30 de abril de 2011

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Dios mío...


Estaba un dia sentada,

miraba sin ver,el cielo,

tú te acercaste a mí,

y me dijiste...te quiero.



Yo ví entonces el sol,

que brillaba cual lucero,

y mirándote pense...

¡dios mio,cuanto te quiero¡.


Autor : Julia Orozco.
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29 de abril de 2011

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QueMarse De AmoR



A la mañana, al despertar
mientras aún estabas
en cama, dormida;
yo escribía palabras 
sobre tu cuerpo. 

Luego te acercaste...
como si de noche, se tratase; 
tú nombre se borró, 
tu te asomaste...
y la lujuria brotó.

Entonces dije 
con el aliento sólo de mi voz
idénticas palabras
sobre tu mismo cuerpo; 
y nunca nadie 
pudo tocarlas 
sin quemarse...
como el halo del fuego. 

Quino ©
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LLUVIA...


Mañanas de lluvia sobre mi alma,
corren los torrentes sin moderación,
inundando mi mirada sin dilación,
arrastrando mi agonía a sus charcas….

Cielos cargados sobre mi cabeza,
cayendo a plomo sobre la maleza
en un gota a gota cierto que llega..
escapando del Sol y su pereza..

Lluvia serena por los ventanales,
cortina plateada frente a los umbrales,
lloran sobre la tierra los mártires,
buscan consuelo para sus males..

Se encharcan los corazones,
atascos de penas en los desagües…
desbordan las corrientes todos los valles..
abrazos de esperanzas sus verdes mantones…

Autor : Galatea Santos
 


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26 de abril de 2011

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Plasmando...



Cojí un papel en blanco,

y lo llené con mis versos,

iban saliendo del alma

¡plasmando,mis sentimientos¡.


Autor : Julia Orozco

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25 de abril de 2011

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Mis calles.....



¿Qué sabes del barro de mis calles?
¿Qué conoces de las grietas en las paredes?

¿Jugaste entre pelotas algodonadas
cuando no había nada con que delimitar los postes?

¿Naufragaron tus goletas de papel manchado
en los charcos de barro estancado?

¿Qué has visto en las miradas que a la miseria acompañan…?
¿Cómo puedes saber…la hiel que las amarga?

¿Has recorrido las aceras sombreadas,
hijas del asfalto desheredadas
por dónde el Sol hace ya tiempo,
se olvido levantar a las mañanas?

¿Y los árboles del parque?...
Eternos esqueletos sus ramas…
se olvidó la Primavera, de venir a visitarlas…
¿Viste alguna vez una flor nacer de entre sus entrañas?

Hombre augusto, dónde los haya….
¿Por qué de lo que no conoces…hablas?


Autor : Galatea Santos
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24 de abril de 2011

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Escapar soñando y acompañado



"Hay veces que necesitamos soñar, trepar hasta la rama mas alta de ese árbol tan alto, nadar hasta las profundidades de los mares para no sentir realmente lo que nos sucede, y así incapacitar nuestra mente para no poder caer en la cuenta que la soledad y la tristeza nos van desgarrando de a poco con el fin de desgastarnos hasta al punto de que ni polvo quede en nuestro lugar, para no sentir que en realidad estamos en el fondo de los fondos y el retorno es casi una utopía, es como tener la esperanza de que romeo y julieta salgan con vida cada vez que volvemos a toparnos con el final de la afamada obra de shakespeare .para eso es mas que necesario soñar, para escaparnos al menos por un pequeño lapso de nuestra realidad, no es correcto decir que soñar es nuestro redentor en estos tiempos desesperados, pero esta muy cerca. sin embargo hay algo bueno en todo esto, nosotros muchas veces -si dijera siempre estaría mintiendo- tenemos a alguien que puede ayudarnos a soñar, como si fuera un soporte, para no caer hasta el fondo y por lo menos ser un granito de arena, pero solido. debemos sentirnos alegres de no ser como asterion -tengo que decir que estoy de acuerdo con la perspectiva que planteo borges- el no tenia a nadie,y la soledad lo destruyo hasta el punto de que su salvador sea nada mas ni nada menos que su asesino."

Autor : Camila





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22 de abril de 2011

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Y sembré




Ayer plantando una rosa,

(pensé en mi fuero interno),

¿por qué no planto también

con la rosa un sentimiento?.


Y miré en mi interior,

por ver lo que yo sentía

y sembré junto ala rosa...

¡semillas de mis sonrisas¡.


Autor : Julia Orozco.

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In extremis...


¿Qué se supone que he de hacer ahora?
¿Donde debo guardar mis recuerdos?
¿En qué caja sin etiquetas he de meterlos?
¿Debo dejar que los devoren las sombras?
¿Debo sentir que no son más que un soplo en el viento?
¿Debo permitir que jamás vuelvan a contar las horas
de los relojes en la memoria del tiempo?
¿Debo dejar que se empapen de la lluvia del olvido
que lenta cae sobre todo lo muerto?
Que aún siendo corto, no fue menos intenso,,…
Qué aún siendo poco, no es digno de menosprecio….

Una parada apenas en el trayecto…..
aquel infinito sendero de besos cuerpo a cuerpo…
mapas de placer que jamás pensé llevarían al destierro…
a este amor huérfano de ti que hoy siento…
de este amor que no quisiste que fuera nuestro….

Y de lejos te imagino….tras la pared de cristal
en tus sábanas frías envuelto…
contando amaneceres sin dueño...
rezando por un abrazo….llorando por mi regreso..
a tomar posesión de tu alma y tu cuerpo…
desde mi cerco.. desde este vacío inmenso
que es mi vida sin tu aliento….
sin tus manos, sin tu sonrisa,
...sin tu calor en mis adentros..
sin comprender porque me dejaste ir…
sin importarte el precio que pagarías por ello….

Solo me quedan de ti….recuerdos…
todos de vivos colores….ninguno en blanco y negro…

Y a ellos les entrego en un boca a boca in extremis
mi respiración…mi cálido aliento…
queriendo que en mi vivan eternos….sin tú saberlo.


Autor : Galatea Santos

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Y comentan...

Dicen que estaba en la playa,
y que contaba sus olas,
y que miraba la arena
y no alcanzaba a mirarla.

Dicen que fué en ese instante,
cuando el Cielo se cubrió,
de dulce manto de paz
y suave murmullo de amor.

Y comentan por ahi,
que desde entonces se marcha,
por las noches a escuchar.....
¡el dulce candor del agua¡.

Autor : Julia Orozco.
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21 de abril de 2011

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Exhumación


-¿Tenemos el permiso del juez?

-Sí.

-Pues proceda.

Y, así, palada tras palada, prozac a prozac, extrajeron de la tumba mi ánimo.



Autor : S. Cid


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20 de abril de 2011

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Por siempre fundidos...

                                  
En rayo de luna,
dejé un pergamino,
tu nombre sellado
cubriéndolo el mio.

Y la luna salia
y brillaba en la noche,
y tú la mirabas
y escuchabas mi nombre.

Y yo junto a tí
dibujando dos almas
que al son de la luna,
tranquilas danzaban.

Y tú,me abrazabas,
Y yo,sonreia,
tu cuerpo en mi cuerpo,
tu alma en la mia.

Y asi nos quedamos,
por siempre amor mio,
dos almas,dos cuerpos,
¡por siempre fundidos¡.

Autor Julia Orozco
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17 de abril de 2011

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Antología No Somos Escritores





No Somos Escritores desea poner a consideración de sus socios y autores una propuesta de publicación virtual de algunas de las obras hasta ahora incluidas en el blog.

