13 de marzo de 2011

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¿Por qué mi conciencia no me deja tranquila? II


2 ª PARTE

Iban llegando a las Ventas, el erizo que habitaba en su estómago empezó a desperezarse, clavó todas sus púas en la boca del estómago, empezó su gimnasia, arriba abajo, izquierda, derecha. Aguantó un momento la respiración ¡qué dolor! Tenía que relajarse para mitigar el dolor, su estómago quería expulsar el desayuno.

-¿nos vamos a casa?

-¡ya estás! ¡Si estabas a gusto!

-ya no. Me encuentro mal.

-relájate, nena, no puede ser tan malo.

-lo es. ¿Quién me mandaría a mí hacer esta tontería? La próxima vez me callas la boca.

La miró y sonrió acariciando su mejilla.

-voy a tener que besarte cada cinco minutos, va a ser la única manera de que controles tus nervios. No tienes una reacción lógica, sé que no tiene que ser agradable verle, después de lo que has averiguado, tendrías que estar enfadada, o indiferente, hasta sería relativamente normal que quisieras castigarle. Tu forma de reaccionar no tiene sentido, no es mostro es tu padre, para bien o para mal, deberías tener una conversación a solas con él, quizá eso haría que te sintieras mejor.

-ni de coña, no pienso hablar con él, ni con nadie.

-sigues sintiéndote culpable, tenemos que seguir trabajando sobre ello.

-¡qué agobio! Dame un morreo y no se te ocurra separarte de mí en ningún momento.

-¿alguna vez lo hago?

-no, pero me siento mejor diciéndotelo.

-¡cuánta inseguridad!

Estaba recreándose con sus caricias, disfrutando del roce de sus lenguas, que reanimaban su alma y su cuerpo

Alguien golpeaba la ventanilla del coche, Manuel hizo un gesto con la mano, alguna obscenidad, seguro, Separó sus labios de ella.

-tranquila, cariño, todo va a ir bien.

Se agarró a él alargando al máximo ese ratito de intimidad entre ellos, fortaleciéndose con su apoyo.

Salieron del coche.

-¿voy bien así?

-así cómo.

-con esta ropa.

-da igual lo que tú te pongas, no necesitas aparentar lo que ya eres, eres preciosa, por dentro y por fuera, eres lo más bonito que ha pasado por mi vida.

-ah, vale-dijo coqueteando- ya estoy un poco mejor.

Volvieron a unir sus bocas en un apasionado beso.

-¡joder! Cualquier día se la come. Terminar ya, que os estamos esperando.- decía Fermín con voz de desesperación,

Se unieron a las risas generales.

Vio a su padre de espaldas, más bien imaginó que era él, lo único que vio fue una silla mucho más aparatosa que la última vez que le vio, unos cuatro años atrás. Tenía la sensación de que en cualquier momento de daría la vuelta y se asustaría, no tiene sentido, mi padre nunca me ha asustado ni pegado, más bien al contrario. Tengo que seguir buscando información en mi cerebro, no tiene sentido nada de lo que estoy sintiendo.

Se encontró con un anciano, arrugado, consumido, no quedaba nada del hombre al que ella conocía, la miraba con reproche, aunque de su boca casi desdentada saliera una débil sonrisa, los ojos no engañan, si algo tenia gravado en su retina era la vida en los ojos de su progenitor, sus ojos habían sido grandes, muy expresivos, no quedaba nada de ellos, solo una triste mirada llena de reproches. Sus ojos pedían explicaciones, pero no por su ausencia, como hija, no. Se sentía abandonado, siempre se había agarrado a ella como su tabla de salvación, ante la intolerancia de su hermana respecto a la bebida, Marian siempre le daba una vuelta por los bares, intentando emular la época en que él lo hacía por sus propios medios, eso era lo que echaba de menos, no a su hija mediana, no. Era muy posible que esos sentimientos fueran fruto de su mala interpretación, sobre esa mirada, por eso aguantó el tipo y correspondió con una hipócrita sonrisa.

-¡hola aitatxo! ¿Qué tal?- acarició su brazo, con gran esfuerzo. Podía ser una gran farsante si se lo proponía.

-aquí estoy, el médico me ha dicho que beba mucho.

Rió la gracia como ante chiste recién contado, siempre las mismas palabras, las mismas frases, los mismos chistes.

-¿te ha dicho algo sobre qué tipo de bebida?

