26 de junio de 2011

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En un comienzo...



En un comienzo
estaba el sol y la
luna,
nadie admiraba
esa belleza,
hasta que los ojos
de los hombres
lograron verlas....

Julia Orozco.
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Por siempre existiras...


Antes de que existieras,
tu vida,existia,
despues de que no existas
¡existiras toda la vida¡.

Julia Orozco.
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25 de junio de 2011

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Nos cuentan los maestros XVIII - Ernesto Sábato

Consejos de Ernesto Sábato a un joven escritor
 ...Es entonces cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad, la tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tienes que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos. En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que escribieron solos: en un barco, como Melville; en una selva, como Hemingway; en un pueblito, como Faulkner. Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para dar tu testimonio. Pero, para colmo, nadie te podrá garantizar lo porvenir, porvenir que en cualquier caso es triste: si fracasás, porque el fracaso es siempre penoso y, en el artista, trágico; si triunfás, porque el triunfo es una especie de vulgaridad, una suma de malentendidos, un manoseo; convirtiéndote en esa asquerosidad que se llama un hombre público, y con derecho (¿con derecho?) un chico, como vos mismo eras al comienzo, te podrá escupir. Y también deberás aguantar esa injusticia, agachar el lomo y seguir produciendo tu obra, como quien levanta una estatua en un chiquero.

    Leé a Pavese: «Haberte vaciado por entero de vos mismo, porque no sólo has descargado lo que sabés de vos sino también lo que sospechás y suponés, así como tus estremecimientos, tus fantasías, tu vida inconsciente. Y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con cautela y temblor, con descubrimientos y fracasos. Haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en este punto, y advertir que es como nada si no lo acoge y da calor un signo humano, una palabra, una presencia. Y morir de frío, hablar en el desierto, estar solo día y noche como un muerto».

    Pero sí, oirás de pronto esa palabra ―como ahora, donde esté Pavese oye la nuestra―, sentirás la anhelada presencia, el esperado signo de un ser que desde otra isla oye tus gritos, alguien que entenderá tus gestos, que será capaz de descifrar tu clave. Y entonces tendrás fuerzas para seguir adelante, por un momento no sentirás el gruñido de los cerdos. Aunque sea por un fugitivo instante, sentirás la eternidad.

    No sé cuándo, en qué momento de desilusión Brahms hizo sonar esas melancólicas trompas que oímos en el primer movimiento de su primera sinfonía ―quizá no tuvo fe en las respuestas, porque tardó trece años (¡trece años!) para volver sobre esa obra―-. Habría perdido la esperanza, habría sido escupido por alguien, habría oído risas a sus espaldas, habría creído advertir equívocas miradas. Pero aquel llamado de las trompas atravesó los tiempos y de pronto, vos o yo, abatidos por la pesadumbre, las oímos y comprendemos que, por deber hacia aquel desdichado, tenemos que responder con algún signo que le indique que lo comprendimos.

De Abbadón, el Exterminador, de Ernesto Sábato

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24 de junio de 2011

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¡Cobarde!

Ataqué sin piedad, adelantando los pies hacia su posición, y lo alcancé sin que sentimiento alguno de indulgencia asomara en mi ánimo. Escuché un gruñido de protesta en su garganta y advertí cómo procuraba apartarse para evitarme. Propósito inútil, pues el espacio era escaso  y, una vez tomadas las posiciones, resultaba difícil modificarlas en pos de una ubicación guarecida que lo amparara de mis acometidas.

–¡No huyas, cobarde! –le recriminé.

Lo oí rezongar entre dientes mientras con un movimiento de las piernas trataba de zafárseme de encima.

–¡Quita! –dijo al revolverse entre las sábanas–.  Tienes los pies fríos.

Autor : S.Cid


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14 de junio de 2011

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Mi hermana la tonta

-Pasamos lo que queda de mañana por ahí, igual prefieres pasarte por la oficina.

-vámonos por ahí, vamos a Donostia, un paseíto por la playa, antes de comer.

-vale comemos de pinchos, le digo a mi hermana que se baje en Donostia, la esperamos allí.

-vale, vamos al taller, tendremos que ir con tu coche, no sé si le habrán llegado ya las piezas al mío.

-¿lo del concesionario?

-otro día.

-¿ya has pensado que coche quieres?

-si, pero aunque intente explicártelo no te vas a enterar, es mejor que lo veas...

-¿me estás llamando tonta?

-Dios me libre, ¿qué buscas tu en un coche? Que funcione ¿No? Pues el mío no funciona, necesito otro.

-ya ¿y?

-si te digo la marca ¿vas a saber cuál es?

-no, pero porque no me interesa el tema, a mi con que funcionen me vale.

-eso es lo que te estoy diciendo.

-¿qué color?

-azul marino, casi negro.

-muy sucio, no me gusta.

-¿desde cuándo te preocupa la limpieza del coche?

-desde que lo has decidido sin preguntarme primero.

-perdone usted, ¿qué color le parece bien?

-azul marino, casi negro.

-cómo te gusta tocarme los huevos.

-no lo sabes tú bien. Pónmelos a huevo que veras.

-cada día estás más descarada.

-es tu culpa, yo antes no decía palabrotas, me lo estás pegando tú. Para mi padre era una ofensa que una mujer dijera palabrotas.

-a mí tampoco me gusta oírte hablar mal, pero no me refería a eso.

-eso también ha cambiado, antes no es que no lo dijera, yo creo que ni lo hubiera pensado, tú tienes la culpa.

-yo tengo la culpa de todo.

-así es, no rechistes ¡pesado!

Para cuando llegaron a la capital guipuzkoana, ya era el mediodía.

-ya no tenemos tiempo de nada, picamos algo en la estación mientras esperamos.

-¡qué pena! Un paseíto por la playa con este día tan bonito hubiera estado bien, nunca hacemos nada, somos unos sosos, tenemos que volver otro día.

-pues ya vendremos ¿a qué viene eso? A ti no hay quien te saque del pueblo, porque soy yo, y me da lo mismo, pero perdona el soso serás tú.

-déjalo, no lo entenderías.

-mira por donde le ha dado hoy, entiendo las cosas mucho mejor de lo que tú crees ¿o piensas que soy tonta?

-yo no he dicho semejante cosa. ¿Qué quieres?

