8 de noviembre de 2012

el comentario 5 comentarios

Jacqueline


Desilusionada, dolorida y enfrentada con su vida misma, Jacqueline, salió de su humilde casa, rumbo a lo desconocido. Deseaba caminar, sola, sólo caminar. Su madre, alerta siempre, le había recomendado:
"No vuelvas de noche, hija, que el barrio está peligroso."

Desde los límites de la pobreza, la mujer reconocía la inseguridad que se desplazaba a pasos agigantados sin discriminación alguna. El último año de la Secundaria abrumaba a Jacqueline, que ya no soportaba compartir las horas de estudio con Juanjo, después de la ruptura entre ambos.

"Cosas de adolescentes", había resuelto su madre, creyendo consolarla de ese modo. Pero, para la joven, ese problema que la afectaba, era lo más importante de su vida. ¿Cómo él le había hecho eso? ¿Qué haría ella ahora? ¡Qué vergüenza ante sus compañeros! Por más que no asistían al mismo curso, reflexionaba, todos ya lo sabrían. El fracaso de la relación era el motor que la empujaba a salir, dejar su hogar para pensar.

_ Andá con el DNI, a ver si todavía te para la Policía, la regañaba su madre.

_ Sí, mamá lo llevo, respondió Jacqueline y salió.

Los últimos rayos del sol se reflejaban en los techos de las casitas bajas, próximas a la ruta, otrora pertenecientes a un barrio militar abandonado. Nadie había demandado nada, ni ninguna autoridad lo había impedido, cuando los usurpadores, entre ellos su abuela y su madre, las tomaron doce años atrás, algunas sin puertas, otras sin nada adentro.


Un perro negro, vagabundo y con una pata coja, se unió a su caminata y la acompañó en el rumbo. Ambos iban al costado de la carretera, con poco movimiento de vehículos a esa hora. Jacqueline se preguntaba a sí misma, por qué Juanjo la había despreciado de ese modo, siendo que él le había jurado su amor y su vitalicia compañía. Ella se había entregado a sus reclamos viriles, decidida, pero con miedo de quedar embarazada. Su Juanjo sería el primero y el único hombre de su vida, soñaba. ¡Sueños de una niña grande! Si su mamá supiera. . . No quería imaginarlo. Habían descubierto el sexo juntos, leyendo, escuchando, viendo alguno que otro vídeo porno. Ambos eran vírgenes, pero no serían, lamentablemente, el uno para el otro solamente. Apenas tuvo la oportunidad, cuando realizaron una excursión educativa a un Museo antropológico, Juanjo se descarrió y se fue tras una rubia provocativa que ondulaba sus caderas, a pesar del uniforme, por delante de sus ojos. Casualmente otro grupo escolar se había dado cita en la misma Institución, con el mismo objetivo.

Esas ideas, más sus reflexiones e indeseados recuerdos de ese viaje, detonante de la ruptura, se agolpaban en su cabeza, provocándole una angustia temerosa. El perro negro y cojo continuaba a su lado. Era prácticamente ya de noche en ese atardecer tibio y ventoso del mes de noviembre. Recordó las recomendaciones de su madre y se estremeció. Quiso regresar a su casa, rápido, muy rápido, pues la angustia le había llegado a la garganta, apretándole el alma y estrujándole el corazón, al punto de creer en una premonición. Le pediría perdón a su madre y analizaría mejor su situación con su ex novio, mente fría mediante. Caminar le había hecho bien. Para su interior, Jacqueline sabía que le costaría regresar a casa.  

El motor de un auto que derrapaba muy cerca, la inmovilizó. Un brazo fuerte y fornido la subió al asiento de atrás, de un único y brusco movimiento. No vio ni sintió nada más. El auto retomó su marcha a gran velocidad y se perdió entre las sombras de los olmos que daban sobre la ruta iluminada aunque precariamente, a pesar de ser la entrada al barrio.

Un momento de estupor, para los casi ciegos ojos de la anciana, testigo circunstancial, quien desde la puerta de su humilde casita, en la media luz del anochecer, vislumbró la escena.

El perro compañero, se quedó echado a la vera de la ruta, como desorientado.


Con lágrimas en los ojos cansados de tanto llorar, un mes más tarde, la madre de Jacqueline, junto a un Juanjo de rictus amargo y doliente encabezaban una columna de vecinos, portando un ancho cartel que exigía a las autoridades, la aparición con vida de la joven.
Su retrato se multiplicaba en las pancartas que alzaban sus compañeros de curso.
Mientras, muy lejos de la gran ciudad, en el Sur del país, sumido en las tinieblas grises del humo de los cigarrillos, con voces jolgoriosas y risotadas tenebrosas de fondo, el cuerpecito virginal de Jacqueline se hundía en la profunda oscuridad de la degradación, al compás del vaivén punzante de un cliente.





Aclaraciones de la autora: Desgraciadamente, para muchas familias argentinas, la desaparición de muchachas jóvenes motivadas por el Secuestro con fines de una prostitución esclavizante, es pan de todos los días. La trata de blancas, en nuestro país, ha crecido notoriamente desde 2004 a la fecha y alarma a las ONG la baja en la edad de las menores secuestradas. Pocas, son las que pueden volver del infierno para contarlo.


Si te interesa conocer más sobre el tema, vale la pena leer la nota cuyo link dejo. http://www.rosario3.com/noticias/pais/noticias.aspx?idNot=69310



5 comentarios:

  1. Lamentablemente es un tema que está al día... que es de una actualidad hiriente... Y, afortunadamente, hay gente como tú capaz de escribirlo así, de esa manera tuya, tan arañando el corazón.

    Un saludo

    Mario

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  2. Zunilda, gracias por escribir esto, es algo que todos vemos y amiy pocos sers ocurre escribirlo.
    Besos querida amiga.

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  3. Muy buen trabajo cumpliendo una función social necesaria que todo escritor que se precie debe asumir.

    Cariños.

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  4. Gracias Mario, Julia y Opin. Duele y es una inconducta que debemos combatir cada quien con su herramienta. Un abrazo, amigos.

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  5. Pero hay que combatirlo de verdad, todos, con coraje. Desde las instituciones hasta los niños.

    Yo tenía una vecina simpática que de joven me decía: si algún día te pasa algo, no grites "socorro" porque no saldrá nadie, tú grita "fuegooooo" y verás como salen.

    Un abrazo

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