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27 de mayo de 2015

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Cenicienta y la nieve


"El hijo del rey insistió en verla, pero la madre le replicó:
-No, no, está demasiado sucia para atreverme a enseñarla.
Se empeñó sin embargo en que saliera y hubo que llamar a la Cenicienta.
Se lavó primero la cara y las manos, y salió después a presencia del príncipe que le alargó el zapato de cristal; se sentó en su banco, sacó de su pie el pesado zueco y se puso el zapato que le venía perfectamente, y cuando se levantó y le vio el príncipe la cara, reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él, y dijo:
-Esta es mi verdadera novia.
La madrastra y las dos hermanas se pusieron pálidas de ira, pero él subió a la Cenicienta en su caballo y se marchó con ella, y cuando pasaban por delante del árbol, dijeron las dos palomas blancas.
Sigue, príncipe, sigue adelante
sin parar un solo instante,
pues ya encontraste el dueño
del zapatito pequeño."

                                                ...............................................................................

Hacía ya tiempo que no tenía las llaves de casa. Había pensado en llamar a alguien que abriera la puerta. Pero pesaba más el miedo de ser descubierta que las ganas de libertad. No podía usar el telefono porque él controlaba las llamadas.

Se sentó al lado de la ventana, escondida detrás de las cortinas. Quería ver nevar. Abrió un poco la ventana para que entrara el aire fresco y limpio de la tarde, y algunos copos de nieve irrumpieron con el viento para deshacerse en el suelo de la cocina. Acercó la nariz a la rendija e inspiró profundamente con los ojos cerrados. Sabía que, después de haber respirado el frío cortante del exterior, sentiría aún más el olor que flotaba dentro de la casa.

Érase una vez un día en el que Cenicienta fué encerrada y todo lo que había en el castillo quedó encerrado con ella. Todo. Para siempre.

La basura se acumulaba bajo las ventanas de la cocina. El Príncipe no había querido balcón. Por miedo a los ladrones, decía. Para que no entrase nadie. Las bolsas negras se amontonaban en los rincones y Cenicienta abría todas las noches la ventana para ventilar las esquinas.

Mientras bajaba las persianas oyó el teléfono. Su rostro aparecía en la pantalla y respondió obediente.

“¿Si?”. “He salido”. “Hasta luego”. Y colgó.

Cojeando silenciosa fue hasta la ducha, se desnudó y se metió dentro. Sabía que aún tardaría media hora en llegar. Su Príncipe. Reguló el agua caliente y la dejó resbalar aliviada sobre la piel desnuda. En algunas partes del cuerpo la temperatura le molestaba. En los moratones de los muslos, en los nudillos irritados y secos, y esa tarde, en especial, le dolían los labios. Rojos, calientes, como si hubiese dibujado una sonrisa de payaso con el pintalabios. Intentó evitar que el agua cayera directamente sobre ellos. Se enjabonó con esmero, con el gel que él le traía y que le gustaba tanto. Cuando entraba por la puerta se lanzaba sobre ella y le consumía el cuello de tanto respirar su pefume durante los angostos y bruscos abrazos.

Se puso el albornoz, áspero y viejo. Tenía tantos años como ella. Al principio vivían de aire y amor. De pan y caricias. De zapatos de cristal repletos de sueños. Pero mientras el Príncipe guardaba y guardaba, Cenicienta no veía ni un céntimo. El tiempo traería castillos y deseos cumplidos. Él prometió y ella creyó hasta la última palabra.

Se quitó la humedad del pelo con la toalla para no consumir electricidad. Se habría secado solo a pesar del frío. Además, a él le gustaba más así, el pelo húmedo y suave.

Buscó las bragas. Cuando le hubiera devuelto las llaves tenía que salir a comprar nuevas. Le quedaban solo tres en el cajón y no se acordaba dónde habían ido a parar las otras. Se puso crema en las manos secas y esperó.

Todo fué muy rápido. El ruido de las llaves, la puerta que da un golpe. Su príncipe que le olfatea hambriento el cuello y ella que se deja hacer tumbada en la cama. Nubes de sangre en los ojos y un sueño imprevisto que dura una hora.

