6 de febrero de 2012

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Banco de piedra



Le llamamos “el interior” a los pueblos o ciudades chicas del país que no entran dentro de las ciudades de referencia.
Hay pueblos del interior del país y más precisamente del interior de cada provincia. De lo que puedo hablar es del interior de la Provincia de Buenos Aires.
La riqueza del interior de esta provincia es algo de lo que a veces se habla, pero que pocos conocen o reconocen, porque aunque sabemos que Argentina no es Buenos Aires, si un extranjero quiere venir a conocer el país, no va a otro lado. Y no sólo los turistas que vienen de paseo y se van, también pasa eso con los inmigrantes, que llegan continuamente de a miles y terminan apiñados malamente en la ciudad de la furia, cuando podrían vivir muchísimo mejor en el apacible interior.
Precisamente en el interior de la provincia, lindando con la provincia de La Pampa hay un pueblo, llamado Salliqueló. Perdón, a los salliquelenses no les gusta que le digan pueblo, sino ciudad.
En esa ciudad pueblerina no hay nada que llame la atención de un habitante de una gran ciudad. Las virtudes del lugar no se aprecian en una postal. 
El paisaje es de campo por los 4 costados, sin ríos ni lagunas. Es un entorno aburrido, a no ser que uno sea una vaca. Pero los colores cambian según la temporada, de verde claro a oscuro, de dorado del trigo maduro a brillante amarillo de los girasoles y hasta violeta o azul de la floración de los campos de alfalfa. Hasta los pastizales silvestres tienen su temporada de esplendor donde son dignos de un cuadro.
Dentro del casco urbano habitan personajes muy variados, desde dueños de los campos, que por el mérito de haber heredado algunas tierras viven con mucho lujo, dando órdenes a los empleados que hacen producir ese campo y se llevan sólo lo suficiente para vivir en una clase media algo empobrecida, pero que a su vez dan trabajo a la clase más baja, formada por empleadas domésticas y los que viven de changas. Pero no hay indigentes. El que peor vive en el interior la pasa mucho mejor que cualquier pobre de ciudad.
Toda ciudad del interior tiene una plaza, que marca el centro de su urbanización y en reglas generales se puede reflejar en su cuidado, el estado de su gobierno municipal.
La plaza de Salliqueló siempre fue una de las más cuidadas y prolijas. No tiene fuentes, no hay desniveles, ni grandes monumentos. En el centro un mástil sobre un cuadrilátero de mampostería y escalones de granito donde suben y bajan, corren a su alrededor y juegan los más chicos. Dentro de un gran círculo de baldosas, con algunos bancos y caminos de polvo de ladrillo, entre los grandes canteros que son la estrella de la plaza. Árboles añejos, rosales y flores de estación que dan la vista a la plaza.
En uno de esos caminos secundarios, un banco de piedra, muy viejo que no es feo, pero que desentona con el resto de los bancos que son de metal y madera.
Cuando vine por primera vez a este pueblo, perdón, ciudad, pasé obligado por el centro de esta plaza cruzándola en diagonal. Caminaba desde la estación de trenes, hasta el museo que me llamó la atención. Como tenía que hacer tiempo, entré a curiosear.
Puntas de flecha, trozos de piedra con grafos y hasta un fósil de criptodonte están alojados en la parte que menos se recorre de este museo, porque los que entran suelen ir a ver los recuerdos históricos de los primeros pobladores buscando ancestros en las fotos para señalarlos orgullosos.
-¿Tiene para mucho? - dijo una mujer muy vieja, que resultó ser la encargada del museo.
-¿Perdón?- respondí sorprendido y a la vez intrigado, por si era a mi a quién hablaba, aunque era el único vivo ahí además de ella.
-Pregunto si tiene para mucho porque tengo que salir a hacer algunas cosas. Dijo la mujer muy poco cordial con visible ironía.
-No, estaba haciendo tiempo nada más, ya me voy- dije mientras salía de mi primer y última visita a un museo al que nadie concurre y comenzaba a entender por qué. Sorprendido y un poco humillado volví a pasar por la plaza y me senté en el banco de piedra mientras masticaba la desazón de haber sido prácticamente echado del museo.
-Pero qué vieja de mierda.- dije para adentro, o tal vez en voz alta porque estaba solo entre toda esa vegetación ornamental.
-Es que como nunca entra nadie, la pobre tenía cosas para hacer y no es que sea mal educada, es que nunca entra nadie a esa hora.
-Pero no te pueden echar de un museo y dentro del horario de atención- contesté indignado.
-Te vas a tener que acostumbrar, la vida acá no tiene las mismas reglas que en la ciudad.
-Si evidentemente- diije moviendo la cabeza, o lo soñé, porque estaba cabeceando entredormido por el cansancio del viaje.
