3 de abril de 2011

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Francis


Pronto tomé conciencia de que afuera continuaba lloviendo. Toda la noche había oído el agua cayendo sobre el campamento. “Tal vez la lluvia se transforme en nevisca...”, pensé, mientras me incorporaba sin salirme de la bolsa de dormir. De un vistazo revisé el techo y las paredes de la carpa. No había goteras, pero las costuras se veían bien tensas, por el frío. Los ruidos que venían de afuera, y la colchoneta vacía de Rai a mi lado, eran el desayuno en marcha. En la otra carpa, mis hijos, aún dormían profundamente.

Una hora después, alrededor del fuego junto a Bruno, Paola y Mario, los mayores, el generoso calor del chocolate llegaba despacio, directo al alma. Un pequeño alero, armado por Rai con un par de lonas colgadas de los pinos que nos rodeaban, brindaba un refugio contra el agua que continuaba cayendo mansamente. Los más chicos, Jo y Maribel, se mantenían en sus bolsas, metiendo el primer barullo del día.

Hacia las doce, la temperatura ya había bajado a cinco grados bajo cero y el cielo se mostraba plomizo. La lluvia había cesado, pero el aire presagiaba tormenta de nieve. “Hay nubes muy negras por el oeste”, dijo Rai, “Además anoche se oyó tronar los glaciares... y eso significa que va a nevar”.

La tarde se fue convirtiendo en una leve capa blanca que flotaba entre las carpas primero, para volverse muñeco, bolas de nieve y risas después. Cerca de las cinco, cuando los chicos se resguardaron en las carpas, Rai y yo hicimos una excursión hasta la casa de Warton, el único poblador de este lado del lago Puelo y, por lo tanto, nuestro último vínculo con la civilización en veinte kilómetros a la redonda, en busca de leña y noticias. “Doña Julia, Don Raimundo, esto va a seguir por lo menos tres días más”, dijo ni bien nos vio aparecer por el angosto camino.

Durante los días siguientes, la nieve continuó cayendo, a veces en forma copiosa, otras no tanto. Era raro ver una nevada así para esa época del año, estábamos a principios de abril. Aunque, Warton recordaba otras ocasiones, veinte o treinta años atrás, en las que era común que el invierno se adelantase, así como ahora.

El tiempo se puso lento, cada vez más, a medida que la tormenta continuaba, implacable, y no fue sino hasta el ¡quinto día!, en que finalmente paró. A eso de las siete de la mañana, la claridad que inundaba la carpa, y el profundo silencio que brotaba del fondo del bosque, parecían indicar que el día estaba despejado, y ya no nevaba. Esperé un rato más dentro de la bolsa, y a eso de las ocho decidí levantarme.

Bien abrigada, me alejé de las carpas para observar el panorama, adornado por un manto blanco infinito, interrumpido sólo por el azul profundo del lago y el gris de los farallones rocosos del cordón Esperanza por el Oeste. El frío era intenso, aunque el cielo se mostraba limpio. Mi mirada se perdía entre los bosques recargados de espuma blanca, cuando un relincho al otro lado de los pinos, me sobresaltó. Giré, y al instante distinguí a alguien encendiendo el fogón.

Era Don Segundo, nuestro baqueano, que había bajado desde el puesto de veranada de Fernández, dónde se había refugiado de la tormenta mientras seguía el rastro de un “chancho jabalí”, como se engolosinaba en relatar. Me disculpé por no haberlo visto al salir de la carpa y me senté en uno de los troncos al calor del fuego. Al rato, Segundo, Rai y yo, completábamos la primera rueda de mate de la mañana.

Las charlas con Segundo generalmente eran breves, no era un hombre de muchas palabras, y esta vez no fue diferente. Nos puso al tanto de los desastres que había causado la tormenta allá arriba, donde la nieve casi le impide llegar hasta el Paso y bajar de este lado del Esperanza. La comida le había alcanzado por un tiempo, pero al cuarto día decidió arriesgarse a bajar, aún cuando la tormenta arreciaba, y así había llegado hasta el campamento a orillas del lago.

Nos tranquilizó oír su opinión acerca del buen tiempo que tendríamos los días siguientes, mientras montaba cansinamente y se alejaba hacia el puesto de invernada de Solari. Sin embargo, algo lo detuvo, y dando un amplio círculo con su caballo, volvió a pasar cerca nuestro para comentar, casi al descuido “¿Vio la mancha azul, don Raimundo..., allá arriba del Filo?, si se corren hasta el Pedregoso, desde ahí la van a ver perfecta, justo a la derecha del Paso...”, y se marchó.

