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1 de octubre de 2014

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A mi diablo


Hago lo posible por encontrar a Dios y, me preocupo porque tú no estás aquí diablo mío;Dios me busca y tú te escondes de mí, es difícil entender que los dos habitan en este mismo cuerpo, en el que vivo y en ocasiones me siento tan grande como mi Dios o tan deprimido como tú diablo mío.
No buscaré en los libros quienes son, pues Dios y tú fueron hechos a la medida de mis acciones y con la horma de mis frustraciones. Dios, el mío, me cautiva con regalos y dones, pero tú me enseñaste a destrozarlos con el ímpetu de mis emociones.
Caminé algún tiempo, de niño, con el apoyo de mi Dios y, cuando crecí y creí hacerme fuerte, creí ser más astuto que tú y, de todas las veces que jugué contigo, no recuerdo al menos un triunfo, sólo juegos muy entretenidos, en los que no estoy seguro de que yo haya sido el más divertido.
Después de los breves juegos descansas un poco, creo que en ese tiempo me estudias, sólo un poco, hasta eso, no creo que lo sepas todo, pero yo me encargo de confesarte hasta el último detalle para que vuelvas como siempre y juguemos el mismo juego.
Increíble mi divino talento y fuerza para regresar a ti y regresar al mismo puesto, al inicio del juego, en el que sólo cambian los juguetes siempre prestos, para encontrar en ellos el vacío que como hoy se siente lleno de él todo mi cuerpo, creo que lo divertido no es el juego sino el resultado de mis sentimientos,siempre entregados, siempre traicionados.
Pobre diablo mío, debes estar tan cansado de vivir así, que necesitas morirte de risa de vez en cuando, pobre diablo mío que nadie te enseño a jugar juegos nuevos, que te diviertes tanto y tanto como un tonto con el mismo soñador, con el mismo cuento, sin pensar que existes sólo porque existo y que juegas sólo porque yo al igual que tú no dejo de jugar con el mismo juego.
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28 de septiembre de 2014

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Las plazas


Las plazas siempre fueron para mi un lugar de paso.. me causa mucha curiosidad la gente que se sienta en una plaza por el simple hecho de estar.. De permanecer allí por una razón y no para esperar... Esos transeúntes que se pierden contemplando el reflejo de una fuente de agua.. O esos niños traviesos que se desviven por arrojar trozos de pan a un manojo de palomas hambrientas.. Siempre fueron para mi como una simple foto, hermosa, cálida, pero estática.. No mas que eso.. Sera que no me gusta estar quieto, o me aterra la sensación de estar esperando algo que no llega.. O ahondando un poco mas en mi interior, quizás sea esa imposibilidad de estar solo conmigo mismo por mucho tiempo, lo que me impide apreciarlas... O tal vez me suceda que habiendo conocido el paraíso de las sierras, la arena del río, la sombra de un sauce; todo esa masa uniforme de concreto y asfalto me parezca una simple maqueta, sin vida, una suerte de oasis seco en medio de una ciudad oscura... No se... No me gustan las plazas...

Gisela Antonelli
http://emiantonelli.blogspot.com.ar/
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22 de septiembre de 2014

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Al final de la calle



Rogelio seguía trabajando mientras decía para sí,-sólo revisó algunas cuentas más,- miraba los papeles pero no podía concentrarse, la vista se le nublaba y el pulso era cada vez más fuerte, ¡lo oía!, sentía como latía su sangre, su cerebro punzaba cada vez más y más fuerte, como si le fuera a estallar, no entendía, nunca se había sentido tan mal, los músculos de su cara se retorcían y su pecho fatigado dolía en cada inhalación.

Con su cuerpo encorvado abrió el cajón de su escritorio buscando la tarjeta del médico, tomó el número y con dificultad lo llamó.

-¿Doctor?, habla Rogelio Roque, ¿puedo verlo?, sé que es un poco tarde pero no me siento bien, ¡creo que tengo fiebre!.-

- Respire profundamente Señor Roque, tome un poco de agua y aquí lo espero.-

-¡Gracias doctor!, estoy cerca, no tardaré en llegar. -

Tomó sus llaves y salió de su oficina, dejando su computadora encendida pues volvería a terminar algunos pendientes.

-Nunca pensé que el edificio luciera tan callado, son apenas las once treinta de la noche, ¡qué!, ¿nadie más trabaja a esta hora?-

-Se me hace eterno llegar a mi auto, son sólo unos cuantos pasos pero mis pies pesan, mi respiración no me ayuda mucho y mi mandíbula se entumece, ¡no deja de temblar!-

Rogelio salió del edificio y tomó de inmediato la gran avenida, mientras una ligera lluvia comenzaba a mojar el pavimento, de esas que duran y son constantes; por un segundo sintió como si el dolor pasara pero enseguida volvió, ahora más ofensivo, hasta encorvarlo aún más.