Esto se realizaría mediante el sistema ISUU de publicaciones virtuales resultando un libro como los de  este ejemplo, en formato swf (Flash) que todos podrán publicar en sus blogs o enlazar al sitio ISUU.

Para este fin cada autor deberá seleccionar y enviarnos un máximo de dos obras con imágenes de libre disponibilidad asociadas, así como una mini-biografía con enlace a su blog, más una fotografía o Avatar personal  a nososmosescritores@gmail.com autorizándonos a incluirlos en la publicación colectiva.

Sin autorización por escrito no se incluirán los trabajos en el libro.

La publicación se realizará únicamente si se reciben más del 70 % de autorizaciones de autor. Por debajo de esta cifra pospondremos la misma para otra oportunidad.

El título de la obra se seleccionará por concurso entre las propuestas que se nos hagan llegar.

El cierre de recepción de trabajos para esta primera edición será el 1 de Junio de 2011.

Quedamos a la espera de los comentarios que deseen hacernos llegar vía email.

Muchas gracias
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16 de abril de 2011

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Nos cuentan los maestros XII - Julio Cortázar

Sobre el cuento

1. El cuento, género poco encasillable
(...) Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar, los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.

2. Ajuste del tema a la forma
(...) Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les bastará escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquél que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial.

(...) Pienso que el tema comporta necesariamente su forma. Aunque a mí no me gusta hablar de temas; prefiero hablar de bloques. Repentinamente hay un conjunto, un punto de partida. Hice muchos de mis cuentos sin saber cómo iban a terminar, de la misma manera que no sabía lo que había en la popa del barco de Los premios, y eso vale para todo lo que he escrito.

Es lo que me interesa más: guardar esa especie de inocencia -una inocencia muy poco inocente, si usted quiere, porque finalmente soy un veterano de la escritura- como actitud fundamental frente a lo que va a ser escrito.
No sé si usted ha hecho la experiencia, pero hay escritores que proyectan escribir un libro y se lo cuentan a usted en detalle, en un café, todo está listo, todo planteado: cuando lo escriben, generalmente es un mal libro.

3. Brevedad
(...) el cuento contemporáneo se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios; precisamente, la diferencia entre el cuento y lo que los franceses llaman nouvelle y los anglosajones long short story se basa en esa implacable carrera contra el reloj que es un cuento plenamente logrado.

4. Unidad y esfericidad.
(...) Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparar con la novela, género mucho más popular y sobre el que abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede de las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En este sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que en una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el "clímax" de la obra, en una fotografía o un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condensados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes.


(...) Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros previstos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable. Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran.


(...) -¿Cómo se le presenta hoy la idea de un cuento?
-Igual que hace cuarenta años; en eso no he cambiado ni un ápice. De pronto a mí me invade eso que yo llamo una "situación", es decir que yo sé que algo me va a dar un cuento. Hace poco, en julio de este año, vi en Londres unos pósters de Glenda Jackson -una actriz que amo mucho- y bruscamente tuve el título de un cuento: "Queremos tanto a Glenda Jackson". No tenía más que el título y al mismo tiempo el cuento ya estaba, yo sabía en líneas generales lo que iba a pasar y lo escribí inmediatamente después. Cuando eso me cae encima y yo sé que voy a escribir un cuento, tengo hoy, como tenía hace cuarenta años, el mismo temblor de alegría, como una especie de amor; la idea de que va a nacer una cosa que yo espero que va a estar bien.


-¿Qué concepto tiene del cuento?
-Muy severo: alguna vez lo he comparado con una esfera; es algo que tiene un ciclo perfecto e implacable; algo que empieza y termina satisfactoriamente como la esfera en que ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos.

5. El ritmo
(...) Cuando escribo percibo el ritmo de lo que estoy narrando, pero eso viene dentro de una pulsión. Cuando siento que ese ritmo cesa y que la frase entra en un terreno que podríamos llamar prosaico, me cuenta que tomo por un falsa ruta y me detengo. Sé que he fracasado. Eso se nota sobre todo en el final de mis cuentos, el final es siempre una frase larga o una acumulación de frases largas que tienen un ritmo perceptible si se las lee en voz alta. A mis traductores les exijo que vigilen ese ritmo, que hallen el equivalente porque sin él, aunque estén las ideas y el sentido, el cuento se me viene abajo.

6. Intensidad
(...) Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay solamente un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

7. Objetivación del tema
(...) Un verso admirable de Pablo Neruda: "Mis criaturas nacen de un largo rechazo", me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.

8. Temas significativos.
(...) Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no es tan sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que una médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero esto, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes de que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema.
A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema debe ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y más hermoso?

(...) Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores.

(...) Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá entre nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.


Julio Cortázar (1914-1984)
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15 de abril de 2011

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Sobre dosis de cafeina

-¿qué te pasa?

-¡nada! –contestó de muy mal humor.

No sabía muy bien porqué, o si, el caso es que tenía ganas de reírse. ¡Toma!

-¿se puede saber de qué te ríes? ¡Nena!

-de ti, que no contigo.

-no tienes ni idea de lo que has hecho.

-¡YO! ¿Qué qué he hecho yo? ¡Pues mira el gallito del corral! ¡Tendrá morro!

-¿qué es eso de “Marian la amiga de Manuel”?

-Pero tú de qué vas, llevo una hora viendo cómo te pavoneas y TU ¿me vas a pedir a mi explicaciones? ¡TÚ me vas a mí a llamar a mí la atención! Con piedra dura has dado. Tú que me has estado ignorando toda la mañana, a ti se te va la olla. ¡Gallito! ¡Tú me vas a decir a mi algo, cuando he visto como le mirabas el culo a la gallina clueca! ¡Qué pasa no te gusta el mío o ¡QUE¡ ¿esa también ha pasado por la cabaña? No te fastidia el tío, que encima pretende llamarme a MI la atención ¿qué pasa no te ha gustado como me ha mirado el baboso? ¡ Pues te AGUANTAS! No tienes nada que decir de mi comportamiento, no puedo yo decir lo mismo de ti.-lo que había empezado en risas se estaba convirtiendo en una monumental bronca. Hablaba tan rápido que a veces tenía que parar a vocalizar-Desde que estamos juntos, siempre ¡SIEMPRE Manuel! Me has presentado como tu mujer, ¿qué es eso de que esta es MARIAN?

-¿has terminado?

-¡SI! Que sea la última vez, que me llamas la atención por no hacer ¡NADA! Y que no se te vuelva a ocurrir mirarle el culo a la clueca.

-¿has terminado?

-¡SI! ¿Qué pasa? ¿Mi culo no te parece suficiente?¡ Pues es lo que HAY y PUNTO! Al baboso le ha gustado ¡QUE LO SEPAS! ¡Capullo!

-¿YA?

-¡SI! ¿Qué relación has tenido con la clueca esa? ¿ Qué confianzas son esas? ¿Por qué no me contestas? ¡DI ALGO!

-si me dej….

-¡qué pasa! ¿Te molesta que te diga estas cosas? ¡PUES ES LO QUE HAY! A ver si tienes huevos de volver a llamarme la atención ¡GALLITO! ¿Por qué no me contestas?

-mmmmmmmmmmm……….

-¿porqué te callas? ¿Qué ocultas? Tú no eres de los que se queda callado,.

-¿te apetece otro café?

-MIRA pues SI, y un cigarro también, ¡que no se te vuelva a ocurrir quitármelo! ¿Te has enterado?

-¿ya puedo hablar?

-¡no te estoy diciendo que contestes, ¿me estas tomando el pelo? Vete a tomarle el pelo al clueco haber si te aguanta.

