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30 de marzo de 2015

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Anestesia Inducida


"¡Ay, soledad, cómo dueles!
Como las caricias invisibles de quien quiero
Como el beso que hoy se posa en otros labios.
Hoy comprobé que en sus pensamientos ronda un nombre distinto al mío
Y que en su piel tiene las huellas que yo hubiera querido marcarle.
¡Cómo dueles, silencio!
Una es saber en secreto que quien amas no te pertenece
Y otra es reconocer callada que le pierdes para siempre.
Pero tú, vacío, dueles más
Porque contigo se esfuman dos cosas:
Todo lo que necesitaba para sentirme llena
Y todo lo que ahora me deja incompleta".


Eso fue justo lo que escribió en su diario luego de encontrar al chico que le gustaba... No, que la obsesionaba... No, a quien quería sin remedio y en secreto, pero no se había percatado de la intensidad del sentimiento que la embargaba hasta verlo compartir intimidad con alguien más. 

Fue presenciarlo recorriéndole el cuerpo con aquella exaltación perversa, devorándole la boca con aquel deseo irreverente, suscitándole implacables gemidos de fiera inquieta y persiguiéndole el ansia por el camino escarchado que dejaba el sudor y la saliva en las pieles, lo que liberó de golpe las pasiones que había mantenido ocultas en la oscuridad de un falso letargo y que cuando percibieron luz, la hicieron anhelar de forma tétrica todas las insanas atenciones que él le dispensaba a aquella volcadas sobre sí misma. 

Al contrario de lo que había leído en tantas novelas y en otros tantos textos, no se sintió morir ni había sufrido la inclemencia de un puñal atravesándole el centro del pecho. ¡Hay que ver cómo mienten los poetas! Más bien experimentó una suerte de anestesia, un frío que la invadió de los pies a la cabeza al que culpó erróneamente de la ausencia de movimiento en su cuerpo y la nulidad de pensamiento, cuando en verdad estaba siendo protegida por su propia negación ante lo absurdo.

Quizá la muerte a la que se referían los poetas era esa relacionada con al abandono de todo ápice de conciencia dentro de sí y de la realidad, esa desaparición momentánea que te hacía flotar en una burbuja imaginaria mientras dejabas literalmente de sentir, tu cuerpo quedaba tan desocupado y yerto como el de un cadáver, y si por una especie de casualidad o causalidad desgraciada terminaba humedeciéndosete la mejilla jamás lo entenderías como una lágrima, sino que dirigirías la vista hacia arriba buscando una gotera en el techo. 

No obstante, si había algo en lo que coincidían esas historias era en el dolor que se padecía. Nunca pudo identificar dónde exactamente, pero lo cierto era que le dolía. Mientras escribía el poema se cuestionaba qué gotera se habría roto que las palabras aparecían mojadas aun después de que la tinta se secara. Y le dolía, pero no sabía qué. Tenía un puto nudo en la boca del estomago, algo más allá de la garganta se le volvía un lío, sentía agujas en los ojos que hasta cerrados le escocían y no cesaba de preguntarse qué riña había perdido o qué esfuerzo físico tan grande había hecho que los músculos no le respondían.

La incapacidad de su cordura para hallar una cura razonable para su mal, la hizo por vez primera pactar con la inconsciencia dejándose llevar a recovecos en los que antes no se habría consentido estar.

Así fue como se arrastró una noche al último antro de una calle cualquiera, pidió una dosis de una bebida cualquiera para tratar su inexistente diagnóstico, se dejó atrapar por los besos torpes y alcoholizados de unos labios cualesquiera que la perdieron en el interior de una habitación cualquiera para luego marcar extrañas rutas en su cuerpo siguiendo las indicaciones de un mapa cualquiera.

Entretanto, ella le había puesto a cualquiera el nombre y el rostro de su amado, había negociado con vaya usted a saber qué clase de ente que las caricias recibidas se las otorgaba ese último, que quien la desnudaba, quien la palpaba con prisas y a medias, quien la hacía estremecer hasta únicamente recordar las vocales del alfabeto no era un extraño, sino quien había soñado.

Al despertar el día siguiente no reconoció a quien yacía a su lado en la cama, pegó padre y señor grito saliéndose de las sábanas, entonces la marea que se agitaba en su estómago y el bloque aglutinado a su cabeza la hicieron desplomarse indefensa sobre el suelo.

De nada valió que el segundo en la habitación le repitiera su nombre una octava de veces, ni que le hiciera un recuento de los postreros hechos, ni que intentara consolar sus lamentos y desvaríos mañaneros. Ella siguió deshaciéndose hasta después de que el desconocido se marchara, sollozando sobre la imagen distorsionada del cariño falso y todavía famélica de la exaltación perversa y del deseo irreverente de un amor incierto. Lo peor de todo era que la certeza de haber intentado encontrar a quien ansiaba en un vulgar otro, lo hacía saberlo cada vez menos asible, más distante y ajeno.

Volvió a su diario, releyó lo último que había escrito sin todavía lograr identificar dónde o qué le dolía y lo cerró incapaz de registrar sucesos nuevos. 

Esa noche se maquilló como lo hiciera la vez anterior –¡ay, soledad, cómo dueles!–, sacó algo provocativo de su clóset y lo vistió –como las caricias invisibles de quien quiero–, regresó al antro de la calle cualquiera –como el beso que hoy se posa en otros labios–, pidió otra vez una dosis de una bebida cualquiera –hoy comprobé que en sus pensamientos ronda un nombre distinto al mío–, se perdió de nuevo en los labios torpes y alcoholizados de otro cualquiera –y que en su piel lleva las huellas que yo hubiera querido marcarle...–. 

Ya no le importaba lo que se podría decir aunque le doliese el silencio.

