26 de febrero de 2013

el comentario 2 comentarios

Más madera.

Banco de trabajo de Madera, avión viejo manual y virutas Foto de archivo - 14288894
Foto de Internet.
Toda una vida dedicada al negocio de la madera hacía mella en el carácter. Por él lo habría dejado ya hacía unos años pero los zagalones, sus hijos, no habían querido abrazar la costumbre familiar y se había encontrado con su taller, el que heredó de su padre completamente montado, con el almacén lleno de herraje, con la humidificadora repleta de buena madera y con su mujer a un tris de irse al otro barrio merced a una leucemia galopante. Así las cosas no le quedó más remedio que seguir dándole al martillo, aserrando tableros, cepillando largueros y afanándose, cómo siempre lo había hecho y su padre antes que él, convirtiendo la madera en objetos que hicieran la vida de las personas más amable y llevadera. Así había pasado su vida y así, pensaba, la terminaría, pasando formones, gubias y lijas por las más variadas especies madereras, desde el humilde pino de flandes, pasando por el tea o el oloroso oregón hasta el sapelly, el cerezo, el haya o el intratable nogal. 

Alegría de carpintero.

Matilda, Mati para todo el barrio, su mujer, llevaba ya unos cuantos meses en una cruel estabilidad. Ni se iba ni se terminaba de quedar. La leucemia había hecho de ella un pelele y la quimio y la radio la habían terminado de mermar en un ciento por ciento. Una mala compañera para un ser humano que hacía que aquel, o aquella, cómo era el caso, que la padeciera se convirtiera en un trasto, una pesada carga que sólo podía contrarrestarse con el cariño de toda una vida y el amor incondicional hacía el ser que siempre estuvo a tu lado, en lo bueno, y en lo malo. Eso era quizás lo que le hacía alargar los días a sus casi setenta años dándole al martillo sin césar, sudando bajo la uralita y tragando polvo de melaminas, maderas y aglomerados. Suerte que, a pesar de que sus hijos, los tres, habían decidido hacer carrera, podía contar con la ayuda del hijo del lechero. Otro que, no queriendo seguir en la vaquería si había considerado el amor a la veta maderil y la cola de conejo.

Era el muchacho uno de esos simples pero de buen corazón. Le costaba aprender pero no ponía reparos a hacer trabajos rutinarios y desagradecidos que, en el arte de la madera suelen ser abundantes. Así, el chico, que a pesar de ser un poco lento era de buen corazón y trabajador cómo el sólo había sido dedicado al lijado y repasado de la madera antes de su tratamiento con tapaporo y después del mismo. Él, que a pesar de los años aún tenía buena vista seguía afanándose en el arte del tallado que tan buena renta le había dado, insistiendole al muchacho en la necesidad de lijar con cuidado y premura cada una de las volutas que él, a base de paciencia, formón, gubia y maza iba labrando con cuidado de no quebrar ninguna veta, hacer saltar el tocón o dar con algún nudo malnacido que le obligara a sanear y masillar para despues retocar haciéndole perder un tiempo precioso que en verdad no tenía.

Maderas nobles.

Aquel encargo había sido algo muy especial. Hacía ya tiempo que había dejado las puertas, las barandas, los peldaños en madera curada de Tea para otros fabricantes más interesados en cosas en serie y con menos gusto o quizás más penurias económicas para dedicarse a lo verdaderamente bonito del trabajo con tan delicada materia. El gusto por el detalle, la paciencia en el tallado, la carpintería inicial que daba su forma a desbastar eran cosas que hoy por hoy quedaban cegadas para la mayoría de los fabricantes. Cada cual buscaba la rapidez en la ejecución, el abaratamiento máximo tanto en las materias primas cómo en la fabricación. Craso error, pues lo que se ganaba en rapidez y funcionalidad, se perdía en calidad y ello conducía a la inexorable ruina de la pieza, conduciéndola a su sustitución por otra de igual o peor calidad terminando, cómo un torpedo bajo la línea de flotación de un acorazado con un arte tan noble cómo antiguo.

Por eso él, en su día se había especializado, estando aún su padre con vida, en el gusto por el tallaje. Una buena pieza de madera, más si era de madera noble, cómo teca, caoba o ebano, ganaba tanto más cuanto tanto más tiempo se le dedicara. Al curarla, al desecarla para que la humedad no la pudriese una vez tratada o simplemente al abrir el tablero en la sierra desprendiendo su alma en forma de infinitesimales particulas de serrín. La madera tenía espíritu y el arte del carpintero era encontrar ese espíritu, moldearlo, tallarlo y preparalo para otorgarle finalmente su propia eternidad. Así lo había aprendido de su padre y así se lo estaba tratando de transmitir a su aprendiz, demasiado alejado de los cánones de los carpinteros de su hornada cómo para comprender que la madera, lejos de ser algo absolutamente inanimado, tenía mucha más vida que muchos muchachos de su edad. Una verdad mucho más constante que la sucesión de los días con sus noches.

Acabado.

Estaba orgulloso de su trabajo. Pasó la mano con cuidado sobre la pulida superficie de las volutas que adornaban los costados de su obra magna. Una obra que, sin embargo, no estaría demasiado tiempo a la vista de los profanos, sirviendo para ser de una belleza fugaz y una resistencia de siglos a los xilófagos, para la que había sido tratada aquella buena pieza de ébano, de color totalmente negro cómo era propio para el uso que debía de recibir. Su padre siempre lo decía, era mejor el negocio de los muertos que el de los vivos. Al menos aquellos, si encontraban un clavo mal hundido no se quejaban. Así había sido el mejor de los fabricantes de ataudes de los contornos y en aquella ocasión, además, el mejor de los tallistas que se conocían del arte funerario. Aquel féretro era uno de los mejores sarcófagos que había construido y lo había hecho para alguién muy especial. Alguién que lo había dado todo por muy poco tanto en lo bueno, cómo en lo malo.



2 comentarios:

  1. ¡Pues sí que estamos bien!

    CSPeinado, como siempre recreándote en detalles. He recordado el olor de la madera y de los barnices. Me gustó.

    Debería haberlo leído antes que el de Escritores y Locura, bueno... alguien se tiene que dedicar a ello...

    Un saludo

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  2. Excelente relato, una obra perfectamente acabada. Me ha recordado a mi primer suegro, tallador de obras maravillosas en las mas finas maderas y, por supuesto, muy mal pago. Recuerdo el olor a nuez y el pulido con muñeca a pura mano.
    Felicitaciones

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