28 de marzo de 2011

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El encuentro


”…nos demoramos allí dos meses enteros sin ver jamás habitante alguno; un día cuando menos lo esperábamos vimos un gigante que estaba al borde del mar casi desnudo y bailaba, saltaba y cantaba, y al mismo tiempo se echaba arena y polvo sobre la cabeza ...”

de la Crónica del Primer Viaje Alrededor del Globo
Antonio Pigafetta, cronista de Hernando de Magallanes



Cuando Manikéik llegó a lo alto del acantilado y vio a sus pies la infinita dimensión del gran Jono, tal el nombre que su padre utilizó para referirse al océano “cuyos horizontes nadie ha podido alcanzar jamás”, sintió por fin que el objetivo que sus mayores le habían impuesto durante la ceremonia de su iniciación, su gran Kanij, estaba cumplido. Recordaba aún como el Shoikn, el brujo de su pueblo, había recitado su linaje, y las veces que había tenido él que repetirlo, erguido de pié, mirando de frente hacia el oriente, una y otra vez durante tres lunas seguidas. De la misma forma como fluían ahora de sus labios los antiguos nombres, desde el lejano Chiía Wulwul, fundador de la dinastía por la gracia divina de Kóoch, creador del universo, hasta su padre, el cacique Guetchanoche y su madre Kaüas.
Mientras, en su recuerdo, el Shoikn volvía a hundir la afilada piedra de ceremonia en el cuerpo aún trémulo y caliente del pequeño guanaco que fuera entregado en señal de ofrenda para ahuyentar al maligno Walichu y para que Manikéik tuviera una vida larga y feliz. Catorce lunas habían pasado desde entonces y él había cumplido su misión, caminando las rastrilladas, superando valles y quebradas, siempre en dirección al Este, ayunando la mayor parte del tiempo, y durmiendo apenas algunas horas cada noche, sólo las necesarias para reponer energías hasta la jornada siguiente.

Después de contemplar durante largo rato los infinitos azules que el mar irradiaba para su regocijo, por fin, Manikéik se recostó exhausto entre los duros matorrales que se abrían paso por las áridas grietas del borde de la gran meseta, y arrullado por la melancolía del crepúsculo que abatía al frío sol de mayo detrás de la lejana cordillera, se quedó dormido soñando con su linaje y las viejas leyendas que el Shoikn había recitado para él, y que ahora se confundían con las imágenes de una época muy lejana.
Época en la que no había tierra, ni mar, ni sol, solamente existía la húmeda oscuridad de las tinieblas, en cuya densidad sólo vivía Kóoch, el eterno, indiferente al paso del tiempo, sin pasado ni futuro. Hasta que un día, nadie sabe bien porqué, el gran dios se sintió solo en su absolutismo y comenzó a llorar. Y lloró lágrimas tan infinitas, y durante tanto tiempo, que con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde.

Y así siguió llorando Kóoch, hasta que advirtió que el agua crecía tanto que estaba a punto de cubrirlo todo y entonces, tan de pronto como había comenzado, el viejo dios dejó de llorar y suspiró. Y el suspiro de Kóoch fue tan hondo, que con él se creó el primer viento, que comenzó a soplar constantemente desde las montañas, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar. Así fue que el viento, con su fuerza y su constancia, disipó la niebla y apareció una tenue luz que hasta entonces estuvo escondida dentro de ella, y así Kóoch fue también el inventor de la claridad.

Pero la luz era aún escasa y como Kóoch deseaba contemplar el extraño mundo que lo rodeaba, en medio del agua y envuelto en la semi oscuridad que estaba naciendo, se alejó un poco a través del negro espacio, levantó un brazo y con su gesto cortó un enorme tajo en las tinieblas, originando una chispa de la que nació el sol, Xáleshen, como fue llamado el gran astro. Casi sin pausa, el sol se levantó sobre el mar e iluminó el paisaje magnífico, la inmensa superficie marina ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerse bajo su orla de espuma, batida contra los firmes acantilados donde Manikéik repetía en sueños su linaje.

Después, el sol formó las nubes, que comenzaron a vagar por el cielo, incansables, donde el viento las empujaba a su antojo, algunas veces en forma suave, otras veces en forma violenta haciéndolas chocar entre sí, hasta que se quejaban, abriéndose en truenos retumbantes, amenazando con el castigo de mil relámpagos.

Imaginaba Manikéik a Kóoch como un ser no tan alto como eran ellos, los Tewelches, como se los llamaba en toda la tierra conocida. Lo soñaba como un ser mitad dios y mitad hombre, de cara rechoncha, pelo negro y una larga barba que ocultaba las principales facciones de su rostro antiguo. Se retorcía Manikéik en su duro lecho, mientras la figura del viejo Kóoch se le aparecía cubierto de un extraño traje acorazado de color plateado, formado por un material tan duro y resistente como la roca, que le cubría el cuerpo, los brazos y las piernas. Lo veía calzando largas botas hechas de un cuero muy duro, y con su cabeza protegida por un enorme yelmo que la cubría casi íntegramente, dejando ver, apenas, la honda mirada de sus ojos tristes que surgían de un fondo oscuro y tenebroso.

Gruesas gotas de sudor bañaban la frente de Manikéik mientras veía a la figura de Kóoch, envuelto en su armadura, completando su acto de creación del universo haciendo aparecer los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Mientras, el sol, el viento y las nubes encontraban que toda la obra de dios era tan hermosa, que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar y así, el sol comenzó a iluminar y calentar la tierra, y las nubes dejaron caer la lluvia benefactora y el viento se moderó para dejar crecer los pastos, tal como el viejo Shoikn había recitado durante su Kanij.

Fue en ese instante cuando Manikéik despertó, viendo que el alba disipaba las últimas sombras de la noche, llevándose con ella las imágenes del largo sueño, y recordándole que la vida en la tierra de Kóoch era tan pacífica que podía ya regresar con el orgullo de haber cumplido la meta que lo convertía en un hombre, un verdadero Alenk, para su familia y toda su gente.

La primera sensación que tuvo, ni bien se incorporó, fue la de un hambre voraz e insaciable, producto del ayuno de tantos días de marcha. Así fue que primero pensó en cazar un guanaco, o tal vez algo más pequeño, una mara o hasta incluso algún ratón de campo, pero casi enseguida se corrigió y pensó que si había hecho tanta distancia para llegar hasta el mar, valía la pena buscar algún alimento que pudiera extraer de las azules aguas, por lo que se puso en marcha para descender hasta la orilla.

Pero fue tan sólo girar la vista en dirección a la playa, cuando una imagen desconocida e inquietante lo dejó paralizado. A una cierta distancia, surcando las tranquilas aguas del gran océano, cuatro figuras enormes que parecían flotar sobre el agua, se dirigían en forma casi recta hacia el lugar donde el mismo pretendía llegar. Manikéik conocía las canoas que navegaban los ríos de su comarca, cuando salían en ellas en busca de mejores lugares de caza, o cuando se trasladaban de un lugar a otro en la nómada trashumancia de la tribu. Pero estas oscuras figuras rizadas de enormes estructuras cubiertas de paños que se hinchaban como penachos bien alto por sobre la línea del mar, en nada se parecían a aquellas canoas.

Igual que el puma que puebla la meseta de aquellas inmensidades, Manikéik desconocía el sentido del miedo, por lo que ni bien se hubo repuesto de la primera sorpresa, antes que huir hacia el interior buscando algún tipo de refugio, decidió igualmente descender hacia la playa y esperar que aquellas enormes canoas se acercaran un poco más. El día se presentaba muy frío, clara señal de la cercanía del invierno, por lo que ajustó lo más que pudo el cuero de guanaco que cubría su cuerpo, se calzó hasta las rodillas las grandes botas, también fabricadas del mismo material, y sostuvo con arrogancia la larga lanza ataviada aún con las galas de su Kanij, mientras ceñía a su espalda el arco y una especie de bolsa llena de flechas, listo para defenderse ante cualquier circunstancia.

El descenso del acantilado le llevó apenas algunos minutos, suficientes para que las extrañas naves se hubieran acercado tanto a la orilla, que casi podía ver a aquellos que las poblaban, corriendo de un lado a otro a la par que emitían sonidos guturales y salvajes, completamente indescifrables.

Manikéik presintió que aquella aparición no podía ser otra cosa más que un envío de Kóoch, aún fresca su memoria con los sueños y visiones de esa noche. Entonces, siguiendo costumbres ancestrales que conocía desde siempre, aún desde antes de recitar de memoria su linaje, se quitó sus ropas por completo, y comenzó a cantar y danzar desnudo en la playa, echándose polvo y arena sobre la cabeza.

“Kerpónkeken, Huendáunke, Mapie, Arhjchen...”, elevaba sus plegarias como en un grito, contra las distintas formas que podía adquirir el mal, cualquiera que fuera la maldad que aquellos extraños seres trajeran consigo. 
“Kóoch, Kóoch...”, gritaba elevando sus brazos al cielo pidiéndole protección contra los malignos, mientras todo su cuerpo se estremecía con una furia eléctrica que le subía por las piernas, seguía por su torso y acababa en frenéticas convulsiones de sus brazos.
“Mapie, Mapie...”, gritaba apuntando con su lanza hacia el ser imaginario de la oscuridad de la noche, y del viento desolado de la meseta helada al pié del Chaltén.
“Kóoch, Kóoch...”, repetía suplicando al buen dios.

“Kerpónkeken, Kerpónkeken,...” soltaba a la vez que incrementaba el ritmo frenético de su danza, ahuyentando al monstruo que hiere en la cuna a los recién nacidos y bebe las lágrimas de las madres.

“Huendáunke, Huendáunke...”, arremetía contra el mal que se presenta con su mueca siniestra de animal monstruoso.

En ese instante, mientras corría de un lado a otro, contorneándose en su danza ceremonial, Manikéik alcanzó a ver que de una de aquellas naves, se desprendían algunas canoas, estas sí de un tamaño similar a los del Puelmapu, su tierra. Extraños seres que parecían hombres, repetían voces, gritos y actitudes completamente salvajes, y remaban rítmicamente, conduciendo aquellas canoas en dirección a la playa. Extasiado con la vista que tenía a su frente, y convencido ya de que aquello era un envío de Kóoch como culminación de su Kanij, Manikéik llevó el ritmo de su danza hasta un clímax de adoración y exaltación total para congraciarse con ellos.

Cuando las canoas alcanzaron la línea de la playa, sólo una de ellas enfiló hacia la orilla, encallando a un centenar de metros, mientras el resto aguardaba sigilosamente a cierta distancia. Manikéik pudo apreciar que aquella canoa traía sólo a uno de los hombres-dioses, que ni bien hubo puesto su pie en tierra firme, se arrodilló, clavando en la arena un largo cuchillo que parecía fabricado de una piedra muy brillante, y elevaba uno de sus brazos al cielo, clamando enérgicas invocaciones en su hiriente lengua.