Estacionó su auto y como pudo bajó de él para tocar la puerta del consultorio.

-Adelante Señor Roque, tome asiento y ¡dígame!, ¿qué le sucede?-

Después de relatar su malestar, el Doctor le suministró una inyección que le relajaría la tensión muscular mientras Rogelio respondía algunas preguntas sobre su salud de los últimos días;bebió un poco de agua que el doctor Campos le pidió que tomara, a la que agregó dos gotas elegidas de entre muchos medicamentos de la vitrina.

-Señor Roque, le recomiendo que llame a alguien para que venga por Usted, ¡debe descansar!-

-¡No Doctor!, no se preocupe, no voy muy lejos.-respondió.

El Doctor tomó su recetario y mientras escribía, veía a Rogelio quien sostenía la mirada en un punto fijo.

-Mire, lo que Usted tiene es una fatiga acumulada por el exceso de trabajo al que se ha sometido y un desorden en el sueño, duerme muy poco y, por lo que me ha platicado me atrevería a decir que está en un episodio depresivo, por ahora deberá tomar un pequeño descanso y tratar de aligerar por algunos días su trabajo, su salud podría empeorar si no sigue mis indicaciones, ¡váyase directo a dormir!, lo que le receté son vitaminas y…, ¡tome!, llévese estas gotas, las deberá tomar antes de irse a la cama, ponga cinco de ellas en un vaso con su bebida preferida, lo harán dormir por lo menos ocho horas continuas, sólo tómelas por cinco noches, después deberá hacerlo sin ellas y ya verá que en pocos días se sentirá mucho mejor.-

-Gracias Doctor,-

Rogelio tomó el medicamento y su receta mientras se decía así mismo-¡maldita sea!,no me quiero ir, quisiera estar sólo un rato más aquí,- pero la inercia lo hizo levantarse, tomó la manija de la puerta y un extraño impulso lo detuvo, el desasosiego se apoderó de él. Algo confuso, se detuvo un segundo hasta que la mano del Doctor sobre su espalda hizo que reaccionara y salió del consultorio de manera mecánica.

Subió a su vehículo, mientras decía en voz alta -no puedo estar en ningún lugar sin desear en todo momento estar en otro, me siento muy mal y creo que nunca me había sentido tan vulnerable, debe ser mi cansancio el que me hace sentir casi indefenso, ¡está bien, esta vez lo haré como lo indicó el médico!, ¡vamos!, sólo un poco más y estaré en mi casa, en mi cama, lo necesito, creo que…, no lo sé…, ¡otra vez….,!, ya no quiero pensar más.-

-Esta colonia solitaria y el piso húmedo por la lluvia tiene un ritmo tan acompasado…, como si fuera para siempre, entre esos reflejos amarillos ocres que escurren del alumbrado público adelgazan mi estado de ánimo, pondré sólo unas gotas más sobre mi lengua, quizás el médico no me dio lo suficiente.-

-Debo regresar a la oficina para llevarme un poco de trabajo a casa, ¡mañana no saldré!¡Qué frío se siente!-

El temblor que cimbraba sus manos había menguado pero su cuello aún parecía contraerse casi hasta la asfixia.

Rogelio puso el seguro de su puerta mientras que la radio llamaba su atención.

-¡No sé!,¿desde cuándo no lo enciendo?, creo que no me había dado cuenta de que he pasado mucho tiempo sin escucharlo.-

-¡Una buena canción por favor!-con uno de sus dedos oprimiendo un botón intentó sintonizar algo.

-Si fuera posible que se calmara un poco este frío, ¡no le haré caso!, me tomaré sólo un minuto, ¡necesito respirar!, sólo un poco, sólo un poco.- decía mientras miraba correr las gotas sobre el cristal de su auto.