Un rato después, Rai y yo, parados en medio del pedrero del río Derrumbe, completamente blanco, contemplábamos perplejos la montaña del Esperanza en su total mudez, y allí, efectivamente muy cerca del Paso, atrayéndonos con su magnífico azul, simplemente Francis, como pronto nos acostumbraríamos a llamarlo.

Yo no sabría explicar cómo era Francis, y tal vez mucho menos describir “que” era. En realidad al comienzo me opuse terminantemente a que nos acercáramos a él y mucho más a que ninguno de nosotros lo tocara, ya que su aspecto era un tanto repulsivo. Nadie podía saber de dónde provenía, lo que me hacía temer las posibles consecuencias que pudieran caer sobre mi familia.

Por un rato estuvimos dando vueltas a su alrededor, observando cualquier detalle que pudiera darnos algún indicio. Francis, en tanto, no se movía, al menos al comienzo se mostraba como lo que parecía ser, algo inanimado cuya única rareza era ser demasiado azul. Hasta que, al cabo de algunos minutos, nos pareció que, de a poco, se estaba moviendo.

Era imposible descubrir en Francis algún tipo de forma definida, ya que no tenía nada que pudiera parecerse a brazos, piernas, cabeza o cualquier otra parte identificable. Por lo tanto, tampoco parecía tener boca, ojos, oídos ni nada por el estilo. Su aspecto era totalmente amorfo, una gran masa gelatinosa que parecía estar latiendo y de la cual esporádicamente se alargaban unos salientes (como seudópodos), que le permitían deslizarse armoniosamente sobre el terreno. Porque, debo decir que, a esa altura, Francis ya comenzaba a demostrarnos cierta habilidad para trasladarse sobre sí mismo. Al comienzo trastabillando torpemente sobre las rocas escarchadas, a veces rodando, otras resbalando sobre la nieve que, a su paso, se llenaba de reflejos azules.

De a poco nos fuimos acercando a él y, a pesar de los temores, en poco tiempo comenzamos a entrar en confianza. No sabíamos por qué, pero de pronto sentimos que Francis no representaba ningún peligro. El siguiente paso, entonces, fue la decisión, adoptada en conjunto, de llevarlo al campamento.

Para bajarlo se usó la mochila grande de Rai, la que por suerte habíamos llevado con nosotros, ya que pensábamos recoger algo de leña al regreso de aquella pequeña salida. La operación fue más sencilla de lo que nos imaginábamos. Al principio nadie se animaba realmente a tocar a Francis, así que estuvimos un rato, viendo de qué manera asirlo, hasta de pronto Rai dijo “... esperen, hagamos esto..., vengan, pongamos la mochila extendida aquí, abierta de este lado..., tal vez él mismo se pase adentro...”

Como si Francis hubiera comprendido, se introdujo por la abertura de la mochila, acomodándose en su interior tan a lo ancho como le permitía el reducido espacio. Incluso hasta pareció que hacía un esfuerzo para encogerse y que no le quedaran partes de su cuerpo colgando fuera. “¡Miren, toquen acá, en el piso...donde estaba apoyado, se siente calentito...!”, exclamó Paola ni bien Rai hubo cargado la mochila al hombro. “No pesa nada”, fue su primer comentario, “... y es verdad, se lo siente calentito... y suave, además”.

En camino al campamento, decidimos pasar por lo de Warton, para mostrarle nuestro hallazgo, pero encontramos que la casa estaba cerrada. “Ahora que me acuerdo, Segundo dijo que vio que el inglés se fue al Desemboque”, dijo Rai, mientras una pequeña borla azul se asomaba, espiando, por detrás de su espalda.

Cuando Francis salió de la mochila de Rai, pronto nos dimos cuenta que había experimentado una gran transformación. Se movía más rápido, se lo notaba más ágil, e incluso las formas que adoptaba eran más variadas. En ese momento nos preguntamos si deberíamos hacerle lugar en alguna de las carpas, si tendría alguna necesidad parecida al sueño, “¿y si ronca...?”, se me ocurrió dudar. Pero no hubo que resolver ninguna de esas dudas. Mientras nosotros hablábamos, Francis se encargó de despejar, por sí solo, un pequeño lugar entre la leña que habíamos acumulado junto a los pinos, desde donde parecía mirarnos con curiosidad. “Bueno, parece que esa será su cucha...”, dijo Bruno.

