8 de mayo de 2012

el comentario 11 comentarios

La soledad del espectro.

La noche, fría y lluviosa se deja caer sobre el risco maldito. Risco azotado durante siglos, durante milenios por el  agua, el viento y lo que es peor, por el olvido. Los jirones tenues de la luz mortecina que se adivina en los cerros circundantes certifican la defunción de un nuevo día en que él, el eterno guardían de las ruinas del castillo, desaparecido hace siglos permanecerá a la espera de una redención nunca prometida y amargamente esperada. El espectro de aquel que esperará, eternamente, un perdón que nunca llega y que le fue prometido cuando la petrea mole de la Defensa desapareciera en la inocencia. Agotado del peso de los siglos, el fantasma eterno, el vigilante extenuado del portón de aquella Defensa aplastada en el recuerdo de los siglos, se vuelve a sentar, cómo cada noche desde el albor de los tiempos en la peña, erosionada y pulida por los elementos que certificaba, cuando existía, el acceso a la planta de la fortaleza, en la punta opuesta del bastión orientado al Sur. 

Tiempos de Locura.

No puede sentir la lluvia. El frío no cala sus inexistentes huesos. Sólo es ectoplasma y recuerdos, arrepentimiento y trazos de locura. No puede recordar si amó, no puede recordar si se emocionó con la belleza de una primavera de la que sólo recuerda el olor y el verdor de los campos cicundantes en los que aquella noche grabada a fuego en sus inexistentes neuronas dejó la vida y el alma en la doble lucha por la que dió el cuerpo y la existencia. El espectro sigue viendo cómo si fuera de día. La noche ya es dueña de todo y el ve formas pretéritas que hace tiempo qeu dejaron de existir. Lo recuerda perfectamente. Y han pasado tantísimos años cómo para que ni las piedras milenarias recuerden el baño de sangre y profanación en la que ni tan siquiera los muertos vieron respetado su sueño. El espectro inclina su cabeza. Siente hechos jirones retazos de la ropa que llevaba cuando consumó la traición en la que tanto el Hombre, cómo Díos le maldijeron por los siglos de los siglos. Hasta el último retazo.

Fue Hermenegildo, tal era el nombre, de aquel pequeño sacerdote que pasó a cuchillo mientras el infiel escalaba en busca de los tesoros de su Señor, quien certificó su maldición al descubrir que él había dado la señal a las fuerzas enemigas para atacar el castillo aprovechando que la exigua guarnición había partido hacía la capital de la provincia acompañando a la Doña del Alcaide de la avanzada. El agitó tres veces el farol que certificó la suerte de la veintena de servidores del recinto. Después todo fue locura. Lo recordaba cómo la noche que sucedió. La apertura del portón al final de la meseta. La entrada en tromba de un enemigo sanguinario y armado. La muerte de mujeres y niños. Las piedras de la fortaleza impregnadas de sangre, de vísceras... Y la muerte de aquel cura funesto que le condenó a vagar hasta que la Defensa fuera derrotada por la inocencia. Su propia risa mientras su acero cercenaba la yugilar de aquel que le condenaba y después el terror. 

Sin Oro, sin vida, sin futuro.

El terror de ver que no había nada de las cientos de doblas que su Señor había presumido siempre tener en la Torre. El terror de ver que nada de lo dicho en las largas noches de guardia, en las cenas en el salón frío y húmedo era real. El terror de ver que estaba maldito y que aquellos mercenarios a los que debía dinero por ayudarle a acabar con el pretendido notable que no era más que boca y mentira. Nada fue respetado. La capilla ultrajada, los vasos y elementos sagrados cercenados. Las tumbas del pequeño cementerio de la fortaleza profanadas y los huesos esparcidos. Las piedras removidas y la vida sobre la meseta de la condenación extinguidas mientras aquellos hombres curtidos en mil razzias, sedientos de sangre y muy enfadados por la inexistente recompensa en la toma de una avanzada del Rey que los convertía en objetivo principal de sus ejércitos se arrojaban sobre el para descuartizarlo con la maestria del cirujano que cercena sin matar en singular, eterno y cruel suplicio.