Cuando Cenicienta se despertó todavía nevaba. Al fín y al cabo no había pasado mucho tiempo. Se levantó y buscó algo de ropa. Era un armario muy bonito. Antiguo, pero de verdad, barnizado con aceites especiales y tapizado por dentro con papel de terciopelo rojo y blanco. Le encantaba aquel armario, que sabía de otros tiempos, más felices, quizás, y lejanos de ellos.

Cada estante mantenía un orden preciso. Las prendas estaban dividas por principios que sólo ella conocía. Y cuando su Príncipe cogía atuendos de vez en cuando y casi a ojos cerrados, Cenicienta abría las grandes puertas y volvía a colocarlo todo en el lugar exacto donde debía estar.

Su parte del armario estaba casi vacía. Hacía ya mucho tiempo que no salía de casa y antes lo hacía sólo para comprar alimentos o llevar al niño a la escuela. En el último mes, desde que ella lo había hecho enfadar, nisiquiera sacaba un pie al rellano.

Se puso un chándal. Ya no le servían los sujetadores, se había quedado tan delgada que seguramente su Príncipe estaría contento porque podía cogerla en brazos sin dificultad. Después del embarazo no había querido tocarla hasta que los kilos de más habían desaparecido.

En la cocina su Príncipe estaba cenando. Qué tonta. Había traido comida y ella no había sido capaz ni de darse cuenta de las bolsas que llevaba en la mano entrando por la puerta.

Calentó su plato mientras él se levantaba y salía de la cocina sin decir una palabra. Le dió tiempo a sentarse y comer sólo algunas cucharadas porque volvió a entrar. Su Príncipe cogió el plato y lo lanzó al suelo, rompiéndolo en mil pedazos y con la misma energía la arrastró por las baldosas de toda la casa hasta la habitación.

Al cabo de unas horas abrió los ojos. Se había dormido otra vez. Quién sabe porqué le sucedía tan a menudo últimamente. Se acordó que la cocina estaba por limpiar. Eran las únicas cosas que conseguía hacer ya. Ordenar la cocina, llenar bolsas de basura para apoyarlas bajo la ventana, abrir los batientes, ducharse y volver a la cama. ¿Que fuera por eso que la casa olía de esa manera?. ¿O eran imaginaciones suyas?. Él no decía nada, no se quejaba. A lo mejor era ella que se lo inventaba, el olor.

Cuando se volvió a tumbar sintió que le picaban los brazos y le dolía la cabeza. Su Príncipe decía siempre que eran fantasías, sujestiones, que no tenía nada. Que debía tomarse las pastillas. Pero Cenicienta se negaba porque, antes o después, habría olvidado a su niño. Y ella no quería olvidar su carita dulce. Ni sus sonrisas, ni su mano suave y caliente mientras caminaban hacia la escuela.

Estaban casi siempre encerrados en casa. Pero al pequeño no parecía importarle. Su madre era su mundo, no necesitaba nada más. Y se abrazaban, se besaban y el papá no la tocaba hasta que no lo acostaba en su cuna.

Érase una vez un día en el que el Príncipe decidió acompañarlo a la escuela. “Lo llevo yo”. Y el corazón de Cenicienta tropezó con una piedra oscura. Pero los dejó ir.

Aquel día volvió sin su hijo. “Está en el hospital”, dijo, “te acompaño”.

Hallò su niño ya dormido, arropado con una sábana. Apartándola con suavidad pudo besar su carita violácea y las suaves manos frías como el hielo. Se rompió una cuerda dentro de su alma; cayó una montaña; se partió en mil pedazos el cristal del que están hechas las vísceras de una madre. Y la oscuridad se posó dentro, para siempre.

“Él lo amaba como yo”, se decía todas las noches desde entonces. Su Príncipe silbaba, ya a los dos días, pero ella estaba segura que sentía el mismo dolor. Porque el hijo lo había querido él, tanto como para recordarle todos los días desde el matrimonio que su útero servía para algo. Claro que lo amaba, su niño.

Durante algunos meses todo se había reducido a nada. La casa se le caía encima, el mundo se le caía encima. Cada cosa había perdido su sentido. Decidió que tenía que salir, caminar, respirar.

Y entonces lo conoció.

En aquellos días, su Príncipe no se había llevado todavía las llaves. Llamaba continuamente para asegurarse que estuviese en casa. Pero Cenicienta había descubierto que durante un par de horas, siempre las mismas, el telefono permanecía silencioso. Y sentenció, en un destello de audacia, que habrían sido sus dos horas de libertad.