Manikéik contemplaba la escena, maravillado por la asombrosa exactitud con la que había soñado, apenas esa noche, la apariencia y la vestimenta de aquel enviado divino, que luego de orar durante un rato, se levantó y comenzó a caminar hacia él. La extraña vestimenta que lo cubría casi por completo, hecha de una piedra completamente desconocida, brillaba con el reflejo del sol, enviando destellos que Manikéik jamás había visto en su vida. El hombre-dios, de estatura relativamente pequeña, avanzaba hacia él sosteniendo en su mano derecha el largo y afilado cuchillo y en la izquierda un palo alto que sostenía un estandarte descolorido en el que se veía una extraña figura en forma de cruz.

“¡Kóoch, Kóoch...!”, comenzó entonces a gritar Manikéik, arrojando más polvo sobre su cabeza ante la mirada del hombre-dios que por un momento se detuvo vacilante. “¡Kóoch, Kóoch...!”, continuó gritando mientras el dios comenzaba a quitarse sus pesadas ropas y se lanzaba a bailar la misma danza, arrojándose también arena sobre su cabeza, como si imitase todos sus movimientos.

Así, ambos se fueron acercando cada vez más, hasta que finalmente quedaron uno frente al otro, separados apenas por algunos metros, completamente desnudos y cubiertos de arena. Quien hubiera sido testigo de la extraña escena, seguramente se hubiera sorprendido por la gran diferencia de estatura entre Manikéik, alto y fornido, y el enjuto hombre-dios, que presentaba un rostro casi de enfermo y lo miraba abriendo desmesuradamente los ojos, tanto o más sorprendido que él joven iniciado.

Luego de un rato en el que fueron paulatinamente cesando en las evoluciones de la danza, el hombre-dios volvió a arrodillarse, y elevando otra vez su brazo derecho hacia el cielo, dijo con voz solemne, “Venimos con la palabra de nuestro Señor Jesucristo, a tomar posesión de estas tierras y todo lo que sobre ella se encuentra, en nombre de nuestro monarca, el Rey de España”.

Aún que se esforzó por tratar de entender alguna de aquellas palabras, nada comprendió Manikéik de todo aquello que fue dicho en un idioma que le volvió a parecer salvaje y gutural, por lo que se quedó tieso, mostrando al hombre-dios un rostro surcado por una gran curiosidad, ante lo cual el recién llegado volvió a lanzar su invocación, extendiendo nuevamente sus brazos al cielo.
 “¡Kóoch, Kóoch...!”, gritó entonces Manikéik lleno de gozo, entendiendo que el hombre-dios hablaba en nombre del creador eterno.

“Nuestro Señor Jesucristo...”, imploró el hombre-dios y así siguieron los dos durante un rato. Por momentos Manikéik retomaba la danza ritual y volvía a echarse arena sobre la cabeza, mientras el hombre-dios, seguía con la mirada aquellos movimientos, repitiendo a cada tanto las mismas plegarias del comienzo.

Manteniendo siempre una distancia prudencial entre ellos, ambos se fueron acercando a la orilla adonde ya los otros botes descargaban al resto de los hombres-dioses ataviados con las mismas pesadas ropas y corazas y blandiendo cada uno esos enormes cuchillos que tanto despertaban el asombro de Manikéik.

Éste, a su vez, daba vueltas y mas vueltas en torno al grupo, devorando con la vista todo lo que veía, y dándose ánimo para acercarse a tocar aquellas armaduras, y aquellos cuchillos tan filosos, con cierta timidez al principio y con algo de desparpajo luego, mientras oía a los dioses hablar entre sí y reír con un salvajismo que lo sorprendía cada vez más. Ningún sonido de lo que escuchaba le era familiar, aún cuando él había estado muchas veces en presencia de tribus lejanas, que hablaban otras lenguas, como los hombres de las manzanas, o los de la lejana comarca de los grandes fuegos.

“Oblíguenlo a vestirse y vayamos todos hasta aquella pequeña isla, donde el Capitán General nos espera”, dijo uno de los recién llegados. A Manikéik le pareció que el hombre-dios había hablado con voz ciertamente agresiva y las palabras le parecieron aún más estridentes y salvajes que antes, por lo que tomó una posición de prudencia expectante.

Fue entonces que el hombre-dios que había bailado con él comenzó a vestirse, a la vez que le señalaba sus cueros que habían quedado en la parte alta de la playa, y le indicaba que quería que fuera con él. Manikéik comprendió al instante y luego de vestirse rápidamente, subió junto al hombre-dios a la primera de las canoas.

“Alvaro de Toledo”, dijo el dios señalando su pecho.

“Kóoch”, respondió Manikéik apuntando nuevamente hacia el cielo.

“No, Kóoch, no...”, dijo el hombre tomándole suavemente la mano, mientras repetía su nombre y se señalaba otra vez a sí mismo, “Alvaro de Toledo..., yo, Alvaro de Toledo...”.

“Kóoch”, respondió otra vez Manikéik.

“No, Kóoch, no..., Alvaro de Toledo, ¿y tú...?”, insistió el dios tocando suavemente el pecho de Manikéik justo en el momento en que los botes desembarcaban en la orilla de una pequeña isla muy cercana a la playa, donde hacía largo rato esperaban más hombres-dioses descendidos de los navíos.
 “Manikéik...”, respondió entonces el iniciado sonriendo dulcemente, “...Manikéik...”, repitió a la vez que comenzaba a recitar su linaje, henchido de orgullo, repitiendo uno a uno los nombres de todos sus antepasados, desde el primero de todos, el más viejo en la dinastía, hasta el de su padre, agregando ahora al final, el suyo propio.

“¡Pigafetta...!”; llamó de pronto uno de los extranjeros que esperaban en la isla, ataviado con un oscuro traje, finamente decorado con ribetes dorados y portando un ancho sombrero que sostenía una brillante pluma. “Pigafetta, ¿está usted anotando todo lo que estamos viendo...”, insistió un tanto nervioso.

“Ya está todo registrado, señor Capitán General, absolutamente todo. A propósito, ¿ha observado Su Señoría la altura de este salvaje y el tamaño de las huellas que deja en la arena?. ¡Mire Usted el tamaño de esos pies!”

“Lo he visto, si, es un verdadero pata gão”, respondió el Capitán General, recurriendo al idioma portugués, que era su lengua natal. “Así como también su altura extraordinaria, es un verdadero pata grande, un gigante, yo creo que apenas le llegamos a la cintura, pero temo acercarme demasiado”, concluyó.

“He tomado nota de todo, Don Hernando, lo he registrado de mi puño y letra, y he diseñado un croquis también, para que se vea el tamaño de este salvaje”

Manikéik, en tanto, seguía mostrándose maravillado y continuaba haciendo señales alzando sus manos, agradeciendo que el cielo le hubiera enviado aquel hermoso presente. En su alegría, no dejaba de pensar que los dioses estaban con él y que seguramente su vida futura sería dichosa.

“¡Oye Patagón...!”, gritó uno de los hombres que estaba junto al Capitán General y Pigafetta, "¡Ven aquí y baila de nuevo para nosotros...!”

Mientras, el Capitán General ordenaba que uno de sus hombres le entregara a Manikéik un espejo de acero, como señal de ofrenda. El joven iniciado tomó confiado aquella tabla tan extraña, pero cuando vio su rostro reflejado en ella, saltó hacia atrás derribando a varios de los hombres que rodeaban la escena, gritando y pateando furioso.

Tratando de calmarlo, el Capitán General ordenó que le entregaran también unos cascabeles, un peine y unas cuentas de rosario. Manikéik, todavía no del todo repuesto, miró con suma desconfianza aquellos nuevos elementos que le entregaban, pensando que los hombres también podían ser enviados de los dioses malignos, y se apartó un poco más, acurrucándose entre las rocas que cerraban la playa.

“Miren la cara que pone este indio...”, dijo alguien y los hombres-dioses rieron.

“Kerpónkeken, Huendáunke, Mapie, Arhjchen...”, reinició Manikéik sus plegarias, mientras volvía a arrojarse polvo sobre la cabeza.

“Baila, salvaje, baila para nosotros...”, gritaron algunos hombres, riendo

“Kóoch, Kóoch”, repitió Manikéik en sus plegarias y luego de un rato, volvió a sonreír. Lentamente, recobrando algo de confianza, se acercó al espejo y los otros regalos que quedaran esparcidos sobre la arena y, de a poco, pasó sus dedos sobre ellos y soltando una risa breve, los tomó entre sus manos para estudiarlos con enorme curiosidad.

Luego, elevando la vista al cielo, comenzó a recitar, una vez más, su linaje, mientras los hombres lo miraban, atónitos, desde el fondo de sus frías armaduras y el sol de mayo iniciaba su descenso hacia el lejano ocaso.

Autor : Luis Rivero

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27 de marzo de 2011

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Nos cuentan los maestros X - Italo Calvino


Cómo escribo


Escribo a mano y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta.

Me gustaría trabajar todos los días. Pero a la mañana invento todo tipo de excusas para no trabajar: tengo que salir, hacer alguna compra, comprar los periódicos. Por lo general, me las arreglo para desperdiciar la mañana, así que termino escribiendo de tarde. Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo.

Siempre tengo una cantidad de proyectos. Tengo una lista de alrededor de veinte libros que me gustaría escribir, pero después llega el momento de decidir que voy a escribir ese libro.

Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero.


Italo Calvino (1923-1985)
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26 de marzo de 2011

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¿Me estaré volviendo loca?

