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4 de julio de 2015

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Hazme feliz

Tus zapatos juveniles, tu blusa transparente y ese jeans que doblas en los tobillos mostrando sutilmente tus calcetas color celeste.
Caminas bonito y tu lengua trae al mundo…Al menos el mío.
Tus ojos se camuflan con los arboles y tu piel clara, suave y pecosa jamás se podría comparar con nada. Siempre me acordaré que decías que eras hija de la luna, quizás era cierto pues eres igual de hermosa que ella.
Suelo acordarme bastante de la primera vez que te vi… Estabas con tus ojos rojos, linda y llevabas puesta esa libertad que te caracteriza.
Fui feliz porque te encontré.
Fui feliz porque me encontraste.
Pero en un instante de lucidez llega a mí una ola de pensamientos y uno de ellos es que ya no estás.
Y si a ratos me recuerdas te pido que sonrías al hacerlo porque yo lo hago todo el día cada día
Y si te pregunto si me recuerdas dime que si, engáñame, hazme feliz.

Ivanka Marino.
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2 de julio de 2015

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El Sr. X


La mujer detrás del escritorio parecía cansada. Sus lentes clásicos, dignos de otra era, reflejaban los datos que la pantalla gaseosa suministraba en el espacio vacío frente a ella. Un cuadro de Kazimir Malévich en la cúspide del suprematismo hacía las veces de fondo a una lámpara de lava que intentaba otorgar algo de vida a la decoración minimalista del lugar.

-Entienda Sr. Xener que como excepción el Ministerio del Interior ha accedido a esta entrevista personal, pero eso no implica que usted goce de alguna prerrogativa sobre el resto de sus coterráneos. Usted debería haber completado el trámite como todo ciudadano desde su propia casa. No entiendo su necesidad de…

-Quiero hablar con una persona…-respondió Pablo cansado de tanta espera-

-Ve? Eso es lo que no entiendo. Nuestros sistemas informáticos cuentan con la mejor tecnología de interacción humana. Casi al borde de la Inteligencia Artificial. Seguramente usted no ha podido descubrir cuando es atendido por un humano o no.

-Siempre.-

-No le entiendo. ¿Siempre qué?-

-Siempre me atiende una máquina.- dijo Pablo Xener con una nota de tristeza en la voz - Es fácil de saber. Nunca celebran una broma. Uno finalmente se da cuenta que no hay más empleados, excepto usted.-

-No es cierto Sr. Xener. Ve cómo está equivocado? Somos miles de empleados, sólo que no atendemos al público. Sería imposible atenderlos con la misma calidad que con las nuevas tecnologías. Pero por el momento eso no importa. Vayamos al grano. Usted tiene que seleccionar una de las alternativas que el Ministerio pone a su disposición. El plazo es de tres días y usted se ha retrasado…a ver… - dijo mirando un registro de su pantalla- casi , no, exactamente tres meses dos días y cuatro horas con dos minutos y treinta segundos…- lo miró reprendiéndolo por encima del marco de sus lentes -

- Usted no me entiende señorita. No me he retrasado. Me niego a tomar esa decisión. Ustedes ya han avanzado sobre más de lo que estoy dispuesto a entregar. C´est fini,  finito, enough, suficiente...se terminó -dijo sonriendo-

La mujer se acomodó los anteojos y rectificó su posición en el asiento. Estaba tomando conciencia que Pablo sería uno de esos casos problemáticos que le demandaban el mayor esfuerzo.

-Sr Xener... – dijo intentando una sonrisa- Sr. Xener, usted ha sido padre hace exactamente tres meses dos días y cuatro horas con …cinco minutos y aún no ha definido su compañía de seguimiento. Se puede saber cuál es el motivo ?

-No quiero que mi hijo esté sometido a este método…

-Con todo respeto, sus deseos no son relevantes Sr. Xener. Su hijo ya cuenta con el inserto del microchip que las regulaciones determinan. Como usted sabe al momento de cortar su cordón umbilical se hace uso de la incisión para introducir el set genérico de seguimiento personal, y usted aún no lo ha activado.

-Ni pienso hacerlo. Quiero que mi hijo sea libre de elegir su destino. No quiero imponerle nada como tampoco quiero que sea bautizado hasta tanto él no lo decida. Creo que antiguamente se lo llamaba libre albedrío.

La mujer se mantuvo un instante en silencio.