Se arriesgó sin pensar y aceptó un café. Nunca se había tomado un café sola con otro hombre que no fuese su marido. Llena de osadía se sintió fuerte y el coraje se llevó como el viento, durante un momento, la carita dulce y las manos suaves que la torturaban desce hacía tanto tiempo.

Mientras bebían el café lo estudiaba escondida detrás de su taza. La postura de las manos y de los pies cuando se sentaba, la manera de quitarse la bufanda y el abrigo. El recorrido de las gotas de lluvia que se deslizaban desde la punta de los cabellos, pasando por el cuello, hasta desaparecer dentro de la camisa. El movimiento de la lengua sobre los labios después de cada sorbo de café. Era una imagen con una sensualidad tan olvidada que le parecía verla desde fuera de su propio cuerpo, observando la escena de lejos, desde otra mesa, desde el exterior del local, a través de los cristales.

Hablaban moviendo la boca, pero diciendo muchas otras cosas con los ojos. Él sabía todo, estaba segura, pero no se avergonzaba. Le llegaba el perfume de su ropa bien planchada y pensó absurdamente que no conseguía adivinar que detergente usaba, porque hacía ya mucho tiempo que ni siquiera ponía la lavadora.

Sintió el cable imaginario y cargado de electricidad que reducía la distancia entre las tazas y las bocas, cada vez más cercanas. Y, sin saber cómo, se encontró con unos labios grandes y delicados que habrían los suyos buscando el sabor del café que empapaba su lengua. Fue una explosión, dentro de sí, aunque le pareció que el estallido se habría podido oir a kilómetros de distancia. Todo el universo se había concentrado entre dos bocas. Sonrió por primera vez desde hacía muchas semanas.

Oyeron un fuerte retumbo, esta vez era la puerta del bar que se habría con rabia. Tonta. Que tonta había sido. Esa cafetería estaba tan cerca de casa...

Con increíble moderación y control su Príncipe la sacò del bar. Le sujetaba el brazo con fuerza, los hematomas le durarían dos semanas. Pero, mucho más tarde, de aquel momento sólo recordaría la ligera presión en los labios y el sabor del café.

Érase una vez Cenicienta, que ya no se acordaba de casi nada. Sólo que las llaves habían desaparecido, robadas por aquella voz que no grita nunca pero que no se puede desobecer.

Le repetía mil veces por las tardes que se arrepentía, pero luego se refugiaba entre las sábanas sucias cuando cada noche su Príncipe se iba quién sabe donde para no volver.

En el cajón de la mesita tenía un pequeño chupete. Su Príncipe quiso liberarla tiempo atrás de todos los recuerdos del niño haciendo desparecer cada cosa. Pero ella había escondido con cuidado dos pequeños tesoros. Un sonajero y un chupete.

Cenicienta se lo ponía en la boca todas las noches para dormir y con la mano aferraba el sonajero sin hacer ruido. Y pensaba en el rostro de su hijo, que despacito desaparecía entre los recuerdos, disolviéndose como una nube de humo. Pensaba al café y al sabor diferente que le da otra boca. Pensaba al gel de ducha, que estaba acabándose y que su Príncipe seguramente se acordaría de comprar. Pensaba a la ventana de la cocina, que tenía que cerrar porque estaba nevando todavía.

Érase una vez Cenicienta, que consiguió dormirse y soñó, como todas las noches, que el Príncipe le traía su zapatito de cristal perdido.


Carmen Lozano

(my image artist)
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25 de mayo de 2015

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El escritor primerizo


Hoy siento la necesidad de escribir, es una sensación desestresante y es como si liberara a mi cuerpo de aquellas cargas que me corroen a través de la mente. No es si quiera una forma de pensar, apenas la musa llega y las letras brotan como semillas de un pastizal. Escribir es como una reacción cuyos estímulos encuentro en la soledad, al amor, a la arraigada necesidad de amar, pero en otras a un sentimiento que brota desde mis entrañas. No sé cual sea la forma adecuada de hacerlo, apenas y puedo pensar, y escribir a la vez. Apenas y pueden mis ideas coexistir en un tumulto de palabras, a veces, sin sentido, en otras sin dirección pero siempre es mi alma, la que, con lágrimas o con alegría lo hace.

