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29 de octubre de 2014

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Ironías de la Modernidad


Guillermina Pérez, mujer pasada los 40, ama de casa, esposa y madre, se encontraba en su casa preparando la cena. Ya estaba casi lista y decidió pasar una escoba por su humilde morada mientras en la olla, montada sobre la hornilla, se terminaba el proceso de cocción. El primer lugar que eligió para librar al suelo de impurezas fue la sala y allí se encontró a su hijo con la mayor compañía que hasta ahora le había conocido.

– ¡Sal de ese bendito aparato, muchachito, pa' que conozcas mundo! –Le dijo mientras la escoba iniciaba su trabajo–. Dentro de poco voy a poder planchar sobre tus nalgas que ya casi están planas de tanto que te la pasas sentado frente a esa máquina. A mí que después ninguna nuera se me venga a quejar de que saliste achatado por mi culpa o por los genes. Que una los pare sanos, bien formados, y ustedes siempre encuentran la manera de atrofiarse con los años.

–Yaaa mamá... –replicó este en tono obstinado– No te pongas cansona ahora, ¿sí? ¿Pa' qué salir a perder el tiempo cuando tengo el mundo al alcance de mis dedos desde el PC? ¿O prefieres que ande de mala conducta en la calle buscando problemas? Mira que hasta soy considerado y no te doy dolores de cabeza.

– ¿Cansona? –La escoba se había detenido entre ambos puños de quien la esgrimía y esperaba paciente– Respeta muchacho'el carrizo. Si no, te doy unas cuantas y recibo las quejas de cualquier nuera con gusto. Sinceramente, preferiría que estuvieses afuera metiéndote en líos como los chicos normales –la escoba continuó su curso– antes de andar como lelo, así como retrasado aquí en la casa. ¿Es que no tienes amigos?

– ¡Uff! Cientos y cientos en la red. –El muchacho parecía indiferente y le respondía a su madre sin apartar la vista del computador.

– ¡Muchacho pendejo! –Otra vez la escoba hizo un paro en su labor– Fuera de esa cosa. En la vida real, quiero decir.

– ¡Bueno, mamá! Que es lo mismo. Existen las redes sociales, ¿sabes? Y eso no es más que la vida social llevada al mundo virtual. Es como la cotidianidad moderna. Ya sé que no me entiendes mucho porque eso en tus tiempos no existía pero...

–De paso que me quieres hacer pasar por bruta dándome lecciones, me dices vieja. ¡Ay Juan Esteban Fuentes Pérez...! Sigue así y te voy hacer necesitar a esos supuestos cientos de amigos antes de tiempo. –Se acercó al hijo con escoba en mano–. Ya quisiera ver yo cómo te ayudan desde esa pantallita o cómo te hacen el entierro desde el ordenador.

– ¡Amááá! –Dijo éste fingiendo exagerada sorpresa– ¿Vas a acabar con tu propia sangre? –Adoptó un tono descarado–. Piensa en tus futuros nietos. Además soy hijo único y a papá no le va a gustar nada que se pierda su apellido.

– ¡Me importa un pepino lo que tu padre diga! ¡Y es que en mis nietos es que estoy pensando! A ver si querré yo una parranda de mongólicos mentecatos. Mejor cortar el mal de raíz. Y hablando de eso, chico...

¡Oh, oh! Algo se veía venir.

Juan Esteban lo supo cuando la Sra. Guillermina dejó de hablar y soltó la escoba sin más, adoptando una actitud decidida y amenazadora.

La madre, harta del numerito que se repetía todos los días gracias a la insensatez de su hijo y su imposibilidad creciente para apartarse de ese maldito artilugio, quiso tomar definitivamente cartas en el asunto. "Cortar el mal de raíz" Eso fue justo lo que hizo.

Desconectó de un tirón todos los cables que fungían de fuente de energía del computador, y este en un santiamén se apagó.

