16 de julio de 2013

el comentario 7 comentarios

Más allá de los muros: El sabor de la traición



Más allá de los muros: El sabor de la traición


- ¿Por qué? – las palabras salieron con dificultad de su garganta, Atho consiguió abrir los ojos, aunque tardó unos segundos en poder enfocar lo que tenia delante. Se sentía tan agotado por culpa de lo que el veneno le estaba haciendo que no podía aguantar su peso sobre los pies, hacía rato que se había dejado caer, las telas que le hacían preso lo mantenían en pie. Intentó inhalar algo de aire que le diera fuerzas para levantar un poco la cabeza, pero le dolía respirar, aun así lo hizo y pudo sentir como las gotas caían desde su frente perlada en sudor. Todo estaba en silencio, lo único que se escuchaba era el crepitar de las llamas a su alrededor y los inagotables pasos de Tzaro. Cuando por fin logró mirarlo directamente éste se detuvo.


- Porque tú y yo tenemos un concepto muy diferente de lo que es la justicia y la lealtad.


- Si, eso está claro… - la voz de Atho volvió a sonar apagada aunque se esforzaba por que fuese firme, tenía que estar más centrado en poder respirar para llenar el hueco que había en sus pulmones, pero sabía que no se debía a la falta de aire, era su don que se apagaba, consumiendo su vida.


- Vamos, no sigas jugando a ser la víctima, no hay nadie más aquí y yo sé muy bien lo que eres – Tzaro arrastraba las palabras con cierto desdén, volviendo a emprender su marcha alrededor de Atho que seguía luchando por mantener los ojos abiertos – Alguien que se ha ganado el poder sacrificando la vida, la libertad y la verdad que le corresponde a su gente.


- ¿De qué estás hablando? La única vida que sacrifiqué fue la mía…y lo sabes.


- Si, tú ofreciste el destino de tu linaje como precio para lo que nos ofrecieron, pero ¿acaso puedes negar qué desde entonces le ocultas a tu pueblo su esclavitud? – Tzaro no pudo evitar que las comisuras de sus labios dibujasen una arrogante sonrisa, por primera vez Atho estaba indefenso ante él, le pareció que intentaba decir algo, pero estaba tan débil que las palabras se ahogaron en un susurro inaudible - ¿Cuántos han muerto por el desconocimiento? Solo por la imagen que quisiste crear.


- Saben lo que deben saber… - pronunció Atho a duras penas interrumpiendo el discurso de Tzaro, apretó los dientes con fuerza, por la rabia, y la impotencia.


- ¿Y quién eres tú para decidir qué es lo que deben saber? – Tzaro enarcó una ceja y volvió a detenerse frente a su prisionero.


- No saber les permite ser libres de decidir.

- ¿Y a dónde les llevan esas decisiones si son erradas? Estabas allí conmigo de rodillas cuando nos desvelaron la verdad. ¿Cuántos han muerto por creer tus palabras? – pese a que su rostro se crispaba su tono de voz no dejaba de ser pausado y tranquilo, eso le hizo pensar a Atho lo mucho que Tzaro tenía preparado ese discurso, se encolerizó por la culpa de no haberse dado cuenta antes, de haber puesto toda su confianza en quien menos debía, tendría que haberlo imaginado. Apretó los puños alrededor de las telas y logró apoyar un pie en el suelo para sostenerse por si mismo, su cuerpo estaba tan mal que el esfuerzo volvió a nublarle la visión, pero no desistió, mantendría su orgullo y su dignidad hasta el final.
- Mejor morir jóvenes teniendo la libertad de decidir que toda una vida creyéndose esclavos – los claros ojos del gobernante de Dhîam se clavaron en Tzaro, pese a que no podía mantenerlos abiertos del todo su expresión no vaciló.

- Una vez más crees que estás en el derecho de elegir por los demás, y como en el pasado te vuelves a equivocar. Parece que los años te han hecho olvidar la grandeza de lo que se nos descubrió aquel día.
- No sé que pretendes, pero no te saldrá bien. Estás asesinando al rey de Draeth, al líder de la alianza, y destapar la verdad no te ayudará.

- Intentas adivinar y fracasas en el intento – Tzaro paseó el filo de su espada sobre la palma de su mano, perdiendo la mirada.

- Tzaro… ¿Con qué mentiras me has arrebatado la lealtad de mi hijo? – escupió Atho, volviendo a ceder el peso de su cuerpo a sus ataduras.

- ¿Mentiras? Ninguna, solo con la verdad, y he de decir que no fue demasiado difícil, siempre pensó que le cederías el trono a Baldo, el camino que yo le ofrecí le resultó más interesante.

Atho deseó que dejase de hablar, cada vez estaba más débil, notaba como poco a poco la piel se le cuarteaba, su don casi lo había abandonado por completo y con él su vida se escurría. No quería escuchar nada más sobre su hijo.

- Lamento que las cosas tengan que ser así, pero tu sombra me impide alcanzar mi objetivo. Debes desaparecer para que las cosas vuelvan a su lugar.

- No lo entiendes, una vez que la verdad se sepa muchos no se conformarán, querrán acabar con los causantes de su esclavitud, y hacer eso es condenar a Dhîam. Acabas de comenzar una guerra, la peor de todas… - las palabras salieron de la boca de Atho con voz queda, la sangre brotaba de sus poros, se desvanecía, toda su vida se esfumaba.

- No, en realidad tú la empezaste – Tzaro avanzó un paso desenvainando la espada, el ruido metálico del arma rechinó en los oídos de Atho – Pero yo voy a enmendar tu error – el rey supo lo que iría a continuación, y en el fondo quiso pensar que Tzaro lo hacía para aliviar su sufrimiento, para evitarle una muerte aun más lenta. El filo de la espada le atravesó el pecho y la sensación le reconfortó, porque su vida se alejaba con mucha más rapidez. Su último pensamiento fue para su familia, se lamentó y pidió perdón en silencio por todo el horror que tendrían que soportar en su nombre.


Noelia Alcaraz


7 comentarios:

  1. Al final cuando ya no estamos aquí quienes pagan por lo bueno o malo de nuestras acciones son nuestras familias. Bárbaro Noelia!!

    Besos mentales.

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  2. Muchisimas gracias por vuestros comentarios, un saludo.

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  3. He llegado a ti por el blog de Humberto Dib.
    muy buen hallazgo.
    saludos
    carlos

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