8 de diciembre de 2010

el comentario 5 comentarios

Cosa de Viejos


Sola, la vieja camina lento por la vereda. La noche acompaña el canturreo cansino de sus labios. Elegante, se ha puesto un discreto vestido oscuro de una época no tan lejana, perfumado apenas. Las manos huesudas aprietan una antigua cartera de cuero ajado, que remata en un marco de chapa descolorido, atado con tiras de lana prolijamente trenzadas.
Camina despacio por una calle que se le hace a cada paso mas ancha, la cabeza apenas inclinada, las pupilas colgando de los párpados abiertos, inmóviles, clavados en la puerta abierta de la fonda de la esquina.
Nadie ve esa pintura delgada que parece ir deslizándose por la pared. Al fin, contiene el aliento mientras salva los tres escalones de la entrada y cruza paso a paso el salón de adelante del boliche; es un pasillo que tiene una única hilera de mesas a un costado. Allí, los comensales del mediodía apuran el puchero, pensando en la charla y la caminata al solcito antes de entrar otra vez en la oficina. Termina en una estancia más amplia, con otras mesas, donde los de la noche suelen alargar el vino de la sobremesa esperando que el sueño los lleve de vuelta a casa, ya sin el temor a otra noche en vela.
La vieja camina entre las mesas, mientras dedica alguna sonrisa, hacia el fondo. Al lado de la cocina, se sienta ella. Ha dejado atrás el olor de la calle, ahora mira con ojos muy abiertos el ruido y el calor de la fonda.
Entonces, el aroma del puchero y el sonido apenas audible del agua hirviendo, la sientan a una mesa lejana, tendida al sol, protegida por una galería con techo de cinc y una parra que de tan baja los muchachos sin esfuerzo podían robar racimos gordos de uvas negras que ella jamás tocaba. No porque no le gustaran sino porque eran para ellos, aunque ellos nunca pensaran en traerle.
No porque los hubiera hecho egoístas, sino que era normal que no se ocuparan de sus gustos o necesidades; justamente porque lo natural era lo contrario, por lo menos para una madre como ella.
Las uvas eran para los chicos, para esos salvajes de piernas rotas y pantalones hasta la rodilla que ella misma cosía y que se encargaban de volver a descoser, a veces prolijamente raspados contra el piso de la calle, al tirarse del carrito de rulemanes; otras agujereados y manchados de sangre por la villarda que como una hélice sin motor terminaba su vuelo en alguna pierna, a Dios gracias y no en un ojo. O al rodar mientras corrían el aro, cuando los zapatos siempre lustrados arrastraban los pedazos de alguna baldosa rota.
Nunca en la vereda de su casa, que bien se ocupaba su esposo de hacerla arreglar cuando hacía falta, que para eso sirven los maridos y para estar aunque mas no sea, de a poco una se da cuenta cuando ya se han ido.
"Todo para ellos…", le había dicho por lo bajo casi disculpándose, su nena, cuando el padre apareció manejando el Ford no sé cuanto y ahí nomás le había dado la llave al mayor animándolo, como si hiciera falta, a dar una vuelta para probarlo y el muy bruto lo primero que hizo fue arrastrar el cartel de la ferretería del turco de la esquina, que lo corrió como cinco cuadras a los gritos.
Después, los viajes, los muchachos andando de un lado a otro, volver e irse otra vez. Aunque nada pesa como el desgarro de la partida de la hija, la que no debía irse, porque ella tenía que haber hecho al revés, quedarse, como una buena hija debe hacer, que para eso le enseñó todo lo que sabía y para eso la educó, para ser una buena esposa y madre, pero no olvidarse de ser hija, como no se olvidó ella.
Pero no, todo fue en vano, solo le queda el recuerdo de un rostro aniñado, inocente y las cartas que, puntuales, llegan desde algún país de esos que uno no sabe si verdaderamente existen y se apilan en una caja de cartón y que siempre tarda en leer, como alargando el momento de enterarse de un nuevo viaje u otra noticia que nunca puede hacerle olvidar que, como una buena hija debe hacer, lo único que espera de ella es que al fin regrese.
Sola, la vieja apura un trago de vino de la casa, que no están las cosas como antes para andar derrochando en vino bueno que acá te lo cobran un ojo de la cara, mientras las mejillas se le enrojecen, un poco por el calor de la cocina tan cerca de su mesa y otro por el alcohol.
Ya no recuerda con claridad que hoy otra vez estuvo esperando un rato largo que llegara el menor, que a él le tocaba venir a cenar, no lo recuerda porque el vino la va alejando del ruido, del calor de la fonda y la va sumergiendo de a poco en un cálido sueño, acá, al lado de la cocina con olor a puchero y agua hervida y le hace olvidar, aunque sea por un rato, de la otra cocina en su casa, desde donde se pueden ver todavía la uvas que nadie toca, que se van pudriendo, cayendo sobre los mosaicos del patio y ahí quedan porque tampoco nadie las pisa, esa cocina donde otra vez esta noche se ha enfriado, y aún espera, una olla con sopa, una mesa tendida para dos.



Autor: O. Barales
Aún sin blog.

5 comentarios:

  1. Otro de sus humanos y tan hermosos textos. No deja de asombrarnos con la delicada descripción de escenarios, personajes y gestos, en busca siempre envolvernos del calor humano de su historia.
    Todo un placer.

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  2. Que buen relato, que tristeza cargar con ésa soledad después de vivir y de estar pendiente de los hijos. Me metió de lleno en el lugar y en las emociones.

    Un gusto leerlo!!

    Saludos!

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  3. Muy bueno Barales. Como siempre te has lucido con esta nueva veta que estás explorando. Nosotros los viejitos agradecidos.
    Un abrazo

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  4. Emocionante y muy bien escrito. Un relato tiernamente humano, donde a la realidad se la convierte en lírica hermosa.

    Felicidades

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