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24 de marzo de 2017

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Del amor y de su sabor


Me he enamorado dos veces en mi vida y las dos a quemarropa, sin anestesia y estampando mi huella en papel en blanco. 

Conocí a Noa en una mesa redonda organizada por COGAM, el Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid, en la que ella actuaba de moderadora y en la que participaba Pedro Zerolo. Un grupo de alumnos me pidió que les diera permiso para ir a la charla y al final me uní a ellos. Al verla ahí sentada, con su pelo corto de blanco furioso, tan andrógina y más bella que el mismísimo diablo, quedé poseída como Gustav en ‘Muerte en Venecia’, cuando sus ojos impactaron contra la perfección del rostro cincelado de Tadzio. 

Siempre me turbó el calor húmedo de la quinta de Mahler en esas escenas, pero hasta ese momento no había sentido la sierra de las corcheas en mi garganta. Al acabar el acto nos presentaron: Lisala, Noa. Y me sentí devorada. En paz. 

Y como suelo hacer cuando mi caos interno se desparrama, ordené mi casa. Subí a la buhardilla, a mi estudio y abrí las dos hojas del balcón; vacié la librería de techo a suelo; organicé los libros por orden alfabético, en columnas sobre la alfombra blanca, la mesa y los sillones y los coloqué de nuevo en las estanterías. Los volví a bajar y los clasifiqué por autores. De nuevo la vacié y ordené por temas y cuando entró Arturo, mi marido, a mi despacho le pedí el divorcio. ¿Y las niñas? 

¡Las niñas!, rugí como una gataparda, tranquilo, que yo me las quedo. Y se abrió la veda de reproches, frustraciones y desencantos y, como cada vez que discutíamos, comenzó a llamarme Lisala en vez de Lisa. Qué raro sonó mi nombre completo en su voz de lija. No te quiero, Arturo. No follamos desde hace más de cuatro años; me he sentido culpable, que no era mujer porque nunca había tenido orgasmos y te juro que me sentía aliviada de que tuvieses amantes porque así a mí no me molestabas. No pongas esa cara que sé lo de tus líos desde hace tiempo. ¿Y qué dices ahora, que nunca te he amado y que has tenido que buscar fuera lo que no tienes dentro? Ya te vale. 

Te cuento qué me ha pasado. Esta mañana he ido a unas charlas en las que hablaban gays y lesbianas y me he quedado tan pillada con una de las ponentes que estoy que se me sale el tuétano. Tú eres como una hermana o una amiga del alma pero no mi amante. Venga Arturo, no llores. No me digas ahora que da igual, que podemos tener una relación abierta y seguir juntos. Yo no soy así. 

Gracias Arturo, pero no me apetece un Ribera, prefiero una cerveza helada. Sí, de esas que llevan el manto de nieve cubriendo la botella. ¿Ves como somos amigas?, tenemos un dramón encima y en vez de pelearnos, estamos recostados en el sofá, yo acariciando tus rizos avellana y riendo y llorando juntos. 

Y así fueron pasando los días, nuestro divorcio fue muy civilizado y las chicas no lo llevaron mal. Una tarde, al acabar las clases vi a Noa, coincidimos camino del parking de la Universidad y quedamos para tomar un café en un local con muebles art decó y las paredes forradas con láminas de Tamara de Lempicka y ese azul hipnótico con que los enfría. Frente a mí estaba Noa, con esa belleza animal que me trastornaba. Llevaba un traje de chaqueta de lino crudo, con camisa lavanda al aire y una corbata cereza dulce perfectamente mal anudada. Pasamos juntas toda la tarde, vagabundeamos por El Retiro y mientras le hablaba de mí me paría a mí misma. Y cuando se paraba y me miraba de arriba a abajo sin vergüenza yo solo buscaba rincones donde me dejaría llevar de su mano para reventar de beso súbito. Sobre su cama tenía un espejo. Me enloquecía ver nuestros claros y oscuros reflejados en el techo. Adoro esa imagen de naturaleza en cueros, acuarela de texturas, formas y piel en movimiento. Y fue así durante unos años. Pero eso fue antes de volverme loca de verdad. 

Al día siguiente de camino a la facultad íbamos en silencio. Siento si lo de ayer fue un error. Y le contesté que era uno de las mayores aciertos de mi vida. 

Noa me confesó que se sentía más hombre que mujer y que en algún momento daría el paso para operarse. Me contó lo mal que lo llevaba de pequeña cuando quería vestirse como un niño y jugar a sus juegos. Del rechazo que sentía al mirarse en el espejo, de la primera vez que se enamoró de una chica y de cómo lo llevó en secreto. 

Me explicó que el proceso duraba varios años. Que llevaba un tiempo en manos de una sicóloga especialista en transgénero y que le ayudaba a marcar objetivos. Uno de los primeros era cambiar de nombre. Lisala, cariño, a partir de ahora, por favor, llamadme Andrés. Y todos comenzamos a llamarla Andrés. 

Qué más da Andrés que Noa, lo importante es su esencia. Me lo tomé como un juego y a las pocas semanas nos acostumbramos todos. Era difícil, sobre todo por la rutina. Sin embargo, cuando la abrazaba y la soñaba, en secreto, era mi Noa.

Su estilo andrógino puso popa a masculino y cuando usaba corbata el nudo era marcial. Cambió de perfume, ya no dejaba su presencia suspendida en la fragancia de Issey de Miyaki.

Estábamos volcadas en plena lucha por los derechos del colectivo LGTB, del matrimonio igualitario y yo me sentía la abanderada de la causa y encabezaba las marchas defendiendo mi amor, mi vida y mi silencio llorando al son de “A quién le importa” y “I will survive”. 

El día que comenzó el tratamiento hormonal Noa, bueno, Andrés, me miró y me abrazó pegando su corazón al mío. Lisala, esto es duro para ti y para mí. Pero en mi caso es mi sueño y en el tuyo es una lucha en la que estás porque me quieres. ¿Eres consciente de hacia dónde vamos? Y le clavé las uñas mientras la abrazaba porque me rompí de dolor. Me apartó, me miró despacio y besó una a una mis lágrimas. Esto no ha hecho más que empezar, Lisala. Lo duro aún no está aquí, no tienes que quedarte si no quieres. Y eso, eso que me dijo fue lo que partió mi razón. 

Empezó a caer su cabello como caen los copos de nieve y creció pelo en el desierto de su piel. Cuando me hablaba no reconocía su voz. Me despertaba y al abrazarla comencé a notar el cambio en el olor de su cuerpo y poco a poco sus besos ya no sabían a Noa. Procuraba mantener mi cordura porque soy mujer de palabra, de compromiso y porque la amaba con esa certeza con la que aman los cisnes a su único amor.

Se operó. Fue durísimo. Muy duro, pero ella estaba feliz. Le curaba las heridas despacito, con cuidado, con la gasa más suave de la farmacia, le gastaba bromas y acaricié sus cicatrices cuando se cerraron. El dolor era mi muro de contención a la locura que me horadaba.

Se incorporó a las clases, al colectivo, a la vida familiar y yo me encerré en el trabajo. Acepté dirigir un par de tesis: Natalia, alumna de la facultad e Ingrid, una danesa residente en Newark, New Jersey, con quien comencé a intercambiar mails pues me resultaba interesante lo que me contaba y, por alguna razón, huía de mi presente imaginando su ciudad, su vida y los detalles que tendría en su habitación. 

Pasaron los días y una mañana al mirar en el espejo vi junto a mí un cuerpo de hombre y la acuarela de nuestra imagen cobró vida: era la foto nítida de espaldas enfrentadas.

