29 de diciembre de 2012

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El Ascensor


Todos los días la veo en la mañana vistiendo su traje de oficina de dos piezas con la  elegancia propia que necesita la secretaria de un gerente. A mí ella me encanta, aunque no es una niña, tiene todo bien puesto y siempre deja el ascensor pasado a su perfume. Apenas me saluda, no le dirige la palabra al tipo que hace el aseo en la oficina, es demasiado estirada.
El viajecito diario es desde el piso uno al piso doce, todos los días a las ocho de la mañana. A veces me mira como preguntando si me pongo de acuerdo para coincidir con ella a la misma hora pero lo que no sabe es que vivimos en el mismo rumbo y la veo también casi todos los días en la micro.

Ayer fue lo mismo de todos los días, subir en el piso uno y el ascensor comenzó a subir: dos, tres, cinco, siete donde se bajaron las últimas personas y sólo quedamos nosotros dos y comenzamos a subir nuevamente y no alcanzamos ni a llegar al piso ocho cuando se corta la luz y es aparato queda detenido. El botón de emergencia obviamente no funcionaba así que nada que hacer hasta que restableciera el servicio.
Busqué mi linterna salvadora en el bolsillo, la tengo desde el terremoto siempre conmigo y alumbré el cajón de acero, casi me caigo de espaldas cuando descubro a la mujer aterrada pegada a la pared del ascensor mirándome como loca.

«¿Qué le pasa?», pregunté, y ella respondió con ojos de loca: «Sufro de claustrofobia, no soporto esto…creo que me voy a desmayar».  Alcancé  a sostenerla antes que se deslizara hasta el suelo como una muñeca de trapo. Me senté en el suelo con ella y la abracé. «relájese, nos sacarán pronto de aquí», le dije a la vez que le acariciaba el pelo.

Creo que esa fue mi perdición, cuando mis manos hicieron contacto con ese cabello perfumado, lo único que imaginé fue como se vería alborotado en mi cama. La reacción de mi cuerpo fue instantánea así que me levanté para poner distancia entre los dos pero ella no me quiso soltar y siguió esta vez pegada a mí con los brazos firmemente enlazados alrededor de mi cuello, yo traté de alejarla un poco pero ella esta vez me abrazó de la cintura y su vientre quedó pegado a mi erección, sólo dijo: «¡Oh!»

Lo que pasó a continuación fue lo más loco que me ha ocurrido en la vida. Ella se inclinó y bajó el cierre de mi pantalón, sacó mi pene y se lo introdujo en la boca para prácticamente devorarlo, pasaba su lengua de arriba abajo y alrededor del glande y yo sólo atinaba a decir: «que rico, cómelo todo».
Y así fue en un momento sentí que el pene se desaparecía entero en su boca. Con semejante habilidad de parte de ella, el alivio vino pronto y fue mi turno.

Se quitó las medias hábilmente y subió su falda, en la penumbra pude distinguir que andaba con unos calzones pequeñitos,  me arrodillé frente a ella y se los bajé rápidamente para meter mi cabeza dentro de sus piernas, no había tiempo para mucho juego así que dirigí mi lengua directo a su clítoris, ella comenzó a jadear cada vez más aceleradamente agarrando mi cabeza y pidiendo: «¡más, quiero más, por favor!».  Claro que  se lo di.  Tuvo un orgasmo muy fuerte pero yo no la dejé y la tomé de la cintura y la bajé. La secretaria quedó sentada sobre mí, sobre mi miembro. Se agarró de mis hombros y comenzó con un lento sube y baja, exquisito debo agregar, muy rico que fue acelerándose rápidamente y ambos comenzamos a gemir en voz muy alta. Cuando me di cuenta que ella alcanzó el clímax lo hice también yo y justo a tiempo cuando el ascensor comenzó a moverse nuevamente.

Nos arreglamos nuestras ropas y seguramente ella se fue derechito al baño al igual que yo.

Hoy...  Hemos tomado el mismo ascensor como todos los días y ella no se ha dignado a mirarme y menos dirigirme la palabra. Tampoco ha bajado la vista cuando se dio cuenta que la he mirado, ha pasado delante de mí con su altivez de siempre  como si nada. Creo que las mujeres están aprendiendo demasiado de los hombres.

Autor: Pilar Lepe


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