–Pero ¿qué estás haciendo, vieja? ¿Te has vuelto loca?

– ¿Vieja? ¿Loca? Ah, pues mira, a mis años la locura no es novedad. –Dicho esto, sacó el monitor de su sitio con fuerza y le encontró un nuevo lugar afuera junto a la basura. Luego regresó por el CPU y más tarde, por el mouse y el teclado.

Juan Esteban había entrado en shock, se halaba los pelos con las manos con la mirada extraviada y la rabia atravesándole la cara. La madre entró sacudiéndose las palmas de las manos entre sí como diciendo: "Listo, se acabó lo que se daba". Y dirigiéndose satisfecha hacia su hijo le dijo:

–La gente mayor se altera por nada, ya ves. –Luego, señalándolo con el dedo, le lanzó una advertencia–: Y ni se te ocurra coger de nuevo esos trastos, que mañana se los cargo al camión de desechos. ¡A ver si ahora que no tienes el mundo al alcance de tus dedos aprendes a mover un poco los pies!

Dejó a su hijo asimilando sus palabras y resuelta, como si hubiese al fin terminado un asunto que tenía pendiente, recogió la escoba con la que apenas barrió nada y se fue a la cocina para prepararse a servir la cena. Mientras la veía alejarse, un Juan Esteban a medias escarmentado, lanzó por lo bajo:

–Ni modo, a papá le tocará comprarme una laptop.


Aldo Simetra


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27 de octubre de 2014

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Rejas

 

El frente de la casa es rosado. El revoque se va desgranando aquí y allá sin caerse, agregándole a la pared un tono amarillento, antiguo. Termina en la terraza, territorio inexpugnable, un dibujo de caminos entrelazados que se esconden y vuelven a aparecer infinitamente, la coronan. La puerta es altísima, dos hojas de madera, tan pesadas, que deben abrirse por las mañanas y cerrarse solo cuando la tarde comienza a trepar por la piel descascarada de la cancel. Cada una tiene, sobre el frente que da a la calle, una manija de bronce torneado, que ayuda a los niños y a los viejos a salvar el umbral de mármol gastado en el centro, desde siempre en desventaja frente a las media suelas repuestas prolijamente, merced al aporreo del martillo del morador del taller de la media cuadra, donde se mezclan el cocoliche del dueño y su mujer, con el olor de la suela engomada y los caramelos media hora con los que el tano completa los vueltos.

Platea preferencial del sábado a la mañana el umbral, los pibes menores se pelean culo a culo a ver quién se sienta en el medio, siempre que no les haya ganado de mano el viejo que vive al fondo, que suele esperar lo que le queda sentado allí, el sombrero achicándole los ojos y la hernia colgando, indolente, en el centro del pantalón. Entonces, la diversión consiste en mover de a poco esa esfinge italiana hacia un costado.

Desentendido de tales juegos, el mayor se para canchero apoyando un hombro en la madera, las manos inquietas en los bolsillos, una pierna cruzada delante de la otra y la punta de la zapatilla sobre los mosaicos, espiando distraídamente la barrita de pibas que pasean por la otra vereda. El hechizo se destroza contra el sonido del pique de “la pulpo” en las baldosas, los pies trotan prestos a ocupar la punta derecha del campo de juego, contra la raya de hierro que alguna vez fue la ruta del tranvía y bien cerca de la platea de enfrente.

Desde el conventillo de al lado, por encima de la pared que como un espejo separa y a la vez une a ambos, llega la melodía tanguera de un wincofón, Troilo frasea con su fuelle barrigón, mientras las mujeres baldean los patios y zaguanes al compás del 2 por 4. Sentado en un banco de paja un viejo fuma y espera paciente que el disco gire, hasta que el varón del tango cante una letra que él escribió, una noche en ese patio, recordando tal vez a la que fue, en otro tiempo, la más papa milonguera.

