29 de septiembre de 2013

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Recuerdos de Elena


Sólo de lejos, con el lenguaje de la contemplación, la joven vestida de blanco lo había inspirado como ninguna otra. Su figura celestial le acompañaba en sus sueños, desde aquella noche en que la conociera. Era verano, y las fiestas en la Embajada se sucedían cada vez más a menudo. La exposición de óleos bucólicos de María de las Mercedes lo obligaba a asistir otra vez, pero a último momento desistió. En cambio, apenas hubo de quedarse en completa soledad, decidió expresar en rimas su apasionada admiración por la joven nívea. Se recogió en la bohardilla a la que hacía muchos años no recurría y escribió el poema más bello de su creación.
Cuando lo leyó para sí en voz alta, un frío extraño se apoderó de su alma. Claramente sintió palpitar su corazón como un potrillo retozando en la campiña. Bajó con rapidez la escalera caracol que lo separaba del mundo real, y peinó sus alborotados cabellos con maestría. Calzó su levita y presuroso, enfiló hacia la Embajada. Una alegría insospechada ganó a su retraso. Afortunadamente todavía se servía el cóctel  y como para pasar desapercibido alzó una copa de una bandeja de plata y se quedó mirando tras el ventanal la noche en ciernes. Al advertir su presencia, María de las Mercedes se acercó silenciosamente y tomándolo del brazo le invitó: “Vamos querido, voy a presentarte a mi alumna preferida y a su prometido”  Sin resistencia, el poeta se dejó llevar hasta la joven vestida de blanco que sonreía junto al militar que la acompañaba. Mientras caminaba resignadamente llevado del brazo por su esposa, en un acercamiento indeseado, figurativo  y lento, sólo atinó con su mano derecha, a abollar en el interior de su oscuro bolsillo el poema recién escrito.


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22 de septiembre de 2013

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Días aturdidos



Cansada,
agotada,
aturdida.
El cantar de los pájaros,
la alarma del despertador,
sonidos del amanecer
y otros ruidos molestos lo empeoran.
La gente emergiendo,
los automóviles y autobuses
comenzando
su monótono y diario viaje.
Hombres discutiendo,
sonidos de teléfonos,
de canciones mezcladas y perdidas,
incluso lo empeoran.
Niños corriendo y gritando,
más gente apurada caminando,
sin ver mas allá que su caminar,
sin prestar atención.
Bocinas, sirenas, alarmas,
todo junto,
estresante y aturdidor
en los suburbios de hoy.
Finalmente en casa,
que alivio, que placer.
Luego el televisor,
con ese hilo ruidoso ensordecedor
que provoca,
mas el constante eco insoportable del exterior.
Incluso en la noche,
mas voces, mas sonidos
de que el mundo sigue despierto.
Hasta el mismo silencio,
si lo hay,
hace doler los tímpanos.
Un mosquito o dos,
susurrando fastidiosamente
en mis cansados oídos,
no me dejan dormir.
De todos los días,
algunos son así,
agotables y precipitados,
cansadores, agitados
que en su momento parecen no tener fin.

C.M.D.S.

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18 de septiembre de 2013

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Nos cuentan los maestros XLII - García Márquez



¿Todo cuentos es un cuento chino?

Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía. Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos. En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo. La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento y novela.

El cuento más corto que conozco es del guatemalteco Augusto Monterroso, reciente premio Príncipe de Asturias. Dice así: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".

Nada más. Hay otro de Las Mil y una Noches, cuyo texto no tengo a la mano, y que me produce retortijones de envidia. Es el cuento de un pescador que le pide prestado un plomo para su red a la mujer de otro pescador, con la promesa de regalarle a cambio el primer pescado que saque, y cuando ella lo recibe y lo abre para freírlo le encuentra en el estómago un diamante del tamaño de una almendra.

Más que el cuento mismo alucinante por su sencillez, éste me interesa ahora porque plantea otro de los misterios del género: si la que presta el plomo no fuera una mujer sino otro hombre, el cuento perdería su encanto: no existiría. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Un misterio más de un género misterioso por excelencia.

Las Novelas Ejemplares de Cervantes son de veras ejemplares, pero algunas no son novelas. En cambio Joseph Conrad escribió Los Duelistas, un cuento también ejemplar con más de ciento veinte páginas, que suele confundirse con una novela por su longitud. El director Ridley Scott lo convirtió en una película excelente sin alterar su identidad de cuento. Lo tonto a estas alturas sería preguntarnos si a Conrad le habría importado un pito que lo confundieran.

La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real.

Buenos ejemplos de cuentos compactos e intensos son dos joyas del género: La Pata de Mono, de W.W. Jacobs, y El Hombre en la Calle, de Georges Simenon. El cuento policiaco, en su mundo aparte, sobrevive sin ser invitado porque la mayoría de sus adictos se interesan más en la trama que en el misterio. Salvo en el muy antiguo y nunca superado Edipo Rey, de Sófocles, un drama griego que tiene la unidad y la tensión de un cuento, en el cual el detective descubre que él mismo es el asesino de su padre.

El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga del siglo de piedra.

No sé qué decir sobre la suposición de que el cuento sea una pausa de refresco entre dos novelas, pero podría ser una especulación teórica que nada tiene que ver con mis experiencias de escritor. Tanteando en las tinieblas me atrevería a pensar que no son pocos los escritores que han intentado los dos géneros al mismo tiempo y no muchas veces con la misma fortuna en ambos. Es el caso de William Somerset Maugham, cuyas obras -como las de Hemingway- son más conocidas por el cine. Entre sus cuentos numerosos no se puede olvidar P&O -siglas de la compañía de navegación Pacific and Orient- que es el drama terrible y patético de un rico colono inglés que muere de un hipo implacable en mitad del océano Índico.