El espectro alza la mirada a donde en tiempo estuviera el castillo. Tiempo ha pasado desde que la torre, vieja, henchida de grietas y castigada por los elementos se derrullera por sí misma. Tiempo ha que las piedras fueron secuestradas para otros menesteres y que el rastro perenne de la existencia de la Fortaleza sólo quedó en su recuerdo, el que de continuo le recordaba cual era su castigo, permanecer custodiando la meseta por todos aquellos a los que contribuyó a ayudar a morir en contra de su voluntad. El espectro cansado se yergue y andurrea entre piedras, árboles y hierbas que ocultan la historia de un lugar apenas visitado por nadie y que no se le permite abandonar hasta que se cumpla la profecía. La locura de miles de años le lleva a preguntarse una y otra vez que querría decir aquella soflama que soltó el curita mientras le rebanaba el gaznate. Se arrepentía profundamente de aquello por lo que quedó maldito y miles de horas de oración no habían servido más que para certificarle que seguiá ahí y lo haría por los siglos de los siglos.

El camino de la salvación.

Amanece tras la lluviosa noche. Las tétricas nubes cómo la existencia del espectro se marchan hacía el este tronchando la luz solar que rompe en un nuevo día. El espectro nota cómo sus jirones de inexistente ropa se mueven antela esperanza de unas voces que se oyen a poniente, por la vereda que lleva a la meseta. Extrañado se acerca a aquellos seres que a duras penas consigue identificar cómo lo que él fuera antaño. Son dos adultos y una pequeña niña de pelo dorado y mirada limpia. Pasan el día en la meseta donde ya no se adivinan más que matorrales y al romper la tarde se marchan. Pero algo sucede. La niña se inclina y coge una pequeña piedra pulida. Quizás la última de la que antaño fuera capilla del castillo y se la guarda. No es más que un guijarro pero mira hacía donde él está. Sonríe. Le mira y sonríe y el espectro nota cómo su alma se recupera, siente que la Inocencia ha vencido a la Defensa. La niña se lleva la última piedra del castillo y un haz de luz dorada desciende sobre él. La maldición ha acabado y puede por fin, descansar. Después de miles años por fin puede, ese lugar, abandonar.





11 comentarios:

  1. Ha corrido con suerte este espectro traicionero que tan bien merecido tenía su castigo.
    Debe ser que las niñas de prístina mirada todo lo perdonan ;)

    Felicitaciones, muy buen escrito.

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  2. Gracias Opin, y ya sabeis, no os fieis de curas que sean pequeños y se llamen Hermenegildo...

    Un saludazo.

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  3. Buen relato y con unas descripciones magistrales. Enhorabuena.

    un abrazo

    fus

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  4. Me encantó. Le felicito y de paso, le mando una sonrisa :-)

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  5. fus, tendrías que ver las fotos del lugar que me inspiró el relato. Cuando las suba al blog tienes que pasarte a verlas, simplemente, sobrecogedoras.

    Un saludazo.

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  6. Gracias Noah, viniendo de tí siempre son bienvenidas y mejor recibidas.

    Un saludazo.

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  7. Perfecto. Me ha encantado el ritmo del relato, la exposición y resolución. Conmovedor.

    Gracias por compartirlo con nosotros.

    Un abrazo.

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  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  9. Muy buen relato! Me encantó! Desde Buenos Aires, amplios saludos al escritor y mi aliento a que siga dedicándose a los cuentos y relatos y no tanto a la crítica y el análisis.

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  10. Muy buen relato. Me encantó! Desde Buenos Aires, amplios saludos al escritor y mi aliento a que siga dedicándose a los cuentos y relatos y no tanto a la crítica y el análisis.

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  11. Te digo que anduve caminando por ahí mientras lo leía, muy bueno tu relato. Osvaldo Barales

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