-no se lo he preguntado, por si acaso.

Lanzó otra sonora carcajada. A comediante, si me lo propongo, no me gana nadie.

-aitatxo, este es Manuel, mi marido.

¿Porque me dará a mí la sensación de que ahora si sonríe sinceramente?

-¿qué tal?- saludó Manuel ofreciéndole su mano.

-aquí estoy sentado, para no cansarme.

Estiró su torpe brazo para coger el vaso de sidra que había sobre la mesa, Manuel le ayudó.

No lo soporto, no sé por qué, pero no puedo. Se terminó la conversación.

Le sentó mal la amabilidad de Manuel para con su padre, se tragó la rabia, no tenía sentido. Nada de lo que sentía tenía sentido, pero no podía evitar sentirse mal. Ya ni haciendo un gran esfuerzo iba a lograr mantener las formas, ya no iba a lograr ni media sonrisa hipócrita .Sintió asco. Se guardo para ella las sensaciones que acudían a su cabeza, si seguía así tendría que irse, aparcaría el asco, no quería volver a olvidarlo, esta vez no lo escondería en su cerebro para ocultarlo.

-Aitatxo, nos vamos a sentar, ya va siendo hora de comer.

Salió disparada hacia la otra esquina de la mesa.

-¿porqué no te sientas a su lado?

-porque no quiero, déjame tranquila.

El erizo empezó a hacer de las suyas, ¡estate quieto! ¡YA! Pienso comer aunque me incordies. Se agarró al brazo de Manuel por si se le ocurría la tontería de no sentarse a su lado, cosa que ya sabía que no sucedería, pero necesitaba asegurarse.

Manuel a su derecha, a su izquierda se sentó Joxetxo, frente a él su hermana mayor, a su frente tenía a su cuñado. Frente a Manuel a su hermana pequeña. Bueno por lo menos estoy rodeada de gente que me cae bien, pero que todo esto pase rapidito, me gustaría irme a casa lo antes posible.

La comida transcurrió entre bromas, risas y burradas, como siempre que estaban por medio Fermín, Nagore y la nueva adquisición para las juergas familiares, como la llamaba Fermín, Haizea. Los más jóvenes habían hecho su grupito, como siempre, pero solo se oía a Nagore o a Haizea, que según se iba caldeando el ambiente las soltaban más gordas, algo debían de ver en ella, pues ninguna de las dos, se metían con ella, debo tener cara de poker.Las dos parejas jóvenes con descendientes, dos preciosas niñas. Hablaban y hablaban ajenos a todos los demás. La otra parte de la familia de Manuel agasajaban a su padre, que debía estar a estas alturas más pasado de vueltas que ni se, prefería ni mirar. No había abierto la boca en toda la comida, de vez en cuando reía por no dar la nota, pero sin ganas. Comió poco, pero bebió más, lo que hizo que sus nervios y mal humor se diluyesen junto al alcohol. Su hermana menor, ya hacía rato que estaba con la risa tonta, también debido a la falta de costumbre de beber alcohol, lo que se solían reír las dos cuando después de dos copas de vino les daba por recordar travesuras de niñas, o más bien comentando sus rarezas, estaba claro que siempre había sido la rara. Todavía recordaba las risas de todos, sobre todo de ella, cuando confesó que de pequeña hablaba con unas señoras que había en la pared del pasillo ¿porqué me acordaré yo ahora de eso? ¡Qué curioso! ¿Y lo de andar sonámbula por casa? Los sustos que le habré dado, y ¿lo de dormir con los ojos medio abiertos? Recuerdo a las señoras de la pared como si las tuviera ahora delante, dejé de verlas el día que mi madre me preguntó que con quien hablaba y se lo conté, me regañó yo creo que un poco asustada por mi convencimiento de que las veía, no las volví a ver.

