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"Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas".
Ernesto Sábato

25 de mayo de 2016

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Parecidos Semejantes


Somos parecidos semejantes,
Eternamente en el camino
En la búsqueda desesperada
De eso que no sabemos que será
Esperamos eso que llega y desaparece
Encontramos eso que se oculta
Y también sigilosamente se va
Sin dejar rastros en nosotros
No más profundos, que las grietas,
Secas y resecas del corazón y de la piel,
Esas que ya teníamos al nacer.
Los de afuera parece que no comprenderían
No nos sabrían mirar
Dirían que estamos locos, casi sin dudas,
Se olvidarían de nuestras secretas
Y oscuras motivaciones
No intentarían ni siquiera descubrirlas
Pesarlas o medirlas
Solamente, impetuosos, insistirían en juzgarlas
Ponerle el título de errores cometidos
Faltas, rarezas, pecados,
Alteraciones al orden
Mediocridades
En fin
Dirían que son todas ellas las cosas y otras muchas,
Que nos ahogan en las noches, cada vez más,
En la oscuridad de la infinita, si en esa,
Que nunca quisimos por voluntad
Propia abandonar.
En fin.
Ross Ve
http://ross-mundoraro.blogspot.com.ar/
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22 de mayo de 2016

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Podría volar


Él despertó y desconoció la habitación donde estaba, no recordaba cómo había llegado ahí, las paredes blancas sin ninguna decoración, aun lado de la cama en una pequeña mesa estaban sus objetos personales, su reloj, su cartera no así el teléfono, lo cual le provoco un estado de ansiedad, trato de levantarse, pero algo lo detuvo, era como si no pudiera moverse, desisto de su idea y siguió recostado recorriendo con la mirada el resto de la habitación, una ventana con cortinas cerradas, una puerta cerrada y al final de la cama en un pequeño sillón estaba ella dormida abrigada solo por una manta, ahí estaba su teléfono conectado a unos audífonos que ya habían caído de los oídos de ella, pero dejaban escapar la música de Radio Futura.

…cierro los ojos y bailo al borde del tejado, ¡Podría volar!

La contemplo dormida, era muy bella, pero no recordaba quien era, ni porque estaba ahí, ni que había pasado, cerro sus ojos tratando de repasar en su mente que había pasado, porque estaba ahí, porque estaba ella. El último día que recordaba era un miércoles, se había levantado en cuanto sonó el despertador a las 6:30 am. una ducha, un café, el transporte público, la entrada al trabajo, nada hasta ahora situaba a ella en su vida, el día transcurría normal, salió a comer y entonces fue ahí en la comida, donde ella apareció, siguió recordando ella estaba sentada en una mesa junto a la de él, comía sola o parecía que comía ya que estaba mas al pendiente de su teléfono que de la comida, le había llamado la atención lo bello de su rostro, su cabello, sus ojos, su boca, él trato de cruzar su mirada con la de ella, pero ella seguía inmersa en el teléfono.

Al terminar de comer, pidió la cuenta y se levanto fue en ese momento que ella levanto su mirada y coincido con la de él, una luz brillo en los ojos de ella cuando él le sonrío, él sitio una descarga eléctrica y se apresuró a salir del lugar.

Al caminar regreso a su trabajo se sintió como un tonto, había estado buscando la mirada de ella durante toda la comida, y cuando ella lo miro de esa forma, él solo atino a salir casi corriendo del lugar, pensó por un momento regresar al lugar, pero se sintió más tonto aún, caminó hasta el local de revistas donde se detuvo a observar las publicaciones había de política, sociales, deportes, mujeres desnudas, etc. busco en la sección de dulces, tomo un cigarrillo lo encendió y de sorpresa ella estaba ahí, con un cigarro en la mano y una sonrisa en el rostro. ¿Me permites? dijo él, ¡Claro! respondió ella, en un gesto de insinuación aspiro el humo del cigarro dio las gracias, volvió la espalda y echó a andar calle abajo, rumbo al crucero justo donde cruza el tren de carga.

Él fumaba mientras contemplaba como se alejaba ese cuerpo, esbelto, sobre un par de tacones color negro, quedo hipnotizado por aquel movimiento de caderas, arrojo el cigarrillo al piso, lo apago de un pisotón y fue tras de ella.