-Aún hoy se lo llama así... aún hoy. Lamentablemente Sr. Xener hace muchos años que se encuentra vigente el sistema de trazabilidad humana y no es optativo, es parte de la Constitución Nacional y asegura la inclusión social y la seguridad interior. Usted como todos cuenta con un único número de documento, el 234.456.895.PEX que se corresponde con sus permisos de trabajo, registro de conductor, clave impositiva, marca de geolocalización, débito y crédito bancario, dirección IP y número telefónico. El sistema ha demostrado ser muy útil con un solo número guía para cualquier requerimiento personal.

-Y mientras el Gran Hermano -dijo con un gesto de entrecomillado- hace de las suyas yo ni siquiera soy Pablo Xener. Me he convertido sólo en un perfil, un elemento de búsqueda codificado en binario. Ya no disfruto ni siquiera de privacidad…Hasta cuando sueño me llegan imágenes de la Red, ofertas de servicios, planes de descuento y llamadas equivocadas. No, no quiero eso para mi hijo.

Pablo se acomodó nerviosamente sobre su asiento como quién se planta en sus convicciones.

-Tenga en cuenta que así hemos erradicado todos los problemas del pasado. El buscador Finder ideado  por el genio de la informática Marcos Bergzücker necesita un único elemento para poder rastrearlo. Cada consulta de datos tiene su ID. Cada viaje o desplazamiento GPS, compra, pago de impuestos, plan de salud, débito y crédito bancario. Podemos saber cómo interactúa y con quién. De esa forma no hay posibilidad de que cometa un delito sin que nos enteremos y si lo hace, no podrá ir muy lejos. Es lo mejor que podía habernos pasado.

-Lo dudo mucho. Hemos creado problemas nuevos.

-Mire Sr Xener, usted está obligado por la ley a optar por una de las tres operadoras que manejan el sistema; Movilstars, Diáfano e Individual. Cualquiera le brindará el servicio a su hijo con esmero y lo mantendrán informado de las nuevas liberaciones de juegos, música on-line y ofertas de telefonía y video…Un minuto por favor-

La mujer tocó el lóbulo de su oreja para atender una llamada entrante. Parecía que la comunicación era deficiente pues trataba de enfocar sus ojos en una imagen de video que Pablo no podía ver pero que viajaba por dentro de la mujer desde su ombligo hasta su nervio ocular.

-No, gracias , no estoy interesada en un plan de salud que incluya recambio de chip y actualización del firmware SIM sin costos…No, está bien. No es nada. Gracias-

Y volvió a tocar su lóbulo para cortar.

-Sabe que estaba hablando con una máquina , no? Que no era necesario ser tan educada? Que la están llamando porque seguramente ayer ha puesto en algún buscador un argumento referido al chip o a operaciones de plan de salud? Incluso sólo puede haber escrito "Plan de Salud" en alguna búsqueda y ya sería suficiente como para localizarla e inundarla de información. Es todo tan automático...

-Si, lo sé- dijo como entendiendo el punto al que Pablo hacía referencia-

-Incluso esta tarde la contactarán para un curso de postgrado para mejorar su interacción con humanos problemáticos. -dijo sonriendo- Nunca falla. Le decía que no quiero eso para mi hijo.

-Lamentablemente su opinión en este caso no es relevante Pablo -dijo ella ex profeso para generar un acercamiento más personal-. Si usted no decide, la ley nos autoriza a asignarle de forma forzosa un abono de por vida con la empresa Movilstars. Claro que su hijo podrá renegociarlo al alcanzar la mayoría de edad…-

-Marta no?.

-Si- respondió ella detectando la ironía

-Mire Marta, todavía estoy pagando las cuentas acumuladas durante el tiempo que he estado sin trabajo ¿y ahora se sumarán las del servicio de mi hijo que ni siquiera habla?. Mientras tanto ustedes podrán vigilarlo, o peor aún, programarlo insertándole conocimientos subliminales orientados al beneficio de este experimento social…no gracias. Simplemente podría usar un electroimán para anular la programación residente en la SIM y terminarían mis problemas.

-Como usted sabe y estoy obligada a recordarle, cualquier daño o pérdida está sancionada por la ley 238884-1 del código penal  e implica incluso condenas a prisión de entre tres y veinte años…

Pablo pareció meditarlo como una posibilidad cierta.

-Cuál es la diferencia? Ya soy un prisionero que le paga al Estado...Al menos en la prisión me desconectarán del servicio y mi familia tendrá un gasto menos. Pero no se preocupe Marta, el mundo es extenso y aún no han logrado la cobertura global. Existen bosques donde los drones no pueden lograr visual, ríos plenos de peces, árboles que entregan sus frutos sin pedir un código de débito y terrenos que aún se encuentran sin ocupar. Creo que tengo aptitudes para vivir fuera del sistema.