Así fue con todas las cosas. Nada que nos preguntáramos quedaba sin respuesta. Por la noche, mientras todos comíamos alrededor del fogón, Francis era uno más, sentado entre los chicos, plato en mano (y cuando digo mano, sepan que si Francis la necesitaba, siempre hacía aparecer una), saboreando los fideos con salchicha y esperando, con ansiedad para ver si le tocaba “repe”.

Después de cenar, cuando todos nos recostábamos alrededor del fuego, Francis se acomodaba cerca de Rai, y parecía seguir el ritmo de las canciones que de a poco iban brotando entre el chisporroteo de las brasas. Alguna vez también, aceptó un trago del ron que circulábamos entre Rai, y yo, aunque la bebida no parecía gustarle demasiado, a juzgar por los súbitos cambios de color por los que pasaba en esas ocasiones.

Nunca logramos oír de parte de Francis, nada que se pareciera a una palabra, o un mínimo sonido. No sé si eso se debía a que tal vez era mudo, aunque más bien me inclino a pensar que hablaba en algún tono de frecuencia inaudible para nosotros. Pero esto no fue traba para entendernos con él. Bastaba un gesto, un cambio en su coloración, un seudópodo determinado, una vibración en su piel, para que entendiéramos perfectamente lo que necesitaba.

Francis era, además, muy colaborativo. Siempre estaba echándole una mano a alguien. Cortaba y apilaba la leña, iba hasta el arroyo a buscar agua con alguno de los bidones, encendía el fuego, cocinaba. Lo único que nunca pudimos, fue que ayudara a lavar los platos. (Creo que odiaba el agua, o el jabón, porque nunca lo vimos que se bañara de algún modo).

Cuando salíamos de pesca, Francis era el primero en lanzar el señuelo, y resultaba muy bueno al momento de detectar los lugares con mejor pique. Claro que esto tenía una explicación lógica: A Francis le encantaba el pescado y sobre todo, con manteca y a la parrilla, como lo preparaba Rai.

Pero lo que Francis realmente más disfrutaba, era oír los relatos de Rai y las viejas canciones que cantábamos por la noche alrededor del fogón. Era la hora del crepitar de los troncos, el reflejo en los rostros, la mirada en las luciérnagas encendidas que trepan hacia la oscuridad, la noche helada, Francis se acurrucaba a los pies de Rai, siguiendo con profunda atención las historias del Mocho, nuestro abominable hombre de las nieves que había acompañado a nuestros campamentos, con sus huellas redondas, que impedían saber "si va o viene..."

Cada vez que Rai completaba alguno de aquellos relatos, Francis giraba sobre si mismo pidiendo más cuentos, con algún gesto inconfundible. Entonces Rai volvía a contar la vez en que llegando a la base del Cerro Sólo, habían encontrado la tumba del viejo acampante, o cuando casi congelados después de vadear el río Rucachoroi, encontraron que doscientos metros río abajo existía un puente, o aquella vez en que el viento arrastraba enormes lajas haciéndolas estallar contra el refugio del volcán Lanín, durante la furiosa tormenta que los tuvo completamente aislados por dos días.

Verlo a Francis así, tan compenetrado con aquellos relatos, me hizo pensar en que había alguna especie de amor indescifrable que había surgido entre ellos, y no tengo ya ninguna duda de que aquello que brotaba desde algún lugar muy adentro de Francis eran lágrimas, cuando nos oía cantar "...el viejo acampante, que esta vida nos legó, está con nosotros al cantar esta canción, viene del ayer, recuero que no murió, voz y fuego que el bosque guardó" mientras apagábamos el fuego antes de irnos a dormir.

La mañana del ante último día, desperté sobresaltada. Me pareció que afuera volvía a nevar. Consulté la hora, y vi que eran las seis de la mañana. “Es muy temprano..., todavía es de noche..., mejor sigo durmiendo”, pensé. A eso de las siete, cierta claridad indicaba que el día estaba despejado, y ya no nevaba. Alrededor del campamento reinaba un silencio profundo. Decidí levantarme.