La alcanzo en el crucero ella esperaba al cambio de luz para poder cruzar la calle, él se colocó justo delante de ella, ella lo miro sorprendida, sus ojos se abrieron aún más y una sonrisa se dibujó en su rostro, él pregunto ¿Cómo te llamas?

Ella abrió sus labios para pronunciar su nombre o al menos eso pensó él, porque hasta ahí recordaba.

Ahora despertaba en esa cama, inmóvil. y ella estaba ahí con él, pero no recordaba nada más.

Quería hablarle, pero entonces la bella imagen de ella dormida se acabaría, así que decidió esperar a que ella despertara.

Solo ese pequeño hilo de música que escapaba por los audífonos rompía el silencio.

Al cabo de un rato ella despertó abrió sus ojos lentamente, y lo miro ahí recostado, fue hasta él y lo beso en la mejilla, ella lloraba, tomo su mano y se acercó a su oído.

Sabes hace dos meses, mientras comía te vi entrar en ese restaurante, estabas solo como cada día, siempre comías y hacia notas en un cuaderno, nunca te diste cuenta de mi presencia, y yo siempre fui tímida como para hablarte, que hubieras pensado de mí, me tomarías en serio o jugarías al ver que una chica te demostraba que le gustabas, cada día regresé a ese restaurante con la esperanza de que te dieras cuenta de mi existencia, me pinte el cabello, me compre ropa nueva siempre con la ilusión de ese día y ese día llego hoy.

Tu mirada cruzo con la mía, después encendiste mi cigarrillo, y al final estabas frente a mi preguntando mi nombre, y yo con el corazón a punto de estallar, y de pronto ese autobús, tu debajo de la acera, fue un golpe seco, al parecer tu muerte fue instantánea o al menos eso dicen los doctores.

Si tan solo nos hubiéramos conocido antes, ¿habríamos salido? ¿Yo te habría gustado? ¿Nos hubiéramos enamorado? ya no lo sabré y qué más da ahora.

Busque entre los números de tu teléfono, ningún familiar, ningún amigo, solo compañeros de trabajo, no sé si alguien reclamara tu cuerpo.

Al parecer no había nadie en tu vida, al igual que en la mía, al parecer la soledad es muy común en esta ciudad.

Yo ya me tengo que ir a casa.

...Por cierto mi nombre es Miriam.

Ismael Rivera
 
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20 de mayo de 2016

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Ellos y yo


A menudo me pregunto si estoy cómodo en el lugar donde vivo. ¡Claro que sí! Sería mi respuesta inmediata a tal pregunta, tengo electricidad, agua, una cama, puedo darme dos duchas de agua caliente por día, así que, ¿Por qué no sería feliz donde vivo?

Luego de plantearme tantas veces ésta duda ya no me resulta extraño cambiar la palabra comodidad por felicidad, por más que nada tengan que ver entre ellas. Tal vez porque me resulta difícil imaginar a una persona feliz, estando incomoda, o viceversa.

Éstas son solo conjeturas mías, pero me gusta aferrarme a ellas, no solo a ésta en particular, a todas. Quizás porque me gusta pensar que soy diferente a los demás por pensar cosas que seguramente miles de personas pensaron antes que yo y no quiero aceptarlo. Olviden el “quizás” que dije hace un momento, estoy seguro que es por eso, no quiero aceptarlo.

Sería como un flechazo en el pecho pensar que soy como esos tontos adolescentes que solo buscan ser “diferentes” a los demás cambiando su look, haciéndose tatuajes que seguro la mitad de la población mundial ya tiene; haciéndose homosexual, bisexual, transexual, asexual, pansexual (estarían sorprendidos con la cantidad de orientaciones sexuales que han surgido en los últimos años). Pero por favor, no me malentiendan, no estoy en contra de ninguna de las cosas que nombre hace un momento, estoy en contra de la gente.

Mi color favorito es el azul, supongamos que el día de mañana me pintara el cabello de azul pero al otro día viera 10 personas más con el cabello color azul, iría corriendo a mi casa a raparme la cabeza.

Me planteé la idea de que pudiera ser fobia social, pero por supuesto que no lo es, disfruto hablar con gente, tengo amigos y puedo entablar una conversación fácilmente. Tampoco es que sea un viejo gruñón que piensa que todo lo de antes fue, es y será mejor que lo de ahora, solo tengo 20 años.