Recuerdo una cena familiar en que la conversación nos llevo hasta la muerte de mi madre, mi sobrina (la hija mayor de mi hermana menor) confesó que desde que la amona (mi madre) murió, ella sentía que no se había ido, le parecía que seguía en la casa, yo toda seria le pregunté ¿tu también sientes cosas en esa casa verdad? Yo creo que si en ese momento se me ocurre gritar o hacer cualquier cosa, salen todos corriendo. ¿Por qué estaré pensando estas cosas ahora? En fin, vamos a dejarlo. La verdad es que desde que murió mi madre, nunca he podido estar en esa casa yo sola, pero no puedo darle una explicación lógica a mis sensaciones. Lo curioso es que yo hablo con ella, me comunico ahora mejor con ella, que cuando estaba viva. Porque esa casa ya no es nuestra, pero si pudiera iría a ver qué pasa si la llamo, ya no tengo miedo. ¡Ya vale de divagar!, ¡vaya puto día! Y el búho disecado de la entrada, que mi hermana le daba miedo porque yo decía que me seguía con la mirada. Ya vale, Marian, déjalo ya. Y la niña de la casa de al lado, que todos decían que había fallecido, pero yo oía su voz. Es que cuando la pilló la furgoneta yo la llevaba de mi mano.

Aquella noche como tantas otras, que la muerte rondaba cerca, que algún vecino emprendía el viaje hacia la eternidad, mi padre me ponía la radio bajo la almohada, para que mi miedo pasase y pudiera dormir, eso sin saber que aunque todos decían que se habían muerto, yo seguía escuchando sus voces.

Se centró en la conversación de Manuel, con el marido de su hermana ¿Cuándo hemos decido que vamos a comprar un coche? ¡Pero si ya ha elegido el modelo y el color! A mí no me ha dicho nada, ¡tendrá morro! En el momento que se digne pedir mi opinión le diré que no me gusta, solo para fastidiarle un rato, haber que hace.

Apoyó la cabeza en su hombro reclamando atención, él la miró, la sonrió, besó dulcemente su frente y cogió su mano. Cuánto necesitaba ese apoyo, ese saberse querida y aceptada, el no enfadarse con ella, por ese mal humor que a veces la asaltaba. Deseaba sentarse en sus rodillas, escuchar su voz. Como cuando estamos en el bar y él se pone detrás, protegiendo mi espalda, pasándome el brazo por la cintura, y habla, y hablas, y yo escucho su voz, percibo todas sus emociones, cuando habla con algún vecino de cualquier tema, pone el alma en todo lo que hace o dice.

No puedo seguir con esta melancolía, con esta tristeza que me envuelve y no me deja disfrutar de un día, que si no bonito, por lo menos un poco entretenido.

-¿estás bien?

Afirmó con un gesto sonriendo lo mejor que pudo, mirándole a los ojos, intentando transferir sus sentimientos a su cerebro.

-vigila a tu hermana.-dijo guiñándole el ojo.

Centró su atención en su hermana y Josetxo, sin mirarles. Ella, nunca bebía alcohol, pero ese día si, mucha sonrisita veo yo, muuucha tontería, mi hermana normalmente no es así, es muy cabal, yo diría que está coqueteando ¡qué fuerte! Pero mira qué risa más tonta tiene, pero bueno, me la han cambiado. Le vendrá bien despejarse un poco, entre mi padre y ese, voy a ser educada y no voy a definir a mi EXcuñado, le están haciendo la vida imposible, necesita un desahogo, está clarísimo, ya bueno, pero de ahí a hacer el tonto así….

¡Que le está haciendo ojitos! ¡Será posible!

-Mari, déjame tu teléfono que te guardo en la memoria mi número.

Un poco de cotilleo, un descuido ¡vaya! le he dado a la última llamada ¡Qué torpe!

Mientras el teléfono de Josetxo suena, le da unos golpecitos a Manuel con el pie. Esta vez sí se ríe con ganas, ¡qué fuerte! Josetxo los mira a los dos, se queda un momento con la mirada fija en Manuel. En sus ojos se leía claramente ¡cabrones! No podía evitar reírse, miró para otro lado, había que disimular, más vale que ella no se entere de nada. ¡Qué pasada! ¿Cómo puedo yo estar haciendo estas cosas? Lo chungo es que me está gustando.

-La semana que viene, cojo quince días de vacaciones- decía la hermana

-Vente para aquí, si necesitas relajarte es el mejor sitio, tienes mi casa libre, te puedes relajar tanto, que a lo mejor hasta te aburres.

Ahora era Manuel el que le pegaba pataditas.

-¡qué! ¿Qué he dicho?

-que le he ofrecido tu casa a mi hermano mientras encuentra algo.

¡Hay Dios! La que estamos liando, hay que cambiar las apuestas, les estamos alisando el camino, vaya que les hemos puesto hasta la cama ¡qué fuerte!



Autor : Marian Etxezarreta

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