-Sólo gente hablando, ¡quiero una melodía!, ¡carajo!, ¡ya me pasé!, estoy muy distraído, no vi la calle que me llevaría directo al edificio, ¡por fin una melodía en la radio!, ¡me encanta esta canción! <¡!!!! I want to know… have you ever seen the rain?...comin´downon a sunnyday?!!!!!!> Esta calle debe sacarme a la avenida principal, no soporto el juego de luces blancas, amarillas, rojas y verdes, ¡todas me lastiman!-

-¡Me gusta la música!, me tranquilizaré un poco, ¿qué importa?, sólo daré una vuelta a la calle y regresaré a la avenida por la que venía, debo calmarme, no pasa nada, creo que ya no puedo seguir así, me he convertido en un maldito neurótico y ahora hasta al médico debo consultar; haber esta debe ser la calle, ¡no!, es sentido contrario, ¡esta canción sí que es buena!, no quisiera que terminara.-

-No reconozco nada, creo que todo cambia por la noche, todo es tan extraño, es como si nunca hubiera pasado por aquí, no reconozco detalles, ¡debo regresar!, creo que no saldré por aquí, ¡no!, ¡no echaré reversa!, debe haber una calle más allá que me lleve a la avenida, ¡qué focos tan brillantes!,y ¡qué puerta tan angosta para un lugar así!, miro a través de la ventanilla;mi radio ahora es opacado por la melodía que sale de ese sitio, ¡al menos se oye bien!, es “Heart of glass”.-

¡Que puerta tan rara!, las estrellas que la decoran no combinan para nada con esa cortina roja de terciopelo -¡vaya estilo!-

-¿Qué debes sentir para meterte a lugares como ese?¡Ya no sé a dónde voy! ¡Creo que este ya no es mi camino! ¿Mi camino? ¿A caso hay caminos susceptibles de apropiación? ¡No!, otra vez quiero discernir todo, ¡esta vez no discutiré ningún tema!, he llegado al final de la calle y no me conduce a ningún sitio, ¡regresaré!,-

-Mi retrovisor me muestra de nuevo el lugar entre bar, cantina o quien sabe que congalde quinta, giro lentamente mi volante hasta el tope de la dirección y de reversa apunto mi vehículo de regreso con un pie resguardando el freno.-

-Mi cuerpo ahora se siente un poco mejor, muy ligero, no hay dolor, deben ser esas gotas que me dio el médico o las extras que yo mismo me receté, suelto el freno y mi auto se desplaza muy lento como si quisiera que el viento lo detuviera levemente hasta que un latigazo de luz directo sobre mi rostro me alerta; es un joven con una lámpara que me indica cual es el lugar en el que debo acomodar mi auto, al mismo tiempo que un hombre corpulento me observa bajo el foco de la entrada del lugar, apretando su saco contra su cuerpo para disimular el frio de la noche; increíblemente de una sola maniobra ya estoy estacionado y mi mano que actúa de manera autónoma apaga el motor.-

-Llevo mis cigarros, mi encendedor y… mis gotas; camino muy derecho, hasta el punto que la lluvia golpea mis mejillas, ¡me siento bien!, ajusto mi mirada hacia los ojos del hombre de la puerta, creo que va a revisarme.-

-Adelante señor, qué gusto verlo de nuevo-

-¿Cómo estás Tayson?, ¡ya sabes! mi medicamento de siempre.-

-No hay problema señor sea Usted bienvenido.-

-Algo extrañado, aparto con mucha desconfianza la cortina, no se ve nada, está muy oscuro, una pequeña luz, ¡no!, no es una luz, son sólo trazos entre las mismas sombras, la música se hace más y más fuerte, mientras unos contornos de figura femenina me conducen al interior,en el que puedo distinguir a una mujer que se sujeta al micrófono, -¡es magnífica!,tiene una cara llena de detalles tan burdos pero tan ordenados que rayan en lo divino, un filo suave toca mis piernas, ¡qué bien que en este sitio haya sillones tan suaves!, no puedo dejar de sentir como crece mi curiosidad conforme crece la melodía que llena de vértigo mi estómago, hundiéndome entre cojines muy cómodos que me hacen disfrutar este lugar.-

-Con un cigarro colgando de mi boca busco mi encendedor;pero por más que abro los ojos no alcanzo a ver más que la orilla de una barra sin cantinero, ¡muy, muy lejos de mí!-

-¡Qué gusto que nos acompañe en esta noche!- dijo una voz femenina.

