21 de octubre de 2010

el comentario 8 comentarios

Whisky de pizzería

Miguel tenía de Miguelito tan sólo el cariñoso diminutivo. Su metro ochentaicinco era llamativamente recalcitrante para los demás. Todos parecíamos acondroplásicos con tortícolis galopante de tanto mirar hacia las nubes y así encontrar las facciones de Miguelito, siempre brillantes de alegría colgadas en las alturas.
Su parada era casi siempre la misma, junto a la pizzería "San Miguel," donde sentado en alguna mesa de la vereda miraba pasar la vida de los demás con una falta de interés por lo menos llamativa. Cerca de su mano izquierda siempre se podía encontrar un vaso de whisky sin hielo, mientras la otra cansaba la quema automática de un cigarrillo sin pitar. 
Se perdía en su mundo interno, lo sabias por el frío glaciar que invadía sus ojos azules.
La pilcha siempre limpia, planchada y de marca, lo mostraba tal cual era: un treintañero con un buen pasar económico.
Al verlo las chicas ilusionaban amores, atrapaban casamientos y fabricaban vástagos que les asegurarían un buen pasar. Pero los del barrio sabían de los mil imposibles de esa tarea, de esas ilusiones prefabricadas por la sociedad. 
Miguelito no tenía trabajo. 
No había siquiera terminado la escuela secundaria. Y no era por falta de motivaciones, despreocupación tutelar o pocas entendederas. No, no había querido terminar.
A los quince descubrió que podía tener a casi todas las mujeres que quisiera. Descubrió el sabor del ocio sin límites. La vagancia sostenida sin esfuerzo, El efecto seductor del alcohol. la dulce alegría de la hierba, el poderío electrizante de la coca, y el cosquilleo frenético de los sentidos desatados por el éxtasis. 
Los padres siempre lo escoltaron al rescate en los malos momentos. Lo sometieron a diversas recuperaciones, Lo sostuvieron cuando creían que caía. Sufriendo bajo la piel mientras lo veían degradarse cada día más y más, perdiendo su identidad con cada trago o cada dosis. Al tiempo ya no era su Miguelito, ya era irreconocible, sin la llama interior que le habían conocido de chico.
La mayor parte del día vagaba en los alrededores de la "San Miguel" y charlaba con todos quienes desarrollaban sus actividades cotidianas. Por la noche lo encontrabas tumbado, durmiendo la borrachera en algún zaguan mientras el vómito manchaba sus pantalones de marca y el cuero de sus zapatos italianos dejaba de brillar.
Cuando tocaba fondo, luego de largos períodos de descontrol, sus padres lo internaban para desintoxicarlo. Invertían pequeñas fortunas para devolverle un poco de aquella sonrisa compartida en las playas de Villa Gesell o los abrazos que prodigaba a todos los que lo quisieran abrazar. Miguelito era un tierno. Incapaz de insultar, molestar o perturban al resto de la gente. Escondía su condición ocultándose en las sombras de aquellas calles muertas hasta que el efecto buscado perdiera su intensidad. Iba hasta su casa y la madre lo alimentaba, limpiaba sus prendas y lo mandaba a dormir haciendo que todos guardaran silencio para no perturbar su descanso.
Yo lo conocía desde hacía mucho tiempo, veía que la gente lo quería y trataba de encaminar, pero él con su sonrisa de oreja a oreja se ponía a hablar del partido de Boca, del último GP de F1 o de la película que ayer habían pasado en el canal oficial. 
Una noche en que regresaba a casa con mi hijo, cruzamos por una zona oscura, de aquellas que todos tratamos de evitar. Una sombra saltó desde la entrada de una casa hacia nosotros, se tambaleó y cayó de cara al piso. Me pareció escuchar sus dientes quebrase contra las baldosas. Mi hijo aún asustado en sus ocho años, me preguntó "qué" era esa cosa, ya que ni siquiera era reconocible como una persona. Pensaba que tal vez algún ser mitológico de película clase B, un monstruo, algo irreal,  había saltado hacia nosotros con la clásica consigna de beber nuestra sangre, decapitarnos o simplemente arrastrarnos hacia su escondite secreto, allá en las sombras. 
-Es Miguelito , le dije y pareció dudar de mi palabra.
Ese ser sobrenatural era el hombre de la mirada clara y la sonrisa amable, trepadas  ambas a su metro ochentaicinco, mientras pasaba una de sus peores noches. 
Con el celular discando el  "107" del SAME me acerqué y traté de socorrerlo o al menos contenerlo hasta que llegara la ambulancia y los policías que seguramente la acompañarían. En su afán de protegerlo varios amigos habían salido al encuentro y trataban que su estado no fuera visible ni público para nadie más. Interrumpieron mi intento y se llevaron en brazos aquél bulto inerte
Nunca olvidaremos esa escena. Una persona entera, buena, simpática, querida, había llegado al límite último al que uno mismo nunca quisiera llegar.
Asustados y tristes, seguimos el camino, convencidos que ésta era sólo una más de las tantas veces que Miguelito había limpiado la calle con su cara.
Al día siguiente estaba nuevamente sentado en la "San Miguel", con un vendaje clandestino en su barbilla y su vaso de whisky en la mano izquierda mientras el cigarrillo sin pitar se consumía en la otra. Una vez más con la mirada perdida en algún sueño que no se pudo concretar.
Porque Miguelito perdió repentinamente muchas cosas. Perdió el tiempo, los amigos, el amor, el respeto, el control, los límites, el orgullo, hasta que finalmente perdió la vida. 
Y ahí no hay una segunda oportunidad.
 
Autor: OPin

8 comentarios:

  1. Fantástico relato, donde mezcla ud. la dureza de una vida mal elegida y una ternura heredada.
    Muy bien escrito, como dibujando las situaciones, todo un artista Don Opin.

    Abrazos

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  2. Según mis creencias, HAY otraS oportunidadeS, pero cada vez se pone más difícil... el karma, digo.
    Excelente! con el hechizante -e incomprensible para muchos- atractivo de la tragedia.

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  3. Este te lo leì, pero no me acuerdo que te comentè.

    y bueno, yo conocì uno asi. Se llama Gustavo.

    Las tienen todas, y todas las desperdician.

    Buen escrito, che.

    saludos

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  4. Muchas gracias a todos por sus comentarios. Éste no es un cuento, sino una nota sobre la vida real con personajes reales. Se origina luego de realizar un estudio sobre la falta de atención médica en el sistema de salud para quienes presentan una drogadependencia.
    Desde el momento en que se redactó hasta el presente la situación ha empeorado exponencialmente.

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  5. Me gustó su relato, y me gustó su prosa.

    Mi felicitación.

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  6. Un gran relato, me quedo con la frase final..y ahí no hay segunda oportunidad.
    Un saludo.

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  7. Tremendo relato, posiblemente haya "otras" oportunidades, pero son otras, lo que se perdió, se perdió. O.Barales

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