28 de marzo de 2011

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El encuentro


”…nos demoramos allí dos meses enteros sin ver jamás habitante alguno; un día cuando menos lo esperábamos vimos un gigante que estaba al borde del mar casi desnudo y bailaba, saltaba y cantaba, y al mismo tiempo se echaba arena y polvo sobre la cabeza ...”

de la Crónica del Primer Viaje Alrededor del Globo
Antonio Pigafetta, cronista de Hernando de Magallanes



Cuando Manikéik llegó a lo alto del acantilado y vio a sus pies la infinita dimensión del gran Jono, tal el nombre que su padre utilizó para referirse al océano “cuyos horizontes nadie ha podido alcanzar jamás”, sintió por fin que el objetivo que sus mayores le habían impuesto durante la ceremonia de su iniciación, su gran Kanij, estaba cumplido. Recordaba aún como el Shoikn, el brujo de su pueblo, había recitado su linaje, y las veces que había tenido él que repetirlo, erguido de pié, mirando de frente hacia el oriente, una y otra vez durante tres lunas seguidas. De la misma forma como fluían ahora de sus labios los antiguos nombres, desde el lejano Chiía Wulwul, fundador de la dinastía por la gracia divina de Kóoch, creador del universo, hasta su padre, el cacique Guetchanoche y su madre Kaüas.
Mientras, en su recuerdo, el Shoikn volvía a hundir la afilada piedra de ceremonia en el cuerpo aún trémulo y caliente del pequeño guanaco que fuera entregado en señal de ofrenda para ahuyentar al maligno Walichu y para que Manikéik tuviera una vida larga y feliz. Catorce lunas habían pasado desde entonces y él había cumplido su misión, caminando las rastrilladas, superando valles y quebradas, siempre en dirección al Este, ayunando la mayor parte del tiempo, y durmiendo apenas algunas horas cada noche, sólo las necesarias para reponer energías hasta la jornada siguiente.

Después de contemplar durante largo rato los infinitos azules que el mar irradiaba para su regocijo, por fin, Manikéik se recostó exhausto entre los duros matorrales que se abrían paso por las áridas grietas del borde de la gran meseta, y arrullado por la melancolía del crepúsculo que abatía al frío sol de mayo detrás de la lejana cordillera, se quedó dormido soñando con su linaje y las viejas leyendas que el Shoikn había recitado para él, y que ahora se confundían con las imágenes de una época muy lejana.
Época en la que no había tierra, ni mar, ni sol, solamente existía la húmeda oscuridad de las tinieblas, en cuya densidad sólo vivía Kóoch, el eterno, indiferente al paso del tiempo, sin pasado ni futuro. Hasta que un día, nadie sabe bien porqué, el gran dios se sintió solo en su absolutismo y comenzó a llorar. Y lloró lágrimas tan infinitas, y durante tanto tiempo, que con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde.

Y así siguió llorando Kóoch, hasta que advirtió que el agua crecía tanto que estaba a punto de cubrirlo todo y entonces, tan de pronto como había comenzado, el viejo dios dejó de llorar y suspiró. Y el suspiro de Kóoch fue tan hondo, que con él se creó el primer viento, que comenzó a soplar constantemente desde las montañas, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar. Así fue que el viento, con su fuerza y su constancia, disipó la niebla y apareció una tenue luz que hasta entonces estuvo escondida dentro de ella, y así Kóoch fue también el inventor de la claridad.

Pero la luz era aún escasa y como Kóoch deseaba contemplar el extraño mundo que lo rodeaba, en medio del agua y envuelto en la semi oscuridad que estaba naciendo, se alejó un poco a través del negro espacio, levantó un brazo y con su gesto cortó un enorme tajo en las tinieblas, originando una chispa de la que nació el sol, Xáleshen, como fue llamado el gran astro. Casi sin pausa, el sol se levantó sobre el mar e iluminó el paisaje magnífico, la inmensa superficie marina ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerse bajo su orla de espuma, batida contra los firmes acantilados donde Manikéik repetía en sueños su linaje.