-¿no preferirías una tila?

-la tila te la tomas TU! ¿Qué te crees? Que porque me tome una tila vas a dejar de ser un capullo. ¡PUES TE EQUIVOCAS! ¿Podemos cambiar de calle? Es la tercera vez que pasamos por aquí.

-la cuarta, esto es el pueblo.

-¡ya está el quisquilloso, poniéndole el punto a la i! ¡Puntilloso!

-¿te apetece saltar a la comba?

-me vendría bien, y a la clueca también.

-no me puedo creer que estés celosa de Carmen- dijo riendo y plantándose delante de ella.

-pues sí, me puedo sentir celosa de cualquier cosa a la que prestes demasiada atención, ¡ESO TU YA LO SABES! No me mires con cara de no haber roto un plato ¿HAS ROTO TODA LA VAJILLA! Tonto del culo.


Autor : Marian Etxezarreta
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Versificando


Quisiera
encontrar
el camino...
... Revivir
tus besos...

Volver
a
ser
lumbre contigo...

... Cobijarnos
en
dos
continentes abrazados
como arcos encendidos.

Safe Creative #1102228556297




 
Autor : Quino ©
 
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14 de abril de 2011

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Ilusión...


-¡Dígame señora! ¿Qué le sirvo?

-Póngame cuarto y mitad de ilusión,
y ¡por Dios se lo pido!
en el peso no me haga tongo.

-¡Señora por favor, no me falte!
que yo soy honrado comerciante.

-En duda no lo pongo,
¡créame usted ahora del todo!
pero son tantos ya los tratos,
tantos los engaños,
que una no sabe si trata
con Dios o con el Diablo.

-No me desespere,
ni de mi sea desconfiada
que lo que esté en mi mano
le serviré con gusto
la felicidad deseada.

-No busco tanto
¡créame usted ahora!
solo deseo no ser engañada,
que la felicidad no se busca
ni se compra, ni regala…
con que llegue y permanezca
me doy por despachada.
Así que solo de ilusión
quiero la cantidad solicitada,
tampoco en exceso
que los excesos no son buenos,
solo quiero eso,
un poquito nada más
para mantener las ganas
mientras llega la felicidad esperada,
que sea ella la que venga
que sea bien hallada
porque así será que
se quede una larga temporada,
el tiempo suficiente
para poder decir a los seres corrientes
"yo fui una vez feliz,
sin esperar nada,
sin pagar dadivas,
sin ofrecer prendas
ni alquilar el alma,
solo gastaba una poquita de ilusión
en cada época que por mi pasaba".



Autor : Galatea Santos
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11 de abril de 2011

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Las bestias



Muy pocos saben cómo me gustaba ir de visita a la casa de tía Engracia. Ellos tal vez suponían que el miedo que me paralizaba al llegar, no justificaba el esfuerzo de llevarme. También, quizás por eso, no solíamos ir muy seguido, tan sólo dos o tres veces en el año. Sin embargo, a mí me gustaba.

Tía Engracia, que en realidad no era mi tía, sino algo así como una tía abuela segunda por parte de alguno de mis padres, vivía en el bajo, cerca de la estación La Lucila. Era un sitio poblado de árboles bordeando calles silenciosas, donde el pasto crecía entre las grietas de los viejos adoquines de las esquinas. Un barrio de casas bajas y amplios jardines desbordados de malvones, rosales, claveles y enredaderas perfumadas, que al atardecer extendían sus sombras como laberintos donde sonámbulos imaginarios jugaban a la rayuela y al dinenti.

Un lugar al que me encantaba ir de visita, aunque nadie lo supiera y todos creyeran que me llevaban a la fuerza, y en el que uno de los mayores pasatiempos era adivinar el aroma de los escones y tortas que la tía horneaba desde la tarde anterior a la visita, y que luego acompañaban la merienda alrededor de la mesa de caoba del gran comedor. También era un deporte disputarnos con los primos el tarro de Toddy, mientras las madres y la tía apuraban la tarde, detrás del juego de té de loza inglesa, regado con algún suave néctar recién recibido de Ceilán.

Me gustaba ir de visita a la casa de tía Engracia, a pesar de que nadie lo sabía, a pesar de que alguna vez dijeron "mejor que hoy no lo llevamos", a pesar del miedo, a pesar de las bestias.

Porque si había algo en la casa de tía Engracia que provocaba pánico, eran las bestias. De las cuales sólo sabía que eran tres y que pocas veces pude ver de perfil, entrecortado por las sombras. "Esperen que las guardamos", decía tía Engracia cuando llegábamos, y escondido tras la falda de mi madre, veía a alguno de los primos abriendo la puerta de la escalera que llevaba a la terraza y subía seguido por las bestias, que gruñían, soltando una espuma gris detrás de dientes afilados, y saltaban los escalones de a dos o de a tres, y se perdían luego en la negrura, allá arriba.

Sólo entonces, cuando se cerraba con llave la puerta que daba a la escalera, tía Engracia nos recibía con su sonrisa tan española y su perfume mezcla de tortas aún tibias y madreselvas que rodeaban la galería, esparciendo seducciones a medida que entrábamos.

Me gustaba ir a la casa de tía Engracia, y jugar con los primos en el departamento del fondo, donde siempre había nuevos tesoros esperando a ser descubiertos. Las cajas de lata con viejas monedas de países desesperadamente lejanos. Los tomos de las colecciones de estampillas del tío José, a quien no llegué a conocer, las fotos del centenario, las revistas. Ese departamento había estado siempre allí, tía Engracia lo alquilaba de vez en cuando, pero tenía mucha mala suerte con los inquilinos, que le duraban poco y luego de algunos meses, lo dejaban. No se acostumbran a convivir en este barrio, decía la tía, y nos abría la baulera del departamento, de donde manaban cosas nuevas y misteriosas.

Pero por sobretodo, estaban las bestias. Que trataban de horadar el piso de la terraza, rasgando con sus uñas los mosaicos desabridos, buscando construir un túnel por el cual llegar hasta nosotros y devorarnos. Que se gruñían entre ellas, disputándose quién daría la primera dentellada. Que soñaban con plantarse delante nuestro y abrir sus fauces para saciar su apetito de carne fresca.

Me gustaba ir a la casa de tía Engracia para encaramarme al mirador del departamento del fondo y mirar desde allí lo poco que se podía imaginar de la terraza. Para preguntarme cómo podía ser que los primos, alguno de los cuales eran más chicos que yo, podían vivir junto a aquellas bestias, e incluso darles ordenes y conducirlas hasta allá arriba, sin que les hicieran daño, logrando, además, que les obedezcan. ¿Porqué ellos habían adquirido ese derecho y yo tenía que entrar agazapado? ¿Porqué había partes de la casa a las cuales tenían acceso las bestias y el resto de la familia y yo no?.

Y sin embargo, me gustaba tanto ir lo de tía Engracia que, después de cada visita, sólo podía pensar en la próxima.

Así fue que los años pasaron, entre escones y escondidas en el departamento del fondo. Entre otoños y primaveras, las mejores épocas para ir de visita a casa de tía Engracia. Entre pilas de fotos de los veraneos en Mar de Ajó y los collares de caracolas que armaban las primas. Entre libros que se apilaban en destartaladas bibliotecas y extraños cuadros que la tía guardaba en ese departamento. Entre fríos y calores que se hacían cada vez más intensos a medida que las primas crecían. Entre mis miradas furtivas en dirección a la terraza, estudiando las sombras que se agitaban y gruñían detrás de sus muros, esperando alguna revelación.

