7 de octubre de 2010

el comentario 9 comentarios

GIN TONIC


Cuando tenía dieciséis años compartía curso y clases, juego y vida con un compañero. Le envidiaba en casi todo. Escribía bien. Hablaba bien. Jugaba al baloncesto bien y con elegancia. Aprobaba bien y con solvencia. Ligaba con chicas de su edad. Yo, ni con chicas de mi edad, ni de la edad de nadie. Supongo era mi Mozart. Y supongo, también, yo era su Salieri. Me pedía ideas y yo le daba ideas que transformaba en historias. Cada relato suyo me hacía temblar. Cada letra suya la quería igualar, al precio que fuera, en un folio. Así que me descubría intentando imitarle. No lo conseguí nunca. Él seguía insistiendo. Y con esa voz afable, de quien ha roto todos los platos del mundo, me decía:

-Mario, hombre, dime sobre qué puedo escribir. Qué quieres que cuente en mi próximo cuento. Ayúdame una vez más –añadía-

Me lo quedaba mirando. No sabía qué decirle. Cómo decirle que no quería aconsejarle más. Que quería intentarlo yo. Que también podía, que también debía ofrecer y regar las conciencias ajenas con historias verdaderas y con historias inventadas. Pero cedía. Siempre le daba un hilo conductor. Se lo presentaba, le hablaba sobre algo y ese algo lo convertía en relato. Y volvía a maravillarme su facilidad para la prosa. Para inventar. O para contar, casi sin inventar. Eran historias hondas, que llegaban, que golpeaban unas, que acariciaban otras. Que te convertían en un personaje más. Que te conferían motivos suficientes para soñar o para despertar de alguna pesadilla.

Hace cuatro años murió de un infarto. Acabo de enterarme ahora, mientras tomo café y cuando la noticia funesta me ha llegado a través del teléfono móvil. Estoy sentado al fondo del local, escuchando música y oyendo las voces de los devotos asesinar el silencio.
Anoto en mi cuaderno estas notas y rescato del pasado su voz.
Siempre tuve la esperanza de ver algún libro suyo publicado. Y el miedo, antesala de la envidia asesina de ilusiones, también.

En la barra hay una mujer que me mira y que no es camarera y que con su mirada no me interroga, no me demanda qué quiero tomar o no me insinúa que llevo media tarde y una porción considerable de vida, sentado en ese sitio. Entre libros.
Es una mujer morena. Sin edad. Las mujeres morenas que atraen mi mirada no han tenido nunca edad. De pechos preciosos, de pelo precioso, de pechos preciosos. Es una mujer que me ha quitado el hipo y las últimas penas añadidas a mi colección de almas escritas y nada redentoras. Sostengo en una mano el móvil por el que acaban de notificarme el fallecimiento de mi amigo, antiguo compañero de clase, mi Mozart en las distancias literarias cortas. En la otra mano, tengo el libro que he empezado a leer. Mi mirada sostiene sus tetas. Mi deseo sostiene la posibilidad de que su mirada se transforme en pasos.

Ella sigue estudiándome. Y empiezo a perder la esperanza. Vuelvo a mi novela. Con esos personajes que uno siempre acaba adoptando como suyos.

Al cabo de un rato es su voz la que desplaza el silencio:

-¿Puedo preguntarte qué estás leyendo?

Como a mi voz le cuesta subirse al carro de mi deseo, levanto la cabeza con la esperanza de que sean mis ojos los que traduzcan… que sea mi mirada la que le comunique qué libro descansa cerrado sobre la mesa.

Su mano cruza por delante de mí. Rozando mi pelo, rozando mi hombro. Rozando.

Coge el libro y me dice que le encanta Henry Miller. Un personaje que amaba tanto los verbos como las mujeres. Que conjugaba tan bien y que conciliaba tan mal. O no conciliaba.

Mientras ella acaricia a Miller y pega su cuerpo a mí, bebo un poco de café. Me cercioro que no me queda más. No podré disimular mi mirada parapetándome, posando mis labios en la taza.