Me sentí repugnante, egoísta, incluso envidiosa de verlo feliz. Caí en picado y comencé a ir a terapia para adaptarme a los cambios y descubrí que o me separaba o enfermaría de odio.Sabía que tenía que hablar con él pero le veía tan bien que me sentía avergonzada. Y por culpa, rabia, necesidad de explotar y porque tenía la autoestima en el barro me registré en varios chats de lesbianas. Tuve citas y rollos que me sentaron muy bien, volví a ser persona. En ningún momento sentí que engañaba a Noa. Ni a mi.

Eran las seis de la tarde y había quedado con Ingrid, para hablar de su tesis y de su visita, en quince días, a Madrid para encontrarnos e ir planificando el trabajo. La conexión con ella estimulaba mi mente correcaminos. Se conectó la cámara, la ví y me quedé pillada. Era algo más joven que yo, cubría su pelo con una toalla azul a modo de turbante y unos pendientes de perlas que iluminaban su cuello. Parecía la versión contemporánea del cuadro ‘La joven de la perla’ de Vermeer. Ella hablaba y yo, cuando ella se movía, buscaba cada uno de los detalles que imaginé en su diminuta habitación. Me pidió volver a conectarnos al día siguiente y lo que ocurrió es que entramos en un torbellino casi adolescente de mensajes y videollamadas diarias. 

No me quitaba de la cabeza a Ingrid. El día que llegaba, mientras Andrés preparaba los zumos de naranja, pomelo y mandarina para el desayuno, me espetó un ¿qué pasa, Lisela? y me quedé helada al oír mi voz soltar que me sentía perdida en su cuerpo sin pechos y con olor a hombre. Que no reconocía su voz y que me sentía una traidora, una hipócrita, porque llevaba años luchando por su sueño cuando en el fondo, para mí, era una pesadilla, He enterrado a Noa, Tú te has librado de ella y yo me he roto. Andrés, soy lesbiana y me enamoré de Noa, te juro que por más que lo intento no puedo amarte. Ahora tengo que irme, hablamos esta noche.

Ni tesis ni leches. Al llegar a su hotel nos liamos y después volví a dormir a casa. Me había enamorado, a lo bestia. Tocaba volver a poner orden en mi vida.

Me acabo de despertar y Andrés sigue dormido. He mirado sus hombros, sus brazos, sus piernas largas: le he dado un beso en la mejilla y al mirar al techo tan solo se veía un espejo. He venido a la cocina a tomar un café. 

He abierto el móvil, Ingrid me ha enviado una rosa y un beso. Le contesto con un corazón. A las dos comemos en Public.





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20 de febrero de 2017

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No sucede


No sucede todos los días igual,
Ni si quiera en el pensamiento se vuelve a dibujar de la misma manera,
Solo ocurre una vez cada vez,
Solo tiene un instante pero es original,
Son pocas las veces que sucede
Cuando me tienes aquí, pensando en ti.

Si ocurrieras en los próximos meses,
Así como los eventos que tardan en suceder
Pero ocurrieras definitivamente,
Que hubiera magia de un minuto a otro,
Que al abrir mis ojos estuvieras tu,
Señalándome, llamándome, indicándome, transformándome.

No quiero iniciar como este final,
Con incertidumbre,
Como ese viajero que ve el mapa y ve que su camino se aparta mas lejos de su destino.
Quiero empezar contemplando tu mirada,
Con tu caricia en mi rostro,
Con mi mano aferrada a la tuya.

Esdras Hernández Argueta
 
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15 de febrero de 2017

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Exterminio


A Telémaco Rodriguez en la Federal lo llamaban "El Lobo". Su metro ochenta y físico trabajado imponían respeto mucho antes de escuchar su vozarrón cargado de testosterona retumbando entre las paredes del centenario edificio del cuartel central. Admirador de John Wayne, había trabajado duro como cadete en la escuela de policías Juan Vucetich y luego en la calle, como para llegar a integrar el servicio secreto que la fuerza desplazaba a Tucumán cuando hacía falta hacer un operativo relámpago para atrapar o eliminar a algún subversivo. Luego, si tenía la suerte de matar a alguno en un enfrentamiento franco, le tocaban los seis meses de licencia post traumática y un premio en monetario como para que en la próxima redada no le molestara recorrer los 1246 kilómetros que lo separaban del Operativo Independencia que el gobierno democrático había establecido para aniquilar el accionar de la Compañía Ramón Rosa Jiménez del Ejército Revolucionario del Pueblo, así como a los combatientes enviados a apoyarlos con la idea de crear un "foco revolucionario" en el hermoso e intrincado monte tucumano.
Nico lo conoció un día de los pocos en que iba a visitar a su padre a la fábrica de autoelevadores donde El Lobo montaba guardia como personal de seguridad. Apenas lo vio lo escuchó ladrar un "está dulce" al franquearle la puerta de entrada. Claro que lo primero que hizo Nico fue preguntarle a su padre, el gerente general de la planta, que qué era eso de "dulce".

-Es que como viniste en remera a simple vista pudo verificar que estabas desarmado o "dulce" como dicen ellos- fue la simple respuesta.

