14 de mayo de 2011

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La señorita Celia


Desde el primer momento en que la vi, la señorita Celia me resultó una persona muy educada, de finos modales y poseída de una extraordinaria cultura. Su departamento de la calle Arenales era una muestra de su refinado estilo y buen gusto. Pero por sobre todas las cosas, el lugar deslumbraba por su limpieza y sobriedad. Se notaba que era una persona que solía cuidar del más mínimo detalle, tal vez por eso, al despedirme ese día, me llamó la atención algo que no encajaba con la armonía del resto. Allí en un rincón y casi oculto en la penumbra, justo al lado de la puerta, descansaba un viejo paraguas de hombre, cubierto de una espesa capa de polvo. Sin saber si había podido disimular mi asombro al descubrir esa inquietante presencia, me despedí de ella hasta mi próxima visita, quedándome con una cierta curiosidad.

Este primer encuentro había ocurrido al comienzo de los años noventa, cuando yo trabajaba como agente asesora de seguros, y había ido a visitarla en respuesta a una consulta suya. Su voz al otro lado del teléfono había sonado suave y simple. Ella se esmeró en presentarse adecuadamente, explicándome el motivo de su llamada, y luego de conversar por un rato, concertamos una entrevista para el martes siguiente, a las cuatro y media de la tarde.

El día del encuentro, ella me estaba esperando con una amplia sonrisa, junto a la puerta de su departamento. Su saludo fue muy cortés, haciéndome pasar de inmediato a un gran vestíbulo pintado de un esponjoso color otoñal. A derecha e izquierda, algunos viejos retratos nos observaban con una lejana curiosidad. De un lado, dos pequeños silloncitos tapizados en pana azul se hacían compañía con una pequeña mesa de largas patas sobre la que descansaba una figura de Mozart tallada en una piedra muy oscura. El piso estaba alfombrado con una fina moquete que no reflejaba el estío del tiempo, protegida por un fino camino de alfombra oriental.

De allí pasamos a una gran sala muy luminosa, en la que se destacaban un sofá y dos grandes sillones también en pana azul, un enorme escritorio en madera de caoba, dos o tres taburetes, algunas sillas, y al fondo, contra uno de los ventanales, un piano de cola con su tapa abierta y algunas notas todavía flotando en la fina atmósfera que se respiraba en derredor.

La señorita Celia estaba muy elegante, vestida con una pollera liviana de color claro, una blusa de seda en un tono algo mas fuerte, sobre la cual llevaba un delicado suéter de hilo blanco. No tenía casi adornos, aunque su cuello y sus manos parecían acostumbrados a portarlos. Su mirada era dulce, pero firme, y su voz era aún más musical que como la había sentido al teléfono. Desde el fondo de sus años lucía hermosa, y sus rasgos se asemejaban a los de uno de los retratos que había visto al pasar.

Ni bien entramos me invitó a sentarme en uno de los sillones, mientras ella ocupaba un taburete frente a mí. Durante la entrevista, me explicó que tenía intención de asegurar el departamento y los bienes que poseía, últimos eslabones de una pequeña fortuna que había heredado de su padre. Por su forma de hablar, siempre cuidadosa, no pude evitar que me atrapara el breve relato que hizo sobre su vida

Había nacido en 1920, hija de un hacendado dueño de varios campos en la provincia de Buenos Aires. Su abuelo fue uno de los militares que acompañó al General Roca en la campaña del desierto, de quien recibió a su vez las propiedades, como parte del reparto de tierras que usurpaban a los indios. Su madre había sido educada en Francia y pertenecía al grupo de damas de la Sociedad de Beneficencia que gastaban sus tardes en tediosos juegos de canasta o bridge para repartir luego lo recaudado entre algunas parroquias de la ciudad.

Un tiempo antes de nacer, sus padres se habían mudado a uno de los palacios de la Avenida Alvear en la Recoleta, desde donde se podían ver las barrancas que se alejaban hasta el río cercano, y donde por las tardes salía a caminar acompañada por alguna de las mucamas. Si bien su educación fue tradicional y conservadora, su padre se entusiasmaba por los avances de la “modernidad”, como le gustaba decir, y al cumplir ella los dieciocho años, le regaló un departamento en el edificio Kavanagh, primer rascacielos que se construyó en Buenos Aires, donde tenía absolutamente de todo, hasta teléfono y aire acondicionado. Un tiempo después, justo cuando estaba a punto de ir a estudiar a Francia, estalló la segunda guerra mundial, por lo que debió conformarse con ingresar en la Universidad de Buenos Aires. De allí egresó a los veintiséis años, en 1946, como licenciada en Letras.

