1 de febrero de 2012

el comentario 6 comentarios

De cien


Alexis y José son músicos.
Alexis estudia piano desde que su tío a los 4 años le regaló un Steinway de cola que pasó a ser el centro de la enorme sala donde vivía la familia Wainbaum. 
José heredó de su padre, el mecánico del barrio, esa facilidad para ser el centro de atención en las reuniones, cantando desde que aprendió a hablar y acompañando con un bombo casero, las guitarreadas que se armaban en los asados del taller todos los jueves.
El señor Wainbaum, uno de los dueños de la mayor editorial del país, contrató a los mejores profesores de piano, durante toda la infancia de Alexis hasta que entró en el Conservatorio Nacional. Varios fueron los profesores que pasaron por esa casa. Por alguna razón nunca duraban demasiado.
José se calzó la vieja guitarra de su padre cuando sus brazos llegaron a rodearla y alcanzar las cuerdas. Tocaba solo, cuando su padre le prestaba el instrumento y en las guitarreadas de los jueves, mientras los mayores comían y tomaban, él se acercaba a los instrumentos de los invitados y con cuidado, apenas rozaba las cuerdas sin tomarlos por miedo a tirarlos.
Con el tiempo José aprendió algunos rasgueos y lo dejaban participar en alguna zamba con la vieja guitarra del mecánico, con el bombo que era por descarte el instrumento que casi siempre le tocaba y cuando sólo estaba de espectador, llevaba el ritmo golpeando la mesa y el banco de madera.
Pasaron muchos años de estudio, muchas crisis en las que el chico no quería ni acercarse al piano, hasta que terminado el conservatorio, Alexis ya era oficialmente un músico.
Gracias a sus influencias el señor Wainbaum facilitó las cosas para que su hijo tocara en el Teatro Nacional, en una gala donde los invitados pagaron carísimas entradas.
La mayor parte de la audiencia estaba por quedar bien con el señor Wainbaum y no entendía mucho de música.
José comenzó ayudando en el taller hasta que quedó al frente después del accidente que dejó a su padre sin poder trabajar. Los asados de los jueves siguieron y ya eran una tradición en el barrio, aunque ahora José era el principal atractivo, deleitando a todos con sus habilidades para emocionar a los oyentes con cualquier instrumento o simplemente con su voz.
En la escuela no le salían muy bien las cosas. Aunque era muy inteligente, el trabajo le ocupaba casi todo el tiempo y si no fuera por la insistencia de su padre hubiese abandonado.
Con unos compañeros se les ocurrió armar un grupo y los fines de semana se juntaban a tocar a la gorra en la peatonal del centro. Solían juntarse muchas personas alrededor, que al pasar, no podían evitar sentirse atraídos por la música y aplaudir hasta dejar rojas sus palmas.
No lo hacían tanto por la recaudación, que a veces, después de repartirla, ni siquiera alcanzaba para comprar un juego de cuerdas, pero hacer música les daba placer y ver a la gente feliz era suficiente recompensa.
La noche del concierto Alexis estaba muy nervioso, casi descompuesto. Había ensayado cientos de veces pero igualmente no podía alejar ese terror de que se le escapara una nota.
El auditorio escuchó en silencio durante la ejecución, muchos se esforzaron por contener el sueño y cuando terminó aplaudieron de pie y saludaron respetuosamente al importante músico, hijo del respetado editor, en el imponente teatro.
Casi una hora después del concierto, Alexis seguía temblando, su malestar no lo dejaba y su cara ya estaba entumecida de sonreír forzosamente para las fotos y las felicitaciones que no sentían que fuesen sinceras.
No quiso volverse con sus padres y decidió dar una vuelta caminando para despejarse. Igualmente su casa estaba a pocas cuadras del teatro.
Mientras caminaba por la peatonal se paró a ver el por qué de tanta gente y entre las cabezas lo vio a José tocar con una vieja guitarra y cantar con tal sentimiento que logró emocionarlo.
Cuando terminaron de tocar, agradecieron sinceramente al público por escucharlos y entre aplausos se dispersaron los paseantes, algunos dejaron algunas monedas en la gorra, otros simplemente siguieron su camino.
Cuando los amigos contaban las propinas para repartirlas, no podían creer lo que veían. Entre monedas y billetes de dos pesos, enrollado prolijamente un billete de cien.

Autor : Gamar


6 comentarios:

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    Esperamos se sienta cómodo y nos deleite con muchos otros escritos tan maravillosos como el presente.
    Una vez más, bienvenido.

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  2. Como ya le había dicho allá por su blog "Ineditables", este texto está hermosamente diagramado y fluye con naturalidad y un ritmo perfecto.
    Felicitaciones y bienvenido por acá.

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  3. Esplendido texto.

    Le felicito. Un lujo tenerle aqui.

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  4. Muchas gracias por la bienvenida y espero estar a la altura, porque acá leí cosas realmente buenas.
    Un abrazo.

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  5. Hola Gamar, precioso texto, lindo relato. Felicidades. Besos de luz y de paz para ti y los tuyos.

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  6. Hola gaucho, paso a leerte y a saludarte ya que hace muuucho no pasaba por blogs amigos. te mando un fuerte abrazo.

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