A la empleada pareció no agradarle hacia donde se dirigía la conversación. Apoyó sus brazos sobre el escritorio y se inclinó sobre él acortando la distancia que la separaba de Pablo.

-Mire- dijo la mujer bajando un tanto el tono y de manera confidencial, casi susurrándole- usted sabe que no le conviene ir contra la corriente. De la misma manera que nadie le preguntó nada y al momento de nacer usted vio la luz con una cuenta prepaga ya instalada, ahora debe hacer lo mismo con su hijo. No lo está traicionando, lo está incluyendo en la sociedad. Piense que quienes carecen del inserto se convierten en parias sociales y estoy segura que usted no quiere eso para su hijo. Mire, elija una, la más barata y después dedíquele un poco de tiempo a la colocación de filtros. No son económicos, pero son una opción que el gobierno pone a su disposición para que pueda tener algo de control. Manéjese con cuidado. No se meta en más problemas. No vale la pena. Ya todo está dicho y hecho…Recuerde que está siendo grabado.

-Perfecto Marta, -dijo Pablo en voz alta- así podrá escucharme tantas veces como sea necesario hasta entenderme...

Marta sonrió nerviosamente como producto de la sorpresa.

-Lo que no entiendo es para qué solicitó esta audiencia si no está dispuesto a conceder nada...¿Qué resultado esperaba obtener?

-Es estúpidamente simple Marta. Sólo he venido a devolverles lo que es de ustedes... - dijo Pablo mientras depositaba sobre el escritorio tres microchips genéricos con imperceptibles rastros de sangre coagulada- ni perdidos ni dañados, porque ya no podrán encontrarnos nunca más.

La empleada instintivamente activó la alarma oculta bajo su escritorio consciente de que no solucionaría nada porque el único agente de seguridad disponible se encontraba en el contrafrente del edificio, casi a diez minutos del lugar.
Pablo se despidió sin más palabras, con una sonrisa amable y franca, mientras Marta aún congelada por la sorpresa, lo veía caminar lentamente hacia la puerta de cristal que los separaba del hormiguero en el que se convertía la calle en pleno mediodía.
Lo observó a contraluz ya en la calle y de espaldas. Su figura se detuvo tan solo un segundo, como disfrutando el momento. Notó por el leve movimiento de su torax que llenaba profundamente de aire sus pulmones en una gran bocanada, como un buzo que está por sumergirse en el más profundo de los anonimatos.


OPin2015

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30 de junio de 2015

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Ciclos cerrados


"Y sigo mi camino... cuando me doy cuenta de que mucho ha quedado atrás, lo que era presente ahora es pasado, qué ironía. Continúo dejando en ese largo y duro camino tantas cosas, tantas personas y tantas situaciones. Esta línea de la que dependemos es tan delgada y corta, y a pesar de eso caben infinidad de momentos… Infinidad de personas… No puedo arrepentirme ahora, seguiré y lo que tenga que dejar, aquello que se convierta en carga se quedará, a final de cuentas son ciclos que tienden a ser cerrados... Y sigo mi camino".

Miranda Rivas


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28 de junio de 2015

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Tórtolos


Gabriela e Ignacio eran del tipo de parejas de la que la gente no podía apartar la mirada por el magnetismo que emanaba y al mismo tiempo de las que daba vergüenza mirar. Vivían en un mundillo en el que los otros no tenían cabida y en el que muchos habrían querido entrar. Había quien volteaba la cabeza al verlos, pero tomaba la precaución de pasar muy de cerca por su lado a ver si le salpicaba algo de lo que los desbordaba y como a ellos, se les pegaba algo bueno. Una pérdida de tiempo. Ellos gozaban de esa magia que solo se puede tener cuando se admira y que es muy difícil de percibir cuando se posee. Eran dos felices exiliados dentro de la multitud, esclavos voluntarios de sus locuras, dos almas libres ajenas a una realidad obligada que no les ofrecía novedad.

Ellos encontraban esta última inventándose y construyéndose en el otro, arrancándose deseos de los ojos, cumpliéndose sueños con las manos, sudándose el desayuno, la cena y el almuerzo, pero siempre ganándose el cuerpo. Se turnaban para ser confesor y médico, ejercicio y medicina, ritual y rutina. Se dañaban y reparaban a gusto y a disgusto, y en ese caso, terminaban por reírse de sí mismos.

– ¿Cómo quedé?

Jugaban a hacerse y deshacerse, a reinventar la quietud de la noche. Gabriela le había puesto a Ignacio un secador y un cepillo entre las manos tras sentarse frente al peinador. Él se había quedado confundido sosteniendo ambos artículos antes de soltarle un "yo no sé hacer esto, chica", que ella rechazó con ligereza diciendo: “mejor empieza”. No hubo acabado de tomarle un mechón de pelo cuando ella se abandonó a sus dedos con una confianza y entrega que le hicieron imposible no encontrar la determinación y destreza para llevar a cabo la tarea.

