30 de mayo de 2013

el comentario 4 comentarios

Rosas rojas



En la puerta del hospital de urgencias, donde estacionan las ambulancias, había una pelea entre dos hombres. Me llamó la atención porque solamente uno de los dos golpeaba al otro, que no caía al piso a pesar de los tremendos puñetazos que le aplicaban en el rostro.

Habían comenzado dentro de un taxi y bajado de él a los tumbos. Quien recibía los golpes ni siquiera sacaba las manos de sus bolsillos, como si en ellos estuviera protegiendo algo valioso. No ofrecía ningún tipo de resistencia, sólo buscaba evitar los impactos. Pero no lograba hacerlo del todo, y el que golpeaba de manera feroz –que por su ropa parecía ser el taxista– le asestó varias trompadas más hasta que el agredido, al fin, se decidió a correr.

Me pareció extraño que no hubiera intentado defenderse o al menos, alejarse cuanto antes.

Perdí de vista a los dos hombres y seguí caminando. Entré al hospital por una de las puertas laterales. Venía bastante apurado, como siempre. Iba a visitar a un pariente internado y sólo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano derecha.

Unos segundos después, sentí que me empujaban desde atrás. Trastabillé y casi caigo al suelo. En una de las galerías, cerca de la terapia intensiva, el mismo hombre que había recibido los golpes me tomó del brazo y con un arma pequeña apuntó a mi pecho.

Haciendo ademanes, me obligó a acompañarlo. No dudé un segundo. Estaba muy lastimado y de su ojo izquierdo parecía caer sangre. Su camisa blanca, llena de pequeñas manchas de color oscuro. Y sus dientes...

Corrimos un largo trecho. La gente se horrorizaba al ver su cara destrozada y el revólver que llevaba en su mano derecha. Parecía algo grotesco, un hombre desequilibrado corriendo al lado de otro que seguía sosteniendo, como si fuera un trofeo, un ramo de flores. No entiendo por qué en ese momento no pude soltarlo.

Entramos a un pequeño ascensor. Allí bajó su arma y me miró a los ojos por primera vez. Sacó de su bolsillo una pequeña caja de color blanco, cerrada con cinta adhesiva, y me la entregó sin decir nada.

Al detenernos en el segundo piso, volvió a tomarme del brazo y así corrimos hasta el borde de un balcón que se encontraba unos pasos delante de nosotros.

Abajo, la gente había empezado a congregarse. Extrañamente, a pesar de todo, yo me encontraba tranquilo y seguro de que no iba a lastimarme. Algo en su mirada lo decía. Pero aún no llegaba a entender por qué me había dado la caja.

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

Habló como si estuviera leyendo mi mente.

No tuve tiempo de preguntarle nada. Acercó la punta del revólver a su garganta, debajo de la nuez de Adán, y disparó.

Se desplomó sobre mí. Y la sangre... ¡por Dios! Tanta sangre a borbotones sobre mi ropa, mis zapatos y el ramo de flores.

Me lo saqué de encima. Sentía vergüenza de pensar más en el asco que me producía ensuciarme que en la locura y el drama de ese pobre hombre.

En pocos minutos llegó la policía. Tarde, como en las películas. Sólo atiné a quedarme sentado, apoyado contra la pequeña pared que nos rodeaba.

Guardé la caja en el bolsillo. Tuve la tentación de dejarla tirada o de esconderla en el pantalón del suicida, pero preferí respetar su último deseo. Cuando todos se fueran, la abriría.

Ya en mi departamento, cerca de las cinco, aún no había podido almorzar. Seguía asqueado por la horrible sensación de la sangre caliente sobre mi cuerpo. Volvía a verla, manando con violencia, mojando mis manos y mis pies.

Me senté en el living. Acababa de llamar la policía para pedir algunos datos y ver si podía aportar algo más. De paso, me avisaron que el psicópata no había muerto todavía. Estaba muy grave, internado en el mismo hospital de esta mañana. Era prácticamente imposible que sanara o despertara, según el comisario a cargo de la investigación.

Sin embargo, algo me impulsó a ir a verlo. Para saber más de él o de su vida. Además, me tentaba la idea de dejar la cajita blanca de bordes plateados entre sus pertenencias.

Pero no iba a poder hacerlo.

Unos minutos más tarde estaba camino del hospital, por segunda vez en pocas horas.

