7 de agosto de 2013

el comentario 3 comentarios

En el aeropuerto. . .


El vuelo le había resultado largo, tal vez, el más largo de su vida. En Ezeiza, la cabeza ya le giraba en derredor y su estómago se le encogía, casi doblándola. Evelyn viajaría a Toulouse ese fin de semana, luego de pasar unos días con Sebastiana,  su tía abuela,  en Madrid. Rebeca Spillman se lo había pedido por tercera vez, quería presentarla en su grupo de amigos y parientes para terminar de definir una situación clandestina llevándola a la luz de las opiniones. Ello significaba blanquear la relación entre ambas y por supuesto le originaba un miedo disimulado y le planteaba mil interrogantes. ¿Estaba ella preparada para enfrentar tamaño conflicto? ¿Podría dar el paso ante gente conocida sólo a través de algunos videos caseros sin haber ahondado en sus creencias? ¿Se evaluaba realmente madura para la ocasión? Muchas preguntas y pocas respuestas, en torno suyo. Rebeca no claudicaría como en otras ocasiones, estaba totalmente decidida.
 Evelyn tomó desde Barajas el vuelo de Air France con destino a Blagnac sin darle más vueltas al asunto, al punto que cuando arribó al aeropuerto El Prat, ya que había una escala de una hora aproximadamente en Barcelona, sus piernas no le temblaron al avanzar hacia la caseta de conexión con Toulouse. Una hora de espera fue más que suficiente para que todo se volviera claro ante sus ojos y pensamiento. Los Led del aeropuerto no dejaban de transmitir escenas del macabro atentado en Toulouse, una muestra de locura y despropósito, una verdadera pesadilla que puso en vilo a toda Francia propendiendo a que el periodismo indagara en la mente de un terrorista que  entra a un colegio y elige a sangre fría a tres niños para asesinar. Un desafío liso y llano a nuestra especie, pensó Evelyn. No pudo llegar a Toulouse. Su corazón oprimido, su sinrazón expuesta, la colocaron en su lugar en el mundo. Le faltó el valor para acompañar a Rebeca en la congoja y en los eventos de su comunidad. Nunca se presentaría ante su familia. Nunca, ésta se enteraría de la elección que habían realizado, casi en el fin del mundo, en aquella excursión dónde dos años atrás se conocieran, mientras se enamoraban de los pingüinos magallánicos, habitantes naturales de la Isla Martillo en pleno Canal de Beagle.



3 comentarios:

  1. Buen relato. Cualquier excusa es válida cuando en verdad no se quiere hacer una cosa ;)

    Cariños.

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  2. El miedo social está poco valorizado. Muy bueno.

    Un abrazo

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