Dos años mas tarde murió su padre, en un accidente de automóvil mientras viajaba de recorrida por sus campos, y pocos meses después, desconsolada por esa tragedia, su madre cayó en una irreversible locura, de la que no salió hasta su muerte ocurrida veinte años mas tarde. Desaparecido su padre, e imposibilitada su madre de cualquier actividad, la señorita Celia quedó a cargo de las propiedades, las que si bien supo administrar bastante bien, debió ir consumiendo tanto para su propio sostén, como para afrontar los gastos que demandaba la internación y los sucesivos tratamientos y cuidados que requería la delicada condición de su madre.

Así que ahora ella necesitaba sentirse mas segura con lo que le quedaba, y por eso quería asegurar aquella propiedad, y lo que había en ella. Le expliqué los seguros que podía ofrecerle, y acordamos que yo regresaría unos días después con algunos presupuestos para que pudiera elegir el de su mejor conveniencia.

Terminado el encuentro me guió afectuosamente hacia la salida, y fue en ese instante que advertí la presencia de aquel extraño paraguas erguido en el rincón del vestíbulo. Debajo de la gruesa pátina que lo cubría, la tela, muy fina, parecía haber sido de color negro. Su mango era de madera y tenía tallada la figura de algún animal que no pude reconocer. Ver aquel paraguas tan viejo, abandonado en aquel lugar tan elegante, me pareció extraño pero, como dije, traté de desentenderme, y me fui.

El segundo encuentro fue el viernes de esa misma semana, otra vez a las cuatro y media de la tarde. Al entrar, no pude evitar desviar mi mirada hacia el intrigante paraguas que con su capa de polvo eterno, seguía allí estático en las mismas coordenadas de espacio y tiempo donde alguien lo dejara por última vez. Por suerte ella no advirtió mi curiosidad, o más bien la pasó por alto, y tan gentil como siempre, me invitó a pasar a la sala.

Esta reunión también fue muy placentera y la conversación giró sobre diversos temas. Charlamos por un largo rato, mientras yo le enseñaba los presupuestos que había preparado, hasta que decidió elegir uno de ellos. Me firmó algunos documentos y el cheque por el pago de la prima, y me fui indicándole que regresaría a la semana siguiente para entregarle la póliza. Sintiendo que tal vez podría llegar a molestarle mi curiosidad, esta vez salí sin siquiera mirar hacia el rincón donde, yo lo sabía muy bien, el viejo paraguas acaparaba toda mi imaginación.

Cuando le acerqué la póliza del seguro contratado, el día de mi tercer visita, yo sabía que sería un encuentro de apenas unos minutos, lo suficiente como para entregarle los papeles. Yo pensaba que ya no habría una nueva oportunidad para repetir esas charlas con ella que tanto me habían cautivado las dos veces anteriores, así que cuando subía por el ascensor, llevaba una sensación de vacío, una especie de pérdida anticipada, que me molestaba un poco. Grande fue mi sorpresa cuando al pasar a la sala, vi que en esta oportunidad la señorita Celia tenía preparado sobre una pequeña mesita junto a los sillones donde nos sentábamos, un completo servicio de té, al cual me invitó con una cálida sonrisa, y que yo acepté con un cierto alivio de mi espíritu.

La tertulia fue tan sabrosa como los scones y bizcochitos que intercalábamos entre abundantes tazas de té, que ella preparaba en una tetera de cerámica muy antigua. El tiempo pareció no existir, y la charla flotó entre comentarios sobre música, libros, películas famosas que cada una había disfrutado por su cuenta, viajes, lugares insólitos donde ella aseguraba haber estado, y hasta sobre tenis, deporte en el que parecía haberse destacado en su juventud.

Terminado nuestro encuentro, ya pasadas las siete de la tarde, me despedí agradeciendo su gentileza, sintiendo de nuevo ese vacío de quizás ya no volver a verla. Fue así que cuando nos estábamos saludando en el vestíbulo, le pregunté casi sin pensarlo, si podría venir a visitarla alguna vez, para conversar como lo habíamos estado haciendo esa tarde. Yo la miraba a los ojos esperando ansiosa su respuesta, sintiéndome complacida cuando ella aceptó, no sin cierta ternura, y me propuso que yo volviera el miércoles siguiente, siempre a las cuatro y media de la tarde.