Hasta que en una de aquellas visitas, hubo una oportunidad que no había imaginado. Algo que surgió de pronto, inesperado, sin aviso. Fue cuando nos enteramos, al llegar a casa de tía Engracia, que ese día los primos no estaban, por algún motivo que ya no recuerdo. Fue la única vez que la tía Engracia en persona se encargó de encerrar a las bestias en la terraza, antes de hacernos pasar. Fue la única vez que no tuve con quien jugar y debí buscar la forma de entretenerme solo, en el departamento del fondo. Fue la única vez que tuve la casa de tía Engracia toda para mi.

La tarde se hizo eterna, sin encontrar algo que me atrapara de verdad. Tan sólo el recurso de escudriñar desde el mirador lograba darme algo en que concentrarme. Espiar la terraza a lo lejos, adivinar los saltos que daban las bestias. Jugar con el pequeño catalejo que habíamos armado con el juego de física de uno de los primos, hurgando a la distancia cada uno de los rincones que podían divisarse desde allá arriba. El patio lleno de plantas, los enanos de jardín esparcidos en los canteros, las hojas de la parra, la escalera, la llave que tía Engracia olvidó puesta en la puerta que llevaba a la terraza...

Nunca en mi vida había sentido una exaltación como la de ese momento. La llave negra, grande, medio oxidada, estaba allí, encajada en la cerradura, y a cada segundo se transformaba, más y más, en un poderoso imán que me atraía con una seducción imposible de evitar.

Ninguna voz interior me hablaba de peligro. No hubo, ni por un momento, un atisbo de reflexión. Desaparecieron de pronto todos los miedos, y sólo un sonido tintineaba en mis oídos, pensando en que si los primos podían, yo también debería poder. Ellos abrían aquella puerta, subían y bajaban de la terraza cuantas veces quisieran, y hasta se jactaban de cómo acariciaban a las bestias y las alimentaban de su propia mano. Así que a los pocos segundos atravesé el patio y entré en la cocina buscando las galletas que solían arrojarles como postre después de los sangrientos festines de carne y sobras con que se atracaban diariamente. Me costó llegar hasta el estante de arriba y, decidido a todo, opté por llevar la lata entera. Al menos tendría para darles suficiente alimento.

Nadie me vio entrar ni salir de la cocina y dirigirme luego, resuelto, a la entrada de la escalera. Miré fijamente la llave por un instante y, sin dudar la hice girar, empujando la pesada puerta que se deslizó suave, sin un quejido. Delante mío, se erguía una hilera de veinte escalones, cruzados de raspones y restos no identificables de comida, ramas, hojas y excrementos, bordeada de paredes despintadas y marcadas de grietas y arañazos.

En la parte superior, la escalera doblaba hacia la izquierda después de un pequeño descanso. Más allá, un murmullo apagado, dominaba las alturas. Un ligero resquemor cruzó mis ojos. Por un momento recordé el terror, las llamadas telefónicas avisando que "vamos con Pablito", las advertencias de los primos, el sudor frío de mis manos cada vez que entraba a la casa. Pero el desafío era enorme, inevitable, así que avancé.

Los primeros escalones los hice en silencio, casi en puntas de pié, pero al cabo del cuarto o quinto, mi paso se hizo más firme. Llevaba la lata de las galletas debajo de mi brazo derecho, mientras me ayudaba con el izquierdo tomándome del pasamano de hierro que llevaba cada vez más arriba. Al llegar unos peldaños antes del descanso, casi sin darme cuenta, empecé a llamar a las bestias por sus nombres, largamente aprendidos de memoria.

"Furia", sabía que era la más grande y feroz. "Jack", era la (o tal vez “el”) más inteligente, aunque no tenía claro cual era su tamaño. "Brava", por último, sabía que era pequeña, aunque también tenía fama de sanguinaria. Yo subía, haciendo vibrar sus nombres en la punta de la lengua, primero en voz baja, luego cada vez más alto, provocando un revuelo creciente después del recodo, al que arribé en pocos segundos. Me detuve por una eternidad, y al fin, decidido a todo, di la vuelta y trepando los cuatro escalones que restaban, llegué arriba, sin dejar de llamar a las bestias, casi como en un rezo.

Sus ojos de acero me miraban desde distintos ángulos, mientras podía distinguir un gruñido que brotaba a través de sus gargantas, envueltos en el latido de lomos erizados y patas que se ponían ágilmente en movimiento. Las bestias se retorcían y giraban alrededor mío, formando un círculo cada vez más estrecho, con sus cabezas gachas y la mirada hurgando a la distancia buscando cual sería el flanco más apto para atacarme.

Yo también giraba, un poco más lentamente que ellas, mirando a una y luego a otra, hasta que, sin saber porqué, me senté en el piso, poniendo la lata de galletas entre mis piernas, girando la tapa con la mayor calma posible, como ignorando la amenaza cercana. Una de las bestias, Furia, detuvo su ronda mientras elevaba su trompa y venteaba el aire, expandiendo y contrayendo los agujeros de su hocico. Las otras dos, casi al mismo tiempo, también se detuvieron, y hasta me pareció oír un pequeño gemido que provenía de alguna de ellas.

En ese momento yo decidí no mirar a ninguna, no quería demostrarles temor, sólo pretendía fingir total indiferencia. Así transcurrió un rato, durante el cual las bestias dejaron de aproximarse en forma amenazante, cambiando su actitud por una mirada más curiosa. Por fin, me decidí a llamarlas nuevamente a cada una por su nombre, a la par que les ofrecía las galletas que brotaban de la caja.

Brava fue la primera en acercarse a buscar la suya, que por precaución deposité en el piso de mosaicos, delante de ella, y que devoró en un segundo. Casi de inmediato, Furia y Jack se acercaron moviendo sus colas, repitiéndose la ceremonia, muy lento al principio, más rápido después.

Las galletas les encantaban de tal forma que en pocos instantes tuve que pararme para defender la lata que querían arrebatar de mis manos. Una vez que estuve de pié, comprobé que en realidad las bestias no eran tan grandes como imaginaba. Brava era verdaderamente pequeña y muy peluda. Jack era un poco más grande, pero de piel lisa. Furia era por cierto la más grande, aunque apenas me llegaba un poco por debajo de la cintura. Tenía pelo, menos tupido que Brava.

Por un rato me dediqué a recorrer la terraza, que era pequeña y estaba cubierta con una parte del parral que trepaba desde el jardín lateral, formando un techo casi perfecto, mientras las bestias saltaban alrededor mío en busca de más galletas. Las paredes eran altas, razón por la cual era imposible ver nada desde el exterior, ni siquiera desde la calle, lo que conformaba un mundo aislado, el misterioso mundo de las bestias.

Tanto les gustaban las galletas, que engullían una tras otras casi sin morder. Entonces me llamó la atención que mientras comían, brotaba de sus bocas una baba sanguinolenta que les escurría por el costado. Primero pensé que la sangre provendría de las mismas bestias, tal vez las galletas eran demasiado duras, entonces decidí probar una. No eran duras y tenían un sabor desagradable, pero lo peor fue advertir que soltaban como una especie de jugo espeso que manchó mis dedos con el mismo color sanguinolento que manaba de sus bocas. Pensé que estarían hechas de carne y de sólo pensar en eso, hizo que arrojara los restos a las bestias, sin poder evitar un gesto de repugnancia.