En estos momentos envidio al novelista norteamericano. Las manos de ella lo siguen aferrando. Proclama que acaba de convertirse en su novela favorita. Que se ha fijado en mí. Que cuando ve un hombre con un libro en la mano, le encanta meter las narices en su espacio y averiguar qué lee.
Y me parece estupendo. Que meta las narices aquí. Mi espacio, mi universo, que gravite cuanto quiera. Le digo que qué bien… que a partir de ahora vendré con un libro todos los viernes hasta que se queden sin café en Colombia. Me sorprendo de mi soltura. De mi atrevimiento. Pero es así cómo sucede. Serán los efectos de la cafeína, que me despiertan los instintos y los pone en primera línea de fuego.

Pregunta si me he fijado en la novela que está leyendo.

No.

Claro que no me he fijado en ningún libro. Mis ojos sólo han tenido ojos para sus ojos, para sus tetas, para su pelo, para sus manos. Y en sus manos no había nada. Por eso, creo, he vuelto a recorrer la geografía de su cuerpo. Las altiplanicies de su atlas. Es ahora cuando miro y me fijo. Y me concentro. Y veo que tiene un libro en la mano. Que un dedo está a modo de punto de lectura para no perder el hilo. El título queda oculto.
En un alarde de valentía, decidido, alargo mi mano que sin querer queriendo, acaricia la suya. Le pido que me deje ver. Y sí. Es el mismo libro que estoy leyendo. Los dos compartimos los mismos personajes, las mismas aventuras del americano en París y en los cuerpos de París.

Me insinúa que la invite a sentarse junto a mí. Claro. Mis funciones sicomotrices están aletargadas. Parezco descortés.

Pide un Gin tonic. Pido otro café.

Me pregunta si sólo tomo café. No me atrevo a preguntarle si sólo toma Gin tonic.
Como si me hubiera abandonado… como si ya no existiera su cuerpo, sólo la escucho. Hablamos de escritores malditos, de sus legados benditos. Obras que un día te resucitan al tercer capítulo. Que te sacan de tu letargo. Que hacen que tus penas sean nimiedades comparadas con los ajetreos de su no vida.
Eso sí, estamos de acuerdo que serían muy malditos y que disfrutaban de una existencia huérfana, pero que follaban como locos. Y que en eso, al menos yo, también me distingo. Bien… ni escribo, ni tengo tanta pena honda como para necesitar compartirla con un montón de lectores, ni follo lo suficiente como para hacer sentir envidia a una morena de pechos generosos como la que me regala ahora su sapiencia literaria.
Hablamos de los nuevos escritores, postulantes a malditos. Coetáneos que los imitan fructuosamente unas veces, y con mucha pena y ninguna gloria, otras.

Seguimos hablando largo y tendido. Largo y tendido, ella. Largo y rendido, yo. Repasamos los últimos éxitos. Otro Gin tonic. Otro café. Hablamos de música. Hablamos de cine. Hablamos de bares con encanto. Hablamos.

Los apóstoles de Baco abandonan el Santuario. Las gentes vuelven a sus casas. A sus trabajos nocturnos. A pasear sus mascotas, sus tristezas, sus monotonías. Nos quedamos solos. Las sillas se agolpan sobre las mesas y un camarero recoge los últimos restos de cigarros, papeles. La radio ha dejado de emitir. Sólo su voz. Sólo.

La voz de final de sesión hastiada de la camarera nos emplaza a que volvamos al día siguiente.

Salimos a la noche. Sus palabras suenan melosas. Pero melosas como las de las películas que uno acostumbra a ver los viernes, los sábados, los domingos, entre libro y libro, como esas voces femeninas que preceden a los jadeos:

-Si me acompañas a casa sólo puedo ofrecerte libros y café soluble. No tengo cafetera.

Ante semejante panorama no puedo decir que no. Obvio. Así que con lo que me gusta a mí el café soluble y los libros, nos dirigimos a su hogar, dulce y etílico hogar.