Así que ese no fue más que el comienzo de una larga relación entre las dos. Nos reuníamos semana a semana, todos los miércoles, puntualmente a la misma hora. La señorita Celia me esperaba siempre apuesta en su serena intimidad, la mesita del té plena de sabores y olores, y su corazón abierto a la charla.

Algunas veces ella se sentaba al piano, de cuyas maderas y cuerdas bien afinadas hacía brotar los “Cuadros para una exposición”, en la versión original de Musorgski, o distintas variaciones sobre fragmentos de obras de Ravel, Debussy, ó Shostakovich, de quienes gustaba mucho. En ocasiones leíamos poesías o cuentos, y hasta las críticas sobre escritores famosos que ella guardaba en un viejo arcón.

Pero al mismo tiempo que crecía nuestra amistad, aumentaba también mi curiosidad en torno de la misteriosa presencia del aquel paraguas olvidado en el rincón del vestíbulo. Durante los primeros encuentros de los miércoles, yo había tratado de ignorar su presencia. Se me ocurrió pensar que tal vez el paraguas estaba allí por alguna causa meramente circunstancial y que de pronto, un día, la señorita Celia, lo quitaría, guardándolo en otro sitio. Así es que cada vez que yo me preparaba para despedirme, y espiaba al rincón aquel, lo hacía siempre esperando que el paraguas ya hubiera desaparecido. Sin embargo, mi perseverancia en controlar su presencia, era tan constante como la obstinación con la que él continuaba allí, estático y firme.

Hasta que un día, cuando la confianza me animó un poco mas, decidí arriesgarme y le pregunté por él, no sin sentir un poco de vergüenza. Ella me miró a los ojos con un largo silencio, momento en que pensé haber sido inoportuna, depositó sobre la mesita la taza de té, y rasgando el aire con una mano, como tratando de atrapar un velo que flotaba entre las dos, me contó acerca de Rogelio.

...

Se habían conocido en el barco Entre Ríos, al regreso de un viaje por Europa que la señorita Celia hizo en el verano de 1950. Rogelio era un tenor, cantante de reparto de ópera, que había estado tratando de recomponer su afiebrada voz, estudiando canto con los mejores profesores europeos de la época. En Buenos Aires había aprendido en el Teatro Colón, donde incluso llegó a actuar en las temporadas del 48 y 49 como cantante del coro. Pero súbitamente había empezado a sentir molestias en su garganta, por lo que tuvo que suspender sus actuaciones y estudios, y descansar por un tiempo. Como su voz no mejoraba, emprendió ese viaje con la esperanza de encontrar alguna solución en los teatros europeos, pensando que se trataba de un problema de técnica cantoral y no de otra cosa.

Se conocieron en el viaje de regreso, cuando ambos estaban en la sala de espera del médico de a bordo, ella aquejada por un ligero mareo, y él sufriendo de una tos impertinente. Conversaron por un largo rato, y seducidos uno por el otro, continuaron viéndose durante el resto de la travesía, compartiendo la mesa en el elegante restaurante de primera clase, los bailes en el salón de fiestas y los largos paseos por la cubierta. Allí, en una infinita noche de estrellas sin luna, frente a las costas de Rio Grande do Sul, se besaron por primera vez, en medio de un mar de profunda serenidad.

Ya de vuelta en Buenos Aires, siguieron esta relación. El había mejorado mucho de su garganta y ensayaba de martes a viernes con el coro del Colón, mientras ella repartía su tiempo entre las visitas a su madre, que por esa época estaba internada en una clínica psiquiátrica en las afueras de Buenos Aires, y la administración de sus propiedades. Los domingos, Rogelio la pasaba a buscar por la mañana con su auto, un Ford del año 39, con el volante a la derecha, y pasaban el resto del día en largos paseos por el campo. En otras ocasiones compraban boletos para algunas de las “bañaderas” que salían de plaza Italia o Plaza Once, y se iban de excursión a algún lugar de recreo, o iban a almorzar a la confitería Munich en la costanera sur, o se tomaban el tren del bajo hasta la estación del Tigre, y desde allí se iban en lancha colectiva a algún rincón del Delta donde pasaban el día de picnic.

Para esa época ella vivía aún en el departamento del Kavanagh, pero poco a poco fue imaginando un futuro junto a Rogelio, en el que juntos ocuparían el departamento de la calle Arenales, el que desde ese momento comenzó a amueblar tal como yo lo conocí.

