23 de diciembre de 2010

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Felices fiestas amigos no escritores

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22 de diciembre de 2010

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Bufar y patear


Confunde el tren, mitad apuro, mitad su forma de ser. Fue hábil para colarse, pero nulo en la necesaria averiguación previa. Ahora ve, con pavor, pasar estaciones de largo —encima es un rápido—.
Son estaciones del noroeste, y no de su ansiado norte a secas. El norte en el que lo espera —en vano— la chica del chat. El tiene el número del celu de ella, pero no tiene aparato y no se anima a pedir uno prestado. Su mente no puede pensar, se dedica únicamente a culpar al tren por no tener un equipo telefónico público a bordo.
Luego, advierte su absurda elucubración, se autoresponsabiliza y exonera a los trenes tercermundistas. Más adelante (debería decir, más hacia el noroeste) la bronca cobra fuerza, bufa y patea un asiento. Ve gestos de desaprobación y alguno de temor a su alrededor; con esa patadita perdió toda chance de pedir prestado un teléfono.
Se baja Hurlingham, 15 minutos más tarde de la hora en que había acordado encontrarse en Acassuso y tarda 10 más en convencerse de que le paga la multa al guardia o los de seguridad lo llevan al cuartito. Saca de su bolsillo lo último y compra su libertad.
Corre a un público, coloca una moneda residual y llama. El celular de ella no tiene crédito para recibir esa llamada. Tan bienuda no es, deduce y pierde interés. Recorre el centro de una localidad que no conoce, pensando en cómo colarse para volver.
Se olvida de la cheta, mientras conversa con una promotora de un crédito en el acto, solo con DNI, a tasas siderales.
Veinte minutos más tarde la chica de Acassuso se levanta, se quita el prendedor que la identificaba, bufa y patea la mesa. Se va del bar, entre gestos de asombro, triste, convencida de que otra vez, el candidato pasó por allí, la vio fea y siguió de largo.

Autor: S.A.L.
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El tren


Ese día mi papa y yo viajábamos en tren para ir al teatro para ver la exposición de mi tía, desde Burzaco hacia Constitución, osea, teníamos una larga hora, para que el empieze con sus charlas teóricas de siempre, con la intensión, que de alguna manera esos conceptos nutran mi mente, para no llevar la cabeza solo de adorno, como un vaso de agua para un hombre que ha pasado unos dos cansadores días en un desierto. Y yo como siempre tan desinteresada, dejando que mi mente salga por las puertas del tren y se situé en en algún lugar lejano donde nadie puede encontrarla, tan secreto que nadie siquiera sabe de su existensia pues bastante gente, no toda por suerte, no le da ese respiro a la mente, esa libertad de imaginar que tanto necesita cada una.
Ya estábamos por Lanus cuando mi papa se dirige a mi diciendo "los trenes son medios de transporte maravillosos en cuanto a mi los prefiero en todo sentido" yo, me di cuenta que ese lugar tan tranquilo donde mi mente soñaba y jugaba de repente se desvaneció y mi mente quedo otra vez encerrada en el tren, pues él había logrado sacarme rápidamente de ahí con su voz tan grave que podría ahuyentar hasta el mas feroz animal, viendo que las puertas del tren se habían vuelto tan resistentes desde que mi papa me interrumpió no hubo otra salida que contestar "pienso igual, para mi es la forma mas placentera de viajar" en ese momento cruzamos una mirada, terrorifica para mi, recordando automáticamente lo psicologicamente y fisicamente mal que me siento cada vez que me subo a un auto o micro, y en ese momento me enfade , pues nadie me entiende, todos dicen "solo te duele la pansa" pero no es así pues en cuanto alguna de mis extremidades toca alguno de esos transportes la mente me juega en contra y comienza a hacerme un extraño laberinto del cual no puedo salir y después todo se reduce a "dios mio no puedo respirar, necesito aire fresco, que este contaminado por gasolina o lo que sea ..."
"La vida es como un tren" dijo mi papa interumpiendome y yo agradeciendole por interrumpirme de esos pensamientos que un va y ven se pueden convertir en realidad en un segundo "¿que queres decir?" le conteste intentando no pensar en el horrible laberinto que se acercaba lentamente pero seguro a mi. " el tren nunca se detiene, al igual que la vida en los momentos hermosos donde queremos que el tiempo se congele, o pase tan lento como el andar de una tortuga, o cuando queremos que pase a máxima velocidad para poder olvidarnos del mal trago que estamos pasando en las situaciones tristes, dolorosas o embarazosas.
El tren para en las estaciones , pero si la persona se baja del tren antes de que termine su recorrido deberá volver a subir al tren en algún momento, y ,de manera constante, el tren solo para definitivamente hasta que llega al fin de su recorrido"