-un marianito con unas aceitunas.

-¡buuuueeenooo¡ haber como acaba la cosa.

-eso a qué viene.

-a que estas muy nerviosa.

-un poco, no sé si me apetece estar toda la semana con mi hermana.

-¿Por qué le has dicho que venga? Ya te estás ahogando en un vaso de agua. Yo creo que lo que tu hermana necesita es estar tranquila, así que no creo que te moleste mucho. ¿Qué problema real existe en ver a tu hermana todos los días.

-no lo sé, no me apetece y punto.

-respuesta muy bien razonada, así me gusta ¿no será tu conciencia, que aunque ella no te dice nada a ti te parece que si? ¿Por qué no te sinceras con ella?

-ni de coña.

-si eso ya lo entiendo, estas mejor pensando que ella te culpa a ti de la situación, vamos lo de siempre cargando con una culpa que no te corresponde, si eso es lo que más te conviene.

-no empieces ,Manuel, de verdad déjalo estar, pasaré esta semana como sea.

-vale, pero sigues sintiéndote culpable y avergonzada y en tu mano esta darle la vuelta al asunto, tema zanjado de momento. No te pongas seria, regálame una de tus seductoras sonrisas.

-y dices que te has fijado en mi escote esta mañana- dijo coqueteando

-¡cómo no! –dijo besando la redondez que asomaba por la blusa.

-quieto que ya hemos dado suficiente la nota por hoy.

-aquí no nos conoce nadie.

-será a ti, te recuerdo que yo soy Donostiarra, y dos caras conocidas ya he visto, me he hecho la tonta, por cierto.

-nunca entenderé porque hacer esas cosas,¿ qué cuesta saludar?

-yo no niego el saludo a nadie, no te equivoques, lo que no me gusta es dar explicaciones.

-¿porqué piensas que tienes que dar explicaciones?

-¿te lo tengo que explicar?- dijo riendo y en un tono un poco chulesco.

-ya viene el tren, salvada por la campana.

-dame un beso y un abrazo, que ya no va a ser lo mismo.

-eso porqué.

-me cansas, de verdad, porque ya no vamos a estar solos, tengo que compartir tu atención.

-aunque estemos rodeados de mil personas tu siempre estás aquí- señalo la cabeza.

-¿tienes que analizar todo lo que digo?, de verdad me cansas.¿ No puedes darme un beso y ya está? Es fácil, Manuel, unimos nuestras bocas rozamos un poco las lenguas, al poder ser, con un poco de sentimiento……..

Manuel reía con esa risa que tanto le gusta a ella, que le llega dentro, la calla siguiendo sus instrucciones al pie de letra, metiéndose dentro de ella. Acariciando su alma, tranquilizándola.

Salvados los primeros cinco minutos dedicados a los saludos habituales, besitos y demás, que por cierto no sé de dónde ha salido esa nueva costumbre de darnos besos en la mejilla, nunca lo hacemos, ¿ahora porqué? Da lo mismo. Fue todo el camino sin abrir la boca, Mari y Manuel charlaban sin callar un momento, cómo le gusta hablar a la gente, con lo a gusto que me hubiera quedado yo en Donosti dando un paseíto de la mano por la playa ¿Qué romántico! Hasta igual nos podíamos haber mojado lo pies, sentarnos en la arena, tomar algo en la terraza de la perla, ¡qué pena!¿porqué siempre que hacemos planes de venirnos a Donosti siempre hay algo que los fastidia? La última vez que estuvimos fue el día que nos casamos, llovía a mares, por cierto, estuvimos un rato debajo de los arcos hablando, otro yuyo que me pegó aquel día,¡ qué raro!¿no? En fin algún día pasara, digo yo.

-Marian.

-mmmmmm

-¿Dónde andas?

-a sus cosas , como siempre andará vagando por la luna

-aquí.

-¿de qué estamos hablando?

-del tiempo.

-¡anda que no tienes morro!- dijo Mari- del tiempo que llevas sin ir a ver al aita.

-no hace tanto que le he visto.

-le ha debido de sabe a poco, no hace más que preguntar por ti.

-ya iré un día de estos.

De momento me voy a la luna que me gusta más, qué a gusto se tiene que vivir allí, sin gente, sin necesidad de estar todo el día hablando ¡qué paraíso! Como algún día se pueda me voy, lo malo es que si yo puedo los demás también, a Manuel si que me lo llevaría, ya no puedo prescindir de él, ya me encargaría de callarle la boca cuando me arte de escucharle. ¡Qué habilidad tengo de evadirme cuando me interesa! Y si es cierto me he pasado media vida en la luna, una que puede. Si ni fuera por ello, ya me habría vuelto loca del todo, en fin. Hoy hay luna llena, con la temperatura que hace se tiene que estar en el jardín a la noche de maravilla, igual cenamos allí, si buen plan.

-te bajas o te bajo.

-ya hemos llegado, ya me bajo.

Voy a tomar un rato el sol al jardín.

-¿no te apetece que salgamos?

-más tarde, llevamos todo el día de aquí para allá, estoy un poco cansada.

-si no te conociera me lo creería.

-no empieces, Manuel, que aburres.

-ya que estás de mal humor, voy a practicar un rato de sillón booll. ¿Puedo?

-¿alguna vez te digo yo lo que tienes que hacer?

-si, muchas veces.

-ahora que te ha dado por no ir a trabajar ¿de qué vamos a vivir?

-ya iré mañana, estoy hasta los huevos de trabajar.

-te pasas el día trabajando, tu tampoco tienes punto medio, si trabajas tanto es porque te da la gana.

-déjalo, nena, aunque te lo explique no lo vas a entender.

-hoy me estás hartando de verdad ¿me estás tomando por tonta? O solo pretendes incordiarme. Aquí donde me ves yo también he tenido negocios, con empleadas y todo, también estoy acostumbrada a trabajar muchas más horas que tu, la diferencia es que he aprendido a vivir sin ser adicta al trabajo, puedo estar bien a gusto sin hacer nada. Aprende. ¿No te gusta como hago mi trabajo en las Ventas?

Manuel reía a carcajadas.

-¿se puede saber de qué coño te ríes?

-picona

-anda y que te den, majo, me voy a tomar el sol, si te has quedado solo para incordiarme podías irte un rato a trabajar.

