9 de julio de 2011

el comentario 3 comentarios

El regreso

Han pasado más de veinte años desde que ocurrió aquello.
Hoy por fin Irene ha regresado al lugar.
La vieja casa todavía se mantiene en pie, a pesar de  que el tiempo ha dejado su huella en todas partes.
Lleva más de veinte años deshabitada, los mismos años que han pasado desde que ella se fue.
Los mismos años transcurridos desde que él no está.
Irene recuerda las tardes que pasaron leyendo juntos. El fuego de la chimenea encendido, el ulular del viento susurrando a los árboles quizás alguna tristeza oculta, y la noche oscura que no lo era para ellos. Resguardados en la casa no sentían ni  el gemido del viento, ni la oscuridad ni el frío de la noche, ya que su hogar era muy confortable.
Vivían allí los dos solos,  casi alejados del mundo, en un pequeño pueblo olvidado.
Irene recuerda como él entró a formar parte de su vida, el mismo instante en que le conoció.
Estaba viviendo en el pueblo desde hacía una semana. Ella era pintora y había descubierto ese lugar `porque su abuela le había hablado muchas veces de este.
Era casi una aldea, contaba con poquísimos habitantes, pero era un lugar muy hermoso. Rodeado de bosques en plena montaña, costaba un poco acceder a él.
Siete años después de morir su abuela, Irene se decidió a visitarlo. Tenía pensado pintarlo, dejar constancia de el en sus cuadros.
Así que un día se instaló en la casucha de su abuela, era muy pequeña, pero para ella ya era suficiente.
Por las mañanas, cogía sus utiles de pintura y comenzaba a pintar…
El la descubrió así, un día  que bajo al pueblo a comprar alimentos.
No tardó mucho en presentarse, se llamaba James y era inglés. A ella, él le gustó de inmediato.
Le contó que vivía en una casa en las afueras del pueblo. Era escritor, había llegado a este lugar,  después de que falleciera un  abuelo suyo, que era nativo de allí. Y le había dejado de herencia  la casa. El hijo de este hombre se había marchado a Inglaterra buscando fortuna, conoció a una mujer inglesa y finalmente se quedó allí fundando su propia familia, a la cual pertenecía James.
Nunca regresó a España, pero siempre que podía les hablaba de ella a sus hijos, les describía su aldea y les narraba anécdotas de sus  padres y demás antepasados. Finalmente falleció en la ciudad londinense.
Cuando le comunicaron que la casa era suya, James fue a visitarla, y le maravilló.  Encontró el sitio perfecto para vivir.  La bonita naturaleza  y la quietud de ese pueblecito le fascinaron. La bulliciosa Londres , tan modernizada había dejado de gustarle. Sin embargo se llevó consigo el recuerdo de sus nieblas y el aroma del misterio que se escondía tras algunos callejones.
Como le apasionaba escribir, pensó que había hallado el lugar perfecto para sus historias.
Todos los días contemplaba a Irene en la distancia mientras ella pintaba,  después conversaba con ella, al principio de temas banales, hasta que se ganó su confianza.
Desde entonces, todos los días hablaban, opinaban sobre diversos temas y una apacible amistad nació entre ambos,
Además de que se respiraba en el ambiente la fuerte atracción sexual que existía entre los dos.
Entonces a James se le ocurrió la idea de que ella le hiciese un retrato. Y le invitó a su casa. A ella no le importó trasladarse a vivir con él, ya que ambos se habían hecho muy amigos.
Lo que empezó  en una amistad fue convirtiéndose en amor. En una hermosa historia de amor.
Ella acabo su retrato, pero no se marchó. Y siguió pintando los paisajes del pueblo también, pero al finalizar la jornada regresaba junto a él.
James estaba escribiendo una novela de misterio y la necesitaba, porque ella era su musa. Una musa con apariencia de mujer humana que le seducía por completo…
Tenía muchos libros en su casa, y por las noches junto al fuego le leía a Irene  pasajes de ellos.
Los poetas desfilaban en cada verso que recitaba, y las aventuras de los personajes de algunas novelas anidaban en la imaginación de Irene. Tanto que hasta realizaba bocetos de cómo ella creía que habían sido estos personajes.
Un día les llamo la atención unas cartas que James encontró en un baúl olvidado en el desván. Lo que más les sorprendió es que aquellas cartas, escritas por el bisabuelo de James, iban dirigidas a una tal Laura Sarmiento.
Cuando Irene leyó ese nombre, no dio crédito.
Era el nombre de soltera de su bisabuela.
Por lo que leyeron, depusieron  que sus bisabuelos habían sido novios de jóvenes, antes de casarse con otras personas.