A ella también le había tocado aceptar su "sí o sí" y abofetear su inexperiencia cuando él la había enfrentado con las tijeras y los instrumentos de afeitado. Cualquier palabra o expresión que ella hubiera formulado quedó anulada con un "a ver si tienes buena mano".

Ninguno se había visto al espejo y había llegado la hora de evaluar los resultados:

–Me gusta más cómo quedas cuando vas a la peluquería. –Respondió él, frunciendo el ceño.

–Jajajaja... ¿No vas a sentirte orgulloso de tu trabajo? –Él hizo una mueca frunciendo los labios y le hizo la misma pregunta sobre su aspecto, a la que ella contestó diciendo:

–Bueno, digamos que quien te vea estará seguro de que no pasaste por la barbería. Ahora sí nadie más que yo te va a querer. –Ignacio sonrió y se dispuso a constatar por sí mismo su apariencia. Al ver la parte inferior de su rosto surcado por una franja intermitente de pelo exclamó:

– ¡Pero si me has dejado la cara como una carretera plagada de líneas discontinuas!

–Yo diría que se asemeja más a un rayado peatonal. Te hubiese dejado un flequillo para que sirviera de señalización. –Replicó ella sin pizca de arrepentimiento. Ignorando su expresión desencajada, lo empujó con suavidad para mirarse al espejo.

– ¡Vaya! ¡No sabía que mi cabello podía tener tanto volumen! –Expresó sorprendida con los ojos desmesuradamente abiertos.

–Estás hecha una reina de la selva. –Dejó caer él, encontrando en ello una forma de desquitarse. Ella, algo enfadada y atravesándolo con la mirada, objetó:

– ¡Las leonas no tienen melena!

Con la negación impregnándole la cara, continuó luchando con su imagen. Él tomó posición detrás de ella, también enfrentándose a la suya. Y a fuerza de aceptar el desastre que el uno había hecho en el otro, terminaron por admirar el reflejo propio.

–La mía sí. –Susurró él invalidando sin más su reproche.

–Y bien que me estrellaría en esa carretera... –Repuso ella suspirando, dejando caer medio afligida las pestañas.

Ambos se observaron rendidos a través del espejo y la intensidad del silencio que reinó fue a penas comparable con la magnitud del arrebato que protagonizaron minutos después.

De pronto Ignacio sintió el impulso de tomar a Gabriela entre sus brazos y tras ella encontrar nuevo lugar entre su regazo sus piernas se enredaron con el cable del secador olvidado en la mesa del peinador y que terminó cayendo irremediablemente merced a sus vanos intentos de soltarse. Mientras Ignacio giraba de un lado a otro para liberarla, sus pies arrasaron con todos los implementos que ocupaban el mueble, los cuales salieron presurosos a hacerle compañía al aparato abandonado en el piso. 

– ¡Ups! –Soltó ella a medio reír tapándose la boca con los dedos. Él completando la sonrisa por ella, prosiguió divertido su camino hacia la cama sin reparar en que una crema de peinar recién escapada del tocador le salía al encuentro para hacerlo tropezar. Ignacio impactó en Gabriela cuya espalda aterrizó sobre el colchón y este se vengó de la brutal acometida haciéndolos rebotar uno junto al otro frente a la mesita de noche. 

– ¡Hombre, haberme dicho que preferías el suelo y no arrugábamos las sábanas!

Comentó Gabriela aliviando así la expresión de susto y preocupación que había surcado el semblante de Ignacio. Él todavía ruborizado y abatido la observó con el ceño fruncido, entonces ella tuvo que marcarle el próximo movimiento guindándosele del cuello y anulando la distancia entre sus labios. Un rato después Gabriela lo sintió sonreír sobre su boca y cuando creyó que la reciente tensión empezaba a brillar por su ausencia mientras iban colmando de nuevas formas su mutua horizontalidad, se encontraron librando un cuerpo a cuerpo con la mesilla de noche, que tembló ligeramente al ser desalojada de su habitual puesto y como protesta hizo oscilar a la lámpara que la habitaba hasta que resbaló con estrépito, se desconectó errática del enchufe, quebró su sola bombilla y provocó que la luz del cuarto parpadeara febril hasta sumirlos en la oscuridad.