A veces, desde ese otro umbral, acompaña a los chicos un hombre que ha sido joven, el cigarro le ha desgarrado las cuerdas vocales y le ha dado un tono ocre al bigote, que casi nunca deja ver los labios, la línea de una sonrisa que, algunos recuerdan. Su voz es un ronco susurro, amigable, el fantasma disfruta solo unos minutos de la luz del día, después, descansa hasta la hora de cuidar alguna de las ventanas del boliche de la esquina, bien agarradito del vaso de ginebra.

Sobre la puerta, en una de las hojas, justo debajo de la manija, está la boca del buzón y en la otra, más allá de la altura de los pibes, una mano de bronce aprieta una bocha, cuyo destino es hacer resonar la madera, mientras ellos esperan que gracias a algún llamado vigoroso, la fabulosa garra suelte alguna vez su presa.

Al frente hay dos ventanas idénticas, tan altas que uno puede pararse dentro del rellano a ver la calle, la reja vieja pintada de negro, sostiene unos barrotes torneados, que bajan repitiendo siempre el mismo dibujo, aprisionados a las planchuelas transversales, escondite secreto de la pelota de goma a la hora de la ronda del “autito”, discretos testigos del beso entrecortado, robado sobre los pasos apurados de la salida furtiva del crepúsculo.

En las tardes de calor la hoja de la ventana queda entreabierta, mientras la noche va pintando la sombra de un paraíso sobre los barrotes. Entonces, adentro, algunos de los pibes esperan en la oscuridad, el sonido leve del roce de un cuerpo contra la reja para acercarse en silencio.

Afuera, la mano de un muchacho se apoya ansiosa en los hierros, la chica eleva un poco la punta de los pies y sobre las palabras que a él no le salen en el mismo orden que las piensa, empieza a acortar el camino del entendimiento.

Adentro, mientras los varones son una sola respiración, ni un parpadeo, ni un suspiro, a la nena se le escapa una risita nerviosa, que ya se transforma en carcajada, revolcándose sonora por el piso de madera.

Afuera, los enamorados apenas se sorprenden, mientras, el abrazo que no se desune los lleva hasta la próxima sombra, unos metros más hacia la esquina, donde al fin el beso conmueve la piel de los dos.

Adentro, los pibes se enroscan en una lucha sin cuartel en la oscuridad, olvidados de todo lo que no sea sobrevivir a semejante revoltijo. Hasta que una mano temible, chorreando burbujas de jabón en polvo, enciende la luz y ayudándose con la otra, no tan hábil gracias a Dios, deshace el ovillo, separando cada cabeza con las piernas y los brazos que le corresponde, cada risa a su boca, cada uno de los menores a un rincón y el más grande a comprar querosene, antes que se haga de noche,... ¡ Que lucha señor estos chicos ¡

Osvaldo Barales
http://patiodetierra.blogspot.com.ar/
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25 de octubre de 2014

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Soñador

Cuando dejó el retrato sobre la mesa, aún no lo podía creer. Ese hombre, que se le aparecía en sueños a tanta gente, era el protagonista de muchas de sus pesadillas. La psiquiatra le informó que estaba en estudio el porqué de tal cosa, aunque a decir verdad, la comunidad científica no tenía nada que aportar, hasta ahí los estudios habían sido infructuosos. Le quedaba el esoterismo como fuente del saber; pero a la facultativa no le diría nada, si no le lanzaría una perorata sobre lo que ella consideraba delirios místicos.
Ahora sabía que él era uno más de un grupo de soñadores que soñaban con un hombre moreno de cejas pobladas, portador de un mensaje que iba revelando a cuentagotas. Pero no sería uno más a la hora de averiguar quién era y de dónde provenía. Estaba cerca de poder leer el Ars Vivendi, libro que incluía buena parte de las artes oscuras del renacimiento tardío y que había llegado a sus manos por lo que él consideraba “causalidades del destino”. Para poder leerlo necesitaba conocer el orden en que cada página tenía que ser leída; de lo contrario, si lo leyera de corrido, el libro ardería en llamas, ya que algunas de ellas estaban impregnadas con pólvora por una técnica de sellado utilizada en la época renacentista.
En una de las noches siguientes, volvió a soñar con el misterioso hombre, y fue objeto de un fenómeno de clariaudiencia. Oyó una serie de números que, ni bien despertó, anotó en una libreta; era el orden en que debían abrirse las páginas del libro.
Abrió la primera página sugerida y pudo leerla sin problemas; sin embargo, aún era poco y nada lo revelado. Con la segunda, el libro comenzó a arder.

