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23 de octubre de 2014

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Buscamos



Algunos viven,

otros buscamos,

buscamos.



Nos sentimos tan idiotas,

pero tan idiotas,

pero buscamos,

y buscamos.



Nos damos cuenta que buscamos,

pero no sabemos qué buscamos,

solamente buscamos,

y buscamos.



La vida se nos va,

y nos damos cuenta,

pero buscamos.



Los amores se nos van,

pero buscamos,

sólo buscamos.
 
Ernesto Palner
 
http://ernestopalner.wordpress.com/
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19 de octubre de 2014

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Magia Negra


Como buen cristiano Jacinto asistía a la misa de esa mañana oyendo el sermón del padre, sentado en uno de los bancos de la tercera fila entre Doña Concepción y la señora emperifollada que recién había llegado al pueblo. No dejaba de llamarle la atención ésta última; no por su físico ni sus ademanes, sino más bien por su conducta.

La señora no dejaba de vigilarlo de reojo, alarmada, como si su cercanía fuera una amenaza. Si Jacinto se movía ella se quedaba impávida, como en guardia, y permanecía en tensión hasta que él terminara su cambio de posición. En una de esas se ladeó un tanto hacia ella: Doña Concepción necesitaba más espacio, así que él muy amablemente y de buen grado se arrimó un tanto. Faltó que lo hiciera, la señora se apretujó en ella misma inclinándose hacia el extremo opuesto, se tensó toda, al punto de parecer una estatua comprimida.

Jacinto no la entendía. Para explicar su comportamiento lo único que pasó por su cabeza fue: “¡Qué rara que es la gente de fuera!”.

Siguió prestando atención a la liturgia y se olvidó de la mujer hasta que llegó el momento del Ad pacem. No hubo el cura acabado de decir: “Daos fraternalmente la paz”, cuando Jacinto ya estaba estrechando la mano de la mujer dándole el tan fraternal saludo. Al instante, ésta pegó un grito que alborotó a toda la concurrencia y se oyó como eco en toda la capilla para luego desmayarse, haciendo que todo mundo se apartara de sus puestos y hasta el clérigo abandonara el altar mayor.

– ¿Pero qué sucede aquí? –preguntó preocupado, aunque también exasperado por la interrupción intempestiva de sus oficios religiosos.

–Nada, padre. –Explicó Jacinto, quien ya había sumado dos más dos y ya tenía las cuentas claras del origen de la extrañeza de la señora emperifollada–. Que la mujer al verme recordó el color de su corazón y se asustó al ver que su interior se pudría y mi piel no.

– ¿No le habrá hecho usted una fechoría?

– ¿Cómo se le ocurre, padre? ¡Dios me libre! Aunque no sería mala idea que un servidor de mi raza le hiciera a ésta mujer una gracia.

– ¡Jacinto! ¡Que estamos en la casa del señor!

– ¡Pero si lo digo con buena intención!

A todas estas la mujer despertó de lo que creía había sido un mal sueño y cuando se halló en los brazos de aquel gran negro, se agitó lanzando manazas y emitiendo muecas a duras penas contenidas mientras gritaba desaforada, rabiando porque el hombre le quitara las manos (que no las tenía) de encima. Ante la evidente causa de su desfallecimiento, los demás ocupantes del recinto dieron voces de pena y se mantuvieron a raya con vaya usted a saber qué emoción asomada en la cara. Jacinto fue el único que no guardó distancia y la instó a acabar su perorata de insultos y blasfemias lastimeras.

– ¡Agua bendita, agua bendita! ¡Báñeme de agua bendita, padre! Necesito limpiar mi cuerpo de las manos de ese negro.

– ¡Ya, mujer! Si cree que un baño la limpia y la purifica, yo mismo le busco el jabón y le pido prestada la regadera al jardinero de Doña Concepción. –El padre se quedó viendo la escena y luego intervino.

– ¡Jacinto! ¿Es que usted la ha tocado?

–Bueno, padre, ¿cómo iba a saber que…? ¿Quería que la tirara al suelo?