–Y pou-qué hip-ba...noss asé casss-to sss-hip la vida-eh… hu-na pe-rr... hip...rra…

...Saber en secreto que a quien amas no te pertenece…

Le escuchó decir a un borracho de una mesa cercana –...reconocer callada que le pierdes para siempre–... que golpeaba la mesa con un vaso vacío. El sonido del cristal sobre la madera repercutió en ella y sintió que en algún lugar de su interior volvían a esfumarse dos cosas –todo lo que necesitaba para sentirse llena y todo lo que ahora la dejaba incompleta–.

Sin embargo, mientras un desconocido empezaba a trazar extrañas rutas en su cuerpo, olvidó cuáles eran.


Fritzy Zamor


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28 de marzo de 2015

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A orillas del Mar Menor



Era un atardecer rojizo en la orilla mediterránea de Santiago de la Ribera. Dos mujeres, vestidas de militar, caminan despacio hacia la playa. Dejan tras ellas la entrada de la Academia General del Aire. Se acercan a un grupo de eucaliptos que hay junto a la orilla y a los muros del recinto militar.

Se detienen frente al tronco de uno de los árboles que, en su corteza tiene grabados dos nombres, y una de ellas lo acaricia. Aprieta los labios, agacha la cabeza y suspira antes de comenzar a hablar.

- Desde hace 10 años, casi todas las tardes, paso por aquí, pero hoy estarás tú aquí- dijo Laura, sollozando y temblorosa, dirigiéndose a Ángela, su médico -Conocí a Nacho cuando yo tenía 19 años y él 17; por entonces yo preparaba mi oposición para el Ejército del Aire…¡por Dios, ayúdame!

Ángela veía alejarse a Laura por el paseo marítimo y esperó a que cayera el sol mirando las pequeñas olas del lago salado mientras caminaba y de pronto le vio aparecer.

Era apuesto y  vestía de militar, se dirigió hacia ella y se puso firme; la saludó.

Ella correspondió al saludo y caminaron juntos hacia el arbolado. Entonces Él se acercó al eucalipto donde estaban grabadas sus iniciales y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el tronco. Ángela, cerca de él mira hacia la copa de los árboles y escucha el mecer suave de las hojas al viento, mientras él enciende un cigarro y con cierto amargor en sus palabras comienza a hablar:

- Me fijé en Laura un día que ella iba entrenando en el paseo marítimo. Lo primero que pensé fue que era una de esas tías engreídas que estudian para militar. Mis amigos le silbaban y la llamaban marimacho. Mi padre era militar y decía que las mujeres quitaban un puesto de trabajo a los hombres y que en el ejército solo servían para putas.

Al día siguiente la vi de nuevo: allí estaba ella estirando y calentando para correr. Durante varias semanas, cada día, la miraba de lejos. La despreciaba, no sé por qué, pero la odiaba.

Aquella tarde, retumbaban en mi cabeza las palabras de mi padre y me propuse decirle a la cara que abandonara los estudios así que me crucé, altivo, en su camino. Laura paró en seco; casi choca contra mí. Entonces ella posó su mirada en la mía y vi sus ojos claros como el agua, dos ojos como jamás había visto, me sonrió y yo eché a correr como si me siguiera un diablo.

Una semana anduve dando rodeos – continuó Nacho- hasta que la volví a ver; la acompañaba un chico y me dije que ella no era más que una zorra y él un maricón. Los miré con desprecio.

No me la podía sacar de la cabeza, sentía rabia y vergüenza a la vez, quería partirle la cara. Así que fui a buscarla y cuando la tuve de frente le dije: - Si te vuelvo a ver con otro… Tú vas a ser mía.- Creía morir cuando me escuché decir eso y entonces Laura me miró con aquellos malditos ojos claros como el agua y me contestó con mucha dulzura: Vaya, creía que venías a pedirme perdón, no a declararte. No supe qué contestarle, era la primera vez que alguien me hablaba con cariño. Señora, mi padre me enseñó a ser un tío duro, siempre me dijo que había que ser muy macho con las mujeres y, sin embargo, esa tarde, Laura con su voz, me hizo un hombre.

Nos hicimos novios; mi padre me echó de casa y mi madre en su mundo, como siempre, tenía la mirada perdida. Yo ingresé en lo Cuerpos Especiales y Laura en la Academia General del Aire. ¡Dios, aún recuerdo su Jura de Bandera! Qué bella estaba y yo no podía dejar de llorar de felicidad.

Me destinaron a Afganistán. Cuando regresé fui a buscarla, y ella estaba donde siempre: aquí en la orilla de la playa, a la sombra de nuestro eucalipto.

Le pedí que se casara conmigo, le dije que siempre la había amado. Pero ella tenía la mirada perdida en la espuma de las olas. Se volvió hacia mí, me acarició y me preguntó si me dolía.

Y la oía pero no quería escucharla; y vi sus ojos transparentes; y como no lo pude soportar, eché a correr. Ya han pasado varios años y cada tarde seguimos viéndonos aquí. 

Doctora, sé a lo que ha venido hoy usted aquí, lo sé… pero solo una cosa más y me voy, señora, lo juro… me voy y no volveré. Ya cae el sol, están a punto de arriar la bandera; la trompeta entonará el toque de oración y yo desapareceré con la última nota.

Él se pone de pie y ambos, firmes, miran al sol poniente, en el aire flota el triste sonido de la corneta.

- ¿Sabe? Ese día, cuando Laura intentó acariciarme, tan solo pudo tocar el tronco de este árbol. Me preguntó si me había dolido y le dije que no. Pero le mentí. Por favor, doctora, dígale que sí, que me dolió su caricia y  aún me sigue doliendo más que la mina que me mató en el frente”.

Inma Barranco




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27 de marzo de 2015

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Descargar libros gratis y en forma legal


En contramarcha a un estudio divulgado recientemente en The Washington Post, el cual sorpresivamente reveló que muchos nativos digitales prefieren los libros físicos antes que sus versiones electrónicas, la lectura en e-readers y tabletas ha crecido en forma exponencial durante la última década. Los usuarios de teléfonos inteligentes también participan en este movimiento, gracias a la llegada de smartphones con pantallas que ya superan las 5 pulgadas y se postulan como dignas plataformas para la lectura.