Texto: Luciano Doti

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23 de octubre de 2014

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Buscamos



Algunos viven,

otros buscamos,

buscamos.



Nos sentimos tan idiotas,

pero tan idiotas,

pero buscamos,

y buscamos.



Nos damos cuenta que buscamos,

pero no sabemos qué buscamos,

solamente buscamos,

y buscamos.



La vida se nos va,

y nos damos cuenta,

pero buscamos.



Los amores se nos van,

pero buscamos,

sólo buscamos.
 
Ernesto Palner
 
http://ernestopalner.wordpress.com/
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19 de octubre de 2014

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Magia Negra


Como buen cristiano Jacinto asistía a la misa de esa mañana oyendo el sermón del padre, sentado en uno de los bancos de la tercera fila entre Doña Concepción y la señora emperifollada que recién había llegado al pueblo. No dejaba de llamarle la atención ésta última; no por su físico ni sus ademanes, sino más bien por su conducta.

La señora no dejaba de vigilarlo de reojo, alarmada, como si su cercanía fuera una amenaza. Si Jacinto se movía ella se quedaba impávida, como en guardia, y permanecía en tensión hasta que él terminara su cambio de posición. En una de esas se ladeó un tanto hacia ella: Doña Concepción necesitaba más espacio, así que él muy amablemente y de buen grado se arrimó un tanto. Faltó que lo hiciera, la señora se apretujó en ella misma inclinándose hacia el extremo opuesto, se tensó toda, al punto de parecer una estatua comprimida.

Jacinto no la entendía. Para explicar su comportamiento lo único que pasó por su cabeza fue: “¡Qué rara que es la gente de fuera!”.

Siguió prestando atención a la liturgia y se olvidó de la mujer hasta que llegó el momento del Ad pacem. No hubo el cura acabado de decir: “Daos fraternalmente la paz”, cuando Jacinto ya estaba estrechando la mano de la mujer dándole el tan fraternal saludo. Al instante, ésta pegó un grito que alborotó a toda la concurrencia y se oyó como eco en toda la capilla para luego desmayarse, haciendo que todo mundo se apartara de sus puestos y hasta el clérigo abandonara el altar mayor.

– ¿Pero qué sucede aquí? –preguntó preocupado, aunque también exasperado por la interrupción intempestiva de sus oficios religiosos.

–Nada, padre. –Explicó Jacinto, quien ya había sumado dos más dos y ya tenía las cuentas claras del origen de la extrañeza de la señora emperifollada–. Que la mujer al verme recordó el color de su corazón y se asustó al ver que su interior se pudría y mi piel no.

– ¿No le habrá hecho usted una fechoría?

– ¿Cómo se le ocurre, padre? ¡Dios me libre! Aunque no sería mala idea que un servidor de mi raza le hiciera a ésta mujer una gracia.

– ¡Jacinto! ¡Que estamos en la casa del señor!

– ¡Pero si lo digo con buena intención!