A Nico le pareció una sobreactuación. Aún no entendía que existiera otra posibilidad para un joven de diecisiete años que la de ir desarmado por la vida. La cuestión era que El Lobo y cualquiera de sus amigos de turno en la vigilancia estaban tan orgullosos de sus vidas de película que siempre terminaban hablando de más, creando un pequeño guión de película con cada paso de sus carreras. Cada vez que volvían de uno de los operativos no paraban de contar con lujo de detalles, que no excluían movimientos en cámara lenta, cómo habían perseguido a tal o cual, saltado muros y cruzado patios traseros, hasta disparar la bala letal mientras sus cuerpos recorrían una perfecta curva en caída libre desde lo alto de una medianera hacia el pasto recién cortado de alguna casa. Eran relatos de western llevados a los setenta y relatados mientras su actor principal utilizaba las perforadoras de banco de la empresa para taladrar huecos en balas simples para convertirlas en perforantes. Se trataba de un diseño sencillo de deformación forzada con la punta hueca y un inserto metálico, que normalmente era una bolita de rulemán,  sellada con una gota de lacre, que al impactar penetra en el núcleo forzando la expansión del plomo. Ese mismo núcleo duro es el que potenciaba la capacidad perforante mientras que la expansión asegura el mayor daño posible en el tejido del blanco.
Todos los de las fuerzas de tareas las fabricaban de forma casera y clandestina. No querían dejar la posibilidad de que un subversivo al que le habían acertado, lograra levantarse, devolverles otra bala o intentar huir.
Por eso el peor enemigo del Lobo y sus secuaces no eran los subversivos, sino sus propias bocazas. Eran felices reviviendo para el público cada incursión con lujos de detalles haciendo hincapié en que cada muerto representaba seis meses pagos en los que podían trabajar como vigiladores privados.
Pero no todo el mundo lo disfrutaba tanto.
Poco tiempo pasó para que unos pocos se dieran cuenta que dentro de la misma fábrica existía una célula extremista oculta y latente. Todos menos El Lobo y sus secuaces, ocupados como estaban en la veneración de ellos mismos.
Bajo la apariencia de un supuesto activismo gremial se ocultaba el viejo esquema de convencer al obrero desde el llano. Los militantes teóricos de universidad que propugnaban el vuelco al comunismo habían notado que su propio nivel intelectual los alejaba de las masas y que lo mejor que podían hacer era bajar al llano, hacerse pasar por obreros y diseminar la semilla de la rebelión.
Así un reducido grupo de doce comandados por un licenciado en filosofía y letras que ocupaba el puesto de aprendiz de tornero habían comenzado a militar orientando sus primeras acciones en convencer a la patronal de conceder ciertos beneficios laborales que consideraban imperativos y justificados. En realidad eran pruebas de liderazgo que se vieron teñidas con vestigios de subversión en el mismo momento en que para conseguir las conquistas sociales amenazaron de muerte al gerente general, su esposa y sus dos hijos.
Asi Nico vivió la paranoica zozobra del que debe permanecer en casa, con miedo a que algún loco le dispare en un supuesto ajusticiamiento en aras del poder popular. Aprendió que cualquiera que apuntara un arma contra él o su familia era el enemigo a destruir. No importaba si era un subversivo, un guerrillero, un revolucionario, un milico , un policía o un ladrón. Ni siquiera cual era el color político de sus ideas. Aprendió que como víctima potencial y desarmada cualquiera que empuñara un arma en su contra era un enemigo que debía ser exterminado.
Claro que mientra él aprendía ese abecé de los setenta, su padre cedía a la exigencias en un exitoso intento de protege a su familia. Pero el grupo ya había quedado expuesto. Las cartas estaban echadas. Era cuestión de tiempo para que la bomba explotara y los constantes cuentos del Lobo lo llevaran a un camino sin retorno.
La pequeña fábrica siempre había sido una gran familia hasta la llegada del activista universitario. Estaba la tía secretaria del gran escote que a todos hipnotizaba con la cadencia de sus movimientos, el capataz tío solterón que convocaba a las lechonadas regadas con buen tinto, el contador primo cordobés con sus ocurrencias que hacían reír a todos, la encargada madre protectora que ordenaba todos los desastres y el sereno abuelo simpático que cuidaba la casa cuando todos estaban disfrutando de sus vidas privadas.
Ése era Ignacio Chaves un abuelo con cara de tano y apellido español que había cumplido los setenta años y los sábados cumplía las funciones de sereno en la fábrica. Sábados que trágicamente también usaba el Lobo para su producción de balas. A las 14 horas de ese apacible día de junio de 1975, apenas el Lobo salió para su casa, se lo vio a Ignacio tomar la visera de su gorra gris y tirarla para abajo unos centímetros.
El Lobo ya estaba marcado.
A cien metros un Peugeot 504 bordó mantenía el motor en marcha y el techo corredizo abierto. Apenas Ignacio volvió a entrar a la fábrica el auto se puso en marcha siguiendo el derrotero del servicio secreto de la Federal. Sobre la calle Herrera una mujer de cabellos ondulados de color rojo intenso y pecas haciendo juego,  apodada "La Colorada" se asomó por el techo corredizo como si fuera una torreta de tanque y extrajo de debajo de un poncho salteño que combinaba con su pelo, una ametralladora Ak-47 con la que barrió al Lobo acertándole un total de veinticinco balas sin que éste pudiera darse cuenta de lo que le había pasado.
El Lobo ya no la contaba.
Nico pasó con su padre apenas unos minutos más tarde, lo suficientemente pronto como para poder ver el cuerpo ensangrentado que la morguera cargaba en medio de un silencioso operativo militar.

El lunes siguiente en la fábrica todo fue callado y calmo. Aún no habían terminado de comentar con lujo de detalles lo que sabían que había pasado, cuando un camión del Ejército Argentino se detuvo al frente de la fábrica y descendieron no más de veinte soldados bien equipados. No dudaron ni un momento. Fueron a buscar a los doce, uno por uno a cada puesto de trabajo. El aprendiz de tornero con título universitario, la secretaria ejecutiva, el operario de grúa, el cortador de soplete, el mecánico, el cadete y por supuesto, el viejito de setenta años que había obrado de entregador.

Todo fue inútil. Una vez que subieron al camión ninguno de los trámites de Abeas Corpus o pedidos de paradero sirvieron de algo. Una procesión de familiares acudió cada día a la fabrica, al regimiento y a cualquier cura que pudiera interceder en algo, hasta que el cansancio los hizo desistir de la ilusión de recuperar aunque fuera algún cuerpo.
Pero de los doce, ninguno, nunca apareció.

Dicen que sus nombres ni siquiera fueron incluidos en el Monumento a la Memoria. Que sus familiares nunca recibieron ninguna compensación monetaria. Dicen que fueron borrados de la tierra como si nunca hubieran existido. Que no figuran en el Nunca Más.
Es que apenas unos meses más tarde comenzaría el verdadero exterminio.
Y desde allí escribirían la otra historia.

O.Pin
Febrero 2017
Basado en hechos reales


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12 de febrero de 2017

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3 am



3 am.
TOC, suena el minutero, entrecierro los ojos para conciliar el sueño. TIC….TIC. No puedo dormir. Escucho un susurro que no me deja concentrar, a lo largo del pasillo, llegando a la puerta, no, no es ahí, miro la ventana y las luces de los carros no dejan de pasar, noche transitada aquella intrigante sombra de mayo que no quiero recordar, TiC, sigue el segundero marcando mi desvelo sin demora. Sigue el susurro mortificando mi ser, carcome mis pensamientos y no me deja aliviar. Quiero que pare!. Cierro los ojos, secos sin poder descansar, cubro mis oídos, presiono mis manos para callar el susurro. De repente me detengo, dejo de presionar, de revolcarme en la cama, abro los ojos y me doy cuenta, si, el susurro soy yo, es mi cabeza, mi cuerpo queriendo hablar, me altera saber que no puedo controlarlo, me toma por sorpresa, sin aviso previo mi siento paralizado, agobiado. Me toma un momento contener mi ser, tranquilizar la mente y relajar el cuerpo. Por fin puedo escuchar el susurro, la voz que recuerda todo sentido de odio, de desesperación, aquella sensación de olvido, torpeza de mi ser, me grita lo que no quiero ser, lo que nunca voy a ser. Mi respiración se agita y sin más las lagrimas empiezan a brotar, no creo resistir. TIC TIC TOC, un minuto más, una eternidad parmi, sin más que esperar, el valor se fuga de mi esperando lo peor, preparando el suspiro que de fin al sufrimiento. De repente me sacude el sueño, el cuerpo, la voz desaparece y abro los ojos, Despierto y te veo a mi lado, acariciando mi cabello, abrazándome entre las cobijas, cierras los ojos y te acomodas a mi lado, TIC TOC. El tiempo pasa y yo a tu lado.