-¿quieres que me vaya? Si te molesto en casa me largo.

-el que se pica ajos come, donde las dan las toman, el que da recibe, cada uno encuentra lo que busca ¿quieres que siga o me voy ya a tomar el sol?

-vete a quemarte un rato, sinvergüenza.

Manuel se sirvió una cerveza y salió detrás de ella.

-el sillón te espera.

-prefiero incordiarte.

-vete a trabajar un rato.

-los cojones, teniéndote a ti desnuda en el jardín, aquí me quedo.

-¡mirón!

-¿qué me dices de tu hermana?

-está claro, tranquila no me va a dejar. ¿Qué quieres que te diga de ella?

-¿Cuándo vas a decidirte a hablar con ella? No puedes seguir rehuyéndola toda la vida ¿qué pasará cuando tu padre falte y hayas perdido completamente la relación con tus hermanas?

-no tiene porqué pasar eso.

-pues yo creo que es lo que buscas.

-te equivocas. Llevo toda mi vida buscándome la vida yo sola. Salí de casa de mis padres con veintidós años, con una niña en brazos y casi con lo puesto, no necesito de nadie para vivir, cuando más lo necesité ¿Dónde estaban ellas? Eso sin hablar de mis padres, que ahora no viene a cuento, mi aislamiento de los últimos años no es más que el resultado de lo que la vida me ha enseñado, no puede pretender que haya una estrecha relación, no te voy a decir que no sienta nada por ella, pero nuca se ha comportado conmigo como mi hermana mayor, así que ahora tampoco, como una vez me dijo ella, el año tiene trescientos sesenta y cinco días, no cuatro, que desde luego son con los que yo me quedo con respecto a mi familia, no quiero nada más que eso, verles de vez en cuando y vale, estoy acostumbrada a relacionarme poco con ellos, es lo que hay, pero eso tampoco lo he provocado yo, ahora está el tema de mi padre, bueno pues ella, a sacado más de mi padre que yo, a mí nunca me ha dado nada, lo poco que tengo a salido de mis costillas, es la vida la que me ha llevado a vivir independiente de mi familia en todos los conceptos.

-vale, lo que no entiendo, es por qué te pones tan nerviosa cuando vas a verla. ¿Por qué la evitas después de ser tú la que la ha invitado? ¿Por qué te sientes inferior a ella?

-¿de dónde sacas tu esas conclusiones?

-de tu comportamiento. ¿Ella te llamaba tonta?

-se pasaba la vida llamándome tonta, siempre me presentaba como su hermana la tonta. ¿Sabes qué era lo malo? Que nadie me defendía de sus desprecios, yo me avergonzaba y me escondía en mi misma, me iba a la luna o a donde fuese, donde nadie me mirase, donde nadie notase mi presencia. No estoy resentida, ni mucho menos, de hecho ni me acordaba de estas cosas, no sé porque me acuerdo ahora, ya me da lo mismo. Aprendí a caminar yo sola, no me ha ido tan mal, la tonta aprendió a vivir por sus propios medios, sin depender de nadie, no dependí ni de mi marido, la vida me enseñó a que mejor sola que mal acompañada. Así que no vayamos ahora de guais, porque no, Manuel, llevo sola toda mi vida, construí tal muro a mi alrededor, que nadie fue capaz de tirarlo, hasta que entraste en mi vida, tu eres el único que ha conseguido traspasar ese muro. Tengo muchos ladrillos que desmontar todavía, pero ya he empezado a destruirlos. Acabo de descubrir otro rincón de mi cerebro, lo voy a seguir explorando hasta que consiga que vea la luz por completo. Es curioso, este es otro tema que tenia escondido, el sicólogo me preguntó muchas veces por las relaciones con mi hermana, no me acordaba de nada, pues me acabo de acordar, no es tan cariñosa como quiere aparentar, ni tan maja, como le caigas mal, lo llevas claro, esa es la diferencia entre ella y yo, que yo no me meto con nadie, nunca he ido a dañar a nadie sabiendo que hacia mal, soy mejor que ella, que quede claro. La hermana tonta, le dio trabajo a ella en más de una ocasión, la tonta se compró una villa, la tonta se ha casado con el dueño de dos hoteles ¡toma esa! Me acabo de dar cuenta de que los problemas que tuve con mi cuñada, la hermana de Oscar venían de atrás, porque esta tipa, era igual que mi hermana, se pasaba la vida haciéndome de menos, pero a esta le salió mal, de esta sí que conseguí defenderme y ponerla en su sitio ¿te acuerdas? ¡Que se joda!

Autor : Marian Etxezarreta

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13 de junio de 2011

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Nos cuentan los maestros XVII - Rosa Montero


¿Para qué se escribe?

"Uno no escribe para decir nada, sino para aprender algo. Escribes porque algo te emociona y quieres compartir esa emoción. Y tú sin duda sientes esas emociones que son más grandes que tú, y por eso quieres escribir, ¿no? No se trata de soltar mensajes sesudos".

¿Cómo empezar?

"Toma notas de las cosas que te llamen la atención o te emocionen. Y déjalas crecer en la cabeza. Luego, escribe un cuento en torno a una de las ideas... Para hacer dedos, también hay ejercicios. Por ejemplo, escribe un recuerdo importante de tu vida contado por otra persona. Puedes hacer ejercicios como escribir algo que haya sido muy importante en tu vida, quizá en tu infancia, pero contado desde fuera por un narrador real (por ejemplo un tío tuyo) o inventado, e incluyéndote como personaje".

¿Cómo enfrentarse a la página en blanco?

"Llamar la atención' es el primer paso. El huevecillo. Déjalo crecer en la cabeza... Juega a imaginar en torno a eso. Consecuencias de los hechos, posibilidades... Se escribe sobre todo en la cabeza. Y cuando tengas más o menos una historia, escríbela.

En cuanto a la rutina, depende del escritor. Tienes que encontrar tu método. Yo no tengo rutinas horarias, pero para escribir desde luego tienes que trabajar. Siempre es bueno forzarte a sentarte todos los días un rato, aunque no sea a la misma hora, y aunque no escribas nada".

¿Es bueno escribir sobre uno mismo?

