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19 de mayo de 2017

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In God we trust


Primero vinieron los obscuros con sus ojos desorbitados y rituales asquerosos. Oh dios. Se bebían la sangre de los niños recién nacidos que caían en sus manos. Manos sudorosas, callosas, manos que no podían de ningún modo ser humanas. Nos contaron de sus ceremonias obscuras en las que alimentaban hogueras con trapos que nos robaban mientras nosotros, oh dios, les confiábamos todo. Cocina, alacenas, cultivos. Todo. Dios en su infinita sabiduría nos protegió; a ellos los hizo débiles y viciosos, para que se mataran entre ellos, para que nos tuvieran miedo y se quedaran juntos, apartados de nosotros.

Pronto íbamos a sufrir de nuevo y la amenaza vendría como una sombra invisible que no dejaba de acechar detrás de cada árbol. Los rojos llegaron en la noche, sonrieron en las fiestas de los vecinos y brindaron en nuestras mesas. Traían escondida la marca del martillo que nos aplastaría mientras dormíamos. Oh dios. Llevaban la pudrición a las escuelas y al trabajo. Predicaban el odio a dios, la muerte de dios, la imposibilidad del juicio de dios. Herejes colorados de barbas escondidas y tentáculos envenenados. Oh dios. Nos obligaron a sonar alarmas, a ponernos mascarillas, a construir agujeros en la tierra para escondernos de ellos, oh dios. Vimos sus rostros por la televisión, albos como nosotros, pero con el diablo rojo susurrándoles al oído. Pero ganamos el juego, rompimos sus hoces, les enseñamos el camino. Perdonamos porque dios les da otra oportunidad a los caídos. 

Avanzaba aún lo peor contra nosotros. Lo supimos antes de que llegara a tocarnos la puerta y a derribarnos las casas. Oh dios, el horror que nos vigilaba detrás de los velos. Comenzamos a fijarnos en ellos, a descubrir sus intenciones de adueñarse de nuestra tranquilidad. Las telas y los turbantes los señalaban, eran ellos los que gozaban con nuestro miedo lanzando chillidos al viento, ululando como aves negras que abrían sus alas para estrellarse contra nuestros nidos. Caminaban entre las dunas levantando el fusil, lanzando gritos al cielo, amenazando la libertad y los vecindarios tranquilos. Debajo de cada auto, en cualquier paquete de correo, en las estaciones de tren, en los aeropuertos. Cadáveres caminantes forrados de explosivos. Oh dios, ni siquiera te reconocen. Sus doctrinas alrevesadas, sus cantos de guerra, su odio sin sentido a todos nosotros. Suerte que nos previnieron a tiempo, ahora podíamos ver su cara en cada noticiero de la tarde y de la noche y del día y de la hora de la comida. Suerte que los fuimos a buscar a sus madrigueras y los sacamos. Suerte que ya no tienen que temer ahora que les regalamos la verdad y la democracia y la libertad y los refrescos de cola y la paz. 

Ya llegan los otros, esos que cortaban el pasto y recogían nuestra comida. Confiamos en ellos. Les abrimos la puerta de atrás de la casa, les dimos empleo, los sacamos de sus pocilgas  sureñas llenas de mujerzuelas y pobreza. Pero  traían con ellos, tatuada en cada brazo, una conjura contra nuestro pueblo. Metido en cada bolsillo una dosis de veneno para nuestros niños. Acechando detrás de los muros que alcanzamos a construir antes de que se nos vinieran encima, bestias pardas, sudorosas, sucias. Esperando con su media lengua, fingiendo ser amigos para robarse a nuestras niñas rosas, para quitarnos los pocos empleos, para robarnos el pan de la boca y la tranquilidad del corazón. 

Tenemos miedo. Nos dice la televisión, nos dice la radio, nos dice cualquier boca y cualquier  pantalla. Ya están aquí, tocando a la puerta. Oh dios, haremos lo que haga falta, lo que nos pidas, cualquier cosa para quitarnos ese miedo a lo desconocido envuelto en  muerte roja, amarilla o negra. Y sabemos que tu sólo estas de nuestra parte. Oh dios, levántanos en tus manos rubias y extermínalos a todos. Porque tuyo es el poder y nuestra la gloria. Amén.

Imagen de: ri4uks.tumblr.com

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7 de mayo de 2017

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Toyu. En memoria.




Toyu llegó en una caja de zapatos, con más barriga que patas y un hocico largo y fino que ensanchaba en las orejas como un algodón de azúcar, café y chocolate. En realidad se parecía más a un ornitorrinco que a una husky mestiza. De la caja al sofá. Del sofá a la cama. De los brazos a las faldas y para comer sopitas de leche que lamía tiñendo de nieve su morrito bigotudo.

Toyu ya tiene dientes. Agujas del 12 que descosen zapatos, las patas de las sillas, el cuero del sofá, el poto y la enredadera. Ya no arrastra la panza, pero sí los cojines, las medias y las toallas y si no la subimos al sofá nos destroza las cordoneras, las espinillas y los gemelos. Cuando nos enfadamos y la encerramos en el patio araña las puertas, destroza las macetas, arranca los marcos de las ventanas…, pobrecita. No le gusta estar sola. 