Cohuo Nic Leunam
http://letradas.blogspot.es/
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23 de mayo de 2015

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No hay lugar como el hogar


No hay lugar como el hogar

Eso decía Esteban Medina cuando le preguntaban acerca de su situación de encierro e introspectiva que eran circunstancias muy comunes en su rutina.

Esteban era un hombre de treinta y cinco años, gordo y con una barba larga de pordiosero pintada de blanco por los años que se le adelantaron en ese aspecto. Era un tipo muy alegre, pasaba sus días encerrado en su cuarto experimentando el efecto de calmantes constantemente durante el día. No encontraba mejor placer en el encierro del mundo introspectivo en el que vivía. Ese mundo era perfecto para él. Era como la imaginación de un niño con todo a su gusto y sus pensamientos no eran suposiciones de la realidad, sino que eran esta misma. No existía ironía ni contradicciones, todo se regía con una ideología explicita sin ambigüedades.

Sus horas se solían consumir bajo el fuego de una pasión perfeccionista ante cualquier aspecto que lidiaba el ser humano. Cosas complicadas como el equilibrio de la economía, la cambio por el simple hecho de que si tu encontrabas el oficio de tu agrado, tus deudas se reducirían a cero por la eternidad. Claro, porque ningún hombre puede vivir en constante ocio. Pensaba que este siempre tiene que estar en constante actividad mental no importaba cual, de lo contrario se pudriría en sus propios pensamientos ignorantes y se construiría una doctrina basada en estupideces y calamidades. Otras cosas como la malicia, los actos vandálicos y crimen en general, no existían en su plano de mundo perfecto. Toda la gente se ayudaba una con otra sin intención de recibir nada a cambio. Pero la misma naturaleza de la ideología hecha por Esteban hacia que, por inercia, se devolviera un favor al prójimo. Era parte del círculo vicioso de su utopía.

- No hay lugar como el hogar

La política no existía. Se vivía de una manera parecida al comunismo pero sin un líder que diera mandatos. Todos eran sus propios jefes y gozaban de un libre albedrio con un criterio muy racional. No existían impuestos ni nadie que te cobrara parte de tus ganancias porque, en primer lugar, nadie se basaba sobre un sueldo al trabajar y, en segundo, porque los logros, a base de esfuerzo, eran del mismo individuo que los conseguía. El orgullo era una parte importante de esta pequeña utopía. Cuando conocías a alguien, no se le juzgaba por su familia, su dinero y ni siquiera por lo que hacía para ganarse la vida. Se le juzgaba a alguien por sus logros y metas. Por lo que habían logrado con su vida. Las conductas superficiales no podían existir en este pequeño mundillo construido por Esteban.

Este mundo le había proyectado la mente de esteban. Era lo que su conciencia le decía que habitaba haya afuera. Era una utopía increíblemente perfecta que gozaría después de salir del manicomio en el que, por desgracia, nunca saldría.

Esteban fue el primogénito de una mujer esquizofrénica que sufría claustrofobia llamada Laura Medina. Esta fue violada por uno de los doctores del manicomio, dejándola embarazada y más perturbada que antes. Durante el parto ella falleció y Esteban nació con síndrome de Down junto con una agresividad terrible. Por defecto, quedo en el manicomio y en la misma habitación que su madre. Era el mismo doctor que violo a su madre el que le daba los calmantes. En un ataque de rabia, Esteban le arranco la oreja al doctor y este murió desangrado en la habitación acolchada. Desde entonces se le coloco un bozal junto con una camisa de fuerza para la seguridad del próximo doctor.

- No hay lugar como el hogar.

Gritaba mientras el doctor le daba los dos calmantes para que Esteban pudiera volver a soñar con el mundo que imaginaba haya afuera. Los demás doctores tomaban nota de lo que hablaba cuando describía la utopía y ellos carcajeaban en la sala de descanso, donde tomaban su café de la mañana antes de ir con sus pacientes.

Se sentían tranquilos de vivir en el mundo normal.

- No hay lugar como el hogar.
 