Ese año el otoño llegó destemplado, con días de lluvia y fríos prematuros. En Abril ya caían fuertes heladas, y un tempranero invierno se abatía despiadadamente sobre Buenos Aires. Hacía tanto frío, que los domingos por la mañana cuando salían hacia alguno de sus paseos, patinaban sobre la escarcha de las calles. Pero ellos no le daban importancia a nada, como tampoco a la garganta de Rogelio, que por esos meses había vuelto a empeorar.

Para el mes de Mayo, Rogelio debió interrumpir otra vez sus clases de canto y sus actuaciones en el Colón, y acudió al médico para encontrar alguna explicación a lo que le estaba ocurriendo. El consultorio quedaba en la Avenida de Mayo y San José, pero el día de la consulta se tropezó con una manifestación de obreros que marchaban hacia la Plaza de Mayo, convocados por el presidente Perón. Entorpecido por la muchedumbre, se retrasó demasiado, y al llegar al consultorio, el médico ya se había ido. Al volver a la calle se encontró sin abrigo ante una repentina lluvia, así que entró en una tienda que estaba a pocos metros, y compró un elegante paraguas de fina seda negra, con una empuñadura de madera que tenía tallada en la punta una pequeña gárgola de dos cabezas. Según el vendedor, se trataba de una pieza muy exclusiva, hecha totalmente a mano.

Las lluvias y fríos intensos siguieron durante las dos semanas posteriores al frustrado intento de visitar al médico, de manera que Rogelio casi no se separó mas de su paraguas. Cuando no lo utilizaba para protegerse de la lluvia, lo usaba a modo de bastón, y a la señorita Celia le parecía que su novio era el hombre más elegante del mundo, vestido con su traje de casimir, con chaleco, camisa de seda, sobretodo, sombrero y el toque extravagante de aquel exquisito paraguas.

Pero las molestias en la garganta de Rogelio continuaban, por lo que volvió a pedir un turno, aunque esta vez tampoco pudo concurrir a la cita. Justo ese día tuvo que llevar a la señorita Celia hasta la clínica de donde la habían llamado de urgencia por una grave recaída de su madre. Durante toda esa semana estuvieron yendo y viniendo a la Colonia, hasta que el problema fue superado, olvidando momentáneamente el tema del médico.

Algunas semanas después, por fin, Rogelio pudo concretar la consulta, aunque nunca le comunicó a la señorita Celia cual había sido el diagnóstico, si es que había habido alguno. El nada más le comentó que le habían recetado una serie de inhalaciones con un preparado que encargó ese mismo día en la farmacia Franco-Inglesa de Florida y Sarmiento. Estuvo haciéndose ese tratamiento durante las dos o tres semanas siguientes, utilizando un aparato con lámpara de alcohol que ella rescató de entre las cosas que habían pertenecido a su padre, luego de lo cual parecía haber mejorado levemente, al punto de volver a ensayar por algunas horas día por medio.

Mientras tanto ella continuaba en su mundo, equipando el departamento de la calle Arenales adonde ya se había mudado, y alimentando el sueño de vivir allí alguna vez con Rogelio a quien ya consideraba su gran amor. Ellos nunca hablaban de eso, ni tampoco él le insinuaba cuales eran sus pretensiones. Mas de una vez, cuando Rogelio venía a visitarla, ella hubiera dado cualquier cosa porque él se decidiera a poseerla, pero había entre ellos una cosa de demasiado respeto, y tan solo postergaban sus pasiones para un momento que no sabían muy bien cuando, ni como, querían que ocurriese.

Mientras tanto, él continuó yendo cada semana al consultorio de la Avenida de Mayo, donde después de muchos estudios, el médico le comunicó que el problema de su garganta era una extraña malformación cancerígena, ya demasiado avanzada para intentar alguna cirugía exitosa. El mal era incurable y posiblemente le quedara muy poco tiempo de vida. Sobre estas visitas, Rogelio nunca le participó a ella ni una noticia, es mas, fingió que su malestar se iba disipando y hasta llegó a mentirle diciéndole que había aumentado las horas de ensayo en el teatro.