En México, funcionarios de cultura decidieron agregar la lectura digital como variable en una encuesta que se realizará este año entre los lectores, con el fin de aplicar una perspectiva más ajustada a los tiempos que corren. Encuestas anteriores se mantuvieron en un mismo promedio (2.9 libros al año por persona); según los responsables de la estadística, el nulo crecimiento se explica por no haber evaluado que las tecnologías digitales han perforado directamente en médula de los lectores.
Gratis y también legal

Que un contenido se gratis no es necesariamente sinónimo de piratería. Los amantes del cuento, la novela y la poesía pueden dar con un buen número de bibliotecas virtuales que ofrecen volúmenes que aunque son gratis no vulneran su copyright.

Proyecto Gutenberg es un ejemplo clásico. Creada en la década del '70, esta plataforma ostenta un amplio catálogo de libros para descargar (más de 45 mil), disponibles en diversos formatos, EPUB, Kidle, HTML, texto plano, etc. Las obras son de dominio público, por autorización de los autores o por derechos que caducaron. Si bien la mayor parte de los libros está en inglés, el certero buscador del sitio arroja unos cientos de resultados en español; el Martín Fierro de José Hernández entre ellos.

Otra fuente es Wikisource, una iniciativa impulsada por la misma fundación que está detrás de la célebre enciclopedia online Wikipedia. También ofrece textos con derecho de copia libre, con cosas poco conocidas y otras más populares, con clásicos de la literatura argentina como Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga, El hombre mediocre de José Ingenieros, y los cuentos de Fray Mocho, entre otras. También la Biblioteca Virtual Cervantes tiene muchísimo material disponible de autores españoles e hispanoamericanos.

El Colectivo, una editorial con sede en Buenos Aires, afirma que los volúmenes de su catálogo son "libros libres" en la creencia que "el conocimiento debe poder circular y compartirse como patrimonio cultural de los pueblos". En su sitio web es posible acceder al catálogo que incluye ensayos, narrativa y poesía, entre otros géneros, e ir sin intermediarios a una versión gratis de cada una de las obras en formato PDF, y publicada bajo licencia Creative Commons (permite la libre distribución y uso no comercial, sin dejar de mencionar la fuente). Otras editoriales como Traficantes de Sueños y Bubok emprenden estrategias similares (y también tienen libros con precio de tapa).

Bajo esta misma modalidad funciona ManyBooks.net, con una librería de casi 30 mil títulos (unos 250 títulos en español) y formatos compatibles con Kindle, Nook y iPad, entre otros lectores. El sitio agrega recomendaciones y reseñas escritas por los visitantes.

En Libroteca.net también ofrecen libros en español, lo mismo que que The Internet Archive en su apartado de textos, LibroDot, Ganso y Pulpo y Libroteca son otros espacios en los cuales es posible dar con libros gratuitos y de descarga legal, en un terreno en el que también se anotan las grandes compañías. Con algo de destreza en la búsqueda, también es posible dar con obras sin costo en Amazon, Play Books y iTunes. De hecho, Hundred ceros monitorea los títulos gratis en Amazon. En El Club del ebook también hay una lista de alternativas para descargar libros sin cargo.¿Y si buscamos títulos tradicionales (y pagos) pero en versión electrónica? Varias de las librerías locales ofrecen la opción de comprar un ebook, lo mismo que las tiendas de Amazon, Apple o Google; en esta nota listamos algunas de las alternativas disponibles en la Argentina.

Por Uriel Bederman | Para LA NACION


http://www.lanacion.com.ar/1777841-sitios-para-descargar-libros-gratis-y-en-forma-legal?utm_source=FB&utm_medium=Cali&utm_campaign=1777841
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25 de marzo de 2015

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No es tu cuerpo


con un epígrafe de Jaime Salina.

¡No es nada de tu cuerpo!.
Sencillo seria decir que es tu cuerpo
para ponerlo en sobre pétalos de loto.
Para venerarlo, contemplarlo, y pecar idolatrándolo.



¡No es nada de tu cuerpo!.
De ser tu cuerpo.
Celara tus labios,
pero celo el fervor tu voz.
Celaría tus manos
pero celo, tu contacto tierno.
Celo como el viento
recoge tu aroma,
y celo, como tu aroma juega con el viento.

Pero si fuera tu cuerpo.
Sencillo seria decir, “es tu cuerpo”.
darte rosas y elogios.

De ser tu cuerpo.
Al extrañarte me conformaría con tu recuerdo.
Pero como no es tu cuerpo
tu recuerdo no me basta, me siento solo.
Sin el abrigo de tu presencia, me siento solo.
Sin tu mirada desorientadora, me siento solo
si tu voz orientadora, me he perdido.

Sencillo seria decir “es tu cuerpo”.
Darte rosas y elogios.
pero no es así, no es tu cuerpo.
Por eso doy
trozos de mi alma y amor
en poemas y en versos.


Denny R. Romero
mayusculaparaterminar.blogspot.com
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19 de marzo de 2015

