como el astro luz, simplemente, si no tomo en cuenta que bajo ese rostro amarillo suceden todo tipo de cosas.
No voy a dejar nunca de escribir sobre mis tardes. Ni voy a dejar de ser jamás la niña triste y solitaria que gira bajo la lluvia. Me niego a dejar de serlo. Pero aún así no sé quién soy ahora, con qué disfraz vestirme, de qué rincón surgir. Me siento débil y abandonada. No me pertenezco, a quién le pertenezco entonces? No lo sé.


Azul
http://laultimainvitada.blogspot.com.ar/
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16 de agosto de 2014

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No te dejaré caer


Era por la noche y todo estaba en silencio en la sala de espera, habían pasado ya seis horas desde que entraron en aquel hospital, los minutos pasaban cada vez más lentos ante la angustia y la inquietud de quién no sabe nada. En algunos instantes los momentos de desesperación ante el silencio de los doctores, se mezclaban con la agonía e impotencia de quien teme el peor desenlace. El silencio sin decir nada lo decía todo. 

Quizás fuera la pequeña esperanza de que ella apareciera en aquella sala, por la que no derramaba ni una sola lágrima, pero de cualquier manera el nudo en su garganta se iba haciendo cada vez más doloroso, y las lágrimas de sus ojos seguían en el insistente esfuerzo de trepar por la pestañas. ¡Qué importaba el mundo si no estaba para compartirlo con ella!

Tras horas de imparables latidos en el pecho que azotaban su paciencia de manera violenta, apareció el doctor. En el estado de alteración en el que se encontraba aunque se esforzaba por entender todas y cada una de las palabras que aquellos labios en movimiento pronunciaban, su mirada no dejaba de ver unos recuerdos capaces de ocupar toda la habitación. De cualquier manera llegó a comprender en las palabras del doctor que su madre era mayor, que tenía un corazón muy fuerte, pero que el resultado era impredecible. 

No fue hasta que abrió la puerta de la habitación, cuando todas las imágenes cayeron en el abismo del olvido y empezó a comprender las palabras del doctor. La persona que tenía delante era frágil como el cristal de la joya más valiosa, sus manos temblaban sin freno y su mirada mucho dejaba que desear en comparación con la de tiempos “mejores”.

Pero todo cambió a partir de aquel instante los días llegaban con cuenta gotas. Con cada amanecer las ganas de verla recuperarse invadían todo su cuerpo recargando de energía todo su optimismo. Pero como ocurre en el cielo, la luz aparece al empezar el día hasta que desaparece por completo al llegar la noche. Desde que ella estaba en aquel hospital acababa los días derrumbado tras ver como la mirada de aquella anciana no dejaba de mirar a la ventana, sin articular palabra y sin dejar de temblar, como si la mente hubiera perdido la batalla de la vida. ¡Era tan triste ver lo mucho que había envejecido aquellos días! No podía dejar de culparla a ella y a si mismo por dejar morir su alegría. Las ganas de vivir se habían disipado.

Pero fuera como fuera todos los días lo intentaba, aún en la peor versión de si misma, no dejaba de alumbrarlo todo con su luz, ella seguía siendo su madre… de él y de cuatro hijos a los que fue capaz de sacar adelante habiendo perdido al amor de su vida. Nadie tenía ni idea de lo que era fingir ser feliz todos los días para que su fortaleza no se derrumbara, y conseguir curar un mundo roto lleno de tiritas de falsa positividad. 

Pero a pesar de que todos los que la conocían sabían que hizo todo por sus hijos, sólo uno iba a visitarla. Sólo uno limpiaba sus lágrimas cuando su memoria perdía los recuerdos y no entendía porque no coordinaba bien, sólo uno cambiaba sus ropas y limpiaba su cuerpo para que no perdiera su orgullo de mujer, sólo uno gastaba todo su tiempo en hacerla mostrar la más triste de las sonrisas. 

Si tuviera que elegir el peor momento del día, serían aquellos en los que la falta de oxigeno hacía que su madre viviera una realidad paralela, que no recordara nada de quien daría la vida por ella, que se pusiera muy agresiva con la gente que solo trataba de darla cariño, que se intentará arrancar los tubos que la ataban a la vida… ¡Odiaba esos momentos en los que no era nada para ella!

Por su parte, cuando ella era consciente, no entendía las visitas por compromiso que la hacían los otros hijos una vez al mes, y aunque fingiera que no la importaba nada mientras estuviera allí para cuidarla, en el fondo del corazón dolía. Hería el no saber los motivos por los que se habían olvidado de ella como persona, pero aún la entristecía más el pensar en la única persona que estaba dando hasta la última gota de sangre por ella sin exigir nada a cambio. 

Todos los días de la semana, cuando el cielo se había escondido dando paso a la luna, le gustaba salir a la ventana y mirar el cielo. En esos momentos se olvidaba de que su madre estaba enferma, eliminaba de su mente todos los insultos de aquellos a los que no se les podía considerar hermanos y rezaba a su padre pidiéndole que todo saliera bien, que le diera las fuerzas necesarias para seguir sonriendo pese a todo lo que le rodeaba. Y mil veces gritaba llorando a las estrellas… ¡No la dejaré caer!