Después, el sol formó las nubes, que comenzaron a vagar por el cielo, incansables, donde el viento las empujaba a su antojo, algunas veces en forma suave, otras veces en forma violenta haciéndolas chocar entre sí, hasta que se quejaban, abriéndose en truenos retumbantes, amenazando con el castigo de mil relámpagos.

Imaginaba Manikéik a Kóoch como un ser no tan alto como eran ellos, los Tewelches, como se los llamaba en toda la tierra conocida. Lo soñaba como un ser mitad dios y mitad hombre, de cara rechoncha, pelo negro y una larga barba que ocultaba las principales facciones de su rostro antiguo. Se retorcía Manikéik en su duro lecho, mientras la figura del viejo Kóoch se le aparecía cubierto de un extraño traje acorazado de color plateado, formado por un material tan duro y resistente como la roca, que le cubría el cuerpo, los brazos y las piernas. Lo veía calzando largas botas hechas de un cuero muy duro, y con su cabeza protegida por un enorme yelmo que la cubría casi íntegramente, dejando ver, apenas, la honda mirada de sus ojos tristes que surgían de un fondo oscuro y tenebroso.

Gruesas gotas de sudor bañaban la frente de Manikéik mientras veía a la figura de Kóoch, envuelto en su armadura, completando su acto de creación del universo haciendo aparecer los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Mientras, el sol, el viento y las nubes encontraban que toda la obra de dios era tan hermosa, que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar y así, el sol comenzó a iluminar y calentar la tierra, y las nubes dejaron caer la lluvia benefactora y el viento se moderó para dejar crecer los pastos, tal como el viejo Shoikn había recitado durante su Kanij.

Fue en ese instante cuando Manikéik despertó, viendo que el alba disipaba las últimas sombras de la noche, llevándose con ella las imágenes del largo sueño, y recordándole que la vida en la tierra de Kóoch era tan pacífica que podía ya regresar con el orgullo de haber cumplido la meta que lo convertía en un hombre, un verdadero Alenk, para su familia y toda su gente.

La primera sensación que tuvo, ni bien se incorporó, fue la de un hambre voraz e insaciable, producto del ayuno de tantos días de marcha. Así fue que primero pensó en cazar un guanaco, o tal vez algo más pequeño, una mara o hasta incluso algún ratón de campo, pero casi enseguida se corrigió y pensó que si había hecho tanta distancia para llegar hasta el mar, valía la pena buscar algún alimento que pudiera extraer de las azules aguas, por lo que se puso en marcha para descender hasta la orilla.

Pero fue tan sólo girar la vista en dirección a la playa, cuando una imagen desconocida e inquietante lo dejó paralizado. A una cierta distancia, surcando las tranquilas aguas del gran océano, cuatro figuras enormes que parecían flotar sobre el agua, se dirigían en forma casi recta hacia el lugar donde el mismo pretendía llegar. Manikéik conocía las canoas que navegaban los ríos de su comarca, cuando salían en ellas en busca de mejores lugares de caza, o cuando se trasladaban de un lugar a otro en la nómada trashumancia de la tribu. Pero estas oscuras figuras rizadas de enormes estructuras cubiertas de paños que se hinchaban como penachos bien alto por sobre la línea del mar, en nada se parecían a aquellas canoas.

Igual que el puma que puebla la meseta de aquellas inmensidades, Manikéik desconocía el sentido del miedo, por lo que ni bien se hubo repuesto de la primera sorpresa, antes que huir hacia el interior buscando algún tipo de refugio, decidió igualmente descender hacia la playa y esperar que aquellas enormes canoas se acercaran un poco más. El día se presentaba muy frío, clara señal de la cercanía del invierno, por lo que ajustó lo más que pudo el cuero de guanaco que cubría su cuerpo, se calzó hasta las rodillas las grandes botas, también fabricadas del mismo material, y sostuvo con arrogancia la larga lanza ataviada aún con las galas de su Kanij, mientras ceñía a su espalda el arco y una especie de bolsa llena de flechas, listo para defenderse ante cualquier circunstancia.

El descenso del acantilado le llevó apenas algunos minutos, suficientes para que las extrañas naves se hubieran acercado tanto a la orilla, que casi podía ver a aquellos que las poblaban, corriendo de un lado a otro a la par que emitían sonidos guturales y salvajes, completamente indescifrables.

