20 de diciembre de 2011

el comentario 4 comentarios

El ataque de los perros


La tarde caía y la paisanada se arrimaba al boliche para tomar una ginebra antes de ir a sus ranchos, donde chinas y guríes esperaban ansiosamente el retorno de los indomitos reyes de las pampas.
El Aujero ´el Cuis era el único boliche de campo que quedaba en la ciudad de Resistencia. Allí, los más indómitos gauchos se resistían al paso del tiempo, negándose a caer en la seducción de los pubs y los bares de decorados extranjerizantes.
Cabe aclarar que los parroquianos habituales se ganaban la vida como profesionales, banqueros, burócratas y entre ellos había hasta algún que otro modisto. Pero todos ellos, respetando las ancestrales tradiciones de su tierra, al terminar su actividad diaria se vestían de gauchos, y pasaban por el boliche.
En su afán purista, los clientes del bar mantenían intacta su lealtad a la bota de potro, lo que hacía que los dedos de los pies se llenaran de mugre al contacto con el suelo de tierra apisonada del recinto. Los más extremistas, se negaban a sentarse en nada que no fuera una calavera de vaca.
En el recinto, estaba prohibido hablar de fútbol, limitándose las conversaciones deportivas a tópicos como las cuadreras, las bochas o la taba. En materia de política, no se podía de común acuerdo mencionar a ningún prohombre posterior a Roca y Avellaneda.
Tan lejos llegaban en su fundamentalismo tradicionalista los parroquianos, que habían declarado que dentro del ámbito de la pulpería la vinchuca sería considerada fauna autóctona protegida.
Y no faltaron aquellos que trataron infructuosamente de incitar a los wichis a un malón, cuando, aburridos por la falta de acción, comenzaron a pensar en darles uso a los Remingtons heredados de sus antepasados.
A este refugio de virtudes argentinas, una tarde entró apresurado uno de los habituales clientes del boliche. Tan turbado estaba, que hasta estacionó el flete en doble fila. Saludó, se acodó en el mostrador, le pidió una ginebra al pulpero, y dijo en voz fuerte, para no tener que repetirlo:

-Lo han heriu al Santillán!

-Canejo, y como fue?-preguntó un viejito rotoso que era en realidad el dueño de una próspera cadena de boutiques.

Los demás se arremolinaron ansiosos en torno al recién llegado, para escuchar la relación del infortunio. Y es que Santillán era uno de los más respetados en el pago, pese a su insistencia en usar bombachas batarazas floreadas.

-Han sido esos sotretas de los perros cimarrones. Lo han emboscau de a traición, los muy maulas.

-Cuántos eran, los disgraciaus?-inquirió el pulpero, que era además el poseedor de una discoteca en el centro de Resistencia.

-Santillán contó unas ochocientas patas, así que serían unos doscientos cimarrones que se le fueron al humo. Pero Santillán no se achicó, peló el facón, y les dentró a dar pa´que tengan y pa´ que guarden, a los brutos.

-Y cómo está, el Gaucho ?-intervino otro de los clientes, de profesión decorador de interiores.

-Medio mordisqueau, pero no va a estirar la pata por un malón de cuzcos. Ya la culandrera le hizo las curaciones.

-Güeno, pero tanto perro junto, no es normal. Alguien los debe de haber sublevau, pa´que se vengan tan en montonera-reflexionó el pulpero.

-Justamente. El Gaucho alcanzó a reconocer al que los mandaba. Era el Mendieta-aclaró el narrador-. Parece que el animalito, desde que se nos fue don Inodoro, se ha puesto cimarrón, de la pena.

Y ahí fue que esos curtidos hombres de campo, exclamaron al unísono:

-Qué lo parió!

(Autor ; gustavo)

Buenos dìas.

4 comentarios:

  1. Que bien describe ud. la angustia de ese ataque.

    Felicidades, Gaucho

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  2. Feliz navidad a todos!!!

    El relato no lo escribì yo, sino gustavo.

    Pero el hecho (aquì magnificado) fue real.

    Un abrazo.

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  3. GENIAL... disculpe la economía de palabras. Felicidades. O. Barales

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