8 de junio de 2011

el comentario 4 comentarios

Tal vez

Aún soy, en breve conoceréis la razón de que me exprese así, Abel Bourke, un hombre de edad provecta, según dicen aquellos que, a falta de arrestos suficientes para llamarme viejo, esgrimen el arte de la perífrasis sin respeto alguno a mi inteligencia. Estoy hecho a los usos antiguos y soy, pues, renuente por completo a cualquier cambio en mi existencia que altere un solo átomo en el rutinario correr de mis días. ¿Aunque quién soy yo para dictar los designios del Señor? Sea, pues, lo que Él quiera.

Intentaré ser sobrio en mi relato, de manera que no se vean afectados por él los ánimos frágiles y, sobre todo, conciso, pues he de conseguir narrarlo antes de que la disipación me alcance por completo y se evaporen las ideas conmigo. Pero permítaseme comenzarlo con una duda, pues ¿qué sería el hombre sin la incertidumbre que lo conduce por los tortuosos caminos de la vida? Sin ella, el propio Hamlet habría sido condenado a la inexistencia. De manera que, con la venia del lector, inicio mi lamento con un quizá:

Tal vez si no me hubiera decidido, precisamente entonces, a arreglar el jardín… Tal vez si la borrasca que se anunciaba no hubiera saturado la atmósfera de aquella humedad previa a modo de aviso... Tal vez si, aconsejado por un espíritu previsor, hubiera calzado las botas de agua... Tal vez..., sí, pero chi lo sa?

Cuando me senté en el sillón de la biblioteca, después de haber entretenido la tarde en desherbar los arriates y podar algunas ramas molestas del chopo que, los días ventosos, golpeaban en la cristalera del porche, sonreí satisfecho por la ardua tarea que me había quitado de encima. Desplegué animosamente el periódico y me dispuse a deleitarme con la transcripción de las peroratas, vertidas desde los escaños del Parlamento, con que estos jovenzuelos de hoy en día se gozan en aliviar los tormentos de nuestra madurez. ¡Ay, juventud divina, qué boba e ingenua eres por lo común!

Apenas habían transcurrido unos minutos, sin embargo, desde que comenzara a satisfacer mi vena irónica cuando noté un cierto desagrado que me torció el gesto. Los pies, protegidos del fresco exterior por la suave felpa de las zapatillas, estaban, empero, fríos. Moví los dedos para activar la circulación, pero no fue suficiente. Una desagradable sensación de humedad me recorría la planta desde un extremo hasta el otro. Pensé que, quizá por descuido, se habían calado las zapatillas y traspasado la humedad hasta alcanzar el calcetín. Palpé la parte exterior del calzado y la hallé seca. Sin embargo, empujado por la extraña sensación de humedad, me quité la zapatilla y recorrí la planta del pie desde los dedos al talón. El resultado fue el mismo: el calcetín no presentó al tacto zona alguna que hubiera sido mojada. Temiendo que aquellos fueran los primeros síntomas de un enfriamiento, giré el sillón y lo desplacé hasta acercarlo a la chimenea, cuyas brasas avivé. De inmediato, el placentero calor de las llamas me devolvió la sensación de bienestar.

Tomando el periódico de nuevo, continué con la lectura. Pocos minutos después, sin embargo, aquella fastidiosa sensación volvió a amoscar mi ánimo. Sentía los pies calientes, incluso las piernas, y hasta las orejas ardían por el calor de las llamas que el fuego hacía llegar hasta mí, pero la sensación de humedad continuaba impregnando los pies, lo cual, justo es decirlo a fin de respetar la franqueza con la que deseo exponer mi caso, me excitó el ánimo, irritándome hasta el punto de hacerme olvidar la serenidad con que todo caballero británico debe conducirse. Arrojé el periódico sobre la alfombra con un furor inexcusable y permanecí quieto y atento a la húmeda sensación, por ver si percibía algún cambio en el estado de mis pies. Observé que una muelle sensación acompañaba a su húmeda condición, como si mis pies fueran elásticos y esponjosos, y aquello, naturalmente, me confundió aún más.

Con el transcurrir de la tarde, la idea neurótica de que algún extraño padecimiento me aquejaba se fue haciendo fuerte en mi cerebro, de modo que resolví acostarme pronto. Tomé una buena copa de coñac antes de meterme en la cama a fin de calentar tanto el cuerpo como el ánimo, que para entonces se había entibiado hasta rozar el desaliento. Me puse, además, el pijama de franela gruesa que reservo para ocasiones en que las frías temperaturas requieren para el cuerpo un amparo especial. Sin embargo, a pesar  de mis  lúcidas disposiciones, pasó el tiempo sin que fuera capaz de conciliar el sueño debido a esa insólita impresión húmeda que seguía impregnándome los pies.  Desesperado, y muy a mi pesar, pues sabía que con ello había de causar molestia, tiré de la campanilla y me hice llevar una botella de agua caliente, pese a lo cual no observé ningún cambio en el desagradable estado húmedo que continuaba afectándome a los pies.

Finalmente, debí de quedarme dormido y aunque he tenido un sueño agitado, tal y como queda demostrado por el desorden en que hallé esta mañana la ropa del lecho, he podido descansar. Lo suficiente, al menos, para percatarme, desde el preciso instante en que desperté, de que la enfermedad no había desaparecido, pues esa angustiosa sensación de humedad continuaba lastimándome. Dispuesto a ponerle remedio, he querido levantarme a fin de pedir ayuda médica, pero al ponerme en pie, he sufrido el vértigo repentino que experimenta el que, por un caminar descuidado, no se percata del hoyo que se encuentra ante sí y en el que, indefectiblemente, cae, sintiendo con ello el aturdimiento repentino que asusta durante los pocos segundos que transcurren hasta que el pie encuentra una nueva superficie donde apoyar. Terriblemente alarmado, me he recostado sobre el colchón mientras la mirada, rápida como una centella, se ha dirigido hacia abajo para descubrir con horror que mis pies han desaparecido y que tan sólo un charco de agua aparece sobre el suelo allí donde deberían haberse apoyado. La longitud de mis piernas ha disminuido también y, sentado en la cama, con ellas extendidas sobre el colchón, observo aterrorizado cómo continúan menguando mientras una mancha de agua, cada vez mayor, va empapando la sábana del lecho.



4 comentarios:

  1. Me ha dejado con ganas de más. Si somos más del 70% agua, es lógico que ella quiera revelarse y hacernos desaparecer.
    Se ha perdido Abel Burke en un charco de agua.
    Precioso.

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  2. Excelente, celebro que semejante hemo(acuo)rragia no le haya impedido a Mr Bourke compartir su experiencia. O. Barales

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  3. Deseamos agradecerle el que comparta este hermoso texto así como haberse tomado el tiempo y el trabajo de darle al post el formato exacto para este blog.
    Muchísimas gracias.

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  4. Gracias a todos por sus amables palabras. Celebro que les haya gustado el texto.

    Saludos.

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