28 de abril de 2013

el comentario 12 comentarios

El cuento del petirrojo


Llevaba lloviendo toda la tarde, pero ella no se había mojado ni un pelo. Un pequeño petirrojo la miraba con ojos inquisitivos. Ella le devolvía la mirada. Sus ojos transmitían una frialdad total y algo siniestra. Una concentración pura. Parecían despedir chispas quemantes de azul helado. De hielo azulado. Un té rojo reposaba a su izquierda, entre el portátil y un montón de hojas perfectamente apiladas. Ya estaba frío. Quizás había sido olvidado.
El teléfono estaba mudo. El sol comenzaba a esconderse por el horizonte. Y seguía lloviendo. Sus ojos no habían cambiado de dirección ni un ápice durante la última media hora. Seguían mirando sin piedad al pequeño petirrojo que en realidad no estaba allí. De pronto, lo cogió con un movimiento velocísimo de su mano derecha y, manteniéndolo bien sujeto, le rompió el cuello con la izquierda. No siempre había sido zurda. Pero ahora lo era.
Su expresión no cambió mientras tiraba al pequeño pájaro yerto por la ventana. Sus ojos continuaban despidiendo chispas azules de helada indiferencia. Se bebió lo que quedaba del té. El teléfono sonó, estridente en el silencio de esa extraña tarde de lluvia. Amapola tuvo que recordarse que el petirrojo no existía antes de coger el teléfono.
La conversación fue breve. Quiero que estés abajo en media hora, pasaré a buscarte. De acuerdo. Ni una sola palabra más. Ningún cambio de expresión. Amapola recogió rápidamente todos los objetos que estaban sobre la mesa, apilándolos todos en un pulcro montón, excepto la taza, que quedó apartada en un rincón.
Amapola se desnudó lenta y metódicamente, quitándose el chándal cómodo que llevaba. Se vistió con una corta falda negra, un top rojo que se ataba al cuello, apretando sus delicadas curvas y unos zapatos de tacón bajo del mismo color. A continuación, lavo cuidadosamente la taza y la colocó en el escurridero.
Abrió la puerta y, tras atravesar un pasillo lúgubre con sus zapatos provocando un ruido repetido y desagradable, llegó a un balcón que daba a unas escaleras de mano. Bajo por ellas, lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Al fin, llegó abajo. Había pasado media hora exacta. Aunque quizás Amapola no lo supiera, pues no llevaba reloj, y su móvil había quedado olvidado en el montón de cosas apiladas sobre su mesa.
Un coche azul oscuro apareció segundos más tarde. El ocupante era un hombre de media edad con gafas de sol. Anodino, a pesar de que las gafas desentonaban ligeramente en el ambiente lluvioso y oscuro. Amapola subió al coche. Su expresión no había variado. Sus ojos azules seguían vacíos, sin mostrar nada.
Dentro del coche, no hubo ningún saludo, ni siquiera una mínima cabezada de reconocimiento. Amapola solo subió y miró al frente. Hacían una pareja curiosa. Un hombre anodino de mediana edad, con el pelo gris y escaso y unas gafas de sol inadecuadas para la lluvia  con una mujer de unos 20 años, vestida con ropa ligera que tampoco parecía adecuada, con unos ojos helados e indiferentes y unos labios extrañamente rojos.
En un momento determinado, el coche paró, frente a un bloque de apartamentos similar a cualquier otro bloque de apartamentos. Amapola salió del coche. El hombre la siguió. Una vez en el portal, sacó una pequeña cuchilla de algún bolsillo. Por primera vez, el hombre sonrió, pero no era una sonrisa tranquilizadora. Más bien daba miedo. Amapola respiró hondo, y su labio inferior tembló ligeramente. Sin embargo, sus ojos seguían igual. Fríos, indiferentes. Casi vacíos. El hombre la miro con aquella extraña sonrisa en la cara durante unos segundos. Ella dejó caer el top que cubría su parte superior. El hombre se acercó y le hizo dos cortes, largos y poco profundos, uno a cada costado. Amapola empezó a sangrar al instante. Una lágrima pareció caer de sus ojos helados.
El tiempo se detuvo. Ningún coche pasaba por delante del bloque de apartamentos. Nadie salía de su casa. El único indicio del paso de los segundos era el golpeteo lento y rítmico de algunas gotas de sangre en el suelo. Eventualmente, estas también pararon. El cuerpo de Amapola estaba salpicado de sangre. La falda también, pero no se notaba porque ésta era negra. Sin modificar su expresión, volvió a colocarse el top y comenzó a subir las escaleras, sin preocuparse más del hombre.
Una vez que llegó al último piso, sacó una llave pequeña del bolsillo de su falda y abrió la puerta de la izquierda. Una habitación llena de petirrojos quedó al descubierto. Amapola abrió mucho los ojos, sorprendida. Quitando por primera la vez la máscara impasible. Sin embargo, pronto se recompuso y se puso manos a la obra. Los petirrojos iban cayendo al suelo conforme ella los mataba, retorciendo sus pequeños cuellos, siempre con la mano izquierda. Hubo un momento en el que los recuerdos de cuando no era zurda asaltaron su mente, desconcentrándola durante unos preciosos segundos en los que un petirrojo más pequeño que los demás se acercó demasiado, hundiendo su pico pequeño en el extremo de su corte derecho. Amapola frunció el ceño, al parecer no muy dolorida, y mató al pájaro a una velocidad algo más lenta que la que había usado para los demás, quizás como una venganza, quizás porque estaba recuperando la concentración.
Cuando acabó, habían pasado más de tres horas y los cortes habían vuelto a abrirse. Los signos del cansancio se mostraban en su piel, pero sus ojos seguían límpidos. Amapola cerró la puerta con llave y volvió a bajar las escaleras. Sus zapatos de tacón resonaban sobre las baldosas, un fino hilo de sangre se deslizaba a lo largo de toda su pierna derecha.
En el portal, el hombre la esperaba. Cuando la vio, la sonrisa siniestra volvió a su cara. La cuchilla había vuelto a desparecer, aunque a Amapola no le importaba donde pudiera estar ya, sabía que estaba a salvo por el momento. El hombre de mediana edad y ella repitieron el mismo recorrido de la misma forma. Subir por la escalera de mano se le hizo más difícil a Amapola esta segunda vez, porque las heridas le molestaban. Sin embargo, llegó arriba sin más incidentes y logró, después, llegar hasta su habitación.
Allí, volvió a desnudarse y se dio una ducha. Sus cortes no sangraban ya pero, de todas formas, ella los vendó con cuidado. Suspiró. Se preparó una nueva taza de té sin molestarse en vestirse. Había dejado de llover. Era de noche. La habitación estaba caldeada. Amapola se tomó el té a pequeños sorbos espaciados por tres minutos. Aunque ella no podía saberlo, pues no había ningún reloj en la habitación, ni tampoco le importaba. Al final, el té  volvió a quedarse frío. Pero ella continuo bebiéndolo de la misma forma, con la vista fija en el punto exacto dónde esa tarde había descansado aquel primer petirrojo.