Ricardo Pena

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2 de febrero de 2017

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Un saco de huesos


A las seis de la mañana la anciana se sentaba en su destartalado banquito esperando a que saliera el sol invernal para calentarle los huesos. Tejía con un poco de lana azul retorcida y cansada de anudarse vanamente una y otra vez. Por la tarde destejería el trabajo realizado para que el material no faltara a la madrugada siguiente, cuando debiera esperar nuevamente la salida del cálido sol.
A pocos pasos de ella el intendente había decidido asfaltar la avenida frente al matadero, desde el viejo puente sobre el Riachuelo hasta el viaducto donde el tren alcanza la única estación existente. La antigua calzada de adoquines asentados en arena era un pequeño muestrario geológico de los estratos de la isla Martín García, cortados en perfectos cubos de veinticinco por veinticinco centímetros a punta de pico por los presidiarios con más pecados políticos que delitos penales. Los patrones de arcos repetidos y entrecruzados que formaban ese piso habían sido parte de un arte difícil de aprender y eran contados con los dedos de una mano aquellos especialistas que lograban realizarlo dominando el acabado diseño y obteniendo simultáneamente una superficie plana apta para el tránsito de caballos y carretas. Artesanos no reconocidos que estaban extinguiéndose con la llegada del cemento asfáltico desapareciendo toda una tradición que no legaría ni monumentos ni restos de su trabajo. 
Nadie había esperado que bajo los mismos cubos grises y pesados se ocultara un osario interminable que obraba como contrapiso y cimiento de pura cal orgánica. Mauro se dio cuenta que no siempre los frigoríficos habían utilizado la res completa y que la centenaria factoría local era la culpable de que esas cornudas calaveras se encontraran compactadas unas contra otras a lo largo de un kilómetro de Camino Real.
Eran épocas de desentierros en las que mientras Mauro se levantaba de la cama a las 4, se vestía en la helada vivienda suburbana y salía a esperar el colectivo en la desolada esquina escarchada, las topadoras sacaban a la luz un desfile de rumiantes cuencas vacías y desencajadas que lo esperaban del otro lado del recorrido. Una hora de viaje y la escuela industrial asomaría en medio de la niebla de la mañana, allí junto a la cancha del club de los amores de su madre, donde un tacho de petróleo albergaba la fogata que lo mantendría aislado del frío hasta que el maestro llegara a abrir el taller de hojalatería. El paquete de Colorados con filtro se agotaría en convites y brasas albergadas entre las manos en otro intento vano de combatir el gélido aire matinal que ningún pullover tejido por mamá, la abuela o alguna tía, vencería con éxito.
Día tras día la anciana lo miraba pasar luchando con su tablero y regla "T" batidos por el viento que parecían llevarlo sin control como una vela a una fragata. Era el momento en que el tejido comenzaba nuevamente al asomar el alba, sin desayunos ni comidas hasta entrada la mañana, cuando en el bar de la esquina Don Elisario se asomara con un par de facturas de ayer y una taza de leche humeando de calentita. Ella parecía ignorarlo entre la gente, pero Mauro sentía una conexión que no había podido definir y que tal vez solo fuera su curiosidad al ver a la anciana sola, abandonada de la mano de Dios habitando el hall de entrada de una vieja zapatería desierta con vidrieras a ambos lados y un conveniente espacio bajo ellas como para que la anciana pudiera almacenar algunas prendas, un colchón y su osamenta en las heladas noches de invierno.
De pronto Mauro notó que en su cabeza sonaba ´Canción para mi muerte´ cada vez que veía a la abuela, los cráneos, el cementerio de su zona, o pasaba por la casa de sepelio junto a la centenaria iglesia. Incluso la vieja escuela donde asistía había sido donada por un famoso arqueólogo y antropólogo cuyo padre le había solventado los estudios mediante el producido de una fábrica de soda. Una sodería que se habría de convertir en escuela industrial y que seguía usando sus salones de pisos de tablas de pinotea , patios con baldosas de diseños árabes y un aljibe que apenas había dejado de funcionar cuando a Mauro le habían tomado su examen de ingreso.
Y es que en el momento en que las topadoras dejaron por el piso la centenaria casa para construir la nueva escuela, sus cimientos entregaron miles de restos fósiles de sifones, botellas de ginebra que habrían sido un lujo en su época y un esqueleto completo que nunca supieron bien de quién era. Los alumnos eligieron contar la historia de un negro esclavo que había sido emparedado por el sodero con la simple justificación de una venganza por haber ultrajado la inocencia de su hija. Poco importaba a la purretada la rigurosidad histórica de que el propietario hubiera tenido únicamente hijos varones.

Y Charly y Nito le cantaban en la oreja.

En el lado B de ese acetato que era su vida había otro país donde el Ejercito Revolucionario del Pueblo, Montoneros y la Alianza Anticomunista Argentina hacían sonar sus bombas, secuestros y asesinatos mientras el pueblo intentaba seguir estudiando y trabajando en un remedo de vida normal. Mauro había visto un poco de todo ello sin darse cuenta mientras escuchaba a los grandes suplicando que alguien pusiera un poco de orden en un país asediado por la guerrilla.

El mundo a su alrededor olía a muerte y Mauro no sabía bien por qué.

Esa mañana de Julio había sido la más fría de la década. La escarcha crujía bajo sus pies mientras esperaba el viejo Bedford de la línea 386 que lo llevaría por el camino más largo con la contraprestación de ir sentado todo el recorrido.
Bajó cerca del matadero donde las cuencas vacías aún lo miraban con descaro, revisó sus provisión de cigarrillos para encarar la fría mañana y se dejó llevar por la vela que era su tablero navegando por la desolada avenida que no terminaba de despertar.
La anciana no estaba tejiendo. En su lugar se observaba a cuatro civiles y un sobrealimentado policía que parecía mirar como mudo testigo sin tomar intervención. Cuando Mauro arrió las velas para atracar en puerto seguro su nave, pudo ver que bajo la abandonada vidriera vacía de zapatos estaba ella, acurrucada como un ovillo de su lana azul atravesada por las agujas de hielo de aquella mañana.
Era su primer muerto y Charly no dejaba de cantarle en la oreja que eran épocas donde uno no debía temerle a la muerte y había que invitarla a la cama. Nunca había imaginado que sería ese tipo de cama, tan solitaria, fría e inhospitalaria.
Uno de los hombres tomo con un poco de asco un tobillo de ese montón de huesos que ahora era la anciana y tiró para retirarla de ese escondrijo que había sido su lecho de muerte. Mauro quedó sorprendido por la rigidez de ese cuerpo marchito que parecía más un maniquí de yeso que una persona capaz de tejer una mañanita cada mañana. Vio la cara desdentada de la muerte y quedó petrificado con la revelación de la nada, del objeto sin alma en que se convertía finalmente un cuerpo vacío.

Un saco de cuero viejo lleno de huesos.

Sintió una mano sobre su hombro que lo sobresaltó sin miedo.

-Palmó la vieja pibe- le dijo el policía a modo de aclaración innecesaria. -Dale, andá para el cole, que acá no hay nada para ver...-

Y Mauro se dio cuenta que el policía estaba errado. Que entre tanta muerte injusta que lo rodeaba cada día, en esta oportunidad y por primera vez en su vida, se la habían presentado personalmente.


O.Pin
Enero 2017.
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31 de enero de 2017

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Carne cruda sin sabor



Amor discontinuo, pensamiento aglomerado en instantáneas de realidades, que se convierten en semillas de gotas de lluvia. Te amo cuando te veo, abrazados a un crimen de obediencia y pesadillas. Tener que recoger las cosas de un lugar y llevarlas a otro, complicado cuando se tiene que pensar.
Espero, como siempre lo hice. Pero cuando llega la realidad, con el tiempo que debe transcurrir, veo como siempre fuiste la palabra que quise leer.
Te fumo como a un cigarrillo, te desarmo la lengua con líquido seminal. Muerdo, pierdo conciencia. Adentro y afuera hasta que duela, y las palabras son cuasi sordas al suspirar mil plegarias de sudor y cemento de contacto.
Aún, aún sos lo que siempre pensé que podía perder, pero te agarro de la mano y me devolves con sangre que fluye bajo la piel.
Sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, s.o.s.
Y si se puede más, quiero todo. Y si los cocodrilos me comen, estaría bien. Y si la suerte se esconde, creo que entenderé. Y si estás cansado, sé que soy parte de ese cansancio.
Cómo hago. Cómo hacemos cosas, como hago para medir como tu altura.
Soy un pedazo de carne que se degrada, pero solo porque yo quiero. No le echo la culpa a nadie, a mi madre, a mi padre, a la maestra que escribía “zandía” y “vanana”.
Te fumo, mi amor. Poso mis labios y succiono, te anhelo por más de que te tenga, te convierto en alguien a quien no llego a tener. Sé humano conmigo y dejame amarte, mientras soy esta mezcla rara de carne cruda y sentimientos.
Me acepta la vida, pero, ¿Yo la acepto a ella?¿Somos tres, vos, yo, vida?
Estoy embarazada de hoy. Soy hoy lo que puedo, soy vos cuando te veo. Te veo todo el tiempo y no quiero distinto-intento al nuestro.
Tantos charlatanes estas tirando sus anzuelos y tus palabras son justas cuando las oigo, más cuando me lastiman.
Sufro, sufro por no ser libre. Verdad. Puedo decir que me dejas hacerlo, ¿Es la verdad? Soy más persona cuando dejo de serlo, pero me pierdo y pienso que las cosas son de tal forma cuando las cosas son de tal otra forma. Soy un tanque de nafta a punto de explotar. Y ya no puedo decir que dejes eso y me agarres a mí. No me lo permito. Pero saboréame a mí, de todas formas.
Perdón, aunque no quiero ningún perdón. No doy gracias, ya no lo necesito. No puedo. “Mamá, mira que intento, pero no puedo”. Y ahora quiero llorar, pero ¿De qué sirve?
Ya no, ésta vez no, por más que… ya no.
Gracias por todo, pero yo me voy.
Voy a seguir fumando hasta el cáncer.­­­