Llegué a la sala de terapia intensiva pero dos oficiales me impidieron el paso. Estaban parados al lado de la puerta, uno de cada lado.

Me preguntaron si tenía relación con él, si era familiar o pariente. No quise decirles mi nombre, sólo contesté que lo había conocido hace poco tiempo. El más joven me dio el pésame por anticipado y me informó que podía quedarme por allí, para esperar el obvio desenlace.

Les agradecí. Di media vuelta y busqué la salida. Había sido un día bastante largo.

Después de subir a un taxi para volver a casa, tomé la caja y me decidí a abrirla. De una vez por todas.

Nunca hubiera podido imaginarme lo que contenía.

Tenía que entregársela a alguien. Pero no a cualquiera. Alguien que fuera capaz de llevar a cabo lo que la caja pedía.

Vi por el espejo retrovisor que el taxista había observado lo mismo que yo. Y supe que comenzó a desearla, con todas sus fuerzas.

Estacionó a los pocos metros, cerca del sector de entrada y salida de ambulancias, y giró hacia mí. Me exigió la caja y no quise dársela. Por eso mismo comenzó a golpearme. En el rostro, en los oídos, en el estómago… pero no la solté. La guardé en mi bolsillo, a salvo de todo.

Tratando de esquivar sus trompadas, bajé del auto. Sin saber hacia dónde iba, empecé a buscar al próximo destinatario.

Advertí que desde lejos nos estaban mirando. Era un hombre calvo, como yo, que parecía llevar algo pesado en sus manos.

Lo seguí. Enceguecido por el impulso de compartir con alguien especial el contenido de la caja, fui hacia la galería donde se encontraba. Aún sin saber cómo iba a convencerlo de que aceptara.

Se me ocurrió quitarle el arma a un guardia del hospital. Lo hice y corrí con todas mis fuerzas por uno de los pasillos. Mi corazón latía cada vez más rápido. La sangre ensuciaba mi camisa. Tenía el ojo izquierdo semicerrado y mis dientes…

Encontré al calvo y lo tomé del brazo. Con la pistola apunté a su pecho y lo obligué a correr junto a mí, para alejarnos de todo.

Nos refugiamos en un ascensor. Cuando bajamos en el segundo piso, casi sin aliento, le di la caja y le indiqué:

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

No tuvo tiempo de preguntarme nada. Allí mismo, cerca del balcón, acerqué la punta del pequeño revólver a mi garganta y disparé.

Caí sobre él. Y mi sangre... por Dios, tanta sangre a borbotones sobre su ropa, sus zapatos y el ramo de rosas rojas que él seguía sosteniendo entre sus manos, como si fuera un maldito trofeo.



Gonzalo Salesky

Leer más

25 de mayo de 2013

el comentario 4 comentarios

Otras horas. . .

