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4 de marzo de 2015

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Punto Final


Él usa doble negación, no le importa que ella analice más lo dicho y se dé cuenta de que sus argumentos carecen de valor. El enunciado “no haré nada que te lastime” fue solo un error de gramática. Un tanto para él, no mintió.
Sus frases siempre quedan en puntos suspensivos  Aún acabadas a ella le gusta terminarlas.
Encierra en signos de exclamación sus historias para que tengan un ¡toque de gloria! Y no se deshace del punto y coma; siempre que se arrepienta de algo puede agregar un “pero” y salir de paso.
¿Ella? Se encierra entre signos de interrogación para que él la adivine. Ávida de explicaciones, abre paréntesis (para que él los cierre). Se subraya para destacar y si eso no funciona, tras aclarar la garganta y utilizar dos puntos: se hace notar.
A ninguno le gustan las redundancias. Sin embargo, les gusta tener comas guardadas para enumerar sus faltas, para enumerar sus defectos, para echarse cosas en cara.
Nunca dejan de lado las comillas, son más que útiles para citar bienintencionadamente lo que uno dijo y al otro le quedó bailando en la cabeza.
____Habían puesto sangría al comenzar su historia, pero no lograron situarse al margen del pasado. Ahora todos sus problemas parecen labas nicas que se fueron acentuando a lo largo de los años.
Y quisieron darse un punto y seguido, pero saben que ese signo adorna solo párrafos inconclusos.
No hay para más que un par de oraciones, si acaso para una palabra aguda: adiós. Que se agrave el silencio y la despedida.


Fritzy Zamor

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2 de marzo de 2015

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Tortugas mensajeras


-Un cortado americano con una medialuna de manteca ? Dale. A la Mutual.  Bueno... por quién pregunto?....si, Luciana. ok...el muchacho está en diez minutos. Gracias, si bueno, chau... Ah ! ¿con cuánto vas a pagar? si, perfecto... así va con el cambio justo... Dale. Si, en diez. Hasta luego. Chau Chau...-

Mateo había dejado de atender las mesas para quedarse disimuladamente junto al mostrador mientras el encargado del turno levantaba el pedido. Disimulaba sacándole lustre a un porta servilletas de plástico de espaldas a los parroquianos que le hacían señas en vano con las manos en alto, firmando el aire para que pasara a cobrar.

-Che, salame !!!- le gritó sonriendo el encargado- es la minita esa que te gusta a vos. ¿Luciana, no?-

Mateo elaboró un acting de sorpresa que nunca le salía pero iba mejorando con el tiempo y simplemente respondió con un nervioso- yo? quién? No. , para nada...¿Luisana dijiste?...no...no sé de quién me hablás...- que no logró engañar a nadie.

-Te preparo el feca y te vas rapidito para la Mutual así le hacés el levante a la minita. Pero no tardes como la otra vez que se te junta el trabajo, y no te olvides que yo te hice la mano eh? me la tenés que presentar. No sabés las cosas que le voy a contar- soltó junto con una carcajada- Seguro que le interesa esa relación amorosa que tenés con Manuela desde los once años...- y no podía parar de reírse mientras le agregaba un poco más de espuma al café recién cortado.

Mateo comenzó a funcionar en modo oxido nitroso. Cobró la cuenta de tres mesas, sirvió otras dos y luego se quedó esperando que el Tano le preparara ese bendito cortado Americano con una medialuna de manteca.

Luciana, al igual que en todas sus vacaciones de invierno, ayudaba a su madre en las oficinas administrativas de la Mutual, justo en el contrafrente del edificio. Desde el primer día que había pedido su café al bar de la esquina había estado haciendo todo tipo de planes estratégicos en su cabeza.

-Vos sabés que el café de filtro no me gusta ma !!!- Decía cada vez que Carmen , su mamá, le recriminaba entre sonrisas sus reiterados pedidos al bar de la esquina.

-Para mí que es por el muchacho que los trae...-sonreía- La verdad que tiene una sonrisa compradora. Aunque con ese trabajo no parece buen partido.

-Buen partido, buen partido, si no lo quiero para casarme ma. -y con sonrisa pícara preguntaba- ¿Cierto que es lindo?.

-Son los peores bichita. Si por lo menos estudiara.

-Me dijo que el año que viene empieza veterinaria. Eso si pasa el examen, porque ya lo rindió mal una vez...

-¿No te digo ? Puras promesas, Los de ojos celestes son todos así, falsos, tramposos e incumplidores...

-Vos lo decís por papá, pero no me importa. Igual es lindo y la quiero pasar bien, divertirme un ratito. ¿Si no lo hago ahora cuando?

El teléfono interno sonó su melodía de electrónica china y Carmen le avisó a su hija que el muchacho del café estaba esperando en la vigilancia.
Las normas de seguridad en la Mutual impedían la entrada de repartidores o cualquier persona ajena al edificio, así que quién pidiese algo de delivery tenía que bajar y recibirlo personalmente en la planta baja.
Luciana tomó su cartera y escarbó buscando el dinero infructuosamente. Su madre sin siquiera mirarla extendió un billete en el aire que fue rápidamente arrebatado de su mano con un -Gracias, después te lo devuelvo-

- Cuidate, que no te vaya a embarazar con la mirada ! - le gritó la madre con una preocupada sonrisa  mientras el ascensor ya se cerraba -

Cuando Mateo salió con la bandeja vio que la calle Pasteur lucía las mejores luces de una mañana fresca de pleno julio. El tránsito caótico de autos y repartidores no podía eclipsar el sonido de su joven corazón caminando los cuarenta metros que lo separaban de lo que consideraba una cita.