Esa fue la última torpeza que cometieron o bueno, la última en la que repararon. Se perdieron en un amasijo de ósculos almibarados, en presiones cálidas de sus cajas torácicas, en las estremecedoras erupciones de cada folículo de su dermis. Se balancearon en las contracciones y distenciones de sus bíceps y sus cuádriceps, sus columnas vertebrales dibujaron curvas y líneas rectas, saltaron sin vértigo desde el más alto rompiente de sus cavidades pélvicas, se sacaron secantes y tangentes, calcularon sus ángulos y sus vértices, demudaron agradecidos sus neuronas, reventaron sin piedad sus escleróticas, dilataron sus pupilas, le hicieron justicia a su sombra escondida, le encontraron un punto axial a la penumbra que los asistía con la mirada silente, confabuladora y fija, y no le dieron paz a sus esqueletos hasta que el último de sus huesos en pie, amenazando con resquebrajarse, se rindió tambaleante.

Al día siguiente se les veía a ambos sonrientes y rozagantes: ella recia llevando como un halo su melena, él galante mostrando a mandíbula batiente su rayado peatonal y ninguno con ojos para los demás.

La gente, sin embargo, los miraba de reojo medio avergonzada como si sus rostros reflejaran lo que habían estado haciendo antes del amanecer o bien, como si temiera interrumpir su notable intimidad. Dejaba transparentar su incomodidad con la empalagosa naturalidad de aquellos en exagerados gestos de asombro, en doble moral afectada, en vuelos de cabezas a otro lado, pero queriendo volver al sitio del que habían despegado. Hay una razón por la que las demostraciones de cariño de ese tipo son tan poco bien recibidas (por quienes las presencian): dan hambre y cuando no se tiene qué comer... 

En otras palabras, daban envidia de la buena. De esa que instaba a tirarles a Gabriela e Ignacio algo por la cabeza para ver si cambiaban esa mirada tan fofa y despejaban así la duda sobre si era el amor o la estupidez lo que obraba de tal forma. Seguramente las dos cosas.

Mientras los observaba caminar embelesados por la calle desde un banquito de la plaza, la anciana sentada a mi lado debió inferir o compartir parte de mis pensamientos porque se descalzó y me ofreció uno de sus zapatos antes de señalarme a la pareja de tórtolos. 

Me reí sin poder ocultar unas sonoras carcajadas que me hicieron doblarme en el asiento aun ante la mirada vigilante y reprobadora de mi acompañante. Rechacé el zapato que me tendía y seguí deleitándome mirándolos. Si estaban soñando, ¿para qué despertarlos?

Alguien me dijo alguna vez que en realidad el amor no se hacía, sino que ya estaba hecho. Bastaba seguir con la vista a Gabriela e Ignacio para empezar a creer que sí, que era cierto: que era el amor lo que no se cansaba de hacerlos.


Fritzy Zamor


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26 de junio de 2015

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Ojala, jodamos


Ya lo dijo Escandar, la única derrota es rendirse, todo lo demás es el camino.
Y caminar a tu lado, es la mejor manera de hacer camino, como si fuera la primera vez que vamos a estamparnos, la primera de las siete vidas que nos quedan por vivir.

El primer tren, en el que descarrilarías una y otra vez con tal de volverte a montar.
Ya he pasado por varios trenes, y es cierto que duele salirse de las vías, e incluso he sido alguna vez el maquinista cabrón.
Pero es pensar en la paliza del controlador lo que te hace ver la realidad de estar viajando sin billete.
Cada asalto fallido al precipicio de tus clavículas, cada mirada al paisaje más bonito de la tierra.

Vamos a echarle más ramas a la hoguera, vamos a devorar hasta el último resquicio de cobardía oculta en nuestras ganas, vamos a dejar a un lado los no quiero y los no puedo, ya vale de rendirse.
Vamos a hacer locuras, a valorar los te quiero, a jugar a yo siempre, a devorarnos a besos.

Que no nos importe la distancia, amanecer en la playa tras cientos de kilómetros de madrugada, y otras formas de seguir haciendo esta vida mucho mejor, de seguir haciendo camino.

Aunque si me lo permitís, quitaré un ápice de razón a Escandar en eso de que todo lo demás es camino.
Machado tenía razón, con eso de que… caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Al andar, al reír, al mirarte a los ojos, y ver que no hay camino sin guía, ni rumbo sin horizonte, y que prefiero perder el norte, antes que perderte a ti.

