6 de octubre de 2010

el comentario 12 comentarios

Let it Be.







La marca de su cabeza en mi almohada era tan nítida, palpable casi en el deseo, como la mancha de humedad en la pared.

Era natural, por lo tanto, que cada vez que intentaba recordarla mis ojos la perfilaran en esa mancha a un paso de la cama, distancia que dejaba bien clara su calidad de ausente. Sin embargo, era tal mi capacidad para hallarla vestida siempre de blanco y negro mirándome sobre el hombro o con un puño bajo la barbilla, tan esquiva y expectante que me regalaba horas en su contemplación.

Habían momentos en que besarla o enmarcarle el rostro serio se volvía un deseo acuciante y nada podía evitar que mi mano se disparase hacía la pared y quisiera regalarle con la punta de los dedos una caricia suave. Pero entonces, desde el primer movimiento, notaba como cambiaba su humor y un ceño gris profundo acentuaba su expresión, y, como las hadas, toda ella se iba desfigurando y perdiendo en una nube de humo. Y ya no volvía a verla.




Con el paso de los días llegué a la conclusión de que ella pretendía castigarme por algún pecado desconocido, torturándome con su frialdad y planeé mi propia estrategia.

Comencé a desplazarme por la habitación cada vez que ella llegaba con la caída del sol en vez de tirarme en la cama como un perrito faldero.

Sobre el cuarto capitulo de “Cumbres Borrascosas” o entre la lluvia de sal en la ensalada le dirigía una mirada secreta y dominada, no fuera cosa que por permitirle aletargarse en su figura ella pudiera descubrirme.

A veces se la veía ansiosa perseguirme con los dedos finos deslizándose entre el cabello, y otras sentada indolentemente, la mirada vacua, casi aburrida, como si diera a entender que sabía de mis intenciones.

Vivíamos en ese silencio; yo por orgullo, ella por incapacidad.

En ningún momento pude dejar de desearla y oscilaba entre la nostalgia y el rencor por los viejos días, cuando su cuerpo cálido era una forma sonrojada entre las mantas.



Fue durante uno de mis viajes, uno de los cortos, estuve fuera una semana.

Venía totalmente transformado: la barba de varios días, el pelo en desorden, las medias de diferente color.

Venía derrotado.

Estaba dispuesto a agitar el pañuelito blanco, a caer de rodillas, a bajar cuanta estrella fuese necesaria.

Mi deseo por ella me estaba consumiendo. Anhelaba el sonido de su voz levantando el telón del silencio, el color de su pelo encubriendo mis dedos.

Mis pies se tropezaban apresurados por la escalera. Mi mano manoseaba las llaves en el bolsillo. Mis ojos querían buscarla de inmediato en la pared pero fueron provocados por la serpiente amarilla que brillaba bajo la puerta.

Paralizado fui consciente del aceleramiento del pulso y de una incapacidad creciente para respirar.

Sentí que cada sonido era tragado vorazmente por la ansiedad de mi reloj.

Cuando quise meter la llave en la cerradura terminé tanteando el suelo en su búsqueda. Casi ensordecedor fue el clic que me dio la bienvenida a mi casa.

De inmediato, un olor penetrante colapsó mi nariz. Pero no había tiempo que perder intentando adivinar su origen: ya mis pupilas se dilataban por el espanto.

Caí de rodillas junto a la cama.

Me sentía amorfo e ingrávido, y mientras miraba la pared celeste con toda la perplejidad que pude rescatar de mi mente una única pregunta que fue mutando en respuesta y luego en exclamación explotó de mis labios:

- ¿Se ha ido?... Se ha ido... ¡Se ha ido!

Abandonado, esa era mi nueva definición. ¿Qué otra cosa podía significar ese celeste donde antes estaba el blanco?

No había pasado mucho rato cuando dos manos de uñas bellamente pintadas cayeron sobre mis hombros y la voz que había renunciado a mis oídos en el teléfono acarició mi oreja.

- Hola –me dijo. Su aliento era tibio. Me di vuelta para mirarla y los ojos negros me aguardaban.- Espero que no te moleste -. La frente condescendía con una pequeña arruga. El pelo era un moño impecable.

Yo estaba acostumbrado al mutismo y en vista de que ella lo había propuesto con su partida me parecía justo que fuese quien lo enmendase.

- Espero que no te moleste –repitió-, pero las paredes se ven mejor así, sin esa gran mancha de humedad.

Y cuando sonrió me di cuenta que no era la misma mujer que me había dejado hablándole al aire semanas antes, que había cambiado. Y con esa terrible revelación, el dolor por el homicidio de aquella que no se había ido nunca de mi pared me dejó pálido y balbuceante.

En fin, así fue como las perdí a las dos.


Autor: Maga de Lioncourt

12 comentarios:

  1. Maga. Menuda tarea la de escribir desde el otro sexo. Muy interesante su relato, donde me ha dejado perplejo con la frase final.
    Es una suerte y me alegra que se haya metido en este mar de palabras que tratamos de crear. Usted lo enriquece con textos, que como éste, juegan con las imágenes y los recuerdos de sentimientos que han quedado arrumbados en alguna esquina de nuestra habitación, donde una mancha húmeda nunca se termina de formar.

    Cariños.

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  2. Un relato lleno de fuerza y sensibilidad.


    Felicidades Maga.

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  3. siempre que volvemos, ellas han decidido algún cambio en nuestra vida.
    Ud ha cambiado de lado de la mesa para ver que se siente?

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  4. Es difícil escribir como un hombre cuando no se es, o escribir como una mujer cuando no se es... Pero de eso se trata, digo yo. De inventar personajes, de moldearlos, de darles y quitarles casi al mismo tiempo. Respirar por ellos, ahogarnos con ellos. Llegar a un sitio y abandonar in situ la expedición que puebla nuestra cabeza con la bandera de las historias por contar.

    Huelga decir que también me he atrevido, algunas veces, a aventurarme y a cambiar de sexo mi escritura. O algo así...

    Felicidades, y gracias, al unísono, ya ves.

    Mario

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  5. Buenos días. Gracias por sus comentarios.
    Éste cuento lo escribí hace unos años, y es la primera vez que lo doy a conocer fuera de mi círculo de amistades... amistades no virtuales. En mis blogs no hay mucho material republicable, así que estaré publicando lo que tengo archivado en cuadernos y carpetas.
    Siempre he escrito desde el punto de vista masculino, es como me sale hacerlo y como me siento cómoda. Así que me alegro que les parezca bien logrado, porque soy un desastre escribiendo como mujer.

    Les mando besos y nos estamos leyendo.

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  6. Me ha tenido intrigada hasta el final, maravilloso relato Maga.

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  7. Interesante y bien escrito.

    Felicidades, fue un placer leerle.

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  8. Muchas gracias por sus opiniones. Reitero que es un placer compartir espacio con tan buenos autores.

    Saludos a todos!

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  9. Muy bueno, tres personajes excelentes, la de las uñas bellamente pintadas, descrita con dos trazos. No habia leido este texto y me gusto mucho. Al margen de la historia en sí misma, me hace acordar de las manchas que tenían las paredes en mi casa de la infancia, una costumbre que hemos perdido, al menos yo. O.Barales

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  10. Hola Maga, excelente relato. Encantada de que compartamos el mismo blog juntas. Escribes muy bien. Un abrazo.

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  11. Muy bueno este relato. Tiene cierto misterio y sensualidad.

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