Toyu cumple seis meses y recibe hoy su primera clase con el educador. Silvestre es militar y se dedica a adiestrar a los perros del ejército, así que hemos pensado que a ella no le vendría mal ser un ejemplo de buena educación perruna. A Silvestre le hemos explicado que no nos hace caso; que se escapa en cuanto ve una puerta o ventana abierta, que se pelea con otros perros y que es imposible salir de casa sin que nos arrastre o nos vuelva locas a ladridos y tirones. Tiene que ser un buen entrenador porque con él se ha dejado poner el collar sin morderlo y ha salido a la calle sin ladrar, cediéndole el paso y hasta se ha sentado mientras cerrábamos la puerta. 

Sitz, y se ha sentado. Platz, y se ha tumbado. Fuss, y ha salido caminando despacio, con trote marcial y pegadita a la pierna de Silvestre. Nos ha dicho que hoy nos explicaría cómo hay que darle las órdenes y con qué gestos, sonidos y señales hay que acompañarlas . También nos ha dicho que Toyu aprende hoy, sí, en una sola tarde, y que el resto de este curso de tres meses es para que aprendamos nosotras. 

Qué difícil lo del plis, plas, plus, pero con lo que le enseñó Silvestre, nuestra Toyu, tumbada, parece la gran esfinge de Giza y de paseo trota como un caballo cordobés. Lo de pelearse con otros perros, gatos y cualquier ser viviente sigue siendo un problema, pero pensamos que no es por ella. Ella es un cielo. El asunto es que la gente va a lo suyo y no lleva cuidado cuando saca a sus mascotas. El otro día la solté en la playa y corría tranquilita como un gamo detrás de las gaviotas. De pronto, un caniche al que llevaba una pareja en brazos comenzó a ladrarle y la estresó. Claro, nuestra perra que es tan sensible, se lanzó sobre el chucho. Menos mal que me interpuse entre ella y la pareja y solo me arañó a mí. El chico se puso como una fiera, ¡joder! pues que se lleven al perro a un centro comercial y que dejen la playa para los perros normales.

En casa tuvimos una conversación familiar y hemos acordado que para que Toyu no haga destrozos en el patio lo mejor sería dejarla dentro de la casa ya que así, al menos está relajada y no rompe nada. Sigue durmiendo a los pies del colchón y llevamos cuidado al movernos, mientras dormimos, para que no se despierte y nos gruña. Angelito.

La verdad que ha sido un éxito el entrenamiento y aunque nosotras no nos aclaramos mucho con las órdenes del flis, flas, flus, se nos cae la baba con esas poses tan elegantes que le enseñó Silvestre. Y ahí la tenemos en el sofá comiendo un pollo asado y viendo en la tele ‘Pelopicopata’ y ‘Frank de la Jungla’, mientras nosotras, calladitas y sentadas en su cesto, nos comemos el pienso, muy rico en omegas, para no molestarla no sea, que nuestra chiquitina, se enfade y nos encadene en el patio.

17 años con nosotras. Hoy la hemos recogido en una cajita de madera con el árbol de la vida tallado en la tapa y una plaquita dorada grabada con su nombre: Toyu. La hemos dejado junto a su retrato. Qué vacía está la casa.

Inma Barranco.
Fotografía: Inma Barranco.

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16 de abril de 2017

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Anaxor


Luchando contra los fantasmas de siempre la he encontrado, una alidada de batalla, jodida como yo por mil derrotas, sorprendentemente se puede lograr que la decadencia compartida puede llevar a un buen sabor de boca. 

Sola entre muchos, llena de gritos silenciosos, tan relativamente fuerte que brinda fuerza tal y como revela su nobleza al profundizar en su mirada, mi confidente, mi terapeuta, se ha convertido en la bofetada que necesito después de cometer cada estupidez, en el consejo que necesito para reaccionar y en la soga que necesito para ahorcarme cada vez que quiero morir. 

Se ha entregado a mi como yo a ella, enredados física y emocionalmente he vivido a su lado para siempre aún sin conocerla antes, hemos llegado a algo que quiero llamar una aventura eterna, no literalmente sino por significancia, esto es mejor de lo que esperaba, es pasión, es perdernos el respeto con mucho cariño, es intercambiar la saliva con mucha excitación, es perderme infinitamente por instantes con su aroma fantástico, me lleva más allá de que se puede expresar, nos hemos transportado a lo trascendental, lo esotérico, lo inexplicable. 

No me pertenece, pero será por siempre mía, y espero que esto no acabe hasta que mis días se acaben o hasta que pueda aguantar, porque seremos siempre la tristeza encarnada y seremos siempre quienes nos burlemos de los días grises haciendo trampa y dándole color cada uno a la vida del otro.


Emilio Salguero

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10 de abril de 2017

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Atrapada en estas Letras



No logro entender estas palabras, según me dicen aquí fue donde hace apenas varios capítulos nací. Me compongo de una serie de letras que me definen como ser y marcan mis acciones. Me llevan a donde debo de asistir dibujando el paisaje, poniendo el clima y matizando el cielo. No estoy tan segura el año, o la época en la que vivo y nunca se cuándo es la primavera o el verano.

