7 de octubre de 2010

el comentario 7 comentarios

El “Panza” Garrido


El “Panza” Garrido no había sido siempre ese hombre que, en la siesta provinciana, medía cansinamente el paso arrastrando un cuerpo alto y delgado, circunstancia que hacía mas notorio cierto volumen abdominal, a la que debía tal sobrenombre.

Un hombre que todas las tardes extendía su horario de empleado municipal calificado, en la tarea de guardia, barrendero y cuidador de niños de la Plaza Pringles, en el centro de la Ciudad de San Luis, ilustre capital de la provincia del mismo nombre, orgulloso bastión cuyano, madre patria que tantos hijos legó a la causa de la libertad, a la causa del Libertador General Don José de San Martín.

Puntualmente, al filo de la tarde , el “Panza” Garrido barría y recogía las hojas caídas en las veredas de la plaza, le dedicaba especial atención a las que rodeaban el monumento a Juan Pascual Pringles, heroico granadero que habiendo caído en una encerrona realista, salvó el estandarte patrio arrojándose con montura y todo al embravecido mar en las costas del Alto Perú, acción que le valió como apelativo “El héroe de Chancay”.

No faltaba entre los habitantes vespertinos de los boliches que rodeaban la plaza, un personaje singular si lo hubo, oriundo del interior provinciano, había nacido en La Toma, que solía agregar al currículum del soldado el indudable honor de ser el “primer puntano que se bañó”.
 
Ese era el Walter, nacido y criado hasta sus años mozos en el pueblo donde se extrae el mejor ónix del mundo, que joven aún probó suerte en Buenos Aires y supo aporteñarse de tal modo, que nadie hubiera visto en él más que a un turista disfrutando de algunas vueltas de cerveza en la vereda del bar del Julio.

Esto, si no fuera porque, antiguo compañero de andanzas del “Panza”, tarde a tarde ambos se dedicaban sutiles decires y retruques que invariablemente derivaban en bromas que, a pesar de la hilaridad general, jamás pasaban del duelo verbal, del soliloquio pícaro, localista.

Solían participar de estas reuniones algunos amigos del Walter, un porteño con familia en la zona que pasaba sus vacaciones en las Sierras de San Luis y un mendocino, recitador y cuentista, que había probado las tablas del escenario de Cosquín, ahora devenido peluquero y arraigado en la provincia, entre otros personajes.

Una vez limpia de hojas, el “Panza” recorría un par de veces las veredas de la plaza ya en su rol de guardia, pasando por la parada de taxis, ubicada justo en la vereda de enfrente a la mesa donde se sentaban sus amigos y en la que él tenía invariablemente un lugar que ocupaba cada tarde a la “salida” del trabajo.

Una vez armada la reunión, la charla empezaba a veces por el lado de la cacería de vizcachas de la noche anterior o el conteo de la pesca en el dique. Otras, el tema era el fútbol, el Walter socio vitalicio de Boca y el otro, fanático de River, o los avatares de la política provinciana.

El “Panza” había sabido ser en sus años mozos gran jugador. Famoso en toda la provincia, supo pasar una temporada en La Candela, donde había llegado a jugar varios partidos en la tercera de Boca, pero la lamentable tendencia de los dirigentes y directores técnicos porteños, que privilegia la capacidad atlética y la velocidad frente al genio de los que entienden que una gambeta no es tal si uno no le dedica una mirada de reojo al desairado, lo condenaron irremediablemente al ostracismo futbolístico.

O por lo menos lo impulsaron a buscar aires más comprensivos, suerte que lo llevó a jugar con gran suceso durante algunos años en San Martín de Mendoza, así fue que se transformó en el puntano más famoso de Cuyo, después, a no dudarlo, de Juan Pascual Pringles.

Al final de su carrera, volvió a su provincia trayendo a su familia mendocina, allí, en su pueblo, era un personaje de tal importancia que el propio gobernador le ofreció un puesto vitalicio en la repartición que decidiera, el “Panza” eligió la plaza, seguramente un tipo que se había instalado en el corazón de su gente era lógico que eligiera como morada el corazón de la ciudad, porque eso y no otra cosa es la plaza de un pueblo, aunque posiblemente a él no se le hubiese ocurrido pensar en tal motivo, es posible que Garrido jamás hubiera aceptado un trabajo que no fuera al aire libre, entre los árboles y el césped.

