9 de noviembre de 2011

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Sueños Oníricos...


Descendí del avión y una humedad soportada veinte años antes, trató de encharcar mi voluntad. Esquivé la barrera de chicos maleteros, efectué la reserva en el Rent a Car y arranqué dirigiéndome al este. Una noche diferente resplandecía o era el poder de una luna sobredimensionada. No había oscuridad. Azules plomizos y metálicos abrillantaban los acantilados dotándolos de espíritu, mientras una brisa somnífera embadurnaba mi piel de recuerdos. Estaba en el Caribe, donde la noche forma parte del día y deambulando entre ensueños es posible existir sin la obligación de detenerse, el tiempo transcurre al revés y los caminos transitan hacia el interior de bocetos revestidos en pátinas de matices imposibles. Nada funciona según los cánones y los hombres sucumben a su bella locura o agonizan envueltos en sueños oníricos...

La pulcritud de una recién construida autovía, me permitía avanzar a buen ritmo. Demasiado fácil. La ilusión desapareció veinte kilómetros más adelante, cuando me interné en una carretera de oscuridad amenazante. De todas formas, estaba seguro, mi dirección era la deseada. Puse una cinta en el casete y canturreando proseguí hasta llegar al puente del río Chavón. Todavía seguía ahí. Se trataba de un paso levadizo de forma arqueada construido a principios de siglo. Primero ascendías un primer tramo y luego bajabas. Comenzaba a descender cuando, procedentes del otro lado, gritos exaltados me dieron el alto, los haces de varias linternas me deslumbraron y vi el arsenal de kalashnikov, M16 y revólveres, apuntándome.
Me detuve sin siquiera encontrarme asustado, en realidad no tuve tiempo de asimilar la situación, sólo empecé a hacerlo cuando el cañón de un revolver que empuñaba una mujer con el rostro cubierto por un pasamontañas, se detuvo junto a mi sien. Entonces pensé: “Guerrilleros.” Me sacaron a empellones del auto, secaron pronto mis ideas, convirtiéndolas en un remolino de pánico. No cesé de repetir como un vinilo rayado: Español, español, y su algazara iba en aumento. Se hicieron con mis papeles, me esposaron las muñecas por delante y sin atender a razones, tras un paseo de un par de horas, me metieron en una choza y allí me dejaron.