 Raúl Esteban Aparicio
http://elojotuertodelhuracan.blogspot.com.es/
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24 de junio de 2015

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Rendez-vous


A ella, la rabia la consumía pues no podía soportar que por el espejo retrovisor leyera en los labios de aquel tipo “eres una perra estúpida”; sabía que a veces era un poco distraída, pero nunca se daba una vuelta prohibida o se pasaba una luz roja de manera intencional, aunque sucediera más veces de las que ella hubiera deseado. A él, la impotencia lo hacía sentirse vulnerable, después de que aquel grupo de jóvenes le gritara "anciano decrépito imbécil" y lo invitara a bajarse del auto para pelear por su hombría, tras hacer ese viraje brusco delante suyo; sabía que perdería y por eso prefirió seguir su marcha, a pesar de que según su criterio ellos habían sido los culpables. Así, ella y él, él y ella, se encontraron algunos metros más adelante, cuando una colisión frontal los hizo rozar sus labios mientras volaban sin control al atravesar el cristal que los protegía del viento. Los curiosos aseguraron que de no ser por la gran cantidad de sangre, habría sido una escena de amor perfecta.

Alérgeno
http://letrasyliteraturaalergeno.blogspot.mx/
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22 de junio de 2015

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Cada vez más cerca de tí


Con cada palpito creía que más se desvanecía mi alma,

Porque aunque el cuerpo se encuentre con vida,

No quiere decir que yo esté viva,

Porque con tu partida marcaste una gran herida,

Tan permanente como lo será tu ausencia en mi vida,

Sé que nunca volveré a ver esa sonrisa y ese pequeño reflejo de felicidad,

En esa minúscula pupila,

Porque aunque tú ya no te encuentres con vida,

Debo decir que contigo arrebataste la mía,

Y no te puedo culpar por tan lamentable suceso,

Pero tengo plena confianza de que el hecho de que ya no estés junto a mí.

Me hace sentir más cerca de ti y de eso que llaman MORIR.
 
 
http://unpensamientoenletras.blogspot.com.ar/
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20 de junio de 2015

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Nuevos propósitos altamente subversivos


Para el nuevo año me propuse:

Hacer volar una cometa a la pata coja
Enterrar un tesoro cerca del mar
Aprender algo completamente inútil, esperanto quizás
Coleccionar tazas rotas
Ahuyentar espíritus viejos con hojas de laurel
Viajar a un país en grave conflicto
Construir una cárcel con flores
Dibujar barquitos de papel
Despertar cantando ópera a las siete de la mañana
Bailar con la cara pintada a la puerta del Congreso
Reír y llorar sin motivo aparente, como los enajenados
Teñirme el pelo de gris para adquirir sabiduría
Rezar en algún idioma desconocido
Apostatar y crear una nueva religión
Romper dos o tres televisores
Insultar veladamente a alguien muy bien considerado

Y, sobre y ante todo, lo más radical sin ninguna duda:
Vivir cada día con la ilusión de un niño.

Os dejé a vosotros los gimnasios, las dietas,
los idiomas, dejar de fumar, pasar tiempo con la familia,
llamar por teléfono a los amigos, leer más…
Lo mío era mucho más fácil.

Mónica Sánchez García
http://aguaconlimon.com/
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18 de junio de 2015

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¡Bon Appétit!


– ¿Qué haría si le anuncio que posiblemente está a punto de alimentarse de su esposo?

La dama arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:

– Es broma. 

Niega de forma apenas perceptible emitiendo un gemido que se oye como un lamento, le muestro mi perfecta dentadura amigablemente y ahí es cuando deja salir el aire que se le atora en los pulmones, me devuelve trémula la sonrisa y la sangre vuelve a fluir con avidez en sus mejillas.

– ¿De verdad, no sabe dónde encontrarlo? Dicen que este fue el último sitio que visitó. –Insiste suplicante mientras reprime un sollozo. ¡Ahh... y vuelta a empezar!

Con ella van cuatro en lo que va de semana. Se pierde una persona en el pueblo, se corre el cuento de que no se los ve desde que atravesaron mi umbral y entonces, tengo yo alguien irrumpiendo en mi residencia a la hora de la cena e impidiéndome ir a cazar. Ya se me ocurrirá qué hacer con el ingenioso que encuentra en que la gente se extravié en el interior de mi hogar algo gracioso. Yo, solemne seguidor de la etiqueta, antepongo los modales a mi comodidad y asumo el papel de anfitrión: los invito a sentarse a mi mesa, digo algo con gracia para romper el hielo impuesto por su falta de decoro (¡mira que presentarse en casa ajena sin mera cita o previo acuerdo!). De inmediato abordan el motivo de su visita: “Creí que podría hallar a mi hijo/hermana/padre aquí y bla, bla, bla...” Al menos todo queda entre familia, pero algo diferente no estaría mal para variar; empieza a repugnarme tanto lazo filial. 

