1 de mayo de 2011

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El Desierto de los Tártaros


De vez en cuando, Anselmo se acordaba de una vieja fantasía. Era una historia tonta, algo que tal vez le había quedado de la imaginación infantil que lo acompañó hasta bien entrado en la madurez. En aquellos años, antes de los veinte, solía imaginarse que podían ocurrirle cosas raras, pequeños desenlaces cuya probabilidad de existencia era desmesuradamente baja. Pero para él, eran cosas posibles, Anselmo tenía esa forma de ser. Eran como pequeñas alucinaciones, inventos de su rica fantasía alimentada por los libros de Emilio Salgari, Jack London, Edgar Alan Poe y otros escritores que, por entonces, poblaban el estante arriba de su cama juvenil.

Para Anselmo no importaba mucho si en la historia se cruzaba con un extraterrestre, Yañez el amigo de Sandokán o se trababa en lucha con un enorme oso pardo al pié del Yosemite. Para él todas las fantasías eran válidas e, indudablemente, hasta disfrutaba la dosis de miedo que algunas de ellas le provocaban, en caso de que se convirtieran en realidad.

Pero hubo sólo una rareza de aquellas alucinaciones, que logró sobrevivir la entrada de Anselmo en el período de la adultez, ya con cierta responsabilidad, y era esa la historia de la cual, de vez en cuando, él se acordaba. El invento era tan loco como el resto, se trataba simplemente de ser atacado por un león que saltaba la cerca de su jardín en cualquier noche de invierno. Pero en este caso había algo que le rondaba a Anselmo, una sensación de que, de todos aquellos cuentos, éste era el único que sonaba verdadero. Esto sí me puede suceder, pensaba cada vez que lo recordaba.

Nunca supo muy bien de donde había surgido la idea, en realidad de niño había leído muchas novelas con historias sobre leones y otros animales salvajes. Quizás le había quedado la imagen de un libro que había leído muchas veces en su niñez. Se llamaba Tartarín de Tarascón y la tapa tenía un dibujo con el personaje principal, Tartarín, perseguido por un feroz león africano. No lo sabía muy bien, si fue por eso, pero el asunto es que, de todas sus viejas fantasías, ésta era la única que le volvía, de vez en cuando, a su memoria.

No es que Anselmo haya vivido agobiado por este recuerdo, de ningún modo. Al menos, a sus setenta años, y habiendo disfrutado plenamente de todas las etapas de su vida, la creación de una familia, sus hijos, sus nietos y ahora el retiro a una vida reposada, no se puede decir que aquella imagen del león atacándolo en una noche cualquiera lo tuviera terriblemente angustiado.

Sólo era un rapto fugaz, una centella que pasaba frente a sus ojos, de vez en cuando, un recuerdo de algo que nunca le había ocurrido pero que, él lo sabía, le podía ocurrir.

Como había pasado una vez, según la noticia que leyó en los diarios. Una noche, en los suburbios, había sido allá por la zona norte, en Benavídez tal vez, no lo recordaba muy bien, fue en la década del setenta, un viejo y famélico león, escapado de un circo de mala muerte, se metió en el gallinero de una casa-quinta en busca de comida. Alertado por el ruido de sus gallinas, el dueño de casa salió a investigar, y grande fue su sorpresa al encontrarse frente a aquel bicho que, sin darle tiempo a defensa alguna, lo mató de un solo zarpazo. El león aquel estaba tan débil, que ni siquiera pudo comerse al hombre, y a la policía no le fue difícil arrinconarlo y matarlo de varios fusilazos. Pero el pobre quintero estaba liquidado, cortado en el pecho, de derecha a izquierda, por un profundo surco de cinco sanguinolentas líneas, bien paralelas.