Rato después, cuando las galletas se acabaron, temí que volvieran a la actitud agresiva del comienzo, pero al cabo de un instante de vacilación, y cuando puse la lata vacía en el suelo para que husmearan y se convencieran de que no había más, se conformaron y continuaron dando saltos a mi alrededor, en una especie de juego que pronto me pareció muy divertido. Yo seguía llamándolas a cada una por su nombre, sin dejar de asombrarme cómo rápidamente entendían y obedecían mis palabras. Tan sólo era indicarles, “Brava, acá...”, “Furia, sentada...”, “Jack, quieto ahí...”, y ellas cumplían sin dudar, como si nos conociéramos de toda la vida. Me parecía increíble que fueran tan inteligentes. Será por las galletas de carne, pensé.

Después de jugar un rato, y temiendo que alguien me descubriese, decidí bajar. Ordené a las bestias que se sentaran, bajé en silencio y volví a cerrar la puerta, dejando la llave en su lugar, tal como la encontré. El resto de la tarde se me pasó volando, encaramado al mirador del departamento del fondo, imaginando a mis bestias echadas en los mosaicos de la terraza, ahítas de comer galletas y de retozar a mi alrededor como si fueran mascotas mimadas. Tal vez incluso me tuvieran en sus pensamientos, pensé, así como ellas estaban en ese momento en el mío. En un momento alcancé a oír a la tía preguntando cómo era posible que se hubieran acabado las galletas de las bestias, y que no sabía cuando podría volver a preparar más. Pero nada de eso me preocupó, yo estaba feliz.

Nadie supo nunca de aquel encuentro, y en las sucesivas visitas se mantuvo la tradición de encerrar a las bestias en la terraza. No sé porque tomé la decisión de ocultarlo, pero me parecía que mantener el secreto le agregaba a la visita una emoción distinta. Yo atravesaba el patio en dirección al departamento del fondo oyendo cómo ellas me seguían con el olfato, desde la altura, o bajaban las escaleras y gemían para sus adentros, arañando desde el otro lado de la puerta. Cada vez que podía, yo robaba galletas de la lata, una vez repuesto su contenido, que después les arrojaba desde el mirador, surcando el espacio que me separaba de la terraza. Me divertía imaginarlas engullendo y lamiendo el jugo que manchaba de sangre los mosaicos, sentadas en hilera esperando las galletas.

Me gustaba ir a la casa de tía Engracia, por cierto. Aunque, con el correr del tiempo, las visitas se fueron espaciando hasta que, ya entrado en la adolescencia, un día decidí dejar de ir. Me pareció que ya no era importante participar de la acostumbrada visita, me bastaba con mantener aquel secreto.

Un secreto que las bestias (de donde quiera que hubieran venido) y yo, juramos no revelar jamás.

Autor : Luis Rivero
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9 de abril de 2011

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El gallo y la clueca

Entraron en el bar que tenia de todo. Detrás del mostrador había una efusiva mujerona, entrada en carnes y en años, que saludó a Manuel cariñosamente, hablando en euskera, no entendió mucho pero si lo suficiente para saber que por ahí andaba una tal Carmen. Salió de la trastienda, otra mujer algo mayor que ella, regordeta, que miró a Manuel adorándolo con sus ojos y sus gestos. Continuaron hablando en euskera, empezó a impacientarse. ¿Quién sería esta tipa? ¿Por qué no me presenta como hace siempre? ¿Porqué habla en euskera si sabe que yo no los entiendo y menos el navarro cerrado que hablan ellos? Aquí hay gato encerrado. Carraspeo para hacerse notar, no estaba acostumbrada a que Manuel la ignorase desea forma, no le estaba gustando ni un pelo.
-¿un café? – le preguntó casi sin mirarla

-si, por favor- contestó fríamente.

No se dio por aludido. Se sentó apartada del grupo a saborear el café, ya que nadie la prestaba atención, por lo menos se tomaría el café tan ansiado. Por cierto ¡buenísimo! Solo que se le estaba atragantando, el café, la actitud de Manuel, las miraditas que esa tal Carmen echaba a su hombre, y las sonrisitas de la mujer mayor, que tenía toda la pinta de ser la madre de la tipa. Se estaba poniendo negra, Manuel estaba de espaldas a ella, le dieron ganas de darle una colleja en el pescuezo, ¿será posible que me ignore de esta manera? Este se entera hoy de lo que vale un peine, ya vendrá, ya. No estaba dispuesta a aguantar ese desaire, se levantó.

-¡Manuel! Que me voy a dar una vuelta por el pueblo, cuando quieras me buscas.

-Marian, espera que voy contigo.

-no, no, tu tranquilo, quédate hablando con tus amiguitas, que ya paseare yo sola.

Manuel sonrió, -pues ahora tu sonrisa no me gusta, si te has creído que yo te voy a sonreír, lo llevas claro, a mi a seca no me gana nadie, tonto del culo-pensó. Sonrió.

-ahora vamos, cariño, ¿te has terminado el café?

-sí- contestó intentando guardar las formas, pero echándole una mirada asesina.

Manuel volvió a sonreír.

-esta es Marian-

¡esta es Marian! ¡La que vamos a tener¡…….. ¡ Esta va a ser sonada! Espera que te pille solo, Marian a secas y un huevo.

Se acercó a las mujeres con su mejor cara, las saludó y hasta le dio dos besos a cada una.

-Marian no sabe euskera, mejor si hablamos en castellano.- la miraba de reojo.

Ella ya había decidido no mirarle a la cara,

-¿te ha gustado el café Mariana?

-me llamo Marian, estaba buenísimo, ya me tomaría agusto otro.

Me voy a pillar una sobre dosis de cafeína que no me voy a aguantar ni yo, este se entera de lo que vale un peine, ya vendrá, ya.

-si es descafeinado mejor- dijo Manuel.

-perdone usted, señor Manuel, mi café si no le importa lo elijo yo.

-estas chicas modernas cómo son- dijo Manuel.

Le rió la gracia, ella y las dos mujeres. ¡Hay majo, ya verás que rapidito te corto yo el rollito  gracioso con migo! Suelta otra que verás.

-¿no le echas azúcar al café?- le preguntó la tipa.

-no, me gusta amargo, con el azúcar pierde todo el sabor.

-yo sin endulzarlo no me lo podría tomar- rió- yo le echo cuatro azucarillos.

Por eso tienes el doble de culo que yo- pensó- ¡culona! Que dentro de poco lo vas a arrastrar. Sonrió. Te va a comer la celulitis.

-A Marian le gustan las emociones fuertes, todo puro, sin artificios.

No supo muy bien como tomárselo, puro el que te vas a fumar tu solo esta noche ¡capullo! Mira se me acaba de ocurrir, me voy a fumar un cigarro, a ver si tiene narices de llamarme la atención.

-¿vendéis tabaco?

-si, ¿qué marca quieres’

-ducados, por favor-

No le miró en ningún momento, soy la perfecta ignoradora, pregúntaselo a mi vecina.

Encendió un cigarro, pero como llevaba tiempo sin fumar le sentó  fatal, le dio por toser.

El quitó el cigarro de la mano. Le echó la mirada asesina, Manuel sonrió- pero bueno, este es tonto o qué, ¿a qué  viene tanta sonrisita? ¡Está haciendo el tonto! Mejor dicho se está haciendo el majo delante de la tipa esta, huy………. La que vamos a tener. Este duerme sentado en una roca, como que me llamo Marian, que no Marina.

Controló la tos, encendió otro cigarro, este ya le entró mejor: como se le ocurra quitármelo, le quemo un ojo, y a la culona le escondo el azúcar ¡menuda soy yo! Estos no me conocen.

-Me pones otro café – dijo amablemente.

-¿no estás tomando mucho café , nena?

- me tienes castigada ¿Qué quieres? Para un día que puedo tomar un buen café tendré que aprovechar, nene.

