8 de enero de 2013

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Aurora

Aurora, estaba sentada en el taxi, presenciando cómo sus ilusiones se iban dentro de aquella ambulancia. No quería llorar, ¿para qué si ya había derramado tantas lágrimas ya? Solo pensó que ya debería estar acostumbrada a que las cosas rara vez funcionaran como una quería.

Tal vez la culpa era de ella misma y se inventaba obstáculos para buscar su felicidad. Siempre estaba soñando con ese amor ideal que traería pasión a su vida tan insípida.

Había buscado desesperadamente, y se había involucrado con hombres que solo querían pasar el rato. La razón le decía que debería esperar, ser paciente, que ese hombre llegaría en el momento oportuno. Pero con treinta y cinco años, ya no se podía tener paciencia, ya no quería seguir despertando sola por las mañanas.

Entonces se metió cada vez más en la búsqueda de amistades, fue a todas las citas a ciegas que le concertaron sus amigas, asistió a todas las fiestas que la invitaron, y nada. Al parecer todos los hombres interesantes, ya estaban ocupados.

Entonces, en un acto desesperado hizo algo que siempre criticó: se inscribió en un sitio web para conseguir amigos virtuales. Buscó por afinidad de intereses, y, hasta por afinidad astrológica. Conversó con muchos hombres, también se dio el lujo de tener algunos encuentros que no representaron gran cosa: cafés, helados, o nada en ocasiones. Estaba desilusionada porque en persona, siempre estos amigos resultaban ser muy diferentes al chat.

Cuando ya se había decidida a no seguir buscando por este sistema, apareció «Sommelier», ese era su nick.

Sommelier, resultó ser un hombre maravilloso, y lo mejor de todo: disponible. Era un poco mayor pero esto a Aurora no le importó. Parecía interesarse por ella verdaderamente, un hombre que la incentivaba, un hombre que la enamoraba con poesía, un hombre que parecía querer llegar primero a su mente antes que a su cuerpo, un hombre que repetía siempre que no era sexo, que eran cosas más profundas que lo atraían de ella.

Aurora no pudo evitar sentir una especie de enamoramiento con todas estas demostraciones, se sentía en las nubes cada vez que recibía un e mail de él pero como ella era demasiado extrovertida se lo hacía notar de manera muy obvia a veces y él se retiraba hasta que ella con una foto o alguna palabra lo atraía nuevamente. En persona nunca lo había visto, sólo tenía una foto y había oído su voz en el teléfono pero con eso bastaba y cuando él le escribía sentía una especie de corriente, una tensión sexual muy fuerte y ella se derretía frente al computador. Desafortunadamente, con el paso del tiempo, comprendió que nunca pasaría nada más allá de lo que había a través de los correos porque todas las veces que se pusieron de acuerdo para verse, ocurría algún imprevisto que a él le impedía asistir a la cita.

Aurora pensó que lo mejor era darle un tiempo a él, para que él aclarara lo que sentía por ella. Esa fue la principal razón que la había motivado ese fin de semana a salir de la ciudad.

El hostal era pequeño y familiar, se lo había recomendado una amiga ya que era un lugar perfecto para estar a solas. Muy tranquilo, estaba situado frente a una playa muy hermosa, de arenas blancas, y aguas color turquesa. Era otoño, y ya no había muchos turistas.

Ese día viernes llegó casi de noche, se registró y luego fue acompañada por la dueña de la casa hasta su habitación: una señora de rostro amable. Cuando estuvo sola se desvistió para meterse a la tina enorme que estaba en el baño. Estuvo casi una hora sumergida en el agua hasta que sintió frío, luego se fue a la cama que también era muy grande, como para dos pensó con ironía y casi contra su voluntad se durmió enseguida.

A la mañana siguiente se levantó temprano y bajó a desayunar, escogió una mesita que estaba junto al ventanal para poder apreciar el mar, siempre el sonido del agua la relajaba aunque fuera la de la llave del lavaplatos.