-Esa voz, suena familiar, pero no puedo identificarla, por más que busco rasgos en su cara iluminada por el fuego ofrecido por una de sus muy delgadas manos que encienden mi cigarro, quedo sin palabras mientras sonrío algo torcido,tomo una firme bocanada de humo, sintiendo una especie de calma sobre mis hombros, dejándome conducir muy lento por el lugar, ¡qué extraño!, no veo a nadie más, tomo del vaso que aguarda sobre la barra, lo bebo todo, identificando un delicioso brandy que se desliza por mi garganta… ¡ella sigue aquí!, ¿qué debo hacer?;está tan cerca, se sienten tan bien sus manos ahora abrazando y acariciando de manera perfecta mi pecho que crece avasallado por un suspiro mientras su figura protege mi espalda, emoción que me exige cerrar los ojos con la intención de guardar por siempre éste efecto tan hecho a mi medida con la envoltura de su voz como un obsequio para mi alma.-

-Camino tras ella, tomado de su mano y no dejo de mirar su pelo, no entiendo pero salimos del bar, ahora la noche se ha hecho más fría, me dejo llevar caminando por la acera mientras la lluvia moja nuestra espalda, la detengo con la ilusión de mirarla bajo la luz del único candil que alumbra la calle, pero me toma tan deprisa y de una manera tan majestuosa que no puedo hacer más que permitirme sentir sus labios mientras cobijo su cuerpo con mis brazos arrebatándole de todo el mundo.-

-Es tan buena esta sensación, que… ¡me da miedo que termine!, aún se escucha la música del bar, ahora lejana pero dando vida a este momento que ya no sé si tiene sentido;observo los colores que escurren del candil, mismos que hacen brillar con destellos agonizantes de sol sus cabellos y la espalda empapada de este loco tan aferrado como ella, adornados por la lluvia.-

-¡Mi respiración ahora se hace lenta, como ligera; es esa música, la lluvia o sus labios, ¡no lo sé!..pero… <¡!!!!...soon turned out had a heart of glass…!!!> !Vaya canción!.-

-¡Señor Roque…!!!, ¡Señor Roque…!!!, ¿Se encuentra Bien?, ¡baje la ventanilla!.-

-¡¿Doctor?!!!!...-


Leopoldo Trejo Casas
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17 de septiembre de 2014

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Errante sin sentido


Ese sin sentido en el que se balancea la vida.
Ese comienzo incierto y final inconcluso propio de las historias a medias recordadas.
Ese ir y venir constante que nos ata a todos lados y al mismo tiempo a ninguna parte.
Ese pertenecer a nada y conformar un todo.
Ese querer ser un todo para quien quiere nada.
Ese "no sé qué" inevitable que juega al escondite con el “sí” y el “no” sin atrapar a alguno de los dos.
Ese borrón en que se convierte el olvido, el pasado, lo vivido.
Ese avanzar hacia atrás a través del tiempo: Entre más segundos, menos momentos. 
Esa frontera a la deriva atrapada entre dos mundos.
Ese agobiante sobrevivir en el futuro y sobrar en el presente.
Ese soñar con las pupilas encendidas sin edificar algo y destruirlo todo al cerrar los párpados.
Ese hablar sin decir ni sentir, ni pensar.
Ese querer ir lejos sin partir ni llegar.
Ese estar rodeado y lleno de movimiento, pero quedarse paralizado con el alma hueca y la mente en blanco en un espacio inerte donde se acumula el vacío.
Ese accionar dormido que no permanece en vigilia ni cuando el querer o el poder lo acompañan.
Ese infinito en el que nadie cree y sin embargo, sigue protagonizando papeles.
Esa verdad bien vestida con demasiado decoro para dejarse ver desnuda.
Esa nada y ese todo que son contrarios, pero casi parecen sinónimos.
Ese existir sin ser, ese estar sin ocupar, ese vacuo significado de vivir que torna insignificante el resto de las cosas.
Ese sin sentido en el que nos balanceamos todos, donde los verbos se apegan a sus infinitivos y hacen posible que hasta suenen incoherentes los sustantivos.
Ese “siempre” y ese “nunca” que se enganchan de igual modo a principios y a finales, que sostienen una cuerda casi imaginaria a la que nos asimos un instante y luego desaparece dejándonos extrañados; porque aunque no haya algo sólido y visible a lo que aferrarnos, seguimos colgando con los brazos extendidos y los puños apretados.


¿Por qué nunca la aferramos, por qué siempre la soltamos?



Fritzy Zamor


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11 de septiembre de 2014

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Useless performance...


Podría haber jurado que el sabor del vino no era el mismo. Ahora lograba distinguir aquel olor a almendras. Inconfundible.

Mi mano aún sostenía la copa de vino. En la mesa el pavo ahumado exhalaba las fragancias más exquisitas. El arreglo en limas era sublime, mi preferido como muy bien él lo sabía. Las nueces en absoluta simetría despojados de sus corazas, formaban junto a las hortalizas, una obra digna de los enramados de Gibbons.
La velada había sido preparada con esmero. Las velas, con su tenue y plácida luz, luchaban, no sin esfuerzo, con la brillante luminiscencia propia de las noches de luna llena.