–Venga, venga. Meta no más las manos en la pila, es usted quien debe limpiarlas de ese cuerpo. –El negro sonrió de medio lado ante la ocurrencia del padre, pero no se movió. La mujer seguía gritando a viva voz:

– ¡Agua bendita, agua bendita, padre, por favor!

No se calló hasta que un par de señoras, hartas de escucharla, levantaron una de las grandes pilas del preciado líquido que descansaban en el santificado recinto y se la vaciaron encima. La bañaron completica y las ropas se le pegaron a la piel trasparentando su figura. Ya no gritaba, pero temblaba de pies a cabeza mientras trataba de cubrir inútilmente sus partes. Jacinto, que la tenía de frente, tuvo una magna visión de su silueta y entonces dejó oír:

– ¡Dios me libre ahora de caer en la tentación porque ahí sí que no se salva ni usted ni yo!

– ¡Atrevido! –Gritó la mujer como comienzo a una serie de improperios, pero se detuvo no más ver el torso del negro al descubierto que se había despojado de su camisa. En el embelesamiento en que se sumió viendo el conjunto de musculatura más que bronceada que tenía ante sí, que irradiaba una fuerza descomunal y dominante, no pudo percatarse a tiempo de que el hombre había logrado cubrirla con su prenda. Por eso cuando dijo que ni loca dejaría que la vistiese con su ropa, el reclamo llegó tarde y tuvo que soportar a duras penas que el hombre le dijera:

– ¡Ah, caramba! Lo hubiese dicho antes. Con el gusto que me hubiese dado quedarme con mi camisa mientras disfrutaba de su vista.

– ¡Descarado!

– ¡Descarada usted, que no me quita los ojos de encima desde que me desnudé!

La mujer parpadeó varias veces sin saber a dónde dirigir la cabeza para disimular y se mordió la lengua al encontrarse otra vez con el torso del hombre. Jacinto le mostraba los dientes que relucían en medio de la oscuridad de su tez, en una amplia sonrisa. El padre que seguía de cerca la escena junto con todos los asistentes a misa, soltó de pronto:

–Donde éste par siga así, tendremos boda en pocos meses.

Tras oír esas palabras la mujer salió corriendo del recinto con todo y camisa ajena puesta. El negro la siguió con los ojos, risueño, sin poder evitar que el hecho le causara gracia. El cura llamó al orden a los restantes, que luego abandonaron la sagrada estancia como si nada hubiese pasado. Pero sí que pasó.

La noche de ese día la mujer se removía intranquila en su alcoba, sin poder quitarse la imagen de Jacinto de la cabeza. En más de tres oportunidades se despertó sobresaltada tratando de poner fin a unas vívidas pesadillas en donde él estrujaba su cuerpo, se cernía sobre ella, la exploraba desnuda, la saboreaba, se alimentaba de ella y la hacía alimentarse de él. En una de esas despertó gritando al oírlo en sueños susurrarle: –Vas a comer chocolate del bueno, mujer.

No pudo seguir durmiendo. Se levantó temprano y para alejar esos males quiso anular cualquier cosa que se lo recordara. Incurrió en notables estupideces: puso manteles blancos sobre la mesa de ebanista del comedor en donde se serviría el desayuno, se prohibió tostarse el pan, no tomó café, se preparó solo leche de beber y se deshizo de todo el chocolate de la despensa, no sin cierto remordimiento. Pero ¡por Dios! No podía siquiera pensar en consumir tan divino alimento sin imaginar sus labios, su lengua o su boca entera en contacto con la piel del negro. 

Pasó malos ratos a costa de satisfacer sus recientes caprichos hasta bien entrada la tarde, cuando un fuerte trueno repercutió en el interior de la casa causando un gran estruendo a la vez que unos fuertes golpes en la puerta la sobresaltaron a tal punto de paralizarle los latidos y hacerla estremecer. Se dirigió hacia el tosco llamado recelosa y abrió con cautela. Una fuerte brisa se adentró de golpe y sin invitación alborotándole con total desvergüenza las prendas y la desenvuelta cabellera, cargada de la humedad de la lluvia que empezaba a galopar contra el suelo sin piedad, macerando la tierra que bostezaba emanando el hálito de su letargo. 