En el camino recordó que la primera vez que la vio había pensado que era tan hermosa que apenas atinó a decirle a boca de jarro una frase robada de alguna película -No es justo ! Tus viejos te hicieron con Photoshop- y mientras el hielo se derretía logró anotarse el primer tanto de la tarde.
Él notaba que había posibilidades ciertas de éxito y que no debía esforzarse demasiado para al menos obtener una salida. Pero gracias a las pequeñas charlas que acumulaban ya cinco cafés y las correspondientes facturas, había averiguado que a ella le gustaba la banda del Indio Solari y él, ni corto ni perezoso, se había gastado parte de la quincena en dos entradas que traía en el bolsillo junto con un chocolate que seguramente le resultaría exquisito.
Es que como decía Casanova, en la conquista, el chocolate es mucho más efectivo que el champagne.

En el ascensor Luciana pegó su chicle en la parte interna de la baranda, desabrochó el botón superior del escote de su saquito y verificó el efecto resultante en el espejo. Humedeció los labios uno contra el otro y peinó sus cejas en un movimiento mecánico que siempre antecedía al de frotarse las mejillas para darles un poco más de color.
Su alergia a la mayoría de los cosméticos había sido una bendición en épocas en las que la belleza natural era bien recibida.
Juntó su larga cabellera sobre un hombro y la enroscó hasta darle la justa forma y vuelo que siempre le había gustado.
Hoy tenía decidido apurar el trámite y lanzar la mayor cantidad de indirectas y generar tantas oportunidades como le fuera posible para que Mateo hiciera su jugada de avance. No quería que el momento se diluyera y lo veía un poco tímido como para lanzarse sin sentirse totalmente seguro de su éxito.
Era consciente de que no tenían mucho tiempo antes de que terminaran sus vacaciones y debiera volver al colegio.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor Luciana apenas alcanzó a vislumbrar a Mateo tras el mostrador regalándole una sonrisa franca y enamorada.
Súbitamente tras él una luz cegadora multiplicó la del día y miles de pequeños pedazos sombríos de vidrios y mampostería comenzaron un veloz viaje directo hacia donde se encontraba ella.
A medio camino del nervio óptico entre la papila óptica y los receptores del quiasma, la información de esa imagen se vio interrumpida y se perdió para siempre. Incluso, científicamente hablando, ella nunca llegó a ver la luz ni los pequeños trozos de vidrio y mampostería.
Al mismo tiempo estalló sobre su cabeza el ruido equivalente a un trueno, pero sorpresivamente apenas llegó a recorrer parte del camino que separa el pabellón auricular y la cóclea, destrozando en su camino los tímpanos y perdiéndose para siempre entre los sonidos jamás escuchados.
Esa misma presión del aire había impactado de inmediato sobre su piel desgarrando, lacerando, generando  dolor y una sensación opresiva que inició su camino sensorial en las ramificaciones nerviosas hacia la médula espinal rumbo al cerebro, lugar donde nunca llegaron, por alguna interrupción en el camino o porque el mismo ya no se encontraba disponible para recibirlos.
Simultáneamente el aroma a nitratos de pólvora quemada que inundó el aire atacó rápidamente los cilios de unos veinte millones de células olfativas sensoriales, pero a duras penas alcanzaron a transmitir su mensaje al bulbo olfatorio, dejando en medio de la ignorancia al sistema límbico y al hipotálamo que nunca los reconocieron.
En ese interminable milisegundo la boca de Luciana no pudo reconocer ningún gusto en particular. Tal vez un poco del sabor del chicle recién arrojado, o un dejo terroso que flotaba en el aire alborotado. Sin embargo sus papilas filiformes sí llegaron a sentir el calor que se le colaba en todo el cuerpo y quisieron dar aviso de alarma para ponerse a mejor resguardo. El mensaje fue tan veloz como le fue posible, pero tampoco llegó siquiera al  lóbulo témporoccipital. No hubo suficiente tiempo para recorrer ese largo camino.
Luciana, Mateo y 83 personas más, nunca se enteraron de lo que les pasó.
Para ellos dos el tiempo se detuvo en esa sonrisa enamorada, perpetua si se quiere. Una mirada de amor imperturbable.
Es que Dios nos ha creado intencionalmente con conexiones defectuosas, con neurotransmisores altamente perezosos, holgazanes como tortugas cansadas. Zánganos indolentes, remolones y haraganes. Es gracias a ellos que Luciana y Mateo  nunca llegaron a enterarse que en el mismo momento de estallar la bomba, el tiempo y el amor, se les volvieron eternos.

OPin 2015

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28 de febrero de 2015

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Acepto


Nunca he entendido esa afición o fijación que tienen las mujeres por casarse. Cada vez que sale a relucir el tema, el chiste de que la independencia de la mujer comienza justo donde la del hombre acaba deja de hacerme gracia. Es que aceptémoslo, eso de atravesar una iglesia o ponerte frente a un juez para declarar algo que ya es obvio, no es que te quite el sueño; menos si, como en la mayoría de los casos, la cuestión tiene pinta de pacto religioso o negocio trucado. Y si finalmente accedemos a ello es porque nos han enloquecido por completo y tendemos a creer que la única persona que nos puede hacer recuperar la cordura es la misma que nos tiene el mundo de cabeza. Claro que cuando eso pasa te encuentras con otro desorden y no puedes más que ansiar nuevamente la locura...

–El matrimonio no está en mi lista. –Le había dicho tajante a Clara.

–En la mía tampoco –respondió ella sin asomo de duda. Al principio sonreí aliviado; con el tiempo, creí que mentía. Luego descubrí que no lo hacía, realmente decía la verdad. Las mujeres nacen con la idea del matrimonio en su ADN, no necesitan anotarlo en una agenda para variar. 

