12 de junio de 2012

el comentario 10 comentarios

Las piedras del Tiempo.

Su cabezonería, altanera, legendaria, le había impulsado, después del sedentarismo forzado al que había sometido su cuerpo henchido de grasa y autocomplacencia a dar un giro de ciento ochenta grados. Después de años de sillón, televisión, refrescos con gas y muchísimas grasas, ahora tocaba retomar el ritmo que le permitiera, sino retomar su cuerpo juvenil, al menos poder moverse con relativa agilidad. Nada le hacía más feliz que volver a moverse con la soltura del senderista que se eleva sobre el camino rumbo al altozano sin reparar en nada más que su salud. No era algo escogido al azar. No era algo en lo que el consintiera por voluntad propia. Le hacía feliz sentirse libre de su peso porque así se vería libre del peor enemigo que le había grangeado su sedentarismo brutal y la autocomplacencia hacía si mismo, dos amagos de infarto por el que el médico le había advertido seriamente. Problemas coronarios y culo en el sillón no eran buenos compañeros. El tercer amago quizás fuera el definitivo.

La resolución.

Los primeros días de la nueva vida móvil le habías supuesto un enorme sacrificio. Una cruel tortura en la que sus ciento cincuenta kilos le habían hecho pagar, a churretazos de sudor, cada intento de que su pierna derecha acompañara, en ordenado y cíclico movimiento a su pierna izquierda. Al final había podido superar el flato, la desidia, el cansancio, la falta de aire y el soponcio y ponerse en relativo moviento en la que sus moyas, cargadas de grasa acumulada habían visto cómo ésta se podía transportar también sin necesidad de utilizar una camilla reforzada. No era algo que él deseara. No era algo que le gustara. Sólo lo hacía por miedo. Miedo a morir y extinguirse. Quería superarse así mismo, ganarle algo de tiempo a la muerte y disfrutar un poco más de vida para seguir hacíendo lo que más le gustaba en el mundo, llevar una vida sedentaria. Algo desfasado para una sociedad que valora el esfuerzo sobre el placer de sentarse a ver la televisión cómo supremo cometido en la vida.

Además, lo tenía bien ganado. La vida no le había dado un cuerpo ni capacidades para el deporte. pero sí una magnífica cabeza con la que había dedicado mucho tiempo y esfuerzo a hacerse un nombre de broker renombrado. Un corredor que se había granjeado simpatías y enemigos, odios y amistades en la misma proporción para hacerse con las mejores cuentas y obtener los mejores resultados aún viviendo en un pueblo de la remota Serranía oriental al sur de un país tan golpeado por la crisis cómo menoscabado a nivel económico. Quizás eso hubiera influido también en su amor por el sedentarismo. Tantas horas machacado delante de un ordenador, tanto tiempo sin moverse más que para renovar provisiones en forma de perritos, frutos secos, pizza y cualquier otra cosa que no tuviera el menor rastro de algo sano. El primer amago le dió cuando estaba a punto de ganar su tercer millón de Euros. El segundo al retirarse de su actividad, dos meses antes y con treinta y dos años.

La puesta en marcha.

En un mes había valorado sustancialmente su ritmo de vida, había comido más forraje del que hubiera imginado nunca y la plancha se había convertido en su mejor aliado en sustitución de la freidora eléctrica. Su mundo informatizado y cerrado se había transformado en un amplio mundo cuajado de alamedas y parques. Había descubierto el aire en el rostro y que las piernas servían para algo más que para sostener en precario equilibrio su orondo cuerpo cuajado de grasas e inmovilidad. Se felicitaba en parte, pues nunca había realizado tantísimo esfuerzo y en cierto modo deseaba parar y volver a sus videojuegos y televisión. A su ordenador y su vida a oscuras, con el aire acondicionado a todo meter en verano y la calefacción a tope en invierno. Era su sueño, no tener que interaccionar con nadie que no estuviara al otro lado de un cable de fibra óptica y vivir cien mil años sin tener que preocuparse de salir para nada. De vivir sin vivir enclaustrado por voluntad propia.