De Pedro Subercaseaux


Las tertulias en casa de los Del Pino eran monótonas. Rafael tocaba la misma melodía en el destartalado clavicordio y su hermana Magdalena, el arpa, por cuyos sonidos su madre sentía devoción. Los más jóvenes se divertían jugando a los naipes y haciéndose alguna broma. A las seis de la tarde, más en invierno, era norma, regresar cada uno a su casa. A veces se servía el chocolate caliente con bollos de anís que la esclava Clementina preparaba con dedicado esmero y que la dueña de casa ofrecía gentilmente. María Elena siempre bordaba su ajuar en espera del ansiado novio que algún día  llegaría de Londres.
Manuela Cuenca y Trillo se aburría. Tendría unos dieciséis años y si bien ya estaba en edad de merecer se oponía a los “convenientes” pretendientes que su padre le buscaba y conseguía. “Vas a tener que decidirte hijita, si no el que va a elegir seré yo” le rumiaba en sus oídos, cuando ella se retiraba a sus aposentos despreciando a comerciantes, militares o hacendados que su progenitor invitaba a cenar con el directo fin de casar a su hija. A Manuela no le gustaban las tertulias en casa de sus primos y con Magdalena tenían un roce especial e innato: ambas no se soportaban. Sin embargo, en aquellos años de comienzos de 1800, en el Virreinato del Río de la Plata, ésas eran las costumbres y había que respetarlas en la vanguardista ciudad de Buenos Aires. Buscando un interesado equilibrio, Manuela cumplía con ahínco otra de las costumbres de la época: asistir a misa. Marchaba diariamente a la misa de 11 de la mañana que Fray Cecilio Loyola daba en un latín sonoro e incomprensible en la Iglesia de San Nicolás de Bari, donde funcionaba el Convento de las monjas Capuchinas. Llevaba flores blancas del huerto de su casa y no faltaba nunca, aunque lloviese. Su madre, una criolla de estirpe, le rezongaba antes de salir en uno de esos días de llovizna porteña: “Después no te quejes si el barro te ensucia el vestido” y de paso comentaba con su esposo: “Me parece que esta hija nuestra va a terminar haciéndose monja, va tanto a las capuchinas” comentario que el Gral. Cuenca no aceptaba con agrado. Él tenía otros planes para Manuela. Sin embargo, ella había elaborado los suyos, muy distantes de ingresar a una orden religiosa. Bernardo, un mulato hijo de un negro esclavo traído del Brasil y de una española arrojada de su hogar y abandonada en el campo, la acompañaba todos los días a misa por estricta disposición del General. Porque no podía siquiera imaginarse que una señorita anduviese sola. Debía llegar a la casa de Dios custodiada o acompañada de su madre, hermanas u otros parientes. Para entonces, Manuela había trabado amistad con una prima de la esposa del joven y apuesto abogado, Mariano Moreno, llegados unos meses antes de Chuquisaca, ciudad del Alto Perú. Con Consuelo Arteaga, se encontraban en los bancos parroquiales y entre sonrisas y murmullos se encomendaban a la virgen y aprovechaban el rito religioso para hablar de sus amores imposibles. Para el caso que se presentara algún problema, ambas serían testigo de cargo recíprocamente. Picardías de la juventud que, antes que las ideas revolucionarias, indicaban el comienzo de una rebelión en el corazón mismo de la sociedad. Desde pequeña, cuando en el polvoriento patio de atrás de la casa jugaba con sus primos y algún invitado al “gallito ciego”, Manuela, había puesto sus ojos en un morenito que los espiaba desde arriba de un corpulento y tupido sauce.
La historia de sus padres habría de repetirse en la vida de Bernardo. Tuvo la desgracia de enamorarse de Manuela sin sospechar que ella ya lo estaba de él desde niños. Sus idas y venidas a misa eran los momentos en que estaban juntos. También en el huerto, pero el lugar era más peligroso, a pesar de que ambos habían experimentado allí su primer beso. Cuando Manuela descendía del carruaje, se apretaban fuertemente las manos en señal de amor recíproco. Ella le había regalado un pañuelo suyo y él unas semillas rojas, brasileras que la joven guardaba celosamente. Ésa era la razón por la que Manuela Cuenca y Trillo no gustaba de las tertulias ni de la actividad social. Para ella, escuchar la pianola o los recitados eran horas perdidas. Su difícil mundo tenía un nombre que bien sabía no podría pronunciar jamás en el seno de su familia. Eran, otros tiempos, otras horas. . .
La rebeldía, fue simiente en la sociedad porteña, no sólo de  importantes movimientos que hicieron trastabillar el orden institucional impuesto por España, sino también, de grandes amores.


Leer más

20 de mayo de 2013

el comentario 6 comentarios

El Ruiseñor.


Aquél ruiseñor cantaba en la cumbre,
lo hacía con ese sonido que tiene tan dulce,
y cantaba y cantaba y no se cansaba
de entregar su canto a la cumbre alta.
Nada esperaba, ni aplausos, ni besos,
ni siquiera un gracias.
Tan solo cantaba por dar con amor,
ese dulce don que le fue entregado 
cuándo se creo.


Y llegó hasta el Cielo ese dulce trino,
y fue escuchado con mimo Divino,
y aquél dulce canto de ese ruiseñor...
¡me cuentan que alegra con ternura
inmensa....
¡la calma de Dios ¡.
            
Julia Orozco.
Leer más

19 de mayo de 2013

el comentario 3 comentarios

Rigor...