Adrián Cota

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21 de mayo de 2015

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Luna Maldita, Ultima Noche


Cuantas veces habrán insultado a la noche, cuantas veces habrán maldecido la luna. Cuantas veces he deseado que el mismo cielo nocturno que cubre mis instantes se torne infinito y se quede inmóvil para siempre. Cuantas veces he deseado que no haya una ultima noche o que esa ultima noche no marque un final. Esa luna que brilla sin muerte, que yace sin vida, que adorna el panorama de los vestigios de la perfección, esa luna que decía ser mágica. Noche de amores, luna de olvidos. Llena en invierno y media en verano, luna de atardeceres, noches de prolongadas madrugadas. Lunas de besos, noches de amores, luna testigo de madrugadas iluminadas por la presencia, madrugadas en compañía. Luna maldita, noches de infamia, tantos deseos y tanta distancia. Luna maldita, la misma luna, cielo estrellado, el mismo cielo. Luna maldita, tu que eres testigo de sus noches cuando yo no estoy a su lado, tu que te reflejas en su pecho cuando no esta contra el mío. Noche de infamias, tu que fuiste testigo de nuestro viaje y ahora te encargas de poner el obstáculo final antes de la despedida, nuestra ultima noche, el resto es incierto. Noche de infamias, tu que fuiste pasión cruda y amor sincero. Luna de letras, noches de escritos. Luna de tertulias, noches de café. Noches llenas de él, de nosotros, de nuestras compañías. Luna vigilante, declarante de todas mis tristezas y fiel beneficiaria de cada una de mis lagrimas. Cuantas veces habré insultado la noche, cuantas veces me habré arrepentido de vivir una noche, cuantas veces he deseado vivir de nuevo una noche. Luna maldita, maldita luna. Hoy estamos tu y yo, tu estas conmigo, estamos solas, pero también estas con el. Luna de infamias, noche maldita, afortunado el que puede verte, afortunada tu que puedes acecharlo, tu que tienes el privilegio del que carezco, regálale tu mas brillante resplandor, dile que es de mi parte, dile que te esta viendo y que yo te estoy viendo. Sé intermediaria del ultimo amor para siempre, dile que en cada rayo de sol que reflejas hay un pedazo de mi corazón que late incesante esperando el día en que podamos volver a verte en compañía, siendo solo uno. Dile que tu brillo es por mi, dile que quiero que alumbres sus noches. Tu, luna de infamias, dueña de mi recelo y mi envidia, tu que puedes tocarle la piel que yo no puedo, con tu resplandor, hazle saber que le pertenezco. Noche maldita, luna de infamias, él que se duerme en tu seno que antes era el mío, tu que le ves soñar, que le escuchas respirar, tu que escuchas mis lamentos y desvaneces mis sonrisas. Quédate opaca, estrellada y opaca, regálale plenitud y serenidad. Luna de lunas, noche de estrellas, tu que conoces de mis tristezas, no le cuentes de mis desgracias, escóndele lo que siento y no le hagas saber que lo extraño, dile que lo necesito, no le cuentes que me muero en su ausencia, no le digas que derramo mil lagrimas, dile que mi amor no se acaba. Luna maldita, noche de infamias, luna de lunas, noche estrellada.


Alejandra Fonseca A.


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19 de mayo de 2015

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El abrazo


Qué rico es despertarse así, con la lluvia golpeando la madera de la cubierta y un cuerpo ajeno procurando la tibieza del mío, espalda contra espalda y nalga contra nalga. Así nadie quiere despertar, ni siquiera yo, y creía que tampoco él pero súbitamente trata de librarse de mí, seguramente porque los otros ya se fueron; por eso me volteo y lo abrazo, evito que se mueva, y lo estrujo así, para permanecer los dos juntitos. Pasa un rato y me doy cuenta que se empieza a enfriar, ya hasta lo están enterrando, ¡tan bien que estaba! Ahora tengo que salirme de esta caja de muerto y buscar a otro que me caliente los huesos.

 Alérgeno
http://letrasyliteraturaalergeno.blogspot.mx/
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17 de mayo de 2015

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De tal palo...


Ver, oír, callar. Así se definía mi vida antes de conocerla. Solo veía, oía y callaba.

Observaba las injusticias que cometía mi jefe. Escuchaba los insultos y la información que le comprometía. Callaba su trato inhumano hacia ciertas personas.