El viaje en tren desde Buenos Aires duraba de 10 a 12 horas cuando todo andaba bien, pero llegué a estar 20 horas en esas latas que se descomponían a mitad de camino con más frecuencia que la tolerable. Tardaba tanto porque paraba en todos los pueblos y al menos los primeros viajes eran interesantes por todo lo nuevo que se veía. Además la vista de un pueblo desde el tren es diferente a todas, porque normalmente, la estación está detrás del pueblo y nunca viajando en auto se va a ver igual.
Me puse de pie, me desperecé un poco y salí caminando, dejando detrás al banco de piedra que quedaba oculto detrás de los rosales.
Aunque era muy temprano, algunos vecinos barriendo la vereda o comerciantes abriendo sus negocios se comenzaban a ver.
-Buen día- me dijo un vecino mientras barría- Linda mañana, no?
-Si- contesté extrañado, porque al hombre no lo conocía, pero me hablaba como si así fuera.
Seguí caminando mientras pensaba de dónde me conocía , porque en la ciudad uno solamente saluda a los conocidos, de otra forma pasaría el día saludando a los millones que uno se cruza.
-Hola, buen día- me dijo una hermosa mujer que salió a barrer en el preciso instante en que yo pasaba. Creo que no se acordaba que tenía la escoba en la mano.
-Hola- dije, menos extrañado que antes.
Así recorrí el camino hasta mi destino, entendiendo a qué se referían cuando hablaban de la hospitalidad del pueblerino.
La vida me llevó a radicarme en Salliqueló y aunque nunca más volví al museo, la plaza, como en todo pueblo, es el punto de reunión para dar una vuelta el domingo, para noviar, los que tienen esa suerte o simplemente para cortar camino en lugar de rodearla, cuando uno anda por ahí.
Después de algunos años, paseando con mi mujer por los caminos de la plaza recordaba aquella anécdota del museo.
-No se quién era la vieja del museo porque nunca más la vi.
-La tenés que haber visto cientos de veces, porque es la madre de Daniel - dijo mi mujer que siempre tiene razón.
-No me digas- respondí asombrado- yo la recuerdo más vieja.
-Será de la bronca que te dio, pero ella siempre trabajó en el museo hasta que se jubiló hace unos años.
- Espero no haberle contado nunca la historia a Daniel, porque soy un especialista en meter la pata.
-Vamos a sentarnos ahí- dijo mi mujer mientras señalaba un banco con las maderas nuevas o barnizadas muy recientemente.
-No, vamos al banco de piedra donde me senté esa vez- le dije mientras intentaba ver por sobre las plantas para ubicarlo.
-¿Qué banco de piedra?
-En uno de los caminitos internos hay un banco que es de piedra, no como estos.
-Lo habrás soñado, porque todos los bancos son iguales- dijo ella con la seguridad que la caracteriza.
-No, te digo que hay uno de piedra, pasa que entre tantos caminitos uno se pierde, pero vamos a buscarlo vas a ver. 
Caminamos por todos los senderos internos y nunca lo encontramos.
-Lo habrán sacado- dije yo- es una pena.
-La verdad es que yo no recuerdo haber visto nunca ese banco que decís, te habrá parecido.
- Puede ser- dije muy poco convencido- pero estoy seguro que me senté en ese banco.
Algunos años más tarde, me contrataron para trabajar con el sistema informático y de comunicaciones del nuevo museo. Después de haber dejado de pasar el tren de pasajeros por esta zona, lo que antes era el edificio de la estación se restauró para mudar el museo. El trabajo fue muy simple. Instalar equipos nuevos, configurar algunas cosas y nada más, apenas dos o tres días. El último día mientras terminaba de verificar que todo funcionase bien, seguían trayendo cosas los empleados municipales y organizando todo en su lugar. 
En un momento dejan al lado del escritorio de la computadora una caja con cuadros, muy viejos para que les busquen lugar.
Sobresaliendo levemente de la caja, un cuadro donde se ve la plaza, con la forma que perdura hasta hoy, sin los grandes árboles y apenas sembrada de flores. Muy distinta pero reconocible.
En el centro sobresalían más que hoy, el mástil y su base flamante, rodeado por bancos de piedra.
Sin pensarlo demasiado tomé el cuadro y lo puse sobre el escritorio.
-¿Viste qué distinta se ve la plaza?-dijo la actual encargada del museo- parece más grande ¿no?
-Si, re pelada- le contesté sin quitar la vista de la foto color sepia.
-Debe ser de 1930 o un poco antes, porque no está fechada.
-Me llaman la atención los bancos, son de piedra.- dije tratando de disimular la intriga.
-Si, eran feos, pero desde que recuerdo siempre estuvieron los de metal y madera.
-¿No quedó ninguno de piedra? -pregunté inmediatamente.-Que yo sepa no, nunca los vi. Y no soy ninguna nena.

No pregunté más. No podía ser. Seguí con lo mío, terminé y me fui.




2 comentarios:

  1. Que buen relato, y que bien relatado, Gamar,

    Felicidades.

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  2. Disfruto mucho del relato que camina entre lo real y la fantasía. Casi he conocido su pueblo-ciudad, o al menos su plaza y museo, llevado de la mano de éste relato.

    Muy bueno.

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