30 de enero de 2013

el comentario 5 comentarios

Monólogo interior



Y entonces descubrí que siempre iba a ser diferente. Yo ya me había acostumbrado a la extraña disociación de mí misma que sufría a menudo. Esa división que me mostraba claramente diferenciados mi yo real y cotidiano de mi yo profundo, de mi yo residente en Ese Otro Lado. La disociación no siempre se me presentaba de forma clara. Discernir los elementos de mí misma que pertenecían a cada parte se hacía difícil con harta frecuencia. Y me confundía profundamente. Solo en una ocasión parecían convivir con absoluta comodidad. Y era en tu compañía. Ambas partes de mí se rendían fascinadas y, simplemente, yo me unificaba de forma natural como ser humano.
Me costó descubrir que yo era diferente. Y ni siquiera estoy segura de serlo aún. Al fin y al cabo es una conclusión a la que he llegado a través de impresiones más o menos subjetivas. Pero, simplemente, es fácil para los demás describirse. Lo hacen continuamente. Muestran sus virtudes escondiendo hábilmente sus defectos. Supongo que es lo natural. Pero yo dudo que sepa cómo hacerlo realmente. Para pensar, necesito escribir. Y cientos de hojas escritas no han servido para unificarme a mí misma. Por eso a veces me rio de mi absurda intención de comprender el mundo. No puedo hacerlo si no entiendo mi propia mente. A lo máximo que llego, los días de extrema lucidez, es a distinguir a cual de mis dos partes corresponde cada escrito. Normalmente se mezclan, está claro. Pero suelo distinguir que parte escribe.
Volviendo a ese momento, comprendí que siempre iba a ser diferente. En fin, no es que antes no me lo hubiese planteado, pero siempre había pensado que en algún lugar todo el mundo se disociaría de sí mismo a menudo.  Que estupidez. Quizás ni siquiera sé la razón por la que me percaté en ese momento y no en otro. Pero lo hice. Y es como si un gran peso se me quitase de encima. Comprendí que las cosas comunes a mis dos partes eran las más importantes, las que siempre debía conservar. Y me asusté. Porque seguía sin encontrar algo más que satisficiera a las dos. A parte de un amor que, por lo demás, está claro que no era correspondido. Me pregunté qué sería de mí cuando desapareciera. Cuando desapareciera el amor de mi organismo o cuando lo hiciera la persona a la que estaba dirigido. Quizás en el segundo caso no hubiera ninguna diferencia. Porque el amor, y los cambios que sin duda había producido en mi yo total, seguiría ahí. Aunque fuera hacia un recuerdo. Está claro que sufriría. Pero diría que sufrir una ausencia es mejor que la otra alternativa.  Porque tengo la sensación de que es vital un punto de unión entre mis partes. Por imperfecto que este sea. Porque, si se pierde el punto de unión, es probable que tenga que elegir. Que una de las dos se pierda para siempre. Que muera. No debe ser sano morir en parte. La palabra vacío cobraría entonces un sentido nuevo. Porque ahora el vacío es tu ausencia. Pero no está solo. Tu ausencia siempre se rodea de muchas otras cosas. Pero imagino que si se da esa segunda opción, una parte de mí estará vacía para siempre.
Es extraño. Pero el yo que escribe ahora no puede conectar completamente con el otro. Me cuesta saber qué pensará de todo esto. Sé que es más escéptico, más crítico, más exigente. Yo me limito a aceptar las cosas, a resignarme… mi otro yo se las cuestiona, le cuesta aceptarlas. Por eso creo que no se dará cuenta de esto hasta que, quizás, sea demasiado tarde. Puede que no se dé cuenta de lo importante que es mantenerte, aunque no te tenga totalmente, porque eres lo único que une las dos partes.
Por supuesto, suelo ser yo, esta yo de este momento, la que escribo. Diría que el otro yo no necesita escribir para pensarse. Y debo aprovecharlo. Nunca logro separarlos de forma tan fácil. Lo físico ahora me resulta insignificante. Sé que es importante. Pero no lo siento. No ahora mismo. Me pregunto qué lado elegiré. No lo puedo saber. Por eso, cuando pienso en mi futuro, siempre encuentro dos alternativas claramente opuestas. Me da miedo. Significa que no veo la coexistencia como algo plausible indefinidamente. No quiero perder una parte de mí. Ninguna de las dos somos lo suficiente interesantes y tampoco lo suficientemente fuertes.
Reflexiono, y descubro que es posible que solo vea esos futuros por la fragilidad de mi nexo. Pero quién sabe, quizás puedo encontrar otro nexo. Las personas nos repetimos indefinidamente. Al menos, eso dicen los orientales. Pero tengo miedo. Porque, curiosamente, cuando apareciste en mi vida fue cuando yo dejé atrás esa época que solo puedo calificar de oscura… de inquietante. Yo aún no te daba un valor especialmente grande. Pero ahí estabas, inalterable. No quiero volver a perderme… debo convencer a mi otra parte… tenerte solo en una ínfima parte es mejor que “superarte”. Porque eso implicaría matar, asesinar, a una de mis personalidades. 

Catherine




5 comentarios:

  1. Muy interesante y reflexivo. Suerte que son solo dos, pues si fueran más serías una asesina en serie ;)

    Cariños

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  2. jajaja Sí, con dos es suficiente :)
    Gracias

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  3. ¡Nexo!

    Una curiosa palabra que siempre lleva apellido.

    Y si hay que elegir ¿por qué no cambiarla por Puente?

    Un besote

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  4. Catherine me ha encantado tu forma de escribir y exponer tus pensamientos.
    Besos.

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  5. De verdad creo que en el fondo... Todos tenemos el mismo problema con nuestras personalidades... Te sorprendería la cantidad de gente que se sentiría identificada con esto... Yo también...

    Besos mentales.

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