He llegado al punto de usar la palabra “gente” como insulto, no me gusta la gente, la gente me parece estúpida, pero ¿qué me da derecho a excluirme de la “gente” como si fuera alguien especial?

Todo esto me lleva al lugar que quería evitar, a la verdad que no estoy ni estaré dispuesto a afrontar. Mentirme a mí mismo es una opción, claro está, y es lo que he estado haciendo todos estos años, pero eso no quiere decir que no sepa cuál es la verdad, la conozco perfectamente, solo que no quiero afrontarla.
Mientras me dispongo a ponerme mi campera azul cobalto de todos días para salir a la calle a comprar lo que será la cena de esta noche, recuerdo qué me llevo a pensar todo esto, ¿Por qué estoy, y al mismo tiempo, no estoy cómodo donde vivo? Resulta que nada tiene que ver dónde vivo, podría estar viviendo en una zanja y me sentiría igual que como me siento todo el tiempo.

Odio a la gente, pero yo mismo sé (aunque no me incluya) que también soy gente, y se me hace bastante difícil imaginar que una persona pueda ser feliz cuando se odia a si mismo…


Santiago Panero

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17 de mayo de 2016

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Las lágrimas nacen lejos


  Las lágrimas nacen lejos. Vienen desde un lugar que no son los ojos. A través de tristezas y alegrías que no conocemos y que van llegando despacito. A veces las trae el viento, a veces personas. Sucede también que las llamemos nosotros sin querer. O queriendo.
  Las lágrimas empiezan su viaje sin maletas. No vienen en tren, ni en avión. Existe un canal especial en el aire, de puentes invisibles, que las conducen hasta nosotros. Viajan vestidas de gotitas minúsculas, como el vapor, y en la barriga llevan un granito caleidoscópico de sal. Pero, aunque sean saladas, a veces nos saben dulces o amargas, porque dentro de nosostros se aderezan de condimentos.
  Hay lágrimas de azafrán, las que se lloran entre plato y plato por una noticia recibida mientras estamos rodeados de gente. O lágrimas de harina, que son suaves y se apelmazan dejando surcos blancos en la cara, llorando con abnegada paciencia durante una espera, de horas o días, sentados en una cocina. Hay lágrimas de azúcar, que son las mejores. Caen directamente en la boca porque la sonrisa que las acompaña es tan grande que las recoge todas una a una. También existen las lágrimas afrutadas, que son las que se secan con los besos y nos dejan los labios melosos y con sabores.
  A veces nos invaden las lágrimas de limón, que escuecen en la garganta mientras se acercan, luego en los ojos y en la piel de la cara. Nos las traen los que se van para siempre y, como con las buenas limonadas, se nos queda el gusto dulzón en la lengua y la sensación de estar todavía sedientos.
  Cuando las lágrimas llegan por el aire se cuelan derechas en el ombligo. Con una voltereta se salazonan, se mezclan con los sentimientos viscerales y los impulsos disparatados. Quien gusta de llorar mucho las reboza con pimienta y las aguanta un poco más para que se cuezan con un puchero en el semblante. Por eso queman tanto, bien sabrositas, en la boca del estómago. “Tengo un nudo ahí” decimos siempre, sintiéndolas camino arriba cargadas de fuego.
   Una vez aliñadas van al corazón, a ponerse un vestido. Sólo entonces las reconocemos, les damos un nombre y un apellido, les atribuimos un rostro y un recuerdo. En el corazón es donde las lágrimas comienzan a doler o a reir, depende.
  Solo hay una puerta para las lágrimas, los ojos. Hay quien deja brotar una, concentrada. Que si la miras bien es del color del arcoiris, cargada de sobrecogedores mejunjes sentimentales. Hay quien vierte ríos y cascadas, tan diluidas y transparentes que no saben a nada. Pero quien no llora nunca no sofoca sus tristezas ni enciende sus dichas. Se queda lleno de especias insalubres, de algarazas congeladas y de dolores cobardes, que se vuelven amargos con el pasar del tiempo.
  Las lágrimas se lanzan saltando despacito el borde de los párpados, resbalan sobre los pliegues cansados donde apoyan los ojos y en la piel de la curva de la mejilla hasta rozar la boca. Una voltereta más y se arrojan al vacío sin remordimientos ni ponderaciones.
  Allí, a medio camino entre el rostro y el suelo, echan a volar. Desparecen. Se evaporan.
  Vuelven por donde vinieron, a través de los hilos invisibles de la alegría y la tristeza. Sin maleta ni explicaciones, dejando surcos en la piel, sabor en los labios e imágenes en el corazón.