Al abrir la puerta penetro en un mueble bar. Botellas por todos sitios. Un gato arañando la soledad. Dándome la bienvenida.
Como por arte de magia blanca y hostelera, sale de la cocina con un café en la mano, un Gin algo en la otra. Bebe y deja de hablar. Me doy cuenta de que su voz ha enmudecido cuando me giro desde mi posición, frente a la estantería que contiene su librería. La veo tumbada en el sofá. La falda levantada. Los muslos desnudos. Me agacho a mirar más. Me olvido de los libros. Me acerco a sus pechos. A su boca. A sus muslos. Pero no hay nada que hacer. No. Duerme. Y, creo, creo, que ni un ejército de príncipes azules la despertaría. Harían falta muchos besos. Y los míos, acelerados, quemantes, no servirían.

De su estantería cojo prestado un libro de Miguel Delibes: Las Ratas. Empiezo a leerlo sentado a su lado. Mis manos pasean por las páginas del libro. Y mis manos pasean por sus muslos. Ella gime de sueño. Bosteza. Se despereza. Cambia de posición y no puedo seguir, justo cuando estaba a punto de bucear entre sus bragas. Nada que hacer. Mucho que leer.

Llego a la página cien del libro. Encendido. Con los ojos como platos y la polla a punto de morir de inanición.
Me levanto y decido marcharme. Enfadado. Contento. Rabioso. Tristemente, dolorosamente empalmado.

Como venganza, opto por llevarme el libro. Pienso que el próximo día que la vea en el bar se lo devolveré.

No hay próximo día.

La chica del bar me dice que no ha vuelto por allí. Me acerco hasta su casa. Tampoco hay rastro de ella. Miro en su buzón. Nada. Monto guardia. Me aburro pronto y vuelvo a la cafetería.
Sentado en el rincón de siempre, con los parroquianos de siempre, con las voces que salen de la radio, con mi libro, con mis sueños. Levantando la mirada, fijándola en el taburete donde ella estaba. Mi cabeza no consigue invocar su nombre. No sé si en algún momento me lo dijo.

De vez en cuando paso por delante de su piso. Miro hacia arriba. Mis pasos son lentos, casi procesionarios cuando me acerco a su portal. Acaricio con la mirada los nombres en los buzones. Y acaricio con el recuerdo la piel bajo su falda.

A veces, cuando la memoria caprichosa y recurrente me trae su cara, me acerco a mi pequeña biblioteca y cojo su libro prestado. Acaricio las tapas blandas y envejecidas. Paso las hojas rápido, dejando que el aire que levantan me deje su olor a tiempo vencido. Lo meto en mi maletín y vuelvo al bar, como siempre. Y con él encima de la mesa, al lado de los cafés, bañado por el humo de los cigarros, mis pensamientos me excitan y prenden mi recuerdo.

Han pasado los años.
Tengo mujer, dos niños, gato, perro que paseo para exiliarme de mi cotidianidad, cafetera de última generación, cientos de libros leídos y ninguno escrito. Un trabajo. Un amigo muerto. Una princesa dormida, insomne en mis sueños.

Y en días insensibles… vuelvo a esa taberna. Siempre con Las Ratas de Delibes, en la mano.
Me siento, apoyado en la barra, dándole la espalda al presente y mirando a los ojos al pasado.

-Un Gin tonic, por favor.

Autor Mario

9 comentarios:

  1. Sueños incompletos, que completan realidades por vivir.

    Excelente, Mario.

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  2. Como ya le dije mi amigo, una maravilla.
    Gracias por compartirlo acá.
    Un abrazo

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  3. Muy buen relato,literatura de vanguardia.

    Un saludo

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  4. Este blog me esta creando adicción.
    Bravo.

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  5. Perfecto, me quedé con la curiosidad del personaje desde "Su café".

    Ahora me quedo con ganas de Miller también. Muy buen relato, Mario.

    Saludos.

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  6. Perfecto, me quedé con la curiosidad del personaje desde "Su café".

    Ahora me quedo con ganas de Miller también. Muy buen relato, Mario.

    Saludos.

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  7. Un relato redondo, es todo un placer leerte.

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  8. Me ha encantado tu relato. Me dispongo brindar por muchos más como éste con un gin tonic de hendricks con schweppes aunque no tenga aquí a esa morena.

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