Un tronco macizo y fornido invadió el vano de la puerta al tiempo que una de sus robustas ramas se atrancaba bruscamente en la jamba, ocupando todo su campo de visión. Se quedó en seco, paralizada por la impresión. Cayó tan de bruces a ella que podía notar el agua resbalando rauda por su superficie. 

“Ahora sí no tengo salida” –pensó impávida, presa de su propia turbación. 

Ahí estaba, frente a ella, el motivo de su desvelo y reciente malestar echando todas sus precauciones y anhelos de olvidarlo por la borda; para colmo de males y para acentuar su descaro, con el torso pétreo y resplandeciente en gotas de agua al descubierto. Estaba pasmada, casi hipnotizada viéndolo, mientras en sus pensamientos se agolpaban imágenes de las últimas pesadillas de las que empezaba a aterrorizarle considerablemente el hecho de que solo fuesen sueños. Entonces lo escuchó resuelto, decidido, con esa determinación y virilidad que estaba impresa en cada uno de sus músculos:

–Se ha llevado usted una prenda mía y yo de aquí no me marcho hasta llevarme una suya.


Fritzy Zamor


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17 de octubre de 2014

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El escritor y el gato




Lo peor de la invisibilidad de las naves extraterrestres, que espían la tierra, es que son detectables cuando llueve. Sí, porque al llover la propia energía que rodea a la nave hace que el agua se evapore a tal velocidad, que se produce un claro de cielo, un claro entre las nubes, algo así como un agujerito azul, exactamente redondo y coqueto, que podría descubrir su presencia ante los humanos.

     Vatilul veía con preocupación el frente de lluvias tormentosas que se acercaba, con las isobaras muy juntas, con una considerable cantidad de H2O y polvo en suspensión para descargar, y mientras, Ohmiol seguía observando a dos de los especímenes terrestres que llevaba tiempo investigando.

–Nos vamos Ohmiol, no podemos ser descubiertos.
–¿Ahora? Estoy a punto de averiguar cómo lo hacen.
–¡Ahora! sí. Ya tienes todos los datos dentro de ti. Terminaremos las conclusiones durante el viaje.

     Los datos que Ohmiol tenía grabados en su mente eran muchos y estaban perfectamente estructurados. No fue difícil para Vatilul obtener una imagen gráfica de los sujetos, un humano y un felino.
     El humano permanecía sentado en una silla, apoyando los codos sobre una mesa en la que había varias hojas de papel de color blanco y al lado de ellas había un prehistórico instrumento alargado cuya utilidad aún estaba por determinar. Permanecía quieto mirando al techo del habitáculo. El pelo de su cabeza lo llevaba largo y sujeto por detrás de las orejas, vestía ropas arrugadas, anchas, de color oscuro y con hilos sueltos por varios lugares.
     El felino permanecía en movimiento. Daba saltos de un lado a otro del receptáculo, sobre la mesa, sobre los muebles, sobre el propio humano. Saltaba también hacia el techo con agilidad y caía al suelo con igual agilidad. Era un felino con el pelo corto, blanco, negro, brillante, y hablaba al humano con sonidos guturales. (Nota: consultar al traductor)