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El pajáro de la muerte


Desde hace varios días vengo sintiéndome enfermo, desde que aparecieron los primeros síntomas mi madre empezó a insistir con que hay una epidemia matando a todo el mundo en las ciudades grandes, y que es mejor estar seguro. Nosotros vivimos en un pueblo pequeño a las afueras, nadie ha muerto aquí todavía debido a la epidemia tan nombrada, y mi madre insiste en mantener mi malestar en secreto hasta estar seguros, para no incomodar a nadie, o mas bien por no estar en boca de todos. Dicen que cuando se tiene la epidemia no hay vuelta atrás, solo te dejan morir en el mismo lugar donde estas, sin compasión alguna, una parte de mí quiere pensar que no es cierto y que solo es algo pasajero, pero la otra parte de mí tiene miedo, le tiene miedo a lo que pueda pasar.
Llevo casi una semana sin salir de casa y solo he tendió contacto con mi hermana y mi madre, desde que mi padre murió se ha vuelto muy paranoica con mi hermana y yo.
Hoy es domingo, son mas o menos las cuatro de la tarde, mi madre entro hace un rato a traer la cena y a informarme que mañana temprano va a venir el doctor a informarnos sobre mi estado de salud, mi hermana esta muy triste, ella es apenas una niña y sé que no le gusta verme reducido a esta cama sin poder ayudarle a ella o mi madre…
Los síntomas empeoran cada vez, pero no le quiero contar a mi madre porque imagino como se pondría, esperemos a que el doctor llegue mañana…
Acabo de despertar en el medio de la noche, me siento terrible, tengo mucho frío y no puedo callar mi mente, voy a escribir hasta que la vela se acabe. En tiempos como este pienso en lo afortunado que soy por poder expresarme a través de escritos, aprendí a escribir cuando acompañaba a mi padre a hacer trabajos cerca de la iglesia, el padre y yo tuvimos buena empatía y en sus ratos libres me enseñaba a escribir, siempre me hizo saber que esto de la escritura debía ser un secreto, pues podía ser muy peligroso si alguien se daba cuenta, me encantaría que mi hermana pudiera aprender a hacerlo, pero también temo por ella.
La vela casi se acaba y mis párpados están pesados…
Ya es de día, asumo que debe ser pasado el medio día pues el sol se esta empezando a ver en la ventana del frente, tan brillante, pero a la vez tan débil, tan frío, que no es capaz de penetrar mi piel, tengo frío…
Alcanzo a escuchar desde aquí a mi mamá revoloteando por toda la casa con los preparativos para la llegada del médico, parece que no supiera que le van a informar mi muerte, o tal vez si lo sabe y se esta preparando para recibir la noticia. Acaban de llamar a la puerta  y mi mamá grito que el médico estaba en casa, mi corazón esta latiendo con mas fuerza que nunca, tengo mucho frío y estoy nervioso.
Acaba de entrar a mi cuarto un estafador, que se hace llamar médico…
Un pájaro negro de cara blanca, gigante, muy alto, esta parado en el umbral de mi puerta y me mira con detenimiento, ¡que no me mire más! es aterrador, no tengo la mirada definida, todo es muy borroso, solo veo la silueta del ave macabra que me sigue observando…
El pájaro dio media vuelta y cerró la puerta, no logro oír nada más, ¿le estará diciendo algo el pájaro, a mi madre?
Mi hermana grita desesperadamente y mi madre llora…
No entiendo que hablan, solo escucho los pasos de las dos corriendo por toda la casa, no paran de correr…
Solo se oyeron los pasos de ambas y el llanto de mi hermana, seguidos de un portazo muy fuerte, el resto fue silencio…


Alejandra Fonseca A.

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18 de marzo de 2015

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Derroche de efluvios


Uno podía predecir la llegada de Ernesto desde a dos metros de distancia por el inconfundible aroma que se gastaba. Más de una vez le dije en broma que debería venderle a una perfumería su patente para hacer más duraderas las fragancias y así ganarse una buena plata. Él sonreía risueño haciendo cuenta únicamente de la parte monetaria del chiste. 

– ¿Usted la compraría? –me preguntaba. A lo que yo respondía: 

–Si hace que perduren fragancias como la suya, nunca. 

Es que el hombre, sin hacer distinción entre ocasiones informales y especiales, sabía apestar a lo grande. Le gustaba visitarme en la tienda según él a traerme humor gratuito a domicilio, pero a mí su grandilocuencia siempre me costaba al menos dos clientes que salían al trote cuando él hacía acto de presencia. 

Era la hora del almuerzo cuando se le ocurrió hacerme la visita un día y yo agradecí que el negocio no estuviese relacionado con comida porque de seguro los comensales no habrían querido probar bocado y me demandarían alegando que los alimentos se encontraban en mal estado. 

– ¡Pero, Ernesto! ¿Desde cuándo está ahorrando agua? –le saludé arrugando la nariz al verlo entrar. 

–Todavía no rompo mi último récord, así que no me ponga esa cara. 

– ¡Hombre, usted siempre superándose! ¿Por qué no le hace un favor a su prójimo y se echa un balde? Apiádese de los demás mortales. 

–Mire, Joaquín, si quiere piedad vaya a la iglesia. Yo soy de libre albedrío. Además no llevo mucho tiempo, se lo aseguro. 

– ¿Cómo no, Ernesto? Si ya le lleva la delantera al camión de desechos, y eso que va en ruedas. 

– ¡Bah! Eso es que usted es de olfato sensible. 

–Sí... Yo y la mitad de la clientela de la tienda, me parece. ¡Un poco de consideración! 

– ¡Consideración debería tenerme usted a mí! Con el polvo, el humo, la contaminación y las bacterias es más lo que tardo en quitarme la mugre que en ensuciarme. Uno termina escogiendo una de dos: o no salir jamás de la espuma de la ducha o quedarse tal cual y no entrar nunca. 

–No, qué va, Ernesto. Usted no tiene remedio. 

–No hablemos de remedios que ya le hago yo una lista de un puñado de gente que necesita escarmiento. Yo en dado caso siquiera hago más que enrarecer el olfato o hacer que arruguen un poco la nariz, pero si viera... 

En ese momento entró una clienta peculiar a la tienda que le hizo interrumpir su perorata. La mujer iba extrañamente vestida con una especie de abrigo manchado y raído, del cual aferraba fieramente las solapas contra su pecho como si temiera que saliera huyendo lo que fuese que ocultaba debajo. El cabello le colgaba en apelmazados mechones por encima de los hombros y se le enredaba pringoso sobre el rostro. Su apariencia dejaba claro que lo que fuese que llevara puesto la había dejado desprotegida ante algún tipo de inclemencia y pronto los efluvios que emanaban de su presencia, junto a la de Ernesto, terminaron por debilitarle totalmente el estómago a los pocos posibles compradores que permanecían en la tienda, quienes no pudieron más que huir espantados. 

