3 de abril de 2011

el comentario 2 comentarios

Necesito un café


Amaneció un día gris, feo, carente de encanto. Negras nubes amenazaban tormenta.

Salió a la calle con una taza de café en la mano, se sentó en una roca.

Su ánimo no tenía nada que ver con el día, estaba de un humor excelente, “pa comerse el mundo”

Le dio un sorbo al café.

-¡qué malo!

Era una maniática con los cafés, prefería no tomarlo, si no estaba como a ella le gustaba. Le gustaba el café cargado de los bares, esos que si te tomas uno más de la cuenta, te come la ansiedad, te obliga a moverte sin parar de aquí para allá. ¡Cuando echaba de menos un buen café!

Antaño, cuando su vida era distinta, se llegaba a tomar unos diez café diarios. Si ahora hiciese eso, su estomago y su cabeza estallarían en mil pedazos, debido a la presión de la ansiedad. ¡Lo que daría en ese momento por tomarse un café en el bar!

Estaba a gusto en la cabaña, pero echaba de menos las comodidades, esas que pertenecían al día a día, las usamos de una manera tan habitual que no nos damos cuenta de lo que dependemos de ellas hasta que nos faltan. ¡Una ducha! Si estuviera en casa, habría puesto la nesspreso y se habría tomado un café saboreando la espumita que queda al final, con ese delicioso sabor en la boca se hubiera metido en la ducha, dejando que el agua cayese por su cuerpo. El baño, con lo incomodo que es tener que salir a la calle a desalojar. Se acordó de cómo la gente solucionaba esos menesteres antiguamente. Su abuela por ejemplo solía tener un orinal debajo de la cama, ¡qué guarrada! Y eso que vivía en un piso, pero ella seguía con la mentalidad y las costumbres del caserío. Yo creo que era un poco gandula y todo lo hacía por no levantarse a media noche al servicio, ¡con lo cómodo que es tirar de la cadena y listo! ¿No le llegaría el olor del orinal? Cuando era pequeña, siempre que iba a su casa miraba debajo de la cama para ver si estaba el orinal. ¡En fin, sin comentarios!

Se acordó de los días pasados en el caserío ¿habrían puesto ya un baño? Era divertidísimo, para hacer las necesidades había un agujero que daba a la cuadra ¡lo que nos habremos reído mi prima y yo! ¡Las judiadas que imaginábamos que se podían hacer! Algunas las hicimos. Les tirábamos papel a las vacas, por aquel agujero, porque claro, no estábamos dispuestas a limpiarnos el trasero con papel de periódico, que eso era lo que se estilaba, decidimos que era mejor no limpiarse ¡qué marranas! Lo peor de todo era que cuando nos deshacíamos de nuestra basura intestinal, bajamos a comprobar si habíamos apuntado bien y le habíamos dado a alguna vaca. No pudo evitar reírse a carcajadas al recordar la escena ¡pero qué guarras! Poro claro ahí no solo había lo nuestro, intentamos adivinar a quien podía corresponder cada tordo que veíamos ¡hace falta ser marranas! ¡Lo que nos habremos reído! Era vernos y empezar a reír, solían decir los mayores “es porque se alegran de verse” si, si.Muy malas no debíamos de ser, nos limitábamos a imaginarnos que hacíamos judiadas, alguna que otra caía, pero pocas, nos divertíamos imaginando. Sabíamos que teníamos que guardar las formas, éramos las del capi, las que íbamos a buenos colegios, pensábamos que eso nos daba derecho a mirar por encima del hombro a los hijos de los primos de mi padre, los pobres casi no sabían hablar castellano, les preguntábamos cosas solo para reinos de ellos ¡qué perversas! Seguro que ahora son arquitectos, abogados, o vete tú a saber. Mientras que nosotras las pajitas del capi, no hemos pasado ninguna de las dos del c.o.u... Una porque le pilló la época en que era más divertido pasearse por la parte vieja, moña perdida, y yo porque me eché novio muy joven, y pensé que tenía que acelerar mi madurez trabajando para irme lo antes posible de casa, entonces no lo tena tan claro, pero las cosas fueron así.

Cuando era niña, los que vivíamos en el capi, lo del euskera, era cosa de viejos o de la gente de los pueblos, eso sin meternos en política, el caso es que el euskera se hablaba en círculos muy reducidos. Por parte de la familia de mi padre, nosotros fuimos la única generación que no hablamos el idioma, los que viene detrás nuestro todos han pasado por la ikastola para recuperar la tradición lingüística familiar.

¡Madre mía! Hasta donde me he ido, todo por esta porquería de café, que ni me lo pienso tomar, he acabado justificando mi falta lingüística familiar.

Más vale que hoy me comporte de una forma lo más normal posible, o terminaré en un psiquiátrico, ¡menos mal que aquí no hay vecinos! ¡Con la que lié ayer! ¡Vaya payasada! ¿Por qué me dará a mí por hacer esas cosas? Me lo pasé genial, me reí hasta dolerme el estómago, acabé muerta de cansancio, me sentía como si tuviera ¿siete u ocho años? Más o menos.

Es agradable pensar que en mi vida a habido algo más que miserias y malos ratos... ¿habré conseguido darle ya la vuelta a todo? ¡Ojalá! En el tiempo que llevo buscando en mi cerebro, las respuestas a mis malestares, lo único que he encontrado han sido malos recuerdos, malos momentos y de repente todo ha cambiado, ahora me cuerdo de cosas que tenia completamente olvidadas, pero que también forman parte de mi niñez. Porque también ha habido momentos fantásticos, en los que me he reído... Lo de ayer creo que fue un poco ridículo, pero me vino bien revivir esos momentos de mi vida, ¿abre abierto otra puerta? Ojalá. Espero que esto sea un paso para adelante. Que así sea.


Autor :  Marian

2 comentarios:

  1. Me gusta. Es un relato intimista que nos acerca a lugares que no conocemos

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  2. Siempre me desorienta Marian, pero eso es lo que me atrapa. Un café , bueno o malo, puede ser el disparador de mil y un recuerdos. Y estos han sido suculentos.
    Cariños.

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