Así que, a dos años de eso, ahí me encontraba: metido de lleno en un casorio, preguntándome todavía cómo había llegado hasta allí, vistiendo el mejor traje que me había puesto en la vida, con una sonrisa prestada, colorado por la tensión y sudando de puro nerviosismo.

– ¡Que alguien le diga que se calme! Tampoco es que esté yendo al matadero –escuché a alguien susurrar con sorna. No sé si fue el montón de personas en un espacio tan reducido, la presión de la corbata en mi cuello o el ansia desesperada de salir corriendo lo que no me permitió estar de acuerdo con la frase proferida e imaginarme esperando mi turno para ser sacrificado.

–Sobrevivirá, hombre, sobrevivirá. Se lo dice uno que ya ha se ha paseado por estos rumbos –saltó otra voz. Tampoco le di mucho crédito a eso, mientras intentaba inútilmente aflojar el nudo que tenía atravesándome el pescuezo. 

Estuve a punto de que mi voz me pusiera en evidencia cuando la vi atravesar el umbral: ¡toda una reina envuelta en vaya uste’a saber cuántos metros de tela! De pronto recordé la gracia de cuerpo que se escondía bajo aquella cantidad de tejido y si me contenté un poco y me relajé otro tanto, fue porque me imaginé desnudándola sin decoro alguno. 

Ella caminaba altiva, segura, sin dar traspiés, con la cabeza fija hacia el frente hasta que nuestras miradas se cruzaron y casi se detuvo. Por momentos me asaltó la inquietud de que haría lo que a mí se me había antojado al inicio y saldría huyendo, pero tras segundos de vacilación continuó el camino rauda, como si de repente le hubiera entrado prisa.

A partir de ese instante me tensé de nuevo y ya no pude apartar la vista de ella. Comenzó la ceremonia y me abstraje por completo de los invitados, del lugar en que estaba, de las palabras del cura; todo lo que me rodeaba hizo un alto y pasó a segundo plano. Ya sabéis: solo tenía ojos para ella.

Mi mente tampoco se quedó atrás, empezó a plagarme de imágenes donde reinaba Clara. Reviví cada minuto que pasamos juntos hasta que se disolvió la incógnita de cómo había llegado allí. Quería estar allí. Con ella. Con su mirada recorriéndome el rostro, su sonrisa cambiando mi semblante, su aliento dándole oxígeno a mi aire, sus manos cálidas y resguardadas entre las mías, su piel a centímetros de la mía. No se me ocurría mejor sitio en donde estar que no fuese uno en el que pudiese colmarme de su cercanía. 

Esa certeza me hizo sentir felizmente desgraciado o desgraciadamente feliz, no sabría decir, pero la quería a ella y eso bastaba. 

– ¡Hombre, no llore! No le robe el día al novio. –Oí a alguien murmurar, sacándome así de mi embelesamiento para que la realidad me derrumbara por completo. Sentí que estaba yendo sin remedio al matadero y yo, que nunca rezo, esa vez clamé por sobrevivir.

Amaba tanto a Clara que dolía... Sabrá Dios que por nada en la tierra cambiaría de lugar, pero dolía enormemente amarla desde el banquillo de los invitados y no desde allí a su lado, frente al altar.

El murmullo del pillo entrometido se rebobinó en mi mente, una de sus palabras me empezó a seducir y pasó de ser un simple aviso a una sumatoria de delitos. De pronto se fueron alineando en mi cabeza posibilidades de rapto, homicidio, secuestro, adulterio, entre otras infracciones, crímenes e injurias que a medida que iban engrosado una lista imaginaria me hacían dudar de mi salud mental. 

Con ese pensamiento y la idea de que ese día alguien diferente a mí, o en su defecto aparte de mí, terminaría sacrificado si no por voluntad a la fuerza, me entristecí. Porque de extraviar la cordura, solo había una persona capaz de traerla de vuelta y si la perdía también a ella, poco importaba si me mantenía cuerdo o si el mundo estaba de cabeza.


Aldo Simetra


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26 de febrero de 2015

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Rumbo a río Colorado


La primera barda volcánica se extiende majestuosa en el extenso y perfecto horizonte. La ruta asfáltica parece treparla en el efecto que la distancia provoca y el cielo azul ostenta una claridad propia de una pincelada maestra del mejor pintor. La suave ondulación patagónica distrae la visión tan abarcativa a ambos lados de la ruta. Alguno que otro médano tapizado de una suave paja amarilla resulta agradable en la monotonía del camino. Los caldenes poco a poco desparecen y la carretera, con su interminable señal blanca en el medio, termina ocupando toda la atención. En este lugar, en pleno portal de la Patagonia argentina sin que ningún signo humano pueda desviar la observación por largos períodos, es necesario agudizar los sentidos durante el trayecto.

De vez en cuando un cartel pintado de verde resalta con sus letras claras kilómetros interminables por recorrer. Y cuando la soledad se esfuma tras dos o tres vehículos que viajan en convoy, todo vuelve a la normalidad. Entonces, una inusitada alegría se apodera del viajero de la mano del espejismo de una inmensa laguna blanca que brilla con el sol. El acercamiento del desplazarse demuestra, esta vez, que el agua se ha esfumado y que el blanco de la sal se apodera del paisaje. Es enero y todo tiene otro color aún en esta región reverdecida por una escasa, pero benefactora lluvia.

Una inimaginable curva de la ruta, luego de tanta rectitud, promueve una leve zozobra. Ningún cartel señala una rastrillada, pero seguro la tierra tiene su memoria y sabe que por estos lares, sus amos y señores de antaño, las marcaron cabalgando a pelo, en magníficos malones que el hombre blanco no supo o no pudo comprender.