No menos de cinco metros nos distanciaban. Los arreglos habían sido claros. Cada uno debía sentarse a extremos opuestos, la servidumbre, se encargaría de traer el festín, y de servir en lujosas jarras el vino. Luego se retirarían para no volver.

El casero comprendería de inmediato los gestos del anfitrión, no interrumpir la velada bajo ninguna circunstancia. No había escapatoria.
Era momento de hacer uso de mis primeras lineas. Posé la vista sobre algún exótico fruto...
"¿Qué es esto Oscar? nunca antes lo había visto, ¿pretendes acaso encantarme con exóticos y mágicos frutos? Ofrendas; no hay duda, de alguna de las diosas que se inclinan ante tu encanto, en esos viajes tuyos Oscar. ¿De dónde es que vienes esta vez?"

"Para nada Alfred". Sus ojos denotaban una sutil fiereza desde el primer momento, lo notaba tan claramente ahora. Una idiotez de mi parte evitar la rudeza con tal de buscar su aprobación.

No busco justificarme, también ustedes caerían ante tales artilugios Ante tal destreza. Ante tal seducción.
Quizá en mi inconsciente ya lo sabía, y con alguna bizarra esperanza, lo deseaba. Por tanto, aún así, seguía yo atento, expectante; disfrutando, por qué no, de tan compleja y formidable dramaturgia.

Dejé caer, con un exagerado movimiento, la copa de vino.
Como era previsible, su maliciosa sonrisa se ensanchó aún más en su angelical rostro.
Cumplía con mi papel a la perfección, moría y le daba el gusto.

Un insípido terror se hizo paso entre mis sentires, lo dejé jugar con mi rostro. El realismo alcanzado, digno de las más intensas exhalaciones.
Las palpitaciones podían escucharse en mis oídos, la vista se nublaba, perdía claridad y enfoque. La plana superficie a mis pies oscilaba ajena a su característica fundamental; jugaba así como yo a la muerte, a ser mar.

En tanto mis entrañas se retorcían. Intenté sin mucha gracia tomarme de la mesa, y evitar la caída. Mi desempeño perdía encanto, la rabia se retorcía en mi cuerpo.
"No me sirves con vida, Alfred" - susurró el demonio a mi oído.

¡Oh! Esas palabras, tan perfectas; tan dignas del momento. ¿Cómo podría mi mente (¡mi esencia) odiar tan sentido ejercicio que no hacía mas que aflorar nuestra profesión? No lograba odiarle, ni culparlo. Obtendría su merecida victoria.

Intenté en vano ejercer dominio sobre mis extremidades.
Mis ensayadas palabras no lograban salir de mi cuerpo, y la rabia volvió a hacer de mi uso y abuso de su poder. No logré contener el impulso de mis entrañas, y con el intento de un grito ahogado, expulsé, poco a poco, la ponzoña de mi cuerpo.

El proceso fue lento, pero gratificante. Él sostenía mi débil cuerpo con sus fuertes brazos, mientras yo eliminaba de mi cuerpo, todo rastro de mi esencia.
No titubeó ni por un instante, su proceder era firme, seguro, elementalmente perfecto.

Eugene


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9 de septiembre de 2014

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Psicosis


Apenas desperté, escuché sus gritos desde el cuarto de baño. Cegada aún por la intensa luz matutina, me puse en pie rápidamente. Estaba en el suelo con la cabeza entre las rodillas sollozando y murmurando algo apenas audible.

—Ésta no es mi mano —soltó en cuanto notó mi presencia.

— ¿De qué rayos hablas? —dije extrañada —Eso no tiene sentido.

—Es la de alguien más. Seguro durante la noche me la cambiaron. —afirmaba —¡me dieron la de otra persona!

—Claro que es tu mano. ¡Estás loco!

Pero tras darle un vistazo de cerca y después de escucharlo tan convencido, no me quedó más remedio que aceptar lo imposible. "Se la cambiaron mientras dormía".

—Iré al médico —dijo.

—Terminarás en el psiquiátrico —le advertí.

"¡No es mía!" gritaba cada vez más convencido extendiéndome con asco su palma derecha.

Me senté a su lado en el piso del baño sin entender lo que estaba pasando. Seguramente era uno de esos sueños extraños que tengo con regularidad.

Tal vez un "mal viaje" a causa del ácido de la noche anterior.

—Córtala— dijo firmemente.

—No puedo — balbuceé —nunca podría.

—Demuéstrame tu amor— me retó — ¡Córtala!