Pasé la primera parte de la noche envuelto en elucubraciones sobre lo que podría ocurrirme. Tal vez pidieran un rescate, o quizá yo no les resultara de utilidad. A lo mejor hasta pensaban ajusticiarme al día siguiente, o me retendrían prisionero en la selva durante años. Darle vueltas a la cabeza a veces resulta agotador y un sopor enfermizo se impuso a mi exigencia de permanecer alerta...
Alguien me agitó. Mis ojos se abrieron. La mujer permanecía acuclillada a mi lado, sin dejar de mirarme con curiosidad. Me preguntó.
—    ¿De verdad es usted tan malvado como dicen los jefes?
La miré de soslayo, acababa de descubrir la belleza de su rostro y no quería que se diera cuenta de mi debilidad por las mujeres hermosas.
—     ¿Yo? Desde luego que no.
Se rascó la mejilla, se arregló los cabellos, y mirándome con naturalidad, dijo.
—    Mi comandante suele decir que un hombre cuando se pudre en su interior, nunca cambia. ¿Usted... está podrido?
Apoyado de lado me sentía incómodo. Hice un esfuerzo y me di la vuelta hasta detenerme con las piernas cruzadas. Alcé la mirada y me encontré con unos ojos negros, llenos de energía y sinceridad. Dejé escapar una sonrisa y negué.
—     No.
—     Entonces ¿por qué está aquí?
—    Usted sabrá. Yo solo he venido de vacaciones.
Se revolvió intranquila, me tomó de los brazos y casi gritó.
—     ¡El comandante dice que es uno de ellos...!
—    ¿De quienes?
—     Los hombres al servicio de Balaguer.
Dejé escapar una sonrisa y añadí.
—     Pues están equivocados. Ya se darán cuenta.
Se acarició el cabello castaño, se puso de rodillas, se acercó y en un susurro, dijo.
—     Sabe... Usted es diferente.
Dudó unos instantes y señaló.
—     Yo le creo.
Permanecí en silencio. Observé su belleza mestiza y mi cabeza se llenó de viejos recuerdos, aromas e incertidumbres pertenecientes a otra época, veinte años antes. Es curioso, había deseado a otras mujeres tantas veces intentando llamar su atención, sin resultado. No hice nada. Apenas me moví y me encontré libre y con las esposas entre mis manos. Hice un movimiento rápido y sorprendí a la chiquilla; instantes después se debatía esposada. No había música, tampoco estábamos en un lugar romántico, pero el amor es capaz de florecer incluso entre la podredumbre más espantosa. La amordacé, la situé boca abajo y le bajé los pantalones...
A la mañana siguiente la puerta cedió de forma violenta y unos hombres pertenecientes al comando militar contrarrevolucionario me liberaron y apresaron a la miliciana. Me condujeron ante su puesto de mando en la selva. Un militar de alta graduación me recibió sonriente y me dijo.
—  Los tenemos. Su idea ha resultado un éxito, Jiménez. Difundir que volvía y luego dejarse coger llevando el dispositivo de seguimiento. ¡De lo mejorcito! ¡Bravo por la colaboración entre su Generalísimo y nuestro Gran Balaguer! Y además, no ha pasado tan mala noche..., ¿verdad?
No respondí. Con seriedad eché un vistazo a los prisioneros. Ante el puesto de mando, con el foso a sus espaldas, habría unos quince hombres. Eché de menos a la mitad. Elevé una mano. Las ametralladoras traquetearon medio minuto, fue suficiente. Quedaban tres cabecillas, desenfundé mi revolver y tras recibir un balazo en la nuca, uno tras otro, se desplomaron. Volviéndome hacia el capitán, le pregunté.
—     Y los demás. ¿Qué hicieron con ellos?
El militar se rascó la cabeza, frunció el ceño y mirándome flemático, me inquirió.
—    ¿Eran más?
—     Sí...
—    Bah, no se preocupe. Habrán huido. Los cazaremos.
Brindamos, tras lo cual le tendí la mano con formalidad.
En un extremo habían retenido a la mujer. Di orden de que la trajeran y la obligué a arrodillarse. La infeliz sollozaba, no estuvo mal la noche pero era una rebelde y... ¡Vaya, era valiente! No, no gemía de miedo, sino de rabia.
Temblando, farfulló.
—    Podrido, estás podrido. Los gusanos te comerán las entrañas. Jamás serás feliz ¡Cab...!
Unas detonaciones interrumpieron su cháchara. Disparé sobre ella y me vi obligado a echarme a tierra. Transcurridos treinta minutos de refriega, me di cuenta, los rebeldes eran más numerosos de lo que en principio supuse.
Al cabo de quince minutos más, yo y otros siete hombres, depusimos las armas.
Los guerrilleros eran más blandos de lo que me figuraba, en lugar de ejecutar a los militares, los interrogaron y tras asegurarse que no suponían una amenaza, les permitieron marcharse. En cambio a mí me llamaron traidor, pensé que me destrozarían, pero en lugar de golpearme, me pusieron contra el muro de una vieja casa, leyeron mis cargos y declarándome “Enemigo de la Patria,” se dispusieron a fusilarme.
Estaba preparado para todo menos para morir. Me di cuenta cuando me oriné en los pantalones, mi organismo reaccionaba por su cuenta, y además era joven y todavía me quedaban cosas por hacer, desesperado comencé a llorar y a implorar...
Una algarabía interrumpió el espectáculo. Alguien llegaba gritando. Se trataba de una mujer. La dejaron pasar. Se arrojó sobre la figura tendida de la guerrillera, revolviéndose en el terreno constituido por una pasta de barro y hojarasca, mientras lloraba angustiada, abrazó y besó a la joven, limpió su rostro y ¿logró incorporarla? Me llevé una sorpresa, no estaba muerta. Al proceder con diligencia apenas le había rozado el hombro.
La mujer se dio la vuelta y unos ojos conocidos me contemplaron con odio. La miré y la sorpresa me hizo permanecer aturdido; era el semblante de Minerva ¡mi amada!, y a quien no veía desde hacía veinte años. Con voz desgarrada por la furia, profirió.
—     Lo sé todo ¡felón¡ Me engañaste siempre. Acabas de forzar a nuestra hija y encima... ¡ibas a asesinarla!
Permanecí mirándola lívido. Nunca imaginé que tuviera una hija y ahora, ahí estaba, sin atreverse a mirarme, odiándome eternamente y no me equivoqué, era más valiente que yo. Arrimándose a un guerrillero, por sorpresa, con una frialdad fuera de dudas, la muchacha desenfundó su revólver y lo puso sobre mí sien. No sufrí más.  
 
José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2011.



5 comentarios:

  1. Estimado autor: Le damos la bienvenida a nuestro colectivo imaginario y blog de autores, esperando se sienta cómodo entre nosotros y disfrute de su estadía compartiendo las letras que nos permiten existir.
    Bienvenido

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  2. Interesante,duro y descarnado relato que me ha hecho recordar la trama de Incendies.
    Muy bien logrado ya que nos haces pasar de una simpatía natural para con el relator,a un desagrado que lo expulsa de nuestras mentes.
    Felicitaciones y bienvenido.

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  3. Sabes Josef? Una amiguita que es una diablilla, sin darme cuenta ha eliminado tu comentario y el que yo contestaba al mío...por favor perdona, lo lamento sinceramente, y si no te molesta te espero nuevamente. Nunca me ha sucedido esto, en fín una vez siempre es la primera.
    Me pasaré con mas tiempo, aunque siempre estoy bastante agobiada, lo prometo.

    Un abrazo

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  4. Un buen relato, donde las sensaciones se mueven a medida que se adentran en sus palabras.

    Felicidades y bienvenido.

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  5. Buen texto, la misma trama describe al personaje mientras cuenta la historia. Con un par de vueltas de tuerca muy interesantes. Felicitaciones y saludos. O. Barales

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