9 de junio de 2011

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Recuerdos y despedidas

Aún restan unos minutos.
Así como el aire en su aceleración se cuela entre los pelos y los alborota, así un recuerdo en mal estado se infiltró en mi mente sin pedir permiso. Huele a algo lejano, tenue, a miles de flores de especies diversas que se prestan efluvios entre sí, para de esa forma, todas juntas, crear un nuevo perfume difícil de identificar.
Entre brumas que flotan a milímetros sobre la superficie de mis lagunas mentales me veo subiendo al colectivo rojo y amarillo de una mal recordada línea 541, en aquella estación de ferrocarril semiderruida por el paso del tiempo y el desamor de un pueblito verde y blanco llamado Banfield. Con la mirada busco ubicación en alguno de los 28 asientos de aquel Bedford modelo 1965 destartalado y herrumbroso, que con sus quejidos y susurros traquetea sobre el gris adoquinado suburbano de tardes decoradas con hilos de luz solar filtrándose entre añosas enramadas.
El conductor se me hace un hombre calvo y obeso vestido con una camiseta musculosa de algodón y un escarbadientes jugando entre los labios.
-¿Dónde…?
-Uno de veinte…-
Extiende la mano y corta un boleto blanco con bandas diagonales en un azul decolorado que me entrega a cambio de las monedas sin vuelto. Veo en su mano un tatuaje presidiario que marca en cada dedo una desprolija letra formando el nombre de su signo del zodiaco: T.A.U.R.O.
Miro por si es capicúa y el día acaso me traiga suerte.
Bajo el recorte dentado se lee:
145540
Estoy a punto de bajarme y volver a subir y así obtener mi suerte, pero algo dentro del colectivo distrae mi atención.
Una señora rubia de pecas marcadas por la edad me observa y analiza en dos o tres miradas para perder pronto todo su interés y atención. Me siento a su lado dejando la mochila de campamento entre mis piernas para no molestar. Ella se corre un poco para ofrecerme algo más de espacio, pero pronto exclama algo sobre la necesidad de un baño, me increpa y se retira a ocupar un lugar mucho más atrás.
Dos semanas al aire libre y con baños de laguna, sólo pueden traer aparejados los aromas de algún pez, mezclados con algas, una pizca de barro y mucho estacionamiento al sol.
Me disculpo por lo bajo y miro por la ventanilla sin esperar respuesta o perdón.
Allí delante está él, con su gorra de fieltro gris, sus pantalones holgados aferrados por un par de tiradores negros decorados con hilos de oro en un intento de resistencia a la gravedad y su camisa blanca de seda impecable. Resalta por sobre todos los demás por estar parado frente a la blanca pared del frente de la estación, casi en solitario, pero con una actitud que habla de firmeza y decisión. Rígido como una estatua griega atrajo la atención de varios transeúntes que detuvieron su trajín para observarlo con cierta incredulidad. Él sólo se mueve cuando eleva la mano derecha, como un saludo, hasta su cabeza. El colectivo sigue avanzando y como una película que se engancha y se quema ante el potente haz de luz de un proyector, la hilera de casas que lindan con la estación impiden que pueda ver cualquier otra cosa.
No sé por qué rescato este recuerdo. No está claro y algo falta en algún lugar.
Si hago un pequeño esfuerzo puedo ver que la señora de pecas sigue junto a mí, pero ahora está leyendo una novela de Corin Tellado y acaricia cada hoja como si fuera un amante lejano y por ello aún más deseado. En su escote su pecho se agita y el sonrojo sube hasta sus mejillas. Entre mis piernas veo el bolso conteniendo mi tablero de dibujo con su regla “T” y los tiralíneas y escuadras necesarios para mi desempeño escolar. Un Calitecno IRAM asoma sus hojas llenas de letras normalizadas a setenta grados y una vida dedicada a su confección mediante el esfuerzo constante de los fines de semana sin salidas. Veo mis manos llenas de imperceptibles marcas de tina y un reloj Seiko en la muñeca que marca las doce en punto. En el frente de la estación el reloj marca la misma hora, aunque hace años que no funcione y justo bajo él, frente a la pared blanca de la estación está parado ese señor de gorra de fieltro gris, tiradores negros con bordes dorados y camisa blanca de seda. La gente se detiene y parece hablarle mientras que el hombre con su mirada puesta en el cielo los ignora de la forma más brutal, fría y eficiente. Rígido, en una postura militar firme, se me hace un personaje de serie de televisión, una especie de Patton participando en Combate mientras pronuncia la frase “¡Jaque mate rey 2, aquí torre blanca! “ y se me cuela por la mente en una comunicación radial.