Eran unas reflexiones atroces, lo sabía, que lo embargaban y rodeaban cómo una amante etérea que no lo dejaba respirar más allá de la apertura que unos recien esforzados pulmones que no habían conocido más esfuerzo que el de aspirar con fuerza los litros y litros de refresco que a lo largo de su corta pero intensa y esforzada carrera cómo broker había consumido en la oscuridad de su propia habitación. Éstas reflexiones lo embargaban miestras ascendia por la empinada escalinata que a través de seiscientos sesenta y seis escalones lo llevaban al Torreón del Oriente. Una pequeña atalaya sobre una roca en forma de cabeza de demonio que según todas las habladurías de los pueblos cercanos había sido construido cómo el cierre a una de las bocas del Infierno. Él que se había educado en los principios de la Ciencia, le parecía sólo un objetivo a alcanzar en ascenso, porque los temas de la inmortalidad se le escapaban con cada amago.

Sedentarismo eterno.

La subida había sido infernal, cómo infernal había sido el número de peldaños a conquistar y su corazón pugnaba por salirse de su pecho dando fuertes bombeadas, faltándole el aire y sintiéndose totalmente agobiado. No así su ego, increiblemente contento por haber alcanzado la cota elevada sobre la campiña circundante. Aquel punto que sólo hacía dos meses no habría soñado siquiera en intentar mirar. Ahora se encontraba dentro de un pequeño bastión de piedra compuesto de una única habitación, fresca y con piedras puntiagudas que representaban alguna suerte de rostro desgastado por el tiempo. Nunca nadie de quien se había decidido a subir, había bajado le habían dicho los pobladores a los píes del risco. El se había reido con ganas. Supercherías, se sentó sobre una enorme losa en el suelo. Una laja de piedra de respetables proporciones sobre la que derramó su enorme humanidad cómo premio a un ascenso tan precario cómo duro.

Reposó sintiéndose bien. Es más, se sintió, por primera vez en muchos años pletórico. Sintió cómo su espalda se pegaba a la vetusta pared anclada en los siglos y vió cómo los rostros desgastados de las piedras salientes adquirian cierta vida, cómo pequeños duendes que se reian con suavidad. Sintió una infinita placided mientras empezaba a dejar de sentir la espalda, cómo si fuera un único cuerpo de esa pared en la que se apoyaba. Sus brazos adquirieron la pesadez placentera de una roca y su frente se fue secando mientras la somnolencia se adueñaba de él. Miró con los ojos entrecerrados a través del ventanal desde el que el Oriente permitía al astro Rey asomar cada día. Su cuerpo parecía irse difuminando poco a poco en una entrega total al recinto. Sólo era una cabeza sin cuerpo cuando pudo por fin adquirir conciencia de que el Torreón del Oriente se había adueñado de el absorviéndolo y convirtiéndolo en una más de aquellas piedras sonrientes. Su sueño se cumplia otorgándole, sin problemas, el sedentarismo eterno.


10 comentarios:

  1. Bueno, quitando algunos detalles, me has fotografiado internamente. La realidad es esa en muchos casos actualmente y espero que mejore el tema, has acertado hasta en el infarto.
    Desconocía este blog, así que ya tengo algo más en donde relajar la mente.

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  2. Buenísimo, hizo lo que había que hacer para que se le cumpliera el sueño. Muy bueno tu relato. Osvaldo Barales

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  3. Mucha adjetivación, demasiada, diría yo. Claro que, a decir verdad, no sobra ni un adjetivo. Todos están bien colocados, en el cielo y en el infierno de los relatos breves dignos...

    Le dejo un abrazo

    Mario

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  4. Espero que no te haya supuesto un quebranto johnan.

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  5. Doramas, no todo es política y sí, en efecto, la mente debe de encontrar cada día su afán. Me alegro haberte mostrado una nueva puerta.

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  6. No mas impresionante que la acogida que me dispensais, Belleza Negativa...

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  7. Gracias, Olvaldo Barales y en efecto, hacer lo que sea por conseguir nuestros objetivos en ésta vida o la otra es, aunque el fin sea cómo el de mi personaje, lo mejor de una vida.

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  8. Gracias Mario, el detalle es mi perdición y ello conlleva adjetivación que, por otro lado, veo que es placentera a la vista. Siempre a tu servicio.

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