Volvió a sonreír.-¡pero bueno ¡ este es tonto o qué . Como me vuelva a sonreír, ya sé lo que le voy  a hacer, le voy a dar un morreo, haber que hace. Le voy a cortar yo el rollito guay con la tipa esta, estos no me conocen. Volvió a echarle la mirada asesina y sonrió. ¡Toma! Para falsa yo

La charla era fluida, pero a ella no le interesaba lo más mínimo, solo observaba gestos.

Carmen no paraba de reír, le reía todas las gracias como si fueran la mar de ingeniosas.

Manuel parecía un gallo en el corral, o eso le parecía a ella y la culona la gallina clueca.

El café  era delicioso, estaba haciendo su efecto, huyyyy………la que voy a liar.

Se escuchó una voz masculina dentro de la trastienda, las dos mujeres entraron para adentro. Al momento salió un hombre que por la edad o era hermano de la culona o su marido.

Sonrió toda simpática. El hombre la miró de arriba abajo. ¡Será cerdo! Vaya mirada de salido que me ha echado, Fue directo a darle la mano a Manuel. Marian ofreció su mano.

-Marian, amiga de Manuel- se presentó.

El hombre le plantó dos besos,- ¡baboso!-pensó- me estoy pasando, estoy celosa perdida y me estoy pasando veinte pueblos. Esto va a terminar mal o no. A lo mejor me divierto,

-es el marido de Carmen- dijo Manuel, mirandola con cara de pocos amigos

Vaya, osea que la culona tiene marido, vaya, vaya. Mirándolo bien , no tiene mala pinta, macho, macho, como me gustan a mí, con pelos en el pecho, bueno igual tiene demasiados, me gusta más el mío, pero se va a enterar ahora, yo voy a ser la gallina clueca.

Volvieron a salir las mujeres, le pareció que Manuel miraba el gran culo de la tipa. ¡Le está mirando el culo! ¿Pero este de qué va? ¡Que le está mirando el culo! Huyyyyyyyyyy…….. La que vamos a tener.

-¿os quedareis a comer no?-dijo la madre.

-no teníamos intenciones, solo veníamos a tomar un café y a comprar algo.

-Quedaros, será un placer, hace mucho que no te vemos, Manuel. –dijo el hombre mirando a Marian.

¡Será viejo verde! Qué manera de mirarme.

-¿Marian?-

Este está esperando que sea yo la que dice que no¡ja! Lo lleva claro, me voy a divertir un rato, si soy capaz de aguantar la mirada asquerosa de este baboso.

-por mí no hay problema.

-¿vamos a dar una vuelta?- dijo Manuel

-no, yo estoy bien aquí, ya me tomaría otro café.

-ni hablar- dijo mirándola a los ojos- ni tomas más café ni fumas más.

Marian rió agusto, por primera vez desde que habían llegado ¡vaya, vaya! Mira cómo cambia la cosa. Está claro que me voy a divertir.

-nos vamos a dar una vuelta- dijo cogiéndola de la mano.

Se soltó antes de salir del bar.

- perdona que soy solo Marian, no me cojas la mano.

-ya, perdona yo a mi mujer yo le cojo la mano donde, cuando y como me salga de los huevos.

-te estás pasando, majo, tú no me has presentado como tu mujer, así que ahora no me vengas con chorradas.

-eso lo dirás tu.- entro en el bar de nievo- Alberto, Marian es mi mujer, llevamos casi un año casados

¡Pero qué ridículo! No es que me importe, yo estoy encantada de ser su mujer y lo que haga falta ¡será capullo! Mira qué manera de marcar territorio, este se entera, ¿Qué pasa con la culona?

Autor : Marian Etxezarreta

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6 de abril de 2011

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Nos cuentan los maestros XI - Roberto Bolaño

Consejos sobre el arte de escribir cuentos

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003)
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4 de abril de 2011

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¿Siete o cuarenta y siete?

Entró en la casa, acercó una banqueta a la ventana, se sentó a leer un rato, mientras Manuel se despertaba.

Imposible leer ¡qué manera de roncar! No podía concentrarse ¡por favor! Parece un lobo aullando. Como se le acurra decirme que no está fumando, ¡mentiroso! Como si no lo conociera ya! ¡La madre que lo parió! Debe estar llamando a la loba, no pudo evitar reírse, cualquier día le gravo, dirá que él no ronca ¡por favor! Qué pasada.

Se acercó a la cama, se le ve muy a gusto, emitió un sonido para intentar que se callara, según decían funcionaba, a Manuel no, se quedó un momento observándole y aguantando la risa.

Si que se le ve a gusto, se metió en la cama   colocó su cara frente a él, cada vez que roncaba imitaba el sonido, por si está llamando a alguna loba, que sepa que estoy yo aquí, aguantó la risa como pudo, a cada ronquido había replica.

-¿qué haces?

-acabo de inventar otra forma de comunicación, un lenguaje nuevo.

-¿a si?

-es divertidísimo.

-ya veo que te lo estás pasando bien.

-genial, contesto a tus ronquidos.

-yo no ronco.

-cualquier día te gravo, pareces un lobo aullando, te sale mejor que a mí.

-tienes muy buena cara.

-y eso que me falta un buen café, no te puedes hacer ni idea de lo que lo echo de menos.

-¿quieres que nos vayamos?

-yo no he dicho eso. Una ducha también me daría bien a gusto...

-y yo contigo, mientras  enjabono tu cuerpo con mis manos, acaricio tus pechos jugando con los pezones, todo duros, esto a mi no se me da muy bien, lo que yo quiero es echarte un polvo, nena.

-ya me estoy dando cuenta, prepárame el desayuno primero, estoy hambrienta.

-podías prepararlo tú, para variar, quítate la ropa primero, para que no se te manche.

-desayuno más a gusto cuando lo haces tú, tus tostadas son las mejores que he comido en mi vida, por no habla de esa forma tuya de untarlas  ¿qué piensas cuando estás esparciendo la mantequilla?

-me imagino que la estoy esparciendo por tu cuerpo ¡me estoy poniendo malísimo! No  te apetece algo rapidito, solo para quitar un poco las ganas.

-no, primero desayuno- salió de la cama esquivando sus manos traviesas.

-eres mala.

-te compensaré por ello.


-no tengo la menor duda.

Tenía ganas de jugar, saltar, salir corriendo, Le hubiera encantado tener una cuerda para saltar, le dieron tentaciones de darle un azote en el trasero y salir corriendo para que la persiguiera. ¡Ya empezamos! Se sentó tranquilamente a esperar el desayuno, ojeando una revista de coches que andaba dando vueltas por la casa. No le interesaba mucho, pero tenía que controlar los impulsos que le estaban dando, iba intentar pasar un día lo más normal posible.

-¿desde cuándo te interesan los coches?

-desde nunca, lo único que me preocupa de un coche es que me lleve, bueno ya puestos a pedir que tenga climatizador, elevalunas eléctrico lo de darle a la manivela para abrir la ventana resulta un poco incomodo, si me pones esas dos cosas  en el escarabajo sería perfecto, lo demás me da lo mismo, con que ande vale. ¡Cómo me gusta ese coche! Con lo que me chuleo yo en verano con la capota bajada, me paseo bien por el pueblo para que me vean. Le da mil vueltas al tuyo que lo sepas.

-ya, por eso cuando hace frio solo quieres montar en el mío.

-por eso te estoy diciendo que quiero un climatizador, y que conste que tiene buena calefacción, lo que le pasa es que solo le funciona en verano.

