11 de abril de 2011

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Las bestias



Muy pocos saben cómo me gustaba ir de visita a la casa de tía Engracia. Ellos tal vez suponían que el miedo que me paralizaba al llegar, no justificaba el esfuerzo de llevarme. También, quizás por eso, no solíamos ir muy seguido, tan sólo dos o tres veces en el año. Sin embargo, a mí me gustaba.

Tía Engracia, que en realidad no era mi tía, sino algo así como una tía abuela segunda por parte de alguno de mis padres, vivía en el bajo, cerca de la estación La Lucila. Era un sitio poblado de árboles bordeando calles silenciosas, donde el pasto crecía entre las grietas de los viejos adoquines de las esquinas. Un barrio de casas bajas y amplios jardines desbordados de malvones, rosales, claveles y enredaderas perfumadas, que al atardecer extendían sus sombras como laberintos donde sonámbulos imaginarios jugaban a la rayuela y al dinenti.

Un lugar al que me encantaba ir de visita, aunque nadie lo supiera y todos creyeran que me llevaban a la fuerza, y en el que uno de los mayores pasatiempos era adivinar el aroma de los escones y tortas que la tía horneaba desde la tarde anterior a la visita, y que luego acompañaban la merienda alrededor de la mesa de caoba del gran comedor. También era un deporte disputarnos con los primos el tarro de Toddy, mientras las madres y la tía apuraban la tarde, detrás del juego de té de loza inglesa, regado con algún suave néctar recién recibido de Ceilán.

Me gustaba ir de visita a la casa de tía Engracia, a pesar de que nadie lo sabía, a pesar de que alguna vez dijeron "mejor que hoy no lo llevamos", a pesar del miedo, a pesar de las bestias.

Porque si había algo en la casa de tía Engracia que provocaba pánico, eran las bestias. De las cuales sólo sabía que eran tres y que pocas veces pude ver de perfil, entrecortado por las sombras. "Esperen que las guardamos", decía tía Engracia cuando llegábamos, y escondido tras la falda de mi madre, veía a alguno de los primos abriendo la puerta de la escalera que llevaba a la terraza y subía seguido por las bestias, que gruñían, soltando una espuma gris detrás de dientes afilados, y saltaban los escalones de a dos o de a tres, y se perdían luego en la negrura, allá arriba.

Sólo entonces, cuando se cerraba con llave la puerta que daba a la escalera, tía Engracia nos recibía con su sonrisa tan española y su perfume mezcla de tortas aún tibias y madreselvas que rodeaban la galería, esparciendo seducciones a medida que entrábamos.

Me gustaba ir a la casa de tía Engracia, y jugar con los primos en el departamento del fondo, donde siempre había nuevos tesoros esperando a ser descubiertos. Las cajas de lata con viejas monedas de países desesperadamente lejanos. Los tomos de las colecciones de estampillas del tío José, a quien no llegué a conocer, las fotos del centenario, las revistas. Ese departamento había estado siempre allí, tía Engracia lo alquilaba de vez en cuando, pero tenía mucha mala suerte con los inquilinos, que le duraban poco y luego de algunos meses, lo dejaban. No se acostumbran a convivir en este barrio, decía la tía, y nos abría la baulera del departamento, de donde manaban cosas nuevas y misteriosas.

Pero por sobretodo, estaban las bestias. Que trataban de horadar el piso de la terraza, rasgando con sus uñas los mosaicos desabridos, buscando construir un túnel por el cual llegar hasta nosotros y devorarnos. Que se gruñían entre ellas, disputándose quién daría la primera dentellada. Que soñaban con plantarse delante nuestro y abrir sus fauces para saciar su apetito de carne fresca.

Me gustaba ir a la casa de tía Engracia para encaramarme al mirador del departamento del fondo y mirar desde allí lo poco que se podía imaginar de la terraza. Para preguntarme cómo podía ser que los primos, alguno de los cuales eran más chicos que yo, podían vivir junto a aquellas bestias, e incluso darles ordenes y conducirlas hasta allá arriba, sin que les hicieran daño, logrando, además, que les obedezcan. ¿Porqué ellos habían adquirido ese derecho y yo tenía que entrar agazapado? ¿Porqué había partes de la casa a las cuales tenían acceso las bestias y el resto de la familia y yo no?.

