21 de diciembre de 2010

el comentario 9 comentarios

Estación terminal


Hace seis décadas circunnavegué la plaza del barrio recién estrenado. Océano de luz rodeado de casas de turrón y mazapán color pastel recién horneadas. Una temporada de estío en que la tierra se calentaba con crueldad mientras las invisibles pero horripilantes chicharras aturdían con su canto apagando cualquier otro sonido. Subí la escalera de los quinientos y un escalones de ladrillos muy pero muy colorados, aunque tal vez no fueran tantos. Nunca, de tan colorados e iguales, he podido estar seguro de su cuenta irrevocable y final. Entonces llegué hasta la pendiente más empinada, aquella de la torre de agua, la que parte desde la casa de la abuela Azunta, cocinera irreemplazable del pan matinal y subía hasta tocar el cielo allá por donde ni los mejores autos con sus potentes motores podían alcanzar a llegar. Doblé tomado de la mano de Élida por la curva del despeñadero, frente al Club Social donde en la celeste piscina vacía se agrupaban los nidos de pasto seco que las víboras llamaban hogar. Caminé en línea recta por la calle de los pinos, donde con la volanta de Don Ernesto solíamos salir a pasear escuchando el acompasado ritmo del trotar del petiso que como música de siestas nos parecía querer arrullar. Seguimos hasta donde la sierra corta por la mitad el camino y el vacío se torna nubes y pájaros que vuelan a grandes altitudes pero siempre al ras.
A ambos lados del sendero asomaban los reflejos de pequeña piezas sueltas de mármol blanco y de color rosa, todas con incrustaciones de piedra mica que destellaban alumbrados por la blanca luz cenital.
Al fondo la lejana sierra central se extendía como paisaje inhóspito y por ello más desafiante y hermoso.
Al frente un anciano con una carretilla con más años que los que él sumaba, juntaba pedazos de la fría piedra que brotaba a ambos lados del sendero. Uno blanco, uno rosa y algo, mucho menos, de granito del color del tiempo.

-Hoolaa…¿Qué hace una parejita tan linda por estos lados?¿son hermanos?- preguntó sonriente-

-Primos-dije yo parándome en seco y dispuesto también a interrogar-

-Mira vos. Que bien. Son de acá, ¿no? Si, no deben venir de muy lejos con tanto calor…

-De abajo. De la placita. Disculpe que le pregunte señor, pero ¿Para qué junta las piedras?

Y Don Osvaldo, porque así me dijo que se llamaba, nos contó que se había mudado hacía poco con su señora, Elisa. Extendió su brazo y nos señaló la figura que le hacía juego, de pelos color plata alborotados por el viento que se arrodillaba con su delantal frente a un cantero de malvones recién terminados de plantar. Nos dijo que hacía muchos, pero muchos años que soñaban con mudarse allí. Que el lugar los enamoraba. Que habían planeado que cuando los hijos se fueran, la edad fuera la correcta y la jubilación llegara, todos sus bienes se venderían con la única misión de comprar esa casita frente al acantilado que mira a la sierra central y es azotado por los vientos, las lluvias y el sol todas y cada una de las cifras del calendario.
Que desde hacía varios días juntaba las piedras para hacer un camino desde la casa hasta el borde del precipicio donde pensaba colocar un viejo banco de madera de caldén, para sentarse y simplemente observar la lejanía. Su señora tejería algunas prendas calentitas para el invierno por llegar, tal vez un pulóver o un par de zoquetes y él leería todo aquello que durante años había querido pero nunca había tenido el tiempo ni el lugar para disfrutar. Cada tanto levantarían la mirada, se sumergirían en el paisaje lejano para luego unirse en la mirada del otro con una sonrisa compartida y cómplice, llena de felicidad.

-¿Quiere que lo ayudemos?

-Dale, agarrá esa piedrita..

Y así nos mostró el sendero, la plataforma, el banco y el paisaje, con la misma música de fondo de pájaros trinando al viento que él quería que sonara en sus oídos por el resto de su vida.
Ella nos sonrió en la distancia. Levantó su mano en un gesto alegre y amplio, para después desde lo lejos lanzarnos un beso suave y leve que, seguramente, debe haber llegado hasta nosotros cabalgado el recio viento del borde de la tierra. Yo logre sentirlo rozarme la mejilla como un pétalo agitado por las ráfagas de un vendaval.

Al año siguiente regresé al mismo lugar. Rodeé la plaza circular sin océanos que la agitaran, subí la escalera de quinientos y un escalones muy rojos, pero muchos menos, subí la empinada colina ya un poco aplanada, pasé el club con pocas lenguas bífidas remanentes en la piscina, seguí la calle de los pinos raleada en sus follajes, pero al llegar al fin del camino el banco ya no estaba allí, o tal vez había quedado oculto bajo la maleza. El camino desaparecía en medio de la hierba crecida en orden salvaje, mientras la casa vigilaba la existencia solitaria de tan solo un malvón en una esquina.