Ella no supo descubrir la verdad y seguía viendo en él al hombre mas apuesto del mundo, con su sombrero, con su camisa de seda, con su chaleco, y con su paraguas con la gárgola de dos cabezas. Así lo vio alejarse una tarde de Julio, después que él le hiciera una breve visita, apurado, según le dijo, por irse al ensayo del Colón. Tomaron el té en esta sala donde ahora la señorita Celia dejaba caer sus recuerdos sobre las mismas tazas que usaron aquella tarde. El la saludó y se fue con un beso, mientras la lluvia caía sobre el invierno de Buenos Aires. No fue sino hasta más tarde, que ella notó que Rogelio había dejado olvidado su paraguas en el rincón del vestíbulo, en el mismo exacto lugar desde donde ahora nos vigilaba.

Al día siguiente, un grupo de obreros de una cuadrilla del Ferrocarril Mitre, encontraron el cuerpo destrozado de Rogelio, a un lado de las vías a mitad de camino entre Retiro y la estación 3 de Febrero. Todo indicaba que la noche anterior se había arrojado al paso de un tren. Nunca nadie supo porqué, ni él dejó ningún indicio o carta alguna, que pudiera explicar su determinación, hasta que algún tiempo después ella supo la verdad de boca del médico. De Rogelio sólo conservó el paraguas, aunque jamás se animó a tocarlo o moverlo de su sitio. Simplemente decidió dejarlo allí, de pié, donde había visto a Rogelio por última vez.

...

La señorita Celia permaneció un largo rato en silencio, mirando hacia la nada detrás de las ventanas de su departamento de la calle Arenales. Yo no me atrevía siquiera a parpadear tratando de no invadir ese momento mas de lo que ya lo había hecho con solo preguntar por la presencia de aquel paraguas.

Al principio ida de sí misma, ella fue regresando de a poco al cabo de un rato, primero incorporándose del hoyo en el que se había hundido en el sofá, luego girando su vista en derredor y finalmente posando su mirada en la mía, como buscando un alivio a su dolor. Yo me quedé sin poder decirle nada, dura y avergonzada. Luego ella me pidió con amabilidad que me marchara y que nos habláramos por teléfono unos días después.

Me fui pensando que tal vez no volvería a verla nunca, pero no fue así. Al día siguiente ella misma me llamó a la oficina pidiéndome que no faltara a la cita acostumbrada, el próximo miércoles. Su voz no reflejaba el más mínimo rastro de queja por la angustia que le había visto derramar la tarde anterior.

Cuando nos volvimos a reunir, ella me esperaba como siempre, con la mesita de té servida, y con la profunda serenidad de su mirada reflejada en la charla, amena y cordial. Yo no me atreví a preguntar cómo se sentía luego de haber escarbado en aquellos recuerdos, ni ella mencionó tampoco palabra alguna al respecto, pero para mi sorpresa, al despedirnos junto a la puerta, noté que el paraguas y su tierra, habían sido removidos del rincón.

Después, y durante varios años, continué visitando a la señorita Celia los miércoles de todas las semanas, ensanchando esa amistad que sólo se interrumpió ahora, con su muerte de hace tan solo unos días.

En todo ese tiempo nunca se volvió a hablar del paraguas, ni de Rogelio, ni de nada de todo aquello, y ella siguió íntegra, entre sus cosas, preparando el té, tocando su piano, leyendo sus libros, hasta el final.

Autor : Luis Rivero

5 comentarios:

  1. los pucheros de kasioles14 de mayo de 2011, 19:24

    El relato me ha parecido precioso.
    Yo no guardo un paraguas, pero si un reloj.
    Pertenece a un amor limpio, puro, desinteresado, de esos amores que marcan tu vida, que son únicos, que los llevas en los genes. El reloj, pertenecía a mi padre.
    Felicitaciones.
    Kasioles

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  2. Excelente relato como siempre, pero en este caso particular el ritmo y coherencia de lo relatado mantiene una respiración constante que uno no quiere interrumpir hasta el final. Muy bien marcados los personajes y el ambiente de época evocado.
    Tal vez, conociéndolo, dejó escapar un "reparto de tierras que usurpaban a los indios" que cualquiera de las señoritas habría evitado mencionar.
    Un abrazo y gracias por sus textos.

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  3. Buenísimo, un placer leer sus relatos. Menos mal que aclaró usted que la Señorita Celia tocaba la versión original de "Cuadros de una Exposición", por un momento temí que acometiera la versión de Emerson, Lake & Palmer. Excelente. O. Barales

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  4. La verdad, ha sido un placer desplazarme, gracias a su viaje, a esa época. Siempre hay un paraguas para los embistes tormentosos, o calurosos, del amor...

    Felicidades

    Mario

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  5. Me ha encantado, que preciosa y triste historia de amor. Y muy bien relatada, te felicito Luis.

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