Y sin embargo, me gustaba tanto ir lo de tía Engracia que, después de cada visita, sólo podía pensar en la próxima.

Así fue que los años pasaron, entre escones y escondidas en el departamento del fondo. Entre otoños y primaveras, las mejores épocas para ir de visita a casa de tía Engracia. Entre pilas de fotos de los veraneos en Mar de Ajó y los collares de caracolas que armaban las primas. Entre libros que se apilaban en destartaladas bibliotecas y extraños cuadros que la tía guardaba en ese departamento. Entre fríos y calores que se hacían cada vez más intensos a medida que las primas crecían. Entre mis miradas furtivas en dirección a la terraza, estudiando las sombras que se agitaban y gruñían detrás de sus muros, esperando alguna revelación.

Hasta que en una de aquellas visitas, hubo una oportunidad que no había imaginado. Algo que surgió de pronto, inesperado, sin aviso. Fue cuando nos enteramos, al llegar a casa de tía Engracia, que ese día los primos no estaban, por algún motivo que ya no recuerdo. Fue la única vez que la tía Engracia en persona se encargó de encerrar a las bestias en la terraza, antes de hacernos pasar. Fue la única vez que no tuve con quien jugar y debí buscar la forma de entretenerme solo, en el departamento del fondo. Fue la única vez que tuve la casa de tía Engracia toda para mi.

La tarde se hizo eterna, sin encontrar algo que me atrapara de verdad. Tan sólo el recurso de escudriñar desde el mirador lograba darme algo en que concentrarme. Espiar la terraza a lo lejos, adivinar los saltos que daban las bestias. Jugar con el pequeño catalejo que habíamos armado con el juego de física de uno de los primos, hurgando a la distancia cada uno de los rincones que podían divisarse desde allá arriba. El patio lleno de plantas, los enanos de jardín esparcidos en los canteros, las hojas de la parra, la escalera, la llave que tía Engracia olvidó puesta en la puerta que llevaba a la terraza...

Nunca en mi vida había sentido una exaltación como la de ese momento. La llave negra, grande, medio oxidada, estaba allí, encajada en la cerradura, y a cada segundo se transformaba, más y más, en un poderoso imán que me atraía con una seducción imposible de evitar.

Ninguna voz interior me hablaba de peligro. No hubo, ni por un momento, un atisbo de reflexión. Desaparecieron de pronto todos los miedos, y sólo un sonido tintineaba en mis oídos, pensando en que si los primos podían, yo también debería poder. Ellos abrían aquella puerta, subían y bajaban de la terraza cuantas veces quisieran, y hasta se jactaban de cómo acariciaban a las bestias y las alimentaban de su propia mano. Así que a los pocos segundos atravesé el patio y entré en la cocina buscando las galletas que solían arrojarles como postre después de los sangrientos festines de carne y sobras con que se atracaban diariamente. Me costó llegar hasta el estante de arriba y, decidido a todo, opté por llevar la lata entera. Al menos tendría para darles suficiente alimento.

Nadie me vio entrar ni salir de la cocina y dirigirme luego, resuelto, a la entrada de la escalera. Miré fijamente la llave por un instante y, sin dudar la hice girar, empujando la pesada puerta que se deslizó suave, sin un quejido. Delante mío, se erguía una hilera de veinte escalones, cruzados de raspones y restos no identificables de comida, ramas, hojas y excrementos, bordeada de paredes despintadas y marcadas de grietas y arañazos.

En la parte superior, la escalera doblaba hacia la izquierda después de un pequeño descanso. Más allá, un murmullo apagado, dominaba las alturas. Un ligero resquemor cruzó mis ojos. Por un momento recordé el terror, las llamadas telefónicas avisando que "vamos con Pablito", las advertencias de los primos, el sudor frío de mis manos cada vez que entraba a la casa. Pero el desafío era enorme, inevitable, así que avancé.