Manikéik presintió que aquella aparición no podía ser otra cosa más que un envío de Kóoch, aún fresca su memoria con los sueños y visiones de esa noche. Entonces, siguiendo costumbres ancestrales que conocía desde siempre, aún desde antes de recitar de memoria su linaje, se quitó sus ropas por completo, y comenzó a cantar y danzar desnudo en la playa, echándose polvo y arena sobre la cabeza.

“Kerpónkeken, Huendáunke, Mapie, Arhjchen...”, elevaba sus plegarias como en un grito, contra las distintas formas que podía adquirir el mal, cualquiera que fuera la maldad que aquellos extraños seres trajeran consigo. 
“Kóoch, Kóoch...”, gritaba elevando sus brazos al cielo pidiéndole protección contra los malignos, mientras todo su cuerpo se estremecía con una furia eléctrica que le subía por las piernas, seguía por su torso y acababa en frenéticas convulsiones de sus brazos.
“Mapie, Mapie...”, gritaba apuntando con su lanza hacia el ser imaginario de la oscuridad de la noche, y del viento desolado de la meseta helada al pié del Chaltén.
“Kóoch, Kóoch...”, repetía suplicando al buen dios.

“Kerpónkeken, Kerpónkeken,...” soltaba a la vez que incrementaba el ritmo frenético de su danza, ahuyentando al monstruo que hiere en la cuna a los recién nacidos y bebe las lágrimas de las madres.

“Huendáunke, Huendáunke...”, arremetía contra el mal que se presenta con su mueca siniestra de animal monstruoso.

En ese instante, mientras corría de un lado a otro, contorneándose en su danza ceremonial, Manikéik alcanzó a ver que de una de aquellas naves, se desprendían algunas canoas, estas sí de un tamaño similar a los del Puelmapu, su tierra. Extraños seres que parecían hombres, repetían voces, gritos y actitudes completamente salvajes, y remaban rítmicamente, conduciendo aquellas canoas en dirección a la playa. Extasiado con la vista que tenía a su frente, y convencido ya de que aquello era un envío de Kóoch como culminación de su Kanij, Manikéik llevó el ritmo de su danza hasta un clímax de adoración y exaltación total para congraciarse con ellos.

Cuando las canoas alcanzaron la línea de la playa, sólo una de ellas enfiló hacia la orilla, encallando a un centenar de metros, mientras el resto aguardaba sigilosamente a cierta distancia. Manikéik pudo apreciar que aquella canoa traía sólo a uno de los hombres-dioses, que ni bien hubo puesto su pie en tierra firme, se arrodilló, clavando en la arena un largo cuchillo que parecía fabricado de una piedra muy brillante, y elevaba uno de sus brazos al cielo, clamando enérgicas invocaciones en su hiriente lengua.

Manikéik contemplaba la escena, maravillado por la asombrosa exactitud con la que había soñado, apenas esa noche, la apariencia y la vestimenta de aquel enviado divino, que luego de orar durante un rato, se levantó y comenzó a caminar hacia él. La extraña vestimenta que lo cubría casi por completo, hecha de una piedra completamente desconocida, brillaba con el reflejo del sol, enviando destellos que Manikéik jamás había visto en su vida. El hombre-dios, de estatura relativamente pequeña, avanzaba hacia él sosteniendo en su mano derecha el largo y afilado cuchillo y en la izquierda un palo alto que sostenía un estandarte descolorido en el que se veía una extraña figura en forma de cruz.

“¡Kóoch, Kóoch...!”, comenzó entonces a gritar Manikéik, arrojando más polvo sobre su cabeza ante la mirada del hombre-dios que por un momento se detuvo vacilante. “¡Kóoch, Kóoch...!”, continuó gritando mientras el dios comenzaba a quitarse sus pesadas ropas y se lanzaba a bailar la misma danza, arrojándose también arena sobre su cabeza, como si imitase todos sus movimientos.