(...) Sobre la otra suposición de que el cuento puede ser un género de práctica para emprender una novela, confieso que lo hice y no me fue mal para aprender a escribir El Otoño del Patriarca. Tenía la mente atascada en la fórmula tradicional de Cien Años de Soledad, en la que había trabajado sin levantar cabeza durante dos años. Todo lo que trataba de escribir me salía igual y no lograba evolucionar para un libro distinto. Sin embargo, el mundo del dictador eterno, resuelto y escrito con el estilo juicioso de los libros anteriores, habrían sido no menos de dos mil páginas de rollos indigestos e inútiles. Así que decidí buscar a cualquier riesgo una prosa comprimida que me sacara de la trampa académica para invitar al lector a una aventura nueva.

Creí haber encontrado la solución a través de una serie de apuntes e ideas de cuentos aplazados, que sometí sin el menor pudor a toda clase de arbitrariedades formales hasta encontrar la que buscaba para el nuevo libro. Son cuentos experimentales que trabajé más de un año y se publicaron después con vida propia en el libro de La Cándida Eréndira: Blacamán el bueno vendedor de milagros, El último viaje del buque fantasma, que es una sola frase sin más puntuación que las mínimas comas para respirar, y otros que no pasaron el examen y duermen el sueño de los justos en el cajón de la basura. Así encontré el embrión de El Otoño, que es una ensalada rusa de experimentos copiados de otros escritores malos o buenos del siglo pasado. Frases que habrían exigido decenas de páginas están resueltas en dos o tres para decir lo mismo, saltando matones, mediante la violación consciente de los códigos parsimoniosos y la gramática dictatorial de las academias.

El libro, de salida, fue un desastre comercial. Muchos lectores fieles de Cien Años se sintieron defraudados y pretendían que el librero les devolviera la plata. Para colmo de peras en el olmo la edición española se desbarataba en las manos por un defecto de fábrica, y un amigo me consoló con un buen chiste: "Leí el otoño hoja por hoja". Muchos persistieron en la lectura, otros la lograron a medias y con el tiempo quedaron suficientes cautivos para que no me diera pena seguir en el oficio. Hoy es mi libro más escudriñado en universidades de diversos países, y las nuevas generaciones pueden leerlo como si fuera el crepúsculo de un Tarzán de doscientos años. Si alguien protesta y lo tira por la ventana es porque no le gusta pero no porque no lo entienda. Y a veces, por fortuna, no ha faltado alguien que lo recoja del suelo. 
 
 
Gabriel García Márquez

 
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12 de septiembre de 2013

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La joven del laúd


¡Qué día, por Dios! Yo con mi vestido blanco hasta los pies y el manto azulino, cubriendo mi cabeza. Aquí todo el tiempo. Y el dueño del anticuario decide moverme del escaparate principal para colocarme en un estante lateral.
¡Qué osadía! ¡Tratarme así a mí! A una hermosa joven, esbelta y delicada, abrazando un laúd junto a su pecho. ¿Cómo pudo mudarme de mi sitio por esa escultura de una cortesana con los brazos en jarra?
Hoy las horas no pasarán nunca. Dudo que lo soporte. Y el dueño que habla con todos… que muestra la lámpara veneciana… el jarrón pintado a mano por una dinastía china o la fina terminación de la mesa laqueada. Y yo acá en este estante! ¡No Señora de los dedos regordetes, no me levante! ¡Y encima, mira mi base! Si Señora, soy yo. ¡Colóquese esas gafas!. ¡Tenga en cuenta que soy de cerámica pero mi alma es de por-ce-la-na!
Y ahora me deja en otro lugar, pero aún más desencajada.
¡Por favor! ¡Un alma caritativa que me salve! ¡Necesito unas manos frescas que me acaricien!
El dueño me devuelve al sitio principal, pueda ser que alguien me vea y huya de este abarrotado local. Está pasando una niña que camina con su padre. ¡Qué hermosa se ve tras los cristales! ¿Qué le dice? ¿De qué hablan? ¿Me mira a mí? ¡Que sea yo la elegida de la niña! ¡Que se aproximen, por favor! ¡Si, si, si! Ahora dialogan con el dueño. El amo me sostiene y me pasa a manos de ese hombre. El hombre me muestra de cerca a la niña. ¡Qué ojos de alegría! ¿Qué soy igual a quién? ¿A su mamá cuando era joven? ¿Qué ella tocaba una mandolina mientras yo tengo un laúd? ¡Si, niña, son parecidos! ¡Llévame, te lo suplico!
¡Qué suave son tus manos! ¡Qué tierna tu mirada! Si la niña sonríe es que el padre ha aceptado. Buscan mi caja. Me guardan con extremo cuidado y me voy convertida en su fino regalo.



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7 de septiembre de 2013

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Quiero...

Quiero ser golondrina y gaviota,
estrella en la noche y luna roja,
quiero ser esa música que aún no
ha sonado,
y esos versos hermosos que un escritor
esta inventando.
 
Quiero ser esa fuente y ese agua,
¡esa mar en la noche...ser ese alba ¡,
esa belleza innata que todo lleva..
¡y ser Universo entero...cuna de estrellas ¡.
 
                      Julia Orozco.
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