Los primeros escalones los hice en silencio, casi en puntas de pié, pero al cabo del cuarto o quinto, mi paso se hizo más firme. Llevaba la lata de las galletas debajo de mi brazo derecho, mientras me ayudaba con el izquierdo tomándome del pasamano de hierro que llevaba cada vez más arriba. Al llegar unos peldaños antes del descanso, casi sin darme cuenta, empecé a llamar a las bestias por sus nombres, largamente aprendidos de memoria.

"Furia", sabía que era la más grande y feroz. "Jack", era la (o tal vez “el”) más inteligente, aunque no tenía claro cual era su tamaño. "Brava", por último, sabía que era pequeña, aunque también tenía fama de sanguinaria. Yo subía, haciendo vibrar sus nombres en la punta de la lengua, primero en voz baja, luego cada vez más alto, provocando un revuelo creciente después del recodo, al que arribé en pocos segundos. Me detuve por una eternidad, y al fin, decidido a todo, di la vuelta y trepando los cuatro escalones que restaban, llegué arriba, sin dejar de llamar a las bestias, casi como en un rezo.

Sus ojos de acero me miraban desde distintos ángulos, mientras podía distinguir un gruñido que brotaba a través de sus gargantas, envueltos en el latido de lomos erizados y patas que se ponían ágilmente en movimiento. Las bestias se retorcían y giraban alrededor mío, formando un círculo cada vez más estrecho, con sus cabezas gachas y la mirada hurgando a la distancia buscando cual sería el flanco más apto para atacarme.

Yo también giraba, un poco más lentamente que ellas, mirando a una y luego a otra, hasta que, sin saber porqué, me senté en el piso, poniendo la lata de galletas entre mis piernas, girando la tapa con la mayor calma posible, como ignorando la amenaza cercana. Una de las bestias, Furia, detuvo su ronda mientras elevaba su trompa y venteaba el aire, expandiendo y contrayendo los agujeros de su hocico. Las otras dos, casi al mismo tiempo, también se detuvieron, y hasta me pareció oír un pequeño gemido que provenía de alguna de ellas.

En ese momento yo decidí no mirar a ninguna, no quería demostrarles temor, sólo pretendía fingir total indiferencia. Así transcurrió un rato, durante el cual las bestias dejaron de aproximarse en forma amenazante, cambiando su actitud por una mirada más curiosa. Por fin, me decidí a llamarlas nuevamente a cada una por su nombre, a la par que les ofrecía las galletas que brotaban de la caja.

Brava fue la primera en acercarse a buscar la suya, que por precaución deposité en el piso de mosaicos, delante de ella, y que devoró en un segundo. Casi de inmediato, Furia y Jack se acercaron moviendo sus colas, repitiéndose la ceremonia, muy lento al principio, más rápido después.

Las galletas les encantaban de tal forma que en pocos instantes tuve que pararme para defender la lata que querían arrebatar de mis manos. Una vez que estuve de pié, comprobé que en realidad las bestias no eran tan grandes como imaginaba. Brava era verdaderamente pequeña y muy peluda. Jack era un poco más grande, pero de piel lisa. Furia era por cierto la más grande, aunque apenas me llegaba un poco por debajo de la cintura. Tenía pelo, menos tupido que Brava.

Por un rato me dediqué a recorrer la terraza, que era pequeña y estaba cubierta con una parte del parral que trepaba desde el jardín lateral, formando un techo casi perfecto, mientras las bestias saltaban alrededor mío en busca de más galletas. Las paredes eran altas, razón por la cual era imposible ver nada desde el exterior, ni siquiera desde la calle, lo que conformaba un mundo aislado, el misterioso mundo de las bestias.