Voy conociendo en pausas de mi niñez. Van apareciendo recuerdos en distintos capítulos de mi vida. No soy una persona, o hasta ahora no lo sé; voy uniendo recuerdos y cazando ideas a veces remotas a dónde voy. Busco un espejo, mas no hay ninguno. Hasta ahora lo único que sé es que soy de estatura normal (Cosa que no me dice nada), Cabello negro y largo y unos ojos verdes que intimidan. Vivo sola, en un piso en el centro de la ciudad y esta vez trabajo en publicidad. Al parecer mi jefe es un poco demasiado bueno conmigo. Me faltan muchos datos: Cómo son mis manos, mis ojos serán herencia de mi Padre, si es que tuve uno en algún momento. Mi Mamá me concibió amando o fui solo un resultado de alguna aventura. ¿Hago algún ruido especial al hacer el amor?, ¿haré el amor algún día? Espero que al trascurrir los capítulos de esta aventura lo descubra.

Mis acciones se van desarrollando en partes, hay ocasiones que tienen que pasar decenas de capítulos para saber qué es lo que hago aquí. Me resultaría mucho más fácil si en pocas palabras me definiera y guiaran para poder terminar feliz. Mas sin embargo nunca es así. Se van uniendo palabras, dando la información necesaria y la menor posible para que la parte de mi vida más interesante ser casi al final. Revelando verdades ocultas en mentiras, lugares escondidos visibles y acciones nunca esperadas dando vuelcos girando por completo.

Quiero pensar que soy única, irrepetible y que soy un gran personaje. Tengo recuerdos de varias aventuras. He sido heroína de guerra, he refugiado perseguidos en mi ático y en una ocasión descubrí un complot para asesinar al Primer Ministro. Una vez morí tratado de rescatar a un espía que caía en manos enemigas, lo que me dice que soy inmortal y no importan las veces que nazca y muera ya que seguiré protagonizando historias.

Tengo mucha suerte de estar rodeada de personajes que apoyan a que mis grandes actos se desenvuelvan. Ellos lo hacen más interesante y me aportan información que con sus acciones pintan la atmósfera logrando siempre cumplir con los objetivos. que los ojos que me ven sigan mirando hasta la última página de mi vida.

Quiero salir. Pensar por mí misma y tomar mis propias decisiones. No estar más involucrada en tantos sucesos. Estoy muy cansada. Avanzar sin rumbo fijo y sin propósito y así, sin que nadie mí me mire, convertirme en fantasma. Ser una más de la gente, pasar desapercibida.

Supongo que iría cobrando forma. Las palabras se materializarían en mí, formando mi cuerpo y al final todas y cada una de las letras que me han caracterizado serian mi alma y mis recuerdos de una vida pasada donde hice tantas cosas y morí tantas veces.

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24 de marzo de 2017

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Del amor y de su sabor


Me he enamorado dos veces en mi vida y las dos a quemarropa, sin anestesia y estampando mi huella en papel en blanco. 

Conocí a Noa en una mesa redonda organizada por COGAM, el Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid, en la que ella actuaba de moderadora y en la que participaba Pedro Zerolo. Un grupo de alumnos me pidió que les diera permiso para ir a la charla y al final me uní a ellos. Al verla ahí sentada, con su pelo corto de blanco furioso, tan andrógina y más bella que el mismísimo diablo, quedé poseída como Gustav en ‘Muerte en Venecia’, cuando sus ojos impactaron contra la perfección del rostro cincelado de Tadzio. 

Siempre me turbó el calor húmedo de la quinta de Mahler en esas escenas, pero hasta ese momento no había sentido la sierra de las corcheas en mi garganta. Al acabar el acto nos presentaron: Lisala, Noa. Y me sentí devorada. En paz. 

Y como suelo hacer cuando mi caos interno se desparrama, ordené mi casa. Subí a la buhardilla, a mi estudio y abrí las dos hojas del balcón; vacié la librería de techo a suelo; organicé los libros por orden alfabético, en columnas sobre la alfombra blanca, la mesa y los sillones y los coloqué de nuevo en las estanterías. Los volví a bajar y los clasifiqué por autores. De nuevo la vacié y ordené por temas y cuando entró Arturo, mi marido, a mi despacho le pedí el divorcio. ¿Y las niñas? 

¡Las niñas!, rugí como una gataparda, tranquilo, que yo me las quedo. Y se abrió la veda de reproches, frustraciones y desencantos y, como cada vez que discutíamos, comenzó a llamarme Lisala en vez de Lisa. Qué raro sonó mi nombre completo en su voz de lija. No te quiero, Arturo. No follamos desde hace más de cuatro años; me he sentido culpable, que no era mujer porque nunca había tenido orgasmos y te juro que me sentía aliviada de que tuvieses amantes porque así a mí no me molestabas. No pongas esa cara que sé lo de tus líos desde hace tiempo. ¿Y qué dices ahora, que nunca te he amado y que has tenido que buscar fuera lo que no tienes dentro? Ya te vale. 

Te cuento qué me ha pasado. Esta mañana he ido a unas charlas en las que hablaban gays y lesbianas y me he quedado tan pillada con una de las ponentes que estoy que se me sale el tuétano. Tú eres como una hermana o una amiga del alma pero no mi amante. Venga Arturo, no llores. No me digas ahora que da igual, que podemos tener una relación abierta y seguir juntos. Yo no soy así. 