– ¿Qué se le ofrece, mademoiselle? –La indagó Ernesto solícito, tomándonos desprevenidos a la recién llegada y a mí.

–Solo quiero un analgésico y algo para asearme un poco. –Al decirlo se recorrió a sí misma con la vista y apenada agregó–: Eh, disculpen mi aspecto.

– ¡Si se le ve tan rozagante como una flor!

–Como una flor remojada valdría decir –solté con demasiada sinceridad ante la observación de Ernesto, quien me puso a raya con una fiera mirada al ver que la mujer se sonrojaba de la vergüenza. 

–No le haga caso a este mequetrefe, ma belle. Que si su tienda está vacía es precisamente por saber un cuerno de cortesía y otro menos de atención al cliente.

–Estaba llena antes de que entraran. –Replico con desdén, preguntándome desde cuando el imbécil de Ernesto habla en francés. Él hace un gesto displicente con la mano como si mi comentario fuera una mosca perturbándolo.

– ¿Usted también tuvo un accidente? –Lo increpa preocupada la desconocida. Yo intervengo presto a tranquilizarla:

– ¿Cuál accidente? Ese es su atuendo de todos los días.

Al instante un periódico fue separado de la pila del mostrador y consiguió nuevo destino impactando de lleno en mi cuello y parte de mi cabeza.

– ¿Cómo dice?

–Que va a revisar las estanterías... –terció Ernesto “corrigiéndome” y aclarándole a la señorita lo que no había podido oír–. …En el depósito.

Seguidamente me insta a darme prisa con un "vaya, vaya, joven, que nos agarra la noche”. ¡Cuánto descaro! Incrédulo los abandono mientras me dirijo a la trastienda, con gran alivio para mi sorpresa, y lanzando por lo bajo: como los amores perros, entre olores se entienden. En honor a esto último y para darle otro aire a mis fosas nasales acciono el ambientador.

Cuando regreso al mostrador alcanzo a verlos de salida. Ernesto voltea antes de atravesar la puerta tras la desconocida y me guiña un ojo como despedida queriendo decir que se ha metido en el bolsillo a la mujercita. A mí, receloso ante el hecho, se me ocurre que de seguro el par de piropos en otro idioma debieron servirle de anzuelo y a la vez me invade el pensamiento de que el canalla pensaba dejarme la tienda sin asistencia. Luego reparo en que se regresa apresurado y voltea el cartelillo de la puerta para que los transeúntes lean: ABIERTO. Entonces, apaciguándome un tanto, le agradezco que haya sigo algo considerado.

La próxima vez que vi a Ernesto no lo reconocí, claro que debí haberlo distinguido por el inconfundible aroma que se gastaba. Venía con el mismo propósito de siempre: ofrecerme humor gratuito; pero, ¡al fin!, su grandilocuencia no me costó clientes sino que más bien me hizo ganar algunos. La otra diferencia era que andaba acompañado, una belleza acicalada le colgaba del brazo y me saludó como si ya me conociera. Tardé lo mío en darme cuenta de que era la misma mujer con quien lo había visto otrora abandonar la tienda.

Ahí fue cuando empecé a creer en la suerte del que no se baña.

–Oiga, señor, ¿qué usa para perfumar la tienda?

Nos interrumpió un cliente dejando entrever un gran interés en la respuesta. Yo sin saber qué contestarle me encogí de hombros y felicité a Ernesto con un:

– ¿Qué cree, hombre? Ahora sí le compraría la patente.


Aldo Simetra


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16 de marzo de 2015

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Golondrinas



Sobre el asfalto parecían haber desaparecido para siempre las huellas del crudo invierno, la ciudad comenzaba a despertar de su frío letargo con los ya más que incipientes rayos de sol que bañaban su rostro de hormigón coloreando sus mejillas, dotándola de un aspecto desenfadado y juvenil. Los gruesos abrigos de piel que poblaban las calles hace no tanto tiempo, yacían colgando en el interior de los armarios aguardando pacientemente a que las bajas temperaturas volvieran a reclamar su presencia, y lejos de la ciudad, en las montañas, los osos se desperezaban ya fuera de sus oseras, preparándose para cazar y comenzar un año más su día a día; aún así, nunca podía uno confiarse en exceso, pues es bien sabido que el invierno es como una fiera herida, incluso agonizante, es capaz soltar un zarpazo mortal.