Los ojos traicionan y se entrecierran, el sobresalto sucede y el río Colorado, turbulento después de la crecida que revuelve su lecho bermejo, está cada vez más cerca.

2015



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24 de febrero de 2015

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El tejado de los suspiros


Enamorada… Enamorada aún diez años después de ver sus ojos por última vez, recuerda con ternura la primera vez que conoció al amor de su vida. Recuerda con amor el instante en el que aquellos ojos azules despistados en medio de una clase de gente desconocida se volvieron un enigma para aquella chica morena y flacucha, que nunca se imaginó amar tanto a alguien. 

Pronto comenzaron las tardes en el parque tumbados en el césped, pasando las horas queriendo que el tiempo se parara, las noches en el puerto mirando las estrellas en silencio, pero rozándose el alma con las manos. 

Aún diez años después de que él hubiera desaparecido de su vida recordaba el primer beso, y la primera vez que le hizo el amor, recordaba como las manos rozaban todo su cuerpo ansiando recorrer cada centímetro de la piel bajo su tacto, como si aquel instante fuera la primera y última vez que iban a disfrutarse. Recuerda la ternura cuando ella enseñó un cuerpo que nunca había visto el mundo, y el miedo de ambos a no ser correspondidos, pero recuerda con más amor, como desnudaron su alma aquella noche consiguiendo que ella lograra tocar el cielo desde un lugar tan mundano. 

Habían madurado el uno al lado del otro, habían conocido el mundo dados de la mano, pero la felicidad no es eterna y dura lo mismo que un suspiro. Así que cuando tomaron la decisión de dejar de ocultar al mundo su felicidad, la vida les puso un obstáculo tan grande que hizo que el mundo que habían conocido se pusiera patas arriba. Qué hacer cuando ante tus sentimientos se interponen los de unos padres que tienen muy claro tu destino.

Para ellos, él era un chico en silla de ruedas y nunca lograrían ver a ese chico lleno de carisma, personalidad y positividad que lo caracterizaba. Para unos padres tiranos como los suyos, lo único que podían ver, era un chico discapacitado que nunca le iba dar lo que ella se merecía en la vida. Qué sabrían ellos del amor si hace años que dejaron de sentir la pasión del roce de unos dedos que reclaman cariño.

Aún así los meses sucesivos cada vez fueron un tormento mayor. Los castigos sin motivo cada vez se volvieron más recurrentes, así como los gritos que rompían la armonía de la casa por la desobediencia de una hija que no podía dejar de ver a aquel joven que le iba a destruir los sueños, incluso aparecieron momentos de gran agresividad, en el que poco faltó para romper el espacio entre los cuerpos.

Ante tal situación y a pesar de tener la edad suficiente para tomar sus propias decisiones, al final decidió dejarle marchar, perder lo que le hacía feliz en la vida. Y fue a partir de entonces cuando aquella chica comenzó a aislarse del mundo, y a odiar la convivencia con aquellos seres que le habían robado todo, es por ello que pasaba más tiempo en el tejado que en el interior de su propia casa. 

Así pues dado que aquella noche no sería distinta de las demás, allí estaba, sentada en el tejado haciendo un repaso del día mientras miraba el manto de estrellas que cubrían su cabeza y que le secaban las lágrimas con ternura. Se encontraba en el momento más íntimo del día, el momento en que desahogaba sus penas y recargaba sus fuerzas para el día siguiente, el momento en el que echaba la vista atrás, y recordaba en secreto la promesa que diez años atrás se habían hecho.
Cuantas veces suspiró al cielo esperando que el viento calentara sus fríos y solitarios labios... Cuantas veces soñó despierta con el día en que se volvieran a encontrar...

Interrumpiendo sus pensamientos, de repente lo vio, vio aquella siluetaba que cruzaba la calle sobre aquel instrumento con cuatro ruedas. Y sin pensar en cómo él reaccionaría al verla, ni si él había cambiado, ni si ella seguía siendo su único amor, corrió hacia él. Corrió sintiendo que no había pasado el tiempo por ellos, como si toda la espera solo hubiera sido una mala pesadilla.
Cuando se encontró delante de él, mirando el cielo reflejado en aquellos ojos, ella solo pudo decir una cosa: "Nunca he podido olvidarte". Y como si el tiempo se hubiera parado en una de esas tardes en las que no hacía falta nada más que su presencia para sentir la felicidad, él le deleitó con esa mirada en la que su mundo volvía a tener sentido.

Atenea

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22 de febrero de 2015

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A todos nos duele alguien


Jorge.

A todos nos duele alguien. A mi por ejemplo, me dueles tú.

A todos nos duele alguien. Así como a Frida le duele Diego. Así me dueles tú.
Quisiera abrazarte, Jorge. Quisiera tatuarte los buenos momentos en tu mente y que olvides por completo los malos.Te pido una indulgencia para poder entrar de nuevo con éxito a tu alma. Delicadamente. Te prometo que no notaras que hace tiempo ya, cerré la puerta.

A todos nos duele alguien. Así como a Acuña le duele Rosario. Así me dueles tú.
Quisiera besarte, Jorge. Quisiera desempolvar tu cuerpo a besos. Lentamente sin temor.
Te pido que me dejes besarte con pasión y ternura,intentare besarte hasta mil,perder la noción del tiempo y besarte otros mil. Te prometo que nadie lo hará como yo.

A todos nos duele alguien. Así como a París le duele Helena. Así me dueles tú.
Quisiera mirarte a los ojos, Jorge. Quisiera estar tumbada a tu lado, no sintiendo el frió de tu ausencia que me quema, que me acaba, que me rompe. Te prometo no volver a sentir dolor.