Se quedó sola ¡qué le den! ya vendrá.Se quedó dormida enseguida.
Pasó una semana, más muerta que viva, deseando que su cuerpo perdiese la conciencia, pero no lo consiguió.Estuvo completamente sola, nadie fue a visitarla, ni sus hermanas.-Vuelvo a estar aislada, mejor,así no se sufre, ni tengo que estar todo el día dando explicaciones de lo que hago, o digo.Mejor sola que mal acompañada, a la mierda con todo el mundo.-
Los primeros días se los pasó durmiendo prácticamente todo el día.Venían los celadores para ayudarla a levantarse, y volvía a dormirse en el sillón.
Hasta que desapareció el sueño por completo, y ya casi no dormía ni a la noche.Pidió algo para poder dormir, pero el médico le dijo que si se pasaba el día durmiendo era normal que a la noche no hubiera sueño
Empezó a moverse poco a poco por la habitación,Se levantaba y se duchaba No utilizaba nada de lo que Manuel le había comprado, se vestía con los camisones del hospital,No salia de la habitación, se sentaba en la repisa de la ventana mirando la calle, no sentía nada, ni bueno ni malo, su cabeza estaba vacía.Los primeros días lo poco que estuvo despierta , si pensaba en él, incluso hubo días que le pareció hasta verle, pero ya no, le daba todo lo mismo, pasaba el día sentada esperando que anocheciera para meterse en la cama y dormir.Comía lo justo para que el estomago no la molestara.ya que era lo único que parecía funcionar, era la única sensación que tenia,hambre. La ducha diaria también se había convertido en otra necesidad, si no se la daba se sentía incómoda.No tenia más sensaciones que esas, su cerebro había dejado de funcionar, era lo mejor, no había vida, pero tampoco sufrimiento.
A los nueve días vino el médico con el alta.
-aquí ya no podemos hacer nada más por ti, Si quieres hablo con psiquiatría y antes de irte vas ha hablar con ellos.
-no. Lo que quiero es irme a mi casa.
-en tus manos queda , piénsalo.
Se vistió, metió todo lo que había en el armario,en la maleta y esperó a que viniera la enfermera con los papeles.
Salió del hospital, no llevaba dinero , la cartera estaba en casa.
Cogió un taxi con la intención de pagarle cuando llegase a casa. De camino se dio cuenta de que tampoco llevaba las llaves de casa-pues vaya. Tendré que pasarme por las VentasII-eso si que no le hacia ninguna gracia, tendría que ir a rebajarse y pedirle las llaves.Verle en ese momento era lo ultimo que quería, pero no había más remedio,Cuando empezó a subir por la pista que llevaba a las VentasII empezó a ponerse nerviosa, no sabia que se iba a encontrar, posiblemente no quisiera ni verla,Ni tan siquiera sabia si lo encontraría allí.
No iba a hablar con él. No tenia nada que hablar, ya había quedado todo claro.
Salió del coche dejando sus cosas en él.Había ido muy pocas veces desde que Manuel había cogido el hotel, Entró, no le sonaba la chica de recepción que la saludó cordialmente.
-Manuel?-dijo por todo saludo, y muy secamente.
-ahora mismo le aviso.
-dile que soy Marian y que llevo mucha prisa.
Le entraron ganas de llorar,Lo vio aparecer enseguida y se le cayó el alma a los pies. Tenia ante si un hombre envejecido, seguía con las manchas negras debajo de los ojos, le habían salido muchas más canas, lo peor eran los ojos, estaban tan muertos como su cerebro.Había adelgazado muchísimo.
-vamos a la oficina - le dijo agarrándola del brazo.
-tengo un taxi fuera esperando, hay que pagarle.
Salió y al momento apareció con sus cosas.
-ven.-dijo sin mirarla.
Entraron en la oficina y cerró la puerta con pestillo.Marian se quedó de pie y él se sentó en el escritorio.Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio.
-Ya estás bien?-dijo Manuel por fin.
Hizo un gesto con la cabeza, si intentara hablar lloraría.
-me alegro, ¿qué vas ha hacer ahora?
Por respuesta hizo un gesto con los hombros.No podía ver esos ojos tan tristes,No había preparado  nada para cuando le viera, pero no se esperaba encontrarlo en ese estado,le faltaba la vida igual que a ella.
-¿quieres que te lleve a casa?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
-vamos.
Fueron todo el camino sin hablar,Manuel tenia la mano en la palanca de cambios, deseo tocársela, poner la suya encima ¿cuantas veces lo había hecho? no se atrevió.Entró en casa pero no supo que hacer si coger sus cosas e irse o quedarse.
-tenemos que hablar, Marian, vamos a sentarnos, ven-la sujetó del brazo y la conduzco al sofá.-mirame,nena ¿tu crees que así estamos bien?
Negó con la cabeza.Manuel le acarició la mejilla, y ya no pudo reprimir el llanto.Le cogió la mano,
-Tenemos que arreglar esto, te echo mucho de menos, no puedo vivir sin ti,tenemos que arreglarlo .
Afirmó con la cabeza, le acarició la cara.y secó las lagrimas con sus manos.Cada vez que miraba sus ojos se hundía más.Manuel la abrazó ,la envolvió en sus brazos, lloraron juntos, el llanto de Manuel era para ella como cuchillos que se le clavaban en el alma, cada vez se sentía peor, más culpable, tenia la sensación de que llevaba meses sin ducharse, estaba muy incomoda,necesitaba darse una ducha, le parecía que olía mal.Se separó de sus brazos, y se fue al baño, sabia que eran cosas suyas,se había duchado todos los días, además como una necesidad de la que no podía prescindir,Pero se sentía sucia, no merecía su abrazo, Quería que su cerebro dejase de funcionar otra vez ,era mejor estar muerta que sentirse una basura mal oliente.Se sentó en la taza del water sin saber que hacer, no le apetecía meterse en la ducha, había pasado la sensación de suciedad, no quería quitarse la ropa le daba la sensación de que quedaría desprotegida, de que algo pasaría si se quitaba la ropa y se metía en la ducha,-si por lo menos pudiera dormirme, dejaría de sentir esta sensación que me corroe- cerró los ojos intentando que el sueño llegase, pero no llegaba, era peor, solo veía la tristeza de su mirada.
Manuel entró en el baño.
-hola preciosa-dijo levantando su cara y sonriendo.
No pudo sostener su mirada,cada vez se sentía más miserable,-tengo que irme a mi casa-pensó-es lo mejor.
-habla conmigo, cariño.
-quiero irme a mi casa.
-esta es tu casa.
-no.
Se levantó, salió del baño, fue a buscar las llaves de casa y salió a la calle.
No había recorrido ni cien metros cuando Manuel paró el coche a su altura.
-ya te llevo, monta.
Estaba tan cansada y abatida que se montó en el coche sin decir nada.No tenia ganas de encontrarse con nadie por el camino.Manuel volvía a tener la mano sobre la palanca de cambios, deseó poner su mano encima, acariciar su mano.Aguanto las ganas de llorar como pudo.Manuel pasó por su casa sin parar, pero ella no se dio cuenta hasta que ya había pasado un buen trecho.
-me he montado en el coche porque pensaba que me ibas a llevar a casa, y me he montado en el coche por que no me apetece ver a nadie por el camino.
-ya lo se,No podemos dejar las cosas así, vamos hablar quieras o no. Si tu no tienes nada que decirme, calla, pero vas a tener que escucharme.
-ni voy ha hablar ni te voy a escuchar, has el favor de parar el coche ahora mismo que me voy a bajar.
Dió la vuelta y la dejó en la puerta de casa.Fue derecha a la cocina se tomó una pastilla y subió a acostarse.
El sueño no llegó tan rápido como a ella le hubiera deseado, puso la tele,pero nada.Bajó de nuevo a la cocina y se tomó otra pastilla.Por fin se quedó dormida.
Cuando volvió a abrir los ojos no estaba segura de donde se encontraba,le costó un rato darse cuenta de que estaba en su casa,se levantó fue al baño.No se extrañó cuando se encontró la toalla colocada en su sitio, se duchó se puso el albornoz, sin pensar en como había llegado allí, cuando antes no estaba.Bajó a la cocina,tenia hambre,tampoco pensó como era posible que hubiera una caja de leche y un paquete de galletas al lado de la cafetera, simplemente se hizo un café y desayunó con las galletas.No tenia ni idea de la hora que era, tampoco le importaba .Sabia que era de noche ,porque por el belux no entraba claridad. Se sentó en el sofá y puso la tele,solo por escuchar algún ruido de fondo,no le interesó lo más mínimo la programación, se tumbó e intentó no pensar en nada, tenia esa capacidad, y lo sabia,Le pareció oir un ruido en la casa pero no hizo ni caso, se levantó y cogió un libro, estuvo leyendo hasta que se aburrió, cerró el libro sin acordarse de lo que había leído, pero había pasado el rato, esa era la función del libro, dejar que las horas pasasen sin molestarla mucho. Se preparó otro café y se tomó otras dos pastillas, si se extrañó al ver la caja de las pastillas, ella juraría que había más, pero no le dio mayor importancia, cuando se acaben ya iré a por más.
Subió a la habitación, por el belux entraba ya algo de luz,-creo que está amaneciendo-pensó-qué más da-
Puso la tele, se metió en la cama y el sueño no tardó en llegar.
Se despertó con la sensación de haber soñado muchísimo pero no se acordaba de qué,-qué más da-
Se levantó fue al baño volvía a estar todo colocado, no lo pensó, se duchó y bajó a la cocina.Puso ha hacer café y tampoco le dio importancia a que la leche estuviera en la cámara, cuando ella no la había recogido y que las galletas esta vez fueran de chocolate,desayunó la mar de a gusto porque eso si, se despertaba con hambre. Como era de día abrió las ventanas para ventilar,le molestó la luz del sol,corrió las cortinas y se sentó en el sofá con la tele puesta, se entretuvo mirando un rato la tele,no se le ocurrió preguntarse como era posible que la tele estuviera apagada cuando ella no la había apagado.Pensó en salir a dar una vuelta, pero descartó la idea, no tenia ganas de ver a nadie y tener que dar explicaciones, no , era mejor quedarse en casa y dejar que pasara un poco más de tiempo.A veces Manuel entraba en su cabeza ,pero lo sacaba de inmediato, no quería pensar en él, se cansará de esperarme y se olvidará de mi, es lo mejor.No tenia ni idea del tiempo que habia pasado desde la ultima vez que le vio,tampoco sabia cuantas horas dormía, lo único que controlaba eran las horas que pasaba despierta, seis horas, que se le estaban haciendo larguísimas, ya no sabia en que pasar el tiempo, no quería pensar pero su cabeza se empeñaba en traerle a Manuel, Deambuló por la casa intentando encontrar algo con que pasar el tiempo, se acordó del ordenador, pero estaba, se quitó de la cabeza rápidamente la casa de Manuel, Lo tengo todo allí, había salido de esa casa solamente con las llaves, seguía sin cartera, o por lo menos no recordaba haberla cogido el bolso,o si,-me parece que lo he visto en la habitación de la entrada,no recuerdo haberlo dejado ahí,¡qué más da!-fue a la habitación-lo he dejado ahí y no me acuerdo,da lo mismo, el caso es que está-Se aburrió de dar vueltas por la casa , de ver la tele, de intentar leer sin ser capaz de asimilar lo que leía,Salió al jardín pero enseguida se dio cuenta de que podía verla su vecina, y de verdad que no tenia ganas de ver a nadie, además el jardín estaba hecho un desastre,cerró las contraventanas, puso la cafetera se comió las pocas galletas que le quedaban, quedaba un cuarto de hora para que pasaran las seis horas , ya no esperó más.Abrió la caja de pastillas,-o me estoy volviendo loca, o me las estoy tomando sin darme cuenta, o qué coño pasa-intentó hacer memoria de las pastillas que se había tomado-pues no me cuadra, haber si estoy equivocada, y ha pasado más tiempo del que yo recuerdo,¡qué más da!mañana pido hora y que el medico me de más, no me voy a romper la cabeza con esa tontería.-Se tomó dos pastillas y subió a la habitación.Puso la tele, cuando se estaba quedando dormida le pareció escuchar el timbre de la puerta, pero no hizo caso.
Se despertó con la sensación de que Manuel había estado en su cama, pero pensó que lo habia soñado.