"Hay escritores que hablan de su propia vida, pero que son tan buenos que consiguen convertirla en algo universal (como Proust o Conrad en El corazón de las tinieblas) y otros que cuentan cosas que no tienen nada que ver con ellos en apariencia, pero que las sienten como propias. O sea, que es un problema de calidad.... Si eres bueno, aunque narres algo real, harás algo universal. Eso sí, creo que hay más posibilidades de hacer mala literatura si escribes de tu propia vida, sobre todo si eres un autor joven. El autor joven siempre escribe de sí mismo aun cuando hable de los demás, y el autor maduro siempre escribe de los demás aun si habla de sí mismo. Ése es el lugar que hay que ocupar. La distancia con lo narrado. No importa que el tema sea 'personal' si lo escribes desde fuera".

¿Cómo se elige el nombre de un personaje?

"Los personajes suelen traer su propio nombre. 'Escucha' lo que te dicen. Es decir, escucha el nombre que se te ocurre al pensar en él. El escritor maduro es el que tiene la modestia suficiente para dejarse contar la novela o el cuento por sus personajes"

¿Qué hacer ante el bloqueo del escritor?

"Ah, sí, el bloqueo existe, sin duda. La seca, lo llamaba Donoso, porque se te seca la cabeza. Pero a veces no es un verdadero bloqueo, sino miedo, exigencia excesiva. No hay manera de escribir sin dudas: siempre se duda horriblemente. Se escribe a pesar de las dudas. Y el completo goce tampoco es tal.... A menudo escribir es como picar piedra".

¿Y ante el embrollo de ideas que luchan unas con otras?

"Sí, ése es un problema. No has conseguido enamorarte lo suficiente de una idea. A veces me ha pasado. Creo que es porque le damos demasiadas vueltas racionales: ¿saldrá mejor esta historia? ¿O esta otra? Ponte frente a tus ideas, escoge la que más te emocione y olvida las demás".

¿Es bueno juntar textos diferentes sobre el mismo tema?

"Me encanta que todas tus historias tengan relación. Pues no me parece mala idea intentar construir un todo con esos textos... Mira a ver si el conjunto te sugiere algo más. En estos casos, el todo tiene que aportar algo más que la suma de las partes.... Es un buen ejercicio".

¿Hay que dejar dormir los textos?

"Tardo unos tres años en cada novela; el primer año, la historia va creciendo en mi cabeza, en cuadernitos, en fichas y grandes cuadros de la estructura, personajes, etc. Cuando ya sé todo, los capítulos que va a tener y qué va a pasar, me siento al ordenador, y vuelve a cambiar".

¿Cómo encontrar el final de una novela?

"De nuevo, depende de las personas. A mí el final se me ocurre muy pronto y escribir es conseguir llegar a ese final... Pero a otros escritores se les ocurre el final mientras escriben, porque la novela es una criatura viva que te enseña. Déjate llevar. Es lo que hay que hacer".

Rosa Montero
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11 de junio de 2011

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Ayer


AYER....

Ayer mirando la mar,
escribí un gran poema
en él dejé el amor
qué por dentro,a mí me llena.

Julia Orozco.
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9 de junio de 2011

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Mi anverso...


Tus manos dibujan mis curvas,
sedosas líneas al bies,
serenos mis pechos las nombran..
el resto llegará después…

Mi espalda, fértil valle a ti abierta
donde sembrar tus cálidos besos…
dulces gajos de caramelo,
maestros en el besar sin dueño…..

Mi nuca se eriza y reclama
“¡dame uno de esos!”
Se abre al gozo mi cuello…
mi rastro se pierde en tu cuerpo…

Tu boca dibuja los mapas…
placer fronterizo en mi anverso..
derecho reclama para él solo,
!que espere su turno el resto!…

Mis piernas fieles guardianas
se rinden a tus deseos
abriendo el portón y cerrojos
del más preciado tesoro.

Suplican tus labios…. mis labios….
esos que solo ve tu codicia….
mientras mi boca acaricia,
¡bendita fuente de vida!
!bentida en ti mi avaricia!

Y en mis diques contengo la riada...
no quiero que se pierda nada
de lo que ha de llegar después…
a empapar todo mi ser….