Autor Camila 
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21 de diciembre de 2010

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Estación terminal


Hace seis décadas circunnavegué la plaza del barrio recién estrenado. Océano de luz rodeado de casas de turrón y mazapán color pastel recién horneadas. Una temporada de estío en que la tierra se calentaba con crueldad mientras las invisibles pero horripilantes chicharras aturdían con su canto apagando cualquier otro sonido. Subí la escalera de los quinientos y un escalones de ladrillos muy pero muy colorados, aunque tal vez no fueran tantos. Nunca, de tan colorados e iguales, he podido estar seguro de su cuenta irrevocable y final. Entonces llegué hasta la pendiente más empinada, aquella de la torre de agua, la que parte desde la casa de la abuela Azunta, cocinera irreemplazable del pan matinal y subía hasta tocar el cielo allá por donde ni los mejores autos con sus potentes motores podían alcanzar a llegar. Doblé tomado de la mano de Élida por la curva del despeñadero, frente al Club Social donde en la celeste piscina vacía se agrupaban los nidos de pasto seco que las víboras llamaban hogar. Caminé en línea recta por la calle de los pinos, donde con la volanta de Don Ernesto solíamos salir a pasear escuchando el acompasado ritmo del trotar del petiso que como música de siestas nos parecía querer arrullar. Seguimos hasta donde la sierra corta por la mitad el camino y el vacío se torna nubes y pájaros que vuelan a grandes altitudes pero siempre al ras.
A ambos lados del sendero asomaban los reflejos de pequeña piezas sueltas de mármol blanco y de color rosa, todas con incrustaciones de piedra mica que destellaban alumbrados por la blanca luz cenital.
Al fondo la lejana sierra central se extendía como paisaje inhóspito y por ello más desafiante y hermoso.
Al frente un anciano con una carretilla con más años que los que él sumaba, juntaba pedazos de la fría piedra que brotaba a ambos lados del sendero. Uno blanco, uno rosa y algo, mucho menos, de granito del color del tiempo.

-Hoolaa…¿Qué hace una parejita tan linda por estos lados?¿son hermanos?- preguntó sonriente-

-Primos-dije yo parándome en seco y dispuesto también a interrogar-

-Mira vos. Que bien. Son de acá, ¿no? Si, no deben venir de muy lejos con tanto calor…

-De abajo. De la placita. Disculpe que le pregunte señor, pero ¿Para qué junta las piedras?

Y Don Osvaldo, porque así me dijo que se llamaba, nos contó que se había mudado hacía poco con su señora, Elisa. Extendió su brazo y nos señaló la figura que le hacía juego, de pelos color plata alborotados por el viento que se arrodillaba con su delantal frente a un cantero de malvones recién terminados de plantar. Nos dijo que hacía muchos, pero muchos años que soñaban con mudarse allí. Que el lugar los enamoraba. Que habían planeado que cuando los hijos se fueran, la edad fuera la correcta y la jubilación llegara, todos sus bienes se venderían con la única misión de comprar esa casita frente al acantilado que mira a la sierra central y es azotado por los vientos, las lluvias y el sol todas y cada una de las cifras del calendario.
Que desde hacía varios días juntaba las piedras para hacer un camino desde la casa hasta el borde del precipicio donde pensaba colocar un viejo banco de madera de caldén, para sentarse y simplemente observar la lejanía. Su señora tejería algunas prendas calentitas para el invierno por llegar, tal vez un pulóver o un par de zoquetes y él leería todo aquello que durante años había querido pero nunca había tenido el tiempo ni el lugar para disfrutar. Cada tanto levantarían la mirada, se sumergirían en el paisaje lejano para luego unirse en la mirada del otro con una sonrisa compartida y cómplice, llena de felicidad.