Se duchó con él en la cabeza, por mucho que intentó no logró sacarlo.Salió de la ducha-no se que me está pasando, no recuerdo haber dejado el albornoz ahí,¡qué más da!-bajó a la cocina, como era de día abrió las ventanas para ventilar, al lado de la cafetera había otro paquete de galletas distinto, se quedó pensando un momento-¿cómo eran las galletas que me comí ayer? yo juraría que me las comí todas,no se, como ando tan despistada a lo mejor no terminé el paquete,pero este está sin empezar,¡claro ahí está! este es otro y ayer no me di cuanta de que había más-Se hizo el café y desayunó a gusto.Pensó en llamar al médico para pedirle más pastillas -no tengo teléfono, aquí ya no hay linea, ¿tendré el móvil en el bolso?-efectivamente el móvil estaba en el bolso-¿qué hora es? las siete y media, tendré que esperar hasta las ocho,¿ya tengo ropa para ponerme? no había pensado en ello, algo habrá, digo yo,se me podía haber ocurrido antes y hubiera lavado el chandal, estoy a tiempo, voy a poner la lavadora-bajó a ponerla,delante de la lavadora había un chandal de Manuel, el que se ponía cuando estaba en casa,antes de que le diera por ponerse el pijama.Para ella fue como si lo tuviera delante,tuvo que aguantar las ganas de llorar,por un momento desapareció la coraza que se había puesto,lo cogió -por Dios cuanto le estoy echando de menos ahora mismo, si llego a verle no voy a ser capaz de mirarle a los ojos-abrazó el chandal como si fuera él, y lo tiró llorando al cubo de la ropa sucia-¡mierda,¡-sin poner la lavadora subió corriendo a la cocina -no recuerdo que ese chandal estuviera ahí antes,he venido muchas veces a casa y yo creo que no estaba y menos ahí, no puede ser,qué explicación le doy yo a esto, a lo mejor si estaba y no me he dado cuenta, no suelo bajar mucho por aquí cuando vengo, igual estaba y me estoy emparanollando yo sola,¡Cómo le estoy echando de menos!¿qué estará haciendo ahora?ya estará levantado seguro,Tengo que quitármelo de la cabeza-miró la hora -ya son las ocho ,mejor que me agencie otra caja de pastillas, si no, lo llevo claro.-pero Manuel seguía en su cabeza, su sonrisa sus caricias.-me voy a tener que ir de aquí, si no va a ser imposible,no voy a poder distanciarme de él,en cuanto lo vea caigo de nuevo,le estoy haciendo daño, no quiero volver a verle en ese estado, con esas ojeras, y esa mirada tan triste, tengo que alejarme, no se a donde voy a ir, pero es mejor que me vaya.-Llamó al ambulatorio para pedir hora, le dieron para las nueve- haber que me pongo, no me llevé toda la ropa,además con todo lo que he adelgazado, seguro que tengo un montón de ropa de la que me ponía antes.Rebuscó en los armarios y sacó un pantalón vaquero que hacia unos cuantos años que no se ponía,se lo probó y le gustó como le quedaba,era un pantalón que siempre le había sentado muy bien, dejó de usarlo cuando sustituyó toda su vestimenta por chandals,cuando los utilizaba los llenaba más pero le gustó como le quedaban, encontró un jersey, que también podía ponerse, y una botas.-pues ya está, ya tengo ropa para ponerme-sin saber muy bien porque se esmeró en arreglarse, algo estaba cambiando, tenia la sensación de que iba a una cita-¡qué tontería!¿para qué estoy haciendo todo esto?si solo voy al médico, y lo que tarde en comprar las pastillas y me vuelvo a casa rápidamente,no voy a parar ni por el bar.
Hacia frió, pero el día estaba precioso,El ambulatorio, era una casa pequeña que estaba en el centro,solo había dos consultorios uno para la enfermera y otro para el médico y una pequeña sala de espera, que daba directamente a la calle,lo malo que tenia era que había que subir una cuesta, normalmente cuando iba por no tener que subir la cuesta solía ir en coche,aunque por fortuna pocas veces había ido,no sabia ni quien era el médico.No estaba segura de la ultima vez que fue,pero también fue a por pastillas para dormir, ya que la farmacéutica no se las quería dar sin receta, así que no le quedaba más remedio que ir, Desde que había empezado la relación con Manuel no había vuelto a tomarlas,pero ahora eran vitales para ella,o eso le parecía.Descansó un momento antes de abril la puerta del ambulatorio-¡joder con la cuesta!-pensó-y eso que llevo mucho tiempo sin fumar.-
Abrió la puerta y se encontró con Manuel sentado justo en frente .El corazón se le volvió loco.
-¡hombre Marian!-le saludó sonriendo.
Se quedó parada mirándole-qué guapo está-pensó
-hola-contestó intentado disimular.
Había cambiado la expresión de su cara, seguía teniendo ojeras,pero sin manchas negras,las canas le sentaban de maravilla,su mirada también había cambiado,no había brillo en sus ojos, pero ya no estaban tan tristes.Dejó un banco de separación y se sentó.
-¿qué haces por aquí?¿no estás bien?yo te veo guapísima.
No pudo evitar sonreír.
-nada, una tontería, vengo a por unas recetas.¿y tu?
No podía dejar de mirar sus ojos
-una bobada que no se si me va a poder solucionar, pero vengo de todas formas.
-¿qué te pasa?-la estaba atrayendo como un imán.
-una tontería,el corazón que a veces no va como antes, vine el lunes y me dijo que ella no podia hacer nada.Voy a ver si hoy consigo que me haga caso.
-¿no te ha mandado hacerte ninguna prueba?
-no, dice que es mal de amores, y que ella no puede hacer nada.-le dijo sonriendo.
Marian se rió.
-que bobo eres.-si la seguía mirando así a la más mínima iba a caer en sus brazos.
-ya pasará,todo es cuestión de tiempo, ¿no te parece?-le dijo serio.
-si, supongo que si.
Entró otro vecino en la sala de espera.
Se pusieron a charlar los dos.Manuel estaba especialmente simpático ese día, no hacia más que sonreír,
-hace mucho calor aquí-se levantó para quitarse la cazadora.
Llevaba la misma ropa que ella le había sacado el dia que se casaron, un pantalón negro vaquero que le sentaba de maravilla y una camisa blanca,Dejó la cazadora en un asiento y volvió a sentase, siguió hablando con el vecino, sin ni tan siquiera mirarla.-Esto no es casualidad, aquí esta pasando algo¨,Pero él no sabia que yo iba a venir , o si, muy capaz de haber estado pendiente, me estoy poniendo mala, si está aquí por mi¿porqué no me mira?si se cree que así va a conseguir algo, lo lleva claro el capullo este.-
El médico salió llamarla.
Antes de hacerle la receta le dio una charla de como debía comportarse, con un riñón se vive perfectamente, pero había que cuidar el que le quedaba y más teniendo en cuenta de que ya le había dado algún problema,tenia que llevar una vida lo más sana posible, debía de cuidarse y mucho.No podía seguir tomando pastillas a la buena de Dios,Solo quiso hacerle una receta, cuando normalmente le hacia unas cuantas
Hizo como que la escuchó, no le replicó prácticamente nada,la dejó hablar y cuando tuvo oportunidad y ya con la receta en la mano salió de la consulta.-tu me vas a decir a mi lo que yo tengo que hacer -pensó-lo llevas claro, ya conseguiré las pastillas por otro lado,por Internet seguro que las consigo sin tener que dar ninguna  explicación.
Manuel hablaba en euskera con el vecino.
-bueno yo ya he terminado, ya me voy, que no sea nada lo tuyo,-le dijo sonriendo-Hasta luego-se despidió de los dos.
-gero arte, Marian- le contestó él
Salió del ambulatorio, mirá la hora, era pronto.La farmacia no estaba abierta aún, -¡qué guapo está!-tenia el estómago lleno de hormigas,-tengo que dejar de pensar en él, como sea-tenis en su cabeza sus ojos y su sonrisa-¡qué difícil,! con lo que le estoy echando de menos, necesito un cigarro.-El bar tampoco estaba abierto- en este pueblo todo se abre a las diez, desde luego mucho no madrugan.-Se sentó en un banco de la plaza a esperar, no merecía la pena irse a casa,además el día era precioso, se sentó al sol,para poder sentir su calor.Pasó Manuel en el coche ,la saludó con la mano, pero no paró.-está jugando conmigo,lo lleva claro, no pienso ir donde él, capullo.Necesito un cigarro ¡ya!
Pasó la farmacéutica que también la saludó con la mano, esperó un poco, antes de ir. Según se iba acercando vio a Manuel en la puerta esperando.
-¡hola Marian!o no nos vemos o nos vemos a cada momento.
-ya ves, cosas de la vida-dijo sonriendo.-no voy a entrar en su juego, este ya sabe que iba a venir a la farmacia, se ha debido de pensar que soy gilipollas.-pensó.
Como él había llegado antes le dejó pedir, sacó una receta del bolsillo-algo tendrá,no se lo creerá ni él, a saber lo que le ha dicho al médico para que le haga una receta,seguro que le ha dicho que le duelen los huevos, este es muy capaz-tuvo que aguantar la risa, se dio la vuelta y se puso a mirar las estanterías que había.
Manuel hablaba con la farmacéutica en euskera, como parecían que la ignoraban volvió al mostrador y dejó su receta encima, la miró entró para dentro y saco las pastillas.
Marian sacó la cartera,llevaba doscientos euros-yo nunca llevo tanto dinero,esto es cosa de este-se quedó un momento pensando antes de pagar, miró de reojo a Manuel que la sonrió.Sacó un billete pagó y salio de la farmacia-¿cuando me ha metido ese dinero en la cartera?-le dio por reír-habrá sido antes de que saliera de su casa, quiero pensar.Últimamente ando muy despistada, pero estoy segura de que yo no he metido ese dinero en la cartera,¡qué más da!-tenia ganas de reír,no sabia muy bien por qué,pero agusto habría echado una carcajada..
Entró en el bar, pidió un café y un paquete de tabaco-me parece que de aquí en adelante me lo voy a encontrar por todos los lados-sonrió, se tapó la boca para que nadie la viera.
Lo vio pasar en el coche- a que viene- estuvo pendiente de verlo entrar en el bar, se iba a hacer la tonta, se levantó a por el periódico para disimular.Manuel no vino, se sintió un poco desilusionada-que le den-Terminó el café y salió a la calle, mirando por todos los lados deseando verle,pero no lo vio por ningún lado.
No le apetecía meterse en casa, pero no tenia muchas alternativas, o tiraba para la zona de la casa de él, o subia cuestas, o tiraba para la zona de su casa,Tiró para su casa,pasó de largo y fue hasta la ermita, pero no daba el sol aún y hacia mucho frío, desanduvo lo andado y se fue a casa, se le caían las paredes encima,- no me puedo quedar aquí, tengo que salir ¿qué hago?no pienso ir a su encuentro,Podía coger el coche y perderme un rato por ahí, pero para eso tengo que ir a su casa, y el coche no es mio,es suyo,no creo que deba entrar en esa casa sin estar él, al fin y al cabo es suya, pero mis cosas están ahí,¡qué más da! puedo prescindir de todo eso.Pero resulta que es mi marido-sonrió-lo suyo es mio, puedo ir cuando quiera, y coger mis cosas,y el coche me lo regaló, es mio.santa rita ,rita, lo que se da no se quita- se rió sola.-¡por Dios, cómo le estoy echando de menos!lo que daría ahora mismo por que estuviera aquí, pero no le voy a llamar¡capullo! se está haciendo el interesante,lo lleva claro-cerró los ojos-me estoy poniendo mala.Voy a la tienda, tendré que comprar algo para comer, aquí no hay nada.
Salió de nuevo y fue a la tienda, hizo una buena compra, charló un roto con la chica de la tienda. Iba muy cargada, llevaba en la mano un pak de leche, y de repente le vino a la cabeza-de donde han salido las galletas  que me he estado comiendo y la leche y el café-le entró la risa ,ni la reprimió-la madre que lo parió ha sido él,¡será capullo!-fue todo el camino riéndose, sola.-ha estado entrado en casa mientras yo dormía..¿Pero como no me he dado cuenta antes?salí de su casa solo con las llaves, el bolso también me lo ha dejado él, ahora si que me acuerdo perfectamente, yo no lo he dejado ahí,, ni tampoco el chandal de delante de la lavadora¡por favor!¿cómo es posible que no me haya dado cuenta hasta ahora?si yo no he fregado ningún baso,¿cómo es posible que todos los días me lo encontrase fregado y en su sitio?la madre que lo parió-Entró en casa riéndose-¡será posible!me apostaría el cuello que me ha estado quitando pastillas, seguro, no me estaba volviendo loca ¡madre mía!cómo le estoy echando de menos¡será capullo!y yo tonta del culo.¿habrá estado en casa mientras yo he estado fuera?-se dió una vuelta por toda la casa-¿y el albornoz y la toalla?yo misma lo retiré todo cuando nos fuimos al otro lado,y me los he encontrado todos los días en su sitio cuando yo los dejaba tirados encima del bidé, ahí donde están ahora,¿pero cómo es posible que no me haya dado cuenta?
Se pasó un buen rato riendo sola,Estuvo tentada de llamarle, pero no.-ojalá viniese,tengo que verlo, seguro que me lo encuentro en el pueblo-salió de casa.
No lo vio por ningún lado, entró en el bar pidió otro café y se sentó a esperar, en algún momento seguro que aparece.No tardó mucho en verlo pasar con el coche.-seguro que entra,lo llamó mentalmente-
Lo vio pasar andando, entró en el otro bar-¡vaya!.-.Terminó el café y salio.Pasó por delante del bar, pero o no la vio o no le dijo nada. Fue hasta la farmacia, compro una aspirinas y volvió a pasar, se lo encontró apoyado en la puerta.
-¡hola Marian!-le dijo sonriendo.
-¡hola Manuel!¿qué haces?
-¿te apetece un café?
-¡vale!mejor que un café prefiero una menta, llevo ya unos cuantos y terminaré pagando el exceso de cafeína.
-como quieras.
Se miraron un buen rato,Manuel tenia el brazo apoyado en la barra, estuvo tentada de acariciarle la mano, no se atrevió.Su mirada, su expresión facial y corporal,la estaba atrayendo como un imán,solo tenia que dar un paso para que la envolviera en sus brazos,-¡qué necesidad tenia de él!-no se atrevió a dar el paso, no estaba segura de lo que podía pasar, se aguantó
-¿qué tal estás?-Manuel rompió el silencio.
-muy bien, en todos los aspectos-le dijo sonriendo.
-me alegro, te veo muy guapa, tienes muy buen aspecto.
-¿tu qué tal estas?¿qué te ha dicho el médico?-solo un paso, y estoy en sus brazos.
-nada, me ha vuelto a decir que ella no puede hacer nada.¿tienes algo que hacer al mediodía?¿te apetece que comamos?
-no tengo nada que hacer, me parece una buena idea¿donde vamos?
-donde quieras ¿algún sitio en especial?
-no, me da lo mismo, si quieres aquí o en casa, que por cierto he hecho compra-no pudo evitar reírse.
-vamonos por ahí, ya pensaremos donde.-se tomó el vino de un trago-vamos.