Valeria Pomidoro


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27 de enero de 2017

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El retrato




En cuanto llegues terminaré de colocar el último retrato que te hice para que te detengas ante él y me preguntes quién es ella. Anónima, es una persona anónima ¿no te parece? Y te alejarás hacia atrás dando un paso, dos, tres mientras centras en tu espalda, con ambas manos, la mochila ocre de piel.

Te ofrezco entonces una infusión de rosas y la aceptas, nunca te has negado a sostener la loza caliente entre tus manos.

Es una fotografía extraña y de alguna manera me inquieta. Así comienza tu conversación y yo te miraré sin contestar y me acercaré a ti con él de la mano. ¿Es tu hijo?, y te cuento que es mi nieto. Tu pequeño, un niño estancado en este espacio, pero eso aún no te lo diré porque he de esperar a que descubras la verdad en unos minutos porque si lo haces antes de tiempo, sin saber aún quién eres en realidad, saldrás corriendo desconfiada y yo tendré que esperar a que vuelva a amanecer y que este día se repita de nuevo para conseguir avanzar un segundo más en esta historia.

Y sigues hablándome inquieta y paralizándote poco a poco a la espera de oír algo terrible. Es como si esa mujer fuera yo, pero claro, eso es imposible. Y entonces me miras y es cuando oigo: ¿no?

La verdad que es una fotografía misteriosa. Es una mujer que está a punto de subir a un avión que tuvo un accidente. Te lo cuento despacio, casi sin darle importancia porque en este punto, si te asustas te irás y todo comenzará de nuevo.

¿Ella murió? Y te contesto, ahora tranquila, a pesar de tus lágrimas, que aún no se puede saber, porque tu imagen quedó congelada en la foto esperando a que tomes una decisión y poder al fin salir del bucle, de este agujero de gusano que repite, cada día, esta historia hasta que tú un día decidas subir al avión y nos liberes, con tu muerte, de este infierno y a mí se me parta, para siempre, el corazón. 



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25 de enero de 2017

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Historias de aquello que fue y nunca más quiso ser