-Así que lo que no pudieron vivir nuestros antepasados, lo estamos viviendo nosotros- se dijeron James e Irene.

- Quizás nuestro encuentro lo organizaron, quizás nos trasladaron su simiente, sus sentimientos y sus almas para que podamos continuar lo que empezaron y no pudieron continuar, quien sabe por cuales causas…

Lo único que averiguaron tras leer aquellas cartas es que Laura Sarmiento y Raúl Pandaro, sus bisabuelos, se habían amado mucho.
Irene y James continuaron viviendo juntos durante tres años, muy felices. Tanto lo eran, que  se juraron amor eterno y no separarse jamás.
Una noche se hicieron un pequeño corte en el dedo de cada uno y los juntaron.
Fue su juramento de sangre.
Ella para él.
El para ella.
Lo que duraran sus vidas, estarían siempre juntos.
Se prometieron amarse eternamente, y se imaginaron un futuro largo y encantador.
Pero lo que nos proponemos sólo son a veces sueños rotos.
El destino siempre tiene la última palabra.
Y en este caso la tuvo  para  su desgracia.
Un amanecer él se fue a nadar en un lago que había cerca de la casa, algo que hacía muchas veces, pero esa mañana resultó funesta, parece ser que algo le pasó mientras nadaba, lo cierto es que se ahogo.
Irene, cuando comprobó de regreso a la casa, pues había estado todo el día pintando en el pueblo, que él no estaba dentro, se asustó un poco. Indagó por los alrededores pero tampoco lo vio. Se dio cuenta de que había anochecido y James no volvía. Así que se dirigió al lago, que era el único sitio donde no había ido, y entones, la luz mortecina de la luna alumbró la trágica escena.
El cuerpo de James flotaba boca arriba en el agua.
La noche le clavó la puñalada más terrible a su corazón enamorado. Hasta el mismo cielo pareció oscurecerse, mientras un agudo chillido brotó de su garganta…
No se percató de que lo tenía al lado.
Mientras la pena la embargaba, él intentaba comunicarse con ella, pero Irene no podía percibirle en esos momentos.
El dolor la arrastró consigo y acabó desmayándose.
Tras el suceso permaneció en la casa durante seis meses, pero todo le recordaba a él. Creía verlo por todas partes.
Escuchaba sus risas en las noches silenciosas,  se sentía siempre observada, notaba caricias sobre su pelo y sobre su piel.
En ocasiones, algún libro se caía de las estanterías, o la luz se apagaba misteriosamente, y las cortinas se mecían estando las ventanas cerradas.
Irene intuía su presencia, sabía que él estaba allí,  entonces le gritaba que se la llevase con ella, que no quería vivir acompañada solamente de su soledad.
Sin James, la vida ya no tenía sentido para ella. Incluso dejó de pintar, y se sumió en una desgana total.
Hasta que una mañana, decidió irse de la casa donde ambos convivieron, se marchó del pueblo e intentó olvidarle.
Pasaron los años, volvió a pintar, se hizo famosa con sus cuadros, y cumplió cincuenta y cinco años.
Sobrevivía, simplemente sobrevivía. Su arte era su motor de vida. Mientras pintaba, se refugiaba en los colores. En su universo cromático había instalado un pedacito de su alma. El único que todavía podía sentir.
Pero algo le ocurrió en un momento determinado de su existencia.
Un anhelo la obligó a retroceder en el tiempo y regresar al pueblo y a la casa.
Cuando penetró en la estancia, encendió el fuego de la chimenea, cogió un libro de poemas y empezó a leer…
De repente, un haz de luz apareció delante de ella, y un olor a rosas la embargó por completo.
Y entonces la luz adquirió la forma de James, los ojos, la boca y los brazos de James.
Irene lo supo entonces. Había regresado junto a James para abandonar la vida, porque esta terminó en el mismo instante en el cual ambos unieron sus labios para siempre…
                                          ,   ,      ,       ,         .

Cuando días más tarde la encontraron muerta, sentada en un sofá y con un libro abierto en su regazo, se asombraron mucho  al contemplar que sus labios sonreían…

Autor : Mágica Hilda

3 comentarios:

  1. Mágica, acabo de pasar por tu blog y es precioso, como este bello relato que has escrito. Besos y gracias por tu comentario y así dejar que te visite.

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  2. Muchas gracias a tí, Julia, yo también he visto el tuyo, y me gusta mucho. También te deje un comentario allí. Besos.

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  3. La sonrisa, aunque nos cueste creerlo, es el último aliento que nos abandona...
    Me has recordado, no sé bien por qué, a algún pasaje, de alguna de las novelas de la colombiana Becerra.

    Felicidades.

    Mario

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