Gracias Arturo, pero no me apetece un Ribera, prefiero una cerveza helada. Sí, de esas que llevan el manto de nieve cubriendo la botella. ¿Ves como somos amigas?, tenemos un dramón encima y en vez de pelearnos, estamos recostados en el sofá, yo acariciando tus rizos avellana y riendo y llorando juntos. 

Y así fueron pasando los días, nuestro divorcio fue muy civilizado y las chicas no lo llevaron mal. Una tarde, al acabar las clases vi a Noa, coincidimos camino del parking de la Universidad y quedamos para tomar un café en un local con muebles art decó y las paredes forradas con láminas de Tamara de Lempicka y ese azul hipnótico con que los enfría. Frente a mí estaba Noa, con esa belleza animal que me trastornaba. Llevaba un traje de chaqueta de lino crudo, con camisa lavanda al aire y una corbata cereza dulce perfectamente mal anudada. Pasamos juntas toda la tarde, vagabundeamos por El Retiro y mientras le hablaba de mí me paría a mí misma. Y cuando se paraba y me miraba de arriba a abajo sin vergüenza yo solo buscaba rincones donde me dejaría llevar de su mano para reventar de beso súbito. Sobre su cama tenía un espejo. Me enloquecía ver nuestros claros y oscuros reflejados en el techo. Adoro esa imagen de naturaleza en cueros, acuarela de texturas, formas y piel en movimiento. Y fue así durante unos años. Pero eso fue antes de volverme loca de verdad. 

Al día siguiente de camino a la facultad íbamos en silencio. Siento si lo de ayer fue un error. Y le contesté que era uno de las mayores aciertos de mi vida. 

Noa me confesó que se sentía más hombre que mujer y que en algún momento daría el paso para operarse. Me contó lo mal que lo llevaba de pequeña cuando quería vestirse como un niño y jugar a sus juegos. Del rechazo que sentía al mirarse en el espejo, de la primera vez que se enamoró de una chica y de cómo lo llevó en secreto. 

Me explicó que el proceso duraba varios años. Que llevaba un tiempo en manos de una sicóloga especialista en transgénero y que le ayudaba a marcar objetivos. Uno de los primeros era cambiar de nombre. Lisala, cariño, a partir de ahora, por favor, llamadme Andrés. Y todos comenzamos a llamarla Andrés. 

Qué más da Andrés que Noa, lo importante es su esencia. Me lo tomé como un juego y a las pocas semanas nos acostumbramos todos. Era difícil, sobre todo por la rutina. Sin embargo, cuando la abrazaba y la soñaba, en secreto, era mi Noa.

Su estilo andrógino puso popa a masculino y cuando usaba corbata el nudo era marcial. Cambió de perfume, ya no dejaba su presencia suspendida en la fragancia de Issey de Miyaki.

Estábamos volcadas en plena lucha por los derechos del colectivo LGTB, del matrimonio igualitario y yo me sentía la abanderada de la causa y encabezaba las marchas defendiendo mi amor, mi vida y mi silencio llorando al son de “A quién le importa” y “I will survive”. 

El día que comenzó el tratamiento hormonal Noa, bueno, Andrés, me miró y me abrazó pegando su corazón al mío. Lisala, esto es duro para ti y para mí. Pero en mi caso es mi sueño y en el tuyo es una lucha en la que estás porque me quieres. ¿Eres consciente de hacia dónde vamos? Y le clavé las uñas mientras la abrazaba porque me rompí de dolor. Me apartó, me miró despacio y besó una a una mis lágrimas. Esto no ha hecho más que empezar, Lisala. Lo duro aún no está aquí, no tienes que quedarte si no quieres. Y eso, eso que me dijo fue lo que partió mi razón. 

Empezó a caer su cabello como caen los copos de nieve y creció pelo en el desierto de su piel. Cuando me hablaba no reconocía su voz. Me despertaba y al abrazarla comencé a notar el cambio en el olor de su cuerpo y poco a poco sus besos ya no sabían a Noa. Procuraba mantener mi cordura porque soy mujer de palabra, de compromiso y porque la amaba con esa certeza con la que aman los cisnes a su único amor.

Se operó. Fue durísimo. Muy duro, pero ella estaba feliz. Le curaba las heridas despacito, con cuidado, con la gasa más suave de la farmacia, le gastaba bromas y acaricié sus cicatrices cuando se cerraron. El dolor era mi muro de contención a la locura que me horadaba.

Se incorporó a las clases, al colectivo, a la vida familiar y yo me encerré en el trabajo. Acepté dirigir un par de tesis: Natalia, alumna de la facultad e Ingrid, una danesa residente en Newark, New Jersey, con quien comencé a intercambiar mails pues me resultaba interesante lo que me contaba y, por alguna razón, huía de mi presente imaginando su ciudad, su vida y los detalles que tendría en su habitación. 

Pasaron los días y una mañana al mirar en el espejo vi junto a mí un cuerpo de hombre y la acuarela de nuestra imagen cobró vida: era la foto nítida de espaldas enfrentadas.

Me sentí repugnante, egoísta, incluso envidiosa de verlo feliz. Caí en picado y comencé a ir a terapia para adaptarme a los cambios y descubrí que o me separaba o enfermaría de odio.Sabía que tenía que hablar con él pero le veía tan bien que me sentía avergonzada. Y por culpa, rabia, necesidad de explotar y porque tenía la autoestima en el barro me registré en varios chats de lesbianas. Tuve citas y rollos que me sentaron muy bien, volví a ser persona. En ningún momento sentí que engañaba a Noa. Ni a mi.