Carmen Lozano

Foto: Susanita (Valentina Fontanella)




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Intimo y expuesto


Hay una parte de nuestro cuerpo que contiene nuestra esencia, la almacena y la expone como una suerte de vidriera. ¿Puede ser que las personas duden de la existencia del alma cuando a diario la ven? Pues claro, día a día nos encontramos con personas y las vemos, pero solo hacemos eso: verlas. Hay que observar y detenerse a mirar realmente.
A veces notamos su color, otras veces nos enfocamos solo en las bolsas u ojeras que reposan bajo estos y otras veces solo reparamos en la sombra de color estridente que alguna señora se aplicó en un intento de resaltar. Pero si tan solo gastaran unos segundos en usar los ojos propios para ver los del otro e intentar desenmarañar aquellos secretos y verdades que contienen. Mirando a los ojos a una persona podemos conocer muchas cosas, podemos detectar la honestidad, podemos entender un dolor que no se explica con palabras, incluso podemos sentir la energía que nos transmiten. Si tan solo nos conectamos con la mirada la empatía se apoderaría de nosotros y lograríamos entender aquellas cosas tan complejas de explicar, aquellas que no poseen palabra en idioma alguno para describirse.
No siempre las miradas son claras, no siempre las personas nos abren su alma para que pasemos a saciar nuestra curiosidad, algunos protegen sus secretos con un deje de tristeza o algún rencor que nubla la mirada y nos impide ver más allá. Pero aun así siempre hay un pequeño halo de luz que nos invita a pasar si realmente estamos dispuestos a encontrar la llave. Podemos cubrir nuestro cuerpo con ropas para conservar nuestro pudor y privacidad. Pero los ojos no pueden ocultarse mucho tiempo, los ojos simplemente están ahí, al alcance de todos ¿Nunca se pusieron a pensar por qué aquello que es tan íntimo es lo que está más expuesto?
Andrea Belvisotti


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14 de mayo de 2016

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Oleaje de inexistencia


Deseos nocturnos me empujan por el acantilado,  las migajas de los sueños me conducen a la mar de los deseos.

Me sumerjo lentamente en la marea de tu muda voz… evaporando poco a poco la densa duna de tu barba.

Nadando entre las lunas de tus besos imagino la perla de tus ojos, perla de nácar, blanca, desconocida aún.


Me dejo llevar por el oleaje de tu risa, por mi imaginación, por mis deseos… porque tú, como  reflejo del faro que se percibe en la mar…  eres tan real e inexistente.

Jenifer Roa
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8 de mayo de 2016

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Astenia



Estoy en momentos donde la memoria se nubla, en lo más recóndito del malestar que aparenta saciarme de una total pregnancia de emociones individualistas asumiendo resolver mi situación actual, ahí donde el compromiso marchitó, justamente enfrente de la ambivalencia que nos rodeaba, ahí estaré hasta el cansancio intentando madrugarle a la reminiscente aurora inventando una perorata que pueda llegar a tu pecho. Sé que ya es tarde para dedicarle tiempo a una retina pálida, sé que todavía no guardo una distancia justa para el bienestar de ambos pero así lo prefiero, en realidad no me afecta tanto como los demás piensan, sin embargo duelen más los días cada que extraño desconocerte en una utopía vacía, pero es importante mencionarlo: Eras la viva imagen de una esperanza que anidaba en mi tesoro más sagrado, la espera moldeable que sosegaba mi desazón... Eres tú, la que en su momento debió de intentar reconciliarse sin alimentarse del mundano pudor purificante que dividía la aorta del corazón.

Solíamos asombrarnos bastante solventándonos del centelleo de la luna en donde la intriga de una noche muda provocaba desconsolarnos, dejándonos en un espacio yuxtapuesto en donde pensábamos que estaríamos completos; aunque no nos sonreían las miradas, ellas sabían que éramos capaces de acomplejarnos por tanta aflicción pero desconocían hasta cuando revelarías tu verdadera intención. La raíz adventicia de un epigrama fue magenta en un embrión daltónico, no fue tan lógico desterrarnos de lo vívido sin reiterarnos de mejores explicaciones. A estas alturas estás, consciente de los cólicos nocivos que punzan hasta doblegarte, suturando la frustración no justificada para generar un tormento sinodático que te permita entrar en su reino; sabía que debía compadecerse de él primero para evitar la proliferación de la metástasis que poco a poco iba extendiéndose por sus dedos. En los próximos intervalos titubeo la promiscuidad del segundero apartándote del radar, pactando con una nube marginada del cielo apuntando en un iridiscente cristal reflejando el cruel sendero deslindando la vanidad para verte a flor de piel, desesperada por el deseo etéreo de mirarte viva y lúcida otra vez.