La señora ahora llora, ¿cómo dirían los campesinos de este ignoto pueblo? “A moco tendido”; ehm, la jerga coloquial nunca me ha gustado mucho. Si hubiese probado su copa se habría ahorrado su lastimero llanto al enterarse del contenido. La insto a beber. Ella obedece. No pierdo detalle de la forma en que inclina con parsimonia la cabeza mientras vierte la copa entre sus labios, el líquido se abre paso en su garganta a través de las distensiones en su cuello y en un auto reflejo repito el movimiento de tragar que visualizo, molestándome ostensiblemente al advertir una necesidad irreprimible de llenar también mi organismo. Sin embargo, mi invitada me resulta cada vez más provocativa y me domino.

–Sí que tenía buen gusto su marido.

Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi cumplido o lo que ha bebido.

– ¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?

–Su marido –Digo por toda respuesta. Me mira otra vez consternada y confusa, las arrugas que se le forman en la frente arruinan la tersura de su rostro. Yo inclino la cabeza a medias sin quitarle los ojos de encima que se avivan cada vez con la conciencia de su proximidad y empiezan a dar muestras del deseo que me embarga. Aleja la copa de su rostro un tanto asqueada, pero aún la sostiene entre las manos que la agitan torpemente intentando ir en consonancia con sus pensamientos cada vez más esquivos, más errantes, más confusos.

–Ha...ha... ¿Ha-rold? –Dice sin convicción, a la vez que la incertidumbre y el espanto luchan por inmortalizarla en una suerte de cuadro. La mujer mira por turnos la copa y mi rostro. Decido ayudarla a aclarar sus ideas.

– ¡Et voilà, el nombre! Me preguntaba cuál sería cuando se lo serví.

Mi invitada parece reaccionar o enloquecer, me mira con los ojos desorbitados, se ha detenido nuevamente el flujo sanguíneo hacia sus mejillas, las manos temblorosas en demasía han dejado finalmente caer la copa y lo poco que quedaba de su marido ha conseguido descansar en paz ensuciando el linóleo de mi piso. Suspiro ruidosamente restándole importancia al asunto.

–No se preocupe, estaba un poco rancio. De seguro usted ha podido degustarlo en mejor estado.

Lanza un gemido inarticulado, parece atorársele en la garganta junto con el sorbo de plasma que acaba de consumir. Durante casi un minuto la veo asfixiarse sosteniéndose con ambas manos el cuello y debatiendo entre vomitar palabras o una parte de su cónyuge que es incapaz de digerir. Al final se dobla sobre sí misma obedeciendo a arcadas involuntarias, pero no logra expulsar más que saliva. 

–Us-ted... ¡¿Usted le mató?! –Me acusa. Hago una mueca de disgusto.

–Es una forma de verlo –replico imperturbable desde mi posición– ¿No le parece lamentable que ustedes los humanos sean envoltorios desechables? 

La dama se queda horrorizada con los ojos en blanco, me mira con gesto reprobador, su cabeza se mece al ritmo del vaivén de la negación, sus labios se fruncen y se estiran, vacilan, me tientan, me exigen...

–No, no... Es... es otra broma. Juega... jue-ga con-mis nervios. Está solo...

– ¡Oh!, ofrezco disculpas por mi sentido del humor. ¿Aceptaría también mis condolencias? Después de todo, su marido era un hombre muy... nutritivo. 

Al oír esas últimas palabras algo se enciende en la mirada de la mujer, la ira inunda sus marcadas facciones, su cuerpo se tensa. Por primera vez deja de observarme a voluntad y evalúa los utensilios predispuestos en la mesa, que para mí no son más que parte del decorado. Sus ojos se clavan insistentes en un cuchillo que no tarda en cambiar de lugar. Como en cámara muy, muy, lenta noto la media rotación del tronco, el levantamiento del brazo al nivel de la cabeza, el leve giro de la muñeca con el puño cerrado alrededor del mango del filoso utensilio, la curva que se dibuja en el aire cuando hace ademán de herirme con el arma que ha elegido, las venas y los tendones extendiéndose bajo la piel, la contracción de los músculos de su antebrazo, los pliegues que surcan su cuello, el sube y baja acelerado de su protuberante pecho, el mechón de cabello que se ha colado entre ellos, las pequeñas gotas que transparentan su frente, la presión que oprime su boca dejando entrever sus dientes, el ardor en las pupilas, su aliento, el aroma que emana su carne haciéndose más nítido y activando mis instintos. Llega mi turno de quedarme impávido: como un espectador deleitándose ante una maniobra circense veo con asombro el punzante objeto a un palmo de mi tez y la mujer con expresión pétrea resguardada tras él; amenazante, si las ligeras convulsiones de su cuerpo no la delatasen. 