Eran las seis de la tarde y había quedado con Ingrid, para hablar de su tesis y de su visita, en quince días, a Madrid para encontrarnos e ir planificando el trabajo. La conexión con ella estimulaba mi mente correcaminos. Se conectó la cámara, la ví y me quedé pillada. Era algo más joven que yo, cubría su pelo con una toalla azul a modo de turbante y unos pendientes de perlas que iluminaban su cuello. Parecía la versión contemporánea del cuadro ‘La joven de la perla’ de Vermeer. Ella hablaba y yo, cuando ella se movía, buscaba cada uno de los detalles que imaginé en su diminuta habitación. Me pidió volver a conectarnos al día siguiente y lo que ocurrió es que entramos en un torbellino casi adolescente de mensajes y videollamadas diarias. 

No me quitaba de la cabeza a Ingrid. El día que llegaba, mientras Andrés preparaba los zumos de naranja, pomelo y mandarina para el desayuno, me espetó un ¿qué pasa, Lisela? y me quedé helada al oír mi voz soltar que me sentía perdida en su cuerpo sin pechos y con olor a hombre. Que no reconocía su voz y que me sentía una traidora, una hipócrita, porque llevaba años luchando por su sueño cuando en el fondo, para mí, era una pesadilla, He enterrado a Noa, Tú te has librado de ella y yo me he roto. Andrés, soy lesbiana y me enamoré de Noa, te juro que por más que lo intento no puedo amarte. Ahora tengo que irme, hablamos esta noche.

Ni tesis ni leches. Al llegar a su hotel nos liamos y después volví a dormir a casa. Me había enamorado, a lo bestia. Tocaba volver a poner orden en mi vida.

Me acabo de despertar y Andrés sigue dormido. He mirado sus hombros, sus brazos, sus piernas largas: le he dado un beso en la mejilla y al mirar al techo tan solo se veía un espejo. He venido a la cocina a tomar un café. 

He abierto el móvil, Ingrid me ha enviado una rosa y un beso. Le contesto con un corazón. A las dos comemos en Public.





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20 de febrero de 2017

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No sucede


No sucede todos los días igual,
Ni si quiera en el pensamiento se vuelve a dibujar de la misma manera,
Solo ocurre una vez cada vez,
Solo tiene un instante pero es original,
Son pocas las veces que sucede
Cuando me tienes aquí, pensando en ti.

Si ocurrieras en los próximos meses,
Así como los eventos que tardan en suceder
Pero ocurrieras definitivamente,
Que hubiera magia de un minuto a otro,
Que al abrir mis ojos estuvieras tu,
Señalándome, llamándome, indicándome, transformándome.

No quiero iniciar como este final,
Con incertidumbre,
Como ese viajero que ve el mapa y ve que su camino se aparta mas lejos de su destino.
Quiero empezar contemplando tu mirada,
Con tu caricia en mi rostro,
Con mi mano aferrada a la tuya.

Esdras Hernández Argueta
 
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15 de febrero de 2017

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Exterminio


A Telémaco Rodriguez en la Federal lo llamaban "El Lobo". Su metro ochenta y físico trabajado imponían respeto mucho antes de escuchar su vozarrón cargado de testosterona retumbando entre las paredes del centenario edificio del cuartel central. Admirador de John Wayne, había trabajado duro como cadete en la escuela de policías Juan Vucetich y luego en la calle, como para llegar a integrar el servicio secreto que la fuerza desplazaba a Tucumán cuando hacía falta hacer un operativo relámpago para atrapar o eliminar a algún subversivo. Luego, si tenía la suerte de matar a alguno en un enfrentamiento franco, le tocaban los seis meses de licencia post traumática y un premio en monetario como para que en la próxima redada no le molestara recorrer los 1246 kilómetros que lo separaban del Operativo Independencia que el gobierno democrático había establecido para aniquilar el accionar de la Compañía Ramón Rosa Jiménez del Ejército Revolucionario del Pueblo, así como a los combatientes enviados a apoyarlos con la idea de crear un "foco revolucionario" en el hermoso e intrincado monte tucumano.
Nico lo conoció un día de los pocos en que iba a visitar a su padre a la fábrica de autoelevadores donde El Lobo montaba guardia como personal de seguridad. Apenas lo vio lo escuchó ladrar un "está dulce" al franquearle la puerta de entrada. Claro que lo primero que hizo Nico fue preguntarle a su padre, el gerente general de la planta, que qué era eso de "dulce".

-Es que como viniste en remera a simple vista pudo verificar que estabas desarmado o "dulce" como dicen ellos- fue la simple respuesta.

