3 de diciembre de 2012

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El abuelo





La taberna era siniestra, con luces amarillentas y crujientes maderas que oscurecían la estancia. En las esquinas se olía el vino avinagrado, mezclado con el aroma de aceites calientes acumulados en las paredes oscuras. Había más luz en los porrones violáceos que en la barra solitaria. Y en el centro varias mesas de hierro y mármol que habían recibido el castigo de los clavos de las fichas en negro y blanco.
Entró un hombrecillo con boina, ágil y ausente del mundo que le rodeaba. Descubrió su cabeza para levantar el porrón del vino de las noches. Su pelo blanco relucía de puro limpio, de puro blanco. Sacó un bocadillo de algún sitio, envuelto metódicamente en un proceso estudiado y con el papel blanco. Dentro del pan blanco de pueblo experto, había sardinas rebozadas en aceite limpio y con harina blanca, tan blanca como sus manos.
Y mirando el abuelo a ningún lado, ausente del mundo oscuro que le rodeaba, le pegó un mordisco y masticó despacio.
Justo antes de ponerse el sol de las realidades, el mismo que por fin se dignaba a acariciar los murmullos de una calle tan estrecha como escondida por los recuerdos, ella bajaba despacito por la calle empedrada dándole la espalda a la luz con su silueta ensoñadora. Charol en los tacones y flores en el bolso, poderosa en movimientos con aromas de gardenia añeja y una duda de carmín en sus labios temblorosos.
Cerca de la puerta de la taberna empezaba a sonar la melodía de los viejos vinilos y a la hora en la que se despertaban de su siesta, los sonrientes estudiantes de una vida nueva, entraba ella perfumando el aroma de la estancia, de tal manera que a nadie se le escapaba el deber de mirarla. Se tomaba un vino dulce llamado “penicilina” y una pasta de glasa blanca llamada “zapatilla”, conformando el ritual definitivo cuando alguna miga blanca, saltarina y juguetona resbalaba por su escote, directa al fin del mundo que en su corazón latía.
Y entonces se marchaba. Tan "lozana" como había llegado y reanudaba el mundo de los sentimientos ausentes para que el hombrecillo del pelo blanco, limpio y reluciente, se calase la boina de nuevo y detrás de ella como un corderito blanco se fuese.
Caminaba el abuelo como un ángel pálido, con su boina calada milimétricamente. Aquella mirada ausente que tenía en la taberna ahora parecía más que despierta bajo la noche de cielo negro, en una calle con luces brillantes con aromas de mixtura. Marchaba silencioso y feliz, como entre nubes, tras los tacones de charol que sostenían esas curvas perfumadas de ella. Se paraba a tomar un último aguardiente endulzando sus ojos brillantes con la risa de su amante, poderosa entre los adornos de sus amigas, semidesnudas y con remiendos de colores.
 
Llegaba un chulo dispersando las alegrías de aquellas "niñas", y entonces aquel abuelo con boina, ofrecía el brazo a su amada para cobijarla sonriendo.
Y así se marcaban, ella taconeando y pomposa, el cabizbajo y feliz de ser el héroe claro que dormiría en su regazo.
Al día siguiente, lo primero que hizo el abuelo blanco nada más verme, fué guiñarme un ojo y sonreírme dulcemente.




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