Autor : Marian Etxezarreta


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25 de marzo de 2011

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K-2

Mientras esperaba impaciente en la sala de pre-embarco en Konka, revisaba mentalmente lo poco que había metido en la mochila para este viaje. Todo había salido en forma imprevista y apenas tuve tiempo de planificar nada. Iba a estar en K-2 por dos semanas y sabía que una vez allá iba a ser difícil conseguir ciertas cosas.
No se permitía llevar mucho peso en las lanzaderas hiperbólicas, por eso había metido un máximo de tres prendas de cada tipo, es decir tres pares de medias, tres camisas, tres calzoncillos y así con el resto. Una vez allá me tendría que lavar yo mismo lo que fuera necesitando.
Tenía también mi vieja bolsa de dormir de puro duvet, una almohada inflable, una campera de abrigo y una capa plástica para cubrirse en las noches frías y lluviosas de K-2. No era necesario que llevara botellas de oxígeno líquido, sabía que el campamento en el que iría a pasar esas dos semanas poseía suficiente cantidad para los casos de emergencias, los organizadores estaban obligados por la ley. Aunque sólo ocurría en raras excepciones, se sabía que podían producirse pérdidas de presión de aire súbitas, producto del escaso tamaño de la más pequeña de nuestras lunas y, en esos casos los mágicos botellones eran imprescindibles.
Llevaba también algunos medicamentos, un par de toallas, jabón, algunos cosméticos, comidas deshidratadas, fósforos, una pequeña parrilla plegable y, lo más importante, mi cámara holográfica tridimensional digital de ciento cuarenta mil giga-píxeles. K-2 tenía un tamaño casi insignificante frente a las otras lunas, apenas unos doscientos kilómetros de diámetro, pero por toda su espectacular geografía valía la pena el gasto de poder sacar una buena cantidad de hologramas, con sonido incluido (El gobierno cobraba diez centuresios por cada imagen capturada).
Esta vez el campamento había sido organizado por el centro de estudiantes y yo estaba aprovechando el lugar que esa misma mañana me había pasado Luxher, imposibilitado de viajar por una repentina intoxicación estomacal. La partida de la lanzadera estaba prevista para las ciento veintitrés y media, y yo apenas había tenido tiempo de aceptar, preparar mi mochila y tomar el expreso transcontinental que en un rato me había dejado en el punto de lanzamiento, mientras K-2 aparecía ya asomando en el horizonte por el lado del este.
Es graciosa la órbita que recorre esta luna, una elipse muy aguda, con un perihelio (el punto más cercano) de apenas unos treinta kilómetros, y un afelio (el punto más lejano) que es de varios cientos de miles de kilómetros, es decir, sumamente alejado. Esta órbita extrema obliga a K-2 a pasar tan cerca, que prácticamente atraviesa las capas superiores de nuestra propia atmósfera, lo cual estaba comenzando a ocurrir exactamente en ese momento, mientras yo esperaba el embarque. Por suerte, una compensación entre las fuerzas gravitatorias de los otros diez y nueve satélites que nos acompañan, hace que K-2 pueda pasar tan cerca, sin estrellarse contra el planeta.
Muchos pasajeros aprovechaban estos últimos instantes para comprar cosas en los puestos de ventas, pero yo siempre prefería quedarme a disfrutar el espectáculo de K-2 a medida que penetraba en los niveles superiores de la estratosfera y comenzaba a desplegar ese espectacular show de luces y destellos, producto del choque y la fricción con el aire y las partículas suspendidas en él.
Claro que este cruce transitorio de la pequeña luna sólo duraba por algunas horas, para luego volver a alejarse en el fondo oscuro y profundo del espacio en su jornada de catorce días, seis horas, diecisiete minutos y veinte segundos que le llevaba dar una vuelta completa. Pero por breve que fuera, ese maravilloso juego de luces y colores tenía para mí un atractivo especial, además de saber que gracias a este mecanismo podíamos disfrutar en K-2 de una atmósfera y condiciones de vida completamente iguales a la nuestra.
Es que, cada vez que K-2 rompe el cielo y lo cruza de un extremo a otro del horizonte, va arrastrando consigo un poco de aire, humedad, semillas, polvo y todo lo que queda atrapado dentro de su campo gravitatorio. La acumulación de estos elementos, al cabo de millones de años, permitió que se formase en él, no sólo una atmósfera igual a la nuestra, sino además toda una geografía de valles, bosques, lagos, ríos y sobretodo una abundante variedad de flora y fauna, que la convierten en un lugar ideal para disfrutar de unas buenas vacaciones.
Estaba así contemplando plácidamente a través de los ventanales las mutaciones de color de K-2 que derivaban desde un ocre pálido hacia el rojo y luego un azul cada vez más intensos, cuando oí que por los parlantes llamaban a embarcar el vuelo RT 3456 de Kadosenian Airways. Por fin había llegado mi hora. Siempre disfruté de estos cortos vuelos en las confortables lanzaderas hiperbólicas, que habían permitido masificar comercialmente los viajes a K-2. Cada una de estas naves poseía entre ciento veinte y ciento ochenta asientos, uno de los cuales, el L-23, era precisamente el mío.
Me senté en el mullido fuelle que permitía regular cada uno de sus milímetros cuadrados a fin de lograr el máximo placer posible y busqué con la mirada la imagen del satélite avanzando vigoroso allá en lo alto por encima de nuestras cabezas. Estos vuelos no requerían ningún tipo de traje espacial, ni tubos de oxígeno, ya que la lanzadera en ningún momento sale al espacio exterior. El viaje en sí mismo se hace aprovechando el lapso durante el cual K-2 pasa por dentro de la zona protegida de la atmósfera, lo cual permite que se utilicen cabinas presurizadas, iguales a las de cualquier avión comercial de línea.
Los puertos de despegue, como este en el desierto de Konka, se habían construido con sus pistas de lanzamiento alineadas con la trayectoria del satélite, lo que permitía que las naves, al ser disparadas en la misma dirección de su órbita, rápidamente pudieran seguir el vuelo de K-2 y realizar un curso de aproximación sin requerir maniobras demasiado complejas.
Era notable percibir a través de mi ventanilla el lento pero seguro avance de K-2 mientras se realizaba el conteo para el lanzamiento. La perfecta aislación de la cabina filtraba cualquier ruido proveniente del exterior y hacía aún más placenteros esos instantes finales antes de la partida. La mayoría de los pasajeros disfrutaba de aquel momento, en tanto algunos otros dormitaban o leían alguna revista que tenían a la mano.
La lanzadera por fin fue disparada, y ascendió siguiendo la órbita de K-2, hasta alcanzar una velocidad igual a la del satélite y así poder hacer una aproximación suave. Durante un breve lapso perdí de vista la visión de K-2, en tanto la nave realizaba los ajustes necesarios en su trayectoria, pero después de algunos minutos volví a verla, cada vez más grande y más cerca.
Al rato, el comandante habló al pasaje, explicando que ya estábamos siendo capturados por la atracción gravitatoria de K-2, y la lanzadera había comenzado el acercamiento ajustando la velocidad relativa para igualar la velocidad de rotación de la pequeña luna. Para ese entonces la nave ya había girado ciento ochenta grados sobre su eje longitudinal para quedar en posición de acople, por lo que ahora ya no era la luna, sino nuestro planeta, el que quedaba por encima de nuestras cabezas y podíamos verlo maravilloso y gigantesco en toda su amplitud.
Lógicamente que a medida que la lanzadera trepaba y superaba la distancia que nos separaba de K-2, comenzábamos ya a sentir los efectos de la ingravidez, motivo de hallarnos casi en el límite del espacio exterior y como paso previo a la adaptación del cambio de peso que experimentarían nuestros cuerpos una vez que nos posáramos en la diminuta luna. Ningún cuerpo tiene el mismo peso en un planeta donde la gravedad es de nueve metros por segundo al cuadrado que en la pequeña K-2 donde es de veinte veces menor. Esto transformaba cualquier desplazamiento en el satélite como algo complicado al comienzo (el más pequeño salto implicaba recorrer a veces varias decenas de metros), pero que todos aprenden a controlar rápidamente y se transforma en un juego divertido y gracioso.
Luego, en forma casi imperceptible al comienzo, pero más rápido después, el suelo kadosoniano se fue acercando y levantando a nuestro frente, hasta que la lanzadera se posó sobre él con una suave y elegante maniobra. Casi sin pérdida de tiempo, una suave voz por los altoparlantes dejó oír el tradicional mensaje de bienvenida con el fuerte acento melódico de los nacidos en K-2.
Media hora después, ya montado con mis compañeros en el air-taxi que nos llevaría a nuestro destino, contemplaba el maravilloso paisaje de K-2 y allá por encima el increíble espectáculo que ofrecía nuestro planeta recostado a contraluz delante del maravilloso sol que nos cobija, mientras pensaba si habrá otros mundos en el universo, donde habite gente como nosotros. Quien sabe, me dije a mi  mismo, los científicos comentan que existen millones de galaxias como la nuestra, y que seguramente, en alguna de ellas, la vida debe haberse abierto paso como aquí. Seguro debe ser así, me dije, y olvidándome del asunto, me volví hacia mis amigos que hablaban y reían al compás de una dulce canción.