Así, ambos se fueron acercando cada vez más, hasta que finalmente quedaron uno frente al otro, separados apenas por algunos metros, completamente desnudos y cubiertos de arena. Quien hubiera sido testigo de la extraña escena, seguramente se hubiera sorprendido por la gran diferencia de estatura entre Manikéik, alto y fornido, y el enjuto hombre-dios, que presentaba un rostro casi de enfermo y lo miraba abriendo desmesuradamente los ojos, tanto o más sorprendido que él joven iniciado.

Luego de un rato en el que fueron paulatinamente cesando en las evoluciones de la danza, el hombre-dios volvió a arrodillarse, y elevando otra vez su brazo derecho hacia el cielo, dijo con voz solemne, “Venimos con la palabra de nuestro Señor Jesucristo, a tomar posesión de estas tierras y todo lo que sobre ella se encuentra, en nombre de nuestro monarca, el Rey de España”.

Aún que se esforzó por tratar de entender alguna de aquellas palabras, nada comprendió Manikéik de todo aquello que fue dicho en un idioma que le volvió a parecer salvaje y gutural, por lo que se quedó tieso, mostrando al hombre-dios un rostro surcado por una gran curiosidad, ante lo cual el recién llegado volvió a lanzar su invocación, extendiendo nuevamente sus brazos al cielo.
 “¡Kóoch, Kóoch...!”, gritó entonces Manikéik lleno de gozo, entendiendo que el hombre-dios hablaba en nombre del creador eterno.

“Nuestro Señor Jesucristo...”, imploró el hombre-dios y así siguieron los dos durante un rato. Por momentos Manikéik retomaba la danza ritual y volvía a echarse arena sobre la cabeza, mientras el hombre-dios, seguía con la mirada aquellos movimientos, repitiendo a cada tanto las mismas plegarias del comienzo.

Manteniendo siempre una distancia prudencial entre ellos, ambos se fueron acercando a la orilla adonde ya los otros botes descargaban al resto de los hombres-dioses ataviados con las mismas pesadas ropas y corazas y blandiendo cada uno esos enormes cuchillos que tanto despertaban el asombro de Manikéik.

Éste, a su vez, daba vueltas y mas vueltas en torno al grupo, devorando con la vista todo lo que veía, y dándose ánimo para acercarse a tocar aquellas armaduras, y aquellos cuchillos tan filosos, con cierta timidez al principio y con algo de desparpajo luego, mientras oía a los dioses hablar entre sí y reír con un salvajismo que lo sorprendía cada vez más. Ningún sonido de lo que escuchaba le era familiar, aún cuando él había estado muchas veces en presencia de tribus lejanas, que hablaban otras lenguas, como los hombres de las manzanas, o los de la lejana comarca de los grandes fuegos.

“Oblíguenlo a vestirse y vayamos todos hasta aquella pequeña isla, donde el Capitán General nos espera”, dijo uno de los recién llegados. A Manikéik le pareció que el hombre-dios había hablado con voz ciertamente agresiva y las palabras le parecieron aún más estridentes y salvajes que antes, por lo que tomó una posición de prudencia expectante.

Fue entonces que el hombre-dios que había bailado con él comenzó a vestirse, a la vez que le señalaba sus cueros que habían quedado en la parte alta de la playa, y le indicaba que quería que fuera con él. Manikéik comprendió al instante y luego de vestirse rápidamente, subió junto al hombre-dios a la primera de las canoas.

“Alvaro de Toledo”, dijo el dios señalando su pecho.

“Kóoch”, respondió Manikéik apuntando nuevamente hacia el cielo.

“No, Kóoch, no...”, dijo el hombre tomándole suavemente la mano, mientras repetía su nombre y se señalaba otra vez a sí mismo, “Alvaro de Toledo..., yo, Alvaro de Toledo...”.

“Kóoch”, respondió otra vez Manikéik.

“No, Kóoch, no..., Alvaro de Toledo, ¿y tú...?”, insistió el dios tocando suavemente el pecho de Manikéik justo en el momento en que los botes desembarcaban en la orilla de una pequeña isla muy cercana a la playa, donde hacía largo rato esperaban más hombres-dioses descendidos de los navíos.
 “Manikéik...”, respondió entonces el iniciado sonriendo dulcemente, “...Manikéik...”, repitió a la vez que comenzaba a recitar su linaje, henchido de orgullo, repitiendo uno a uno los nombres de todos sus antepasados, desde el primero de todos, el más viejo en la dinastía, hasta el de su padre, agregando ahora al final, el suyo propio.