A Nico le pareció una sobreactuación. Aún no entendía que existiera otra posibilidad para un joven de diecisiete años que la de ir desarmado por la vida. La cuestión era que El Lobo y cualquiera de sus amigos de turno en la vigilancia estaban tan orgullosos de sus vidas de película que siempre terminaban hablando de más, creando un pequeño guión de película con cada paso de sus carreras. Cada vez que volvían de uno de los operativos no paraban de contar con lujo de detalles, que no excluían movimientos en cámara lenta, cómo habían perseguido a tal o cual, saltado muros y cruzado patios traseros, hasta disparar la bala letal mientras sus cuerpos recorrían una perfecta curva en caída libre desde lo alto de una medianera hacia el pasto recién cortado de alguna casa. Eran relatos de western llevados a los setenta y relatados mientras su actor principal utilizaba las perforadoras de banco de la empresa para taladrar huecos en balas simples para convertirlas en perforantes. Se trataba de un diseño sencillo de deformación forzada con la punta hueca y un inserto metálico, que normalmente era una bolita de rulemán,  sellada con una gota de lacre, que al impactar penetra en el núcleo forzando la expansión del plomo. Ese mismo núcleo duro es el que potenciaba la capacidad perforante mientras que la expansión asegura el mayor daño posible en el tejido del blanco.
Todos los de las fuerzas de tareas las fabricaban de forma casera y clandestina. No querían dejar la posibilidad de que un subversivo al que le habían acertado, lograra levantarse, devolverles otra bala o intentar huir.
Por eso el peor enemigo del Lobo y sus secuaces no eran los subversivos, sino sus propias bocazas. Eran felices reviviendo para el público cada incursión con lujos de detalles haciendo hincapié en que cada muerto representaba seis meses pagos en los que podían trabajar como vigiladores privados.
Pero no todo el mundo lo disfrutaba tanto.
Poco tiempo pasó para que unos pocos se dieran cuenta que dentro de la misma fábrica existía una célula extremista oculta y latente. Todos menos El Lobo y sus secuaces, ocupados como estaban en la veneración de ellos mismos.
Bajo la apariencia de un supuesto activismo gremial se ocultaba el viejo esquema de convencer al obrero desde el llano. Los militantes teóricos de universidad que propugnaban el vuelco al comunismo habían notado que su propio nivel intelectual los alejaba de las masas y que lo mejor que podían hacer era bajar al llano, hacerse pasar por obreros y diseminar la semilla de la rebelión.
Así un reducido grupo de doce comandados por un licenciado en filosofía y letras que ocupaba el puesto de aprendiz de tornero habían comenzado a militar orientando sus primeras acciones en convencer a la patronal de conceder ciertos beneficios laborales que consideraban imperativos y justificados. En realidad eran pruebas de liderazgo que se vieron teñidas con vestigios de subversión en el mismo momento en que para conseguir las conquistas sociales amenazaron de muerte al gerente general, su esposa y sus dos hijos.
Asi Nico vivió la paranoica zozobra del que debe permanecer en casa, con miedo a que algún loco le dispare en un supuesto ajusticiamiento en aras del poder popular. Aprendió que cualquiera que apuntara un arma contra él o su familia era el enemigo a destruir. No importaba si era un subversivo, un guerrillero, un revolucionario, un milico , un policía o un ladrón. Ni siquiera cual era el color político de sus ideas. Aprendió que como víctima potencial y desarmada cualquiera que empuñara un arma en su contra era un enemigo que debía ser exterminado.
Claro que mientra él aprendía ese abecé de los setenta, su padre cedía a la exigencias en un exitoso intento de protege a su familia. Pero el grupo ya había quedado expuesto. Las cartas estaban echadas. Era cuestión de tiempo para que la bomba explotara y los constantes cuentos del Lobo lo llevaran a un camino sin retorno.
La pequeña fábrica siempre había sido una gran familia hasta la llegada del activista universitario. Estaba la tía secretaria del gran escote que a todos hipnotizaba con la cadencia de sus movimientos, el capataz tío solterón que convocaba a las lechonadas regadas con buen tinto, el contador primo cordobés con sus ocurrencias que hacían reír a todos, la encargada madre protectora que ordenaba todos los desastres y el sereno abuelo simpático que cuidaba la casa cuando todos estaban disfrutando de sus vidas privadas.
Ése era Ignacio Chaves un abuelo con cara de tano y apellido español que había cumplido los setenta años y los sábados cumplía las funciones de sereno en la fábrica. Sábados que trágicamente también usaba el Lobo para su producción de balas. A las 14 horas de ese apacible día de junio de 1975, apenas el Lobo salió para su casa, se lo vio a Ignacio tomar la visera de su gorra gris y tirarla para abajo unos centímetros.
El Lobo ya estaba marcado.
A cien metros un Peugeot 504 bordó mantenía el motor en marcha y el techo corredizo abierto. Apenas Ignacio volvió a entrar a la fábrica el auto se puso en marcha siguiendo el derrotero del servicio secreto de la Federal. Sobre la calle Herrera una mujer de cabellos ondulados de color rojo intenso y pecas haciendo juego,  apodada "La Colorada" se asomó por el techo corredizo como si fuera una torreta de tanque y extrajo de debajo de un poncho salteño que combinaba con su pelo, una ametralladora Ak-47 con la que barrió al Lobo acertándole un total de veinticinco balas sin que éste pudiera darse cuenta de lo que le había pasado.
El Lobo ya no la contaba.
Nico pasó con su padre apenas unos minutos más tarde, lo suficientemente pronto como para poder ver el cuerpo ensangrentado que la morguera cargaba en medio de un silencioso operativo militar.