Katia Avila
http://prefierodejarloenanonimato.blogspot.mx/
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20 de febrero de 2015

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Un comienzo


Elena levantó la cabeza y cerró los ojos dejando que la llovizna que empezaba a caer le mojase su rostro. Era algo que le había encantado desde niña. La relajaba. Después de unos minutos, su estómago volvió a incordiarla. Su hija Aura, de quince meses, dormía con la tranquilidad de quien se sabe a salvo. Se levantó y se acercó al puesto de comida con su estómago rugiendo. 
 
-¿Cuánto vale un perrito completo?- musitó Elena con voz inaudible. 
 
-Tres euros- dijo la mujer lentamente mientras disimulaba mirando hacia otro lado tras darse cuenta del tremendo hematoma que surcaba el rostro de Elena. 
 
Contó sus monedas. Dos veces. Después, con la cabeza agachada y voz queda habló a la dependienta. 
 
-¿Y solo el pan y la salchicha?- preguntó mientras notaba como se le subía el color a su amoratado rostro. 
 
La dependienta se calló y puso la mano abierta. Elena le dio las pocas monedas que le quedaban. Tras prepararle el perrito se lo dio a Elena, que casi antes de cogerlo ya lo había engullido. Llevaba dos días sin comer. Cuando ya se iba a marchar y con su estómago todavía en pie de guerra, la mujer llamó a Elena. 
 
-Perdona, se te olvida la vuelta- exclamó la mujer que salió de su puesto y se acercó. Tras mirar unos segundos a Elena, la abrazó. Luego, con delicadeza, le metió en el bolsillo de la chaqueta sesenta euros. A Elena se le saltaron las lágrimas. La mujer le acaricio el rostro con la dulzura de una madre. Le besó la frente y se volvió a meter en su puesto de comida. Elena se giró, se secó las lágrimas y se fue empujando su carrito, sintiendo que en su nueva vida por fin podría empezar a vivir sin miedo.

Francis Merchan

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18 de febrero de 2015

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El Infiltrado


Mediaba la década del 50, (papá no era muy bueno para las fechas), y Cavour estaba convulsionado.

Cavour era, y aún es, un pueblo, si se le puede llamar pueblo a una decena de casas que circundan una plaza, si se le puede llamar plaza a una manzana de tierra arada, en cuyo centro se erige solitario el monumento del Padre de la Patria galardonado con un nido de caseros en el hombro derecho que más de diez años de inclemencias del tiempo no pudieron derrotar.

Lo cierto es que el lunes posterior a un domingo de elecciones, Cavour amaneció convulsionado. A primeras horas de la mañana, todo el mundo (incluyendo los habitantes de la zona rural), sabían que en el pueblo había un “infiltrado”.

Las mujeres salían de sus casas, delantal a la cintura y escoba en mano, con el único propósito de recabar información y eso era evidente pues no había veredas para barrer.

-¿Será cierto lo que se rumorea por ahí? -preguntó doña Adela a su vecina doña Mercedes, que ahora era la primera dama, según los resultados de las elecciones.

-Las papeletas dan fe. -dijo doña Mercedes, dándose importancia.

-Las papeletas no tienen religión. -dijo doña Eustaquia que “justo” pasaba por allí.

-Es una manera de decir. -explicó doña Adela.

-Pues entonces digan bien las cosas, porque ahora además de tener “un infiltrado” van a creer que adoramos las papeletas. Ahora, yo me pregunto… ¿qué es un infiltrado?

Doña María que había venido al trote cruzando la plaza, (primera dama saliente) y que nunca perdía la ocasión de meter un bocadillo, dijo aún agitada:

-Un bolche.

-¿Un qué? – preguntaron las mujeres al unísono

-¡Un bolchevique!, mi marido dice que seguro es un bolchevique.

-¿Se dan cuenta? -intervino otra vez doña Eustaquia – ¿Por qué nunca se sabe la verdad? Porque nunca se dicen las cosas con todas las letras, ahora resulta que además de un infiltrado, tenemos un bolche y un bolchevique!

-¿Qué son tres? -preguntó doña Dominga que recién llegaba y perdió parte de la conversación

-Las papeletas no mienten, dicen que hay solo uno.-dijo doña Mercedes

-¡Acabáramos! Ahora además de religiosas, las papeletas hablan.-volvió a intervenir doña Eustaquia.

Todas las mujeres comenzaron nuevamente a explicarle que solo era una forma de decir, pero como lo hacían todas a la vez, se transformó en un romerío y pronto en discordia, porque en el intento de darle una explicación a la anciana se escuchaban cosas como “vos qué sabés”, “tu marido no sabe nada”, “que se calle el tuyo que ya bastante dio de hablar el año pasado”y cosas por el estilo y tanto bullicio hicieron que el cabo Fernández decidió intervenir cuando vio que comenzaban a levantarse las escobas.

-¡Orden señoras! ¡orden!

-Usted no se meta que nadie lo llamó.-dijo doña Clara que por ir al fondo a darle de comer a las gallinas, se enteró de la reunión cuando comenzaron los gritos y recién llegaba.

El cabo sabía que esto pasaría a mayores así que decidió ponerse firme:

-Vamos señoras, despejen, despejen -decía mientras movía los brazos como si estaría arreando animales- “cada carancho a su rancho”.

-¡Carancho tu abuela!- gritó indignada doña María amenazándolo con la escoba.

El cabo salió corriendo, prefería tratar con cuatreros y borrachos. Pero este episodio puso fin a la conversación y las mujeres se retiraron a sus quehaceres cotidianos.