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15 de agosto de 2014

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Óbsessis



¡No lo podía creer! ¡No lo podía creer! A donde mirase solo había cuerpos desasidos de su cabeza. Se frotaba los ojos y volvía a abrirlos pero no se iban, seguían ahí.

Los veía desde hace tres meses, después de que al grogui de su escuela se le ocurriera demostrar su atracción hacia ella de formas tan inusuales. Pero era lerdo, llevaba el cabello grasiento más abajo de los hombros y lentes de pasta gruesa, daba una impresión contradictoria con su raro atuendo. ¿Cómo podía a ella gustarle? Y menos con las proezas que se gastaba, como por ejemplo: lanzarse en paracaídas.

Esa vez aterrizó de pena y a ella se le ocurrió decirle que no se le acercara hasta que supiese volar o hasta que al menos le salieran plumas. Él no había pillado la ironía y días después se fabricó unas alas e intentó planear sobre el instituto, terminó guindado del cableado eléctrico entre dos edificios y de milagro no se electrocutó ahí mismo.

Otro día se puso frente a un auto en medio de la carretera dizque para demostrar que su amor era invencible, por suerte el conductor pisó el freno evitando que quedara hecho papilla sobre el pavimento.

En su historial figuraban también actos como saltar del último piso de un edificio, caminar sobre fuego, atravesar una pista de motocross en plena competencia, pasearse desnudo en una bicicleta vistiendo únicamente un cartel con la foto de ella sobre su pecho. Sus demostraciones rayaban lo extremo, lo absurdo o lo ridículo, pero no cejaba aun cuando ella se cansara de rechazarlo de las mil y un maneras.

Ella estaba hastiada, obstinada de inspirar todo cuanto él hiciera y solo quería que desapareciera.

– ¿Por qué no terminas de cortarte el cuello? Seguro que me convences con eso. –Le gritó una vez en mitad de uno de sus descerebrados espectáculos, sin poder contener ya la ira y el enfado.

Todavía se pregunta cómo fue capaz de decir eso. No se imaginaba, en verdad que no, lo que pasaría después.

Tuvo un breve tiempo sin saber de él y lo siguiente que supo fue que iban a enterrarlo luego de encontrarlo casi decapitado en el bosque. Pero ella no se imaginaba, ella no sabía que...

En fin, ahora esas imágenes la perseguían por doquier. Sin embargo, no creía que fuesen solo eso. Podría asegurar que si se acercaba lo suficiente a uno de los cuerpos podía oír el manar de la sangre de la abertura del cuello e incluso si los tocaba sus manos quedaban impregnadas de rojo y si las aproximaba a su cara, percibir el hedor del óxido y la putrefacción.

Ya no iba a clases, apenas comía y si no vivía escondida en su habitación, se encerraba en sí misma.

Hace tres semanas volvió a escuchar su voz: – ¿Te he convencido? ¿Te he convencido? –repetía. A lo que ella respondía desesperada casi queriendo arrancarse la cabeza: –Sí, sí, me has convencido. ¡Vete! ¡Vete ya! –le rogaba. Pero no se iba, los cuerpos que veía se multiplicaban hasta ahogarla, la voz le imploraba: –Demuéstrame que te he convencido. Demuéstrame que te he convencido.

¡Y vaya que se lo demostró! Se puso frente a un auto en medio de la carretera, por suerte alguien la empujó evitando que esa vez fuese ella quien se hiciera papilla sobre el pavimento; intentó lanzarse de un edificio, los bomberos se lo impidieron antes de que reuniera el valor para dejarse caer al vacío; caminó desnuda vistiendo un cartel que rezaba: “Sí, sí, me has convencido”, pero solo logró que la internaran en una clínica psiquiátrica.

¿Te he convencido? ¿Te he convencido? –Seguían las voces–. Demuéstrame que te he convencido…

Otra vez estaba hastiada y obstinada, pero ahora de no haber logrado demostrárselo. Hasta que finalmente intentó con algo que dio resultado. No volvió a ver los cuerpos con la cabeza desasida, ni a escuchar el manar de su sangre, ni a percibir su olor, ni a escuchar esa voz, pero sí volvió a mancharse las manos de rojo.

Horas más tarde una enfermera entró a su habitación y se quedó de piedra intentando buscarle explicación a lo que allí había. ¡Y no lo podía creer! ¡No lo podía creer! A donde mirase solo había cuerpos desasidos de su cabeza. Se frotaba los ojos y volvía a abrirlos, pero no se iban. Eran dos, de eso estaba convencida.


Aldo Simetra


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10 de agosto de 2014

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La cuenca de tus ojos



Suspiras.
Desde el fondo húmedo del azul de tus ojos parto temerosa cuando parpadeas.
Te estremeces.
Mi roce deja un hilo de plata en la piel de tu cara, tu pómulo.
Pronuncias nombres que desconozco y en caída libre me precipito por tu mejilla.
Siento vértigo porque sé, que si alcanzo tu cuello, tu pecho... te perderé. 
Gimes.
La comisura de tu boca me rescata, me fundo en el roce acuoso de los labios, la lengua... regreso a ti y a tu medio, al milagro de formar parte de tu mirada y vuelvo a ser, de nuevo, tu lágrima.

Inmaculada Barranco


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