Autor : Galatea Santos

Mayo de 2011

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Recuerdos y despedidas

Aún restan unos minutos.
Así como el aire en su aceleración se cuela entre los pelos y los alborota, así un recuerdo en mal estado se infiltró en mi mente sin pedir permiso. Huele a algo lejano, tenue, a miles de flores de especies diversas que se prestan efluvios entre sí, para de esa forma, todas juntas, crear un nuevo perfume difícil de identificar.
Entre brumas que flotan a milímetros sobre la superficie de mis lagunas mentales me veo subiendo al colectivo rojo y amarillo de una mal recordada línea 541, en aquella estación de ferrocarril semiderruida por el paso del tiempo y el desamor de un pueblito verde y blanco llamado Banfield. Con la mirada busco ubicación en alguno de los 28 asientos de aquel Bedford modelo 1965 destartalado y herrumbroso, que con sus quejidos y susurros traquetea sobre el gris adoquinado suburbano de tardes decoradas con hilos de luz solar filtrándose entre añosas enramadas.
El conductor se me hace un hombre calvo y obeso vestido con una camiseta musculosa de algodón y un escarbadientes jugando entre los labios.
-¿Dónde…?
-Uno de veinte…-
Extiende la mano y corta un boleto blanco con bandas diagonales en un azul decolorado que me entrega a cambio de las monedas sin vuelto. Veo en su mano un tatuaje presidiario que marca en cada dedo una desprolija letra formando el nombre de su signo del zodiaco: T.A.U.R.O.
Miro por si es capicúa y el día acaso me traiga suerte.
Bajo el recorte dentado se lee:
145540
Estoy a punto de bajarme y volver a subir y así obtener mi suerte, pero algo dentro del colectivo distrae mi atención.
Una señora rubia de pecas marcadas por la edad me observa y analiza en dos o tres miradas para perder pronto todo su interés y atención. Me siento a su lado dejando la mochila de campamento entre mis piernas para no molestar. Ella se corre un poco para ofrecerme algo más de espacio, pero pronto exclama algo sobre la necesidad de un baño, me increpa y se retira a ocupar un lugar mucho más atrás.
Dos semanas al aire libre y con baños de laguna, sólo pueden traer aparejados los aromas de algún pez, mezclados con algas, una pizca de barro y mucho estacionamiento al sol.
Me disculpo por lo bajo y miro por la ventanilla sin esperar respuesta o perdón.
Allí delante está él, con su gorra de fieltro gris, sus pantalones holgados aferrados por un par de tiradores negros decorados con hilos de oro en un intento de resistencia a la gravedad y su camisa blanca de seda impecable. Resalta por sobre todos los demás por estar parado frente a la blanca pared del frente de la estación, casi en solitario, pero con una actitud que habla de firmeza y decisión. Rígido como una estatua griega atrajo la atención de varios transeúntes que detuvieron su trajín para observarlo con cierta incredulidad. Él sólo se mueve cuando eleva la mano derecha, como un saludo, hasta su cabeza. El colectivo sigue avanzando y como una película que se engancha y se quema ante el potente haz de luz de un proyector, la hilera de casas que lindan con la estación impiden que pueda ver cualquier otra cosa.
No sé por qué rescato este recuerdo. No está claro y algo falta en algún lugar.
Si hago un pequeño esfuerzo puedo ver que la señora de pecas sigue junto a mí, pero ahora está leyendo una novela de Corin Tellado y acaricia cada hoja como si fuera un amante lejano y por ello aún más deseado. En su escote su pecho se agita y el sonrojo sube hasta sus mejillas. Entre mis piernas veo el bolso conteniendo mi tablero de dibujo con su regla “T” y los tiralíneas y escuadras necesarios para mi desempeño escolar. Un Calitecno IRAM asoma sus hojas llenas de letras normalizadas a setenta grados y una vida dedicada a su confección mediante el esfuerzo constante de los fines de semana sin salidas. Veo mis manos llenas de imperceptibles marcas de tina y un reloj Seiko en la muñeca que marca las doce en punto. En el frente de la estación el reloj marca la misma hora, aunque hace años que no funcione y justo bajo él, frente a la pared blanca de la estación está parado ese señor de gorra de fieltro gris, tiradores negros con bordes dorados y camisa blanca de seda. La gente se detiene y parece hablarle mientras que el hombre con su mirada puesta en el cielo los ignora de la forma más brutal, fría y eficiente. Rígido, en una postura militar firme, se me hace un personaje de serie de televisión, una especie de Patton participando en Combate mientras pronuncia la frase “¡Jaque mate rey 2, aquí torre blanca! “ y se me cuela por la mente en una comunicación radial.
El hombre alza su mano y esta vez, aguzando mis sentidos, puedo ver que sostiene un arma. Creo ver un revolver de los usados por el ejército argentino cuando aún vestía el uniforme alemán. Un revolver que la oficialidad inglesa portaba con orgullo hasta muy entrada la segunda guerra, el Webley Mk IV calibre .38/200. El corazón se me acelera y agita todo mi ser mientras el brazo cobra altura y la hilera de casas junto a la estación cubre la ventanilla del quejumbroso Bedford donde estoy montado y no me deja mirar más.
Es cuestión de esforzarme un poco en este arte de recordar y veo que la señora de pecas y pechos voluptuosos no está más. En su lugar hay un hombre desdentado, de abundante bigote y lentes culo de botella que me mira con cierta curiosidad y atención lasciva. Moja sus labios con la lengua y me observa torvamente por sobre sus lentes de lectura. En su regazo veo el diario Clarín del 13 de octubre de 1973 prolijamente doblado, de cuyo interior parece deslizarse una de las revistas subidas de tono de la época. Entre mis piernas veo el bolso marinero de natación. Con los oídos aún inundados por el agua y rezumando cloro por todos mis poros, me agito en espera que el colectivo avance lo suficiente como para ver el paredón principal de la estación de trenes. Los segundos asemejan años hasta que lo veo, parado firme frente al paredón blanco pintado a la cal, con la mirada perdida en las nubes y varias personas que se amontonan frente a él, unas hablando, otras gritando. Una señora con su hijo en brazos llora profusamente mientras se retira tapándole los ojos a su pequeña criatura. Un hombre mayor alza sus brazos y lanza su ruego con destino acertado hacia aquél que los ignora, aferrado a una idea que tampoco lo quiere abandonar. Levanta su brazo hacia la cabeza, en ella el arma ahora es una pistola moderna. Una Glock 17. En la medida que el brazo trepa en altura puedo ver que cambia y es una Bersa Thunder 9 mm., una Beretta 84FS, una Walther P22, hasta terminar en una Tauro PT145 junto a su sien derecha. No hubo destello ni sonido ni nada que indicara que había sido disparada. Cual títere de trapo el hombre torció su cabeza apenas un poco mientras cientos de hilos y cintas rojas partían de entre sus alborotados cabellos como si fuesen recuerdos expulsados por el viento. Cada uno de ellos brotaba con ritmo sincopado tiñendo en delicadas volutas color carmesí la sábana blanca de la pared posterior. Las rodillas cedieron al cortar el titiritero maestro el hilo de vida que sostenía a aquél señor, mientras a mitad del movimiento de caída en cámara lenta, la línea de casas que rodeaban a la estación se interpusieron para siempre entre él y yo.
Tomo el recuerdo y lo paso una y otra vez en mi pantalla cerebral. Dentro del teatro de mi cráneo pululan cientos de personajes diferentes como testigos mudos de la acción registrada. Todos vemos lo mismo. Nadie en el colectivo parece haberse percatado del acontecimiento. La niña de ojos verdes que se encuentra sentada junto a mí mira una libreta que oficia de diario íntimo y se acurruca alejándose temerosa. El bolso de Paddle entre mis piernas y mucho sudor que aún corre por mi cara me recuerdan un buen partido recién terminado.
Huelo la pólvora del disparo, miro hacia atrás del habitáculo y no hay nadie. Ningún pasajero. La niña también ha desaparecido y el chofer, aunque no logro verle la cara, lleva una gorra gris y tiradores bordados en hilos de oro.
No puedo recordar más. No sé siquiera para qué me distraigo en este ejercicio de memoria vano.
Ya son las doce. En un movimiento mecánico tomo mi pistola Tauro PT145 y me paro firme, con la vista en alto, frente al blanco paredón.



