26 de septiembre de 2010

el comentario 6 comentarios

Liturgia

La chaira se deslizaba rápida por el filo de la brillante hoja. Su raspar irritante era parte de la liturgia cotidiana. Cada diez minutos de tarea comenzaba nuevamente ese responso fúnebre, preludio de otra sesión de descarnado trabajo. Una y otra vez se repetía el ritual en la sombría habitación.
Las manos que trabajaban aquel esmerado filo, tenían toda la delicadeza y precisión que un afamado cirujano envidiaría y la rudeza necesaria para quebrar los nudillos de cualquier persona en un apretón de manos incidental.
El abultado estómago fruto de constantes excesos, se apoyaba firmemente sobre el tablón de quebracho que hacía de mostrador. El delantal que alguna vez había sido amarillento (pues nadie podía recordar si alguna vez fue blanco) ostentaba las marcas rituales de miles de vidas ofrendadas al Dios Hambre.

-¿Se lo limpio doña?

-Si no me cobra más...

La cara de la enjuta mujer demostraba tal vez mil años de ansiedad, lamentos y decepciones. Vestía a la usanza de las viejas lavanderas de la baja Italia: negro sobre negro. Una larga falda ceñida a la cintura, sacón de hilo, medias media caña y zapatos con miles de leguas de tránsito en caminos de polvo y barro. Un único toque de color estaba dado por una blanca mantilla tejida al crochet, heredadas a través desde varias generaciones de madres a hijas.
El toque de gracia: un relicario que colgaba de su cuello. Dentro: la foto de algún ser querido junto con un mechón de pelo crispado por el paso del tiempo.
Oliverio apretó con fuerza sus fosas nasales y generó la presión de aire necesaria como para que al soltarlas, sus mucosidades salieran despedidas con envidiable puntería dentro del tacho de los residuos, pleno de sangre y excrementos. Las moscas emprendieron rápida huida mientras el chorro atravesaba las circunvoluciones que en desordenado equilibrio mantenían sobre él, para luego regresar a su persistente rutina.

-Con o sin cabeza doña?

-Con. Me sirve para el caldito. ¿Sabe?

El hacha cayó firme sobre las cervicales del animal separando tronco de cabeza. Oliverio sabía como seguir. Miró a la anciana que frente a él parecía otro espectro listo para su hacha y comenzó la cotidiana tarea. Cortó el extremo de cada pata y la cola. Tomó su estilete más filoso y pasándolo previamente varias veces por la chaira, abrió en canal el vientre del animal en medio de sus seis tetillas. Desde el cuello mutilado hasta el ano, dándolo vuelta y arrancando piel de carne mediante un solo tirón. Como un guante la piel se separó de la carne, dejando una copia en negativo de aquello que instantes antes contenía.
Hacha en mano nuevamente, un seco golpe al esternón abrió en canal a la pobre bestia que ya se encontraba lejos de poder ser reconocida. Con la mano izquierda Oliverio comenzó a revolver y retirar. Pulmones, hígado, intestinos, bollos de pelo, todo cuanto podía arrancar con sus dedos de dentro de aquel resto infame. Paquete de papel de diario mediante, todo fue a parar a la vieja balanza a contrapesos.

-Kilo ochocientos. ¿A la libreta?

La anciana asintió con la cabeza mientras sacaba de su bolsa una ajada libreta tan negra como sus vestiduras y se la acercó a Oliverio, el que mojando con su lengua el resto de un lápiz impregnado de restos de carne y grasa, comenzó a sumar.

-Con lo que me debe son treinta.

La vieja extendió su huesuda mano tomando la libreta y puso sobre el mostrador la bolsa abierta para que Oliverio le entregara el producto de su labor, que aún descansaba sobre la balanza.
Ya daba media vuelta para retirarse con su paso cansino, cuando escuchó que le decía:

-No me los traiga tan chiquitos. Déjelos engordar un poco más. Se lo digo por su bien.

La mujer de los gatos lo observó cansadamente y pensó, como tantas veces, que uno se encariña. ¿Vio?

Opin

Publicado en la antología “signos con sentidos”
Julio 1999 – tirada de 3000 ejemplares.
© Copyright 2010
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9

6 comentarios:

  1. Que bien escribe ud. Opin. Me lo he leido de un tiron a pesar de ser casi vegetariana :-)

    Felicidades

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  2. Gracias Noah. A los vegetarianos se les duplica el efecto, pero a los fanáticos de las mascotas gatunas peor.

    Este cuento fue relatado durante la presentación de la antología y por el sistema de altoparlantes de Liberarte , un café literario de Buenos Aires. La voz pertenecía a quien es uno de los mejores locutores jóvenes de Argentina en la actualidad. Para mí un honor, pero a mitad del relato me dieron ganas de esconderme bajo la mesa.
    Ahora recuerdo el momento con cariño.

    Un abrazo para usted

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  3. Me había saltado este relato,me alegro de haberlo recuperado,está genial.

    Felicidades.

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  4. Muchas gracias Samy. Este texto había quedado oculto pues fue de los usados en la inauguración del blog y el aluvión de textos lo tapó enseguida.
    Me alegra que lo haya encontrado y disfrutado.
    Un abrazo.

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  5. Estimado Opin, leí el cuento sin haber leído la letra chica, no me acordaba que lo había presentado en aquella oportunidad y tampoco su inclusión en "Signos...", así es que en lugar de decir "¡ah sí!, ¿te acordas de este texto?", voy a decir que lo leí mas rápido que lo que tardó Oliverio en su tarea, no voy a contar la sensación al terminar de leerlo, solo le puedo decir que el texto y yo (después de un rato), estamos como nuevos.
    Al margen de los textos, impresionante aquella experiencia no?, me refiero a los textos leídos por esos chicos locutores...O.Barales

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  6. ¿Se acuerda Barales? Yo me acuerdo que el locutor que le toco le destrozó el relato. Parecía que se había tomado todo el vino o que recién aprendía a leer.
    Tendría que publicar aquel texto hermoso en este sitio para que mucha más gente lo disfrute.
    Si lo perdió lo podemos transcribir del libro.
    Un abrazo.

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