A todas estas la mujer despertó de lo que creía había sido un mal sueño y cuando se halló en los brazos de aquel gran negro, se agitó lanzando manazas y emitiendo muecas a duras penas contenidas mientras gritaba desaforada, rabiando porque el hombre le quitara las manos (que no las tenía) de encima. Ante la evidente causa de su desfallecimiento, los demás ocupantes del recinto dieron voces de pena y se mantuvieron a raya con vaya usted a saber qué emoción asomada en la cara. Jacinto fue el único que no guardó distancia y la instó a acabar su perorata de insultos y blasfemias lastimeras.

– ¡Agua bendita, agua bendita! ¡Báñeme de agua bendita, padre! Necesito limpiar mi cuerpo de las manos de ese negro.

– ¡Ya, mujer! Si cree que un baño la limpia y la purifica, yo mismo le busco el jabón y le pido prestada la regadera al jardinero de Doña Concepción. –El padre se quedó viendo la escena y luego intervino.

– ¡Jacinto! ¿Es que usted la ha tocado?

–Bueno, padre, ¿cómo iba a saber que…? ¿Quería que la tirara al suelo?

–Venga, venga. Meta no más las manos en la pila, es usted quien debe limpiarlas de ese cuerpo. –El negro sonrió de medio lado ante la ocurrencia del padre, pero no se movió. La mujer seguía gritando a viva voz:

– ¡Agua bendita, agua bendita, padre, por favor!

No se calló hasta que un par de señoras, hartas de escucharla, levantaron una de las grandes pilas del preciado líquido que descansaban en el santificado recinto y se la vaciaron encima. La bañaron completica y las ropas se le pegaron a la piel trasparentando su figura. Ya no gritaba, pero temblaba de pies a cabeza mientras trataba de cubrir inútilmente sus partes. Jacinto, que la tenía de frente, tuvo una magna visión de su silueta y entonces dejó oír:

– ¡Dios me libre ahora de caer en la tentación porque ahí sí que no se salva ni usted ni yo!

– ¡Atrevido! –Gritó la mujer como comienzo a una serie de improperios, pero se detuvo no más ver el torso del negro al descubierto que se había despojado de su camisa. En el embelesamiento en que se sumió viendo el conjunto de musculatura más que bronceada que tenía ante sí, que irradiaba una fuerza descomunal y dominante, no pudo percatarse a tiempo de que el hombre había logrado cubrirla con su prenda. Por eso cuando dijo que ni loca dejaría que la vistiese con su ropa, el reclamo llegó tarde y tuvo que soportar a duras penas que el hombre le dijera:

– ¡Ah, caramba! Lo hubiese dicho antes. Con el gusto que me hubiese dado quedarme con mi camisa mientras disfrutaba de su vista.

– ¡Descarado!

– ¡Descarada usted, que no me quita los ojos de encima desde que me desnudé!

La mujer parpadeó varias veces sin saber a dónde dirigir la cabeza para disimular y se mordió la lengua al encontrarse otra vez con el torso del hombre. Jacinto le mostraba los dientes que relucían en medio de la oscuridad de su tez, en una amplia sonrisa. El padre que seguía de cerca la escena junto con todos los asistentes a misa, soltó de pronto:

–Donde éste par siga así, tendremos boda en pocos meses.

Tras oír esas palabras la mujer salió corriendo del recinto con todo y camisa ajena puesta. El negro la siguió con los ojos, risueño, sin poder evitar que el hecho le causara gracia. El cura llamó al orden a los restantes, que luego abandonaron la sagrada estancia como si nada hubiese pasado. Pero sí que pasó.

La noche de ese día la mujer se removía intranquila en su alcoba, sin poder quitarse la imagen de Jacinto de la cabeza. En más de tres oportunidades se despertó sobresaltada tratando de poner fin a unas vívidas pesadillas en donde él estrujaba su cuerpo, se cernía sobre ella, la exploraba desnuda, la saboreaba, se alimentaba de ella y la hacía alimentarse de él. En una de esas despertó gritando al oírlo en sueños susurrarle: –Vas a comer chocolate del bueno, mujer.

