10 de agosto de 2012

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El Fuego de San Telmo.

El capitán sentado sobre un barril de ron atisbaba la tormenta que, en lontananza se acercaba con rápidez. La carrera había sido rápida, con vientos alisios en ventura y no había encontrado demasiada calma en toda la travesía. Los Hombres se encontraban con la moral alta. Nada parecía presagiar el desastre salvo aquellos nubarrones que se acercaban con la velocidad de los demonios más perversos. Adrían de Baltasar se incorporó y llamó a su contramaestre. Sin rastro del inglés, le confirmó. El vigía en la cofa sólo veía agua y nubes, unas nubes preñadas de rayos que haría, presagiaba, pasar una mala noche a él mismo, encargado de la derrota que los condujera a Cádiz y a su tripulación, afectada en cierto modo de la carencia de comida fresca y que sólo podía mantener a raya a base de generosas raciones de ron mezclado con agua. La Fragata se desplazaba rizosa sobre las aguas perladas, cada vez más del espumarajo de un Atlántico bravío y surcado, ahora más que nunca, por los navíos de la Corona, cuajados de pesos de plata.
Veintiocho cañones.

Baltasar se encontraba preocupado. Era un capitán de fragata recientemente ascendido. Por sus logros en el asedio a Toulón durante la recien terminada guerra en la que su Señor, Don Felipe el Quinto, habíase hecho con la Corona de las Españas. Hecho éste que él, ya viejo en las artes de la marina, pero demasiado bisoño aún en las artes de la política, cómo bien hubiera querido su tío, secretario de la Audiencia de Santa Fé, veía cómo el principio de un fín, más o menos lejano de la supremacía española. Él, por si acaso, se había preocupado de revisar, uno por uno, las excelentes veintiocho piezas de artillería que, procedentes de la Cavada, equipaban las dos baterías de su fragata, el buque de su Majestad Católica San Ernesto. Había ordenado asegurar la carga, doscientos cincuenta mil pesos de plata a descargar en Cádiz si antes, el inglés, no se topaba con ellos obligando a demostrar su presteza y arrojo en el uso de las armas y la estrategia.

Miró con su catalejo a estribor, las nubes parecian rolar a Septentrión. Miró el compás. Seguian con rumbo óptimo mientras el velamen comenzaba a acusar el exceso de viento. El segundo de a bordo pidió instrucciones, la tormenta parecía darles de lado, pero nunca se sabía. Baltasar dudó. ¿Recoger velamén y esperar? Aseguren las jarcias, ordenó, mientras el poniente comenciaba a arreciar y la luz a declinar. Se encendió el fanal de popa y esperó. La constancia del viento le hizo declinar en favor de continuar. Debían de estar a dos jornadas de Azores y en tal caso, no tardarían más de una semana en avistar el Cabo de San Vicente. Aseguren cañones, revisen portelas. Quiero a los hombres con los coys en posición y doble la guardia a lo largo de la noche. Órdenes tajantes que el segundo transmitio en viva voz mientras marinería, guardiamarinas, militares e infantes se aprestaban a prepararse para la noche. La luz se extinguía casi por completo cuando las primeras gotas de lluvia perlaron la cubierta del San Ernesto.

Cincuenta y seis minutos.

Se oyó el silbato del contramaestre. La campana comenzó a sonar a la misma hora de la cena. Báltasar salió a la carrera de su cámara dejando las galletas y la sopa en la mesa justo cuando un golpe de mar daba su primer envío al casco de la fragata. Con violencia y sin tregua, la tormenta se cernía sobre la cáscara de núez que, por momentos, parecía ser su embarcación. Se colocó cómo mejor pudo la guerrera y agarró su sombrero, caido por la violencia del golpe mientras notaba cómo un reguero de líquido caliente se derramaba por su síen. Salió por el portillo y agarrándose a lo que pudo intentó subir hacía el puente. El Contramaestre, sonriente, encontrábase al lado del segundo oficial y del piloto. La situación no pinta bueno mi capitán, confirmó el segundo. Hemos asegurado todo lo asegurable, señor, confirmó el contramestre y, escupiendo, acentuó, ya estamos preparados para irnos al Infierno, con carga o sin ella. Tras reprocharle la blasfemia, Baltasar asumió el mando mientras las rachas de viento arreciaban.

Ordenó mantener el velamen y ante las protestas del contramaestre que aseguraba que se rompería a la primera andanada de la galerna, ordenó poner proa al noreste. El viento procedía del noroeste y con suerte podrían arrostrar la tormenta por el costado de babor sin perder palos, jarcias o velas. ¿Cómo está la tripulación? Algunos, los más flojos mareados, señor. Los demás son perros viejos y ya se las han visto con éstas. Lo peor es la carga, pesa demasiado y no creo que podamos garantizar la integridad si vos incidis en el hecho de continuar con el velamen al descubierto. Baltasar miró con rabia al suboficial y de repente una luminosidad espectral comenzó a alumbrar el trinquete, mayor y mesana. El Fuego de San Telmo. Escupió de nuevo, eso no presagia nada bueno, señor. El contramaestre se santiguó mientras la tormenta arreciaba, los lamentos continuaban y Baltasar, mirando la luminosidad de las vergas pensaba sino sería en verdad el principio del fin de su carrera.

La oscuridad de la amanecida.

Baltasar despertó por fin. El mar estaba en calma. Absoluta y total. El agua del mar le mojaba la cara y la brisa azotaba su piel. Se irguió sin sentirse mareado y miró en lontananza. Había sobrevivido a la galerna y ahora se sentía extremadamente sólo. Miró a su alrededor y no encontró rastro del segundo, su contramaestre ni la tripulación. La San Ernesto no estaba y no había rastro de sus veintiocho cañones ni de los cien hombres que atiborraban los pañoles a la salida desde La Habana hacía Cádiz. Maldijo su suerte y se encontró desnudo, apenas con una suerte de taparrabos sobre una tabla de un material desconocido, unos pedales y sin tener conocimiento de que habría sucedido con el buque, la carga o sus hombres. Sin embargo aquello sí parecía Cádiz. Aquella, la catedral, esa, la Caleta y aquel hombre que malencarado venía hacía él tras arribar a la arena con tan particular bote señalándose una extraña maquinita de su muñeca indicándole que habían pasado cincuenta y seis minutos, tenía acento de Gadir. Ciertamente, el Fuego de San Telmo, había sido un mal presagio que no podía comprender.
 

2 comentarios:

  1. Toda una clase de navegación a vela. Maravilloso relato, lo felicito.

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  2. Precioso. Me recordó a mi padre con todo lo que mos contaba de su época de Capitán de barco.

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