15 de abril de 2012

el comentario 7 comentarios

La mesa 14


Lucia llegó temprano esa mañana, más de lo acostumbrado, como lo hacía todos los lunes de cada semana. Su trabajo consistía en preparar los desayunos del Hotel conforme los gustos de los pasajeros. Antes, se dirigió con sigilo hacia la mesa 14, ubicada junto al ventanal que daba al parque trasero. Hurgueteó debajo de la tabla, casi donde se encastraba la pata derecha y retiró un papel pequeñamente doblado. Era el noveno que recibía de aquel hombre callado, de pelo rubio, ojos claros y acento extranjero. Los domingos desde tres meses atrás, aparecía sentado a la mesa 14, esperando el desayuno que Lucia le servía en silencio. Sólo un roce de miradas discretas se manifestaba entre ellos.
"Seguramente es un viajante" pensó la mujer.
Ella trabajaba sólo tres días a la semana: domingos, lunes y martes. El primer papelito que descubrió fue un día lunes, cuando al preparar la mesa para el desayuno, trastabilló enredándose con una silla y la azucarera de plata rodó junto con su contenido debajo de la mesa 14. Le llevó unos momentos recoger el azúcar desparramado, así que tuvo la inesperada oportunidad de estar bajo aquélla. De allí que al alzar instintivamente la vista, pudo ver un papelito rosa ensartado en una ranura del fondo de la mesa. Lo tomó y guardó, presurosa, en el bolsillo grande de su almidonado delantal blanco.
No comentó con nadie lo sucedido. Lucia era de pocas palabras y de tener pocos amigos. Sólo solía conversar con María Paz, una compañera prudente que trataba de entender qué se ocultaba tras ese rostro que denotaba sufrimiento. Por alguna confesión al descuido, sabía que Lucia provenía de una desafortunada historia familiar que se resistía a contar. Sus modales finos y su voz pausada tenían sus cimientes en una tía política de familia aristocrática, venida a menos por la loca idea de casarse con su tío pobre. El día que recibió el noveno papelito, su compañera de sector, Maripi, como la apodaban, la había sorprendido cuando se cambiaban en los boxes para dejar el trabajo:

_ ¿Has notado cómo te mira el hombre de la mesa 14?

_ Bah, tonterías, es un hombre fino, mira que va a fijarse en mí, respondió la sorprendida.