Había más aguijones que flores adornando el adoquín, en las manos agrietadas de la gente, ni tú, ni yo, ni nadie se atrevió a condecorarte como creíste merecerlo; pero estuvimos de acuerdo por lo menos en eso y dejamos de intentar hacerlo. Junté mis palmas para desgastar mi inocencia maldiciendo tus excesos mientras contemplaba el duelo interno fluyendo como un suero entre las venas transportándose en secreto, habitando como un veneno anónimo indeleble para el cuerpo e impalpable para el resto. Mentías tan 'hueca y herida', mientras me sedaba con arrogancia para evitar debatir con las circunstancias y evadir los anestélgicos que suponen anestesiar mi alma. Me faltó perdonarte y lo siento, acepto el hecho de que el insomnio también llegue a aletargarme después de todo, no duraste lo suficiente para lastimarme.

Inverosímil fue la centrífuga que me liberó del patrón común de ser apóstata, versátil y radical fue la práctica con la que se arranco al vástago irreverente de una relación carente de emoción ¿sabías que, de cualquier daño inexperto se puede aprender a disimular el dolor con uno, dos o más pretextos? No me sentía tan involucrado hacia el tabú patológico de limpiarte el cabello cuando para mí todavía era la zona más erógena de tu cuerpo. Difamaban tu existencia al obligarme a firmar un acuerdo en donde se integrarían tejidos sintéticos a tu figura desgastada donde probablemente convulsiones estando ausente; sin embargo lo hice, ignorando que las consecuencias de darte vida podrían desorientar y abrumar demasiado mi autoestima, una vez más pincha por las esquinas de lado a lado, otra y otra vez, sucumbí en un espejismo de inopia restante de principios y fundamentos, hasta que me acerque a tus labios fermentándose y preparándose para ser besados; sabiendo que antes de intentar ponerte un dedo encima ya lo hacías con extraños.

No había motivos para creerme alguien especial en tu boca, no había corazonadas, no había nadie que me recordara repasar las plegarias que inventabas para mi, las que no entendía con frecuencia... No hubo nada, más que el disloque de mis brazos al abrazarte con fuerza en tu desgracia pero con la calma que actualmente les comparto y me mantiene sereno cuando pienso en ti, sujeta en una manta, en la transparencia esquizofrénica del daño donde me engañaba tanto tratando de mantenerte atrapada aquí, en la limerencia de una línea divergente repleta de custodios y testigos mártires que no te permiten ir.


Alfonso Téllez.
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7 de mayo de 2016

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Dulces momentos


El sol se mece en los árboles, endulzando con su tenue luz las alegrías que enmarcan la callejuela, un sujeto con bigote de croissant toca su viejo acordeón, música que han aprovechado aquellos dos enamorados: él fragancia de menta, y ella, de canela… miradas exquisitas, besos de vainilla, labios de arándano.

Allá en la esquina están ese par de magdalenas aplaudiéndole a los  recuerdos de su ahora juventud marchita.

En las mesillas de las flores, miradas que torpemente se encuentran juguetean al ritmo de la brisa que acaricia los cabellos del sol en esta tarde.


Piruletas de emociones se viven en la calle más dulce de la ciudad.

Jenifer Roa

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5 de mayo de 2016

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Una taza de café


-Hola, ¿cómo se encuentra?-Pregunto desde mi mesa a esa persona que me miraba con curiosidad. El café era chico, apenas cuatro mesitas con dos sillas cada una y la barra que contaba con 5 banquetas altas. Las cuales se veían menos incomodas de lo que en realidad eran. La persona, que por cierto se encontraba en una de esas banquetas leyendo un libro, sospesó un momento el hecho de que yo le haya hablado y luego se dirigió hacia mi mesa. Su paso era algo inseguro, continuaba titubeando ante la idea de responder mi tan sencilla pregunta. Finalmente se acercó lo suficiente y yo con un gesto de mano le indique que podía sentarse.

