29 de diciembre de 2013

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Suspiros musicales





El día había amanecido como cualquier otro, pero él no podía evitar pensar, otra vez, que no quería ser quién era. Otro dolor más. Solo uno de tantos. Se preguntaba cómo podía seguir exponiéndose de esa forma, cómo no había logrado construir aún su coraza a prueba de dolores estúpidos. Se preguntaba cómo era tan sensible a las acciones ajenas y aparentaba ser tan duro. Dicen que los dolores callados se enquistan y te vuelven amargado. Igual él, a sus 20 años, ya estaba cerca de conseguirlo. De convertirse en un viejo solitario y dañado y silencioso, siempre silencioso.
Lloró un poco antes de levantarse. Después, se fue serenando y paso el día de forma normal. Con ganas de llamar a alguno de sus amigos y contarles la mierda que le corroía por dentro, y descargar un poco el dolor que le oprimía el pecho de forma casi constante. No lo hizo, claro. No solía hacerlo porque creía – no tenía muy claro si acertadamente o no - que no lo comprenderían. Porque ellos habían construido parte de sus dolores anteriores, muchas veces sin darse en cuenta y porque tendían a trivializarlos.
Llegó a casa agotado por la noche, con ganas de ponerse a dormir, de ponerse a dormir para siempre. Exageraba, lo sabía, tenía una exagerada tendencia al victimismo que no sabía como evitar y que trataba de guardarse para sí mismo. Su vida tenía demasiadas cosas buenas para ponerse a pensar así un día sí y otro también. El problema estaba en el mismo, en sus propios demonios que le impedían ver las cosas con claridad y le hacían un desastre a nivel social. Solo sabía fingir y, con eso, sobrevivía.
Trató de dormir, pronto, sin siquiera haber tomado un bocado al llegar. Sin haber pensado siquiera en abrir un libro. Suponía que debería estudiar más, pero se le hacía difícil conseguir tomarse en serio sus estudios cuando todo dolía tanto.
No podía dormir. Se levantó, despeinado y medio desnudo y se sentó ante el piano. Sabía tocar bastante bien. Pero había algo demasiado serio en el sonido que salía de sus manos. Sus profesores le decían que no ponía el alma en lo que hacía. Que no era lo suficientemente sensible. Él estaba más o menos de acuerdo pero, en ese momento, probó a hacer lo que nunca antes había hecho. Tocó sin partitura. Sin concentración. Dejo que sus dedos y su alma se comunicaran sin pasar por su cabeza y hizo que ésta se preocupara solo de escuchar.
Y entonces salió flotando del piano una melodía que era él, que era todo ese dolor acumulado en su vida, todos los rotos mal cosidos de su interior. Y una calma extraña vino a acogerlo. Y se maravilló de su propia pericia nunca antes percibida. Fue increíble. Aunque nadie más que él estaba allí para oírlo, estaba satisfecho. Había aprendido a convertir el dolor en arte y comprendía que valía la pena. Que ser como era costaba, costaba un esfuerzo a veces ímprobo, a veces desagradable, porque luchar con uno mismo es siempre peor que luchar contra cualquier otra cosa. Pero merecía la pena.

1 comentario:

  1. Un cuento con moraleja, de los que hacen pensar.

    Un abrazo muy grande

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