12 comentarios:

  1. Gracias :) Aunque no sé yo si es muy cálida...

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  2. Hola Cat, ¡vaya historia! Tiene intriga y muchas preguntas sin responder. Este tipo de relatos de "miedo" deben ser muy visuales y tú lo haces muy bien. Podrías ampliarlo algún día, si te apetece, porque me he quedado con ganas de por qué?

    Abrazote

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  3. Que valoración tan generosa. Muchas gracias :)
    Y la verdad es que yo también me pregunto ¿por qué?

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  4. Intrigante esta entrega. Necesidad urgente de su segunda parte. Muy bueno!
    Un saludo.

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  5. Intrigante esta entrega. Necesidad urgente de su segunda parte. Muy bueno!
    Un saludo.

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  6. Gracias! Pero para escribir una segunda parte necesitaría saber algo más de Amapola... :)

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  7. De mi boca cayó medio litro de baba al ver la fotografía, pero después de leer todo... TERRORÍFICO! Me quede con ganas de más, más respuestas, ese hombre... Espero que escribas la segunda parte POR FAVOR! Me ha encantado.

    Creo que "escuchando palabras" se refiere a la calidez que produce la languidez de Amapola, para mi también ha sido cálido y terrorífico a la vez...

    Besos mentales.

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    Respuestas
    1. Me alegro de haber logrado todo eso :)
      E igual me planteo escribir la segunda parte... Tanta demanda... Jaja
      Besos para ti también

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  8. Me agrado mucho el suspenso del relato. Que el inicio y el fin del desenlace sea en la misma habitación, la similitud del victimario y sus víctimas. Amapola también es un petirrojo, con su top rojo, con su sangre en el pecho. Muchas gracias por compartirlo.
    Cecilia

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  9. Excelente relato, Catherine, varias veces lo comprobé. Creo que los protagonistas saben tantas cosas que nosotros no sabemos, hay otras puertas que no se nombran pero estarían, " abrió la de la izquierda" dice el relato, que me dá la sensación de que ésta es la segunda parte. Saludos. Osvaldo Barales.

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  10. Me encanta cómo escribes... y en este relato, el uso de alegorías, inquietantes, como deben ser y el tema merece. Enhorabuena otra vez ;)

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