Doña Eustaquia que era acompañada por su vecina doña Clara dijo:

-Ve usted lo fácil que se arreglan las diferencias cuando uno dice las cosas con todas las letras. El cabo les dice “señoras” y nadie le presta atención, pero cuando dice “cada carancho a su rancho”, todas entendieron, (¡claro! ella no se incluía porque se consideraba una señora)

Doña Clara lo dejó pasar porque estaban solas y Eustaquia era una persona mayor.

-Ahora, dígame una cosa doña Clara, con tanta gente merodeando en el pueblo, según dicen, un infiltrado, un bolche y un bolchevique, ¿no se estará echando a perder el pueblo?,¿ no habrá que poner un poco de orden en las calles?

Doña Clara miró a su alrededor y después de la estampida de las mujeres, exceptuando el general con su nido, no se veía a nadie.

-¿Le parece doña Eustaquia?,¡ si no hay un alma en la calle!

-¡Peor todavía!. Tanto silencio, tanto silencio… para mí que están escondidos, en cualquier momento nos atacan y fin de la historia.

Doña Clara dejó a doña Eustaquia frente a la puerta de su casa y aún sosteniendo el delantal por las puntas con el que formaba una especie de bolsita que contenía los granos de maíz para las gallinas, salió chancleteando rapidamente, se metió en la casa, cerró ventanas y puso cerrojo a las puertas, no vaya a ser que la vieja tuviera razón…

Papá sonreía recordando la situación.

-Pero ¿qué fue lo que sucedió? – lo instábamos mi hermana y yo para que siguiera el relato.

“Cavour era un pueblo rural, que surgió con la llegada de inmigrantes, todos en busca de tranquilidad, paz, y un plato de comida. Así lo deseaban y así lo mantuvieron.
El tema de la política era espinoso. La mayoría de los inmigrantes venían escapando de la guerra y aunque casi todos analfabetos, no eran ignorantes, sabían que las guerras siempre tenían un trasfondo político.

“La política e`una puttana che incanta gli uomini e porta a la guerra, abbiamo rimosso la terra e muore di fame bambini e donne”, decían los abuelos, y con ese argumento nos criaron y educaron, de manera que cuando se comenzó a hablar de política por la región, todos nos lavamos las manos y hacíamos oídos sordos.

Los únicos valientes (quizá porque sus familias no conocían la guerra mas que de oídas) fueron Perasso y Acuatti que acordaron ponerse cada uno a la cabeza de los partidos predominantes del momento: peronismo y radicalismo.

Y nosotros los dejábamos hacer, una vez se votaba a uno, la próxima al otro y todos en paz, la vida continuaba…

Pero en esta ocasión las elecciones eran nacionales y la lucha por la toma del poder en las grandes ciudades se había tornado ríspida, de manera que mandaban a todos los pueblos grupos proselitistas a hacer campaña.

Al principio, no pasaba nada, solo era aguantar alguna que otra perorata de ambos bandos, pero a medida que se acercaban los comicios el ambiente se espesaba. Si un partido en una esquina de la plaza hacía choripanes, en la otra esquina el otro partido repartía empanadas. Si al domingo siguiente aparecía un grupo con bombos y guitarra, al instante, en la otra esquina estaba el acordeón y la trompeta, y nosotros los del pueblo, incluídos los dos candidatos locales éramos como una ola en un vaivén sin fin, yendo de una esquina a la otra. Cuando comenzaban las piñas e insultos, nos íbamos todos a casa y quedaban los grupos foráneos sacándose chispas. Era casi cómico por no decir ridículo que personas que no eran del pueblo se estuvieran peleando por nuestros votos, mientras nosotros descansábamos tranquilamente en nuestras casas.”

-Pero papá, ¿cuándo aparecen los bolche? – preguntó mi hermana

-Ah, si, los bolche -sonrió papá- ahora llega.

“El sábado anterior a los comicios, llovió todo el día y toda la noche, solo al alba se convirtió en una llovizna, el domingo se presentaba gris y enlodado.

Sabíamos que debíamos ir a votar porque era un deber cívico de manera que mi papá ató la jardinera y llevó a las mujeres y mi hermano menor, pero no había lugar para nadie más, así es que decidí hacer los siete kilómetros que me separaban del pueblo, porque vivíamos en el campo, con mi bicicleta.

El camino estaba maltrecho por el barro y las huellas que dejaban los vehículos y antes de concluir el primer kilómetro la bicicleta se frenó atascada por el barro y se torció la rueda por la fuerza que hacía, era imposible tratar de seguir.

Dejé la bicicleta y comencé a andar, luego de una centena de metros, comencé a oír a lo lejos cánticos y el ruido de un motor, me detuve a esperar y pronto apareció un tractor que tiraba una chata en la que transportaban personas al pueblo. Todos sabían que nosotros siempre votábamos al radicalismo y los cánticos que oía eran de ese partido, así que les hice señas para que pararan, pero estos pasaron a mi lado salpicándome con barro y gritaron:

“Ánimo amigo correligionario, ánimo que le falta poco.”

Yo no era de enojarme mucho, pero ese día la bronca me subió a la garganta y me bajó al estómago:”esto no se los voy a perdonar, ya verán… Esta vez les va a faltar un voto radical me decía mientras seguía caminando. Pasados unos quince minutos de andar, otra vez el mismo ruido pero con otros cánticos se escuchaban a lo lejos. Eran los peronistas que buscaban a su electorado. El tractor aminoró la marcha y se detuvo, un hombre extendió su mano y me dijo: “Arriba muchacho, venga que no va a llegar nunca, mire como está todo embarrado, suba compañero que se hace tarde”. No lo dudé, subí de un salto y así llegué al pueblo.