–Pero, ¿qué quieres averiguar? Tu fascinación por los humanoides no tiene límites. No hay nada que observar ahora. Podrían pasar horas, días, años, no puedes seguir el estudio en esta dimensión actual, debemos avanzar.
–No podemos avanzar Vatilul, si avanzamos nunca sabremos cuando llegó La Musa, cómo se presentó, qué provocó...
–Mi querido Ohmiol, La Musa es el gato y tu imaginación no te deja ver la realidad tal y como es.
–¿Cómo va a ser La Musa el gato? ¡Si además es macho! Reconozco que todos los humanoides escritores que he estudiado tenían a su lado un felino que no dejaban de acariciar, en los momentos en los que miraban hacia el techo, como si estuviesen pensando.
–Lo que te sucede es que sientes empatía por este humano destartalado y solitario, y ello ha provocado que pierdas la perspectiva descriptiva de las cosas observadas. La clave está en el gato Ohmiol, ¿de verdad no lo ves? Mientras ese felino no dé caza al insecto que está golpeándose contra el techo, y se calme; mientras no se suba sobre el escritor y lo acaricie con su pelo suave, mientras no ronronee y emita esas feromonas placenteras, el humano no avanzará en su estado de ensoñación y no escribirá nada.
–Entonces ¿no importa el sexo?
–¡Oh, sí, el sexo importa! –respondió Vatilul al inocente Ohmnio, al mismo tiempo en el que se convertía en una especie de ser peludo, como una bola enorme, suave, brillante, caliente, y se colocaba sobre Ohmniol que empezó a notar cosquillas mentales no se sabe cómo.
–¿Esto es La Musa? –A Ohmniol le estaban encantando esas cosquillas.
–Sigues sin entenderlo. La Musa es esto: –y se volvió a su estado natural, el de extraterrestre indescriptible, dejando a Ohmniol con todas las ganas paralizadas y muchas más preguntas sin resolver. –Y ahora... –dijo con telepatía de enfado, –¡a escribir!
 

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15 de octubre de 2014

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Continuidad de los tiempos


-de Cortázar a Arbolito y los otros-

“Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor... Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi sable, carajo!

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres ó niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, ó no sabía porque, pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes a la corona española.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por su único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente el jefe ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, ó si fue otro personaje del que se habla, pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…
Ernesto Palner
http://ernestopalner.wordpress.com/
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13 de octubre de 2014

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De mente



Mente inexperta que crece
a cada instante al ritmo
en que nacen y mueren
las células de mi cuerpo.

Mente inquieta sólo con
preguntas, y a veces
algunas respuestas que
no llenan y aniquilan mi universo.

Me niego a la razón
que ha hecho de la ilusión un puñado
de retratos con formas
sin sentido y alejadas
de lo que supuso mi imaginación.

Mente ingenua que pretende
crear formas perversas, sin imaginar
que a pesar de ello, al mirarlas le parecen hermosas
aunque pálidas, rebosantes de agitación.

Mente desnuda y triste que quisiera
vestir su cuerpo y que no halla la talla
para tales formas encaprichadas creadas por los deseos
que provoca el frío que palidece mi reflejo.

No permitas que en tu locura se haga preso este corazón
aproximémonos y logremos que tus deseos que son los míos
se mezclen sobre un lienzo
en el que se dibuje
tú emoción y mi pasión.

Amén

Leopoldo Trejo C.

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11 de octubre de 2014

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Chupasangre


Me encanta la humanidad. Claro que, teniendo en cuenta que la integra un puñado de individuos descarrilados, serviles, monótonos y de reflejos lentos; debo poner a resguardo mi reputación y especificar que lo que realmente me seduce es su sabor, su olor, su temperatura, su mecánica respiración… Degustarlos, drenarlos, despilfarrarlos, deleitarme con el aroma del líquido que hierve bajo su piel, clavar mis colmillos en su carne y abstraerme en el fluir del metal rojo que abandona raudo su sistema para inflar ardientemente mi organismo, despertando hasta el éxtasis cada fibra para embriagarme del poder absoluto. 

A veces los escucho llamar a Dios en ese momento tan glorioso para que haga algo por ellos, entonces alzo la cabeza al cielo en el culmen del más enajenado placer y espero. Nunca se ha manifestado, por supuesto, y siempre me queda insatisfecho el deseo de agradecerle por tan suculento alimento.

Es fascinante lo que una gota de ellos puede hacer, pero ni vaciar por completo al último mortal bastaría para aplacar mi sed.

Me encanta la humanidad, ya lo sabéis. A mi manera. Del mismo modo en que ellos dicen amar sus trabajos para ocultar que lo que en realidad aman es el dinero.

Huelo… Huelo… ¡Oh, sí! ¡Sangre fresca! Mis sentidos han detectado dos envoltorios de mi comida predilecta. La oscuridad, fiel cómplice que desde siglos me acompaña, me avisa que ya es hora de la cena. 