Sus gastadas ropas revelaban la vida que llevaba. En ese momento, empecé a comparar cómo yo lucía una ordenada limpieza y pulcritud, mientras él, aun con sus pantalones de botas gastadas, no lograba opacar su ser. Seguía sonriendo como si tuviera el mundo a sus pies. Esa sonrisa que solo mostraba una cosa: felicidad.
Eran ya las 6:00 de la tarde y todos desalojaban el teatro, un ensayo más para la obra de verano finalizó. Éramos parte de una comedia musical; yo ocupaba un papel muy importante, el cual haría resaltar lo mejor de mí, y eso me emocionaba sobremanera. Mientras todos terminaban de guardar disfraces, empacar sus libretos, despedirse de sus más allegados compañeros, él se sentó a fumar un cigarrillo después de tan ardua sesión. A comparación de lo que siempre demostraba, su efusivo y entusiasta humor, se le vio muy malhumorado, molesto e inconforme con algo, y así lo demostró mientras le contaba algo a Hugo, el único de la compañía con el cual tenía confianza. Así que por esa razón decidí sentarme junto a Isabel, quien estaba justamente situada a dos asientos de ellos mientras cambiaba sus zapatos de la obra por unos más cómodos. Le hice la plática, como quien dice, para disimular mis verdaderas intenciones, ahí fue cuando lo escuché diciéndole a Hugo lo siguiente; - es en serio cuando digo que este papel me está hostigando, no entiendo como Zaragoza pretende que interprete a un villano que expresa cuanta idea se le viene a la mente, y todo aquello que siente – refiriéndose así al director de la obra de manera muy iracunda, - es de saberse que tanto las interpretaciones malignas en cualquier obra y yo, no somos buenos expresando lo que sentimos – continuo diciendo.  ¿Pero cómo pretendes cambiar tú lo que Zaragoza ya escribió? Si desde un principio estuvimos de acuerdo en poner en marcha la obra que él mismo compuso, para así revivir de alguna manera el oficio de las tablas en nuestra compañía – le refutó Hugo, con un tono bastante amenazante.
Tenía mi concentración por completo en ellos, así que olvidé que Isabel me estaba hablando, y lo supe justo cuando ella refunfuñó, - ¡solo viniste a hacerme perder el tiempo! De haber sabido que me harías quedar para esto no me hubiese detenido a platicarte, ¿Qué no entiendes que debo estudiar? ¡Yo si tengo aspiraciones! – dijo Isabel bastante furiosa, pero al fin y al cabo no presté mucha atención a su enfado, puesto que desde un principio solo era mi coartada para poder acercarme y darme cuenta del porqué el cambio de humor que él presentaba.
Ya en la calle, metí las manos en los bolsillos de mí abrigo, pues extrañamente aun cuando era obvio que se acercaba el verano, esa tarde heló de una manera espantosa, era primavera, ¿cuándo en una temporada tan calurosa pasaba algo así?, tal vez las deidades que controlan esto querían hacerme ver que era un día bastante extraño, si es que existen algunas para este asunto. Sería un largo y frío trayecto hasta mi casa, pues en días arduos como estos muchos prefieren tomar un bus o un taxi para llegar cuanto antes a casa y descansar del agobiante día a día en la ciudad. Pero yo no, yo prefería irme caminando, que mi única compañía fuera la soledad de mis pensamientos que se vacilaban burlones y acusadores cada vez que trataba de ponerlos en orden. Froté mis manos una y otra vez dentro de los felpudos bolsillos de mi abrigo, cuando de repente una voz sarcástica pero encantadora me dice; - saca las manos de los bolsillos, ¿que no sabes que es en ello en lo primero que se fijan los ladrones? – me asusté tanto que por un momento pensé que se trataba de un ladrón real, pero cuando volteé la mirada hacia atrás, ¡era él! Tal vez no reconocí su voz precisamente porque su intervención fue muy inesperada en mi trayecto, pero era él caminando a mi lado, y viéndome con unos ojos que solo transmitían una cosa: felicidad. - ¡A ver! Tú quieres que saque mis manos ¿Para qué? ¿Acaso eres de piedra o tu cuerpo se ha bloqueado para no sentir este martirizante frío? – Le respondí, lanzando una mirada amenazante, - no es eso - respondió él muy serio – lo digo solo porque ellos pensarán que llevas algo importante entre tus bolsillos, y que por esa razón lo estás protegiendo con tus manos. Sé por qué te lo digo, llevo más tiempo en esta ciudad – finalizó así su consejo, dejándome a su vez con una perplejidad que creó la siguiente pregunta: ¿en serio le preocuparé? Saliendo del asombro de tan inesperado cruce de palabras, lo vi alejándose mientras su mirada seguía sobre mí, de inmediato saqué las manos de los bolsillos y fue así como por fin él miró hacia adelante y corrió tan rápido como pudo para alcanzar el bus que ya asomaba por la esquina. Vaya situación la que se me presentaba hoy, de seguro tardaría horas en llegar a casa, pues ahora sí que tenía toneladas de cosas en qué pensar. Pobre de mí.
Ya entrada la noche, y luego de haber cenado una pasta que preparé, me senté a darle un vistazo a mis libretos, mientras me acompañaba un poco de la música que siempre escuchaba cuando mis pensamientos me abrumaban, pero esta vez era diferente, el día parecía haber cambiado mi perspectiva, y me pregunté ¿acaso tengo un carácter tan débil como para dejarme intimidar por un insurrecto como él?, al parecer sí, tan solo esas palabras al salir del teatro me habían hecho pensar si en verdad yo veía con otros ojos a aquel individuo que gozaba jactarse de su vacilante y sobresaliente forma de ser, y lo que es peor, ¡el querer escuchar lo que estaba hablando con Hugo, y descifrar su cambio de humor tan drástico!, esto solo me mostraba mi claro interés. La música no pudo armonizar mejor el momento, las frases de aquellos libretos que por algunas noches pasadas me habían atormentado la cabeza, hoy fluían entre mi corteza cerebral y hacían de este un proceso cognitivo muy placentero, esas letras eran para mí como agua que revive a un ávido de ella. Algo raro ocurría en mí.
Era la 1:45 de la tarde y eso me hacía tener una ventaja abismal sobre todos los miembros de la compañía, pues el ensayo empezaba a las 2:00 de la tarde y nadie llegaba a esa hora en fechas como estas, eran ensayos con todo, vestuario, luces y escenografía montada, todos sabíamos que una llegada a tiempo haría florecer el espíritu de extra compromiso a Zaragoza, lo cual era equivalente a que diera su discurso sobre el amor por el arte del teatro, y por consiguiente, tratar de hacernos quedar hasta que a él se le diera la gana de parar, ¡así que no!, nadie llegaba a tiempo, excepto yo, me traía algo entre manos, sí, algo que tenía que ver con mi repentina obsesión por él.
¡Por fin las puertas del teatro! Saludé amablemente a Jacobo; el vigilante del lugar. Entré corriendo para sentarme justo adelante y parecer que estaba desde aún más temprano, y que mi solitario momento de estudio requería de la compañía de alguien. Pero no fui yo quien llegó de primeras, alguien vistiendo la máscara de Paul, el villano de nuestra obra, estaba situado en los asientos de adelante, justo por donde yo quería esperar. Pero quién más si no él. Quien interpretaba al villano era quien estaba ahí sentado. Al principio pensé que era demasiado extraño que ensayos atrás se hubiera quejado de su papel, y hoy estuviera antes que el mismo director, y en efecto sí era muy singular pensar eso, pues no era él quien portaba la máscara, sino Jaime, un chico que interpretaba el papel de mi hermano en la obra, y quién en repetidas veces había tratado de entablar una jocosa charla conmigo, según él, para tener una gran afinidad en el escenario era de suma importancia empezar fuera de este.
¡Dios! Que ingenuidad la mía pensar que era él, y lo que es peor, pensar que aguardaba por mí, ¿Qué me pudo haber hecho pensar eso? – hola, qué casual, ¿no? - gritó Jaime - justo a quien más me encanta ver en los ensayos y es justo quien llegó temprano también, pero por favor, ven y te sientas, estaba midiéndome el disfraz de Paul que extrañamente estaba aquí sobre las sillas, que extraño ¿no? -  faltaba poco para que le respondiera de una forma tosca y cortante, cuando la puerta principal se abrió de golpe, era él junto con todos los muchachos atosigados de cosas para la obra, ¡qué alivio! En verdad que fue mi salvación, y no solo lo digo porque me salvaron de aquella plática con Jaime, sino también porque nada más podría aliviar mi día que ver su sonriente cara. Esa cara que solo podía transmitir una cosa: felicidad.
Qué feliz era yo, un placentero ensayo más había finalizado, y estábamos a cuatro semanas de presentar nuestra obra, de repente él se acercó hacia mí, sentí el aroma de su perfume a camerinos de distancia, era algo así como una mezcla oriental, encima de su gastada ropa. La mezcla perfecta. Lo imaginé caminando hacia mí con el viento danzante sobre las rosadas hojas de los cerezos en el atardecer, ¡ah, qué alegórico momento! pero todo eso se vio truncado por sus fuertes frases – ¡AGH! tienes una cara pésima, ¿te encuentras bien? -  a lo que respondí con enfado -  ¡por supuesto que estoy bien!, ¿Por qué habría de estar mal? Tú siempre me ves con cara de peligro, justo como la otra vez que me hiciste sacar las manos de mis bolsillos, en esa tarde fría, ¿lo recuerdas? – me sentí tan fuerte; ese poderío en cada palabra me hizo sentar mi posición frente a él, -  ¡Ay! qué tragedias armas tú por un simple consejo, yo simplemente recordé eso y quise decírtelo, exageras mucho – me respondió, mientras me miraba con lástima, o eso sentí, - bueno como sea, solo vine a decirte que los muchachos y yo iremos a Sodoma, el pequeño bar que abrió hace poco, y pues no sé, quizá pensé que tal vez tú querías unirte a nosotros, ¿Qué dices? – ¿acaso tenía yo tiempo para pensar en una respuesta con argumentos que solidificaran mi decisión? No, así que sin pensarlo le dije, -  sí claro, ¿vamos ya? – A lo que él me respondió, - por supuesto – y ahí emprendimos nuestro trayecto a Sodoma; peculiar nombre para solo tratarse de un bar con una clientela que constaba básicamente de universitarios y uno que otro hombre cuarentón en búsqueda de acción. Ansiaba ver en qué momento se desataba una catarsis de fuego y azufre en aquel lugar.
