25 de marzo de 2011

el comentario 7 comentarios

K-2

Mientras esperaba impaciente en la sala de pre-embarco en Konka, revisaba mentalmente lo poco que había metido en la mochila para este viaje. Todo había salido en forma imprevista y apenas tuve tiempo de planificar nada. Iba a estar en K-2 por dos semanas y sabía que una vez allá iba a ser difícil conseguir ciertas cosas.
No se permitía llevar mucho peso en las lanzaderas hiperbólicas, por eso había metido un máximo de tres prendas de cada tipo, es decir tres pares de medias, tres camisas, tres calzoncillos y así con el resto. Una vez allá me tendría que lavar yo mismo lo que fuera necesitando.
Tenía también mi vieja bolsa de dormir de puro duvet, una almohada inflable, una campera de abrigo y una capa plástica para cubrirse en las noches frías y lluviosas de K-2. No era necesario que llevara botellas de oxígeno líquido, sabía que el campamento en el que iría a pasar esas dos semanas poseía suficiente cantidad para los casos de emergencias, los organizadores estaban obligados por la ley. Aunque sólo ocurría en raras excepciones, se sabía que podían producirse pérdidas de presión de aire súbitas, producto del escaso tamaño de la más pequeña de nuestras lunas y, en esos casos los mágicos botellones eran imprescindibles.
Llevaba también algunos medicamentos, un par de toallas, jabón, algunos cosméticos, comidas deshidratadas, fósforos, una pequeña parrilla plegable y, lo más importante, mi cámara holográfica tridimensional digital de ciento cuarenta mil giga-píxeles. K-2 tenía un tamaño casi insignificante frente a las otras lunas, apenas unos doscientos kilómetros de diámetro, pero por toda su espectacular geografía valía la pena el gasto de poder sacar una buena cantidad de hologramas, con sonido incluido (El gobierno cobraba diez centuresios por cada imagen capturada).
Esta vez el campamento había sido organizado por el centro de estudiantes y yo estaba aprovechando el lugar que esa misma mañana me había pasado Luxher, imposibilitado de viajar por una repentina intoxicación estomacal. La partida de la lanzadera estaba prevista para las ciento veintitrés y media, y yo apenas había tenido tiempo de aceptar, preparar mi mochila y tomar el expreso transcontinental que en un rato me había dejado en el punto de lanzamiento, mientras K-2 aparecía ya asomando en el horizonte por el lado del este.
Es graciosa la órbita que recorre esta luna, una elipse muy aguda, con un perihelio (el punto más cercano) de apenas unos treinta kilómetros, y un afelio (el punto más lejano) que es de varios cientos de miles de kilómetros, es decir, sumamente alejado. Esta órbita extrema obliga a K-2 a pasar tan cerca, que prácticamente atraviesa las capas superiores de nuestra propia atmósfera, lo cual estaba comenzando a ocurrir exactamente en ese momento, mientras yo esperaba el embarque. Por suerte, una compensación entre las fuerzas gravitatorias de los otros diez y nueve satélites que nos acompañan, hace que K-2 pueda pasar tan cerca, sin estrellarse contra el planeta.
Muchos pasajeros aprovechaban estos últimos instantes para comprar cosas en los puestos de ventas, pero yo siempre prefería quedarme a disfrutar el espectáculo de K-2 a medida que penetraba en los niveles superiores de la estratosfera y comenzaba a desplegar ese espectacular show de luces y destellos, producto del choque y la fricción con el aire y las partículas suspendidas en él.
Claro que este cruce transitorio de la pequeña luna sólo duraba por algunas horas, para luego volver a alejarse en el fondo oscuro y profundo del espacio en su jornada de catorce días, seis horas, diecisiete minutos y veinte segundos que le llevaba dar una vuelta completa. Pero por breve que fuera, ese maravilloso juego de luces y colores tenía para mí un atractivo especial, además de saber que gracias a este mecanismo podíamos disfrutar en K-2 de una atmósfera y condiciones de vida completamente iguales a la nuestra.
Es que, cada vez que K-2 rompe el cielo y lo cruza de un extremo a otro del horizonte, va arrastrando consigo un poco de aire, humedad, semillas, polvo y todo lo que queda atrapado dentro de su campo gravitatorio. La acumulación de estos elementos, al cabo de millones de años, permitió que se formase en él, no sólo una atmósfera igual a la nuestra, sino además toda una geografía de valles, bosques, lagos, ríos y sobretodo una abundante variedad de flora y fauna, que la convierten en un lugar ideal para disfrutar de unas buenas vacaciones.
Estaba así contemplando plácidamente a través de los ventanales las mutaciones de color de K-2 que derivaban desde un ocre pálido hacia el rojo y luego un azul cada vez más intensos, cuando oí que por los parlantes llamaban a embarcar el vuelo RT 3456 de Kadosenian Airways. Por fin había llegado mi hora. Siempre disfruté de estos cortos vuelos en las confortables lanzaderas hiperbólicas, que habían permitido masificar comercialmente los viajes a K-2. Cada una de estas naves poseía entre ciento veinte y ciento ochenta asientos, uno de los cuales, el L-23, era precisamente el mío.
Me senté en el mullido fuelle que permitía regular cada uno de sus milímetros cuadrados a fin de lograr el máximo placer posible y busqué con la mirada la imagen del satélite avanzando vigoroso allá en lo alto por encima de nuestras cabezas. Estos vuelos no requerían ningún tipo de traje espacial, ni tubos de oxígeno, ya que la lanzadera en ningún momento sale al espacio exterior. El viaje en sí mismo se hace aprovechando el lapso durante el cual K-2 pasa por dentro de la zona protegida de la atmósfera, lo cual permite que se utilicen cabinas presurizadas, iguales a las de cualquier avión comercial de línea.
Los puertos de despegue, como este en el desierto de Konka, se habían construido con sus pistas de lanzamiento alineadas con la trayectoria del satélite, lo que permitía que las naves, al ser disparadas en la misma dirección de su órbita, rápidamente pudieran seguir el vuelo de K-2 y realizar un curso de aproximación sin requerir maniobras demasiado complejas.
Era notable percibir a través de mi ventanilla el lento pero seguro avance de K-2 mientras se realizaba el conteo para el lanzamiento. La perfecta aislación de la cabina filtraba cualquier ruido proveniente del exterior y hacía aún más placenteros esos instantes finales antes de la partida. La mayoría de los pasajeros disfrutaba de aquel momento, en tanto algunos otros dormitaban o leían alguna revista que tenían a la mano.
La lanzadera por fin fue disparada, y ascendió siguiendo la órbita de K-2, hasta alcanzar una velocidad igual a la del satélite y así poder hacer una aproximación suave. Durante un breve lapso perdí de vista la visión de K-2, en tanto la nave realizaba los ajustes necesarios en su trayectoria, pero después de algunos minutos volví a verla, cada vez más grande y más cerca.
Al rato, el comandante habló al pasaje, explicando que ya estábamos siendo capturados por la atracción gravitatoria de K-2, y la lanzadera había comenzado el acercamiento ajustando la velocidad relativa para igualar la velocidad de rotación de la pequeña luna. Para ese entonces la nave ya había girado ciento ochenta grados sobre su eje longitudinal para quedar en posición de acople, por lo que ahora ya no era la luna, sino nuestro planeta, el que quedaba por encima de nuestras cabezas y podíamos verlo maravilloso y gigantesco en toda su amplitud.
Lógicamente que a medida que la lanzadera trepaba y superaba la distancia que nos separaba de K-2, comenzábamos ya a sentir los efectos de la ingravidez, motivo de hallarnos casi en el límite del espacio exterior y como paso previo a la adaptación del cambio de peso que experimentarían nuestros cuerpos una vez que nos posáramos en la diminuta luna. Ningún cuerpo tiene el mismo peso en un planeta donde la gravedad es de nueve metros por segundo al cuadrado que en la pequeña K-2 donde es de veinte veces menor. Esto transformaba cualquier desplazamiento en el satélite como algo complicado al comienzo (el más pequeño salto implicaba recorrer a veces varias decenas de metros), pero que todos aprenden a controlar rápidamente y se transforma en un juego divertido y gracioso.
Luego, en forma casi imperceptible al comienzo, pero más rápido después, el suelo kadosoniano se fue acercando y levantando a nuestro frente, hasta que la lanzadera se posó sobre él con una suave y elegante maniobra. Casi sin pérdida de tiempo, una suave voz por los altoparlantes dejó oír el tradicional mensaje de bienvenida con el fuerte acento melódico de los nacidos en K-2.
Media hora después, ya montado con mis compañeros en el air-taxi que nos llevaría a nuestro destino, contemplaba el maravilloso paisaje de K-2 y allá por encima el increíble espectáculo que ofrecía nuestro planeta recostado a contraluz delante del maravilloso sol que nos cobija, mientras pensaba si habrá otros mundos en el universo, donde habite gente como nosotros. Quien sabe, me dije a mi  mismo, los científicos comentan que existen millones de galaxias como la nuestra, y que seguramente, en alguna de ellas, la vida debe haberse abierto paso como aquí. Seguro debe ser así, me dije, y olvidándome del asunto, me volví hacia mis amigos que hablaban y reían al compás de una dulce canción.