A ver, ¿qué especialidad será? Los estudio, los evalúo como ellos observarían la etiqueta de un producto antes de adquirirlo. ¡Bah! Al final todo es una cuestión de apariencias y en su caso, una cuestión de publicidad. Decido que me gustan el color de sus cuerpos y sus cabellos, y la forma en que se desdibujan sus músculos. Escucho lo que se dicen: “Me tienes alucinando como idiota”, “Lo quiero todo contigo”, “Por ti mando al carrizo a lo efímero”. Hum... ¡Vaya, vaya! Parece que voy a cenarme a un par de románticos que cree que el amor les durará hasta la muerte. Les haré el favor de no sacarles de su error y convertir en realidad su patético anhelo; después de todo, ¿quién soy para contradecirles? 

Ahora solo pienso en morder, morder, morder... Siguiendo mis impulsos atravieso el aire en milésimas de segundo y muerdo primero al humano de cabellos más largos, justo en la protuberancia tan apetecible que se le hincha por encima de su órgano vital. Le oigo gritar, a pesar de no haberle dado el ataque definitivo. ¡Por las tinieblas! ¡Cuánta cobardía va impresa en su alarido! Me maravilla inspirarle miedo, pero aborrezco las vibraciones en mi oído. 

Su acompañante se alarma, me da un manotazo, quiere ahuyentar el peligro. ¡Yo soy el peligro! Podría doblegarlo sin una pizca de esfuerzo antes de que le dé tiempo a parpadear. Quiero jugar, les daré algo de tiempo. Al fin y al cabo me sobra eternidad.

El hombre intenta asirme en la oscuridad, hace malabares para atraparme. ¡Argh! ¡Qué actuación más mediocre! Me hace perder de inmediato el interés. No, no me malinterpretéis: ya no me resulta entretenido, pero todavía me lo quiero comer. A este sí lo despacharé sin dilación por hacerme retrasar mi placer.

Ubico la zona perfecta donde plasmar una profunda mordida y antes de dejarle reaccionar mis colmillos han atravesado su carne. Siento el manar de ese elaborado fluido trastocar violentamente mis sentidos, me estremezco explayándome en la excelsa sensación de catar y atiborrarme de vida, de lo que realmente es vida y no la definición absurda e intangible de lo que ellos creen que es. 

¡Oh, aromas…! Una ráfaga de viento me empapa el olfato del delicioso néctar que estoy ingiriendo y me trae el olor impávido del recipiente cercano del que estoy a punto también de consumir. Alzo la cabeza al cielo como de costumbre y…

¡Paf!

– ¡Ay!, cariño, ¿quieres matarme a mí también? 

–La próxima dejo que esa criatura maldita te desangre. Casi nos vacía las venas.

–Tampoco exageres, como mucho logró atravesar la piel.

– ¡El chupasangre ese me succiona el cuerpo y yo exagero!

–Ya, amor. ¿Por dónde íbamos?

–A ver si mañana traes un insecticida decente.

–Listo. Ahora ven aquí. Ese endiablado bicho no se podrá dar un banquete, pero te aseguro que nosotros sí. 

– ¿Ah, sí…? ¿Cuánta hambre tienes?

–Acércate no más pa´ que te enteres. Ahora solo pienso en morder, morder, morderte...

Dominado por mis impulsos atravieso el aire y muerdo uno de sus turgentes pechos. La oigo gemir contoneándose a pesar de que apenas he rozado su pezón con mis dientes. ¡Por los cielos! ¡Cuánto deseo va impreso en ese sonido! Me maravilla inspirarle un ansia tan vehemente, adoro que su cuerpo vibre al contacto del mío...