“¡Pigafetta...!”; llamó de pronto uno de los extranjeros que esperaban en la isla, ataviado con un oscuro traje, finamente decorado con ribetes dorados y portando un ancho sombrero que sostenía una brillante pluma. “Pigafetta, ¿está usted anotando todo lo que estamos viendo...”, insistió un tanto nervioso.

“Ya está todo registrado, señor Capitán General, absolutamente todo. A propósito, ¿ha observado Su Señoría la altura de este salvaje y el tamaño de las huellas que deja en la arena?. ¡Mire Usted el tamaño de esos pies!”

“Lo he visto, si, es un verdadero pata gão”, respondió el Capitán General, recurriendo al idioma portugués, que era su lengua natal. “Así como también su altura extraordinaria, es un verdadero pata grande, un gigante, yo creo que apenas le llegamos a la cintura, pero temo acercarme demasiado”, concluyó.

“He tomado nota de todo, Don Hernando, lo he registrado de mi puño y letra, y he diseñado un croquis también, para que se vea el tamaño de este salvaje”

Manikéik, en tanto, seguía mostrándose maravillado y continuaba haciendo señales alzando sus manos, agradeciendo que el cielo le hubiera enviado aquel hermoso presente. En su alegría, no dejaba de pensar que los dioses estaban con él y que seguramente su vida futura sería dichosa.

“¡Oye Patagón...!”, gritó uno de los hombres que estaba junto al Capitán General y Pigafetta, "¡Ven aquí y baila de nuevo para nosotros...!”

Mientras, el Capitán General ordenaba que uno de sus hombres le entregara a Manikéik un espejo de acero, como señal de ofrenda. El joven iniciado tomó confiado aquella tabla tan extraña, pero cuando vio su rostro reflejado en ella, saltó hacia atrás derribando a varios de los hombres que rodeaban la escena, gritando y pateando furioso.

Tratando de calmarlo, el Capitán General ordenó que le entregaran también unos cascabeles, un peine y unas cuentas de rosario. Manikéik, todavía no del todo repuesto, miró con suma desconfianza aquellos nuevos elementos que le entregaban, pensando que los hombres también podían ser enviados de los dioses malignos, y se apartó un poco más, acurrucándose entre las rocas que cerraban la playa.

“Miren la cara que pone este indio...”, dijo alguien y los hombres-dioses rieron.

“Kerpónkeken, Huendáunke, Mapie, Arhjchen...”, reinició Manikéik sus plegarias, mientras volvía a arrojarse polvo sobre la cabeza.

“Baila, salvaje, baila para nosotros...”, gritaron algunos hombres, riendo

“Kóoch, Kóoch”, repitió Manikéik en sus plegarias y luego de un rato, volvió a sonreír. Lentamente, recobrando algo de confianza, se acercó al espejo y los otros regalos que quedaran esparcidos sobre la arena y, de a poco, pasó sus dedos sobre ellos y soltando una risa breve, los tomó entre sus manos para estudiarlos con enorme curiosidad.

Luego, elevando la vista al cielo, comenzó a recitar, una vez más, su linaje, mientras los hombres lo miraban, atónitos, desde el fondo de sus frías armaduras y el sol de mayo iniciaba su descenso hacia el lejano ocaso.

Autor : Luis Rivero


2 comentarios:

  1. Muy buen relato. Un cambio de registro, muy interesante. :)

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  2. Estimado Luis. Una muy buena puesta en escena de un hecho real, dosificada con las medidas justas de poesía e ingenuidad.
    Muy logrado el relato.
    A mi como a usted me apasionan estos hechos históricos y es por eso que también documenté en mi BlogOPinar una serie llamada "Esos indios malos" donde cuento algunos casos reales y dos cuentos que salieron de allí y que figuran en "Cuentos sin rumbo": "Aldea Global" y "La novena luna de Lauaiakipa".
    Con este Spam publicitario solo quiero expresar que comparto su mismo interés.
    Un abrazo y felicitaciones.

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