Quiero reírme de su ingenuidad, pero me descoloca su entereza. Hago que en su semblante se refleje mi desorden interno al mostrarle mi verdadera imagen: las arrugas que se extienden por mi cuello hasta perderse más allá de mi frente se acumulan bajo la piel de mis ojos, que se tornan despiadados sin el falso velo de humanidad; los labios separados en un amago de sonrisa que hace visible mis afilados incisivos, contra los que no podrá luchar su inútil cuchillo. Acerco mi mano cadavérica a una de sus mejillas, con la uña gélida del dedo índice repaso su tersa superficie dejando un trazo vivo y chorreante. Luego lo llevo hacia mi boca saboreándolo con fruición.

Ella contiene la respiración, suelta el cuchillo, entreabre los labios, se traga la nada que llena su boca, parpadea, gime, deja libre una lágrima… Es cuando desgarro la lentitud y pasividad imperante, me apodero de ella, desato su aliento, le obligo a vomitar el vacío que toma forma de grito, detengo el aleteo de sus párpados evitando que sus fluidos terminen por humedecer todo su rostro y encarcelo hasta el último de sus sollozos. Litros y litros de ella se derraman en mi boca, tiene la densidad y la concentración perfecta como para embotellarla al estilo del más exquisito vino, pero quiero bebérmela hasta la última gota y prefiero la cata antes que las preparaciones enológicas. 

¡Vaya, vaya, alguien se acerca...! Irrumpe a mi vereda... Le oigo atravesar la verja..., sus pasos repiquetean sobre el camino de grava... 

Ahora sube los peldaños de piedra... ¡Demonios! 

La interrupción...

Escucho sus toques en mi puerta, su insistencia denota que no se irá antes de echar abajo el umbral. El ruido que hace me impide darme festín a gusto. A desgana abandono el cuerpo a medio drenar y me arrojo colérico hacia el portal.

– ¡Es que ni en paz se puede comer aquí!

– ¡Oh, lo siento! –Su exagerada reacción me alerta sobre mi aspecto y en un parpadeo de ella adopto una imagen a su semejanza. Sacude la cabeza como deshaciéndose de un disparate, pero me observa fijamente temiendo que vaya a desmaterializarme.

–Le ruego me disculpe. Busco a mi cuñada. En el pueblo...

¡Por las tinieblas! ¡Qué familia tan numerosa! 

Parte de mis pensamientos se exteriorizan en la dureza de mi semblante y la presión de mi mandíbula. Ella opta por guardar silencio y observarme.

–Eh... Tiene un poco de salsa en... –me advierte con torpeza señalando mi barbilla. Limpiándome con la ayuda de la lengua y el dorso de un dedo índice, sonrío ante su errada perspicacia. Mi gesto debe de resultarle gracioso, porque sus labios se distienden divertidos.

– ¿Su cuñada?

–Ah, sí. Beatrice. Fue tras mi hermano. ¿No se habrán dejado caer por aquí?

–Veamos... Suelo ser más locuaz con el estómago lleno. –La invitación...:– ¿Gustaría de acompañarme a cenar?

Balbuceando busca alguna excusa para rechazarme, yo le lanzo una nada decorosa mirada abarcando toda su silueta y añado:

–No se imagina el honor que me haría el tenerla en mi mesa.

Como sabía que haría se sonroja y atraviesa el umbral tras aceptar mi invitación con una ligera inclinación de cabeza. Mientras la precedo hacia el comedor no deja insistir en el verdadero motivo por el que está allí:

–...cualquier dato del que disponga... Abrigo la esperanza de que me sea de utilidad para dar con su paradero.

–En el mejor de los casos están disfrutando del paraíso.

– ¿Y en el peor? –el chiste...:

– ¿Quién sabe? Puede que hayan alimentado a un vampiro.

– ¿Las criaturas mitológicas que salen de noche en busca de sangre humana? 

–Admiro la creatividad de su especie. Me pregunto qué cuento de ficción les habrá hecho creer que nosotros jamás tomamos desayuno.

Arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:

–Es solo una broma de mal gusto.

– ¡Qué curioso es su sentido del humor, señor! Y bien, ¿sabe usted algo de ellos?

–Por favor, beba un poco. En seguida le cuento. A la postre, quizá nos quede tiempo para esclarecer algunas cuestiones sobre mitología.

Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi comentario o lo que ha bebido.

¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?

Esta vez sí me sé el nombre:

– ¿Encuentra a gusto su Beatrice?


Aldo Simetra


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