Manuel estaba apoyado en el hogar mirándola lanzándole la red, desvió la mirada -¡madre mía! ¡Que agusto le untaba yo con mantequilla y mermelada! Mira que es guapo está para comérselo con patatas- le guiñó el ojo.

-¿te acuerdas del día que me enseñaste el escarabajo?

-como si fuera hoy, Y de lo que hicimos ese día en el coche, también me acuerdo.

-ya, ¿por cierto qué pasó con mi coche?

-pasó a mejor vida.

-estaba muy viejito, es la primera vez que dejo un coche sin despedirme de él.

-¿Qué les hacías, una fiesta? ¡Mira que eres rara!

-cómo un perro verde, que le vamos a hacer. Siempre me ha dado mucho pena deshacerme de los coches, no sé porqué,  los coches que han pasado por mis manos, todos, cuando los he dejado a sido porque ya no se los podían resucitar. Les he llorado a todos, menos al último ¡pobre! Ya dirá, qué rápido se ha olvidado de mí.

-¿porqué no me miras cuando me hablas?

-porque eres demasiado guapo, me tienes loca perdida, tengo unas ganas de tocarte que no sé cómo me controlo, te untaría de mantequilla y te lamería todito sin dejar ni un rincón, besaría tu boca con mermelada en mi lengua para saborearla contigo, ¿no hueles a quemado?¿ Soy yo o las tostadas?.

Manuel aparto las tostadas del fuego más negras que tizones.

-¿hago otras? O mejor pasamos ¿por donde íbamos?

-no sé, estábamos hablando de mis coches viejos creo recordar.

-pues yo tengo sabor a mermelada en mi boca, ya me gustaría saber cómo ha llegado ¿no tendrás tu algo que ver?

Lo miró durante un buen rato metiéndose en su cerebro. Manuel se reía a carcajadas.

-¿eso era lo que tú estabas pensando?

-si, por ahí iban mis pensamientos, un poco más obscenos, pero si, te estaba comiendo como a una tostada. ¡Esto es incluible!

-he hecho que se te quemen las tostadas, has dejado de ser el hombre perfecto.

-para pensar en las tostadas estaba yo escuchando esas cosas de tu boquita, nena, ni soy el hombre perfecto ni soy de piedra, más bien todo lo contrario.

-de piedra ya sé que no eres, bien demostrado que lo tienes, me estas descentrando con tus pensamientos, no puedo pensar por mí misma, me estás haciendo el amor mentalmente.

-llevo un buen rato haciéndolo, tu tampoco eres de piedra, pero me tienes un poco desconcertado.

-Llueve, ¡qué pena con el día tan bonito que hizo ayer! Saca galletas ya que hoy lo de la tostada no va a poder ser. Me encanta sentir como me deseas.

-no me mires así, cachorrita, que te como toda enterita. ¿Este bien?

-perfectamente, solo que tengo una lucha conmigo misma.

-soy todo oídos.

-tengo un problema de identidad.

Manuel rió a carcajadas.

-¡acabáramos! Me lo acabas de aclarar.

-no te rías de mi, tonto del culo.

-¡ehhhhhhhhhh!, nena, sin insultar,  que no te unto más galletas, trátame bien.- dijo embadurnándole la nariz con mantequilla.

-no provoques, estoy perdida entre los siete años y los cuarenta y siete.

-¡vaya dilema! Yo me quedo con la de cuarenta y siete, tienes razón hay algo infantil en tu mirada, eso es lo que me desconcierta.

-tengo ganas de jugar y a la vez de hacerte el amor. ¿Por dónde empezamos?

-déjate llevar por lo que te salga, yo te sigo, podemos jugar a escondites o echar un polvo, lo que salga ¿tu que harías en este momento?

-saltar a la cuerda, pero no tenemos. Además me parece ridículo, tanto hacerlo como pensarlo.

-no reprimas, nena, puede ser divertido, ¿quieres que te lleve al pueblo a comparte una cuerda? ¿Quieres una bolsa de gusanitos?- dijo riendo.

-¡venga ya! No me vaciles, vamos al pueblo a tomar un café ¿Habrá bar?

-si, son la mar de prácticos, puedes tomarte un pelotazo mientras compras lechugas, calcetines o tornillos.

-¡que guay! ¿Tendrán goma para saltar?

-¿la que se utiliza para las bragas? Seguro que si ¿quieres que te compre una? desayunamos y nos vamos.

-va a ser divertido, venga termina ya, que te estás comiendo todas mis galletas. ¿Lo hacemos antes de irnos?

-hacer qué- dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡qué guapo eres ¡cuando me sonríes así se me para hasta el corazón.

-¡zalamera! No vamos a hacer nada hasta que no te definas, no me vas a pillar en ese renuncio.

-¿porqué me dices eso?

-me gustan las maduritas, no lo haría ni con una veinteañera, menos aún con una niña de siete años.

-no sé cómo tomarme eso que me has dicho.

-tal cual te lo estoy diciendo, conociendo tu historia, no se me ocurriría ponerte la mano encima en este momento.

-¡qué tontería!

-prefiero ir a comprarte una goma para saltar.

-vamos a dejarlo que no me está gustando nada esta conversación.

Se montó en el coche de morros.

Manuel la miraba y se reía.

-¿de qué te ríes?

-de tu boquita de piñón.

-será tonto del culo.
 
 
Autor : Marian Etxezarreta
 
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La ultima tarde



   En mi mundo, hay un lugar que no quiero que conozcas, profundamente escondido en un corazón vendado, donde la desesperación llega en silencio.
Sujeta mi mano tengo una visión que mostrarte:
   Hay un juego que no quiero que conozcas, “masquerade, cirque du décadence” un peón en un tablero vacio de ajedrez, movido por la mano de un necio. Dos tierras diferentes de las que no quiero que oigas. Una completamente iluminada, la otra nunca ve la luz del sol, con noches eternas en sus habitaciones, donde conviven todos los pecados que tienen largas sombras. Entre ellas corre el rio negro, tan profundo como el infinito -He anhelado ese rio, cuando la caída atormentaba mi alma. Y ahora, tu y yo estamos en lo alto del débil y frágil puente…
Veo los mojados tablones frente a mí, algunos ya están rotos, en el resurgir del rio yace la muerte
  - ¿Será ese mi sitio? ─ Cerré mis ojos, tú ya no lo puedes ver…
Cuando este puente, se balancee por el viento, y sienta que estoy preparada para abandonarlo todo, déjame sentir como tus dedos toman mis brazos ya sin fuerza. Y cuando las cuerdas se derrumben bajo mi puente, incluso entonces no me dejes ir…
Caigo, a través de las cuerdas, frente a tus ojos, escucho las sirenas cantar mi caída. Respiro bajo el agua, todo está en mi cabeza, pero la presión simplemente continua aumentando.
Aquí los árboles están hechos de humo, el viento los oye mientras caen, El hielo gotea como el ojo de un ángel, tan perfecto en sus heladas. Una dulce decepción canta para mí, hasta que todo esté perdido.
No puedo detenerme a mí misma, no quiero sentir, ni ver, en lo que me he convertido. No puedo huir…De lo que soy.

- Arrodíllate a mi lado. En este campo de memorias, no te conviertas en lo que temes, no desperdicies lo que has sido. Duerme a mi lado, no hay tiempo del que preocuparse el sonido que temes… no proviene de ningún lado.
- ¿Cuál es el objetivo? ─Cuando no puedo ver la orilla opuesta, y no hay tierra bajo mis pies, mis pasos van solos como un huérfano entre el estremecedor rio y el cielo ─ Te pido ayuda.
- Está bien sentirse mal, pero sólo recuerda, que nada está hecho para durar; sé que estás triste… Esto también pasará.
Cruza conmigo este puente, a través de la mañana y la ultima tarde
- Toma mi mano si mis pies fallan, sostenme cuando mi cuerpo se desmaye… Déjame volar de las sombras a la luz, llévame sobre tus alas ─ Porque mi espíritu, esclavo de la forma, es débil, solo tiene un templo, delicado y hermoso ─ Cruza conmigo este puente…A través de la mañana y la ultima tarde.