En cierta forma, era un modo de supervivencia "mientras menos destaque mejor me va" eso me decía a diario, en verdad quería creerlo, yo me busque ese tormento.

Ojalá pudiera recordar la cantidad de años que sobreviví bajo esa norma autoimpuesta. Sobreviví, mas no viví.

Solo veía los problemas ir y venir. Como en todo en esta vida, había temporadas buenas y temporadas malas. Corrijo, había temporadas malas y temporadas peores.

Mi parte se hacía bien, siempre mantenía limpia la oficina y los corredores...y los baños. Me tocaban insultos de vez en cuando pero contadas ocasiones pasaba a mayores, solo un par de veces tuve que ser hospitalizado. No tenía nadie que me visitara.

Todo cambió de repente cuando ella llegó, una nueva empleada. De no ser por el gafete hubiera jurado que era un ángel. Tanta perfección, no había manera de que fuera terrenal.

Su presencia alegraba el día de cualquiera. Hasta el de mi jefe, quién parecía sentirse avergonzado cada vez que se encontraban. Luego me enteré de que ella era su hija.

Cuando me tocaba limpiar la oficina de ese ser perfecto y puro procuraba hacerlo mejor que de costumbre, generalmente dejaba una rosa sobre su escritorio. Lo cual no tenía sentido pues empalidecía ante su belleza.

Pero que mas podía hacer alguien como yo, una persona que vivió toda su vida entre escobas y libros. Tenía que agradecerle con acciones, tenía que darle las gracias por existir.

Un día, ayer, decidí hacerle un poema. Nunca antes había sido tan elocuente con mis palabras, sin embargo, jamás pensé que mi poema fuera digno de ella. Pero no podía aspirar a mas, la sensación que ella transmitía era indescriptible. Ni el mismísimo Neruda hubiera sabido expresarse mejor que yo.

Esta mañana, en lugar de la rosa, coloque el poema escrito con la mejor de mis letras. Ilusionado con que lo leyera y aunque fuera un poco pudiera sonreír.

No me había dado cuenta que rompí mi propia regla, destaqué ante mi jefe. Y de la peor de las maneras, halagaba a su hija.

Hace 5 minutos me mandó a llamar y yo, temeroso, acudí a su oficina. Ahí estaba él junto a su hija, pero ella no parecía más un ángel. Tenía una risa que yo catalogaría como demoníaca y sus ojos desprendían una sensación espeluznate. Incluso peor que su padre.

Ella no era tan fuerte, tuvo que pegarme con un palo...al ver que no surtía efecto se cansó y saco una pistola. Vaya que la sujetaba con naturalidad.

¡Vaya tonto que fui! Me dejé engañar por ella y ahora estoy recostado dentro de una bolsa exhalando mi último aliento. Olvidé dos cosas: La primera, no tenía que romper mi regla; la segunda, aquél refrán que decía "De tal palo...".


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15 de mayo de 2015

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Los cuentos de la abuela


Mientras sigamos siendo lo que somos, cuando el sol se pone a todos nos gusta sentarnos delante del fuego para que nos cuenten historias. Os dejo la mía para hoy:

“Le gustaba pasear en el cementerio. La costumbre le venía de chico, cuando su abuela le llevaba todos los domingos a limpiar la tumba de aquel abuelo al que no conoció.

Llegaban siempre temprano, nada más abrir las grandes puertas de hierro; caminaban despacio hasta el final de la segunda senda de piedra, y allí, entre un domador de leones muerto en pleno espectáculo y una maestra de escuela, se encontraba la lápida familiar.

Con esmero quitaba el polvo al mármol la abuela mientras él tiraba las flores marchitas y cambiaba el agua verde de los jarrones. Tras el aderezo venía el desayuno, la abuela se sentaba sobre la lápida del esposo muerto y sacaba de una bolsa pan, queso y dulce de membrillo; con esmero cortaba para su nieto una gran rebanada del pan oloroso y tierno y observaba como este comía con el hambre que solo tienen los niños.

Tras el refrigerio la abuela se sacudía las migas de la falda, guardaba el cuchillo mellado en la bolsa, se acomodaba mejor en su asiento y comenzaba una de sus historias. Esa era sin duda la mejor parte del día, las historias.