-¿Quiere que lo ayudemos?

-Dale, agarrá esa piedrita..

Y así nos mostró el sendero, la plataforma, el banco y el paisaje, con la misma música de fondo de pájaros trinando al viento que él quería que sonara en sus oídos por el resto de su vida.
Ella nos sonrió en la distancia. Levantó su mano en un gesto alegre y amplio, para después desde lo lejos lanzarnos un beso suave y leve que, seguramente, debe haber llegado hasta nosotros cabalgado el recio viento del borde de la tierra. Yo logre sentirlo rozarme la mejilla como un pétalo agitado por las ráfagas de un vendaval.

Al año siguiente regresé al mismo lugar. Rodeé la plaza circular sin océanos que la agitaran, subí la escalera de quinientos y un escalones muy rojos, pero muchos menos, subí la empinada colina ya un poco aplanada, pasé el club con pocas lenguas bífidas remanentes en la piscina, seguí la calle de los pinos raleada en sus follajes, pero al llegar al fin del camino el banco ya no estaba allí, o tal vez había quedado oculto bajo la maleza. El camino desaparecía en medio de la hierba crecida en orden salvaje, mientras la casa vigilaba la existencia solitaria de tan solo un malvón en una esquina.

Pasaron más de seis décadas y hoy regreso. Una vez más recorro la que ahora es una plaza de seco fondo oceánico, cubierta de pastizales y portales desdentados en exclamaciones sorprendidas de mi presencia. Caras de ladrillo que se ocultan entre la vegetación que les ha hecho desaparecer el turrón y el mazapán color pastel de los que estaban construidas. La escalera, añora ahora muchos de sus escalones perdidos y ya no es tan pero tan colorada, es tal vez un poco más gris, color del efecto del tiempo que pasa. Sobre ella la abuela Azunta ya no está y el horno de barro que cocía el pan, ahora se derrite con las lluvias que lo devuelven a su origen natural. El club desapareció comido por la selva y las víboras luego de haber hecho de todo el predio su casa, han decidido mudarse a otro lugar mejor.
La volanta sin petiso sucumbe herrumbres en un cobertizo destartalado y los pinos cada día más grandes secan sus ramas caídas y quemadas, víctimas de múltiples fuegos traídos del cielo en noches y tormentas pasadas.
La calle que parte de la colina y termina en el precipicio de los dos ancianos se ha borrado por su ausencia de tránsito y no es sino entre las hierbas que se reconocen las manchas del asfalto original como damero oculto de verdes y grises alternados.
La casa recién descubierta, recuperada cual pirámide centroamericana de las manos de la vegetación desmadrada y natural, luego de años de abandono aparece intacta, los malvones muertos y ningún camino ni banco de caldén para recorrer la vida en una mirada, tejer o simplemente leer para pensar.
Escudriño el borde del camino y veo piedras nuevas y extrañas que me llaman. Con la mirada las elijo una a una. Me encuentro en los ojos de María mientras nos unimos en una sola mirada. Ella apoya en el rellano de la puerta un macetón atiborrado de malvones mientras arremango mi camisa y coloco la llave en la cerradura del que será mi último y querido hogar.