Así es como estoy avanzando, estoy de pie, sobre mis dos pies, tengo el impulso… Tengo a alguien salvándome. No me rendiré, porque estoy orgullosa de todas mis cicatrices.
No he terminado, esto no ha terminado, ahora estoy luchando en esta guerra (desde el día de mi caída) Y estoy aferrándome desesperadamente, a todo, pero estoy perdida
  - Maldición, estoy tan perdida
Si tan solo hubieras podido verme ayer, quién solía ser antes del cambio, verías un corazón roto, verías las cicatrices de la batalla.

Me estoy desvaneciendo…
Te siento…
¿Me estoy desvaneciendo…?
Cruza conmigo este puente, a través de la mañana y la ultima tarde…


Autor : Dre!k de'Lenfent

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3 de abril de 2011

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Sinfonía Viva

 

Mi voz puede ser la de un ruiseñor

las cuerdas vocales

su tono más tierno y dulce...

- mermelada de arándonos-

balada de timbales …

tenor, soprano o barítono

así nos arrullaríamos abrazados,

entrelazados y jugando como niños.

Veríamos cada día nuestro amor, germinar

como si fuese la cosecha de trigo...

... el pan recién horneado...

y como el halo del fuego

nuestro cuerpo... nuestro amor...

...nuestros mimos serían siempre cada día

de diversa orientación y entrega

como la lava que abrasa enardecida

el epicentro de una sinfonía viva.


Safe Creative #1102228556846

Autor : Quino
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Necesito un café


Amaneció un día gris, feo, carente de encanto. Negras nubes amenazaban tormenta.

Salió a la calle con una taza de café en la mano, se sentó en una roca.

Su ánimo no tenía nada que ver con el día, estaba de un humor excelente, “pa comerse el mundo”

Le dio un sorbo al café.

-¡qué malo!

Era una maniática con los cafés, prefería no tomarlo, si no estaba como a ella le gustaba. Le gustaba el café cargado de los bares, esos que si te tomas uno más de la cuenta, te come la ansiedad, te obliga a moverte sin parar de aquí para allá. ¡Cuando echaba de menos un buen café!

Antaño, cuando su vida era distinta, se llegaba a tomar unos diez café diarios. Si ahora hiciese eso, su estomago y su cabeza estallarían en mil pedazos, debido a la presión de la ansiedad. ¡Lo que daría en ese momento por tomarse un café en el bar!

Estaba a gusto en la cabaña, pero echaba de menos las comodidades, esas que pertenecían al día a día, las usamos de una manera tan habitual que no nos damos cuenta de lo que dependemos de ellas hasta que nos faltan. ¡Una ducha! Si estuviera en casa, habría puesto la nesspreso y se habría tomado un café saboreando la espumita que queda al final, con ese delicioso sabor en la boca se hubiera metido en la ducha, dejando que el agua cayese por su cuerpo. El baño, con lo incomodo que es tener que salir a la calle a desalojar. Se acordó de cómo la gente solucionaba esos menesteres antiguamente. Su abuela por ejemplo solía tener un orinal debajo de la cama, ¡qué guarrada! Y eso que vivía en un piso, pero ella seguía con la mentalidad y las costumbres del caserío. Yo creo que era un poco gandula y todo lo hacía por no levantarse a media noche al servicio, ¡con lo cómodo que es tirar de la cadena y listo! ¿No le llegaría el olor del orinal? Cuando era pequeña, siempre que iba a su casa miraba debajo de la cama para ver si estaba el orinal. ¡En fin, sin comentarios!

Se acordó de los días pasados en el caserío ¿habrían puesto ya un baño? Era divertidísimo, para hacer las necesidades había un agujero que daba a la cuadra ¡lo que nos habremos reído mi prima y yo! ¡Las judiadas que imaginábamos que se podían hacer! Algunas las hicimos. Les tirábamos papel a las vacas, por aquel agujero, porque claro, no estábamos dispuestas a limpiarnos el trasero con papel de periódico, que eso era lo que se estilaba, decidimos que era mejor no limpiarse ¡qué marranas! Lo peor de todo era que cuando nos deshacíamos de nuestra basura intestinal, bajamos a comprobar si habíamos apuntado bien y le habíamos dado a alguna vaca. No pudo evitar reírse a carcajadas al recordar la escena ¡pero qué guarras! Poro claro ahí no solo había lo nuestro, intentamos adivinar a quien podía corresponder cada tordo que veíamos ¡hace falta ser marranas! ¡Lo que nos habremos reído! Era vernos y empezar a reír, solían decir los mayores “es porque se alegran de verse” si, si.Muy malas no debíamos de ser, nos limitábamos a imaginarnos que hacíamos judiadas, alguna que otra caía, pero pocas, nos divertíamos imaginando. Sabíamos que teníamos que guardar las formas, éramos las del capi, las que íbamos a buenos colegios, pensábamos que eso nos daba derecho a mirar por encima del hombro a los hijos de los primos de mi padre, los pobres casi no sabían hablar castellano, les preguntábamos cosas solo para reinos de ellos ¡qué perversas! Seguro que ahora son arquitectos, abogados, o vete tú a saber. Mientras que nosotras las pajitas del capi, no hemos pasado ninguna de las dos del c.o.u... Una porque le pilló la época en que era más divertido pasearse por la parte vieja, moña perdida, y yo porque me eché novio muy joven, y pensé que tenía que acelerar mi madurez trabajando para irme lo antes posible de casa, entonces no lo tena tan claro, pero las cosas fueron así.

Cuando era niña, los que vivíamos en el capi, lo del euskera, era cosa de viejos o de la gente de los pueblos, eso sin meternos en política, el caso es que el euskera se hablaba en círculos muy reducidos. Por parte de la familia de mi padre, nosotros fuimos la única generación que no hablamos el idioma, los que viene detrás nuestro todos han pasado por la ikastola para recuperar la tradición lingüística familiar.

¡Madre mía! Hasta donde me he ido, todo por esta porquería de café, que ni me lo pienso tomar, he acabado justificando mi falta lingüística familiar.

Más vale que hoy me comporte de una forma lo más normal posible, o terminaré en un psiquiátrico, ¡menos mal que aquí no hay vecinos! ¡Con la que lié ayer! ¡Vaya payasada! ¿Por qué me dará a mí por hacer esas cosas? Me lo pasé genial, me reí hasta dolerme el estómago, acabé muerta de cansancio, me sentía como si tuviera ¿siete u ocho años? Más o menos.

Es agradable pensar que en mi vida a habido algo más que miserias y malos ratos... ¿habré conseguido darle ya la vuelta a todo? ¡Ojalá! En el tiempo que llevo buscando en mi cerebro, las respuestas a mis malestares, lo único que he encontrado han sido malos recuerdos, malos momentos y de repente todo ha cambiado, ahora me cuerdo de cosas que tenia completamente olvidadas, pero que también forman parte de mi niñez. Porque también ha habido momentos fantásticos, en los que me he reído... Lo de ayer creo que fue un poco ridículo, pero me vino bien revivir esos momentos de mi vida, ¿abre abierto otra puerta? Ojalá. Espero que esto sea un paso para adelante. Que así sea.


Autor :  Marian
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