Al caer la tarde, un rato antes de que los últimos rayos del sol primaveral se escondieran tras el horizonte, Miguel paseaba con cierto nerviosismo por la calle. Sobre sus zapatos negros vestía, con sutil elegancia, unos vaqueros nuevos que había querido estrenar esa tarde, combinados con su camisa color burdeos de las grandes ocasiones que cubría con una americana negra, la cual había tomado prestada a su padre; todo ello aderezado con unas cuantas gotas de perfume caro, de esos que se anuncian en la tele, en blanco y negro, y con algún guapo modelo luciendo el torso sin camiseta y con cara de estar enfadado. Iba observando el mundo a través de sus gafas de sol graduadas, con mirada concentrada, pensando en técnicas de relajación orientales, intentando no dejarse apoderar por los nervios y la tensión que lo corrían por dentro, y aunque eso nunca le había funcionado, él seguía confiando en ello, pues su madre le había enseñado desde pequeño que había que ser constante en la vida y no dejarse vencer ante las adversidades. Pese a no tener ninguna prisa, caminaba con aire apresurado, pisando con firmeza sobre los pequeños ladrillos que adornaban la acera formando unos dibujos circulares. Mientras, los conspicuos balcones a cada lado de la avenida vigilaban secretamente sus pasos, camuflados en las alturas entre coloridos geranios que, cual ave fénix, resucitaban cada primavera de sus propias cenizas para volver a brotar las flores en sus tallos moribundos; y verdes plantas germinadas en macetas de barro asomando sus curiosas hojas entre los huecos que forman los barrotes de la baranda. En sus manos sujetaba un gran ramo de rosas rojas que acababa de comprar en una floristería cercana, en su interior, una bonita tarjeta de felicitación con una dedicatoria especial. Hoy hacía un año que Miguel y Laura se conocieron una noche en aquel local de copas que ambos frecuentaban, él, ese chico tímido de mirada esquiva, apoyado siempre espaldas a la pared, hierático, sujetando una jarra de cerveza de litro que puntualmente rotaba entre los amigos que lo rodeaban, igualmente tímidos, hieráticos y de miradas esquivas, incapaces de establecer contacto, y mucho menos relacionarse, con cualquier persona del sexo contrario, por tanto, incapaces de detectar cualquier posible guiño que una chica pudiera realizarles; ella, chica vergonzosa y tres años menor que él, se dedicaba gran parte de las noches del fin de semana a espiar los movimientos del chico que le gustaba, que la verdad no eran muchos, analizando cada gesto, pero sin atreverse nunca a dar un paso hacia delante por temor al vacío de ser rechazada, además, ni siquiera estaba segura de que a aquel extraño chico le gustasen realmente las mujeres, excusa que utilizaba de forma recurrente ante sus amigas para no enfrentarse a su inseguridad adolescente. Un cierto sábado por la noche, en el mismo local de siempre, se produjo la catarsis, sus amigas, hartas de su indecisión y excusas vagas, consiguieron doblegar la tenaz resistencia de Laura para llevarla, prácticamente a rastras, hasta el lugar donde el chico, rodeado de amigos, sujetaba su jarra de cerveza y miraba al suelo como con cierta devoción, «hola, que a mi amiga le gustas», tales palabras resonaron en la cabeza de Miguel y fueron bajando como un rayo por todo su cuerpo, atravesándolo de parte a parte en forma de una ardiente descarga eléctrica. El corazón comenzó a latirle más y más deprisa, en sus mejillas notaba el rubor de la vergüenza. Tras no pocos esfuerzos, consiguieron que el chico, superado por tan insólita situación, levantase la mirada y articulara dos palabras seguidas. Entonces las amigas agarraron a Laura, ésta se había quedado detrás de ellas, agazapada cual liebre asustada, ruborizada, deseando ser tragada por la tierra para desaparecer y no morir de vergüenza, y la pusieron frente a frente con Miguel, ya no había vuelta atrás. Cuando se la presentaron, él la miró sin mirar, pues le costaba mucho mantener la mirada ante una chica, se acercó, algo atolondrado, para darle dos besos, agachando de nuevo la mirada y respondiendo a la gran pregunta que le habían hecho «¿quieres salir con ella?», asintió con la cabeza, exhalando un sí con voz entrecortada y ciento sesenta pulsaciones. Ella se emocionó, y tras unos instantes en los que ninguno de los dos sabía bien como reaccionar, ni que decir, quedaron para la semana siguiente en el mismo lugar. Laura, todavía con las mejillas rojas por el mal trago al que había sido sometida, se volvió, con risa nerviosa, dando saltos de alegría hacia el lugar en el que se encontraban sus amigas, dándoles un gran abrazo, apretujándolas con fuerza para mostrar su agradecimiento y felicidad. Él levantó la jarra de cerveza con las manos aún temblorosas por culpa de los nervios, aunque con cierto aíre de satisfacción por lo vivido, con el fin de intentar ignorar que era el centro de las miradas de todos sus amigos, que de nuevo lo rodeaban y quienes también rozaban las ciento sesenta pulsaciones por minuto, pues, de alguna manera, ellos sentían también que habían interactuado con las chicas, pese a que no les dirigieron ninguna palabra y apenas se atrevieron a mirarlas mucho, pero eran chicas y habían estado al lado de ellos. Ella era, con diferencia, la más guapa del grupo, él, en cambio, era igual de raro que todos sus amigos; de fondo, en el bar, Los Planetas cantaban al desencanto amoroso desde su recién publicada “Segundo premio”.
La tarde estaba cayendo cuando fianlmente Miguel llegó al portal de Laura en Cardenal Benlloch, el corazón le latía incluso más fuerte que aquel primer día, las manos le sudaban y ya no producía saliva, era su primer aniversario de novios y quería hacerle un regalo especial, pensó en flores, se supone que eso siempre es algo le debe de gustar a las chicas. Levantó el brazo dispuesto a todo, su dedo se colocó sobre el 2ºD, mientras sus ojos, cubiertos por las gafas de sol, leían los apellidos de los padres, A. Palma, I. Cano. Se quedó quieto, inmóvil, con el brazo en alto, sentía como si toda la gente de alrededor se hubiese detenido a observarlo, que los coches y los autobuses se habían convertido en espectadores de excepción, que las golondrinas que habitaban bajo su balcón, recién llegadas de su exilio invernal, habían aparcado su incesante ir y venir en busca de alimento para sus crías, y que las mismas habían dejado de reclamar sonoramente su comida, asomando ahora sus pequeñas cabecitas por el hueco del nido para no perder detalle. Armado de valor, pulsó el timbre donde Laura vivía, cuando escuchó su voz el corazón le dio un vuelco, no sabía como responder, pero tras algún leve tartamudeo consiguió pronunciar su nombre; ella le abrió el portal y quedó esperando a que subiera presa de los nervios, no podía creer que de verdad hubiera sido capaz de acordarse de su aniversario, pues qué otra razón podía haber, y eso la hacía increíblemente feliz, a sus dieciséis añazos se sentía como si fuese una adolescente de catorce. Al cabo de un rato, viendo que Miguel no aparecía, fue ella quien bajó los escalones casi de un salto, pensando que su cándida timidez le habría impedido subir las escaleras y que él estaría bajo esperándola con un gran regalo, que cuando la viera se lo entregaría, le diría te quiero mucho, y le daría un gran beso de enamorado. Sin embargo, cuando llegó al rellano lo encontró solitario, allí no había nadie esperándola, tan solo había un gran ramo de rosas atado con un lazo azul tirado en el suelo, y una tarjeta de felicitación caída a su lado, pero ni rastro de él, ni mucho menos del gran beso que ella esperaba. Un tanto contrariada se agachó a coger el ramo de flores junto con la tarjeta del suelo, observó durante unos segundos el ramo, compuesto por veinticuatro rosas rojas de tallo largo perfectamente distribuidas, y se dejo embriagar por el aroma de las flores, el hecho que su novio fuese un poco tonto, no le impediría disfrutar de la inefable belleza de un ramo de rosas. A continuación abrió la tarjeta y la leyó “Para la chica más guapa y mas maravillosa que he conocido nunca, eres lo mejor que me ha pasado, te quiero mucho, Miguel.”, cierto es que no era lo más original del mundo, pero al menos le servía para pensar que, quizás, no todo estuviese perdido, y regresó rauda a casa para dar de beber a las rosas y enseñarle emocionada la tarjeta a su madre, quien la miraba con cierta sonrisa cómplice desde la perspectiva que dan los años, mientras evocaba a su vez el recuerdo de una adolescencia no demasiado lejana. Armado de valor pulsó el timbre de la casa donde vivía Laura, cuando escuchó su voz, sintió ese escalofrío de la contrición, ella le abrió el portal y él entró, dispuesto a luchar contra todos los fantasmas que fuesen necesarios, subió al rellano y una vez allí miró desafiante la escalera que debía conducirle a su destino final en el segundo piso, la miró, la volvió a mirar, inerte, paralizado por el miedo y la vergüenza. De repente, oyó como unos pasos se acercaban a la escalera y, como un resorte que sueltas tras haber alcanzado su máxima tensión, salió disparado hacia la calle soltando el ramo en mitad del rellano, y se marchó corriendo sin rumbo, presa del pánico, por una de las largas aceras que escoltaban al asfalto en su larga avenida. A su lado, a igual velocidad, corrían la filosofía oriental y los consejos de su madre sobre persistencia y perseverancia ante las adversidades. Mientras tanto, las atareadas golondrinas habían vuelto a sus obligaciones familiares y volaban incesantes en un viaje de ida y vuelta para alimentar a sus crías, que habían vuelto a esconder sus cabecitas en el nido un tanto decepcionadas; las coloridas flores de los sempiternos geranios que poblaban la mayoría de los balcones que asomaban vigilantes por la avenida, avergonzadas, deseaban que llegara de nuevo el invierno para borrar lo que habían visto esa tarde; por otro lado, los autobuses circulaban de nuevo sobre las ya desaparecidas huellas de un crudo invierno. La tarde estaba cayendo, los últimos rayos de sol aún se vislumbraban sobre el horizonte dotando a la ciudad de esa luz crepuscular tan característica que antecede a la noche, cuando finalmente Miguel llegó al portal, el corazón le latía fuerte, quizás casi tanto como aquel primer día hace ya más de diez años, las manos le sudaban y ya no producía saliva, hoy era su primer aniversario de casados y quería hacerle un regalo especial, y sabía muy bien que, a Laura, las flores le fascinaban.