Afuera, la nieve tapaba todo y por un momento no supe cuánto tiempo podría haber estado nevando. Cuando me acerqué al fogón, me extrañó no ver a Francis y que su “cucha” estuviera tapada por un montón de ramas. Lo busqué por todos lados, llamándolo por su nombre, mientras dejaba un surco profundo en la capa de nieve acumulada, sin resultado.

El resto del día lo ocupamos buscando a Francis por todas partes. Los chicos por el lado de la playa, Rai y yo hacia el Pedregoso y los contrafuertes del Esperanza. Pero fue inútil, no pudimos localizar ningún rastro suyo por ninguna parte. Incluso, Rai trepó a caballo hasta la zona del Esperanza donde Francis había aparecido aquella mañana, pero tampoco detectó señal alguna. Mientras le alcanzó la luz del día, Rai recorrió gran parte del filo, mirando incluso hacia el otro lado del Paso, apuntando sus binoculares en todas direcciones, buscando una mínima señal azul. Todo fue en vano. Esa noche nadie cenó en el campamento, y el fogón fue sólo tristeza.

Al día siguiente, antes de nuestra partida, invertimos todavía un último esfuerzo por Francis, mientras tratábamos explicar a Warton, inútilmente, qué o quien era Francis. El inglés miraba consternado a un lado y otro, mientras asentía tímidamente con la cabeza y, por un momento, pareció que realmente nos comprendía. Lamentablemente nuestro botero comenzó a apurarnos, alegando que podía levantarse viento del sudoeste y el cruce se haría difícil, por lo que, con enorme pena, embarcamos nuestras cosas y abandonamos el campamento en dirección a la costa principal del Parque Nacional. Ninguno quería abandonar las esperanzas, por lo que dejamos a Warton encargado de revisar la zona durante los días siguientes, hasta encontrar algún rastro de Francis.

Después, ya de regreso en casa, los días comenzaron a pasar, lentos, sin darnos lugar a abandonar la sensación de pérdida que teníamos. A la distancia, nos reprochábamos por haber estado tan poco con Francis, de no aprovechar mucho más su presencia, saber todo acerca de él. Por las noches, al reunirnos para la cena, nos costaba evadir el silencio y había un único e inevitable tema, pleno de nostalgias. Así transcurrió la primera semana, que luego fueron meses, años. Durante ese lapso, mientras el olvido se llevaba a Francis por un callejón cada vez más estrecho, nuestros hijos terminaron de crecer y nosotros comenzamos a doblar el recodo, caminando cada vez más lento, con mayor sabiduría. Nunca más regresamos a aquellas montañas, aunque por un tiempo pudimos mantener algún contacto con Warton, quien jamás comentó haber encontrado rastros de Francis, ni nosotros nos atrevimos a preguntar. Mas tarde, un día de fuerte lluvia, nos llegó la noticia de la muerte de don Segundo, el viejo baqueano, y algunos años después también, la del propio Warton, última esperanza de contacto con Francis que nos quedaba.

De allí en más, el tiempo se fue perdiendo en un laberinto de décadas hasta llegar un momento en que el recuerdo de Francis fue tan sólo un punto tan lejano, que apenas podíamos distinguirlo del resto.

Durante todo ese tiempo vivimos alegrías y dolores. Pero nada puede compararse con la pérdida de Rai, cuyas cenizas tengo ahora a mi lado, aún tibias, en una cajita de madera de incienso oscuro, con un pequeño crucifijo de metal gris sobre la tapa, observándome desde la profundidad de mis manos que la sostienen temblorosas, mientras el avión sobrevuela el aeropuerto en su suave descenso, y mi mirada se pierde en la línea de montañas que se perfilan hacia el frente, persiguiendo una mancha azul cerca del Paso, en medio del bosque, arriba del Filo, junto a un enorme manchón de nieve.

Autor : Luis Rivero


3 comentarios:

  1. Como siempre un derroche de imaginación y ternura. Un cuento muy azul esperanza y una historia que a muchos nos habría gustado vivir.
    Felicitaciones.

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  2. Gran inspiración la tuya... Hay una creatividad muy bien narrada y llena de sensibilidad que invade a cualquier lector... llevándolo como si de un cuento se tratse -pero sin final- quiero más... quiero más... Opino igual que Opin, Mi más sinceras Felicitaciones. Esto es prosa poesía...

    Un fuerte abrazo...

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  3. Que se puede decir Riverito... una emoción nueva y el mismo placer de siempre al leer tus cuentos. O. Barales

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