Autor : Luis Rivero


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23 de marzo de 2011

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Elle est ma muse




Se subía la bufanda en un intento desesperado de ocultar sus orejas del frío.
Imaginaba su pelo castaño congelado bajo el sombrero, o quizás caliente como una taza de café.
Se fundía entre la marabunta, buscando el calor de cuerpos desconocidos, la seguía a ratos, sin perderla del todo.
Contaba sus pasos, e igualaba su ritmo a un tiempo 2/2, pausado, sereno, un vals.
Robaba su ropa con la mirada, dejándola desprovista de toda vestimenta sobre el paseo nevado, sólo cubierta con una pícara sonrisa.
En ocasiones, miraba el reloj con insistencia, como si esperara un milagro en mitad de la avenida. Era preciosa bajo las cúpulas robustas de los árboles pelados que incluso le cedían el paso en una reverencia.

Con la mirada ansiosa, como un cervatillo, buscaba entre el tumulto de la plaza un rostro conocido, impaciente miraba la hora, y volvía a hacerlo de nuevo.
La observaba desde un claro entre un grupo de árboles, divertido. Preguntándose si debería aproximarse y rozar su hombro, pero ya era tarde cuando se vió haciéndolo.

- Pero, ¿qué andas haciendo?-
- Nada, sólo me preguntaba si me dejarías invitarte a un café.-
- En realidad, prefiero una taza de chocolate, como el de esa vez.-

Una carcajada tronó de su pálida garganta.

- Te quiero-
- Y yo, desde el momento en el que te ví hace 20 años entre esos árboles.- susurró entre sus labios color carmín.



Autor: Alice



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22 de marzo de 2011

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¿Tu me miras Maria ?


Tú me miras, amor,
al fin me miras de frente,
tú me miras y te entregas
y de tus ojos líricos
incides
inocencia
en los míos, María.
Tu boca busca mi boca;
tus manos suavemente
estrechan la armonía
y como dos clowns
saltamos de alegría.

Tu onda y onda dulcísima,
revolotea;
brinca,
anida
cuando por las nubes
sueñas y sin mirar a ciegas...
... tú también juegas.
Tu propio amor corpóreo
no cojea,
ni en tu mirada...
... respiras
cuando la libertad
bien entendida convierte
las citas de noche al día.

No ves mis ojos...
... no mi amor de fuente,
miras para no ver,
miras cantando...
... cantas mirando
!!Oh, música del cielo!!
que en ti procuro y me fío
¿Sabías que mi amor era de poeta?
o de cuna espiritual, vida mía.

Ciega está mi alma...
... alma que por ti delira
melodías que son acordes
del cielo...
... cielo que ante ti
te relevo.
Clara es la luna llena
en el solsticio astral...
... diversas las formas
que al umbral nos llevan,
cruzando tus pupilas
en las mías...
... Tú me miras, María?
¿Me estás mirando?
... Claro que si, Quino.

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Autor : Quino.
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21 de marzo de 2011

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Nos cuentan los maestros IX - Julio Cortázar

Del cuento breve y sus alrededores

León L. affirmait qu'il n'y avait qu'une chose de plus épouvantable que l'Epouvante: la journée normale, le quotidien, nous-mêmes sans le cadre forgé par l'Epouvante. -Dieu a créé la mort. Il a créé la vie. Soit, déclamait L.L. Mais ne dites pas que c'est Lui qui a également créé la "journée normale", la "vie de-tous-les-jours". Grande est mon impiété, soit. Mais devant cette calomnie, devant ce blasphème, elle recule.
PIOTR RAWICZ, Le sang du ciel.

Alguna vez Horacio Quiroga intentó un "decálogo del perfecto cuentista", cuyo mero título vale ya como una guiñada de ojo al lector. Si nueve de los preceptos son considerablemente prescindibles, el último me parece de una lucidez impecable: "Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento".

La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad; pero a esa noción se suma otra igualmente significativa, la de que el narrador pudo haber sido uno de los personajes, es decir que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla. Dicho de otro modo, el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica.

Estoy hablando del cuento contemporáneo, digamos el que nace con Edgar Allan Poe, y que se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios; precisamente, la diferencia entre el cuento y lo que los franceses llaman nouvelle y los anglosajones long short story se basa en esa implacable carrera contra el reloj que es un cuento plenamente logrado: basta pensar en "The Cask of Amontillado" "Bliss", "Las ruinas circulares" y "The Killers". Esto no quiere decir que cuentos más extensos no puedan ser igualmente perfectos, pero me parece obvio que las narraciones arquetípicas de los últimos cien años han nacido de una despiadada eliminación de todos los elementos privativos de la nouvelle y de la novela, los exordios, circunloquios, desarrollos y demás recursos narrativos; si un cuento largo de Henry James o de D. H. Lawrence puede ser considerado tan genial como aquéllos, preciso será convenir en que estos autores trabajaron con una apertura temática y lingüística que de alguna manera facilitaba su labor, mientras que lo siempre asombroso de los cuentos contra el reloj está en que potencian vertiginosamente un mínimo de elementos, probando que ciertas situaciones o terrenos narrativos privilegiados pueden traducirse en un relato de proyecciones tan vastas como la más elaborada de las nouvelles.

Lo que sigue se basa parcialmente en experiencias personales cuya descripción mostrará quizá, digamos desde el exterior de la esfera, algunas de las constantes que gravitan en un cuento de este tipo. Vuelvo al hermano Quiroga para recordar que dice: "Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste ser uno". La noción de ser uno de los personajes se traduce por lo general en el relato en primera persona, que nos sitúa de rondón en un plano interno. Hace muchos años, en Buenos Aires, Ana María Barrenechea me reprochó amistosamente un exceso en el uso de la primera persona, creo que con referencia a los relatos de "Las armas secretas", aunque quizá se trataba de los de "Final del juego". Cuando le señalé que había varios en tercera persona, insistió en que no era así y tuve que probárselo libro en mano. Llegamos a la hipótesis de que quizá la tercera actuaba como una primera persona disfrazada, y que por eso la memoria tendía a homogeneizar monótonamente la serie de relatos del libro.

En ese momento, o más tarde, encontré una suerte de explicación por la vía contraria, sabiendo que cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo. Recordé que siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra. El signo de un gran cuento me lo da eso que podríamos llamar su autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón de la pipa de yeso. Aunque parezca paradójico, la narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa. Incluso cuando se habla de terceros, quien lo hace es parte de la acción, está en la burbuja y no en la pipa. Quizá por eso, en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración strictu senso, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí.

Esto lleva necesariamente a la cuestión de la técnica narrativa, entendiendo por esto el especial enlace en que se sitúan el narrador y lo narrado. Personalmente ese enlace se me ha dado siempre como una polarización, es decir que si existe el obvio puente de un lenguaje yendo de una voluntad de expresión a la expresión misma, a la vez ese puente me separa, como escritor, del cuento como cosa escrita, al punto que el relato queda siempre, con la última palabra, en la orilla opuesta. Un verso admirable de Pablo Neruda: Mis criaturas nacen de un largo rechazo, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.

Este rasgo común no se lograría sin las condiciones y la atmósfera que acompañan el exorcismo. Pretender liberarse de criaturas obsesionantes a base de mera técnica narrativa puede quizá dar un cuento, pero al faltar la polarización esencial, el rechazo catártico, el resultado literario será precisamente eso, literario; al cuento le faltará la atmósfera que ningún análisis estilístico lograría explicar, el aura que pervive en el relato y poseerá al lector como había poseído, en el otro extremo del puente, al autor. Un cuentista eficaz puede escribir relatos literariamente válidos, pero si alguna vez ha pasado por la experiencia de librarse de un cuento como quien se quita de encima una alimaña, sabrá de la diferencia que hay entre posesión y cocina literaria, y a su vez un buen lector de cuentos distinguirá infaliblemente entre lo que viene de un territorio indefinible y ominoso, y el producto de un mero métier. Quizá el rasgo diferencial más penetrante -lo he señalado ya en otra parte- sea la tensión interna de la trama narrativa. De una manera que ninguna técnica podría enseñar o proveer, el gran cuento breve condensa la obsesión de la alimaña, es una presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector, hacerle perder contacto con la desvaída realidad que lo rodea, arrasarlo a una sumersión más intensa y avasalladora. De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación. El hombre que escribió ese cuento pasó por una experiencia todavía más extenuante, porque de su capacidad de transvasar la obsesión dependía el regreso a condiciones más tolerables; y la tensión del cuento nació de esa eliminación fulgurante de ideas intermedias, de etapas preparatorias, de toda la retórica literaria deliberada, puesto que había en juego una operación en alguna medida fatal que no toleraba pérdida de tiempo; estaba allí, y sólo de un manotazo podía arrancársela del cuello o de la cara. En todo caso así me tocó escribir muchos de mis cuentos; incluso en algunos relativamente largos, como Las armas secretas, la angustia omnipresente a lo largo de todo un día me obligó a trabajar empecinadamente hasta terminar el relato y sólo entonces, sin cuidarme de releerlo, bajar a la calle y caminar por mí mismo, sin ser ya Pierre, sin ser ya Michèle.