Aquellas pequeñas golondrinas de antaño habían crecido y ahora eran ellas quienes tenían descendencia.

Poeta Borracho


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8 de marzo de 2015

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Escritores suicidas


Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un rápido censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, Silva, Larra, Woolf, Salgari, Trakl, Lugones, Mishima, Pizarnik, Hemingway, Plath, Márai… Y el pasado 12 de septiembre, la gran promesa de la narrativa estadounidense, David Foster Wallace, a quien hallaron ahorcado en su casa; un novelista de 46 años que ya en otras ocasiones había pedido que le protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.

Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry. Dice Levi que “su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones”. Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de La Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida.

DOS LEYENDAS. La historia de la literatura está llena de almas atormentadas que han acabado con sus vidas. Dos ejemplos, los norteamericanos Ernest Hemingway y Sylvia Plath. La imagen en blanco y negro muestra al primero durante su trabajo como corresponsal en la II Guerra Mundial. Sobre estas líneas, la tumba de Plath.

Por estos días se celebró el centenario del nacimiento de Cesare Pavese, otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: “Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo”. Maupassant, que se murió por enfermedad un año después de intentar suicidarse, lo definió de un modo casi inverso: “El suicidio es el sublime valor de los vencidos”. La última entrada de Pavese, el 18 de agosto, me ha dado siempre escalofríos: “Sin palabras. Un gesto. No volveré a escribir”.

Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, Henrriette Vogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. El lugar es hoy un sitio de peregrinación. Se trata de un rincón apacible, bucólico, como si los románticos escogieran con gusto incluso el sitio de su muerte. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se fue del mundo en un pacto con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su mujer, Lotte Altmann, en Petrópolis (Brasil), donde se había refugiado de las persecuciones a los judíos durante la II Guerra Mundial. El suicidio de Koestler, otro judío perseguido por los nazis, obedeció más a sus convicciones a favor de la eutanasia: estaba enfermo de párkinson y leucemia.

Albert Camus, que murió en un accidente sin ningún viso de suicidio, dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo. Henri Roorda terminó Mi suicidio poco antes de matarse. Allí dejó escrito: “Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas”. Antes de matarse, Jean Améry escribió un libro extraordinario sobre el suicidio (Levantar la mano sobre uno mismo) donde explica que la primera lógica de la que escapa el suicida es la del axioma vitalista “la vida es el bien supremo”. Si esto se niega -“la vida no es el bien supremo”-, o si en determinadas circunstancias la vida es lo contrario, un gran peso y un gran mal, se entenderá mejor el salto que dan, que deben dar, los suicidas. Su mundo no es nuestro mundo. Así lo dijo Wittgenstein en uno de sus aforismos: “El mundo de quien es feliz es otro distinto al mundo del que es infeliz”. El suicida, al darse una muerte libre, voluntaria, quiere hacer cesar ese mundo para él infeliz.