OPin
Buenos Aires 2011
© Copyright 2011

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8 de junio de 2011

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El transcurso del tiempo


El transcurso del tiempo, le había hecho apreciar las cosas sencillas, adoraba el olor a tierra mojada que traen las primeras gotas de lluvia, andar descalza, perderse entre las hojas de un buen libro, el susurro del lápiz cuando surca el papel, la caricia de los rayos de sol a primera hora de la mañana, la estela de emociones que crean los sueños cuando empiezan a fraguarse.
Lo que no había notado nadie, es que todas esas cosas pasaron a un segundo plano, el día que sus sonrisas decidieron mirarse a los ojos.



Autor : Evaglauca
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Tal vez

Aún soy, en breve conoceréis la razón de que me exprese así, Abel Bourke, un hombre de edad provecta, según dicen aquellos que, a falta de arrestos suficientes para llamarme viejo, esgrimen el arte de la perífrasis sin respeto alguno a mi inteligencia. Estoy hecho a los usos antiguos y soy, pues, renuente por completo a cualquier cambio en mi existencia que altere un solo átomo en el rutinario correr de mis días. ¿Aunque quién soy yo para dictar los designios del Señor? Sea, pues, lo que Él quiera.

Intentaré ser sobrio en mi relato, de manera que no se vean afectados por él los ánimos frágiles y, sobre todo, conciso, pues he de conseguir narrarlo antes de que la disipación me alcance por completo y se evaporen las ideas conmigo. Pero permítaseme comenzarlo con una duda, pues ¿qué sería el hombre sin la incertidumbre que lo conduce por los tortuosos caminos de la vida? Sin ella, el propio Hamlet habría sido condenado a la inexistencia. De manera que, con la venia del lector, inicio mi lamento con un quizá:

Tal vez si no me hubiera decidido, precisamente entonces, a arreglar el jardín… Tal vez si la borrasca que se anunciaba no hubiera saturado la atmósfera de aquella humedad previa a modo de aviso... Tal vez si, aconsejado por un espíritu previsor, hubiera calzado las botas de agua... Tal vez..., sí, pero chi lo sa?

Cuando me senté en el sillón de la biblioteca, después de haber entretenido la tarde en desherbar los arriates y podar algunas ramas molestas del chopo que, los días ventosos, golpeaban en la cristalera del porche, sonreí satisfecho por la ardua tarea que me había quitado de encima. Desplegué animosamente el periódico y me dispuse a deleitarme con la transcripción de las peroratas, vertidas desde los escaños del Parlamento, con que estos jovenzuelos de hoy en día se gozan en aliviar los tormentos de nuestra madurez. ¡Ay, juventud divina, qué boba e ingenua eres por lo común!

Apenas habían transcurrido unos minutos, sin embargo, desde que comenzara a satisfacer mi vena irónica cuando noté un cierto desagrado que me torció el gesto. Los pies, protegidos del fresco exterior por la suave felpa de las zapatillas, estaban, empero, fríos. Moví los dedos para activar la circulación, pero no fue suficiente. Una desagradable sensación de humedad me recorría la planta desde un extremo hasta el otro. Pensé que, quizá por descuido, se habían calado las zapatillas y traspasado la humedad hasta alcanzar el calcetín. Palpé la parte exterior del calzado y la hallé seca. Sin embargo, empujado por la extraña sensación de humedad, me quité la zapatilla y recorrí la planta del pie desde los dedos al talón. El resultado fue el mismo: el calcetín no presentó al tacto zona alguna que hubiera sido mojada. Temiendo que aquellos fueran los primeros síntomas de un enfriamiento, giré el sillón y lo desplacé hasta acercarlo a la chimenea, cuyas brasas avivé. De inmediato, el placentero calor de las llamas me devolvió la sensación de bienestar.

Tomando el periódico de nuevo, continué con la lectura. Pocos minutos después, sin embargo, aquella fastidiosa sensación volvió a amoscar mi ánimo. Sentía los pies calientes, incluso las piernas, y hasta las orejas ardían por el calor de las llamas que el fuego hacía llegar hasta mí, pero la sensación de humedad continuaba impregnando los pies, lo cual, justo es decirlo a fin de respetar la franqueza con la que deseo exponer mi caso, me excitó el ánimo, irritándome hasta el punto de hacerme olvidar la serenidad con que todo caballero británico debe conducirse. Arrojé el periódico sobre la alfombra con un furor inexcusable y permanecí quieto y atento a la húmeda sensación, por ver si percibía algún cambio en el estado de mis pies. Observé que una muelle sensación acompañaba a su húmeda condición, como si mis pies fueran elásticos y esponjosos, y aquello, naturalmente, me confundió aún más.

Con el transcurrir de la tarde, la idea neurótica de que algún extraño padecimiento me aquejaba se fue haciendo fuerte en mi cerebro, de modo que resolví acostarme pronto. Tomé una buena copa de coñac antes de meterme en la cama a fin de calentar tanto el cuerpo como el ánimo, que para entonces se había entibiado hasta rozar el desaliento. Me puse, además, el pijama de franela gruesa que reservo para ocasiones en que las frías temperaturas requieren para el cuerpo un amparo especial. Sin embargo, a pesar  de mis  lúcidas disposiciones, pasó el tiempo sin que fuera capaz de conciliar el sueño debido a esa insólita impresión húmeda que seguía impregnándome los pies.  Desesperado, y muy a mi pesar, pues sabía que con ello había de causar molestia, tiré de la campanilla y me hice llevar una botella de agua caliente, pese a lo cual no observé ningún cambio en el desagradable estado húmedo que continuaba afectándome a los pies.

Finalmente, debí de quedarme dormido y aunque he tenido un sueño agitado, tal y como queda demostrado por el desorden en que hallé esta mañana la ropa del lecho, he podido descansar. Lo suficiente, al menos, para percatarme, desde el preciso instante en que desperté, de que la enfermedad no había desaparecido, pues esa angustiosa sensación de humedad continuaba lastimándome. Dispuesto a ponerle remedio, he querido levantarme a fin de pedir ayuda médica, pero al ponerme en pie, he sufrido el vértigo repentino que experimenta el que, por un caminar descuidado, no se percata del hoyo que se encuentra ante sí y en el que, indefectiblemente, cae, sintiendo con ello el aturdimiento repentino que asusta durante los pocos segundos que transcurren hasta que el pie encuentra una nueva superficie donde apoyar. Terriblemente alarmado, me he recostado sobre el colchón mientras la mirada, rápida como una centella, se ha dirigido hacia abajo para descubrir con horror que mis pies han desaparecido y que tan sólo un charco de agua aparece sobre el suelo allí donde deberían haberse apoyado. La longitud de mis piernas ha disminuido también y, sentado en la cama, con ellas extendidas sobre el colchón, observo aterrorizado cómo continúan menguando mientras una mancha de agua, cada vez mayor, va empapando la sábana del lecho.