Esto permite sostener que cierta gama de cuentos nace de un estado de trance, anormal para los cánones de la normalidad al uso, y que el autor los escribe mientras está en lo que los franceses llaman un "état second". Que Poe haya logrado sus mejores relatos en ese estado (paradójicamente reservaba la frialdad racional para la poesía, por lo menos en la intención) lo prueba más acá de toda evidencia testimonial el efecto traumático, contagioso y para algunos diabólico de The Tell-tale Heart o de Berenice. No faltará quien estime que exagero esta noción de un estado ex-orbitado como el único terreno donde puede nacer un gran cuento breve; haré notar que me refiero a relatos donde el tema mismo contiene la "anormalidad", como los citados de Poe, y que me baso en mi propia experiencia toda vez que me vi obligado a escribir un cuento para evitar algo mucho peor. ¿Cómo describir la atmósfera que antecede y envuelve el acto de escribirlo? Si Poe hubiera tenido ocasión de hablar de eso, estas páginas no serían intentadas, pero él calló ese círculo de su infierno y se limitó a convertirlo en The Black Cat o en Ligeia. No sé de otros testimonios que puedan ayudar a comprender el proceso desencadenante y condicionante de un cuento breve digno de recuerdo; apelo entonces a mi propia situación de cuentista y veo a un hombre relativamente feliz y cotidiano, envuelto en las mismas pequeñeces y dentistas de todo habitante de una gran ciudad, que lee el periódico y se enamora y va al teatro y que de pronto, instantáneamente, en un viaje en el subte, en un café, en un sueño, en la oficina mientras revisa una traducción sospechosa acerca del analfabetismo en Tanzania, deja de ser él-y-su-circunstancia y sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo, es un cuento, una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento, algo que solamente puede ser un cuento y además en seguida, inmediatamente, Tanzania puede irse al demonio porque este hombre meterá una hoja de papel en la máquina y empezará a escribir aunque sus jefes y las Naciones Unidas en pleno le caigan por las orejas, aunque su mujer lo llame porque se está enfriando la sopa, aunque ocurran cosas tremendas en el mundo y haya que escuchar las informaciones radiales o bañarse o telefonear a los amigos. Me acuerdo de una cita curiosa, creo que de Roger Fry; un niño precozmente dotado para el dibujo explicaba su método de composición diciendo: First I think and then I draw a line round my think (sic). En el caso de estos cuentos sucede exactamente lo contrario: la línea verbal que los dibujará arranca sin ningún "think" previo, hay como un enorme coágulo, un bloque total que ya es el cuento, eso es clarísimo aunque nada pueda parecer más oscuro, y precisamente ahí reside esa especie de analogía onírica de signo inverso que hay en la composición de tales cuentos, puesto que todos hemos soñado cosas meridianamente claras que, una vez despiertos, eran un coágulo informe, una masa sin sentido. ¿Se sueña despierto al escribir un cuento breve? Los límites del sueño y la vigilia, ya se sabe: basta preguntarle al filósofo chino o a la mariposa. De todas maneras si la analogía es evidente, la relación es de signo inverso por lo menos en mi caso, puesto que arranco del bloque informe y escribo algo que sólo entonces se convierte en un cuento coherente y válido per se. La memoria, traumatizada sin duda por una experiencia vertiginosa, guarda en detalle las sensaciones de esos momentos, y me permite racionalizarlos aquí en la medida de lo posible. Hay la masa que es el cuento (¿pero qué cuento? No lo sé y lo sé, todo está visto por algo mío que no es mi conciencia pero que vale más que ella en esa hora fuera del tiempo y la razón), hay la angustia y la ansiedad y la maravilla, porque también las sensaciones y los sentimientos se contradicen en esos momentos, escribir un cuento así es simultáneamente terrible y maravilloso, hay una desesperación exaltante, una exaltación desesperada; es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante. Y entonces la masa negra se aclara a medida que se avanza, increíblemente las cosas son de una extrema facilidad como si el cuento ya estuviera escrito con una tinta simpática y uno le pasara por encima el pincelito que lo despierta. Escribir un cuento así no da ningún trabajo, absolutamente ninguno; todo ha ocurrido antes y ese antes, que aconteció en un plano donde "la sinfonía se agita en la profundidad", para decirlo con Rimbaud, es el que ha provocado la obsesión, el coágulo abominable que había que arrancarse a tirones de palabras. Y por eso, porque todo está decidido en una región que diurnamente me es ajena, ni siquiera el remate del cuento presenta problemas, sé que puedo escribir sin detenerme, viendo presentarse y sucederse los episodios, y que el desenlace está tan incluido en el coágulo inicial como el punto de partida. Me acuerdo de la mañana en que me cayó encima Una flor amarilla: el bloque amorfo era la noción del hombre que encuentra a un niño que se le parece y tiene la deslumbradora intuición de que somos inmortales. Escribí las primeras escenas sin la menor vacilación, pero no sabía lo que iba a ocurrir, ignoraba el desenlace de la historia. Si en ese momento alguien me hubiera interrumpido para decirme: "Al final el protagonista va a envenenar a Luc", me hubiera quedado estupefacto. Al final el protagonista envenena a Luc, pero eso llegó como todo lo anterior, como una madeja que se desovilla a medida que tiramos; la verdad es que en mis cuentos no hay el menor mérito literario, el menor esfuerzo. Si algunos se salvan del olvido es porque he sido capaz de recibir y transmitir sin demasiadas pérdidas esas latencias de una psiquis profunda, y el resto es una cierta veteranía para no falsear el misterio, conservarlo lo más cerca posible de su fuente, con su temblor original, su balbuceo arquetípico.
Lo que precede habrá puesto en la pista al lector: no hay diferencia genética entre este tipo de cuentos y la poesía como la entendemos a partir de Baudelaire. Pero si el acto poético me parece una suerte de magia de seguno grado, tentativa de posesión ontológica y no ya física como en la magia propiamente dicha, el cuento no tiene intenciones esenciales, no indaga ni transmite un conocimiento o un "mensaje". El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen "normal" de la conciencia; en un tiempo en que las etiquetas y los géneros ceden a una estrepitosa bancarrota, no es inútil insistir en esta afinidad que muchos encontrarán fantasiosa. Mi experiencia me dice que, de alguna manera, un cuento breve como los que he tratado de caracterizar no tiene una estructura de prosa. Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros pre-vistos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable. Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran. Ellos respiran, no el narrador, a semejanza de los poemas perdurables y a diferencia de toda prosa encaminada a transmitir la respiración del narrador, a comunicarla a manera de un teléfono de palabras. Y si se pregunta: Pero entonces, ¿no hay comunicación entre el poeta (el cuentista) y el lector?, la respuesta es obvia: La comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos. Y esa comunicación no es la que intenta el prosista, de teléfono a teléfono; el poeta y el narrador urden criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisible, y sus consecuencias ocasionales en los lectores no se diferencian esencialmente de las que tienen para el autor, primer sorprendido de su creación, lector azorado de sí mismo.

Breve coda sobre los cuentos fantásticos. Primera observación: lo fantástico como nostalgia. Toda suspensión of disbelief obra como una tregua en el seco, implacable asedio que el determinismo hace al hombre. En esa tregua, la nostalgia introduce una variante en la afirmación de Ortega: hay hombres que en algún momento cesan de ser ellos y su circunstancia, hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio.

Segunda observación: lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario. Su irrupción altera instantáneamente el presente, pero la puerta que da al zaguán ha sido y será la misma en el pasado y el futuro. Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado. Descubrir en una nube el perfil de Beethoven sería inquietante si durara diez segundos antes de deshilacharse y volverse fragata o paloma; su carácter fantástico sólo se afirmaría en caso de que el perfil de Beethoven siguiera allí mientras el resto de la nubes se conduce con su desintencionado desorden sempiterno. En la mala literatura fantástica, los perfiles sobrenaturales suelen introducirse como cuñas instantáneas y efímeras en la sólida masa de lo consuetudinario; así, una señora que se ha ganado el odio minucioso del lector, es meritoriamente estrangulada a último minuto gracias a una mano fantasmal que entra por la chimenea y se va por la ventana sin mayores rodeos, aparte de que en esos casos el autor se cree obligado a proveer una "explicación" a base de antepasados vengativos o maleficios malayos. Agrego que la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de "full-time" de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural, como en el socorrido modelo de la casa encantada donde todo rezuma manifestaciones insólitas, desde que el protagonista hace sonar el aldabón de las primeras frases hasta la ventana de la bohardilla donde culmina espasmódicamente el relato. En los dos extremos (insuficiente instalación en la circunstancia ordinaria, y rechazo casi total de esta última) se peca por impermeabilidad, se trabaja con materias heterogéneas momentáneamente vinculadas pero en las que no hay ósmosis, articulación convincente. El buen lector siente que nada tienen que hacer allí esa mano estranguladora ni ese caballero que de resultas de una apuesta se instala para pasar la noche en una tétrica morada. Este tipo de cuentos que abruma las antologías del género recuerda la receta de Edward Lear para fabricar un pastel cuyo glorioso nombre he olvidado: Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente.

Julio Cortázar (1914-1984)
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18 de marzo de 2011