Autor : Luis Rivero



7 comentarios:

  1. Le damos la bienvenida a un nuevo autor que engalana nuestro colectivo imaginario con su obra. Luis Rivero nos presenta en esta oportunidad un hermoso relato ambientado en otros mundos que desborda imaginación y poesía.
    Esperamos se sienta cómodo entre nosotros y disfrute de su participación en NSE.

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  2. Espectacular relato mi amigo. He viajado con usted por estos raros parajes y le aseguro que me he querido quedar por allá.
    Un abrazo.

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  3. Solido, descriptivo y rico en detalles. Buen trabajo, deja con las ganas de saber más sobre K-2. :)

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  4. Vaya me gusta, eso de experimentar el viaje, a otras lunas...y embarcar..

    es atractivo.

    saludos

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  5. Genial relato, coincido con los demás. Buena narrativa y todavía mejor descripción. Captas la atención del lector y eso es muestra de que sabes muy bien lo que haces. Felicitaciones y espero ver más trabajos tuyos en esta onda...

    Un fuerte abrazo desde Lucus Augusti.

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  6. Hola Luis, excelente relato, ya estoy averiguando si las promociones de LAN o AA incluyen K2. Saludos desde La Tierra. O.Barales

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  7. Si Isaac Asimov levantara la cabeza, le daba un abrazo de los que hacen historia. Un abrazo, en definiva, como lo es su relato.

    Felicidades.

    Mario

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