12 de octubre de 2010

el comentario 6 comentarios

A mediodía.







Se estaba muriendo.

Moría con una muerte lenta que arrastraba de años atrás. Su peso había debilitado la fuerza de sus patas, sobre todo de las traseras, y la piel, y el pelaje mugriento, le apretaban los huesos como queriendo unirle los costados.

Sufría constantes escalofríos, aún echado al sol, y ni siquiera los trapos con que lo tapaba Hombre suavizaban los temblores que lo sacudían.

Como quien se encuentra perdido en el desierto, añoraba el agua con una desesperación inclemente: el día anterior había relamido hasta la última gota que tenía en su cuenco y hacía un rato no más había vuelto a beber hasta el hartazgo.

Ese día, como no tenía fuerzas para levantarse, Hombre le había puesto muy cerca el cuenco del agua, y también le había dado comida, no tanta como la que solía comer.

Esto le había animado un poco y llegó a sentirse más fuerte. Pero sus patas traseras se habían resignado a su destino, por lo visto, y por más que hizo sólo pudo arrastrarse unos metros ayudándose de las otras. Finalmente, logró sentarse y contemplar la puerta de la casa moviendo el rabo cuando alguien salía.

Se daba cuenta, del modo en que suelen hacerlo los perros, que su inesperada recuperación aliviaba y esperanzaba a los de la casa.

Por turnos, cada uno de ellos, el padre, el hijo y la hija, se sintieron impulsados a cruzar el amplio patio hasta él. Iban, lo miraban, le hablaban a veces y aunque no lo tocaban él se sentía contento de que estuvieran allí.

Secretamente, él sentía una especial adoración por Niño.

Aunque la memoria de los perros es selectiva, debido a que no es muy amplia, los recuerdos que conservan son vividos y eternos, recordaba nítidamente el día que se vieron por primera vez en una mañana húmeda.

Era pequeñito y o podía mantenerse en pie, por motivos menos indoloros que los actuales. Sentía un hambre atroz que lo hacía gimotear y aún tenía frío, mucho en realidad, pues durante la noche había sido rescatado por Hombre de la tormenta que le dañaba los oídos causándole pavor.

Su mente de cachorro reducía los hechos del modo negativo en que suelen hacerlo los jóvenes: antes tenía un cuerpo a su lado que lo mantenía abrigado, ahora no; antes, cuando sentía hambre, siempre estaba ese mismo cuerpo para que él pudiera saciarse y hartarse, ahora no; antes él y los otros estaban juntos y apilados, por así decir, ahora, por el contrario, estaba solo.

De repente, todo aquello dejaba de ser, como si nunca hubiera pasado, y sus pocos gramos de existencia perruna se concentraban en aquella cocina llena de olores, en las voces emocionadas de Niño y Niña, y en la sombra de Hombre que se interponía entre él y la lluvia.

Niño lo tomó entre sus manos. Lo agarró de los sobacos y lo acercó hasta su rostro, de modo que ambos cachorros, el de hombre y el de perro, se midieron mutuamente con brevedad. Fue entonces cuando él supo que le gustaba Niño, y comprendió que el sentimiento era compartido cuando éste le sonrió, a pesar de sus pulgas y mal olor. Decidió mostrarle su contento con una curiosa lamida de su lengua rosada y mínima.

Niño rió, y él recordaba el sonido de la risa porque llenó la cocina de un calor nuevo, anhelado.

Decenas de años perrunos después, él moría.

Allí, solo y desamparado como un viejo enfermo. Sentía la presencia de Muerte rondándolo cada día más cercana, casi a punto de devorarlo.

Él hubiera querido espantarla con ladridos y aullidos, pero su voz se perdía en algún canal de sus cuerdas vocales, seguiría confinada a su mente.

Continuó echado, sumido en varios pensamientos cortos e incoherentes.

De vez en cuando, su hocico parecía ser vencido por la gravedad y se estrellaba contra el suelo, con un sonido hueco de las mandíbulas.

Se quedó dormido en una de esas ocasiones, y así lo encontró Hombre rato después.

Se le acercó bastante y al ver que el perro no abría los ojos pensó que ya habría muerto. Pero al examinarlo con más detenimiento, notó el breve y casi imperceptible aliento que le hinchaba la zona de las costillas.

El hombre no comprendía por qué el pobre animal debía sufrir tanto, y se preguntó nuevamente cuánto más duraría eso.

El hombre se acuclilló ante el animal y se apiadó de él al ver las heridas en carne viva, como manchas sanguinolentas de un dálmata. Tenía dos o tres solamente. Pensó que, al menos, ya no le lloraba de los ojos aquella mucosidad verde y extraña. Hubo días que se encontraban velados por una fina película blanca, como ojos de ciego, y el pobre perro si sabía hacia donde iba.

El perro se moría y ya era un cadáver.

Lo apaleaba un sufrimiento que no encontraba su fin.

El hombre pensaba que no soportaría el invierno, pero éste había terminado y el perro empeoraba con la llegada de la primavera.

Se quedó unos minutos incalculables perdido en sus cavilaciones, hasta que, inconscientemente, su mano se estiró y sintió la textura apelmazada del pelaje canino.

El perro despertó entonces, no como suelen despertar los perros, con brusquedad; si no, más bien, sus ojos se fueron abriendo despacio, como ojos humanos acostumbrados a despertar con tranquilidad.

Un brillo de inagotable alegría surgió de sus pupilas. El rabo se movió tres, cuatro veces, y volvió a caer.

Hombre y perro se miraron.

Se comunicaban entre ellos. El hombre hablaba y escuchaba el perro; hablaba el perro y escuchaba el hombre, y en ningún momento bajo aquel sol de mediodía se oía un sonido.

Los ojos humanos miraban con compasión y los perrunos con aquella mirada de afecto liquido.

Sólo hubo un momento de vacilación en la mano del hombre.

Dio la impresión que enseguida se pondría en pie y volvería a la casa vacía.

Pero entonces, el perro, como adivinando la lucha interna de su amo, alzó el cuello delgado, ya al limite de sus fuerzas, y aproximándose lo obsequió con una lamida seca de su lengua larga y pálida, en la bota de goma.

Luego volvió a descansar la cabeza sobre el suelo de tierra mirando a Hombre.

Éste se sintió débil otro segundo.

Entonces, sacando la otra mano del bolsillo y propinándole unas suaves palmadas cariñosas entre las orejas, cerró los ojos.

Y apretó el gatillo.



Autora: Maga de Lioncourt.





(Fotografía de Oscar López.)







6 comentarios:

  1. Un relato triste, pero no por ello, menos hermoso.

    Desde el estremecimiento, gracias.

    Un abrazo,Maga.

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  2. Muy buen relato Maga. Duro y tierno a la vez. Uno llega a envidiar al protagonista perruno, ya que tanto en la vida como en la muerte, estos bichitos llevan las de ganar.
    Cariños.

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  3. uno siempre espera un milagro, hasta que se dá cuenta que no va a llegar...

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  4. Estremecedor. Bien escrito.

    Saludos y felicidades.

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  5. Este es el último relato que leo antes de ir a comer con un amigo al que sé, como me ha sucedido a mí, le va a encantar. No sé si ha sido la foto, si el texto, si la conversión en nombres propios, mayúsculos, de Niño y Niña, bien, no sé qué ha sido... pero me has hecho pensar-recordar la novela "Tombuctú" de Paul Auster. Al menos, al más... me he sentido igual de agradecido, igual de triste.

    Feliz abrazo

    Mario

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  6. Un cuento hermoso. Casi que no se como termina, yo también cierro los ojos al final. O. Barales

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