17 de marzo de 2014

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Constancia


El resplandor de su cabeza calva le vino a la mente, así tal cual, una sandía morena sobre  hombros  que ya no recordaba bien. Él había decidido quitarse los pocos cabellos que aún se sostenían  porque, según contaba, eran viajeros cada día menos asiduos que sacaban la tienda de campaña y se aparcaban junto a arbolitos diminutos, aferrándose a no largarse de una buena vez y haciendo de la acampada una vergüenza pública. Pensaba que era una traición mayor el alejamiento gradual, que borrarlos de un navajazo para siempre. Él decía que nadie entendía la desesperación del vacío, donde la piel ganaba terreno poco a poco. Estaba condenado a desprenderse de las glorias de un pasado que se pegaban en la almohada, tapaban las coladeras y se desbarataban cuando se quitaba el suéter por la noche. Por eso un buen día se compró un rastillo azul en la tiendita y acabó con el drama de la alopecia masculina –al menos la no decretada.
Ella lo conoció calvo, así que no podría ser de otra manera cuando pensaba en él. Tenía sus formas, casi rituales, de encender la luz y dejarlo salir de la recamara del olvido.  En sus recuerdos lo fijaba en ciertos espacios de los que no salía nunca. Le había inventado dibujado en exvotos cuadrados, de los que aún quedan en las iglesias viejas. A veces era un muñeco plano que agitaba los brazos  anunciando fuego, o su cráneo redondo se inclinaba sobre las palmas juntas bajo santo desproporcionado, o daba gracias  a la virgencita porque se nos quemó la casa pero tú nos dejaste vivir y luego la construimos otra vez de tu mano. Así lo recordaba, en cuadros inmóviles en que él se desplazaba únicamente de izquierda a derecha y de norte a sur. Él  sin arriba y sin abajo, porque las memorias, si acaso, tendrán olor o sabor, pero nunca vida propia.
A ella no le gustaba ni  cuando se conocieron, ni cuando se hablaban, ni cuando se despidieron la primera vez. Él tenía una sonrisa sólo de dientes, los labios se le confundían con la piel marrón de la cara. Pero aún así, después de tantos años, a ella se le remueve un gusano en la garganta, va, enciende la computadora, espera la eternidad mascullando que tan avanzada la tecnología y siguen haciendo pantallas de bulbos, se ríe disimulada y el gusano se le arrastra hacia adentro, donde ya no lo puede alcanzar, teclea su nombre y aparece la única fotografía que siempre ha tenido en el perfil de la red social. Sólo se ven los labios continuados  enceguecidos por una mueca y la cabeza brillosa. 
Se entera que ha tenido un éxito relativo, que publicó un par de libros, con el poco talento que tenía. Pero el talento parecía no haber crecido sino expandirse en hojas rellenas de los mismos cuentos chinos que le enviaba a ella, que le escribía a ella y que se inspiraban en ella. Siente entonces que un ave negra  le despega del cabello –que ella aún mantiene abundante-, pero antes atrapa con la pata un hilo que la recorre completa, y mientras más alto vuela, más se le destejen los sueños y mientras más graznidos, más se le encona el rencor en el lado izquierdo del vientre. Un par de libros, con el poco talento que tenía. 
Ella  sabe, porque se lo escuchó muchas veces, y porque estaban juntos cuando alguien se lo dijo, que para ser escritor hay que escribir, un pedacito roto y malcomido, una parrafada hueca, un recuerdo, las manecillas del reloj, lo que sea, pero escribir todos los días. Ahora él tiene publicados dos libros y con el poco talento que tenía. Qué bueno dice ella. Lo merece dice ella. Es la constancia dice ella. Miente. 
Ella, en la orillita de la mentira, se sienta para repasar algunas justificaciones para la poca constancia propia. Muy seria se cuenta los dedos varias veces, se dice que ha hecho mucho, ha viajado mucho, ha estudiado mucho, ha vivido mucho. No todo fue tiempo perdido. Miente. Ahí delante de la fotografía muy retocada de él,  sigue repitiendo una historia, que le contaría en vivo, si no fuera una colección de pinturas hechas por encargo en su memoria. Si los labios no tuvieran esa única mueca hendida en la cara, juraría que él se está riendo de su cuento. Al menos eso.
Lo recuerda la última vez, callado y desierto, con las manos morenas sobre el regazo. Ellos no hablaron nada, acaso ella buscó un instante, pero él se había convertido en un globo ligero  que flotaba en el aire y ella en un predador inválido. Él la miraba de tanto en tanto, desde el exvoto que ella pintó para retener ese día, con las palmas juntas, en una silla vaporosa, y musitando gracias a la virgencita porque hoy no quería enseñar los dientes blancos y chiquitos, y tú me salvaste de tener que dar explicaciones a esta mujer, oh dulce, oh santa, oh pura santa María.  
Y ella se servía otro whisky para no levantarse y enseñarle, frente a todos, lo grande que era el hueco de su cuerpo en el suyo. Así de éste tamaño, fíjate bien, desde aquí debajo de las costillas y hasta el huesito de la rodilla. Así de negro como tu mentón. Así de podrido como las palabras que se entierran en mi lengua. Y otro whisky para quitarse el sabor de los dientes chiquitos que no tocaría jamás. 
Él callado toda la noche, hasta que los estragos de la luz del sol y ella tuvo que pedir otro whisky para el camino. Se despidieron de los amigos en común y salieron juntos, ella, él y la esposa. La calva refulgía en la claridad y sin prisas se metieron todos en el autobús. Ella llegó a casa, escribió algo, y colgó el último exvoto donde aparecería. Él con las manos vueltas al cielo, la mujer plana junto a él y una aparición central de la virgen del perpetuo socorro subida en una nubecita azul, ambos extasiados  dando gracias a la virgen por el milagro de que nos salvaste a mí y a mi mujer de una víbora que nos salió en el monte, él y la mujer de rodillas con un autobús urbano flotando sobre la nubecita azul y una notita de bendita seas virgencita del perpetuo socorro porque pudimos subirnos al camión, pero ella se bajó rápido y nosotros seguimos el camino sin preocupación. Luego de ese día, se le acabaron las ganas de escribir, viajó mucho, leyó mucho e hizo mucho, para compensar.
Días después, él todavía escribió algo que era para ella, sobre ella y por ella. Un relato en el que subía al baño y ella lo esperaba arriba para decirle que era un cabrón, él  bajaba las escaleras, se sentaba a  discutir sobre cierto cuento de elefantes de Hemingway  y pensaba en la muerte durante toda la noche, sin beberse ni un sorbo de agua. Luego de esa noche, siguió rasurándose cada tercer día para ser un calvo por decisión, siguió hablando de mujeres, siguió haciéndoles relatos, siguió acostándose con su mujer y publicó dos libros. Y con el poco talento que tenía.


Ren Solleiro
Imagen tomada de: http://elhombrejazmin.com/2011/11/exvotos-la-representacion-como-intercesora/
http://trafico-pesado.blogspot.mx/

4 comentarios:

  1. Muy pero muy buen trabajo. Se lo digo como calvo por resignación. Caótico e interesante. Y no miento. Con el poco talento que tengo.

    Gracias por compartirlo.

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    Respuestas
    1. Qué bueno que le ha gustado Opin, resignación o decisión, pero seguro que el talento estará bien puesto en su cabeza. Gracias incontables por su comentario. Saludos

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  2. El delirio y la confusión... gracias Ren

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  3. Inma, gracias a ti por leerlo. Un abrazo.

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