Cuando nos bajaron a todos, el tractor se puso en marcha, una señora que estaba cerca mío a los gritos les preguntó:

-¿Y cuándo nos vuelven a buscar?

El hombre que conducía el tractor se dio vuelta y le contestó:

-Pero que… ¿también quieren que les demos de comer?, ya están aquí, ahora voten y dejen de joder.

Si bien no me enojaba casi nunca, ese día estaba furioso. Y aunque no dije nada, ya sabía lo que iba a hacer.

Pasadas las seis de la tarde, las puertas de la escuela se cerraron, para el recuento de votos, adentro solo quedaban el maestro de la escuela, que era el presidente de mesa, los dos fiscales, el cabo Fernández para mantener el orden y el padre Santino, como testigo del recuento.

Cuando terminaron, que no les llevó mucho tiempo, ya que entre pueblo y campiña, los votantes no ascendían a más de ciento cincuenta, todos quedaron callados.

-¿Y? -dijo el cabo- ¿Cómo salió?

El maestro de escuela miró a los fiscales, que asintieron con la cabeza, como dándole permiso para hablar, respiró hondo y dijo:

-Setenta y nueve votos para el partido peronista, setenta para el partido radical…

El Padre Santino que parecía estar dormitando en un banco, dijo:

-Falta uno.

-Si Padre -dijo el maestro- y un voto para el partido comunista…

El Padre Santino, anciano ya, que lo habían mandado a estos lugares tranquilos, porque había ejercido su sacerdocio en medio de las distintas guerras europeas,experiencia que lo dejó un tanto trastocado, abrió grande los ojos, se puso de pié y salió despavorido de la escuela gritando: ¡Oh Dios mio, ten piedad de nosotros!, ¡un bolchevique aquí!, la guerra se avecina, la guerra se avecina….

Esa fue mi venganza, nadie lo supo nunca y por más de un año hubo de qué hablar en el pueblo. Pobre Padre Santino ahora me arrepiento.

-¿En verdad estás arrepentido papá?

Lo pensó un rato, sonrió y dijo:

-¡¡No, qué va!!


Nelvis Ghelfi

http://sincaramelos.com/
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16 de febrero de 2015

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La tonta de Juana


Sí que era TONTA mi amiga Juana. Tonta con todas las letras de la palabra en mayúscula, subrayadas y en negrita. A veces me provocaba darle un par de coscorrones a ver si lograba que reaccionara con los golpes. Así sería de tozuda. Es que en verdad esa amiga mía no tenía compón.

Venía de haber roto con un tipejo con el que llevaba apenas seis meses de “relación”, si es que se le puede llamar así. La razón: incompatibilidad de caracteres. Apuntaban en direcciones opuestas para resumir.

No había pasado ni un mes cuando se lo encontró de nuevo y bastaron unas calentaditas de oreja, un “me haces falta por aquí”, una caricia por allá y ¡zas! Otra vez en las garras de ese animal. Tres días después se lo consiguió en su departamento con alguien más. Ella me refería el suceso sin caber en el asombro y yo (que ya me sabía la historia de ella, la del tipo y otras muchas) en lo único que podía pensar era: “No sé qué le sorprende”.

La cuestión era que no la había descompuesto tanto el descubrimiento como el hecho de que aquel reparara en su presencia y no se inmutara, que siguiera presto haciendo de las suyas en el otro cuerpo sin importarle que ella lo observara, más bien queriendo que lo observara. Me contó que cuando se cansó de ser ignorada se desesperó, armó un escándalo que solo sirvió para que él le dijera: “Oye, no molestes que estoy ocupado”. Y la otra salió después a secundarlo con total descaro: “Que solo serán unos minutos, nena. Si dejas de interrumpir acabamos más rápido”.

Se marchó, claro. Presa de un cúmulo de sentimientos que no alcanzó a describirme, pero que duraron como mucho una semana. No hacía más que hablar de él, de lo mucho que le gustaba, de lo que le hacía sentir cuando se le acercaba, de que si le perdonaría cualquier cosa porque se moría por él, que lo adoraba y otra sarta de palabrerías que a mí me hacían sentir pena al escucharla. Nunca entendí cómo Juana jamás percibió en ella misma la indignación que me transmitía su historia cuando para mí era ajena y para ella, propia.

En esos momentos, yo no cabía en mí de lo mucho que me sorprendía ella. Intentaba hacerle comprender por cualquier medio en qué podía terminar aquello. Incontables veces le repetí que no le convenía, entre los miles de hombres que hay en el mundo no podía quedarse ella con tan infame individuo. Juana no captaba ni porque le hablara en su idioma o en cualquier otro, ni porque le explicara gráficos (con lo harto que le gustan las matemáticas) o le hiciera dibujitos. 

Regresó con él, por supuesto. Y cuando me dio la bella noticia, el coscorrón que le quería dar a ella me lo terminé dando a mí de la impotencia:

– ¡¿Cómo se te ocurre, Juana?! ¡Piensa del ombligo hacia arriba no del ombligo hacia abajo, mijita! ¡Cuánta pendeja en una sola persona! –Le había gritado, incapaz de soportar tanto desatino. ¿Y qué me contestó la niña?:

– ¡Ay, amiga! Es que cuando estoy con él… ¡Cuando estoy con él se me olvida todo! No encuentro dónde me queda cada cosa, se me baja la cabeza a los pies, ¿yo qué sé?

Nada que hacer. Ahí me resigné. Con la cabeza pegada al suelo es muy poco lo que se puede ver. Ya no piensas. Tienes la sesera llena de barro y nadas feliz en tu charco hasta que se convierte en un chasco.