Agitaba su brazo con violencia frente a mí. "¡Hazlo!" me repetía. Me miraba con el rostro desencajado y lágrimas en los ojos. "¡No la quiero si no es mía!".

No estaba segura de que siguiéramos bajo el efecto del alucinógeno, me sentía bien, pero de pronto tuve la inmensa necesidad de ver satisfecho su deseo, de ver esa mano desprendida de su cuerpo.

— ¡Esta bien!— dije —Voy a ayudarte.

Lo dirigí a la cocina a unos cuantos pasos del baño, siempre hemos vivido en lugares pequeños. Una vez sentado y con el brazo extendido corté su circulación con la misma ligadura que suele usar para la heroína. Sujeté tan fuerte como pude y con el cuchillo más grande que encontré en la gaveta, comencé la amputación. Un corte profundo en la muñeca manchó en un segundo toda la mesa. Sin prestar demasiada atención a lo que hacía, perdí la mirada en la blancura del mantel siendo profanada velozmente por la rebelde sangre que ensuciaba todo a su paso.

Cuando volví en mí, pude ver el pedazo de carne adornando la mesa ensangrentada, aún goteando y a mis pies su cuerpo inmóvil.

Hacían eco en mi cabeza gritos de dolor y locura que me producían una excitación perversa. Desgarré mi blusa para presionar su muñón que no dejaba de sangrar. A los pocos segundos recuperó la consciencia y viendo la mano ajena a su cuerpo soltó una carcajada sonora y enferma que me estremeció por completo, se contorsionaba de dolor y placer al mismo tiempo sin apartar la vista de su extremidad mutilada.

Cuando lo sujeté para tranquilizarlo noté que ardía en fiebre. Me pasé su brazo sano por el cuello para incorporarlo y llevarlo hasta el baño con la idea de medicarlo, al entrar al cuarto se apartó de mí y recuperó una extraña cordura. Caminó hacia el espejo del lavamanos mirando incrédulo su reflejo.

De pronto y sin darme cuenta, me recorrió una excitación sobrehumana por todo el cuerpo, su reacción ante el espejo me estremecía y en tan solo un segundo fui transportada a la cumbre de la locura, anticipándome a sus palabras:

—Ésta no es mi cabeza.

Sahira Chapa
http://viajealcentrodmp.blogspot.mx
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7 de septiembre de 2014

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Monólogo


Ibas a entrar, estoy convencida, porque reconocí tu paso seguro direccionado hacia la puerta alta, de vidrios gruesos y biselados con adornos de bronce, bien pulidos en sus aldabas. Era la puerta del bar de calle Suipacha, ése, de los encuentros fugaces en tardes de invierno y más duraderos en siestas de verano. Ése, donde las mesas y sillas son de madera negra reluciente y los camareros lucen graciosamente camisa blanca impecable y moño rojo al cuello. Entrabas justamente a ese Café porteño donde el tango está ausente porque las voces de los LCD invaden el ambiente con noticias de futbol o política salvo, cuando de vez en cuando, si un monitor se apaga, puede escucharse a Shakira o a Charly en sus antiguas versiones de rock. Este bar, querido mío, ya no ostenta la media luz de hace veinte años atrás, sino que por el contrario, las dicroicas hieren la vista. Te vi esquivo, te sentí cobarde. Pero. . . ¿Qué estaba pensando? Aparté de mi mente ese pensamiento. Era casi soberbio. ¡Hacía tanto tiempo! Para qué imaginar, suponer, desear cosas, si seguramente no me reconocerías. Los años pasan y las etapas de la vida se cumplen inexorablemente. En algunas, se ganan kilos y se pierden las sonrisas puras e intrascendentes de la juventud. Además, yo no permitiría que nadie viera una sola cana en mi cabeza que siempre gozó del reconocimiento generalizado por el brillo y el color azabache del pelo y, recién tengo turno el jueves en la peluquería. Repito, te noté esquivo y sólo porque estaba yo en ese bar, oronda frente a mi Notebook escribiendo la lista de tareas del día siguiente o borroneando algún poema o simplemente curioseando en Internet, justo sobre la vidriera que daba sobre la calle transversal, cuyo nombre nunca recordé. Qué pena me diste. Ella queriendo entrar y tú acorralado contra el vidrio forcejeando por volverte sobre tus pasos. En el tire y afloje ganó ella. Se veía una buena mujer: delgada, rubia, arrugada como típica fumadora de años, con la tez opaca por la nicotina, pero parecía buena al fin, y se colgaba de tu brazo tan cariñosamente, que me conmovió. Es curioso cómo las mujeres en ciertas ocasiones nos aunamos, nos entendemos y hasta nos queremos, aunque haya un hombre de por medio. Y te digo, aunque sé que nunca leerás esto que escribo, nunca. . .De no ser por esa actitud de búsqueda de protección de tu mujer, te hubiese salido al encuentro. Vamos, te dije con los ojos, vamos. . . entra, si el tiempo ha pasado. . . o voy a creer acaso, que el tango tiene razón, que: veinte años no es nada. . . Con tu actitud casi me lo creo.