No pudo seguir durmiendo. Se levantó temprano y para alejar esos males quiso anular cualquier cosa que se lo recordara. Incurrió en notables estupideces: puso manteles blancos sobre la mesa de ebanista del comedor en donde se serviría el desayuno, se prohibió tostarse el pan, no tomó café, se preparó solo leche de beber y se deshizo de todo el chocolate de la despensa, no sin cierto remordimiento. Pero ¡por Dios! No podía siquiera pensar en consumir tan divino alimento sin imaginar sus labios, su lengua o su boca entera en contacto con la piel del negro. 

Pasó malos ratos a costa de satisfacer sus recientes caprichos hasta bien entrada la tarde, cuando un fuerte trueno repercutió en el interior de la casa causando un gran estruendo a la vez que unos fuertes golpes en la puerta la sobresaltaron a tal punto de paralizarle los latidos y hacerla estremecer. Se dirigió hacia el tosco llamado recelosa y abrió con cautela. Una fuerte brisa se adentró de golpe y sin invitación alborotándole con total desvergüenza las prendas y la desenvuelta cabellera, cargada de la humedad de la lluvia que empezaba a galopar contra el suelo sin piedad, macerando la tierra que bostezaba emanando el hálito de su letargo. 

Un tronco macizo y fornido invadió el vano de la puerta al tiempo que una de sus robustas ramas se atrancaba bruscamente en la jamba, ocupando todo su campo de visión. Se quedó en seco, paralizada por la impresión. Cayó tan de bruces a ella que podía notar el agua resbalando rauda por su superficie. 

“Ahora sí no tengo salida” –pensó impávida, presa de su propia turbación. 

Ahí estaba, frente a ella, el motivo de su desvelo y reciente malestar echando todas sus precauciones y anhelos de olvidarlo por la borda; para colmo de males y para acentuar su descaro, con el torso pétreo y resplandeciente en gotas de agua al descubierto. Estaba pasmada, casi hipnotizada viéndolo, mientras en sus pensamientos se agolpaban imágenes de las últimas pesadillas de las que empezaba a aterrorizarle considerablemente el hecho de que solo fuesen sueños. Entonces lo escuchó resuelto, decidido, con esa determinación y virilidad que estaba impresa en cada uno de sus músculos:

–Se ha llevado usted una prenda mía y yo de aquí no me marcho hasta llevarme una suya.


Fritzy Zamor


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17 de octubre de 2014

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El escritor y el gato




Lo peor de la invisibilidad de las naves extraterrestres, que espían la tierra, es que son detectables cuando llueve. Sí, porque al llover la propia energía que rodea a la nave hace que el agua se evapore a tal velocidad, que se produce un claro de cielo, un claro entre las nubes, algo así como un agujerito azul, exactamente redondo y coqueto, que podría descubrir su presencia ante los humanos.

     Vatilul veía con preocupación el frente de lluvias tormentosas que se acercaba, con las isobaras muy juntas, con una considerable cantidad de H2O y polvo en suspensión para descargar, y mientras, Ohmiol seguía observando a dos de los especímenes terrestres que llevaba tiempo investigando.

–Nos vamos Ohmiol, no podemos ser descubiertos.
–¿Ahora? Estoy a punto de averiguar cómo lo hacen.
–¡Ahora! sí. Ya tienes todos los datos dentro de ti. Terminaremos las conclusiones durante el viaje.

