22 de abril de 2014

el comentario 7 comentarios

En el jardín circular


María Dolores: Nada más adecuado a su aspecto y personalidad que su nombre.
Vivía sola en el inmenso palacete de marcado estilo neoclásico francés mandado a construir por su abuelo a principios del siglo XX.
Sólo cuando descansaba en el jardín circular del inmenso parque que rodeaba la casona, podía llegar a soltar una leve y fugaz sonrisa. Ella cambiaba su carácter hosco cuando el sol de la siesta iluminaba su tez transparente y blanca.
No obstante su guardada historia, con amores desencontrados, gustaba de recibir visitas a diario, lo que le daba sentido a la sexta década de su vida.
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Ese mechón blanco que, desde su cabeza renegrida, caía sobre su rostro generando la forma de antifaz, le daba un aire señorial, muy similar al que portaba su primo texano. Ni qué hablar del mexicano y el uruguayo. Todos llevaban la “marca” familiar. Ellos gozaban de gran capacidad de adaptación al medio, lo llevaban en la sangre, así que se habían diseminado a lo largo y ancho de Sudamérica. Eso sí, construyeron sus casas y formaron sus familias preferentemente en las cercanías del agua.
Este jovenzuelo argentino, inteligente y observador, se había enamorado del Jardín de María Dolores, y tenía sus valederas razones.
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Era un jardín circular con una inmensa fuente de agua, flores por doquier, comedero de aves, bellos bancos de hierro forjado pintados de azul, en los que su dueña solía leer al amparo de la sombra de los nogales que había plantado su abuelo. Más atrás, sobre las altas verjas colindantes, las enredaderas conocidas como “taco de reina” resbalaban por la pared en cascada anaranjada. Hermosos ejemplares de arbustos, alguno que otro exótico, y los durazneros del fondo, creaban el entorno ideal para disfrutar de tan seductor vergel.
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Ese día, el visitante del jardín lucía su camisa amarilla refulgente, cubriendo su parte de adelante; el negro tupido completaba su atuendo, de la cabeza a los pies. Bien alimentado y de buen porte, un poco bajo tal vez, se lo veía elegante al fin. Sociable y osado, había comenzado a participar de las tertulias de la mujer amante de las flores, plantas de adorno y todo ejemplar relacionado con la botánica. Sin embargo, estaba inquieto, como esperando ver o encontrarse con alguien. Su vista penetrante iba de un lado a otro velozmente. De pronto, la descubrió, justo cuando María Dolores había ido a la cocina por unas masitas de coco hechas por ella misma.
La femme, ataviada de forma casi similar que su compañero, desconcertada y discreta, esperaba desde lejos, atenta el flirteo del galán. En el jardín circular había música de trinos, romances que resucitaban el pasado y un incipiente enamoramiento. Él, se movía de un lugar a otro. No era buen cantor para competir pero, se destacaba por su locuacidad y voz peculiar que, ya significaba mucho a su favor.
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Otros individuos, asiduos visitantes y conocidos por María Dolores, también acostumbraban establecer algún vínculo en el simpático jardín circular, pero se mantenían ajenos al juego sensual, de miradas y esperas de la pareja que estaba por formarse.
María Dolores, en cambio, se mostraba atenta. Disfrutaba del juego amoroso.
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En un fugaz instante, ella se marchó sigilosamente del lugar. Él se desorientó por un momento, pero rápidamente inició una amorosa persecución a ojos vista de los demás. Acabaron encontrándose un poco más allá del bonito entorno, bajo las primeras ramas de un nogal muy alto, frondoso y añoso, a cuya sombra todo terminó o se inició. Él, ya la había elegido como compañera nupcial, poco quedaba por resolver.
Parado y erguido frente a la dueña de su corazón, hizo su propuesta agitándose en un beso tenue y sentido. Ya no dejarían de encontrarse casi todas las tardes al amparo del jardín circular. Y, si alguno de ambos se demoraba, el primero en llegar lo reclamaba claramente.
Cuando finalmente se encontraban se fundían en un abrazo con los pechos rozándose, las cabezas erguidas, hundiéndose en la humedad y frescura del tronco añoso.
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La vida había cumplido una vez más su cometido. Formarían su hogar. Él, o ambos, saldrían en busca de sustento para sus futuros hijos y es de suponer que compartirían su cuidado.
De cualquier forma la descendencia ya estaba asegurada.
El jardín circular y la fuente de agua los recibiría todas las veces que decidiesen volver, y María Dolores estaría feliz.
Ellos no se alejarían mucho, aunque vivir en las proximidades del río de la Plata los tentaba.
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María Dolores había observado desde hacía años, que otras parejas similares, construían sus casas bastante grandes, con cierto aspecto tosco y desprolijo, si bien con un interior confortable, amplio y tapizado con materiales suaves. Una vez armado el “nido de amor” llegarían los hijos.
María Dolores gentilmente los aguardaría para atenderlos a la misma hora de costumbre, llevándoles su alimento preferido. Sin ellos, el jardín de las tertulias cantarinas no tendría sentido. Tampoco su vida.

Zuni Moreno



7 comentarios:

  1. muy bueno.... casi humanos esos amores. Precioso.

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    1. Sí, Marga y a veces no nos damos cuenta que existen. . .Gracias por tus palabras.

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  2. Sus escritos siempre llegan al corazón manteniendo su identidad y rescatando las cosas hermosas de su entorno.
    Aunque usted viviera en un departamento sin ventanas, siempre logrará llevarnos de paseo a esos lugares que nos son tan familiares, para charlar un rato con los personajes cotidianos que decoran nuestras vidas y pareciera que pasan desapercibidos.

    Precioso relato.

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    1. Gracias Opin, sus palabras siempre suenan a al canto de un arroyo cristalino.

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  3. Estimada Zunilda.

    Una vez más nos hemos encontrado con problemas de formato en su post.
    Usted debe revisar el apartado NORMAS y atenerse a las indicaciones contenidas en él.
    En esta oportunidad ajustamos el post esperando no haber comprometido la integridad de la obra, sin embargo en próximas oportunidades nos veremos obligados a bloquear la publicación.

    Atentamente.
    NSE

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    1. Mil disculpas NSE. Tienen razón. No volverá a ocurrir

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  4. Un bonito relato que rescata con naturalidad lo especial de lo cotidiano. Saludos desde por acá.

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