Autor OPin

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13 de diciembre de 2010

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El principio de Antonio

Ha anochecido casi de golpe, o acaso Antonio no lo ha advertido hasta el momento en que levanta la vista del texto que está leyendo, ya no queda mucho tiempo, "...de abajo hacia arriba, igual al peso del agua......al peso ...del volumen del agua..".
El trato era simple. La tarea de Física aprendida para la hora de la llegada de su padre, significa la noche libre, es decir, holgazanear en la puerta de calle hasta la hora de cenar.
Romper esas cadenas, en las primeras noches templadas del fin del invierno, equivale casi a haber cumplido una condena en una prisión remota, en una celda helada, horadada por el aliento salado de algún océano, en un lejano país.
Allí donde nadie, absolutamente nadie, repararía en su existencia, si de una vez y para siempre se perdiera la memoria de ese anciano olvidado que en su rol de guardián, pasa en las noches, por debajo de la puerta, el único plato de comida que les dan a los que han sido, en otro tiempo tal vez, partidarios de la revolución.
Antonio regresa de pronto, sentado en el comedor de su casa, sus ojos han quedado fijos en el florero que su madre atesora como centro de mesa. Curiosa posición del cuerpo para viajar por tales umbríos parajes, curvado sobre si mismo, los brazos extendidos rematan en las manos entrelazadas, apretadas por las rodillas.
Antonio acomete otra vez el texto, "Un cuerpo sumergido en el agua recibe un empuje de...", entonces, un brazo se acomoda con un brusco movimiento, golpea la mesa y del ramo de rosas se desprende un pétalo que lentamente busca entrar en el campo de visión del chico, "...de abajo hacia arriba igual al peso del ..." .
Afuera, el padre, olvidado por completo del papel de maestro que le espera, empieza a cruzar la calle. El pétalo, desentendido también de las vicisitudes del tránsito, alarga su vuelo buscando las corrientes ascendentes que cruzan el comedor de este a oeste.
En el piso de abajo, la abuela, sabiendo que Antonio ha llegado tarde a estudiar su lección, disca el número del teléfono celular de su hijo, mientras lo mira cruzar la calle consultando su reloj, no espera que le niegue media hora de su tiempo.
Antonio recorre con dificultad los últimos tramos de la compleja definición, "...igual al peso del agua....igual al peso del volúmen del agua...".
Lejos, al borde de aquel acantilado que remata los muros de la prisión, bajo un muelle de madera raída, el mar lleva y trae un barco de papel que flota milagrosamente junto a otros restos, asunto éste que parece no importarle a nadie.
Acaso no le importa a Antonio que vuelve a repasar la conclusión, "igual al peso del ..vo..lú..men.. del ..agua ....de..sa..lo..ja..da....". No le importa a su abuela y tampoco a su padre mientras se acomodan en la cocina de ella, frente a la pava y el mate.
Solo le importa al pétalo, ocupado en orzar a los vientos que, desde la lejanía, las aguas inducen en el aire. En apropiarse de esa armonía que le permita terminar su vuelo de lágrima rosada, a tiempo de tenderse como parte de otro ramo, sobre el bordado del mantel de macramé.

Autor: O. Barales
Aún sin blog
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8 de diciembre de 2010