Jamás había hablado de la extraña y tácita relación que mantenía con aquel hombre. Menos lo diría después de muchas semanas de que ocurriera. El 9° papelito solamente contenía una dirección, una fecha y una hora: Martes 23, 20 hs. Avda. Roca N° 931. Ese martes les depararía a Eric y Lucia una noche de recíprocas sorpresas y de entrega mutua y total. Increíblemente se habían enamorado el uno del otro de sólo mirarse y penetrarse en lo más profundo de sus inquietas almas, como si no hicieran falta las palabras y bastasen únicamente las escritas en cada papelito. El encuentro de aquel martes sería inolvidable. Las emociones contenidas de ambos hicieron gala esa noche.
Lucia Perales tenía 42 años, unos hermosos ojos negros, un cabello voluptuoso y modales elegantes. No tuvo la oportunidad de estudiar algo más que el secundario, el que terminó a duras penas, ya que sus padres la enviaron a trabajar como doméstica a los 14 años.
Recibió tres papelitos más desde el 9° y a pesar de su bien logrado disimulo se la veía nerviosa. Cuando salió de trabajar, el último martes, no volvió a su casa. Ningún amor la esperaba. Ningún hijo la reclamaba. Sólo un hombre con el que no había tenido descendencia y con quien, todavía cohabitaba por temor a sus escandalosas escenas de celos. Nadie le reprocharía si llegaba tarde porque su esposo lo hacía entrada la madrugada, gastada entre prostitutas y vinos.
Lucia enfiló hacia la Avda. Roca. Allí se encontraba su hombre perfecto, de atractiva figura, de hablar entrecortado, de piel blanca, cubierta por un suave vello rubio, casi rojizo que se oscurecía en su pubis. Ese hombre la había hecho sentir mujer en cada gemido de su femenina expresión de satisfacción. Sí, a aquella mujer reprimida de contrastante piel morena y ojos de terciopelo, vestida con su uniforme negro y glamoroso delantal blanco almidonado.
Ese domingo de enero Lucia no fue a trabajar. Tampoco dio aviso alguno al gerente del Hotel. Maripi Fuentes, se preocupó: aquella ausencia no era conteste con la forma de pensar y actuar de su compañera. No la volvieron a ver, ni nadie supo más de ella, como si se la hubiese tragado la tierra.
La madrugada del miércoles, cuando todavía no amanecía, Lucia se despertó con un dolor punzante debajo del seno izquierdo y obnubilada su mente por los recuerdos aún frescos de la reciente noche de amor. Su leve sonrisa no se borraría jamás de su boca y sus ojos quedarían abiertos, embelesados en el cuerpo de su compañero, sin poder distinguir siquiera, la oscura mancha roja que se desparramaba sobre su pecho.
Lucia Perales, pronto pasó al olvido de la gente. Sólo se conoció la versión de su esposo, según la cual, luego de una fuerte discusión con él, se había marchado de su casa a dar una vuelta a la manzana para refrescarse la bronca, pero no volvió nunca.
De Eric Hill, norteamericano, profesor de la Universidad de Arizona, quien había venido a estudiar en el país la adaptación de la Chía* para propender a su siembra, fueron pocas las noticias: sólo que aparentemente hubo de regresar a su país luego de finalizar los estudios a los que se abocó en esa Comuna y que había dejado bien ordenadito el dinero sobre la mesa del comedor, perteneciente al último alquiler de la casa, y al pago de su ayudante, quien lo había guiado en la zona.
Tres años más tarde sorprendió al pueblo la noticia del suicidio del esposo de Lucia.
Según se comentó, no soportó la ausencia de su mujer.
Tres años más tarde también, el Hotel cambió de dueños y se iniciaron las obras de remodelación, además sus muebles fueron reciclados. Las mesas del comedor, por ejemplo, iban a ser laqueadas para lo cual hubo que limpiarlas muy bien y fueron puestas patas para arriba.
El día de la limpieza, una mucama aprendiz, entregó a Maripi Fuentes, su jefa, un papelito rosa doblado que había encontrado en la parte de abajo de la mesa 14.
Al leer el mensaje a solas, Maripi cambió su rostro. Se le iluminó la sonrisa y con gesto de aprobación abolló el papelito rosa y lo arrojó al cesto. La joven mucama que observaba a su jefa de reojos y de lejos, esperó que ésta se marchase y cuando lo hubo hecho, corriendo recogió el papelito abollado y se fue al baño. Cuando leyó el mensaje, no entendió nada. Hablaba de unos boletos y concluía con un Te amo.
Maripi Fuentes se cambió tranquila y se fue a su casa pensando en el “viaje” de amor que había podido concretar Lucia.
 
 



7 comentarios:

  1. Muy buen relato y sobre todo oportuno. Si bien lo ha escrito hace mucho, en estos días en Buenos Aires, justamente a metros del Obelisco, han descubierto el cuerpo de una mujer brasilera a la que su marido habría asesinado y enterrado en el piso de su departamento HACE QUINCE AÑOS...Todos pensaron que ella lo había abandonado y regresado a Brasil. El hombre siguió con su vida nocturna y falleció tres años después. Como Maripi Fuentes, todos creyeron que había logrado al fin disfrutar su vida.

    Felicitaciones por el relato.

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  2. Diantre... he tenido que leerlo 2 veces para entenderlo... no me esperaba que fuera el esposo el culpable, porque fue él verdad?
    Si no es así pues tendré que darle otra leída... jajaja
    Me ha gustado, impresionante, muy fuerte...
    Besos mentales.

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  3. >Una narración estupenda, con un final sorprendente, te felicito...
    Besitos en el alma
    Scarlet2807

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  4. me atrapo y sorprendio.. no esperaba que fuera el esposo... segui atrapandonos con las historias, saludos un beso GRANDE

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  5. Como "Belleza Negativa" he tenido que leer el cuento dos veces!!!
    Esos maridos que parecen distraídos pero que en realidad no lo están. Ojo esposas!!!

    Muy bueno el relato, apasionante.
    Besos epirituales
    Mario

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  6. Me gustó muchísimo el relato, la única parte que podría hacer una crítica constructiva pero más desde lo real, sería cuando dice "los padres la enviaron a trabajar de doméstica a los 14 años" no me cierra..me parece que la gente que a los 14 años va a trabajar no es que la "mandan los padres", sino que es algo dentro de "su normalidad" ir.

    solo eso me hizo ruido y lo leí poco verosimil, el resto me encantó!!! felicitaciones!

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  7. Sarah, gracias por tu aporte. Mi experiencia me dice que según desde el lugar que se lo mire, podemos acertar, las dos. . .Un abrazo.

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