-Ho….hola-Dijo inseguro y aceptó mi oferta, dejando descansar sus nerviosas piernas en la silla de pana verde que se encontraba frente a la mía.

-Es un placer conocerle, yo frecuento mucho este café y no suele haber rostros nuevos.-dije tratando de romper el hielo

-Yo suelo venir acá, solo que por las tardes. Hoy hice una excepción y pase a desayunar.- se tomó un momento para pensar y luego continuo-no es muy común que alguien entable conversaciones de la nada, ¿Cuál es el motivo de su amabilidad?

-Es verdad, nadie se molesta por conocer al otro. Pero yo sí, no soy como los demás… Tampoco es común invitarle un café a un perfecto extraño, pero yo no soy alguien de acciones comunes y por eso le pregunto ¿lo querés cortado?

-Gracias, pero tengo mi propio dinero puedo pagarme un café- el tono de voz que empleó fue muy duro para el tono amable que usé en mi pregunta

-No creo haberle faltado el respeto para que este a la defensiva. Tampoco creo haber comenzado con un pregunta incomoda. Pero considerando que no la respondió y lo mucho que tardo en acercase a mi…

-¿Que pregunta?

-Cuando vi que me observaba le pregunté cómo se encontraba

-Esas no son preguntas que se contesten

-¿Cómo no? Si yo le pregunto cómo se encuentra es porque quiero saberlo, si yo le digo hola y hago gestos para que se siente es porque quiero iniciar una conversación, ¿no lo cree?

-No parezco interesante, ¿por qué querría conocerme?- Su mirada parecía helada y su rostro pálido, como si acabase de ver un fantasma.

-Sigo creyendo que no merezco este trato, deberías ser más agradecido en la vida. Lo lamento, me gusta tutear. ¿Me permite?

-Claro, suena como si usted hubiera salida de un libro. Espero que sea por mera formalidad.

-Continúo en lo que estaba, deberías agradecer por las cosas que tenés. Todo el tiempo viven saliendo quejas de tu boca, si supieras que todo podría terminar en este preciso momento seguro cambiaría su forma de pen…

-No entiendo de que trata esto, pero ya debo irme.- Interrumpió mis palabras sin titubear y se levantó de las silla.

-¿Irse? ¿Dónde?

-Al trabajo- Dijo demasiado rápido para que yo le creyera.

-¿Cuál es su horario?- pregunte a sabiendas de que el reloj estaba a su espalda y no llevaba uno en su muñeca.

-De 13 a 17- dijo luego de pensar unos segundos.

-Son 12.15 su trabajo no debe estar lejos de aquí. Nadie sale a almorzar a un lugar a 45 minutos de su trabajo.

-¿Tan solo 12.15?-su rostro se descompuso y aflojó el nudo en su corbata.

-Si- señalé el reloj en la pared, el sujeto lo miró y parpadeó varias veces.

-solo eran 12.14 cuando me acerqué a usted. No podemos haber mantenido una conversación menor a 5 minutos. No puede ser… debe de haberse averiado. ¿No es verdad Juan?- Pronunció la pregunta con un tono elevado y dirigiendo su vista a Juan, el dueño del café. Juan no se inmutó su vista estaba en el diario aunque parecía inmóvil.

-Bueno, viendo que no soy una persona grata para usted me marchó.-arrojé unos pesos sobre la mesa y me fui pasando delante del hombre que aún no salía de su asombro.

Una vez que traspasé la puerta vi al hombre volver a hablarle a Juan, seguro preguntaba si el reloj estaba roto. Pero Juan negaba y le servía la orden que el sujeto le había pedido en el momento previo a mi visita. Probablemente le hablará a Juan de mí. Probablemente Juan no sepa que decirle, probablemente le afirme que no había ninguna dama vestida de amarillo pastel en aquella mesa y esto probablemente afecte. Probablemente Juan le asegure que él acaba de entrar y pedirse lo mismo que todos los días. Ojalá al sujeto le sirva de algo mi visita, ojalá encuentre el mensaje que le dejé en la servilleta debajo de la taza de café que en este momento le están sirviendo. Al final me equivoqué lo tomaba negro y con un poco de Ron, las cosas iban peor de lo que creía.

Andrea Belvisotti
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