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Cosa de Viejos


Sola, la vieja camina lento por la vereda. La noche acompaña el canturreo cansino de sus labios. Elegante, se ha puesto un discreto vestido oscuro de una época no tan lejana, perfumado apenas. Las manos huesudas aprietan una antigua cartera de cuero ajado, que remata en un marco de chapa descolorido, atado con tiras de lana prolijamente trenzadas.
Camina despacio por una calle que se le hace a cada paso mas ancha, la cabeza apenas inclinada, las pupilas colgando de los párpados abiertos, inmóviles, clavados en la puerta abierta de la fonda de la esquina.
Nadie ve esa pintura delgada que parece ir deslizándose por la pared. Al fin, contiene el aliento mientras salva los tres escalones de la entrada y cruza paso a paso el salón de adelante del boliche; es un pasillo que tiene una única hilera de mesas a un costado. Allí, los comensales del mediodía apuran el puchero, pensando en la charla y la caminata al solcito antes de entrar otra vez en la oficina. Termina en una estancia más amplia, con otras mesas, donde los de la noche suelen alargar el vino de la sobremesa esperando que el sueño los lleve de vuelta a casa, ya sin el temor a otra noche en vela.
La vieja camina entre las mesas, mientras dedica alguna sonrisa, hacia el fondo. Al lado de la cocina, se sienta ella. Ha dejado atrás el olor de la calle, ahora mira con ojos muy abiertos el ruido y el calor de la fonda.
Entonces, el aroma del puchero y el sonido apenas audible del agua hirviendo, la sientan a una mesa lejana, tendida al sol, protegida por una galería con techo de cinc y una parra que de tan baja los muchachos sin esfuerzo podían robar racimos gordos de uvas negras que ella jamás tocaba. No porque no le gustaran sino porque eran para ellos, aunque ellos nunca pensaran en traerle.
No porque los hubiera hecho egoístas, sino que era normal que no se ocuparan de sus gustos o necesidades; justamente porque lo natural era lo contrario, por lo menos para una madre como ella.
Las uvas eran para los chicos, para esos salvajes de piernas rotas y pantalones hasta la rodilla que ella misma cosía y que se encargaban de volver a descoser, a veces prolijamente raspados contra el piso de la calle, al tirarse del carrito de rulemanes; otras agujereados y manchados de sangre por la villarda que como una hélice sin motor terminaba su vuelo en alguna pierna, a Dios gracias y no en un ojo. O al rodar mientras corrían el aro, cuando los zapatos siempre lustrados arrastraban los pedazos de alguna baldosa rota.
Nunca en la vereda de su casa, que bien se ocupaba su esposo de hacerla arreglar cuando hacía falta, que para eso sirven los maridos y para estar aunque mas no sea, de a poco una se da cuenta cuando ya se han ido.
"Todo para ellos…", le había dicho por lo bajo casi disculpándose, su nena, cuando el padre apareció manejando el Ford no sé cuanto y ahí nomás le había dado la llave al mayor animándolo, como si hiciera falta, a dar una vuelta para probarlo y el muy bruto lo primero que hizo fue arrastrar el cartel de la ferretería del turco de la esquina, que lo corrió como cinco cuadras a los gritos.
Después, los viajes, los muchachos andando de un lado a otro, volver e irse otra vez. Aunque nada pesa como el desgarro de la partida de la hija, la que no debía irse, porque ella tenía que haber hecho al revés, quedarse, como una buena hija debe hacer, que para eso le enseñó todo lo que sabía y para eso la educó, para ser una buena esposa y madre, pero no olvidarse de ser hija, como no se olvidó ella.
Pero no, todo fue en vano, solo le queda el recuerdo de un rostro aniñado, inocente y las cartas que, puntuales, llegan desde algún país de esos que uno no sabe si verdaderamente existen y se apilan en una caja de cartón y que siempre tarda en leer, como alargando el momento de enterarse de un nuevo viaje u otra noticia que nunca puede hacerle olvidar que, como una buena hija debe hacer, lo único que espera de ella es que al fin regrese.
Sola, la vieja apura un trago de vino de la casa, que no están las cosas como antes para andar derrochando en vino bueno que acá te lo cobran un ojo de la cara, mientras las mejillas se le enrojecen, un poco por el calor de la cocina tan cerca de su mesa y otro por el alcohol.
Ya no recuerda con claridad que hoy otra vez estuvo esperando un rato largo que llegara el menor, que a él le tocaba venir a cenar, no lo recuerda porque el vino la va alejando del ruido, del calor de la fonda y la va sumergiendo de a poco en un cálido sueño, acá, al lado de la cocina con olor a puchero y agua hervida y le hace olvidar, aunque sea por un rato, de la otra cocina en su casa, desde donde se pueden ver todavía la uvas que nadie toca, que se van pudriendo, cayendo sobre los mosaicos del patio y ahí quedan porque tampoco nadie las pisa, esa cocina donde otra vez esta noche se ha enfriado, y aún espera, una olla con sopa, una mesa tendida para dos.



Autor: O. Barales
Aún sin blog.
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6 de diciembre de 2010

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Me detengo en lo alto de la barda