Tal vez por eso, porque ya una vez había sucedido en la vida real, o porque su fantasía infantil estaba, vaya a saber uno, muy arraigada, a Anselmo, de vez en cuando, le daba por mirar por encima del hombro cuando salía a regar el jardín del fondo de su casa, fuera invierno o verano, estuviera sólo o acompañado. Era, digamos, algo así como un tic que le venía muy de vez en cuando, pero que estaba siempre presente.

Hasta noche, cuando estuvo esperando bien tarde a que se cumpliera el pronóstico de lluvia y evitarse así salir a regar el jardín y, por último, viendo que el cielo estaba estrellado como nunca, finalmente decidió a cumplir una vez más la rutina de conectar la manguera y abrir el grifo para que los aspersores comenzaran a esparcir el agua en finas gotas por el pequeño parque. Se podrá decir que tal vez Anselmo estaba disgustado por tener que hacer aquello tan tarde, o que cualquiera puede tener un momento de distracción. Pero anoche, por primera vez en mucho tiempo, Anselmo, no tuvo ni un atisbo de recordar su vieja historia.

En cambio, sí se acordó de un film donde trabajaba Vittorio Gassman, se llamaba El Desierto de Los Tártaros. La película había sido muy buena, ganadora de varios premios, y relataba la historia de un pequeño destacamento francés apostado en una fortaleza en el confín de un desierto insondable, cerca del Mar Caspio, algo así como un bastión alejado de toda civilización, defendiendo la frontera del ataque inminente de los tártaros que arrasarían a la Humanidad con su salvaje violencia. La película transcurre entre alucinaciones de los soldados que, a cada momento, ven visiones y espejismos de hordas asesinas que nunca llegan, hasta que hacia el final, y cuando ya nadie se lo espera, el ataque realmente se produce y casi todos son masacrados.

¡Que curioso!, pensó Anselmo, el Desierto de los Tártaros, eso me hace recordar que quizás de por esas tierras era aquel personaje de Tartarín de Tarascón, je je, que curioso, volvió a pensar mientras regulaba, absorto, la presión de la salida del agua.

El primer zarpazo, casi no lo sintió. La estocada fue, podría decirse, quirúrgica, y Anselmo sólo la notó al ver el chorro de sangre tiñendo el agua que brotaba del aspersor más cercano. La sangre era, suya, de eso no podía tener dudas, pero al no sentir dolor alguno, no tuvo forma de reaccionar.

El segundo zarpazo lo arrojó con fuerza, ya partido en dos, contra el tronco del cerezo que adornaba uno de los canteros laterales del jardín. En ese último instante, con el alma aterrorizada, Anselmo consiguió girar un poco su cuerpo para mirar hacia el lado de donde provenía el ataque. La vista se le nublaba rápidamente y entre la penumbra de la noche sólo conseguía ver una enorme masa que saltaba sobre él, rugiendo. Sin atinar ya a nada, lo último que Anselmo vio fue la enorme cabeza del león mostrando sus fauces desmesuradamente abiertas, y una garra enorme, firme y criminal, cayendo sobre su cuerpo, aplastando el postrer aliento que aún le quedaba.

El animal, con un cuerpo esbelto y una cabellera hermosamente dorada, rugió con toda su potencia, y arrastrando su presa hasta el borde de la piscina, se recostó sobre el césped húmedo, oliendo el aire a un lado y al otro. Su corazón aún latía con fuerza y se lo veía inquieto, mirando hacia todas partes, hasta que poco a poco se fue serenando y se calmó. Alrededor suyo, los aspersores inundaban la serenidad de la noche con una llovizna fina y agradable. En el firmamento, las estrellas anunciaban que el siguiente día sería espléndido.

Autor : Luis Rivero

1 comentario:

  1. Nadie escapa a su propio destino, lo bueno es que te alcance después de ,al menos, los setenta años y tal cual como lo has imaginado. Estar alerta como en la película no solo nos hace perder el tiempo, sino que también, nos quita la sorpresa del final ;)
    Un interesante relato Luis. Como siempre muy profesional.
    Un abrazo

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