Alcé mi PC móvil y salí presurosa sin rumbo. . .

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6 de septiembre de 2014

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Símil Blattodea


Igual que las cucarachas. Hay días que te sientes tan infame como un rastrero y no puedes dejar de reclamarle a los cielos el hecho de que alguien desde las alturas te esté escupiendo. Días de esos en los que parece que te has dado la mano con el diablo sin importar si eres zurdo o diestro porque todo te sale volteado, los caminos se tuercen, más que nadar debes pelear contra la corriente y hasta las manecillas del reloj se vuelven menos inofensivas de lo que parecen.

9.30 hace media hora que debería estar exponiéndoles el proyecto a los ingleses, esos que tienen la vida minuciosamente cronometrada sacarán su guillotina y me condenarán por la tardanza. Nada, esto no avanza, he quedado atascado en el tráfico, va para largo. Llamo a la oficina y los pongo al tanto:

–Llegas sí o sí. Que es la mejor oportunidad que hemos tenido en años. ¡Es que si no te matan los británicos, nosotros nos encargamos!

Cuelgo. Toco bocina. Venga, ya estamos, esto como que se afloja. Pienso que al final del día tal vez pueda conservar mi cabeza y… ¡Mierda! El imbécil de atrás ha impactado de lleno el parachoques. Bajo para evaluar los daños. ¡Válgame, pero si lo ha desmontado! A saber de dónde sacó éste la licencia de conducir.

–A ver si miramos mejor el retrovisor –le escucho decir con ironía al apearse de su auto–. Creo que no vas mal, solo tendrás que pagarme por uno de los faros delanteros.

¡El colmo del descaro! Y encima en cuerpo de mujer. Batalla perdida, allí no se puede razonar. Toca llamar a tránsito y ojalá se den prisa. Espero, espero, espero. La mujer se amotina, sube de nuevo a su auto, pone la marcha, se da a la fuga.

– ¡Heeeey! –le grito. Asoma la cabeza por la ventanilla, mientras me responde alejándose:

– ¡Nos vemos en las vías!

No me lo puedo creer. Encajo el parachoques lo mejor que puedo y tras subirme al auto, lo pongo en movimiento. Es tarde, así que acelero para recuperar el tiempo perdido, quizá tenga chance de agarrar de salida a los ingleses. ¡No puede ser! Una patrulla me insta a detener el auto. Multa segura. Recibo la hoja que me tiende el policía y me contengo en mitad de un improperio, creo que después de todo le ahorraré trabajo a mis verdugos, la sanción recibida me sienta igual que un disparo en los sesos.

Al fin llego al edificio, estaciono el auto en el primer espacio que veo y subo hacia la reunión. Ni rastro de los ingleses. Entro a la oficina, una ola de aplausos me da la bienvenida. Mi sentido de ubicación y coherencia se afecta. Siguen aplaudiendo entusiasmados, me siento tentado a compartir su alegría.

– ¿Qué celebramos? –pregunto.

–Tu imbecilidad, menudo inútil. ¿Qué te parece mandar toda una empresa a la ruina?

–Una maravilla. –respondo entre dientes con una torcida sonrisa, cínico.

Desalojan la oficina, no sin antes lanzarme sus profundas miradas de aprecio y dedicarme sus mejores deseos.

–Ah, por cierto, les he dicho que les llevarías los planos a primera hora de la tarde. ¿Crees que podrás hacerlo? –me dice el mandamás antes de atravesar la puerta.

–Por supuesto. –respondo con una seca inclinación de cabeza.

Se burla por lo bajo emitiendo un sonido inarticulado. No me da chance si quiera de sentarme al escritorio, consulto la dirección, le echo un ojo al reloj y salgo pitando. Son más de las doce y me pregunto cómo carrizo se atraviesan 70 kilómetros de carretera en menos de tres cuartos de hora.

Como si corriera en un maratón dejo el edificio rumbo al coche, no está donde lo he estacionado, ha conseguido nuevo lugar enganchado a una grúa que se aleja remolcándolo. ¡Maldición! A ver qué pacto no le he cumplido a las tinieblas. Paro el primer taxi que pasa y me vuelvo un embrollo entre el puesto de atrás con los planos. Le doy la dirección al chofer.