Cuando la abuela faltó, continúo acudiendo al cementerio todos los domingos, ahora limpiaba dos tumbas y nadie le contaba historias, lo único que no había cambiado era el desayuno. Para llenar el vacío de los cuentos ausentes comenzó a imaginar sus propios relatos, y así, leía las lápidas de los difuntos y rellenaba los huecos que había entre las dos fechas.

Todos sus muertos eran personas muy interesantes con vidas llenas de aventuras. Las mujeres eran bellas, los hombres valientes, sus historias estaban llenas de pasión y heroísmo. Poco a poco su propia vida se fue desdibujando, perdió el interés por las cosas cotidianas y comenzó a habitar un mundo imaginario en el que los difuntos eran sus compañeros. Andaba todo el día como los enajenados caminando sin rumbo y hablando solo. Su familia decidió internarlo, -es lo mejor para él-, se decían tratando de autoconvencerse.

En el manicomio, lejos de recuperar la cordura, su enfermedad fue a peor, ahora los muertos le visitaban por las noches, le susurraban al oído, le enviaban mensajes para los vivos. Atrapado entre dos mundos, así se sentía, agotado de tanto escuchar vidas ajenas.

Una noche de insomnio sofocante, al límite de sus fuerzas, decidió invocar a la abuela muerta:
-Abu por favor, échame una mano, no puedo más, habla con tus compañeros diles que me dejen en paz, necesito descansar, recuperar mi vida, salir de aquí.
Entonces una voz lejanísima y muy débil contestó a su ruego:
-No te molestarán más, te lo prometo, pero a cambio necesitan que hagas una cosa.
-¿Qué cosa abu?
-Escribe sus historias, cuéntalas para que no se olviden, para que no se pierda su memoria. Las de todos; las de Carmelina la pianista con seis dedos en cada mano, la de Alfredo y su miedo a las mariposas, la de Juan y su afición a vestirse de mujer, la de Herminia y sus amores con su cuñado. Ponlas todas por escrito y te garantizo que no te volverán a visitar.

A la mañana siguiente pidió papel y lápiz y debajo de la ventana comenzó a escribir”.
 
Mónica Sánchez García


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13 de mayo de 2015

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Eterno


Y de repente, como si solo hubieras sido una breve brisa refrescante de verano, ya no estabas. Me encontraba solo. Las mejillas aun mojadas por las tibias lágrimas se estremecían al contacto con el frío viento invernal mientras observaba como lentamente un taxi se llevaba una parte de mi corazón. Dos almas unidas por el amor pero separadas por el destino, un cruel destino. Una guerra librada entre el amor y el prejuicio. ¿Quien ganaría? ¿Tendríamos la fuerza suficiente para superar todos esos obstáculos que la vida había sembrado a lo largo de nuestro camino? Parecía un final ineludible que ninguno había elegido pero que no sabíamos como cambiar. Tal vez los astros y todos los dioses juntos habían complotado para que finalmente tuviéramos tal desenlace trágico. Tal vez solo era la suma de nuestros errores. Dicen que el primer amor nunca se olvida, que es tan fuerte que marca a fuego una cicatriz en nuestros corazones y mantiene unidos a los amantes por toda la vida. Pasara el tiempo, cambiaran las estaciones y quizá florezca otro querer pero nunca podre olvidar ese amor tan puro de dos adolecentes aventurándose a obedecer por primera vez la voz de su corazón. Un amor que superara las barreras del tiempo y del espacio. Un amor eterno.



Rodrigo González
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11 de mayo de 2015

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Guerra Fría


Yo no hubiera querido que se encontraran esos dos, cara a cara, y mucho menos que lo hicieran en un terreno tan lleno de objetos punzocortantes y baratijas con carácter proyectil, como mi casa. Venga pues, que las cosas ya no parecían irle tan mal a mi hermana Gabriela con la sonadera de tripas que la acuciaba desde un mes atrás. Pero para el carácter hipocondriaco que tenía, se enfrentaba a una situación completamente anómala y desesperante (en sus propias palabras), así que no pudo guardarse sus problemas gástricos para ella misma y se puso a exponerlos a cuanta gente encontraba por el camino. Y de entre esa gente, oh desgraciadamente, tuvo que recurrir a la ayuda de sus amigos más confiables para esos casos: Lorenza y Gumaro.