Tanto les gustaban las galletas, que engullían una tras otras casi sin morder. Entonces me llamó la atención que mientras comían, brotaba de sus bocas una baba sanguinolenta que les escurría por el costado. Primero pensé que la sangre provendría de las mismas bestias, tal vez las galletas eran demasiado duras, entonces decidí probar una. No eran duras y tenían un sabor desagradable, pero lo peor fue advertir que soltaban como una especie de jugo espeso que manchó mis dedos con el mismo color sanguinolento que manaba de sus bocas. Pensé que estarían hechas de carne y de sólo pensar en eso, hizo que arrojara los restos a las bestias, sin poder evitar un gesto de repugnancia.

Rato después, cuando las galletas se acabaron, temí que volvieran a la actitud agresiva del comienzo, pero al cabo de un instante de vacilación, y cuando puse la lata vacía en el suelo para que husmearan y se convencieran de que no había más, se conformaron y continuaron dando saltos a mi alrededor, en una especie de juego que pronto me pareció muy divertido. Yo seguía llamándolas a cada una por su nombre, sin dejar de asombrarme cómo rápidamente entendían y obedecían mis palabras. Tan sólo era indicarles, “Brava, acá...”, “Furia, sentada...”, “Jack, quieto ahí...”, y ellas cumplían sin dudar, como si nos conociéramos de toda la vida. Me parecía increíble que fueran tan inteligentes. Será por las galletas de carne, pensé.

Después de jugar un rato, y temiendo que alguien me descubriese, decidí bajar. Ordené a las bestias que se sentaran, bajé en silencio y volví a cerrar la puerta, dejando la llave en su lugar, tal como la encontré. El resto de la tarde se me pasó volando, encaramado al mirador del departamento del fondo, imaginando a mis bestias echadas en los mosaicos de la terraza, ahítas de comer galletas y de retozar a mi alrededor como si fueran mascotas mimadas. Tal vez incluso me tuvieran en sus pensamientos, pensé, así como ellas estaban en ese momento en el mío. En un momento alcancé a oír a la tía preguntando cómo era posible que se hubieran acabado las galletas de las bestias, y que no sabía cuando podría volver a preparar más. Pero nada de eso me preocupó, yo estaba feliz.

Nadie supo nunca de aquel encuentro, y en las sucesivas visitas se mantuvo la tradición de encerrar a las bestias en la terraza. No sé porque tomé la decisión de ocultarlo, pero me parecía que mantener el secreto le agregaba a la visita una emoción distinta. Yo atravesaba el patio en dirección al departamento del fondo oyendo cómo ellas me seguían con el olfato, desde la altura, o bajaban las escaleras y gemían para sus adentros, arañando desde el otro lado de la puerta. Cada vez que podía, yo robaba galletas de la lata, una vez repuesto su contenido, que después les arrojaba desde el mirador, surcando el espacio que me separaba de la terraza. Me divertía imaginarlas engullendo y lamiendo el jugo que manchaba de sangre los mosaicos, sentadas en hilera esperando las galletas.

Me gustaba ir a la casa de tía Engracia, por cierto. Aunque, con el correr del tiempo, las visitas se fueron espaciando hasta que, ya entrado en la adolescencia, un día decidí dejar de ir. Me pareció que ya no era importante participar de la acostumbrada visita, me bastaba con mantener aquel secreto.

Un secreto que las bestias (de donde quiera que hubieran venido) y yo, juramos no revelar jamás.

Autor : Luis Rivero

3 comentarios:

  1. Como siempre muy ameno y bien estructurado. La única pregunta que me queda es: ¿dónde puedo comprar de esas galletas?
    Gracias por el cuento.

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  2. Este texto me hace pensar en todas las terrazas que tengo sin recorrer, aún contando con en el truco de las galletas. O. Barales

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  3. Liliana A (el hacha en el ropero)30 de abril de 2011, 1:49

    Interesante y ameno. Me gustó.
    Todos (o casi) dejamos alguna terraza misteriosa en nuestra niñez, que adquiere - aún más - magia con los años...
    Me quedé pensando en los ingredientes de las galletas...

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