Aldo Simetra


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10 de octubre de 2014

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Carta a Saturno II



409/06/2014

Después de todas las cosas estoy aquí, tratando de no escribirte de nuevo, negándome a este sentimiento que me obliga conversar con una hoja en blanco, la única amiga que no juzga. ¿La razón? Es sencillo, tenía algo de tiempo sin escribirte y mantenía mi firme postura de que no lo hacía porque ya te había dejado ir, no me importabas, te había superado, por fin había logrado permanecer estoico ante ti. Podría engañar a cualquiera, decir que me estoy enamorando de A, que me está gustando de verdad, que te dejé ir, pero –tristemente- no puedo engañarme, sé que te extraño -como siempre-, sigo creyendo fuerte –y estúpidamente- que ya encontré el amor de mi vida, tengo la necia idea de que contigo mi vida estaría mejor.

Sabes que soy una persona que disfruta de pensar, que ama platicar con tal de conseguir diferentes cosmovisiones provenientes de muy variadas personas, pero ya no puedo. Me quitaste lo que más amaba, no puedo platicar con alguien porque en seguida pienso: “Saturno hacia esto, a Saturno le gustaría tal o cual cosa. Saturno, Saturno, Saturno”. Incuso arruinaste las conversaciones conmigo mismo, me da miedo pensar, pues irremediablemente termino pensándote.

Dicen bien que recordar es volver a vivir, pero al vivir algo de nuevo retumba en mi pecho una voz que me dice que ya no podemos crear nuevos recuerdos. Nada me llena ya, no pinto más, siento que cada vez que escribo empeoro, no hago siquiera el esfuerzo por dibujar, la pasión que tenía al tocar ha sido remplazada por una tibia sensación de tranquilidad, creo que ya no seré capaz de amar.

Extraño sentirme completo, amanecer a tu lado bien crudo sabiendo que seguramente hicimos algo malo la noche anterior, destruyendo las ilusiones de otras personas sólo para estar juntos, ser egoístas para poder compartirnos. Extraño el sentimiento de felicidad que nunca cupo en mi pecho cuando estaba contigo, los desmadres, las tristezas, las pelas, tus llantos, abrazos, besos, enojos, rasguños, extraño todo, te extraño a ti.

Pero no me malentiendas, no estoy pidiendo que regreses ya, no pido que siquiera me hables, tampoco quiero ya regresar el tiempo hasta ese día hace más de dos años que nos dimos nuestro primer beso, borrachos, a escondidas, haciendo un desmadre -desde el principio-, arrastrando vidas ajenas a nuestra ininteligible relación –ni nosotros llegamos a comprenderla- y quedarme contigo desde ahí. Sólo te pido una cosa: lárgate, no quiero saber nada nunca de ti, no me importa que hagas, a quien beses, con quien cojas, a quien ames, vete y haz tu vida, pero regrésame la mía.

Iván Joya

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8 de octubre de 2014

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Caravelle


El reclamo de Ivette, era básicamente el mismo desde hacía mucho tiempo, y él consideraba que con mucha razón por cierto. A ella le resultaba muy difícil convivir con una persona deprimida y sin ganas de vivir, con un constante desgano por todo; la entendía perfectamente, y por ese motivo se había propuesto terminar la relación, pero terminarla de una forma que ella no sienta ninguna culpa por la separación, que la responsabilidad cayera enteramente sobre él, que en definitiva era el que tenía tantos conflictos existenciales sin resolver, ó sin ganas de resolverlos.

Preparó su vehículo, le dijo a Ivette que iba a pasar un par de días en la casa de unos amigos cerca de Perpignan, lugar donde él había vivido de joven, y donde vivía aún una compañera de facultad de la cual Ivette pensaba que él seguía enamorado. El par de días se transformaron en meses, con cartas cada vez más lejanas y más indiferentes. Ivette, después de esperarlo más de un año, y tratando de recuperarlo, le advirtió que si no regresaba a París para estar con ella, se volvería a Vierzon. La idea de no volver a ver a Ivette le hizo temblar todo el cuerpo, pero tenía que ponerla a salvo de él y su depresión incurable, sería mucho mejor para ella.