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6 de junio de 2011

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Anoche....


Anoche,mirando el cielo,

me enamoré de una estrella,

por las mañanas,me duermo,

por las noches,voy a verla.




Auto : Julia Orozco
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Bajar Para Salir

Una pared siempre tiene juntas, rendijas, levantamos muros ocultando las uniones, pero están, tranquilo, el trabajo es encontrarlas. Miro alrededor, la habitación es un círculo perfecto.
Una delgada línea de luz dibuja el encuentro entre el piso y la pared y brumosa, se pierde hacia arriba, angostando el techo como en una pirámide trunca, en lo oscuro.
Tratando de ver, apoyo el costado de la cara en el piso, es cálido, huele a madera, el rayo a la vez me ilumina y me ciega.
Me incorporo, puedo ver mis manos tocar la pared a la altura de los hombros, detrás de una tenue nube, busco la rendija. Recorro toda la superficie, lentamente, apoyando los cinco dedos al principio, toda la palma después, tranquilo, el lugar es confortable, podría quedarme aquí esperando que de pronto alguien abra una puerta o seguir buscando una salida en la penumbra.
Mientras una parte de mi cerebro me invita a abandonarme, a relajarme, otra ya ha dado una vuelta entera sin encontrar nada, la pared perfecta, sin uniones, apenas reconocida en la oscuridad.
Dejo deliberadamente para el final la inspección del encuentro entre al piso y la pared, hace rato que tengo una idea, pequeña, que después del fracaso de la primer inspección, toma el control de la situación y se hace grande, importante, única, la junta está en el piso, por allí se ha colado durante todo el tiempo la luz.
Empiezo a empujar lenta pero firmemente la pared hacia adelante, estoy seguro que si lo hago bien el piso empezará a moverse hacia el otro lado, bajo la cabeza para aprovechar mejor la fuerza de los hombros, empujar sin ver, sin saber hacia donde conviene ir, solo empujar, así, firme.
Mientras doy el primer paso, pienso con claridad que estoy encerrado,  lo comprendo sin angustia, toda mi energía está centrada en buscar la salida, sé que está en el piso, vagamente recuerdo una escalera, entonces tengo que bajar.
Para salir tengo que bajar, esta idea me inquieta por primera vez, para salir tengo que bajar.
Lentamente voy moviendo la pared, con esfuerzo venzo la tendencia de los cuerpos a permanecer en el estado en que se encuentran, la muevo hacia un lado y otro cada vez mas rápido. Apoyo las dos manos, ahora la inercia está a mi favor, piso con firmeza, bajo un poco la cabeza, la estoy moviendo, el ritmo es sostenido. Voy haciendo círculos, abro los ojos en la oscuridad justo en el momento en que veo como el haz perfecto de luz se corta y aparece el hueco, no puedo parar, la pared se desliza sobre el agujero y yo entro con el pié izquierdo. De pronto desaparece la resistencia en mi mano, me voy hacia delante, alcanzo a arañar con la derecha la textura lisa de la pared, como la otra pierna se traba en el borde, tarda mas en entrar  y me obliga a girar en el aire, mejor, caigo de espaldas.
Tenso los músculos del torso ya para esperar el golpe, prefiero caer siempre así, juntando el hombro y la parte de atrás del brazo, apenas de costado y no caer parado, por ejemplo, como dicen que es mejor los que no saben, porque nunca se cayeron. Es así, las piernas y las caderas sufren más que la espalda, aunque es importante cuidar que el giro no sea demasiado brusco para  no golpearse la cabeza.
Mientras caigo pienso claramente en estas cosas, en realidad son ideas se hacen lugar en mi mente, se mezclan con los reflejos de luz que suben, vertiginosos, en la penumbra del hueco.
Entonces te veo, es decir, veo tu brazo extendido, como siempre y como cada vez que me traga el agujero, voy a dudar entre empezar a buscar de nuevo la salida colgado de tu mano y la caída conocida, el golpe calculado en el fondo del pozo.     
           
Autor : O. Barales


Sin blog por el momento
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5 de junio de 2011

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Nos cuentan los maestros XVI - Varios


¿Dónde nacen las ideas?
Para cada autor y en cada ocasión, la fuente disparadora de toda obra plasmada por su pluma, suele ser diferente. He aquí algunas de ellas contadas por quienes han sentido sus musas liberadas.

   Gabriel García Márquez explica así cuál fue el punto de partida de algunos de sus relatos cortos:

    Una imagen visual. En otros escritores, creo, un libro nace de una idea, de un concepto. Yo siempre parto de una imagen. La siesta del martes, que considero mi mejor cuento, surgió de la visión de una mujer y una niña vestidas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto. La hojarasca  es un viejo que lleva a su nieto a un entierro. El punto de partida de El coronel no tiene quién le escriba es la imagen de un hombre esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra. Años después yo me encontré en Paris esperando una carta, quizás un giro, con la misma angustia, y me identifiqué con el recuerdo de aquel hombre.

    Basándose en un recuerdo de su infancia, Toni Morrison elaboró The Bluest Eye.

    Comencé a escribir ese libro como un  cuento corto basado en una conversación que tuve con una amiga cuando era pequeña. Hablábamos sobre la existencia de Dios; ella decía que no existía y yo decía que si. Ella me explicó por qué no: había rezado cada noche durante dos años para tener ojos azules y no los tuvo, así que Él  no existía. Recuerdo que la miré, la imaginé con ojos azules y pensé que seria espantoso que respondieran a esa plegaria. Ella me parecía hermosa. Comencé a escribir sobre la niña que quería los ojos azules y el horror de que se cumpliera ese deseo; también sobre toda la cuestión de la belleza física, y el dolor de ese anhelo de ser otra persona, que pese a ser devastador, formaba parte de todas las mujeres que eran periféricas en las vidas de otros.