El lunes siguiente en la fábrica todo fue callado y calmo. Aún no habían terminado de comentar con lujo de detalles lo que sabían que había pasado, cuando un camión del Ejército Argentino se detuvo al frente de la fábrica y descendieron no más de veinte soldados bien equipados. No dudaron ni un momento. Fueron a buscar a los doce, uno por uno a cada puesto de trabajo. El aprendiz de tornero con título universitario, la secretaria ejecutiva, el operario de grúa, el cortador de soplete, el mecánico, el cadete y por supuesto, el viejito de setenta años que había obrado de entregador.

Todo fue inútil. Una vez que subieron al camión ninguno de los trámites de Abeas Corpus o pedidos de paradero sirvieron de algo. Una procesión de familiares acudió cada día a la fabrica, al regimiento y a cualquier cura que pudiera interceder en algo, hasta que el cansancio los hizo desistir de la ilusión de recuperar aunque fuera algún cuerpo.
Pero de los doce, ninguno, nunca apareció.

Dicen que sus nombres ni siquiera fueron incluidos en el Monumento a la Memoria. Que sus familiares nunca recibieron ninguna compensación monetaria. Dicen que fueron borrados de la tierra como si nunca hubieran existido. Que no figuran en el Nunca Más.
Es que apenas unos meses más tarde comenzaría el verdadero exterminio.
Y desde allí escribirían la otra historia.

O.Pin
Febrero 2017
Basado en hechos reales


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12 de febrero de 2017

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3 am



3 am.
TOC, suena el minutero, entrecierro los ojos para conciliar el sueño. TIC….TIC. No puedo dormir. Escucho un susurro que no me deja concentrar, a lo largo del pasillo, llegando a la puerta, no, no es ahí, miro la ventana y las luces de los carros no dejan de pasar, noche transitada aquella intrigante sombra de mayo que no quiero recordar, TiC, sigue el segundero marcando mi desvelo sin demora. Sigue el susurro mortificando mi ser, carcome mis pensamientos y no me deja aliviar. Quiero que pare!. Cierro los ojos, secos sin poder descansar, cubro mis oídos, presiono mis manos para callar el susurro. De repente me detengo, dejo de presionar, de revolcarme en la cama, abro los ojos y me doy cuenta, si, el susurro soy yo, es mi cabeza, mi cuerpo queriendo hablar, me altera saber que no puedo controlarlo, me toma por sorpresa, sin aviso previo mi siento paralizado, agobiado. Me toma un momento contener mi ser, tranquilizar la mente y relajar el cuerpo. Por fin puedo escuchar el susurro, la voz que recuerda todo sentido de odio, de desesperación, aquella sensación de olvido, torpeza de mi ser, me grita lo que no quiero ser, lo que nunca voy a ser. Mi respiración se agita y sin más las lagrimas empiezan a brotar, no creo resistir. TIC TIC TOC, un minuto más, una eternidad parmi, sin más que esperar, el valor se fuga de mi esperando lo peor, preparando el suspiro que de fin al sufrimiento. De repente me sacude el sueño, el cuerpo, la voz desaparece y abro los ojos, Despierto y te veo a mi lado, acariciando mi cabello, abrazándome entre las cobijas, cierras los ojos y te acomodas a mi lado, TIC TOC. El tiempo pasa y yo a tu lado.

