13 de noviembre de 2010

el comentario 6 comentarios

Capitán Marcos



El pez rojo, silencioso guardián de la vidriera, era suficiente razón para que Marcos casi detuviera la marcha cada tarde al salir de la escuela, cuando pasaba frente al tornasol helado de la pecera. El imperceptible perfil de la jaula de agua que adornaba el frente de la óptica, desaparecía en el juego de la luz. Entonces, el pez rojo flotaba entre los cristales cóncavos y los dibujos caprichosos de las armazones.
Marcos describía una parábola alejándose hacia el cordón de la vereda, sin dejar de mirar. O mejor dicho, sin permitirse perder de vista los rayos de sol que, como un látigo, bajaban por la vidriera mientras el cristal estallaba en pedazos y al instante volvía a aparecer intacto.
El pez rojo milagrosamente flotaba entre los infinitos cauces que cruzaban el vidrio desde y hacia los cuatro puntos cardinales, apareciendo y desapareciendo a cada paso del chico. Marcos jamás volvía atrás, sabía que las imágenes retenidas apenas un instante desaparecerían para siempre al avanzar y que el pez rojo nadaría, con cada cambio de posición, por cielos de colores inimaginados, por mares embravecidos, no al conjuro de huracanes o tifones, sino al sutil, musical descenso del sol sobre la tarde.     
O.Barales

6 comentarios:

  1. Hermoso relato, me gustó la armonía y el ritmo de este texto.

    Felicidades,O. Barales.

    Noah

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  2. Excelente fotografia, para completar un magnífico relato.

    Mi felicitación.

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  3. Amigo Barales, un texto hermoso con imágenes que pueblan nuestra infancia. Gracias por participar con tan hermosos relatos y por su gentileza al comentar los escritos de los demás compañeros del blog.
    Un abrazo.

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  4. Evocador, hermoso,una delicia.

    Saludos

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  5. Es tan buena tu elección de palabras como la de fotos que la acompañen. Imágenes que nos acompañan. Y palabras que definen esas fotografías que nos miran con ojos letrados, pelín vidriados...

    Felicidades.

    Mario

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