17 de julio de 2012

el comentario 4 comentarios

La sangre es vida.

El agua fluye de distinto modo según la temperatura. Del mismo modo la sangre se expande con más o menos velocidad en función de que salga de un cuerpo vivo o se obligue a fluir por una cánula de transfusión. Manuel lo sabía de sobra. Treinta y dos años en el servicio de hemopatología de un hospital y muy vinculado al servicio de extracción de plasma para transfusión. Un ser lívido y totalmente cetrino que se movía con inusitada soltura entre bolsas de vida hemológica pero que era totalmente torpe ante cualquier acontecimiento social. La sangre, se le oía murmurar, es todo en la vida. Es la Vida en sí, es lo único que importa. Así le debía de importar. Así de vital era su actividad diaria, tan vinculada a la sangre que decía incluso, poder saborear su ferroso y sutil olor, sabiendo en todo momento cuando se estaba derramando tan precioso líquido. Nada más se sabía de él. Ni nada más interesaba a sus inmediatos superiores, más que nada por la inmensa desazón que provocaba el verlo pasar cómo algo etéreo por los pasillos del Hospital.

Hemoglobina.

Nunca, nadie, se había preocupado de saber nada más de Manuel que no fuera su relación laboral. Su actitud evasiva, su vida totalmente rutinaria y su mirada perdida no incitaban en nada a iniciar una conversación ni tan siquiera a proferirle un buenos días que nunca encontraba contestación. Sus ojos oscuros e inquietantes invitaban a dar media vuelta apenas lo avistabas y, por supuesto, lo peor que te podía suceder es cruzártelo en un pasillo en penumbra a las tantas de la mañana. Nadie le conocía lo suficiente y los más viejos de la plantilla siempre lo recordaban igual. Cetrino, de piel semitransparente surcada de una miriada eterna de venas azuladas en constante ebullición. Su apagado semblante bullía extrañamente de una vida cuasieterna que parecía renovarse cada día cuando, llegando al trabajo, fichaba, adquiriendo una vida inusitada y repentina que hacía brillar sus ojos y en cierto modo mostrar una sonrisa, si podía llamarse así a la mueca extraña que mostraba en ese instante.

Cómo todo lo que no comprendemos, las tesituras extrañas incitan a la imaginación y ello a las más pecaminosas y retorcidas interpretaciones de lo que es o puede ser una persona. Algunos, de forma maliciosa lo habían empezado a llamar el vampiro. Otros de manera aún más escabrosa decian que sentía fascinación por la sangre porque se alimentaba de ella, cosa que quedaba descartada en los frecuentes controles de plasma que la administración hacía a fin de programar las campañas de extracción. No había quien aseguraba, por voz de alguién que había escuchado a alguién, que Manuel, muy vinculado a personas sin escrúpulos, vendia sangre humana cambiándola por ingentes cantidades de plasma tratado de origen porcino. Toda una serie de sinsentidos y maledicencias que quedaban descartados por los controles necesarios y rutinarios del Hospital que, sin embargo, no podían explicar la alta tasa de mejora de algunos enfermos transfundidos con el plasma tratado por Manuel.

Plasma.

Era un secreto a voces que si el Hospital no había prescindido de una persona a la postre tan siniestra, era porque en el fondo algo tenia que, de todos los operadores de plasma, era el que más grado de recuperación con menos plasma utilizado conseguía en pacientes. Nadie conseguía explicarselo, pero su alto grado de sanaciones le hacía a la administración repalntearse su traslado a pesar de la desazón que producía en un personal que, acobardado, se negaba abiertamente a establecer contacto o compartir guardia con él. Requerido por el director del Hospital a éstos respectos, el sólo se limitaba a encojerse de hombros y preguntar si había hecho mal a alguién o molestado a algún compañero. Manuel era posteriormente dejado en paz hasta el siguiente requerimiento. No tenía ningún borrón en su expediente. Nadie sabía de donde venía. Nadíe sabía quien era. Sólo que llegaba andando cada día al Hospital desde una pequeña casita situada a pocos metros del cementerio local, lo cual no hacía sino acrecentar las dudas sobre tan siniestro ser.

Por contra, el Hospital seguía registrando, cómo siempre, el récord de sanaciones. Nadie conseguía explicárlo, pero tras las cirugias en las que tenía intervención la sangre tratada por Manuel, el número de defunciones era nulo. Tanta expectación levantaba ese hecho que empezó a extrañar, abriéndose una investigación. Manuel llevaba toda la vida en el Hospital y las sanaciones habían sido múltiples y extensivas. Eso causaba preocupación en un entorno donde las peregrinaciones, derivaciones y acumulación de personas en busca del milagro fácil, se hacía cada vez más intensa y amenazaba con quebrar definitivamente la estabilidad de un centro hospitalario de provincias, escaso de personal y de equipación tanto material cómo económica. Todo ellos hacía a todos sospechar aún más hasta la mañana en que el fatal accidente lo mató. Nada del otro mundo, o quizás sí. Una bocanada de aíre en una desafortunada mañana de otoño. La herrumbre de una cruz palomera mal cuidada y un corazón a juego. Todo lo demás era historia.

Vida y Muerte.

Manuel falleció sin más en un pequeño ambulatorio a medio camino entre su casa y el hospital. Curiosamente al fallecer, su cuerpo adquirió cierta tonalidad rosada y su cara cierta tez de paz que no había demostrado nunca en su trayectoria cómo trabajador en la que una mueca de amargura había sido, a juicio del director del hospital, única persona que acudió a reconocer el cadáver, la tónica dominante. Pocos días despues de su fallecimiento y sepultura, en un nicho sobre el que se proyectaba la sombra de la cruz homicida reinstalada en su posición original, las sanaciones comenzarón a dejar de producirse. El Hospital vió cómo poco a poco ese récord mantenido desde que misteriosamente apareciera manuel se dejaban de producir. Lo único que la policía encontró en su casita, fue agujas hipodérmicas usadas y bolsas de sangre que, seguramente sacaba del hospital para luego reintegrar. Los analisis revelaron algo extraño, la sangre de las jeringuillas eran tanto de donaciones externas cómo de Manuel. La Sangre era la vida, el que quiera entender, que entienda.


4 comentarios:

  1. Pues no se si lo entendí bien!! Yo creo que la sangre de Manuel era el milagro de las sanaciones, era el mejor donante del mundo... mientras él estuvo vivo su sangre también daba vida.
    Hoy he podido comentar, decirte que lo tengo intentado otras veces y no había manera, será cosa de mi pc o el calor ¡vete tú a saber!

    Besitos.

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  2. Pobre Manuel, todo el mundo creyendo que era un loco y él sanando a los pacientes con su sangre. Supongo que era feliz así.
    Me ha gustado mucho. ¡Un saludo!

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  3. Eso es, Campoazul, una forma de entregarse a los demás por encima del reconocimiento o el beneficio material. Una entrega total y absoluta de un modo totalmente llevado al extremo.

    Un saludazo.

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  4. Jon Igual, en el fondo es un modo de reivindicar a esa gente que no nos cae bien, que tenemos alrededor y no valoramos pero sin los cuales no podríamos avanzar en modo alguno en la vida.

    Un saludazo.

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