Dejó pasar los días tratando de no estar sólo, visitando viejos amigos y recorriendo los alrededores. Imprevistamente, se imaginó con Ivette retomando su viejo trabajo de titiriteros, se preguntaba porque no empezar de nuevo, porque no intentar recuperar su vida y su compañera de tantas vivencias. En muy pocos días tenía escritos varios libretos con nuevos cuentos para las funciones de títeres, la vida empezaba a interesarle y a tomar color nuevamente, sentía que tenía que retener a Ivette, sin su amor, definitivamente se acababa su interés por la vida.

Decidido, preparó sus cosas y su viejo Caravelle, tenía que llegar a París lo más pronto posible para compartir con Ivette sus ideas y nuevos proyectos que seguramente cambiarían sus vidas retornando los días tan felices que habían vivido. Recorrió muchos kilómetros, con la grave incertidumbre de saber si llegaría a tiempo para retenerla, sabía que los domingos la entrada a París por la autopista del sur era muy concurrida, pero tenía que intentarlo de cualquier manera.

Imprevistamente, apenas salidos de Fontainbleau, se detuvo el tránsito en todos los carriles, recorrían algunos metros al paso y volvían a detenerse, otro tanto al paso, y nuevas detenciones, cada vez más prolongadas. Pasaban las horas y no avanzaba, no podía ser real, no podía estar pasándole esto, tenía que llegar a París cuanto antes.

Miraba a su izquierda buscando cómplices que entendieran su desesperación, pero encontraba una pareja en un Peugeot 203 con su felicidad avícola y su niñita; miraba a su derecha y había un Volkswagen que conducía un soldado, seguramente recién casado, muy feliz con su nueva esposa; si miraba al frente, había un Peugeot 404 con un ingeniero joven y muy sociable, tratando de conquistar a la muchacha que conducía el Dauphine de su izquierda. Más adelante todavía, adelante del 404 del ingeniero, unos muchachos en un Simca, escuchaban una música estridente a todo volumen y reían a carcajadas continuamente, como si estuvieran en una fiesta. Las únicas recatadas, y que realmente ponían interés en que el tráfico avance manteniéndose en su Citroen 2HP, eran dos monjas que estaban adelante del VW del soldado. Si se mantuvieran todos en sus autos, y con la firme voluntad de avanzar, en vez de estar hablando, comiendo, y riendo, tal vez lograrían continuar sus caminos.

Parecía que todos los que lo rodeaban, a pesar de estar estancados en esa autopista, no comprendían que su vida dependía de llegar a París a tiempo para no perder a Ivette; todos exhalaban vida y felicidad pese al contratiempo, eso lo deprimía cada vez más, no quería hablar con nadie, ni sonreírle a nadie; no quería comer ni beber compartiendo lo que tenían, como hacían todos; solamente quería llegar a Ivette, por esta vez y en mucho tiempo, quería una oportunidad de vivir, de sentir ganas de vivir.

Pasaban los días, las noches, y él seguía firme en el volante de su Caravelle, con la vista fija hacia adelante. Poco a poco, la ilusión de encontrar a Ivette todavía en París, se fue diluyendo. También la idea de empezar nuevamente con su oficio de titiritero, se fue esfumando. Los años, le caían a baldazos sobre su cuerpo a cada minuto que pasaba anclado en esa autopista, su cabeza empezaba a pesarle cada vez más, los brazos y las manos fijos al volante, pero con un peso infernal é insostenible sobre todo el cuerpo.

Cuando el ingeniero del 404, que era quien más recorría los autos vecinos, se acercó al Caravelle, notó que ese hombre callado, serio, y que no había compartido más que algunas palabras con los demás, estaba apoyado sobre el parabrisas mucho más pálido é inmóvil que lo habitual. Junto con el soldado del VW, llamaron a un médico que estaba unos autos más adelante. El hombre del Caravelle, tan pálido y serio, se había envenenado.

Los amigos de Perpignan, devolvieron una carta dirigida a él, enviada por Ivette, y que había llegado un tiempo después que el hombre del Caravelle volviera a París. Ivette la recibió, desilusionada por no tener respuesta de la persona que amó toda la vida, y a quién siguió esperando por siempre.

Consecuencias de la “La Autopista del Sur”, de Julio Cortázar

Ernesto Palner
http://ernestopalner.wordpress.com/
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