La noche transcurrió tan lenta que se prestó para que nosotros pudiéramos liberar tanta presión por la que nuestras vidas pasaban en ese momento, pero sobre todo, sirvió para que él y yo nos contáramos todo acerca de nuestras vidas, como si quisiéramos, con una necesidad imparable, saciarnos el uno al otro del conocimiento mutuo que transmitíamos. Pensé que alguien que estudiara antropología presentaría una personalidad más reservada y critica a encuentros como estos, ajena al contacto humano pero entregado a su vez una labor social que requiere de su compromiso total, una completa mezcla que podría contrariar la situación en la que nos encontrábamos. Me hizo ver que era el punto aparte de cualquier estereotipo que la sociedad constantemente clava en nuestras mentes, reflexioné y pensé, vaya existencia la nuestra, hay personas que se quieren comer el mundo y hacerlo suyo cada día al igual que yo, pero desde diferentes posturas. Le hablé de mi pasión por las letras, la música, y la buena comida, eso le simpatizó mucho para ser yo una persona “fracasada” por haberme retirado del estudio de las leyes y el derecho, y querer intentar estudiar literatura.
Palabras iban y venían sin cesar entre las personas de nuestra mesa, pero nosotros dos nos encontrábamos encerrados en una burbuja donde el espacio-tiempo parecía no existir, éramos como materia que necesita de siglos para poder solidificarse, y que al final daría como resultado un elemento vital. Ya teníamos algunas copas en la cabeza, pero él parecía no querer detenerse, hacía ver que todo aquello que yo decía de mi vida era perfecto y necesario para subsistir esa noche en el bar. Igualmente de mi parte lo recibió. ¿Qué tanto podía trascender esta sensación? No había duda de que los dos sabíamos a donde se dirigía todo esto, pues en ese momento su cara solo transmitía algo: felicidad.
Último ensayo de la semana, y digo último porque a Zaragoza le gustaba darnos tres días de descanso, decía que un artista no puede esforzarse el doble los días previos al acto final, pues el cuerpo y el alma ya tenían el arte impregnado, solo era cuestión de reposo para que este diera una buena cosecha cuando debía, y con el cansancio de ultimar detalles quién objetaría a las sabias palabras de nuestro director. Así que finalizada la última sesión, todos fuimos a guardar disfraces y a dejar todo en su sitio, en un perfecto orden para que el domingo, cuando por fin nos daríamos el honor de presentarnos, todo saliera milimétricamente perfecto. Así que corrí a mi camerino, pues mi papel era tan relevante que requería de un lugar especial, eso me hacía sentir mejor que de costumbre. Abrí la puerta y de repente vi cómo alguien corrió detrás de las cortinas para esconderse, me pareció muy curioso, pero cuando moví una de ellas, era él, y sí, mi cara tuvo un cambio drástico, sobre todo después de que él se abalanzara hacia mí con un fuerte abrazo, me llevara hasta la mesa, con mis pies sobre los de él, y me sentará en ella, para luego llenar de besos la comisura total de mi boca, sus labios eran indescriptibles en ese momento, transmitían una calidez insuperable, no sabía si era como cuando bebes chocolate en un día muy frío y su dulce sabor te alegra la vida, o era como sentir ese sol que sale los domingos muy a las 8:00 de la mañana ¡Dios eso sin duda no tenía explicación! En mi mente solo rondaba la idea de cómo en unos días eso se había convertido en unas ganas de vivir al máximo, pues justo después de aquella vez en el bar, fue casi una semana de besos y palabras que solo demostraban el interés mutuo que por fin habíamos logrado. Susurrante me dijo muy cerca; - ¿acaso sabes tú por qué te abrazo tan efusivamente desde hace días? -  a lo cual yo respondí con un abrazador, - no -  y él continuo, -  porque hueles a vainilla, y es extraño, ya que todos dicen que mi fuerte olor oriental opaca cualquier fragancia en el lugar – sonrío de una manera pícara -  quería decirte que viendo la situación en la que nos encontramos; último ensayo, ya casi son las 8:00 de la noche y mi estómago presenta una inminente y exorbitante hambre, ¿vamos a tu casa a preparar algo?- nuevamente, la actitud de perplejidad frente a casi más de una frase de elogio y una evidente propuesta para no querer que nos separáramos, me hizo quedar por casi diez segundos sin musitar palabra alguna, mientras él me miraba con cara de que tal vez no me agradó la idea, pero salvé el momento con un -  ¡la pregunta ofende!, mi casa está para ti desde el momento en que me besaste -  eso tal vez sonó muy fulminante para tan especial momento, pero su cara no decía lo mismo, hizo un gesto de aprobación, y llenos de maletas pero de ganas de consumir una noche más hablando de los dos, partimos hacia mi casa.
Los últimos tres días y la noche en la que cocinó para mí esos macarrones, habían hecho de mí una persona ansiosa de vida, amante de los pequeños momentos, enamoradiza de cada segundo junto a él y a todo aquello que nos relacionaba. ¡Dios! era imposible que en un pasar de páginas ya le pertenecía, ¿me había entregado tan rápido a un efímero sentimiento?, fuese lo que fuese aquello que ocurría entre los dos era imposible detenerlo ahora, él solo exudaba todas esas cualidades que busqué obtener de alguien alguna vez. Era inteligente, guapo, hábil, gracioso, gran amigo, sincero, soñador, perverso, galante, muy buen amante, ingenioso, cómo no entregarse a una esencia como esta, era el momento justo para decirle a ese yo interior que no se contuviera más, que confiara, que sacara todo aquello que había guardado, que fuera confidente y sincero con él, que amara, que amara como quiso siempre, porque a la larga ¿Quién impuso un límite temporal para amar a quien se presta para ser amado? Después de toda esa congregación de sentimientos mezclados, con razón y a la vez no, debía concentrarme en algo. El musical. Eso era lo que necesitaba por completo de mí ahora. Sabía que debía dejar de lado ese deseo que me invadía, y por solo unas horas entregarme en cuerpo y alma al escenario, al público, al amor por este arte, ya que ese otro amor que necesitaba ser saciado ya tenía fuente por otro lado. Por fin tenía una corriente imparable que me conectaba de nuevo al mundo, y así sentí que trascurrió toda esa noche, y con una indudable sensación en mi rostro, entregué todo de mí. Y era obvio, todo esto era solo una cosa: felicidad.
El telón que daba un parcial cierre a lo que fue la más concurrida obra de apertura de verano, cayó, y con ello rostros invadidos de emociones, llanto, risas y felicitaciones; saltaban como ranas en el estanque de las bocas de todos en la compañía, Zaragoza no podía siquiera pronunciar palabra alguna, pues las lágrimas y el vino le impedían expresar cuanta felicidad sentía, y yo, mirándolo a él desde el extremo opuesto donde se encontraba, me percaté que su mirada de profuso amor, bastaba para llenarme de una paz absoluta.
Ya había guardado todo. Mi maquillaje y disfraz se había ido, era un hasta pronto por mi parte, el teatro vendría a traerme alegrías de nuevo, pero no ahora, en ese momento quería tomar por completo la felicidad que desde hacía semanas solo él podía dar a mi existencia. Salí y como era obvio esperaba por mí para regresar a casa, nos fuimos del teatro juntos y recorrimos la misma acera donde fortuitamente me habló aquella vez, y él agregó a ese momento – esta vez vamos caminando a casa. Y no sé, siento que hay poco tiempo para disfrutar de las cosas y una infinidad por hacer, así que es mejor darles el mayor significado a todas aquellas que hagamos de aquí en adelante – y terminando de decir todo esto, tomó mi mano y recorrimos cuanto puente y calle formó nuestro camino a casa. Para cuando habíamos llegado tenía la cara totalmente congelada, de nuevo ese extraño clima en medio de tan calurosa temporada. Mi nariz era un témpano y solo una cosa podría deshacer tan gélida barrera, esos tibios labios derritieron cuanto pudieron a su pasó. Y por primera vez sentí que el único sentimiento que invadía por completo mi vida se conformaba de nueve letras que por mucho tiempo había olvidado como compartirlo con alguien más: felicidad.
Dicen que no hay mal que por bien no venga, pero en este caso era todo lo contrario, esta vez el destino quiso voltear las cartas a favor de cualquier otra persona que no fuera yo, y sí, así como yo vi con el pasar de los horas en el teatro, las noches de juerga, y los días de descanso, la construcción de aquello que para mí siempre fue inexplicable y exuberante, ahora, me encontraba presenciando el exterminio de lo que en tan poco se edificó, ¿acaso yo imaginé cada cosa de lo que pasó? ¿Fui yo la única persona que pensó que cada momento vivido a su lado fue tan inimitable? ¿Será pecado querer entregarse a quien te cimentó en menos de nada innumerables posibilidades? Tal vez para él todo esto sí era así, pues de la misma súbita manera como llegó, efímeramente regresó a su lugar de inicio.
Los días siguientes a tal fortuna que se me presentó en aquella temporada de teatro, que jamás olvidaré, fueron una muestra clara de su posición, ¿Cómo un alma ermitaña como la mía, podría detener tal fulgor de aquella que le pertenecía a tan bravío caballero? Esta vez no hubo un abrazo fuerte o unos labios cálidos que me recibieran o me estuvieran esperando. De manera insospechada se fueron, demostrando así lo que en un principio buscaban. Residir momentáneamente. ¿Pero tengo acaso yo la culpa por confiar en ese anhelo? No creo, puesto que ello es muy subjetivo; y esa subjetividad en el sentimiento fue lo que hizo que todo quedara allí, porque justo cuando le pregunte;  - ¿no has sido feliz? - él no vaciló en decir – no, yo solamente estaba alegre- , y ahora me doy cuenta, con el pasar arrastrado del tiempo, él no se ha detenido, él sigue. Mientras yo estoy aguardando aquí con aflicción, sumiéndome en este mar de complicaciones y con temor de los movimientos que hago, sintiendo así que cada paso que doy es un paso en falso que no proporciona un futuro seguro, una realidad que merezca, y cada cosa de estas destruye mi ser, o bueno lo que aún siento que queda.
Sí, él era inteligente, era guapo, era amoroso, era buen amigo, un buen amante, tan hábil y gracioso como solo él puede serlo, sobrepasaba cada estándar que alguna vez impuse en mi vida, pero es que para merecer algo así, soy yo a quien deben merecer. Soy yo quien debe obtener esa agilidad, esa pasión, esa gracia, esa audacia, porque debo ser yo la primera persona en amarme.
¿Quién dijo que la cosa paraba aquí?, jamás he dicho eso, es una parte de vida que se fue con alguien, pero qué más da, la existencia se basa en dar y recibir. Que esos labios y esas manos estrechen lo que deben estrechar en su momento, y a quien deban hacerlo, puesto que para amar se necesita de dos, pero para acabar con todo no hace falta sino uno.