Al poco tiempo me puso al corriente de que le había hecho otra jugarreta, por partida doble además. No halló a una, sino a dos en la misma escena, en la misma habitación y con el mismo que había perdonado la vez anterior. Una de aquellas, entrelazada de cualquier forma entre él y la otra, dizque la invitó a unirse al grupo alegando: “las cosas son mejores cuando se comparten”. A lo que, mientras aprovechaba de respirar sacando la lengua de la garganta de una de esas, el tipejo completó: “Estamos calentando. ¿Te hago un espacio?”.

Salió corriendo, esta vez despavorida. El acontecimiento la desencajó. Pasó un par de semanas martirizándose con el cuento de que no se podía sacar la imagen de la mente, lo peor era que la revivía como si en lugar de haber huido se hubiese quedado en el sitio compartiendo a duras penas a su chico con un par de sanguijuelas que parecía no solo succionarlo a él sino también a ella, a quien le quedaba la porción más pequeña. Era al mismo tiempo una tortura y una pesadilla, me decía.

Sin embargo, eso pasó a segundo plano al él reclamar su presencia, al extrañarle, al necesitarle. Ella, sacudida por las mismas demandas, se dejaba manejar por sus deseos como marioneta. Sin duda algo no iba bien en ellos, aunque a esas alturas ya yo empezaba a preguntarme quién de los dos padecía de la enfermedad más grave.

Cual masoquista decidió regresar con él y con resolución tomada se le ocurrió pedirme consejo. Yo que ya tenía las cuentas claras, cansada de gastar saliva en vano, sabiendo perfectamente que ignoraría mis palabras y que caería de nuevo sin remedio, no pude más que decirle:

–Ten listo el hielo, el mentol y el ibuprofeno.

No me enteré finalmente si entendió el todo o la parte, o si se molestó conmigo por aquella frase proferida. Lo cierto es que no supe de ella hasta tres meses después cuando recibí una llamada en la que me invitaba a su casa. No se oía nada bien y solo con verla al llegar, me di cuenta de que no se encontraba mejor.

Engripada, con medias y pijama, envuelta en una manta, apocada y con aspecto de haber estado encerrada durante días, se me antojó tan indefensa como mi hermanita cuando busca refugio después de un mal sueño.

Después de abrirme la puerta se apresuró a cobijarse en el sofá, que francamente parecía un nido. Ya me imaginaba de qué iba, el tipejo seguro tenía mucho que ver. Rogué porque no hubiese sido tan suelta de tornillos como para dejarse embarazar por semejante sujeto. Por fin me dijo lo que le ocurría y supe que había sido ignorado mi ruego:

–A mi cuerpo le ha dado por ser anfitrión. –Me soltó sin esforzarse por mover los labios. Yo, que creí haber interpretado perfectamente, no hice más que suspirar.

– ¡Sí que eres tonta, Juana! –Alcancé a decir antes de escucharla terminar.

–Eso y también seropositivo.

Una expresión de escepticismo se fijó en mi rostro y me dejó muda, antes de que atinara a pronunciar alguna cosa ella lapidó las palabras no dichas con un:

–No me hagas repetirlo. –Hice amago de hablar y…– No me pidas explicaciones ni detalles. –Otra vez intenté mover la boca– No me hagas preguntas, ¿quieres?

Concluyendo que no iba a dejarme emitir sonido alguno, simplemente asentí. Menos mal que me impidió el habla porque en ese momento no sabía qué decir, negada y a punto de rabiar por la noticia, solo me pasaba por la mente resaltar lo estúpida que fue. Me le quedé viendo, el silencio se hizo pesado incluso para ella porque hubo de aliviarlo diciendo alegremente:

– ¿Ves? Te he hecho caso en algo –se llevó una mano hacia la bolsa de hielo que llevaba sobre la cabeza, me señaló una cajetilla de ibuprofeno abierta que descansaba en la mesa junto a una pomada. Me pidió que le acercara esta última, se untó un poco del contenido en las sienes y al instante un aroma mentolado inundó la estancia.

No pude más que sonreírle luego de negar con la cabeza, me hice espacio junto a ella en su “nido” y la abracé. Sus lágrimas comenzaron a brotar y con ellas su aflicción fue volcándose en un lastimero desahogo.

–Me la imagino, ¿sabes? A la niña que quiero tener y que quizás no tenga. La veo ahí frente a mí diciéndole: “mija, si va a ser tan pendeja como para enamorarse de cualquier estúpido al menos tenga buen gusto. No vaya a caer en las manos de cualquier imbécil que venga a cantarle desafinado en la pata de la oreja, que eso no suena. Ni mucho menos se maraville con cualquier idiota que le pinte pajaritos desfigurados. Que no le pase como a mí, que suba sus expectativas y que aprenda a mirarle el dentado a caballo regalado”.

–Bueno, Jua…

–Calla, calla… –Me interrumpió entre sollozos–. En serio, no digas nada. Tantas oportunidades que tuve para enmendar y mira. Es que si en la vida no aprendes algo por las buenas, lo haces por las peores. ¿Y dime tú, amiga, de qué me sirve ahora el aprendizaje sino que para resaltar mis errores? ¿Es que no las escuchas, a esas “lecciones de vida”? Debiste haberlas escuchado porque me gritan algo parecido a lo único que te he dejado decir desde que entraste a casa: “¡Por pendeja, ¿viste?! ¡Sí que has sido tonta, Juana!”. ¡Estoy-hastiada-de-escucharlas! –Gruñó entre dientes–. Dime dónde se apagan. O mejor no, no hables. Solo acompáñame, pero quédate callada.

No abrí la boca, más por no tener respuesta a sus incógnitas que por respetar su silencio. Ese día murió Juana, la tonta. De hecho, no volví a llamarla nunca de esa forma.


Fritzy Zamor


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