A veces paseo por los pasillos del infierno
buscando algo de luz y un poco de aire fresco
Pasillos vacíos de vida…de muros anchos
y blancos espectros que buscan entre las llamas
los sueños que se perdieron
entre las danzas macabras de fuegos eternos…

Niegan los verdugos el pan y la sal que me corresponde
condenándome a esta vida de sed y hambre,
lejos de los manjares y los manteles dispuestos
con frutos más justos y ecuánimes…

¡Aire!…Aire fresco y luz de la tarde vienen a buscarme
increpando a las corrientes que arden
entre negros pesares
marcando el pulso a un discurso indescifrable…

Agoniza la esperanza entre los surcos de mi mirada…
Resucita la añoranza apelando al mañana…
Pase lo que pase, no habrá honores ni palabras vanas…
Sólo el rigor del averno y sus embajadores…
.
.
Galatea Santos®


Leer más

15 de mayo de 2013

el comentario 6 comentarios

Nuevo Colectivo de Artistas


A No Somos Escritores le ha nacido un hermanito que en lugar de la pluma le gusta esgrimir un pincel.

El GrupOPin se complace en presentar un nuevo Colectivo de Artistas denominado Suma Creativa. Un sitio de similares características a las de éste, pero dedicado a quienes gozan de expresarce mediante imágenes de propia factura.

Suma Creativa intenta ser una muestra colectiva de las diferentes tendencias pictóricas que se vuelcan diariamente en los Blogs de habla hispana abriendo sus puertas a artistas profesionales y aficionados.

De tal manera nos declaramos exentos de una determinada línea de estilo editorial para abrirle la puerta a todo quien sienta que su obra debe ser conocida por ese medio.

El dibujo, el grabado, la pintura, eventos, talleres, videos, todo tiene su espacio  allí.

La mecánica del blog es muy sencilla y se basa en la publicación de obras nuevas o ya publicadas, de autoría propia, acompañadas de una breve biografía del autor y/o noticias que se deseen divulgar por ese medio.


Dentro de cada post usted puede publicitarse libremente, convocar a talleres, exposiciones o concursos, mientras que en la página principal y barras laterales se encuentran disponibles Banners de publicidad paga administrados por el editor del blog.

Si cuenta con obras que le enorgullecen pero han quedado olvidadas en las listas del pasado donde nadie pasa a verlas, aquí está su oportunidad de darlas nuevamente a conocer a un público mucho más extenso.

Nuestra experiencia SEO (Search Engine Optimization) o "posicionamiento web"  le aseguran la llegada a una masa de público superior a la que es posible obtener con un blog o web personal.

Pero como Suma Creativa también abre sus puertas a quienes no posean blogs ni sitios web propios pero desean publicar sus trabajos, tambien contamos con un servicio de publicación de hasta tres entradas y asesoramiento gratuito para la creación de blogs o sitios web gratuitos.

Si usted disfruta de la pintura, el dibujo o el grabado, como profesional o aficionado, lo esperamos en nuestra nueva casa.


Leer más

12 de mayo de 2013

el comentario Comentar aquí

Las últimas palabras de los escritores (III)

 
Tras la primera y segunda entrega de esta saga, concluimos hoy con esta recopilación de últimas palabras de algunos grandes escritores.

Lewis Carroll

Quíteme esta almohada. Ya no la necesito.”
El autor de ‘Alicia en el país de las maravillas’ murió de una neumonía después de sufrir una gripe. De pequeño, la tos ferina que padeció le produjo sordera en el oído derecho. Actualmente, hay biógrafos que sostienen que tomaba drogas psicoactivas.

Vicente Huidobro

¡Cara de poto!”
Cuando el poeta de vanguardia Huidobro estaba ya a las puertas de la muerte, volvió de la inconsciencia, confesó a sus cercanos que sentía miedo e hizo llorar a su amiga Henriette Petit, cuando la miró fijamente y le gritó esta expresión, que significa “cara de culo”.

Franz Kafka

¡Mátame o de lo contrario serás un asesino!”
Kafka fue un hombre de una salud frágil toda su vida: a su fobia social se le añadían migrañas, insomnio y otras dolencias, que intentó tratar con diversas terapias naturales, que quizá le provocaran la tuberculosis que finalmente le mató. Sus últimos días fueron un infierno de dolor, y suplicó a su doctor que acabara con ese sufrimiento.

Dylan Thomas

Me he tomado dieciocho whiskies. Creo que es mi récord…”
El laureado poeta galés murió como vivió: completamente borracho. La causa de su muerte fue una neumonía, mezclada con sus problemas hepáticos. Siempre estuvo orgulloso de su feroz alcoholismo, y a menudo fanfarroneaba de su aguante con la bebida.

Fernando Pessoa

No sé qué me depara el mañana.”
Una de las mayores figuras de las letras portuguesas, Pessoa escribió estas últimas palabras tras haber perdido la facultad del habla. La causa de la muerte fue, de nuevo, una grave crisis hepática, producida por años de excesos con el alcohol.