– ¡Caray! Fíjese que no conozco muy bien esa ruta. ¿Le importará servirme de guía?

Lo que faltaba. Le digo que no habrá problema, pero ¡vaya que lo hay! El tipo carece de orientación espacial y cuando indico que gire a un lado termina tomando el opuesto. A ese paso tardaré el doble de tiempo en llegar. No hemos recorrido ni la mitad del camino cuando el auto se detiene.

¿Y ahora qué? El anciano me mira insistente desde su asiento.

– ¿Le molestaría empujar?

Me froto el rostro con las manos, como si quisiera arrancarlo. Así quizá la suerte que hoy me acompaña me desconozca y se marche espantada a otra parte.

Con mucho esfuerzo llegamos a una estación de gasolina, mientras se llena el tanque del auto mi estómago me recuerda que mi cuerpo también necesita algo de combustible. Voy a por un café, decido sentarme en la acera a beberlo mientras observo un malabarista manipulando bastones de fuego. Uno de ellos se le sale de control y va y cae en mi dirección, me aparto pero no lo suficientemente rápido para evitar que prenda el saco que tenía colgado del brazo, antes de soltarlo logra traspasar la manga de la camisa. ¡Rayos! Ahora luzco una hermosa quemadura en la piel y una oscura mancha en el pecho se mofa de que no haya podido beberme el café.

–Ya lo peor ha pasado, podemos marcharnos. –me anuncia el chofer y yo lo miro iracundo antes de ponerme en pie.

Tras otro tanto de orientación frustrada, el auto vuelve a detenerse.

– ¡Ah, no! Esta vez no ha sido culpa mía. –Se excusa el chofer­–. Solo puedo traerlo hasta aquí, está cerrado para vehículos.

¡Arrrg! Bajo del auto, tomo los planos con notoria molestia y lanzo la puerta. No estaba entre mis planes hacer camino a pie. Mucho más adelante hay una gran barricada, un guardia se acerca y me prohíbe el paso, indica que están en construcción y las vías estarán cerradas hasta que terminen la obra. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Empiezo a atar cabos, entra una llamada al móvil, la contesto.

– ¡Ah! Se me había olvidado informarte que los británicos no quieren los planos sino hasta la semana entrante y que cambiaron de oficina administrativa porque están remodelando la antigua.

Corta, evitando que la lista de imprecaciones e injurias que empiezan a desatarse de mi boca lleguen a su correcto destinatario.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –me descontrolo, mando a volar al teléfono, quiero arremeter contra cualquier cosa, pero la nada me parece un indigno contendiente. Pateo cual idiota el pavimento y en una de esas uno de mis zapatos queda embadurnado de algo pastoso. ¡Puaj! Mierda. De tanto nombrarla, no me extraña que haga acto de presencia.

Enfadado, le grito a los cielos e inmediatamente me responden enviándome un magistral aguacero que si pretendía ser un baño de bendiciones, a mí me cae tan bien como un baldazo de orina. Y secretamente sé que esto último, tras todos mis insultos, sería una insignificancia comparado con lo que pueden hacer los de arriba.

Los planos cargados a más no poder de agua son una pérdida, la ropa empapada se me pega a la piel. Para la hora en que estoy frente a mi casa no doy un céntimo por mi alma y antes de entrar tiro a la basura los zapatos con la sensación de que son felices de deshacerse finalmente de mí.

Mi chica me abre la puerta y se detiene en seco, espantada. Debo de dar una buena imagen descalzo, calado hasta los huesos, casi a medio vestir con la camisa manchada y rota, los ánimos halándome hacia abajo y una expresión de derrota. Yo entro indiferente y luego la escucho gritar mientras corre a subirse al sofá.

– ¡Una cucaracha! –grita. Sí, ya lo sé, que es así como me siento. Me giro a observarla y entonces reparo en que me señala algo en el suelo.

– ¡Mátala! ¡Mátala!

–Anda, pero si solo es un pobre insecto.

– ¡Ya te digo! ¡O duermes con ella o conmigo!

La aplasto de un chancletazo y al hacerlo tengo la impresión de que también ha disminuido mi desdicha. Mi chica se acerca, me tiende la mano.

–Vamos a darte un baño.

Miro a la preciosura que tengo al lado, al asqueroso cadáver de la cucaracha en el suelo y pienso: “Ni de lejos me le parezco”.


Aldo Simetra


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