8 de agosto de 2012

el comentario 4 comentarios

Amelita




Amelita estaba compungida. No era propio de ella no hablar y menos dejar comida en el plato. Los sábados siempre contaba con el permiso para ir a jugar con sus amigas, o salir a tomar un helado o para dar unas vueltas en la calesita instalada desde décadas en la placita de la Estación. A la pregunta con tono de preocupación de su madre, la niña le contestó que “no pasaba nada”.
_ Hum. . ., expresó la madre, insistiendo ¿Tal vez estás enojada con tus amiguitas?
_ No, mami, no. Lo pasamos muy lindo en la calesita, repuso la niña y se marchó a dormir para madrugar al día siguiente y llegar temprano a la misa de 9. Así le habían enseñado sus padres. La madre, esperó un rato mientras acomodaba con sigilo, tratando de no hacer ruido, la cocina y con la excusa de las “Buenas Noches” pasó por el cuarto de Amelita, portando un vaso de leche caliente con canela y miel, augurando que si lo bebía, tendría dulces sueños. La niña estaba aún despierta y sentada en la cama con su largo camisón de franela y las piernitas cruzadas en posición de yogui. Bebió un poco de leche y mirando muy seria a su madre, quien había desistido de indagar la causa del mal ánimo de su hija, le preguntó:
_ ¿No dices tú, mamá que, lo que enseñan los mayores, está bien? Sorprendida, la mujer no sabía hacia dónde apuntaba la pregunta.
_ Sí, mi amorcito, respondió agregando ¿Por qué lo preguntas, hija?
_ Pues porque hoy he pasado una gran vergüenza a causa de tus enseñanzas.
_ ¿Así? Contestó interesada la madre alentando a la pequeña para que desembuchase todo aquello que la había puesto tan mal.
_ Bueno, escucha mami: Estaba yo en la calesita tratando de montar un caballito blanco desde hacía rato, pero no lo lograba porque un niño rubio que he visto en la Escuela pero que no es mi amigo, lo tenía todo el tiempo. Entonces cuando él se descuidó y fue a la Boletería para comprar otro boleto, yo me subí al caballito.
_ Y ¿qué pasó?, apuró la madre ansiosa.
_ Pues bien, a su regreso, ese chico me pidió el caballito y yo le respondí que ya lo había tenido mucho y que me tocaba a mí, pero él insistió, insistió tanto, que para terminarla, le dije eso que tú me enseñaste que te enseñó, la abuela. . .
_ ¿Qué hija? Dime, exigió la mujer.
_ Pues, eso de: “El que se fue a Sevilla, perdió su silla”
_ Y sí, está bien, Amelita, está bien, si le dijiste eso, afirmó la mujer.
_ No mami, porque el chico ése, me tironeó de las piernas y me recitó: “Y el dueño cuando volvió, de las orejas lo sacó” y me tuve que bajar del caballito, roja de vergüenza. El lunes lo va a contar en la escuela y todos se van a reír de mí.
_Pero, mi amor, no te preocupes, trató de consolarla la madre, mientras secaba unas lagrimitas a su pequeña. La tranquilizó y se tranquilizó, ya que por su mente habían pasado todo tipo de razonamientos. La arrulló como cuando era más pequeñita y sólo se marchó cuando la niña se hubo dormido. La leche saborizada, haría lo demás.
Marchó a la cocina a dejar el vaso vacío que apretaba junto a su pecho, mientras, la sonrisa y la ternura se dibujó en su rostro.
Pensaba, ya calma y sonriente, que en un episodio muy parecido, unos cuantos años atrás había conocido al padre de Amelita y que ese fastidio de niños, luego terminó en amor. Su hija estaba creciendo. . .


4 comentarios:

  1. O así comienza la violencia de género.
    A ese nene hay que mandarlo a psicólogo antes de que sea tarde ;)

    Muy lindo relato.
    Cariños.

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  2. Hola Zumilda, me ha encantado, si quizás, termine en amor. Nunca se sabe. Besos.

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  3. Gracias Sr. Opin. Usted me entiende. . .

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  4. Gracias, Julia por tus palabras. Ambas sabemos que existen grandes posibilidades de que así sea. Un abrazo.

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