Esos dos traían un pleito insoluble de años, que acabó irremediablemente con un divorcio bastante mal enfrentado, con división de bienes, abogados de pensión e impuestos y sobre todo, el cierre de un consultorio en que ambos atendían una buena cartera de clientes. Como médicos de lo familiar, el antes matrimonio infeliz, se ocupaba de diagnosticar casos más bien comunes y después remitirlos a especialistas, si así fuera necesario. No sé si una de las principales causas de sus desaguisados eran las discrepancias en las evaluaciones o si éstas ocurrían porque ellos ya se odiaban desde antes, el caso es que Gabriela conocía a la perfección toda la historia, sin embargo aún así se reunió con ellos por separado y expuso los síntomas que tan mal la dejaban en situaciones cotidianas.

Primero Gumaro, durante un café que le quedaba cerca de la clínica en que ahora prestaba servicio nocturno, escuchó con paciencia a su atribulada amiga y concluyó con rapidez que era una alergia común al gluten, prescribió una lista de alimentos prohibidos y un seguimiento del progreso. Luego Gabriela le hizo una muy breve visita a Lorenza en el consultorio que empezaba a montar con un médico muy bien parecido, donde utilizaba métodos alternativos a la medicina alópata. La amiga, examinando la evidencia encontró que mi hermana tendría una deficiente absorción de líquidos en el intestino delgado y recetó un medicamento naturista.

Hasta ahí todo bien, pero Lorenza sospechando (con toda razón) que el ex marido también sería consultado, comenzó a llamar a Gabriela casi todos los días para informarse de su salud. La combinación de los remedios había empeorado los síntomas y mi hermana se quejaba amargamente hasta que al final termino por confesar a ambos que nada le sentaba bien. Entonces Gumaro se presentó en casa una o dos veces por semana, llevando todo tipo de alimentos sin gluten. Esperaba hasta que la paciente comiera todo para llevarse sus conclusiones, necesitaba tener la razón por lo menos en esta. La amiga hacía también preparaciones, donde el apuesto doctor metía mano, y citaba a su enferma más de una vez semanalmente, atribuyéndose los avances. Gabriela se convirtió en el terreno en que ambos seguían con un combate inacabado con las firmas de divorcio.

Así que pasó lo que tenía que pasar. Un día Lorenza trajo a casa un frasco lleno de chochitos para mejorar la digestión y Gumaro tocó la puerta con una canasta rellena de bizcochos que él mismo había preparado convencido de su victoria alimenticia. Yo había gozado mucho en el proceso, mientras ambos se disputaban el remedio más eficaz, pero cuando abrí la puerta de la calle y vi a Gumaro todo sonriente, mientras en la sala Lorenza daba instrucciones para tomar su pseudo-medicina, no negaré que me entró vértigo. Se saludaron muy educados sin darse la mano, ambos decididos a no abandonar la plaza. Gabriela ofreció bebidas y Lorenza se levantó a ayudarla, mientras le hablaba de las nuevas tecnologías naturistas. Cuando regresaron con unos tés de hierbas para los cuatro, el espacio se hizo más hostil al abrir Gumaro unas galletitas de salvado glutenfree y anunciar que ahí estaba la solución definitiva, más fibra sin aditivos. La divorciada se tragó con dificultad un pedazo de la pasta seca confeccionada por el divorciado y el ex esposo fingió una cara de interés ante la explicación de la homeopatía que hizo la ex esposa.

El ambiente era espeso como las galletas y absurdo como los chochos, pero nada de que se iban, esperando en tensión cualquier comentario para desacreditarse mutuamente. Cuando Lorenza mencionó a su nuevo compañero de consultorio y Gumaro se puso en la orilla del sillón con intención manifiesta de lanzarse a apretarle el gaznate, Gabriela tomó una taza con té caliente y muy tranquila deslizó un –muchas gracias por sus consejos, pero desde que cambié las cinco tazas de café diario por hojitas hervidas, santo remedio.

Yo me reí, Gabriela se rió y los otros dos lo intentaron, de verdad que lo intentaron. Lorenza dijo que tenía algunas consultas programadas y que no podría quedarse más tiempo y Gumaro se fue cinco minutos después con una alegría vacía de que las alergias no se enconaran en el cuerpo de mi hermana.

Con todo, de vez en cuando le llaman por si algún otro enigma médico se le presenta.


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