     Los datos que Ohmiol tenía grabados en su mente eran muchos y estaban perfectamente estructurados. No fue difícil para Vatilul obtener una imagen gráfica de los sujetos, un humano y un felino.
     El humano permanecía sentado en una silla, apoyando los codos sobre una mesa en la que había varias hojas de papel de color blanco y al lado de ellas había un prehistórico instrumento alargado cuya utilidad aún estaba por determinar. Permanecía quieto mirando al techo del habitáculo. El pelo de su cabeza lo llevaba largo y sujeto por detrás de las orejas, vestía ropas arrugadas, anchas, de color oscuro y con hilos sueltos por varios lugares.
     El felino permanecía en movimiento. Daba saltos de un lado a otro del receptáculo, sobre la mesa, sobre los muebles, sobre el propio humano. Saltaba también hacia el techo con agilidad y caía al suelo con igual agilidad. Era un felino con el pelo corto, blanco, negro, brillante, y hablaba al humano con sonidos guturales. (Nota: consultar al traductor)

–Pero, ¿qué quieres averiguar? Tu fascinación por los humanoides no tiene límites. No hay nada que observar ahora. Podrían pasar horas, días, años, no puedes seguir el estudio en esta dimensión actual, debemos avanzar.
–No podemos avanzar Vatilul, si avanzamos nunca sabremos cuando llegó La Musa, cómo se presentó, qué provocó...
–Mi querido Ohmiol, La Musa es el gato y tu imaginación no te deja ver la realidad tal y como es.
–¿Cómo va a ser La Musa el gato? ¡Si además es macho! Reconozco que todos los humanoides escritores que he estudiado tenían a su lado un felino que no dejaban de acariciar, en los momentos en los que miraban hacia el techo, como si estuviesen pensando.
–Lo que te sucede es que sientes empatía por este humano destartalado y solitario, y ello ha provocado que pierdas la perspectiva descriptiva de las cosas observadas. La clave está en el gato Ohmiol, ¿de verdad no lo ves? Mientras ese felino no dé caza al insecto que está golpeándose contra el techo, y se calme; mientras no se suba sobre el escritor y lo acaricie con su pelo suave, mientras no ronronee y emita esas feromonas placenteras, el humano no avanzará en su estado de ensoñación y no escribirá nada.
–Entonces ¿no importa el sexo?
–¡Oh, sí, el sexo importa! –respondió Vatilul al inocente Ohmnio, al mismo tiempo en el que se convertía en una especie de ser peludo, como una bola enorme, suave, brillante, caliente, y se colocaba sobre Ohmniol que empezó a notar cosquillas mentales no se sabe cómo.
–¿Esto es La Musa? –A Ohmniol le estaban encantando esas cosquillas.
–Sigues sin entenderlo. La Musa es esto: –y se volvió a su estado natural, el de extraterrestre indescriptible, dejando a Ohmniol con todas las ganas paralizadas y muchas más preguntas sin resolver. –Y ahora... –dijo con telepatía de enfado, –¡a escribir!
 

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15 de octubre de 2014

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Continuidad de los tiempos


-de Cortázar a Arbolito y los otros-

“Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor... Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi sable, carajo!

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres ó niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, ó no sabía porque, pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes a la corona española.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por su único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente el jefe ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, ó si fue otro personaje del que se habla, pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…
Ernesto Palner
http://ernestopalner.wordpress.com/
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13 de octubre de 2014

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De mente



Mente inexperta que crece
a cada instante al ritmo
en que nacen y mueren
las células de mi cuerpo.

Mente inquieta sólo con
preguntas, y a veces
algunas respuestas que
no llenan y aniquilan mi universo.

Me niego a la razón
que ha hecho de la ilusión un puñado
de retratos con formas
sin sentido y alejadas
de lo que supuso mi imaginación.

Mente ingenua que pretende
crear formas perversas, sin imaginar
que a pesar de ello, al mirarlas le parecen hermosas
aunque pálidas, rebosantes de agitación.

Mente desnuda y triste que quisiera
vestir su cuerpo y que no halla la talla
para tales formas encaprichadas creadas por los deseos
que provoca el frío que palidece mi reflejo.

No permitas que en tu locura se haga preso este corazón
aproximémonos y logremos que tus deseos que son los míos
se mezclen sobre un lienzo
en el que se dibuje
tú emoción y mi pasión.

Amén

Leopoldo Trejo C.

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