Me detengo en lo alto de la barda. El viento sopla desde el oeste. Camino por la huella que dejaron los pies de mis peñiwen. Todavía veo desde aquí el humo de mi waria. Ajusto con firmeza la cuerda que sostiene a mi pichi sobre mi espalda.
A los lejos miro como se aleja la caravana por un desfiladero, buscando un nuevo rumbo. El horizonte rojo sangre, como presagiando la tormenta.
Cuando era niña, mi abuela cantaba una nana para mí y ahora la recuerdo y la canto, para ahuyentar mi pena. Como entonces, también deseo consuelo.
Mis zapatos de cuero, van sonando junto a las piedras. En lo alto vuela en círculos un ishum y yo apuro mi paso para alcanzar la hilera de gente, que con sus metawe a cuesta, improvisan un canto melancólico y agudo. Siento un profundo dolor en el pecho, mi congoja se me prende como abrojo y me inunda un sentimiento de orfandad de mi tierra.
¿Adonde nos llevara el camino?¿ Cuando terminaremos de ambular por esta estepa que mis abuelos pisaron y bendijeron en el altar de la fiesta del Kamarikun ¿y mi pichi? ¿Que raíces heredará si sus padres son desterrados del lugar que les pertenece?
Como haré para que no olvide el sonido del kultrún, y la danza del loncomeo y nuestras fiestas, nuestros antepasados?
Suena el kultrún en esta tarde del destierro.
Oigo a lo lejos, el grito victorioso de los soldados, arrasando nuestra toldería; nuestras pieles de guanaco arden en una gran fogata, y sus risas duelen en mis oídos.
Alcanzo con apuro la caravana, y me abrigo junto a los brazos de mi madre, kushen, que entona una canción plañidera y me toma de los hombros. Yo aprieto los dientes con furia, porque sé que mi destino es luchar con mis peñiwen para volver al lugar que es nuestro.
Mi pichi, mira con desconcierto; ya no está en su caliente cuna hecha de pieles, al arrullo de una canción que lo entrega al sueño.
Y entonces surge desde mi pecho, un sentencia profética: No desfalleceré en la lucha de mi gente, caminaré con la cabeza en alto, pregonando por toda la tierra, que aunque vengan con sus armas, y sus leyes pretenciosas, y sus temibles represiones, iñ-taiñ mapu nos será devuelta algún día, la merecimos hace muchos siglos y todas las generaciones a través de nuestra voz sabrán que los designios de nuestro wenu-chao serán cumplidos. Y ese día cantaremos, y ese día danzaremos y ese día ¡el cielo se iluminará para todos los de mi raza!

AUTOR: MARIA ROSA ALBARRACIN
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NSE incluyo la fotografía. Si el autor desea reemplazarla le solicitamos nos haga llegar la de su preferencia.
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5 de diciembre de 2010

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MAGIA EN EL BOSQUE




No es necesario una bola de cristal para ver los espíritus en torno a él; siempre ha tenido la facilidad para atraer lo extraño y misterioso y es que así es su mundo…un verdadera misterio…
Nadie sabe su edad, ni siquiera de donde viene, a lo sumo tendrá unos 60 años aunque su porte juvenil da lugar a dudas.
Es costumbre verlo caminar por el sendero que va al bosque, siempre elegante y con su sombrero de copa, moviendo lentamente pero con energía el bastón.
Dicen quienes lo ven entrar al sendero que parece que los árboles se inclinaran como saludándolo, incluso que las hojas sueltas forman remolinos en torno a él como dándole la bienvenida.
Sus incursiones por el bosque a veces duran horas; debido a su extraña forma de ser muchos aldeanos le tienen miedo y es que aveces es mucho más fácil temer que dejarse llevar por la curiosidad.
Pero, aún así, un día un par de pilluelos decidieron hacerle caso a esa curiosidad que los embargaba y, aunque con miedo, lo siguieron.
Tratando de no ser vistos fueron tras él, escondiéndose tras los troncos de los árboles que el misterioso personaje iba dejando tras sus pasos.
Fue realmente asombroso para ellos descubrir que ése ser tan enigmático tenía no sólo el don de atraer a los árboles y juguetear con las hojas sino que todos los animalitos del bosque comenzaban a seguirlo.
Asombrados vieron como los pajarillos se apoyaban en sus hombros y él parecía hablarles, cuanto más se adentraban en el bosque notaban que más joven se veía.
Realmente era así…no sólo rejuvenecía sino que su elegante traje se transformaba en una túnica blanca y su sombrero de copa y su elegante bastón desaparecían.
Al llegar a un claro se detuvieron, tratando siempre de no ser vistos pudieron observar que el hombre extendía los brazos al aire y decía unas extrañas palabras al tiempo que los vientos remolinaban en torno a él y extrañas figuras comenzaban a aparecer por los aires.
Hasta aquí la curiosidad de los chiquillos ya que el temor pudo más y sin pensarlo dos veces huyeron despavoridos del lugar, de haberse quedado habrían descubierto que el misterioso personaje no era otro que un mago blanco.
Para cuando regresó de su paseo ya todo el pueblo sabía lo que habían visto los chicos y todos murmuraban a su paso, él sólo sonreía…


Siempre estuvo al tanto de que era seguido y sabía que en el fondo nadie entendería…







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