    La casa de los espíritus, de Isabel Allende, también fue escrita para salvar del olvido una parte de su pasado:

    En enero de 1981 desperté una mañana con una idea extravagante. Pensé que si ponía por escrito lo que deseaba rescatar del olvido, podría reconstruir el mundo perdido, resucitar a los muertos, reunir a los dispersos, aprisionar para siempre los recuerdos y hacerlos míos. Ya nadie me los podría quitar. Compré papel y me senté a contar una historia. cuando coloqué la  primera hoja en la máquina, no sabia cómo realizar la tarea, pero sabia lo que debía escribir.(...) Deseaba hablar del sufrimiento de mi pueblo y de otros pueblos de ese atormentado continente, para que la verdad tocara el corazón de mis lectores.


    A veces, una idea se desarrolla partiendo de una sola palabra, este es el caso de El Zahir, inolvidable relato de Jorge Luis Borges:

    El Zahir versa sobre...una inolvidable moneda de veinte céntimos )...) Escribí aquello partiendo de la palabra "inolvidable", simplemente, porque leí en alguna parte: "Deberías oír cantar a fulano de tal, es algo inolvidable". Y entonces pensé, ¿qué ocurriría si existiese algo realmente inolvidable? (...) Y me dije: muy bien, supongamos que haya algo inolvidable de verdad, algo que no se pueda olvidar ni tan siquiera una décima de segundo. Y así, a continuación me inventé la historia. Pero salió por entero de la palabra "inolvidable".
    Otras veces la historia nace del desarrollo de una frase. después de leer un ensayo de Flannery O'Connor, donde se hablaba de la escritura como descubrimiento, Raymond Carver decidió adoptar ese sistema: escribir un relato partiendo de una frase. así cuenta su primera experiencia:

   (...) Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. durante días y más días pensé mucho en esa frase: "Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono". Sabía que la historia estaba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita de buena mañana, brotaron otra s frases para para complementarla. Puedo decir que hice el relato como si escribiese un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.

    En muchas ocasiones, las historias llegan por casualidad, como si llamasen a una puerta equivocada. Es un asunto ajeno al escritor lo que provoca el germen de la historia. Para Paul Aster el tema del azar es una de las constantes de su obra, precisamente porque el azar ha sido uno de los motores más importantes de su vida. El azar fue lo que le dio la idea para su novela La ciudad de cristal:

    Un año después de la ruptura de mi primer matrimonio, me mudé a un apartamento en Brooklyn. Fue a comienzos de 1980 y yo estaba trabajando en El libro de la memoria (...) Un día, un par de meses después de mudarme, sonó el teléfono y del otro lado de la línea alguien me preguntó si hablaba con la agencia Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado y colgué el auricular. Seguramente habría olvidado ese incidente, de no ser porque al día siguiente llamó otra persona y me hizo la misma pregunta: "¿Hablo con la agencia Pinkerton?" Otra vez dije que no, le expliqué que se había equivocado de número y colgué. Pero un instante después comencé a preguntarme qué habría ocurrido si hubiera dicho que sí ¡Habría podido hacerme pasar por agente de la Pinkerton? Y en caso afirmativo, ¿hasta donde habría podido llevar el engaño?
    La idea del libro surgió de esas llamadas telefónicas, pero pasó más de un año hasta que empecé a escribirlo.


    ¿Cuál fue el origen de Lolita?, le preguntó un periodista a Vladimir Nabokov, y ésta fue la respuesta:

   Nació hace mucho tiempo, debe haber sido en 1939, en París; el primer latido de Lolita m atravesó en 1939 o quizá a principios de 1940, en momentos en que me hallaba postrado por un feroz ataque de neuralgia intercostal, que es una enfermedad muy dolorosa...algo así como una punzada fabulosa del costado de Adán.
    Según recuerdo, el primer estremecimiento de inspiración en cierto modo lo provocó de manera un tanto misteriosa un relato de un periódico, creo que del Paris-Soir, acerca de un mono del zoológico de París, al cual, después de diez meses de haber sido adiestrado con halagos por los científicos, produjo el primer dibujo al carbón trazado por un animal, y ese esbozo, reproducido por el periódico, mostraba los barrotes de la jaula de la pobre criatura.
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3 de junio de 2011

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Proyecto virtual

No Somos Escritores es el envase donde cada día presentamos el exclusivo y excepcional contenido que cada uno de sus autores nos brinda. 
Muchos son aquellos que siguen el blog y disfrutan de las obras que casi a diario se publican.Otros pocos son quienes muestran periódicamente sus creaciones aquí. Para agasajar a unos y otros por su participación constante es que planteamos oportunamente la posibilidad de elaborar un libro virtual protegido contra copias mediante el formato swf (Flash). 
La idea pareció tener una muy buena acogida inicial y cumplir con nuestra intención de convertirla en un vehículo de comunicación para expresar nuestro agradecimiento a todos y cada uno de los participantes. 
Para nosotros la confección de un libro con profesionalidad y estilo, es una tarea que además de requerir mucha dedicación y  esfuerzo, se convierte fácilmente en una manera de devolución de atenciones en la forma de un presente.
Sin embargo la fecha para hacernos llegar las autorizaciones, biografías y trabajos ha expirado y hemos recibido únicamente los permisos de los siguientes autores:

Patokata
Mario
Gabriel G. Gómez
OPin
O.Barales
Santiago Medina
 
Como se comprenderá, para que el libro sea representativo del trabajo del grupo se requiere de una participación mayor, razón por la cual , pidiéndole las correspondientes disculpas a quienes se han ilusionado con la idea, debemos informarles que se postergará la publicación, dejando abierta la opción de reanudar las tareas en la medida en que se reciban las autorizaciones que cumplimenten el 70% de participantes que nos hemos marcado como meta.
Si lo logramos, el primer volumen será publicado en oportunidad de nuestro primer aniversario.
De esta manera la próxima fecha límite para considerar reanudar el proceso de edición será el 29-09-2011.
Llegado ese día y si se ha logrado el cuorum necesario, invitaremos a los autores a participar con sus consejos e ideas.

Desde ya, muchas gracias por participar tan activamente en este Colectivo Imaginario llamado NSE.

Los editores.
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