Estaba ahí, desayunando cuando de pronto se sintió observada, levantó la vista y en una mesita un tanto alejada de la suya pudo ver a un hombre que le sonreía, por un instante no se percató ya que estaba muy absorta en sus pensamientos pero luego lo reconoció: era él. Volvió a mirarlo, pensó que eran alucinaciones, pero no, era la misma sonrisa de la foto, esa que tanto le gustaba. Su primer impulso fue huir así que se paró tan rápidamente que tiró la silla. Caminó hasta la playa pero él la siguió, la llamaba pero Aurora no quería detenerse. Cuando por fin le dio alcance, la cogió fuertemente para que no volviera a escapar y la besó, ella se resistió al principio pero poco a poco comenzó a ceder y se abandonó a sus caricias, sus besos eran suaves, eróticos, provocadores.

No opuso resistencia cuando el hombre la tomó de la mano y la condujo hasta el hostal.

Ya dentro de la habitación, no hablaron, sólo se concentraron en un forcejeo por quitarse rápidamente las ropas y adentrarse en un torbellino de sensaciones tan intensas que Aurora no tuvo tiempo para pensar en nada, simplemente se dejó llevar.

Luego conversaron tendidos en la cama, tomados de la mano como adolescentes. Aurora comprendió que él sentía lo mismo, también tenía miedo, inseguridad de dar ese paso para aproximarse a ella, pero ahora que ya estaba hecho no se arrepentía y le aseguró que era lo mejor que le pudo pasar en la vida, y para demostrárselo la besó largamente. Ella correspondió con pasión.

Nunca se había sentido tan deseada, los labios de él recorriendo cada centímetro de su cuerpo, excitándola hasta lo imaginable logrando que ella también quisiera con su propia lengua devolver tanto placer, oírlo gemir, sentirlo temblar tal como él hacía hacía con ella.

La noche se les volvió día y pasaron las horas amándose, ella se aprendió la piel de él, y él no dejó ningún milímetro de ella sin conocer.

En algún momento se dieron cuenta que ya era tarde y era hora de volver. Él prometió que seguirían viéndose, que sentía cosas muy fuertes por ella, que aún no tenían nombre, pero aun así existían, y estaban ahí, latentes. Aurora prefería no pensar en eso por ahora, no sabía si creer o no, y sin embargo era hermoso mantener esa ilusión, le hacía muy bien a su corazón.

Él partió primero y sacó la mano por la ventanilla del auto para despedirse, ella se lo quedó contemplando mientras se alejaba, y después volvió al hostal para liquidar su cuenta y recoger sus cosas. En la habitación, miró la cama hecha un desastre y sonrió. Guardó todo lentamente, no tenía prisa.

Se despidió de los dueños, quienes expresaron el deseo de tenerla allí nuevamente. Esta vez la señora le sonrió y el marido le cerró un ojo. Aurora sintió que enrojecía pero disimuló, le dio un beso a ambos y salió. Un taxi la esperaba para llevarla a la estación de trenes.

El cielo estaba despejado porque había llovido un poco la noche anterior y los árboles con sus hojas ya muy amarillas lograban un paisaje impresionante.

El conductor del taxi bajó la velocidad, al parecer había ocurrido algo, gente mirando y la presencia de una ambulancia a un lado del camino daban prueba de ello, el taxi pasó lentamente y Aurora pudo observar que metían en ella un bulto cubierto.

Unos metros más adelante había un vehículo volcado, el conductor iba hablando acerca de lo peligroso que se vuelven los caminos con las primeras lluvias pero ella no lo escuchaba, estaba concentrada mirando el auto casi irreconocible que estaba vuelto de campana, con el parabrisas destrozado.

Le gritó al taxista para que se detuviera. El hombre asustado frenó y la miró por el espejo retrovisor, le preguntó que le sucedía. Ella, blanca como el papel no respondió.



Autor: Pilar Lepe


5 comentarios:

  1. Esta vez si que estuve atenta. Gracias por publicar el relato. Haré lo posible por leer y comentar los otros para ir conociéndolos a todos.

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  2. Hola Pilar has llegado a una casa donde la generosidad de los que la crearon no tiene límites.
    Me encanta lo que has escrito. Besos enormes.

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  3. Felicidades y bienvenida Pilar.

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  4. Hola Pilar, ¡Cuanto romanticismo¡
    Saludos

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  5. Excelente tu cuento Pilar. Felicitaciones. Osvaldo Barales

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