Ricardo Pena

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2 de febrero de 2017

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Un saco de huesos


A las seis de la mañana la anciana se sentaba en su destartalado banquito esperando a que saliera el sol invernal para calentarle los huesos. Tejía con un poco de lana azul retorcida y cansada de anudarse vanamente una y otra vez. Por la tarde destejería el trabajo realizado para que el material no faltara a la madrugada siguiente, cuando debiera esperar nuevamente la salida del cálido sol.
A pocos pasos de ella el intendente había decidido asfaltar la avenida frente al matadero, desde el viejo puente sobre el Riachuelo hasta el viaducto donde el tren alcanza la única estación existente. La antigua calzada de adoquines asentados en arena era un pequeño muestrario geológico de los estratos de la isla Martín García, cortados en perfectos cubos de veinticinco por veinticinco centímetros a punta de pico por los presidiarios con más pecados políticos que delitos penales. Los patrones de arcos repetidos y entrecruzados que formaban ese piso habían sido parte de un arte difícil de aprender y eran contados con los dedos de una mano aquellos especialistas que lograban realizarlo dominando el acabado diseño y obteniendo simultáneamente una superficie plana apta para el tránsito de caballos y carretas. Artesanos no reconocidos que estaban extinguiéndose con la llegada del cemento asfáltico desapareciendo toda una tradición que no legaría ni monumentos ni restos de su trabajo. 
Nadie había esperado que bajo los mismos cubos grises y pesados se ocultara un osario interminable que obraba como contrapiso y cimiento de pura cal orgánica. Mauro se dio cuenta que no siempre los frigoríficos habían utilizado la res completa y que la centenaria factoría local era la culpable de que esas cornudas calaveras se encontraran compactadas unas contra otras a lo largo de un kilómetro de Camino Real.
Eran épocas de desentierros en las que mientras Mauro se levantaba de la cama a las 4, se vestía en la helada vivienda suburbana y salía a esperar el colectivo en la desolada esquina escarchada, las topadoras sacaban a la luz un desfile de rumiantes cuencas vacías y desencajadas que lo esperaban del otro lado del recorrido. Una hora de viaje y la escuela industrial asomaría en medio de la niebla de la mañana, allí junto a la cancha del club de los amores de su madre, donde un tacho de petróleo albergaba la fogata que lo mantendría aislado del frío hasta que el maestro llegara a abrir el taller de hojalatería. El paquete de Colorados con filtro se agotaría en convites y brasas albergadas entre las manos en otro intento vano de combatir el gélido aire matinal que ningún pullover tejido por mamá, la abuela o alguna tía, vencería con éxito.
Día tras día la anciana lo miraba pasar luchando con su tablero y regla "T" batidos por el viento que parecían llevarlo sin control como una vela a una fragata. Era el momento en que el tejido comenzaba nuevamente al asomar el alba, sin desayunos ni comidas hasta entrada la mañana, cuando en el bar de la esquina Don Elisario se asomara con un par de facturas de ayer y una taza de leche humeando de calentita. Ella parecía ignorarlo entre la gente, pero Mauro sentía una conexión que no había podido definir y que tal vez solo fuera su curiosidad al ver a la anciana sola, abandonada de la mano de Dios habitando el hall de entrada de una vieja zapatería desierta con vidrieras a ambos lados y un conveniente espacio bajo ellas como para que la anciana pudiera almacenar algunas prendas, un colchón y su osamenta en las heladas noches de invierno.
De pronto Mauro notó que en su cabeza sonaba ´Canción para mi muerte´ cada vez que veía a la abuela, los cráneos, el cementerio de su zona, o pasaba por la casa de sepelio junto a la centenaria iglesia. Incluso la vieja escuela donde asistía había sido donada por un famoso arqueólogo y antropólogo cuyo padre le había solventado los estudios mediante el producido de una fábrica de soda. Una sodería que se habría de convertir en escuela industrial y que seguía usando sus salones de pisos de tablas de pinotea , patios con baldosas de diseños árabes y un aljibe que apenas había dejado de funcionar cuando a Mauro le habían tomado su examen de ingreso.
Y es que en el momento en que las topadoras dejaron por el piso la centenaria casa para construir la nueva escuela, sus cimientos entregaron miles de restos fósiles de sifones, botellas de ginebra que habrían sido un lujo en su época y un esqueleto completo que nunca supieron bien de quién era. Los alumnos eligieron contar la historia de un negro esclavo que había sido emparedado por el sodero con la simple justificación de una venganza por haber ultrajado la inocencia de su hija. Poco importaba a la purretada la rigurosidad histórica de que el propietario hubiera tenido únicamente hijos varones.

Y Charly y Nito le cantaban en la oreja.

En el lado B de ese acetato que era su vida había otro país donde el Ejercito Revolucionario del Pueblo, Montoneros y la Alianza Anticomunista Argentina hacían sonar sus bombas, secuestros y asesinatos mientras el pueblo intentaba seguir estudiando y trabajando en un remedo de vida normal. Mauro había visto un poco de todo ello sin darse cuenta mientras escuchaba a los grandes suplicando que alguien pusiera un poco de orden en un país asediado por la guerrilla.

El mundo a su alrededor olía a muerte y Mauro no sabía bien por qué.

Esa mañana de Julio había sido la más fría de la década. La escarcha crujía bajo sus pies mientras esperaba el viejo Bedford de la línea 386 que lo llevaría por el camino más largo con la contraprestación de ir sentado todo el recorrido.
Bajó cerca del matadero donde las cuencas vacías aún lo miraban con descaro, revisó sus provisión de cigarrillos para encarar la fría mañana y se dejó llevar por la vela que era su tablero navegando por la desolada avenida que no terminaba de despertar.
La anciana no estaba tejiendo. En su lugar se observaba a cuatro civiles y un sobrealimentado policía que parecía mirar como mudo testigo sin tomar intervención. Cuando Mauro arrió las velas para atracar en puerto seguro su nave, pudo ver que bajo la abandonada vidriera vacía de zapatos estaba ella, acurrucada como un ovillo de su lana azul atravesada por las agujas de hielo de aquella mañana.
Era su primer muerto y Charly no dejaba de cantarle en la oreja que eran épocas donde uno no debía temerle a la muerte y había que invitarla a la cama. Nunca había imaginado que sería ese tipo de cama, tan solitaria, fría e inhospitalaria.
Uno de los hombres tomo con un poco de asco un tobillo de ese montón de huesos que ahora era la anciana y tiró para retirarla de ese escondrijo que había sido su lecho de muerte. Mauro quedó sorprendido por la rigidez de ese cuerpo marchito que parecía más un maniquí de yeso que una persona capaz de tejer una mañanita cada mañana. Vio la cara desdentada de la muerte y quedó petrificado con la revelación de la nada, del objeto sin alma en que se convertía finalmente un cuerpo vacío.

Un saco de cuero viejo lleno de huesos.

Sintió una mano sobre su hombro que lo sobresaltó sin miedo.

-Palmó la vieja pibe- le dijo el policía a modo de aclaración innecesaria. -Dale, andá para el cole, que acá no hay nada para ver...-

Y Mauro se dio cuenta que el policía estaba errado. Que entre tanta muerte injusta que lo rodeaba cada día, en esta oportunidad y por primera vez en su vida, se la habían presentado personalmente.


O.Pin
Enero 2017.
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