Saki

¡Apaga el maldito cigarro!”
El gran poeta y cuentista británico protagonizó una de esas muertes que parecen sacadas de ese macabro programa titulado ‘Mil maneras de morir’. Estando enrolado durante la Primera Guerra Mundial, gritó esta frase a otro soldado en una trinchera, antes de ser alcanzado por un francotirador alemán, que probablemente le había oído.

Margaret Mitchell

Sabe muy mal.”
La escritora de ‘Lo que el viento se llevó’ se quejó justo antes de morir del mal sabor de una naranja que le habían dado en el hospital donde convalecía por las heridas sufridas en un atropello.

Aldous Huxley

LSD: 100 microgramos.”
El autor de ‘Un mundo feliz’ experimentó ampliamente con las drogas una vez instalado en California, de lo que saldría su libro ‘Las puertas de la percepción’, título del que Jim Morrison se serviría para bautizar a su banda, The Doors. Antes de morir le pidió a su esposa que le inyectara dos dosis de LSD.

Víctor Hugo

Veo una luz negra.”
El autor de ‘Los miserables’ murió a una avanzada edad de una pulmonía. Años antes habían muerto dos de sus hijos y su hija Adéle había terminado en un psiquiátrico. Durante su vida había cometido muchos excesos, sobre todo con la comida.

Charles Dickens

¡Al suelo!”
El novelista inglés sufrió un ataque al corazón; su muerte se produjo justamente cinco años después del accidente de tren de Staplehurt, al que sobrevivió, y que le inspiró uno de sus mejores cuentos de terror, ‘El guardavía’.

Gustavo Adolfo Bécquer

Todo mortal…”
Y terminamos este repaso con el poeta romántico español por excelencia, Bécquer, que falleció a los 34 años de la llamada “enfermedad romántica”, la tuberculosis, que como habréis visto, se llevó a numerosos escritores de todas las épocas. Se desconoce si esta última frase tenía o no sentido; fue pronunciada entre delirios causados por una fiebre muy alta.

Finalizamos aquí este repaso por las últimas palabras de algunos escritores.
¿Cuales serán las nuestras?

Fuente | ‘El libro de los finales’, de Albert Angelo (Ed. El Aleph)
Visto en :  http://www.papelenblanco.com

Leer más

3 de mayo de 2013

el comentario 2 comentarios

Cuna de cielo...

Estaba aquella mamá embarazada, tan sólo le quedaban unos dias para que naciera su niña, y aún, no había podido comprarle ni tan siquiera la cuna en la que la acostaría cuándo llegara.
Lloraba esa noche la madre, lloraba muy triste, pues con eso de la crisis, su marido se había quedado sin trabajo y además de no tener cuna, tampoco sabía de donde sacaria el dinero para el chupete, los pañales la comida...
Ah...tantas cosas como queria darte (pensaba acariciando su bariguita), ah mi niña si yo pudiera te daría....

Todas las gotas de lluvia que brillan en primavera
y los pájaros cantores que vuelan sobre la tierra,
y la musica, y las flores
y el trigo que hay en la era
¡y lo blanco del jazmin...te pondría por diadema...
Pero es que niña chiquita, cuándo me nazcas, es que ni tan siquiera podre ofrecerte nada de nada.

Quedo dormida la madre, no queria pensar mas, y entre dormida y despierta desde su vientre de madre, lo escrito pudo escuchar;

Madre, mi madre bella, no me llores por nada ¡si tu eres buena¡, eres aquella que me ha cuidado, la que me traerá al mundo con el amor mas deseado ¿sabes mamá?, no quiero que me llores núnca jamás. Pues llevo;

Cuna de cielo con mil colores, llevo dos estrellitas (por si no hay luz algunas noches) y llevo en las manitas dos solecitos (por eso de que estemos siempre bien calentitos), y ¿sabes mamí?, llevo tambien,millones de besitos que Dios me ha dicho que te los dé.

Despertó la madre del dulce sueño, su rostro era calmado ¡lleno de ensueños¡,y muy bajito, dijo a su hija;

Gracias tesoro, gracias mi niña, en tu cuna de cielo te he de mecer y con las estrellitas vendrá la luz, para yo ver, y con tus besos...¡bendecirás...esta humilde casita y cumpliras todos tus sueños ¡


Julia Orozco

Leer más