TRATO SIN RETORNO. Con rabia, serenos, drogados… El método de los literatos para quitarse la vida ha sido variado. En esta imagen, publicada por la prensa de Brasil el 22 de febrero de 1942, se observa a Stefan y Lotte Zweig en su habitación de Petrópolis, donde vivían. Habían pactado abandonar voluntariamente este mundo.

Por no entender este pensamiento elemental (que a veces la vida no es buena), los Estados y las religiones han perseguido durante mucho tiempo el suicidio, calificándolo de delito y de pecado. En algunos países, incluso, se llega al absurdo de castigarlo con la pena de muerte. Toman el cuerpo exánime del suicida, lo cuelgan y lo exponen al escarnio público, para que aprendan.

De alguna manera, la Iglesia, al prohibir que los suicidas fueran “enterrados en sagrado”, castigaba con la pena del destierro (del cementerio) a los suicidas, considerados como “discípulos de Judas”. Su posición, por suerte, se ha vuelto más compasiva.

Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo; otros, en un arranque de autodestrucción. Unos, sobrios; otros, drogados. El poeta Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: “Es el problema del alcohol; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada”. Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Álvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. También él escribió un estudio estupendo, El dios salvaje.

Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se ha inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta; Goethe, con el joven Werther; Tolstói, con Anna, y Schnitzler, con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia.

Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: “Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño”. Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber de matarse. Pero mientras llega ese instante de lucidez en las tinieblas habrá que seguir viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard: “Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo”.

* * *

Héctor Abad Faciolince nació en 1958 en Medellín, Colombia.

Obras:

Malos pensamientos (cuentos, 1991), Asuntos de un hidalgo disoluto (novela, 1994), Tratado de culinaria para mujeres tristes (1996), Fragmentos de amor furtivo (novela, 1998), Basura (novela, 2000), Palabras sueltas (ensayos breves, 2002), Oriente empieza en El Cairo (crónica de viaje, 2002), Angosta (novela, 2004), El olvido que seremos (2005), El amanecer de un marido (novela, 2008) y Traiciones de la memoria (2009).
https://licricardososa.wordpress.com/2014/02/07/hector-abad-faciolince-por-que-se-mata-un-escritor/
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6 de marzo de 2015

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Puerto Montt


Cuando “Los Iracundos”, ese conjunto uruguayo de música pop de los años sesenta, cantaba su tema, Puerto Montt, yo me propuse conocer ese lugar. Primero tuve que aprender que se trataba de una ciudad chilena, ubicada en el extremo continental de Chile. Luego, de muchos andares, llegué hasta ese lugar: Hermosa y colorida ciudad con su movido puerto en aguas del Océano Pacífico, sus casitas de madera, pintadas de distintos colores y sin muchos edificios modernos. Recostada sobre la bahía azul del mar chileno y ostensiblemente semejante con algunos sectores de Valparaíso, por sus cerros edificados y sus calles en ascenso tras cerradas curvas o, el interminable descenso de las mismas hacia el mar; pero con una “magia” diferente, se me presentaba la ciudad de mis anhelos juveniles. A la vuelta de los años, pensé que en ella podría encontrarme con algunos ojos seductores y quién sabe, hasta lograr un romance. Al fin de cuentas, no había ligazones en mi vida y no perdía la esperanza de encontrar un amor maduro y tranquilo para compartir los últimos años de mi vida. Sin embargo, Puerto Montt no había reservado a nadie para mí. Eso sí, disfruté de su costanera, de su exquisita repostería con antecedentes alemanes, y saturé mi apetito de salmón rosado, ése que vive en las costas de la isla de Chiloé, cuya carne es casi roja y muy sabrosa.

No me animé al curanto de mariscos y longanizas, y casi pruebo la cazuela de luche, luego de haberme entregado, sin arrepentimiento alguno, al cancato de pescado. También, disfruté de sus magníficas vistas panorámicas desde sus miradores en lo alto de los cerros. Caminé por sus calles con nombre de Almirantes y Capitanes y leí una novela de la escritora chilena Isabel Allende en mis descansos en el hotelito donde me alojé, irremediablemente sola. Sin embargo, cuando me marchaba de ese acogedor lugar para emprender mi regreso, con mis maletas a cuestas, tropecé con un hombrecito, más bajo que yo, pero apuesto, con un agradable aspecto y unos bonitos ojos claros indefinidos, que asomaron con asombro tras sus gafas. La embestida provocó la caída y consecuente desparramo de las carpetas de archivo que llevaba bajo su brazo, más todo aquello que uno puede suponer se lleva en la cartera o bolsa mal cerrada de una mujer. Apurada, recogiendo todo de prisa, terminé pidiéndole mil disculpas y ascendí al taxi que habría de llevarme al aeropuerto. El hombre se me quedó mirando con una sonrisa afable dibujada en su rostro y hasta alzó su mano en señal de saludo. Avergonzada, le respondí de igual forma. 

Ya de regreso, refugiada en mi confortable departamento, comencé la tarea de acomodar todo el contenido de las maletas y cartera. Junto con los cosméticos apareció una tarjeta minúscula con el nombre, cargo y profesión de una persona. Llevaba doble apellido. “Deber ser chileno”, pensé, porque ellos usan los dos apellidos, el paterno y el materno. En la tarea organizativa de pequeños objetos, descubrí que me faltaba una ovejita blanca, la que a manera de souvenir, me había regalado el conserje del hotel, en mi despedida.

Pasó algún tiempo y, cuando el recuerdo de Puerto Montt aún me arrancaba una débil sonrisa, grande fue mi estupor al recibir una desacostumbrada llamada de larga distancia. Era de un señor con doble apellido que ofrecía devolverme una ovejita de lana.

2014




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