8 de abril de 2014

el comentario 13 comentarios

Un soplo es la vida


La llevé al restaurante ese que tiene un piano de cola blanco y candelabros plateados sobre los muebles y la barra del bar; colgadas en las paredes, hay fotografías de Marylin, Elvis y James Dean. Seguían teniendo en cada mesa una velita y una flor.

De la mano caminamos despacio por el boulevard; yo le recogía hojas de los árboles que había por el suelo y le explicaba a qué especie de ellos pertenecía.

No le dije dónde íbamos pues quería darle una sorpresa.

Eso sí, me encargué de tenerlo todo preparado: su papilla de frutas (muy, muy dulce), unas galletas María, unos pañales, el babero rosa que le gusta y una chaquetita por si le daba frío.

Ya en el local, me senté junto a ella y comencé a darle su comida. Yo me pedí un entrecot y un vinito, uno al año no hace daño y, aunque mi paguica es pequeña, era su fiesta.

A la hora del postre, Mario, el dueño del bar, apagó las luces y trajo una tartita de merengue, su favorita, con dos velas rojas con forma de números.

Ella fijó la mirada en la llama como si estuviese hipnotizada. Volvió sus ojos hacia mí y me habló, nena, juro que me habló y me dijo:

- Pero, ¡qué viejo estás, Pepe!. Hay veces que creo venir del cielo o del infierno, no sé... y ahora te veo aquí a mi lado. ¡Cómo es la vida, Pepe! ¡Qué rápida pasa!

Tuvimos hijos y trabajamos mucho para darles una carrera y ellos nos dieron nietos. Pasó el tiempo y tan solo nos visitaban una vez al año¡ iban los pobres tan ocupados con sus cosas, trabajan tanto...! No éramos ni felices ni desgraciados y, poco a poco se nos acabó el deseo, el amor y entre tu butaca y mi sillón, se hizo una grieta, un abismo, y hasta nos molestaban la compañía y el olor.

Recuerdo mi cara siempre amargada y la tuya ausente.

Y yo empecé a perderme y tú dejaste la pesca y te dedicaste a pegar notas por toda la casa.

Ahora te tengo enfrente, me miras como a una niña. Tócame, dame tus manos, esas manos siempre calientes ¿en qué momento dejamos de acariciarnos?

A pesar de todo, en este momento de lucidez eres lo que más quiero tener cerca.

Pero qué viejo estás, Pepe,…no llores, tonto, que los hombres no lloran.
.............................................................................................................................

No te enfades, hija, hay cosas de los viejos que tú nunca entenderías.

Sí, fui a la residencia, me llevé a tu madre a cenar y de vuelta, me perdí.


Inmaculada Barranco
 La taza de letras

13 comentarios:

  1. Yo también me perdí de la realidad para encontrarme en el relato. Quizá eso que más temamos de la vejez sea el tener que volver a ser niños después de crecer. Está precioso, Inma. Saludos!!

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    Respuestas
    1. Gracias Fritzy, tus comentarios son siempre refrescantes.
      bsssssssss

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  2. Es tan bonito... tan triste... tan real... Eres única escribiendo. Estoy llorando.

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  3. Un relato lleno de vivencias, de realidad, de añoranzas....
    Excelente

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  4. Tierno y conmovedor. Me ha llegado al alma. Y eso es mucho. Eso es, para mí, calidad y calidez en las palabras. Gracias por compartirlo!

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  5. Precioso Inma, triste pero real como la vida misma. Enhorabuena!!

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  6. Entiendo la idea y me gusta mucho. Sin embargo he quedado confundido con la puntuación que separa los discusos para los cambios de relato y eso me lleva a darle varias lecturas. Entiendo la búsqueda del efecto sorpresa, pero tal vez, y solo tal vez y a mi criterio, es preferible priorizar un relato fluido. Son tres los cambios de relator en tan corto texto y a mi también corto cerebro le ha costado procesarlos.
    La felicito por su originalidad.

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  7. Bonito retrato de la vejez y las jugadas que hace en esos años la memoria.

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  8. Gracias a todas por sus comentarios.
    bssssssssssssssss
    Inma

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