Como cada tarde del verano, el sol baja tras la sierra con la misma indolencia con que “El Panza” recorre las veredas de la plaza, se detiene unos segundos en las cimas antes de ocultarse mientras la lámparas del alumbrado remolonean también lo necesario como para ir reemplazando el rojizo del cielo con el blancuzco del mercurio.

El Walter, espera sentado en las silla de chapa la primer cerveza de la noche. Uno a uno van llegando los otros, algunos abandonando la vuelta al perro por un lugar alrededor de la pequeña mesa redonda, también de chapa.

Al frente, la parada de taxis está vacía, es la hora de trabajo más intenso para los tres autos que la comparten y es cuando más molesta el continuo sonar del teléfono de la parada.

“El Panza” ha completado un par de vueltas cuando ve desde la otra esquina la espalda de su amigo sentado, cruza la calle y se acerca a paso lento por la vereda, saludando a unos y otros, mientras, en la mesa, va quedando libre solo la silla que él ocupará.

Esa noche algún impaciente atormenta más de lo habitual al grupo con el teléfono de la parada de taxis vacía.
“El Panza” escucha que el timbre atrona sin descanso la calma del crepúsculo, lo escucha y a la vez lo ignora. A paso lento se acerca a su lugar, pero antes de tener tiempo de saludar, ni siquiera de apoyar la mano en el respaldo de la silla, el Walter girando apenas la cabeza y casi de reojo le dice, ante la sorpresa y la expectativa de los otros.

-Por fin llegó, Garrido, ahí lo llaman por teléfono, atienda pues... ¿ no será una admiradora?...-

Leves sonrisas le dan la pauta a “El Panza” que debe por lo menos empatar, sin decir palabra cruza la calle a la vez cuidando de no apurar el paso y rogando que el teléfono no deje de sonar justo cuando él levante el tubo.

-¡ Hoola !...¡¿que pasa don?!...¡a ver si se deja de joder con el teléfono!...¡¿ no vé que está molestando a la gente ?!...¡¡ no sea impertinente caballero !!!...¡¿ cómo quién habla?..¡ Juan Pascual Pringles !....¡¡¡ me ha hecho bajar del caballo para venir a atender !!!!......-

Autor Polo
Sin Blog por el momento.

7 comentarios:

  1. Polo, no se imagina el gusto que me ha dado que confiara en mí y se decidiera a publicar. Siempre he disfrutado de sus escritos y aquí siempre tendrán un lugar.
    Éste texto en particular, destila humanidad y aires puros de plazas provincianas con el toque sutil de su humor que trata a los personajes con tanto cariño.

    Un abrazo para usted mi amigo.

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  2. Jajaaa,miércoles que se hizo el importante Garrido, para ganar más que empatar!

    Hay de estos personajes tan lindos por dentro, en las pcias., que pasan a ser famosos sin proponérselo.


    Qué buen relato!
    Abrazos

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  3. Buen relato, bien escrito, y con trocitos de humor, que lo hacen ameno.

    Felicidades y bienvenido a este club donde las palabras cobran vida.

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  4. Don Polo, mientras leía su cuento los personajes me llevaban por los recuerdos pueblerinos de aquellos tiempos por mi vividos. La plaza era siempre el comienzo de todo, como usted bien cuenta "el corazón de la ciudad", y ese corazón de cada una de nosotras que parecia enloquecer de palpitaciones cuando veíamos al pasar, el chico que nos gustaba....capáz de hacer hablar hasta las baldosas de la empoción.
    Una historia simple, con humor y muy bien contada.
    Lo felicito.

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  5. Abra un blog, su literatura, lo merece.

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  6. Los personajes más cotidianos siempre tienen historias que nos hacen recordar a alguien más, otros tiempos, otras historias...

    Saludos, Polo!

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  7. Muchas gracias por los comentarios. O.Barales

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