Pasaron más de seis décadas y hoy regreso. Una vez más recorro la que ahora es una plaza de seco fondo oceánico, cubierta de pastizales y portales desdentados en exclamaciones sorprendidas de mi presencia. Caras de ladrillo que se ocultan entre la vegetación que les ha hecho desaparecer el turrón y el mazapán color pastel de los que estaban construidas. La escalera, añora ahora muchos de sus escalones perdidos y ya no es tan pero tan colorada, es tal vez un poco más gris, color del efecto del tiempo que pasa. Sobre ella la abuela Azunta ya no está y el horno de barro que cocía el pan, ahora se derrite con las lluvias que lo devuelven a su origen natural. El club desapareció comido por la selva y las víboras luego de haber hecho de todo el predio su casa, han decidido mudarse a otro lugar mejor.
La volanta sin petiso sucumbe herrumbres en un cobertizo destartalado y los pinos cada día más grandes secan sus ramas caídas y quemadas, víctimas de múltiples fuegos traídos del cielo en noches y tormentas pasadas.
La calle que parte de la colina y termina en el precipicio de los dos ancianos se ha borrado por su ausencia de tránsito y no es sino entre las hierbas que se reconocen las manchas del asfalto original como damero oculto de verdes y grises alternados.
La casa recién descubierta, recuperada cual pirámide centroamericana de las manos de la vegetación desmadrada y natural, luego de años de abandono aparece intacta, los malvones muertos y ningún camino ni banco de caldén para recorrer la vida en una mirada, tejer o simplemente leer para pensar.
Escudriño el borde del camino y veo piedras nuevas y extrañas que me llaman. Con la mirada las elijo una a una. Me encuentro en los ojos de María mientras nos unimos en una sola mirada. Ella apoya en el rellano de la puerta un macetón atiborrado de malvones mientras arremango mi camisa y coloco la llave en la cerradura del que será mi último y querido hogar.

Autor OPin


9 comentarios:

  1. Un excelente trabajo, socio. Muy bien escrito.
    Tiene ud, una capacidad enorme para transportarnos a los lugares que describe.
    Me encantó su cuento, se lo dije? :-)

    Un abrazo que también ayudaria con las piedras de una ilusión.

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  2. Gracias mi amiga. Su comentario vale por mil. Tenemos muchos lectores y pocos comentaristas, así resulta muy difícil hacer un blog interactivo.
    Un abrazo

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  3. Muy bien escrito, genial, un aspecto de un cuento genial es que te conecta con esas cosas de tu vida que te emocionan, el cuento te emociona. Yo me fui de viaje a los veranos en San Luis, caminábamos con mi hermana desde El Volcan hasta El Potrero de los Funes por la sierra. Y me fui de viaje al futuro, me vuelvo a preguntar ¿que vas a ser, hacer, cuando seas grande?. O. Barales

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  4. En sus escritos siempre es primavera, y estío, y las nieves literarias no se derriten cuando el frío invierno se consume con los días. En sus textos se puede hablar, se puede conversar con las letras y las emociones que transmite son puras dosis necesarias. Qué más da lo que toque con su varita mágica. Aquí todo sabe a turrón, a almendras, a mazapanes artesanos, a café, mi café mientras lo disfruto a diario y a nocheciario...

    Es increíble su forma de presentarnos el mundo, el suyo. Me gustan sus facetas y sus vasos comunicantes. Me satisface tanto y tan bien me sienta su tránsito entre la inventiva y la realidad del día a día, que no puedo hacer otra cosa que cerrar el periódico y dejar que mis ojos se abran en sus relatos y mis entrañas de contagien queriendo imitarlo sin límites.

    Un abrazo, piedra a piedra...

    Mario

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  5. Muchísimas gracias a todos los que se han acercado a comentar.Incluso a mí mismo.
    Ojalá que con el tiempo los lectores se animen a dar sus opiniones y participar de una manera tanto o más importante que la autoría de una obra.
    NSE es un intento de conectar a la gente que gusta de la escritura y necesita del incentivo de la crítica de los lectores para continuar adelante en base a esa motivación.
    Por un año con más participantes. Una vez más, muchas gracias.

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  6. Mi padre que decía que las cosas de palacio van despacio, por eso tarda un poquito en ponerse en marcha su bonito proyecto, pero en nada,esta funcionando, tanto, que tendremos que pedir palza para editar y para comentar.

    Gracias por todo.

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  7. Qué precioso! recién estoy leyendo de a poco a los autores de este sitio. Y me gustaría tomarme unas lecciones del Taller de Opin... qué malabarismo encantador el del lenguaje en tus renglones... gracias.

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  8. Hmmm... Llego, otra vez, hasta este rincón de voces escritas. Y lo hago, ay...porque he subido una entrada nueva aquí, en nuestra casa común, en nuestro espacio recíproco. Creo que algo se me ha pasado, no aprendí bien la lección, y algún parámetro me ha quedado por cumplir. Si es así, lo siento. Y prometo prestar más atención la próxima vez.

    Un abrazo

    Mario

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