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Bruto corazón


"...si usted no entiende de poesía
le escribiré un cuento de bomberos..."
Noha

-¡¡Amigo!!.¡¡ Eh Amigo !!-
La cara blanca como cubierta de tiza pareció reaccionar abriendo un par de ojos azules inyectados en sangre, irritados por el polvo de cal que aún flotaba en el aire y lo hacía incluso difícil de respirar.
La corpulenta silueta que se acercaba demoró tan sólo un instante en ajustar un mosquetón a un hierro saliente y descender con cuidado en posición invertida pero aún sujeto por su arnés, como araña al acecho de una posible víctima.
-Bueno. Tranquilo- dijo mientras llegaba al fondo - acá estoy- tomó su Walky Talky y sin mediar otra palabra gritó sin necesidad –Tengo uno, masculino, sobreviviente ¿Me copia? Cambio.
Una voz robótica respondió desde el aparato.
        -Chávez? ¡!Antes de modular identificate carajo ¡!
-Acá Cháves... Encontré masculino de unos treinta años, sobreviviente atrapado, cambio…
        -¿Necesita médico urgente? Cambio
-Afirmativo. Y la bolsa cricket. Cambio-
        -Mantenelo despabilado hasta que traigan la bolsa de aire. ¿Un cricket hidráulico no te alcanza? Cambio.
-Negativo Ludueña, es parte de una losa. Es más seguro hacerlo con la bolsa. Ahora, si usted quiere que se venga todo en banda...Cambio
        -Bueno. No te hagás el vivo vos que te comés una sanción... Te aviso. Ya sabés que hacer. Fuera. 
-Si ya sé- masculló con el resentimiento de quién duda de las capacidades de un superior y de todas formas debe obedecer a rajatabla.
El “Negro” Chávez se volteó sobre su costado y aún cuando estaba en posición invertida, casi a treinta grados de inclinación pudo acomodarse un poco y mirar con más detenimiento al muchacho que estaba frente a él.
-Como te llamás campeón?
        -César. César Almeida…
-Sabés lo que te pasó Cesar?
        -Si…creo…se cayó la losa. Al lado estaban construyendo y socavaron los cimientos. Tembló todo…todo el día...avisamos, pero el arquitecto no venía...no vino, hablé con el capataz. Y encima vinieron hoy con una excavadora...de las grandes...no dan pelota...
Cesar se atragantó un poco con el polvillo y comenzó a toser, pero el Negro sabía que no podía darle nada aún, tenía que terminar el interrogatorio de rutina y después preguntar a los médicos si podía darle algo de beber.
-Hoy había más gente por ser martes?
        -No, ¿cómo martes? Hoy es viernes…
-Si, claro, que boludo que soy. Decime ¿te duele algo?
        -La pierna izquierda. Creo que está aplastada…
-No, no, no te des manija, tranquilo, está atrapada, mirá desde acá veo que no hay sangre. Quedate tranquilo y respirá pausado que en poco tiempo te sacamos y te vas al hospital. Mi Dió, allá hay una enfermera…no, ¿para que te cuento? un bombón. Ahí te vamos a llevar. Ya me vas a dar las gracias.
César pareció tranquilizarse. Cháves no tenía ni idea del estado de la pierna, pero con ese pequeño interrogatorio que la Fuerza le obligaba a hacer, ya había definido que la victima estaba en uso de sus facultades mentales completas, no estaba en estado de shock y que por lo tanto sus heridas podían ser leves. Recordaba nombre, lugar y fecha, comprobando su ubicación personal, física y temporal. Faltaba una sola pregunta.
-Che, César, ¿había más gente en el lugar?
        -Si, poca, pero había. Creo que había tres chicas en el segundo, en Pilates y cuatro chicos en las pesas. Ah!! Y dos más en las cintas…
-Si miramos desde el frente del edificio, ¿me podés decir a que altura y si es al fondo o al frente? -
        -¿En que piso y si era derecha o izquierda?
-Si, justo así. ¿Podés?-
        -Las chicas en el segundo piso, a la derecha, al fondo... Los de las pesas, primer piso, a la derecha, al frente, creo... Las cintas caminadoras, acá nomás. Yo tenía el escritorio de recepción al lado, visto desde el frente a la izquierda en planta baja… ¿Te sirve?
-Perfecto. Bueno, esperá que modulo- Tres femeninos segundo derecha atrás, cuatro masculinos primero derecha frente, dos más acá. Cambio-
        -¡¡Identificate antes de modular carajo!! Tengo que ser mago. Ya te copié. Los muchachos están trabajando ¿cómo está la víctima?- 
Silencio...
        -Chávez, ¿que cómo esta la víctima?-
-¿Cambio?-
        -Si boludo. Cambio-
-Chávez, acá. Bien está, bien ¿y la bolsa, ya está en camino? Cambio.
        -La del cuartel de la Boca es la que está entera y funcionando pero se la prestaron a Tandil. Estamos tratando de ubicar otra. Yo te aviso. Y vos no te hagás el estreñido, huevón. Fuera. 
Chávez le guiñó el ojo a César mientras le sonreía  en tono cómplice pero se dio cuenta que la cosa se complicaba y que no podía quedarse tanto tiempo allí con la losa pendiendo sobre sus cabezas a la vez que la inclinación de su cuerpo poco a poco se hacía sentir haciendo que mucha sangre se le fuera hacia el cerebro sin pasaje de vuelta.
Por lo menos -se decía para sus adentros- tengo uno vivo y hoy no voy a tener que lidiar con muertos. Es que Cháves desde que era bombero no le había hecho asco a ningún encargo. Si un tren arrollaba a alguien él era el encargado de recuperar los trozos y pasaba horas recorriendo vías con sus guantes de látex encontrando algo aquí otro algo allá. Si se trataba de un accidente vial, era el que mejor manejaba las “tenazas de la vida” esa herramienta traída por la mano de dios y un mecánico con inventiva, que con pocos movimientos y mucha potencia cortaba las chapas retorcidas para liberar a las victimas o lo que quedara de ellas.
Si un incendio era la tarea indicada, él se calzaba sus tanques de oxigeno, traje y mascarilla roídas por el uso y de antigüedad inescrutable, para así adentrase en el fuego y rescatar, a veces sobrevivientes, a veces victimas.
-No te me duermas César. Quedáte conmigo. ¿Cómo te dicen tus amigos? Cacho, tito… Negro seguro que no te dicen.
        -Laucha…por las paletas, creo…
-¿Laucha o conejo? No jodas. ¿En serio? Y yo me preocupo por que me dicen negro…
César lo miró con cara de contener una respuesta incómoda y Chávez lo pescó al vuelo.
-Si, ya sé que soy negro, pero me gusta que me llamen por mi nombre-
        -¿Cuál? ¿Chávez?
-No, ese es mi apellido. Artemio…
        -No me jodas…
-Si mi abuelo se llamaba así y a mi me pusieron su nombre…por lo menos es original... no como Claudio, Carlos... César...
        -Bueno, Artemio. Mucho gusto.
-El gusto es mío César, pero no te me duermas ¿eh? Si no te cuento cómo se llamaba mi abuela y no te dormís nunca más en la vida…
Una pequeña sonrisa asomó en la pálida cara del muchacho y Chávez aprovechó el momento para ver si podía observar mejor la pierna atrapada.
Se arrastró como pudo unos centímetros más hasta llegar a un hueco un tanto mayor que le permitía girar el torso y elevarlo apenas un poco. Durante la maniobra vio la pierna, fracturada pero no expuesta ni con pérdida de sangre, razón por la que se tranquilizó un poco, pues de estar expuesta, los tiempos tomaban el atajo de un acelerado reloj sincopado al existir la posibilidad de un cercenamiento de la arteria femoral y una hemorragia que le daría menos de una hora para ser controlada, situación ésta, sumamente comprometida, considerando que por lo profundo, tardarían mucho tiempo en llegar con las máquinas para liberarlo. La alternativa de la bolsa permitiría inflarla con aire presurizado desde el compresor del camión y así levantar la losa que aplastaba la pierna en forma pareja y con mayor superficie de contacto.
Chávez no se animaba a usar un cricket por la poca superficie de apoyo y porque podría rajar y fracturar la estructura sin lograr moverla lo suficiente.
Parecía que César podía esperar, pero le preocupaba que se estuviera durmiendo y que hubiera dos pisos sobre ellos que había que remover primero para rescatar al resto.
        -Gracias…
Cesar no lo estaba mirando.
-Por qué mi amigo? Es mi trabajo, no se preocupe…
    -No, en serio. Yo no tendría lo huevos para meterme en este socavón para sacar a un perfecto desconocido…
-Che, que nadie es perfecto y menos vos. No jodás, seguro que vos harías lo mismo, lo que pasa es que todavía no te diste cuenta…
        -¿Ya llegó la Federal?
-Nosotros somos de La Federal…- 
Se contuvo porque el muchacho no tenía porque saberlo. Siempre el maldito estigma traído de la mano de los delincuentes. Superintendencia Federal de Bomberos de la Policía Federal Argentina, muy largo, todos preferían decir Bomberos Voluntarios aunque eso abarcara múltiples federaciones nacionales y ajenas.
        -Perdón, no sabía…
-No te preocupes Laucha, nadie nos asocia con la policía, pero somos los que están para servir y proteger - hizo una seña de comillas con ambas manos-, pero la gente se acuerda de eso nada más que cuando se convierte en víctima-
        -No, en serio, yo tengo un amigo policía…
-Si Laucha, no te calentés, te entiendo hermano. La cosa no es con vos. Vos tranquilo que primero te vamos a sacar y después hablamos de estas pavadas… Acordate de la enfermera. Tiene unas gomas. ¿Te gustan tetonas, no?. Si, como no te van a gustar...ya vas a ver... Delia se llama...Delia...
Artemio se miró las manos, fuertes, callosas, deformadas por múltiples esfuerzos. Cada una de ellas capaz de contener la cabeza completa del Laucha en su circunferencia. Su mujer lo solía observar y luego de tomarlas entre las suyas le decía
           -Manos grandes, buenas, fuertes. ¿Sabés por qué me enamoré de tus manos? 
    - No ¿por qué?- 
            -Porque son racimos de chorizos-
Y él la corría por la casa con un falso enojo decorado de sonrisas.
        -Me duele un poco el estómago…
-¿Te duele o tenés ganas de cagar?
        -No, me duele adentro…
-Perate un cacho…
Tomó nuevamente el Walky Talky, pareció recordar algo y dijo:
-Acá Chávez, ¿me copia? Cambio-
        - Hablá Chávez, ¿qué pasa? 
-¿Cambio?-
        -Si. La puta madre.Cambio-
-Digale al médico del S.A.M.E. que la victima presenta dolor de estómago. ¿Recomendación? Cambio-
        -Pará... Momento…
Pasaron sesenta segundos largos, casi como de media hora.
        - Dice que no le des nada, que hasta que lo saquemos no puede decirte ni recomendar nada. Si empeora te bajamos algún calmante pero hay que llevarlo a emergencias lo antes posible. Cambio.
-¿Y de la bolsa? Cambio-
        -Te vamos a bajar el cricket, olvidáte de la bolsa. Parece que no estaba en el presupuesto nacional. 
Chávez refrenó la puteada que le asomaba por la boca cuando sintió que la línea de vida se movía con el peso de alguna herramienta que le mandaban desde arriba.
        -Te va el cricket. Seguí el procedimiento. Fuera-
Y la realidad decía que debía poner una base de metal lo más amplia posible, tanto en la base como en la cima  que,por supuesto, de antemano preveía que no iba a tener.
        -¿Me van a sacar?
- No, si vúamo a estar por inaugurar una gomería… 
El Laucha sonrió con lo imprevisto de la broma y aunque un pequeño rictus de dolor le cruzó la cara supo que no podía estar en mejores manos que aquellas.
        -¿Me va a doler? -
-Lo mismo que a mí, hermano: nada. Quedate tranquilo. Soy bruto pero hago esto casi todos los días. Como que equilibro lo bestia con la experiencia ¿viste?-
Y mientras se lo decía comenzó a apuntalar las partes débiles de la estructura con cuatro caños que le bajaban por la línea de vida. Encontró un punto firme de apoyo justo bajo la vertical donde se encontraba la pierna del Laucha. Verificó posibles desprendimientos o corrimientos que pudieran empeorar una situación que de por sí ya era complicada y comenzó a bombear el cricket hidráulico con un ritmo lento pero seguro, deteniéndose a cada oportunidad en que una pequeña lluvia de cal caía sobre ambas figuras.
La losa comenzó a moverse casi en el mismo momento en que el embolo llegaba a su fin sin poder elevar una columna que había agotado su recorrido.
La puteada salió débil, cansada. Goteó de su boca para estrellarse contra el piso junto con cientos de gotas de su propia transpiración..
César lo miró preocupado, con el inicio de la desesperación asomando en sus labios.
        -¿Cagamos?
- No hermano, de acá nos vamos los dos y ahora, como que me llamo Artemio ¿Sabés?
Y en cuclillas con la espalda empujando con toda su fuerza bruta parte de una losa que comenzaba a bascular sobre el eje de un simple cricket, el bombero cumplió su promesa, como cada día de su vida lo había hecho.

Basado en un hecho real.

OPin
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