El hombre alza su mano y esta vez, aguzando mis sentidos, puedo ver que sostiene un arma. Creo ver un revolver de los usados por el ejército argentino cuando aún vestía el uniforme alemán. Un revolver que la oficialidad inglesa portaba con orgullo hasta muy entrada la segunda guerra, el Webley Mk IV calibre .38/200. El corazón se me acelera y agita todo mi ser mientras el brazo cobra altura y la hilera de casas junto a la estación cubre la ventanilla del quejumbroso Bedford donde estoy montado y no me deja mirar más.
Es cuestión de esforzarme un poco en este arte de recordar y veo que la señora de pecas y pechos voluptuosos no está más. En su lugar hay un hombre desdentado, de abundante bigote y lentes culo de botella que me mira con cierta curiosidad y atención lasciva. Moja sus labios con la lengua y me observa torvamente por sobre sus lentes de lectura. En su regazo veo el diario Clarín del 13 de octubre de 1973 prolijamente doblado, de cuyo interior parece deslizarse una de las revistas subidas de tono de la época. Entre mis piernas veo el bolso marinero de natación. Con los oídos aún inundados por el agua y rezumando cloro por todos mis poros, me agito en espera que el colectivo avance lo suficiente como para ver el paredón principal de la estación de trenes. Los segundos asemejan años hasta que lo veo, parado firme frente al paredón blanco pintado a la cal, con la mirada perdida en las nubes y varias personas que se amontonan frente a él, unas hablando, otras gritando. Una señora con su hijo en brazos llora profusamente mientras se retira tapándole los ojos a su pequeña criatura. Un hombre mayor alza sus brazos y lanza su ruego con destino acertado hacia aquél que los ignora, aferrado a una idea que tampoco lo quiere abandonar. Levanta su brazo hacia la cabeza, en ella el arma ahora es una pistola moderna. Una Glock 17. En la medida que el brazo trepa en altura puedo ver que cambia y es una Bersa Thunder 9 mm., una Beretta 84FS, una Walther P22, hasta terminar en una Tauro PT145 junto a su sien derecha. No hubo destello ni sonido ni nada que indicara que había sido disparada. Cual títere de trapo el hombre torció su cabeza apenas un poco mientras cientos de hilos y cintas rojas partían de entre sus alborotados cabellos como si fuesen recuerdos expulsados por el viento. Cada uno de ellos brotaba con ritmo sincopado tiñendo en delicadas volutas color carmesí la sábana blanca de la pared posterior. Las rodillas cedieron al cortar el titiritero maestro el hilo de vida que sostenía a aquél señor, mientras a mitad del movimiento de caída en cámara lenta, la línea de casas que rodeaban a la estación se interpusieron para siempre entre él y yo.
Tomo el recuerdo y lo paso una y otra vez en mi pantalla cerebral. Dentro del teatro de mi cráneo pululan cientos de personajes diferentes como testigos mudos de la acción registrada. Todos vemos lo mismo. Nadie en el colectivo parece haberse percatado del acontecimiento. La niña de ojos verdes que se encuentra sentada junto a mí mira una libreta que oficia de diario íntimo y se acurruca alejándose temerosa. El bolso de Paddle entre mis piernas y mucho sudor que aún corre por mi cara me recuerdan un buen partido recién terminado.
Huelo la pólvora del disparo, miro hacia atrás del habitáculo y no hay nadie. Ningún pasajero. La niña también ha desaparecido y el chofer, aunque no logro verle la cara, lleva una gorra gris y tiradores bordados en hilos de oro.
No puedo recordar más. No sé siquiera para qué me distraigo en este ejercicio de memoria vano.
Ya son las doce. En un movimiento mecánico tomo mi pistola Tauro PT145 y me paro firme, con la vista en alto, frente al blanco paredón.



OPin
Buenos Aires 2011
© Copyright 2011


6 comentarios:

  1. Muy bueno, che.

    No imaginaba ese final.

    Un abrazo.

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  2. Muchas gracias Gaucho, no se imagina la alegría que me produce saber que le ha gustado y que he logrado sorprenderlo aunque sea un poco.

    Abrazo

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  3. Magnifico relato Sr.Opín, he estado en vilo hasta el final.

    Un abrazo admirado

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  4. Muchas gracias amiga. Le prometo que el próximo será más alegre.
    Cariños para usted

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  5. Madre mía, amigo... qué final, qué principio, qué principios... que desarrollos, qué todo. La familia de usted, las palabras, le tienen cariño, eh. Y saben comportarse, alinearse, salir al sol de sus textos y a la sombra de sus historias para conformarse en este tapiz catódico.

    Me ha encantado, más que mucho, más.

    Un abrazo

    Mario

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  6. Ahora que sé que lo ha leído me quedo más tranquilo agradeciéndole sus palabras.
    Un abrazo

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