Dan Paradise

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23 de enero de 2017

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El sueño infinito de Mara


“Cada vez que Mara abría los ojos, en su pequeña habitación descolorida y con olor a antiséptico en las paredes, abría los ojos al mundo exterior. Se tomaba sólo un par de segundos antes de estirarse y apoyar los pies en el suelo; un par de segundos preciosos, que le servían de prólogo antes de comenzar el día. 

Se calzaba un par de zapatillas de lona (las únicas que tenía), que tiempo atrás, al comprarlas, recordaba que debían tener un color blanco, pero que ahora, con el desgaste y el paso del tiempo, lucían un tono amarillo. No era una fanática de su aspecto, ni del cuidado de su cuerpo; se vestía con un pantalón claro, y procuraba usar alguna remera que no delatara el olor del duro esfuerzo de cargar con el peso de su existencia, ni que no usará el tiempo que tenía libre para desperdiciarlo lavando su ropa.

La habitación permanecía a oscuras hasta las 11 de la mañana, excepto por un vago rayo de sol que se filtraba por un agujero en la superficie del techo; luego Mara abría la persiana sólo hasta la mitad, porque le parecía que la luz de afuera era demasiado prepotente y cegadora, y temía perderse en una realidad ajena a la que ocurría puertas adentro. Preparaba café todos los días, era su motor de arranque, su placer incurable, y leía un capítulo de alguna novela que tuviera pendiente, pero sólo uno, ni una página más, ni una de menos. Era una extraña manía que empezó y conservó desde pequeña, cuando su abuelo, Tito, comenzó a contarle cuentos de amor y de guerra, y (después de verla llorar y patalear varias horas por haber concluido precipitadamente el final de Romeo y Julieta) le aconsejó que así las historias se prolongaban por más tiempo, y hasta algunas, incluso, llegaban a nunca acabar.

En el confort y la seguridad de esas cuatro paredes, Mara, no sentía el paso del tiempo. Podían ser las doce del mediodía o las seis de la tarde de un año cualquiera, y ella seguía absorta en sus quehaceres cotidianos y en sus pensamientos. Éstos los dejaba pendientes una vez terminada la tarea de su hogar, suspendidos en algún rincón en el aire y volvía a retomarlos siempre por donde los había dejado. A menudo le gustaba transportarse a Bahía Soledad, un lugar inventado por ella y para ella. Una isla perdida entre las tumultuosas ciudades de la realidad, un mar de secretos entres los ruidos de los aparatos de hospital y una paz desconocida entre la gente inquieta del otro mundo, del que se asoma allá afuera. Ella era la única persona que podía decidir si quería un final feliz en su ciudad inventada, o un drama nostálgico como el que cargaba a menudo. Sea cual fuese su elección, ella era la protagonista y nunca jamás se perdía un capitulo. 

Cuando debía volver a las tareas de su pequeña habitación, dejaba los pensamientos y sus historias en pausa, segura de que al otro día volvería a cargarse de energías nuevas para enfrentar los nuevos desafíos que se le presentaran. 

Allí la descubrí yo, en Bahía Soledad. Era una tarde nublada; ella había optado cambiar la trama que venía construyendo por un drama nostálgico para acompañar la tristeza que la acompañaba a ella. 

No necesitó imaginarme, ni dibujar mis gestos ni ningún detalle de mi rostro, ni de mi cuerpo. Me adelanté a su imaginación, la ansiedad me devoraba y volé solo. Conduje por los túneles perdidos de la memoria dispuesto a hacerla recordar. La encontré acostada en la arena, observando el cielo, esperando que las nubes grises se saturaran y conviertan su ira en fuertes chaparrones. No notó mi presencia, ni siquiera cuando pasé delante de ella. Necesité hablarle, que escuchará mi voz, para traerla de regreso de esa nube gris que lloraba en silencio. Me dijo “vete de aquí, no molestes. Esta isla es mía, me pertenece, yo la inventé. Esta isla es segura y no quiero que me encuentren”. Me sorprendí a mí mismo desanimado por aquella confesión desabrida, que estaba completamente seguro de que escucharía. Le expliqué serenamente que no buscaba sacarla de allí, que vine a visitarla porque estaba preocupado y allá afuera empezaban a extrañarla. No contestó, pero adiviné en su silencio que no le interesaban los sentimientos que le pudiera ocasionar a alguien más. Por fin, estaba sola, había logrado ignorar todas las vías de escape que le ofrecieron para ayudarla a reaccionar y creo una propia. 

Esa isla, ajena a cualquier sonido ensordecedor, era la vía de escape que Mara había estado creando durante los últimos dos años, para asegurarse que si debía volver en un futuro, lo haría cuándo y cómo ella quisiera. 

Me acosté a su lado, y suspiré un par de veces. La había extrañado tanto…Quería abrazarla, deseaba que sintiera que no estaba sola, apartarla unos segundos de ese blanco sufrimiento; que mis suspiros además de secretos también le contaran historias, cortas y sin esperanza, pero al fin y al cabo, historias. Deseaba que pudiera decidir salvarse y enfrentará la realidad a la que tanto le temía y huía, pero esa decisión estaba en mis manos y no en las suyas. Aunque ella tratará de quitarme la pluma y seguir su rumbo, yo debía escribir un final. 

Me levanté de la arena y la miré por última vez. Era como la niña que recordaba y despedí hace un tiempo ya, a la que le fascinaba devorar historias y enseñé a atesorarlas hasta la eternidad; y sin embargo era también los restos de una mujer desconocida, que ahora tomaba su lugar. Caminé hacia el frío e infinito mar que se lucía impotente y feroz delante de mí, y me hundí en él, dejando un centenar de huellas atrás. Un centenar de huellas que le recordaran cuanto la amaba, por si acaso, quisiera seguirme. Pero no lo hizo. Y con una última línea, en un último párrafo, termine de escribir.

Y de nuevo volvió a pedirme que le contara el final de Romeo y Julieta, precipitadamente, y prometió, entre risas, que esta vez no lloraría.”

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